Sábado 15 de Abril
Sábado Santo
Las
Siete Palabras que pronunció Jesús desde la Cruz
Hoy
meditemos las siete palabras que Jesús pronunció desde la Santa
Cruz y posteriormente recemos por cada una de ellas.
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Reflexión
hecha por el arzobispado Castrense en España
PRIMERA
PALABRA
“PADRE,
PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (LUC.23,34)
Según
la narración del Evangelista Lucas, ésta es la primera Palabra
pronunciada por Jesús en la Cruz.
Jesús
en la Cruz se ve envuelto en un mar de insultos, de burlas y de
blasfemias. Lo hacen los que pasan por el camino, los jefes de los
judíos, los dos malhechores que han sido crucificados con Él, y
también los soldados. Se mofan de Él diciendo: “Si eres hijo de
Dios, baja de la Cruz y creeremos en Tí” (Mt .27,42). “Ha puesto
su confianza en Dios, que Él lo libre ahora” (Mt.27,43).
La
humanidad entera, representada por los personajes allí presentes, se
ensaña contra Él. “Me dejareis sólo”, había dicho
Jesús a sus discípulos. Y ahora está solo, entre el Cielo y la
tierra.
Se
le negó incluso el consuelo de morir con un poco de dignidad.
Jesús
no sólo perdona, sino que pide el perdón de su Padre, para los que
lo han entregado a la muerte.
Para
Judas, que lo ha vendido. Para Pedro que lo ha negado. Para los que
han gritado que lo crucifiquen, a Él, que es la dulzura y la paz.
Para los que allí se están mofando.
Y
no sólo pide el perdón para ellos, sino también para todos
nosotros. Para todos los que con nuestros pecados somos el
origen de su condena y crucifixión. “Padre, perdónales, porque no
saben…”
Jesús
sumergió en su oración todas
nuestras traiciones.
Pide perdón, porque el amor todo lo excusa, todo lo soporta… (1
Cor. 13).
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SEGUNDA
PALABRA
“TE
LO ASEGURO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO” (LUC.23, 43)
Sobre
la colina del Calvario había otras dos cruces. El Evangelio dice que
junto a Jesús, fueron crucificados dos malhechores. (Luc. 23,32).
La
sangre de los tres formaban un mismo charco, pero, como dice San
Agustín, aunque para los tres la pena era la misma, sin embargo,
cada uno moría por una causa distinta.
Uno
de los malhechores blasfemaba diciendo: “¿No eres Tú el
Cristo? ¡Sálvate a Tí mismo, y sálvanos a nosotros!” (Luc.
23,39).
Había
oído a quienes insultaban a Jesús. Había podido leer incluso el
título que habían escrito sobre la Cruz: “Jesús Nazareno, Rey
de los judíos”. Era un hombre desesperado, que gritaba de
rabia contra todo.
Pero
el otro malhechor se sintió impresionado al ver cómo era Jesús. Lo
había visto lleno de una paz, que no era de este mundo.
Le
había visto lleno de mansedumbre. Era distinto de todo lo que había
conocido hasta entonces. Incluso le había oído pedir perdón para
los que le ofendían.
Y
le hace esta súplica, sencilla, pero llena de vida: “Jesús,
acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Se
acordó de improviso que había un Dios al que se podía pedir paz,
como los pobres pedían pan a la puerta de los señores.
¡Cuántas
súplicas les hacemos nosotros a los hombres, y qué pocas le hacemos
a Dios!…
Y
Jesús, que no había hablado cuando el otro malhechor le injuriaba,
volvió la cabeza para decirle: “Te lo
aseguro. Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Jesús
no le promete nada terreno.
Le
promete el Paraíso para aquel mismo día. El mismo
Paraíso que ofrece a todo hombre que cree en Él.
Pero
el verdadero regalo que Jesús le hacía a aquel hombre, no era
solamente el Paraíso. Jesús le ofreció el
regalo de sí mismo.
Lo
más grande que puede poseer un hombre y una mujer, es compartir su
existencia con Jesucristo. Hemos sido creados para vivir en comunión
con Él.
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TERCERA
PALABRA
“MUJER,
AHÍ TIENES A TU HIJO, HIJO AHÍ TIENES A TU MADRE” (JN.19, 26)
Junto
a la Cruz estaba también María, su Madre. La presencia de María
junto a la Cruz fue para Jesús un motivo de alivio, pero también de
dolor. Tuvo que ser un consuelo el verse acompañado por Ella. Ella
que por otra parte, era el primer fruto de la Redención.
Pero,
a la vez, esta presencia de María tuvo que producirle un enorme
dolor, al ver el Hijo los sufrimientos que su muerte en la cruz
estaban produciendo en el interior de su Madre. Aquellos
sufrimientos le hicieron a Ella Corredentora, compañera en la
redención.
Era
la presencia de una mujer, ya viuda desde hacía años. Y que iba a
perder ahora también a su Hijo.
Jesús
y María vivieron en la Cruz el mismo drama de muchas familias, de
tantas madres e hijos, reunidos a la hora de la muerte. Después de
largos períodos de separación, por razones de trabajo, de
enfermedad, por labores misioneras en la Iglesia, o por azares de la
vida, se encuentran de nuevo en la muerte de uno de ellos.
Al
ver Jesús a su Madre, presente allí junto a la Cruz, evocó toda
una estela de recuerdos gratos que habían vivido juntos en Nazaret,
en Caná, en Jerusalén. Sobre sus rodillas había aprendido el
shema, la primera oración con que un niño judío invocaba a Dios.
Agarrado de su mano, había ido muchas veces a la Pascua de
Jerusalén. Habían hablado tantas veces en aquellos años de
Nazaret, que el uno conocía todas las intimidades del otro.
En
el corazón de la Madre se habían guardado también cosas que Ella
no había llegado a comprender del todo. Treinta y tres años antes
había subido un día de febrero al Templo, con su Hijo entre los
brazos, para ofrecérselo al Señor.
Y
fue precisamente aquel día, cuando de labios de un anciano sacerdote
oyó aquellas palabras: “A ti, mujer,
un día, una espada te atravesará el alma”. Los
años habían pasado pronto, y nada había sucedido hasta entonces.
En
la Cruz se estaba cumpliendo aquella lejana profecía de una espada
en su alma.
Pero
la presencia de María junto a la Cruz, no es simplemente la de una
Madre junto a un Hijo que muere. Esta presencia va a tener un
significado mucho más grande.
Jesús
en la Cruz le va a confiar a María una nueva maternidad. Dios
la eligió desde siempre para ser Madre de Jesús, pero también para
ser Madre de los hombres.
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CUARTA
PALABRA
“DIOS
MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO” (MT.27,46)
Son
casi las tres de la tarde en el Calvario, y Jesús está haciendo los
últimos esfuerzos por hacer llevar un poco de aire a sus pulmones.
Sus ojos están borrosos de sangre y sudor.
Y
en este momento, incorporándose, como puede, grita: “Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
No
había gritado en el huerto de los Olivos, cuando sus venas
reventaron por la tensión que vivía. No había gritado en la
flagelación, ni cuando le colocaron la corona de espinas.
Ni
siquiera lo había hecho en el momento en que le clavaron a la Cruz.
Jesús
grita ahora.
Jesús,
el Hijo único, aquel a quien el Padre en el Jordán y en el Tabor
había llamado: “Mi Hijo único” , “Mi Predilecto”,
“Mi amado”, Jesús en la Cruz se siente abandonado de su
Padre.
¿Qué
misterio es éste?. ¿Cuál es el misterio de Jesús Abandonado, que
dirigiéndose a su Padre, no le llama “Padre”, como
siempre lo había hecho, sino que le pregunta, como un niño
impotente, que por qué le había abandonado?.
¿Por
qué Jesús se siente abandonado de su Padre?
Me
gustaría poder ayudarte a conocer un poco, y, sobre todo, a
contemplar todo el misterio tremendo, y a la vez inmensamente grande
que Jesús vive en este momento.
Este
momento de la Pasión de Jesús, en que se siente abandonado de su
mismo Padre, es el más doloroso para Él de toda la Redención. El
verdadero drama de la Pasión, Jesús lo vivió en este aparente
abandono de su Padre.
Y
si la Pasión de Jesús, el Hijo bendito del Padre, es el misterio
que no tiene nombre, que no hay palabras para describirlo, no lo es
simplemente por los azotes, ni por la sangre derramada, ni por la
agonía o por la asfixia, sino porque nos hace entrar en el misterio
de Dios.
Y
en este abandono de Jesús, descubrimos el inmenso amor que Jesús
tuvo por los hombres, y hasta dónde fue capaz de llegar por amor a
su Padre. Porque todo lo vivió por haberse ofrecido a devolver a su
Padre los hijos que había perdido, y por obediencia a Él.
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QUINTA
PALABRA
“TENGO
SED” (JN.19,28)
1.-
Uno de los más terribles tormentos de los crucificados era la sed.
La
deshidratación que sufrían, debida a la pérdida de sangre, era un
tormento durísimo. Y Jesús, por lo que sabemos, no había bebido
desde la tarde anterior.
No
es extraño que tuviera sed; lo extraño es que lo dijera.
2.-
La sed que experimentó Jesús en la Cruz fue una sed física.
Expresó en aquel momento estar necesitado de algo tan elemental como
es el agua. Y pidió, “por favor”, un poco de agua,
como hace cualquier enfermo o moribundo.
Jesús
se hacía así solidario con todos, pequeños o grandes, sanos o
enfermos, que necesitan y piden un poco de agua. Y es hermoso
pensar que cualquier ayuda prestada a un moribundo, nos hace recordar
que Jesús también pidió un poco de agua antes de morir.
3.-
Pero no podemos olvidar el detalle que señala el Evangelista San
Juan: Jesús dijo: “Tengo sed”. “Para que se
cumpliera la Escritura”, dice San Juan (Jn.19,28).
Jesús
habló en esta quinta Palabra de “su sed”. Aquella sed que vivía
Él como Redentor.
Jesús,
en aquel momento de la Cruz, cuando está realizando la Redención de
los hombres, pedía otra bebida distinta del agua o del vinagre que
le dieron.
Poco
más de dos años antes, Jesús se había encontrado junto al pozo de
Sicar, con una mujer de Samaria, a la que había pedido de
beber.”Dame de beber”. Pero el agua que le pedía no
era la del pozo. Era la conversión de aquella mujer.
Ahora,
casi tres años después, San Juan que relata este pasaje, quiere
hacernos ver que Jesús tiene otra clase de sed. Es como aquella sed
de Samaria.
“La
sed del cuerpo, con ser grande -decía Santa Catalina de Siena- es
limitada. La sed espiritual es infinita”.
Jesús
tenía sed de que todos recibieran la vida abundante que Él había
merecido. De que no se hiciera inútil la redención. Sed de
manifestarnos a Su Padre. De que creyéramos en Su amor. De que
viviéramos una profunda relación con Él. Porque todo está aquí:
en la relación que tenemos con Dios.
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SEXTA
PALABRA
“TODO
ESTÁ CUMPLIDO” (JN. 19, 30)
Estas
fueron las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la Cruz.
Estas
palabras no son las de un hombre acabado. No son las palabras de
quien tenía ganas de llegar al final. Son
el grito triunfante del vencedor.
Estas
palabras manifiestan la conciencia de haber cumplido hasta el final
la obra para la que fue enviado al mundo: dar la vida por la
salvación de todos los hombres.
Jesús
ha cumplido todo lo que debía hacer.
Vino
a la tierra para cumplir la voluntad de su Padre. Y la ha realizado
hasta el fondo.
Le
habían dicho lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Le dijo su Padre
que anunciara a los hombres la pobreza, y nació en Belén, pobre. Le
dijo que anunciara el trabajo, y vivió treinta años trabajando en
Nazaret.
Le
dijo que anunciara el Reino de Dios, y dedicó los tres últimos años
de su vida a descubrirnos el milagro de ese Reino, que es el corazón
de Dios.
La
muerte de Jesús fue una muerte joven; pero no fue una muerte, ni una
vida malograda. Sólo tiene una muerte
malograda, quien muere inmaduro. Aquel a quien la muerte le sorprende
con la vida vacía. Porque en la vida sólo vale, sólo queda,
aquello que se ha construido sobre Dios.
Y
ahora Jesús se abandona en las manos de su Padre. “Padre, en
tus manos pongo mi Espíritu”.
Las
manos de Dios son manos paternales. Las manos de Dios son manos de
salvación, y no de condenación.
Dios
es un Padre.
Antes
de Cristo, sabíamos que Dios era el Creador del mundo. Sabíamos que
era Infinito y todopoderoso, pero no sabíamos hasta qué punto Dios
nos amaba. Hasta qué punto Dios es PADRE. El Padre más Padre que
existe.
Y
Jesús sabe que va a descansar al corazón de ese Padre.
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SÉPTIMA
PALABRA
“PADRE,
EN TUS MANOS PONGO MI ESPÍRITU (LUC. 23,46)
Y
el que había temido al pecado, y había gritado: “¿Por qué me
has abandonado?”, no tiene miedo en absoluto a la muerte,
porque sabe que le espera el amor infinito de Su Padre.
Durante
tres años se lanzó por los caminos y por las sinagogas, por las
ciudades y por las montañas, para gritar y proclamar que Aquel, a
quien en la historia de Israel se le llamaba “Él”,
“Elohim”, “El Eterno”, “El sin nombre”,
sin dejar de ser aquello, era Su Padre. Y también, nuestro Padre.
Y
el hecho de que tenga seis mil millones de hijos en el mundo, eso no
impide que a cada uno de nosotros nos mime y nos cuide como a un hijo
único.
Y,
salvadas todas las distancias, también nosotros podemos decir, lo
mismo que Jesús: “Dios es mi Padre”, “los designios
de mi Padre”, “la voluntad de mi Padre”.
Y
si es cierto que es un Padre Todopoderoso, también es cierto que lo
es todo cariñoso. Y en las mismas manos que
sostiene el mundo, en esas mismas manos lleva escrito nuestro nombre,
mi nombre.
Y,
a veces, cuando la gente dice: “Yo estoy solo en el mundo”,
“a mi nadie me quiere”, Él, el padre del Cielo, responde:
“No. Eso no es cierto. Yo siempre estoy contigo”.
Hay
que vivir con la alegre noticia de que Dios es el Padre que cuida de
nosotros. Y, aunque a veces sus caminos sean
incomprensibles, tener la seguridad de que Él sabe mejor que
nosotros lo que hace. Hay que amar a Dios, sí. Pero
también hay que dejarse amar y querer por Dios.
En
las manos de ese Padre que Jesús conocía y amaba tan
entrañablemente, es donde Él puso su espíritu.
Cortesía
de: C/ del Nuncio, 13. 28005 Madrid (España)
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una guía para la meditación personal
Oración
Inicial
En
el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo….
Señor,
qué extraño mensaje el tuyo:
“Cuando
ayunes, perfúmate, para que nadie lo note; y el Padre, que todo lo
ve, te recompensará”.
No
es la tristeza,
ni
las largas caras lo que a Ti te gusta.
Tú
eres Dios de corazones.
Tú
estás acostumbrado a leer en secreto.
Tú
no quieres apariencias,
a
Ti te gusta la conversión verdadera.
Mi
corazón quiere repetir sin tardar:
“Aquí
estoy, Señor,
para
hacer tu voluntad.
Aquí
estoy, Señor”.
PRIMERA
PALABRA
“Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen”
(Lc 23,34)
Somos
hombres, Señor, perdónanos:
por
no saber decirte nada,
por
ser avaros de nuestro tiempo
y
no tenerlo para encontrarnos contigo.
Somos
hombres, Señor, perdónanos:
por
esconder la claridad del Evangelio,
por
nuestras cobardías
y
nuestros compromisos con el pecado.
Perdónanos,
Señor, por nuestras faltas de amor,
nuestros
arrebatos, nuestros prejuicios,
nuestra
indiferencia, y todo lo que mata el amor.
Perdónanos,
Señor,
por
no saber perdonar,
por
no saber reconciliarnos
con
nosotros mismos,
y,
menos aún, con los otros.
¿Cuándo
será que sabremos amar como Tú amas?
¿Cuándo
será que sabremos amar al otro por él y por Ti?
Perdona
la fealdad de nuestra mirada.
Somos
hombres, Señor, perdónanos.
SEGUNDA
PALABRA
“Hoy
estarás conmigo en el Paraíso”
(Lc 23, 43)
Ayúdame,
oh Señor,
a
que mis ojos sean misericordiosos,
para
que yo jamás recele o juzgue según las apariencias,
sino
que busque lo bello
en
el alma de mi prójimo y acuda a ayudarle.
Ayúdame,
oh Señor,
a
que mis oídos sean misericordiosos,
para
que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo
y
no sea indiferente a sus penas y gemidos.
Ayúdame,
oh Señor,
a
que mi lengua sea misericordiosa,
para
que jamás hable negativamente de mi prójimo,
sino
que tenga una palabra de consuelo y de perdón para todos.
Ayúdame,
oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas
y
llenas de buenas obras, para que sepa hacer sólo el bien a mi
prójimo
y
cargar sobre mí las tareas más difíciles y penosas.
Ayúdame,
oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos,
para
que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo,
dominando
mi propia fatiga y mi cansancio.
Mi
reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.
Ayúdame,
oh Señor,
a
que mi corazón sea misericordioso,
para
que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo.
A
nadie le rehusaré mi corazón.
Seré
sincero incluso con aquellos
de
los cuales sé que abusarán de mi bondad.
Y
yo mismo me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús.
Soportaré
mis propios sufrimientos en silencio.
Que
tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí. Amen.
Fuente:
Grupo de Oración Santo Cura de Ars
TERCERA
PALABRA
“He
aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26)
Préstame,
Madre, tus ojos
para
con ellos mirar,
porque
si por ellos miro
nunca
volveré a pecar
Préstame,
Madre, tus labios
para
con ellos rezar,
porque
si con ellos rezo
Jesús
me podrá escuchar
Préstame,
Madre, tu lengua
para
poder comulgar
pues
es tu lengua patena
de
amor y de santidad
Préstame,
Madre, tus brazos
para
poder trabajar,
que
así rendirá el trabajo
una
y mil veces mas
Préstame,
Madre, tu manto
para
cubrir mi maldad
pues
cubierto con tu manto
al
Cielo he de llegar
Préstame,
Madre a tu Hijo
para
poderlo yo amar,
si
Tu me das a Jesús,
¿Que
mas puedo yo desear?
Y
esa será mi dicha
por
toda la eternidad.
CUARTA
PALABRA
“Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt
27, 46)
“Tengo
mil dificultades:
ayúdame.
De
los enemigos del alma:
sálvame.
En
mis desaciertos:
ilumíname.
En
mis dudas y penas:
confórtame.
En
mis enfermedades:
fortaléceme.
Cuando
me desprecien:
anímame.
En
las tentaciones:
defiéndeme.
En
horas difíciles:
consuélame.
Con
tu corazón maternal:
ámame.
Con
tu inmenso poder:
protégeme.
Y
en tus brazos al expirar:
recíbeme.
QUINTA
PALABRA
“Tengo
sed” (Jn 19, 28)
Nos
haces falta tú, Señor,
pues
tenemos sed, Señor, mucha sed,
por
tantas y tantas necesidades,
que
no logramos satisfacer.
Nos
hacen falta muchas cosas
pero
más que nada nos hace falta
tu
gracia, tu amor y tu paz.
Nos
haces falta tú, Señor,
en
nuestra vida;
tu
ausencia es peor
que
la sed inapagable
que
está quemando nuestro ser.
Nos
hace falta el agua viva
que
nos da la certeza
de
un futuro de vida.
Nos
hace falta sobre todo
sentirnos
unidos a Ti,
para
saber compartir
y
saciar nuestra sed.
Amén.
SEXTA
PALABRA
“Todo
está consumado” (Jn 19,30)
Cuantas
veces, Señor, no hemos sido fieles,
no
hemos sido realistas frente a las cosas!
Cuantas
veces hemos creído poco en la inagotable
fuerza
de vida que deriva de la cruz!
Concédenos
Señor, que, al contemplarla,
nos
sintamos amados por Ti,
amados
por Dios, hasta el fondo,
tal
como somos;
y
creamos que por la fuerza de la cruz
existe
en nosotros una capacidad nueva
de
dedicarnos a los hermanos,
según
aquel estilo y aquel modo
que
nos enseña y comunica la cruz.
Danos,
Señor, descubrir que la cruz
hace
nacer de verdad
un
hombre nuevo dentro de nosotros,
suscita
nuevas formas de vida entre los hombres,
conviértete
en el preludio,
la
promesa y la anticipación de aquélla vida plena
que
explotará en el misterio de la resurrección.
Nos
arrodillamos ante la Cruz con María
y
pedimos que comprendamos,
como
ella comprendió,
el
misterio que transforma el corazón del hombre
y
que transforma al mundo.
Jesús
cuando seas levantado en tu cruz
atráeme
hacia Ti.
Amén.
SÉPTIMA
PALABRA
“Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46)
En
tus manos Padre Santo y Misericordioso,
ponemos
nuestra vida,
Tú
nos la diste,
Guíala
y llénala de tus dones.
Tú
estás a nuestro lado,
como
roca sólida y amigo fiel,
aún
cuando nos olvidamos de tí.
Pero
ahora volvemos a Tí.
Queremos
agarrarnos a la guía
segura
de tus manos,
que
nos conducen a la Cruz.
Sentimos
la necesidad de meditar
y
de callar mucho,
sentimos
también la necesidad
de
hablar para darte gracias.
Y
para dar a conocer a todos los hombres
las
maravillas de tu amor.
Nos
separamos de Tí, fuente de la vida,
y
encontramos la muerte.
Tu
Hijo sin embargo no se paró
ante
el pecado y la muerte,
sino
que con la fuerza del amor,
destruyó
el pecado,
redimió
el dolor, venció la muerte.
La
Cruz de Cristo nos revela que tu amor,
es
más fuerte que todo,
el
don misterioso y fecundo,
que
mana de la cruz.
Es
el Espíritu Santo,
que
nos hace partícipes,
de
la obediencia filial de Jesús,
Nos
comunica tu voluntad.
de
atraer a todo hombre a
la
alegría de una vida
reconciliada
y renovada por
el
AMOR.
Amén.
¡En Tus manos!
ORACIÓN
FINAL
Oh
Jesús, cuánto sufriste en la Cruz
al
ofrecer tu vida al Padre, para salvarnos!
Nos
has trazado así el camino del Amor
que
nos lleva a la felicidad eterna.
Te
ofrezco mi vida como oración,
con
sus dolores y alegrías
y
con mi esfuerzo de vivir mejor tu evangelio.
Te
lo ofrezco para que todos seamos buenos
y
encontremos salvación por Ti.
Perdona
nuestros pecados.
Que
sepamos seguir sirviéndote
y
amándote en nuestros hermanos que sufren hoy.
Gracias
Señor por querernos tanto!. Amén.
Cortesía
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