miércoles, 30 de octubre de 2019


Cuarta Feria, 30 de octubre

San Gerardo Majella (Mayela)

(1726-1755)


Orden de los Redentoristas

Taumaturgo. Sanador. Multiplicación de los panes. Don de la invisibilidad. Elevación por los aires. Bilocación.

Patrono de las señoras embarazadas, y de las parturientas

Gerardo quiere decir: "Valiente para la defensa" (Del alemán: Ger: defensa, ard: valiente)

Uno de los santos más populares de la Italia meridional

Breve
Famoso Taumaturgo del Sur de Italia. Tenía el don de leer los pensamientos, de estar en dos lugares al mismo tiempo, de multiplicar los alimentos, de lograr profundas conversiones espirituales, aún de los más cínicos y simuladores. 

Tenía también el don de invisibilidad, para poder orar mejor, sin ser molestado. 

Podía elevarse en el aire con toda naturalidad, y comunicarse con los animales. Continúa curando desde el cielo, a los enfermos del alma y del cuerpo.

Murió el 16 Octubre de 1755
Canonizado por el Papa Pio X, 11 Diciembre, 1904.

Vida de San Gerardo
Pío IX calificó a San Gerardo de, "perfecto modelo de los hermanos legos", y León XIII dijo, que había sido, "uno de los jóvenes más angelicales, que Dios haya dado a los hombres por modelo". En sus veintinueve años de vida, el santo llegó a ser, el más famoso taumaturgo del siglo XVIII.

Nació en Muro, a setenta kilómetros de Nápoles.

Su madre, después de la muerte de Gerardo, dio este testimonio: "Mi hijo sólo era feliz, cuando se hallaba arrodillado en la iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Con frecuencia entraba a orar, y hasta se olvidaba de la hora de comer. En casa oraba todo el tiempo. Verdaderamente, había nacido para el cielo".

Cuando Gerardo tenía diez años, su confesor le dió permiso de comulgar cada tercer día; era una época en la que la influencia del jansenismo, todavía se dejaba sentir (se comulgaba sólo dos veces al año); ello demuestra que el confesor de Gerardo, le consideraba como un niño excepcionalmente dotado, para la piedad.

A la muerte de su padre, Gerardo debió abandonar la escuela, y entró a trabajar, como aprendiz de sastre, en el taller de Martín Pannuto, hombre muy bueno, que le comprendía y apreciaba. En cambio, uno de los empleados, era un hombre muy brusco, que solía maltratar a Gerardo, y se enfurecía aún más, viendo la paciencia, con que soportaba sus majaderías.

Una vez aprendido su oficio a la perfección, Gerardo pidió ser admitido en el convento de los capuchinos de Muro, donde su tío era fraile; pero fue rechazado, a causa de su juventud, y de su condición delicada.

Entonces entró a trabajar como criado, en la casa del obispo de Lacedogna. Humanamente hablando, fue una mala elección, ya que el prelado, era un hombre de carácter irascible, que trató al joven con gran rudeza.

A pesar de ello, Gerardo le sirvió fielmente y sin una queja, hasta que murió el obispo en 1745. Entonces, Gerardo volvió a Muro, y abrió una sastrería por su cuenta. Vivía con su madre, y sus tres hermanas. Solía dar a su madre, una tercera parte de lo que ganaba; el otro tercio lo repartía entre los pobres, y el resto lo empleaba, en pagar misas por las almas del purgatorio. Pasaba muchas horas de la noche, orando en la catedral, y se disciplinaba severamente.

Cuando tenía veintitrés años, los padres de la congregación del Santísimo Redentor, recientemente fundada, predicaron una misión en Muro. El joven les rogó que le admitiesen, como hermano lego, pero su aspecto enfermizo no le ayudaba, y su madre y sus hermanas, no tenían ningún deseo de verle partir.

Sin embargo, Gerardo insistió, y finalmente, el Padre Cafaro, le envió a la casa de Deliceto, donde él era superior, con un mensaje que decía: "Os envío a este hermanito inútil".

Pero cuando el Padre Cafaro volvió a su casa, cayó inmediatamente en la cuenta de su error, y le concedió el hábito. Los hermanos sacramentales de Gerardo, al verle trabajar con gran ardor, puntualidad y humildad en la sacristía, y en el huerto, solían decir: "O es un loco, o es un santo".

El fundador de la congregación, San Alfonso de Ligorio, comprendió que era un santo, y le acortó el período de noviciado. El hermano Gerardo, hizo la profesión en 1752. A los votos acostumbrados, añadió el de hacer siempre lo que fuese, a su juicio, más agradable a Dios.

El Padre Tannoia, autor de las biografías, de San Alfonso y de San Gerardo, y que había sido curado, por la intercesión de este último, cuenta que un día, cuando el santo era novicio, le vio orando ante el tabernáculo; súbitamente Gerardo gritó: "Señor, déjame que me vaya, te lo ruego, pues tengo mucho que hacer". Sin duda, Jesucristo gozaba tanto de la presencia y conversación de su hijo, como San Gerardo de Él.

Durante los tres años que vivió, después de hacer la profesión, el santo trabajó como sastre, y enfermero de la comunidad; solía también pedir limosna de puerta en puerta, y los padres gustaban de llevarle consigo, a sus misiones y retiros, porque poseía el don de leer las almas. Se cuentan más de veinte ejemplos de casos, en los que el santo convirtió a los pecadores, poniéndoles de manifiesto su oculta maldad.

Los fenómenos sobrenaturales, abundaban en la vida del hermanito. Se cuenta que en una ocasión, fue arrebatado en el aire, y recorrió así más de medio kilómetro; se menciona también el fenómeno de "bilocación", y se dice que poseía los dones de profecía, de ciencia infusa, y de dominio sobre los animales.

La única voz que conseguía arrancarle de sus éxtasis, era la de la obediencia. Hallándose en Nápoles, presenció el asesinato del arcipreste de Muro, en el preciso momento en que tenía lugar, a setenta kilómetros de distancia.

Por otra parte, en más de una ocasión, leyó el pensamiento de personas ausentes. Tan profundamente supo leer el pensamiento del secretario del arzobispo de Conza, que éste cambió de vida, y se reconcilió con su esposa, de suerte que toda Roma habló del milagro.

Pero los hechos más extraordinarios, en la vida de San Gerardo, están relacionados con la bilocación. Se cuenta que asistió a un enfermo, en una cabaña de Caposele, y que al mismo tiempo, estuvo charlando con un amigo, en el monasterio de la misma población.

Una vez, su superior fue a buscarle en su celda, y no le encontró ahí. Más tarde, se dirigió a la capilla, donde le halló en oración: "¿Dónde estabais hace un instante?", le preguntó. "En mi celda", replicó el hermanito. "Imposible, pues yo mismo fui dos veces a buscaros". Entonces, Gerardo se vio obligado a confesarle, que como estaba en retiro, había pedido a Dios que le hiciese invisible, para que le dejasen orar en paz. El superior le dijo: "Bien, por esta vez os perdono, pero no volváis a pedir eso a Dios".

Sin embargo, Gerardo no fue canonizado por sus milagros, ya que éstos eran simplemente, un efecto de su santidad, y Dios podía haber dispuesto, que el santo no hiciese milagro alguno, sin que ello modificase en un ápice, la bondad, caridad y devoción, que alabaron en el joven, Pío IX y León XIII.

Uno de los resultados más sorprendente, de su fama de santidad, fue el de que sus superiores, le permitieron encargarse, de la dirección de varias comunidades de religiosas, lo que no acostumbran hacer los hermanos legos. San Gerardo, hablaba en particular con cada religiosa, y solía darles conferencias, a través de la reja del recibidor.

Además, aconsejaba por carta a varios sacerdotes, religiosos y superiores. Se conservan todavía, algunas de ellas. No hay en las mismas, nada de extraordinario: en una expone simplemente el deber de todo cristiano, de servir a Dios, según su propia vocación; en otras, incita a la bondad a una superiora; exhorta a la vigilancia a una novicia; tranquiliza a un párroco, y predica a todos, la conformidad con la voluntad divina.

En 1753, los estudiantes de teología de Deliceto, hicieron una peregrinación, al santuario de San Miguel, en el Monte Gárgano. Aunque no tenía más que unas cuantas monedas, para cubrir los gastos del viaje, se sentían seguros, porque el hermano Gerardo iba con ellos. Y en efecto, el santo se las arregló, para que no les faltase nada, en los nueve días que duró la peregrinación, que fue una verdadera sucesión de milagros.

Exactamente un año más tarde, San Gerardo sufrió, una de las pruebas más terribles de su vida. Una joven de vida licenciosa, llamada Neria Caggiano, a quien el santo había ayudado, le acusó de haberla solicitado.

San Alfonso, mandó llamar inmediatamente al hermano, a Nocera. Pensando que su voto de perfección, le obligaba a no defenderse, Gerardo guardó silencio; con eso, no hizo sino meter en aprietos a su superior, quien no podía creerle culpable. San Alfonso, le prohibió durante algunas semanas, recibir comunión, y hablar con los extraños. San Gerardo respondió tranquilamente: "Dios, que está en el cielo, no dejará de defenderme".

Al cabo de unas cuantas semanas, Neria y su cómplice, confesaron que habían calumniado al hermanito. San Alfonso preguntó a su súbdito, por qué no se había defendido, y éste replicó: "Padre, ¿acaso no tenemos una regla, que nos prohíbe disculparnos?".

Poco después, el santo acompañó al Padre Mangotta a Nápoles, donde el pueblo asedió, día y noche, la casa de los redentoristas, para ver al famoso taumaturgo. Finalmente, al cabo de cuatro meses, los superiores se vieron obligados, a enviar al hermano Gerardo, a la casa de Caposele, donde fue nombrado portero.

Era ese un oficio, que agradaba especialmente al joven. El Padre Tannoia escribió: "En esa época, nuestra casa estaba asediada por los mendigos. El hermano Gerardo veía por ellos, como lo hubiese hecho una madre. Tenía el arte de contentar a todos, y la necedad y malicia, de algunos de los pedigüeños, jamás le hicieron perder la paciencia. "Durante el crudo invierno de aquel año, doscientas personas, entre hombres, mujeres y niños, acudieron diariamente a la casa de los redentoristas, y el santo portero les proveyó de comida, ropa y combustible, sin que nadie supiese de dónde los sacaba”.

Según el libro de Sálesman, mientras ejercía como portero, un día, el padre ecónomo lo regañó, porque había repartido entre los mendigos, todo lo que los religiosos tenían para comer, en la despensa. Pero al llegar el padre ecónomo a la despensa, la encontró otra vez llena.

En la primavera del año siguiente, fue nuevamente a Nápoles. A su paso por Calitri, de donde el Padre Mangotta era originario, el pueblo le atribuyó varios milagros. Cuando volvió a Caposele, los superiores le encargaron, de la supervisión de los edificios, que se estaban construyendo.

Cierto viernes, cuando no había en la casa, un sólo céntimo para pagar a los trabajadores; pero las oraciones del santo hermanito, movieron a un bienhechor inesperado, a regalar lo suficiente para salir del apuro. San Gerardo pasó el verano, pidiendo limosna para la construcción.

Pero el calor del sur de Italia, acabó con su salud, y en los meses de julio y agosto, el santo se debilitó rápidamente. Tuvo que pasar una semana en cama, en Ovieto, donde curó a otro hermano lego, que había ido a asistirle, y había caído enfermo. Llegó a Caposele, casi a rastras. En septiembre, pudo abandonar el lecho unos cuantos días, pero volvió a caer.

Sus últimas semanas, fueron una mezcla de sufrimientos físicos y éxtasis, cuando sus dones de profecía, y ciencia infusa, alcanzaron un grado extraordinario. En el lecho de muerte, le confesó a su superior: "Me imagino que esta cama, es la voluntad de Dios, y estoy clavando en ella, como lo estoy en la voluntad de Dios. Aun más, creo que la voluntad de Dios y yo, nos hemos hecho una misma cosa".

Sobre la puerta de su cuarto, puso un letrero con letras mayúsculas, que decía:
AQUI SE ESTA HACIENDO LA VOLUNTAD DE DIOS.

San Gerardo murió, en la fecha y hora que había predicho, poco antes de la media noche, del 15 de octubre de 1755. Fue canonizado en 1904.

Difamado, se convierte en protector
El biógrafo Tannoia, en la Vida escrita hacia 1806, declaraba: "Fray Gerardo, es protector especial de las parturientas, y en Foggia no hay ninguna mujer, que vaya a dar a luz, que no tenga la imagen del Santo, y no invoque su patrocinio".

Singular "revancha del Santo", por los sufrimientos que le causaron, las calumnias de una mujer, una ex-monja, a quien le creyeron fácilmente, los superiores de San Gerardo.

San Gerardo, que en el lecho de su muerte, pudo confesar que no sabía, lo que era una tentación impura, tenía de la mujer un concepto muy elevado: veía, efectivamente, en toda mujer, una imagen de María, "alabanza perenne de la Santísima Trinidad". Eran los impulsos místicos de un alma sencilla, pero llena de ardor espiritual.

Exclamaba con frecuencia: "Mi querido Dios; mi Espíritu Santo", pues sentía en su intimidad, la bondad, y el amor infinito de Dios.

Intercesor de los médicos
A comienzos de 1800, casi cincuenta años después de su muerte, un médico de Grassano, declaraba: "Desde hace muchos años, no ejerzo la profesión de médico. La ejerce por mí, Fray Gerardo": este médico, tomaba tan en serio el patrocinio de Gerardo, proclamado beato sólo en 1893, quien en vez de recetar medicinas, prefería dejar a sus pacientes, una medalla del buen religioso.

-Vida de los Santos de Butler, Vol. IV

Oración: Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de San Gerardo, nuestros cuerpos y almas permanezcan puros, y también sanos, según sea tu Santa Voluntad, y así poder glorificarte, y que Tú puedas gozarte de nuestra presencia.

También te pedimos, para que siempre veamos en la mujer, la compañera sagrada que nos diste, para sobrellevar con alegría, el duro paso por esta Vida, y serle siempre un compañero fiel. Por la Virgen María, que Vive y Reina por Siempre. Amén.

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