23
de Marzo 2026
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SAN
JOSE ORIOL
(†
1727)
Protector de los marinos y soldados del mar
Conseguía
vaciar los espíritus, de todo aquello que los debilitaba, y
llenarlos de esperanza en Dios, en la vida, y en sí
mismos.
“Prefiero
que me encuentren muerto, en una casa de mala vida, que con una
moneda en el
bolsillo”
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San
Toribio Mogrovejo
Obispo
(1538-1606)
San
Toribio, arzobispo de Lima, es uno de los eminentes prelados de la
hora de la evangelización. El concilio plenario americano del 1900
lo llamó: "la lumbrera mayor de todo el episcopado americano".
https://365seleccionessacros.blogspot.com/2024/03/23-de-marzo-de-2024-san-toribio.html
San
Julián de Cesarea
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Hoy
leemos en las escrituras
Libro
de Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62
Había
en Babilonia un hombre llamado Joaquín
Se había casado con
una mujer llamada Susana, hija de Jilquías, que era muy bella y
temerosa de Dios; sus padres eran justos, y habían educado a su hija
según la ley de Moisés.
Joaquín era muy rico, tenía un
jardín contiguo a su casa, y los judíos solían acudir donde él,
porque era el más prestigioso de todos.
Aquel año habían
sido nombrados jueces dos ancianos, escogidos entre el pueblo, de
aquellos de quienes dijo el Señor: «La
iniquidad salió en Babilonia de los ancianos y jueces, que se hacían
guías del pueblo.»
Venían
éstos a menudo a casa de Joaquín, y todos los que tenían algún
litigio se dirigían a ellos.
Cuando todo el mundo se había
retirado ya, a mediodía, Susana entraba a pasear por el jardín de
su marido. Los dos ancianos, que la veían entrar a pasear todos los
días, empezaron a desearla. Perdieron la cabeza dejando de mirar
hacia el cielo, y olvidando sus justos juicios.
Mientras
estaban esperando la ocasión favorable, un día entró Susana en el
jardín, como los días precedentes, acompañada solamente de dos
jóvenes doncellas, y como hacía calor quiso bañarse en el
jardín.
No había allí nadie, excepto los dos ancianos que,
escondidos, estaban al acecho.
Dijo ella a las doncellas:
«Traedme
aceite y perfume, y cerrad las puertas del jardín, para que pueda
bañarme.»
En
cuanto salieron las doncellas, los dos ancianos se levantaron, fueron
corriendo donde ella, y le dijeron: «Las
puertas del jardín están cerradas y nadie nos ve. Nosotros te
deseamos; consiente, pues, y entrégate a nosotros. Si no, daremos
testimonio contra ti diciendo que estaba contigo un joven, y que por
eso habías despachado a tus doncellas.»
Susana
gimió: «¡Ay,
qué aprieto me estrecha por todas partes!. Si hago esto, es la
muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es
mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho, que pecar
delante del Señor.»
Y
Susana se puso a gritar a grandes voces. Los dos ancianos gritaron
también contra ella, y uno de ellos corrió a abrir las puertas del
jardín.
Al oír estos gritos en el jardín, los domésticos
se precipitaron por la puerta lateral, para ver qué ocurría, y
cuando los ancianos contaron su historia, los criados se sintieron
muy confundidos, porque jamás se había dicho una cosa semejante de
Susana.
A la mañana siguiente, cuando el pueblo se reunió en
casa de Joaquín, su marido, llegaron allá los dos ancianos, llenos
de pensamientos inicuos contra Susana, para hacerla morir.
Y
dijeron en presencia del pueblo: «Mandad
a buscar a Susana, hija de Jilquías, la mujer de Joaquín.»
Mandaron a buscarla, y ella compareció acompañada de sus padres, de
sus hijos y de todos sus parientes. Todos los suyos lloraban, y
también todos los que la veían.
Los dos ancianos,
levantándose en medio del pueblo, pusieron sus manos sobre su
cabeza. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón
tenía puesta su confianza en Dios.
Los ancianos dijeron:
«Mientras
nosotros nos paseábamos solos por el jardín, entró ésta con dos
doncellas. Cerró las puertas, y luego despachó a las doncellas.
Entonces se acercó a ella un joven, que estaba escondido y se acostó
con ella. Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver
esta iniquidad, fuimos corriendo donde ellos.
Los sorprendimos
juntos, pero a él no pudimos atraparle porque era más fuerte que
nosotros, y abriendo la puerta se escapó. Pero a ésta la agarramos,
y le preguntamos quién era aquel joven.
No quiso
revelárnoslo. De todo esto nosotros somos testigos.»
La
asamblea les creyó, como ancianos y jueces del pueblo que eran. Y la
condenaron a muerte.
Entonces Susana gritó fuertemente: «Oh
Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo conoces antes que
suceda, Tú sabes que éstos han levantado contra mí falso
testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que su
maldad ha tramado contra mí.»
El
Señor escuchó su voz, y cuando era llevada a la muerte, suscitó el
santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, que se puso a gritar:
«¡Yo
estoy limpio de la sangre de esta mujer!»
Todo
el pueblo se volvió hacia él y dijo: «¿Qué
significa eso que has dicho?»
Él,
de pie en medio de ellos, respondió: «¿Tan
necios sois, hijos de Israel, para condenar sin investigación y sin
evidencia, a una hija de Israel?. ¡Volved al tribunal, porque es
falso el testimonio que éstos han levantado contra ella!»
Todo
el pueblo se apresuró a volver allá, y los ancianos dijeron a
Daniel: «Ven
a sentarte en medio de nosotros, y dinos lo que piensas, ya que Dios
te ha dado la dignidad de la ancianidad.»
Daniel
les dijo entonces: «Separadlos
lejos el uno del otro, y yo les interrogaré.»
Una
vez separados, Daniel llamó a uno de ellos, y le dijo:
«Envejecido en la iniquidad, ahora han llegado al colmo los delitos
de tu vida pasada, dictador de sentencias injustas, que condenabas a
los inocentes, y absolvías a los culpables, siendo así que el Señor
dice: 'No matarás al inocente y al justo.'. Conque, si la viste,
dinos bajo qué árbol los viste juntos.»
Respondió
él: «Bajo
una acacia.». «En verdad - dijo Daniel - contra tu propia cabeza
has mentido, pues ya el ángel de Dios ha recibido de él la
sentencia, y viene a partirte por el medio.»
Retirado
éste, mandó traer al otro y le dijo: «¡Raza
de Canaán, que no de Judá; la hermosura te ha descarriado, y el
deseo ha pervertido tu corazón!. Así tratabais a las hijas de
Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a vosotros. Pero una hija
de Judá no ha podido soportar vuestra iniquidad.
Ahora
pues, dime: ¿Bajo qué árbol los sorprendiste juntos?» Él
respondió: «Bajo una encina.»
En
verdad, dijo Daniel, tú también has mentido contra tu propia
cabeza: ya está el ángel del Señor esperando, espada en mano, para
partirte por el medio, a fin de acabar con vosotros.»
Entonces
la asamblea entera clamó a grandes voces, bendiciendo a Dios que
salva a los que esperan en Él.
Luego se levantaron contra los
dos ancianos, a quienes, por su propia boca, había convencido Daniel
de falso testimonio, y para cumplir la ley de Moisés, les aplicaron
la misma pena, que ellos habían querido infligir a su prójimo: les
dieron muerte, y aquel día se salvó una sangre inocente.
Palabra
de Dios. ¡Te alabamos
Señor!
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Salmo
23(22),1-3a.3b-4.5.6
El Señor es mi pastor, nada me puede
faltar.
El
Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
Él me hace
descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas,
y
repara mis fuerzas.
Me guía por el recto sendero,
Aunque
cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque Tú
estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.
Tú
preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con
óleo mi cabeza,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu gracia me
acompañan,
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del
Señor,
por muy largo
tiempo.
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Evangelio
según San Juan 8,1-11
Jesús
fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el
pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y comenzó a
enseñarles.
Los escribas y los fariseos, le trajeron a una
mujer que había sido sorprendida en adulterio, y poniéndola en
medio de todos, dijeron a Jesús: "Maestro,
esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la
Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué
dices?".
Decían
esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús,
inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como
insistían, se enderezó y les dijo: "El
que no tenga pecado, que arroje la primera piedra". E
inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al
oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando
por los más ancianos.
Jesús quedó solo con la mujer, que
permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: "Mujer,
¿dónde están tus acusadores?. ¿Alguien te ha condenado?".
Ella
le respondió:
"Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo
Jesús. Vete, no peques más en adelante".
Palabra
de Dios. ¡Te alabamos
Señor!
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Historias
Sagradas
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https://evangeliodeldia.org/SP/gospel
https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/
https://www.biblegateway.com/
http://santoral-virtual.blogspot.com/
https://www.vercalendario.info/es/evento/liturgia-catolica-ano-calendario-2026.html
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