Segunda
Feria, 15 de Julio
San
Buenaventura
(1217-74)
(1217-74)
Cardenal,
Obispo y General de la Orden Franciscana
Doctor
de la Iglesia
En
una oportunidad, recibió la Sagrada Hostia en su boca, de manos de
un ángel, ante la vista de la Asamblea
“La
perfección del cristiano, consiste en hacer perfectamente, las cosas
ordinarias. La fidelidad en las cosas pequeñas, es una virtud
heroica”
Breve
Nació
alrededor del año 1218, en Bagnoregio, en la región toscana;
estudió filosofía y teología en París, y habiendo obtenido el
grado de maestro, enseñó con gran provecho, estas mismas
asignaturas, a sus compañeros de la Orden franciscana.
Fue
elegido ministro general de su Orden, cargo que ejerció, con
prudencia y sabiduría.
-Conocido
como el "Doctor Seráfico", por sus escritos encendidos, de
Fe y Amor a Jesucristo.
Escribió
la vida de San Francisco, y muchas obras filosóficas y teológicas.
-Fue
ordenado Cardenal, y Obispo de la diócesis de Albano.
-Murió
en Lyon, en el año 1274.
-Sus
restos están en Bagnoregio
Recomiendo
de manera especial, una lectura completa de todo este contenido, ya
que sentirás una profunda claridad, en tu mente y corazón. San
Buenaventura, es un auténtico genio esclarecido; es como posarse en
las fuertes alas de un gran águila, y tener una visión privilegiada
de la espiritualidad.
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Lo
único que sabemos, acerca de este ilustre hijo, de San Francisco de
Asís, por lo que se refiere a sus primeros años, es que nació en
Bagnorea, cerca de Viterbo, en el año 1221, y que sus padres fueron,
Juan Fidanza y María Ritella. Después de tomar el hábito, en la
orden seráfica, estudió en la Universidad de París, bajo la
dirección del maestro inglés, Alejandro de Hales.
San
Buenaventura, a quien la historia debía conocer, con el nombre de
"el doctor seráfico", enseñó teología y Sagrada
Escritura, en la Universidad de París, desde el año 1248 a 1257.
A
su genio penetrante, unía un juicio muy equilibrado, que le permitía
ir al fondo de las cuestiones en discusión, y dejar de lado todo
lo superfluo, para discernir el núcleo de lo esencial, y poner
al descubierto, los sofismas de las opiniones erróneas.
Nada
tiene pues de extraño, que el santo se haya distinguido en la
filosofía, y teología escolásticas. Buenaventura ofrecía todos
los estudios, a la gloria de Dios, y a su propia santificación, sin
confundir el fin con los medios, y sin dejar que degenerara su
trabajo, en disipación y vana curiosidad.
La
oración, clave de la vida espiritual
No
contento con transformar el estudio, en una prolongación de la
plegaria, consagraba gran parte de su
tiempo, a la oración propiamente dicha, convencido de
que ésa, era la clave de la vida espiritual. Porque como lo enseña
San Pablo, sólo el Espíritu de Dios, puede
hacernos penetrar sus secretos designios, y grabar sus palabras en
nuestros corazones.
Tan
grande, era la pureza e inocencia del santo, que su maestro,
Alejandro de Hales, afirmaba que "parecía que no había pecado
en Adán". El rostro de Buenaventura
reflejaba el gozo, fruto de la paz en que su alma vivía.
Como el mismo santo escribió, "el gozo espiritual es la
mejor señal, de que la gracia habita en un alma".
El
santo no veía en sí, más que faltas e imperfecciones, y por
humildad, se abstenía algunas veces, de recibir la comunión, por
más que su alma ansiaba, unirse al objeto de su amor, y acercarse a
la fuente de la gracia.
Pero
un milagro de Dios, permitió a San Buenaventura, superar tales
escrúpulos. Las actas de canonización, lo narran así: "Desde
hacía varios días, no se atrevía a acercarse, al banquete
celestial. Pero cierta vez, en que asistía a la Misa, y meditaba
sobre la Pasión del Señor, Nuestro Salvador, para premiar su
humildad y su amor, hizo
que un ángel, tomara de las manos del sacerdote, una parte de la
hostia consagrada, y la depositara en su boca".
A
partir de entonces, Buenaventura comulgó sin ningún escrúpulo, y
encontró en la Santa Comunión, una fuente de gozo y de gracias. El
santo, se preparó a recibir el sacerdocio, con severos ayunos y
largas horas de oración, pues su gran humildad, le hacía acercarse
con temor y temblor, a esa altísima dignidad. La Iglesia recomienda
a todos los fieles, la oración que el santo compuso, para después
de la misa, y que comienza así: Transfige,
dulcissime Domine Jesu...
Celo
por las almas
Buenaventura
se entregó con entusiasmo, a la tarea de cooperar, con la salvación
de su prójimo, como lo exigía la gracia del sacerdocio. La energía
con que predicaba la palabra de Dios, encendía los corazones de sus
oyentes; cada una de sus palabras, estaba dictada por un ardiente
amor.
Durante
los años que pasó en París, compuso una de sus obras más
conocidas, el "Comentario sobre las
Sentencias de Pedro Lombardo", que constituye una
verdadera suma de teología escolástica. El Papa Sixto IV,
refiriéndose a esa obra, dijo que "la manera como se expresa
sobre la teología, indica que el Espíritu Santo, hablaba por su
boca".
Víctima
de ataques
Los
violentos ataques, de algunos de los profesores de la Universidad de
París, contra los franciscanos, perturbaron la paz de los años, que
Buenaventura pasó en esa ciudad. Tales ataques se debían, en gran
parte, a la envidia que provocaban los éxitos pastorales y
académicos, de los hijos de San Francisco, ya
que la Santa Vida de los frailes, resultaba un reproche constante, a
la mundana existencia de otros profesores. El líder de
los que se oponían a los franciscanos, era Guillermo de Saint Amour,
quien atacó violentamente a San Buenaventura, en una obra titulada,
"Los peligros de los últimos tiempos".
Éste
tuvo que suspender sus clases, durante algún tiempo, y contestó a
los ataques, con un tratado sobre la pobreza evangélica, con el
título de "La Perfección
Evangélica".
El
Papa Alejandro IV, nombró a una comisión de cardenales, para que
examinasen el asunto en Anagni, con el resultado de que fue quemado
públicamente, el libro de Guillermo de Saint Amour, fueron devueltas
sus cátedras a los hijos de San Francisco, y fue ordenado el
silencio a sus enemigos. Un año más tarde, en 1257, San
Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, recibieron juntos el título
de doctores.
Sus
escritos, y anhelo de la perfección cristiana
San
Buenaventura escribió un tratado, "Sobre
la vida de perfección", destinado a la Beata
Isabel, hermana de San Luis de Francia, y a las Clarisas Pobres del
convento de Longchamps.
Otras
de sus principales obras místicas, son el "Soliloquio",
y el tratado "Sobre el triple
camino". Es conmovedor el amor que respira, cada
una de las palabras de San Buenaventura.
Gerson,
el erudito y devoto canciller, de la Universidad de París, escribe a
propósito de sus obras: "A mi modo de ver, entre todos los
doctores católicos, Eustaquio (porque así podemos traducir el
nombre de Buenaventura), es el que más ilustra la inteligencia, y
enciende al mismo tiempo el corazón. En particular, el Breviloquium
Itinerarium mentis in Deum, están compuestos con
tanto arte, fuerza y concisión, que ningún otro escrito, puede
aventajarlos".
Y
en otro libro, comenta: "Me parece que las obras de
Buenaventura, son las más aptas, para la instrucción de los fieles,
por su solidez, ortodoxia y espíritu de devoción. Buenaventura se
guarda cuanto puede, de los vanos adornos, y no trata de cuestiones
de lógica o física, ajenas a la materia. No existe doctrina más
sublime, más divina y más religiosa, que la suya".
Estas
palabras se aplican sobre todo, a los tratados espirituales, que
reproducen sus meditaciones frecuentes, sobre las delicias del cielo,
y sus esfuerzos por despertar en los cristianos, el mismo deseo de la
gloria, que a él le animaba.
Como
dice en un escrito, "Dios, todos los espíritus gloriosos, y
toda la familia del Rey Celestial nos esperan, y desean que vayamos a
reunirnos con ellos. ¡Es imposible que no se anhele, ser admitido en
tan dulce compañía!. Pero quien en este valle de lágrimas, no haya
tratado de vivir con el deseo del cielo, elevándose constantemente
sobre las cosas visibles, tendrá vergüenza, al comparecer a la
presencia de la corte celestial".
Según
el Santo, la perfección cristiana, más que en el heroísmo de la
vida religiosa, consiste en hacer bien las acciones más ordinarias.
He aquí sus propias palabras: "La
perfección del cristiano, consiste en hacer perfectamente las cosas
ordinarias. La fidelidad en las cosas pequeñas, es una virtud
heroica". En efecto, tal
fidelidad constituye, una constante crucifixión del amor propio, un
sacrificio total de la libertad, del tiempo y de los afectos, y por
ello mismo, establece el reino de la gracia en el alma.
El
mejor ejemplo que puede darse, de la estima en que San Buenaventura,
tenía a la fidelidad en las cosas pequeñas, es la anécdota que se
cuenta de él, y del Beato Gil de Asís (23 de abril).
Es
elegido superior general de los Franciscanos
En
1257, Buenaventura fue elegido, superior general de los Frailes
Menores. No había cumplido aún los treinta y seis años, y la orden
estaba desgarrada por la división, entre los que predicaban una
severidad inflexible, y los que pedían que se mitigase la regla
original; naturalmente, entre esos dos extremos, se situaban todas
las otras interpretaciones.
Los
más rigoristas, a los que se conocía, con el nombre de "los
espirituales", habían caído en el error y en la desobediencia,
con lo cual, habían dado argumentos válidos, a los enemigos de la
orden, en la Universidad de París. El joven superior general,
escribió una carta a todos los provinciales, para exigirles la
perfecta observancia de la regla, y la reforma de los relajados, pero
sin caer en los excesos de los espirituales.
El
primero de los cinco capítulos generales, que presidió San
Buenaventura, se reunió en Narbona, en 1260. Ahí presentó, una
serie de declaraciones de las reglas que fueron adoptadas, y
ejercieron gran influencia, sobre la vida de la orden, pero no
lograron aplacar a los rigoristas. A instancias de los miembros del
capítulo, San Buenaventura empezó a escribir, la vida de San
Francisco de Asís.
La
manera en que llevó a cabo esa tarea, demuestra que estaba empapado,
de las virtudes del santo, sobre el cual escribía. Santo Tomás de
Aquino, que fue a visitar un día a Buenaventura, cuando éste se
ocupaba de escribir, la biografía del "Pobrecillo de Asís",
le encontró en su celda, sumido en la contemplación. En vez de
interrumpirle, Santo Tomás se retiró diciendo: "Dejemos a
un santo, trabajar por otro santo".
La
vida escrita por San Buenaventura, titulada "La
Leyenda Mayor", es una obra de gran importancia,
acerca de la vida de San Francisco, aunque el autor manifiesta en
ella, cierta tendencia a forzar la verdad histórica, para emplearla
como testimonio, contra los que pedían la mitigación de la regla.
Lo
nombran cardenal
San
Buenaventura gobernó la orden de San Francisco, durante diecisiete
años, y se le llama con razón, el segundo fundador. En 1265,
a la muerte de Godofredo de Ludham, el Papa Clemente IV, trató de
nombrar a San Buenaventura arzobispo de York, pero el santo,
consiguió disuadirle de ello.
Sin
embargo, al año siguiente, el Beato Gregorio X, le nombró cardenal
y obispo de Albano, le ordenó aceptar el cargo por obediencia, y le
llamó inmediatamente a Roma. Los legados pontificios, le esperaban
con el capelo, y las otras insignias de su dignidad; según se
cuenta, y fueron a su encuentro hasta cerca de Florencia, y
le hallaron en el convento franciscano de Mugello, lavando los
platos.
Como
Buenaventura tenía las manos sucias, rogó a los legados, que
colgasen el capelo en la rama de un árbol, y que se paseasen un poco
por el huerto, hasta que terminase su tarea. Sólo entonces, San
Buenaventura tomó el capelo, y fue a presentar a los legados, los
honores debidos.
Gregorio
X, encomendó a San Buenaventura, la preparación de los temas, que
se iban a tratar, en el Concilio ecuménico de Lyon, acerca de la
unión con los griegos ortodoxos, ya que el emperador Miguel
Paleólogo, había propuesto la unión a Clemente IV.
Los
más distinguidos teólogos de la Iglesia, asistieron a dicho
Concilio. Como se sabe, Santo Tomás de Aquino murió, cuando se
dirigía a él. San Buenaventura fue sin duda, el personaje más
notable de la asamblea.
Llegó
a Lyon con el Papa, varios meses antes, de la apertura del Concilio.
Entre la segunda y la tercera sesión, reunió el capítulo general
de su orden, y renunció al cargo de superior general. Cuando
llegaron los delegados griegos, el santo inició las conversaciones
con ellos, y la unión con Roma se llevó a cabo. En
acción de gracias, el Papa cantó la misa, el día de la fiesta de
San Pedro y San Pablo. La epístola, el evangelio y el credo, se
cantaron en latín y en griego, y San Buenaventura predicó en la
ceremonia.
Muere
el Doctor Seráfico
El
Seráfico Doctor murió, durante las celebraciones, la noche del 14
al 15 de julio. Ello le ahorró la pena de ver a Constantinopla,
rechazar la unión, por la que tanto había trabajado. Pedro de
Tarantaise, el dominico que ciñó más tarde la tiara pontificia,
con el nombre de Inocencio V, predicó el panegírico de San
Buenaventura, y dijo en él: "Cuantos conocieron a
Buenaventura, le respetaron y le amaron. Bastaba simplemente con
oírle predicar, para sentirse movido a tomarle por consejero, porque
era un hombre afable, cortés, humilde, cariñoso, compasivo,
prudente, casto, y adornado de todas las virtudes".
La
autoridad al servicio
Se
cuenta que como superior general, fue un día a visitar el convento
Foligno. Cierto frailecillo, tenía muchas ganas de hablar con él,
pero era demasiado humilde y tímido, para atreverse.
Pero
en cuanto partió San Buenaventura, el frailecillo cayó en la
cuenta, de la oportunidad que había perdido, y echó a correr tras
él, y le rogó que le escuchase un instante. El santo accedió
inmediatamente, y tuvo una larga conversación con él, a la vera del
camino.
Cuando
el frailecillo partió de vuelta al convento, lleno de consuelo, San
Buenaventura observó, ciertas muestras de impaciencia, entre los
miembros de su comitiva, y les dijo sonriendo: "Hermanos
míos, perdonadme, pero tenía que cumplir con mi deber, porque soy a
la vez superior y siervo, y ese frailecillo es a la vez, mi hermano y
mi amo. La regla nos dice: ‘Los
superiores deben recibir a los hermanos, con caridad y bondad, y
portarse con ellos, como si fuesen sus siervos, porque los superiores
son, en verdad, los siervos de todos los hermanos’.
Así pues, como superior y siervo, estaba yo obligado a ponerme, a la
disposición de ese frailecillo, que es mi amo, y a tratar de
ayudarle, lo mejor posible, en sus necesidades".
Tal
era el espíritu, con que el santo gobernaba su orden. Cuando se le
había confiado, el cargo de superior general, pronunció estas
palabras: "Conozco perfectamente mi incapacidad, pero también
sé cuán duro, es dar coces contra el aguijón. Así pues, a pesar
de mi poca inteligencia, de mi falta de experiencia en los negocios,
y de la repugnancia que siento por el cargo, no quiero seguir
opuesto, al deseo de mi familia religiosa, y a la orden del Sumo
Pontífice, porque temo oponerme con ello, a la voluntad de Dios. Por
consiguiente, tomaré sobre mis débiles hombros, esa carga pesada,
demasiado pesada para mí. Confío en que el cielo me ayudará, y
cuento con la ayuda, que todos vosotros podéis prestarme".
Estas
dos citas, revelan la sencillez, la humildad y la caridad, que
caracterizaban a San Buenaventura. Y por ese motivo, ha merecido el
título de "Doctor Seráfico", por las virtudes angélicas
que realzaban su saber.
Fue
canonizado, en el año 1482, y declarado Doctor de la Iglesia, en
1588.
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Del
oficio de lectura, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (viernes
posterior, al segundo domingo, después de Pentecostés)
En
Tí está la fuente viva
De
las obras de San Buenaventura, Obispo
Opúsculo 3, El árbol de la vida 29-30.47
Opúsculo 3, El árbol de la vida 29-30.47
Y
tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande, es éste
que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los
muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas
piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh
corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal
víctima, ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la
compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!.
Para
que del costado de Cristo, dormido en la cruz, se forma la Iglesia, y
se cumple la Escritura que dice: “Mirarán al que atravesaron”,
uno de los soldados, lo hirió con una lanza, y le abrió el costado.
Y
fue permisión de la divina providencia, a fin de que brotando de la
herida, sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el
cual, manando de la fuente cercana del corazón, diese a los
sacramentos de la Iglesia, la virtud de conferir la vida de la
gracia, y fuese, para los que viven en Cristo, como una copa llenada
en la fuente viva, que salta hasta la Vida Eterna.
Levántate
pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que anida en la pared de
una cueva; sé el gorrión que ha encontrado una casa, y no deja de
guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos, de su casto
amor, en aquella abertura sacratísima.
Aplica
a ella tus labios, para que bebas el agua de las fuentes del
Salvador. Porque ésta es la fuente, que mana en medio del
paraíso, y dividida en cuatro ríos, que se derraman en los
corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.
Corre
con vivo deseo, a esta fuente de vida y de luz, quienquiera que seas,
¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:
«¡Oh
hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la
eterna luz!. ¡Vida que vivificas toda vida y luz, que iluminas toda
luz, y conservas en perpetuo resplandor, millares de luces, que desde
la primera aurora, fulguran ante el trono de tu divinidad!.
¡Oh
eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente, oculta a
los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin
término, su anchura ilimitada, y su pureza imperturbable!.
De
ti procede el río, que alegra la ciudad de Dios, para que con voz de
regocijo y gratitud, te cantemos himnos de alabanza, probando por
experiencia, que en Tí, está la fuente viva, y tu luz nos hace ver
la luz”.
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Del
Oficio de Lectura, 15 de julio, San Buenaventura
Obispo
y Doctor de la Iglesia
La
Sabiduría misteriosa, revelada por el Espíritu Santo
De
las obras de San Buenaventura, Obispo
Opúsculo
sobre el itinerario de la mente hacia Dios, 7,1.2.4.6
Cristo
es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo,
Él, que es la placa de la expiación, colocada sobre el arca de
Dios, y el misterio escondido, desde el principio de los siglos.
El
que mira plenamente de cara, esta placa de expiación, y la contempla
suspendida en la cruz, con la fe, con la esperanza y la caridad, con
devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo,
este tal realiza con Él la Pascua, esto es, el paso, ya que
sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de
Egipto, y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y
descansa con Cristo en el sepulcro, muerto en lo exterior, pero
sintiendo, en cuanto es posible, en el presente estado de valores, lo
que dijo Cristo al ladrón, que estaba crucificado a su lado: “Hoy
estarás conmigo en el Paraíso”.
Para
que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de
orden intelectual, y concentrar en Dios, la totalidad de nuestras
aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede
conocer Aquel que lo recibe, y nadie lo recibe, sino el que lo desea;
y no lo desea sino Aquel, a quien inflama en lo más íntimo, el
fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto,
dice el Apóstol, que esta sabiduría misteriosa, es revelada por el
Espíritu Santo.
Si
quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no
al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al
gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta
al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a
la niebla, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa
totalmente, y que transporta hacia Dios, con unción suavísima y
ardentísimos afectos.
Este
fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén,
y Cristo es quien lo enciende, con el fervor de su ardentísima
pasión, fervor que sólo puede comprender, el que es capaz de decir:
“Preferiría morir asfixiado, y a la misma muerte”. El que
de tal modo ama la muerte, puede ver a Dios, ya que está fuera de
duda, aquella afirmación de la Escritura: “Nadie puede ver mi
rostro, y quedar con vida”.
Muramos
pues, y entremos en la oscuridad, impongamos
silencio a nuestras preocupaciones, deseos e
imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado, de este mundo al
Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir
con Felipe: “Eso nos basta”;
oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: “Te
basta mi gracia”; alegrémonos con David,
diciendo: “Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote
perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga:
«¡Amén!»”
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Benedicto
XVI: San Buenaventura, el teólogo de Cristo
Hoy
en la Audiencia General
CIUDAD
DEL VATICANO, miércoles 3 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación, la catequesis realizada hoy por el Papa en el Aula
Pablo VI, ante grupos de peregrinos de todo el mundo, sobre San
Buenaventura, Doctor de la Iglesia.
******
Queridos
hermanos y hermanas,
Hoy
quisiera hablar de San Buenaventura de Bagnoregio. Os confío que, al
proponeros este argumento, advierto una cierta nostalgia, porque
recuerdo las investigaciones, que como joven estudioso, realicé
precisamente sobre este autor, particularmente querido para mí.
Su
conocimiento, ha incidido no poco en mi formación. Con mucha
alegría, hace pocos meses, me dirigí en peregrinación a su lugar
natal, Bagnoregio, una pequeña ciudad italiana, en el Lacio, que
custodia con veneración, su memoria.
Nacido
probablemente en 1217, y muerto en 1274, vivió en el siglo XIII, una
época en la que la fe cristiana, penetrada profundamente, en la
cultura y en la sociedad de Europa, inspiró obras imperecederas en
el campo de la literatura, de las artes visuales, de la filosofía, y
de la teología.
Entre
las grandes figuras cristianas, que contribuyeron a la composición
de esta armonía, entre fe y cultura, destaca precisamente
Buenaventura, hombre de acción y de
contemplación, de profunda piedad, y de prudencia en el gobierno.
Se
llamaba Giovanni da Fidanza. Un episodio, que sucedió cuando era aún
muchacho, marcó profundamente su vida, como él mismo relata. Había
sido afectado, por una grave enfermedad, y ni siquiera su padre, que
era médico, esperaba ya salvarlo de la muerte. Su madre, entonces,
recurrió a la intercesión de San Francisco de Asís, canonizado
hacía poco. Y Giovanni se curó.
La
figura del Pobrecillo de Asís, se le hizo aún más familiar,
algunos años después, cuando se encontraba en París, donde se
había dirigido para sus estudios. Había obtenido el diploma de
Maestro de Artes, que podríamos comparar, al de un prestigioso Liceo
de nuestra época.
En
ese punto, como tantos jóvenes del pasado, y también de hoy,
Giovanni se planteó una pregunta crucial: “¿Qué
debo hacer con mi vida?”. Fascinado por el
testimonio, de fervor y radicalidad evangélica de los Frailes
Menores, que habían llegado a París en 1219, Giovanni llamó a las
puertas del Convento franciscano de esa ciudad, y pidió ser acogido,
en la gran familia de los discípulos de San Francisco.
Muchos
años después, explicó las razones de su elección: en San
Francisco, y en el movimiento iniciado por él, reconocía la acción
de Cristo.
Escribía
así, en una carta dirigida a otro fraile: “Confieso ante Dios,
que la razón que me hizo amar más, la vida del beato Francisco, es
que se parece a los inicios, y al crecimiento de la Iglesia. La
Iglesia comenzó con simples pescadores, y se enriqueció en seguida,
con doctores muy ilustres y sabios; la religión del beato Francisco,
no fue establecida por la prudencia de los hombres, sino por Cristo"
(Epistula de tribus quaestionibus ad magistrum innominatum, en Opere
di San Bonaventura. Introduzione generale, Roma 1990, p. 29).
Por
tanto, en torno al año 1243, Giovanni vistió el sayal franciscano,
y asumió el nombre de Buenaventura. Fue en seguida dirigido a los
estudios, y frecuentó la Facultad de Teología de la Universidad de
París, siguiendo un conjunto de cursos muy difíciles. Consiguió
los diversos títulos requeridos, por la carrera académica, los de
“bachiller bíblico", y de "bachiller sentenciario".
Así
Buenaventura, estudió a fondo la Sagrada Escritura, las Sentencias
de Pietro Lombardo, el manual de teología de aquel tiempo, y a los
más importantes autores de teología, y en contacto con los maestros
y estudiantes, que llegaban a París desde toda Europa, maduró su
propia reflexión personal, y una sensibilidad espiritual de gran
valor, que en el transcurso de los años siguientes, supo traslucir
en sus obras y en sus sermones, convirtiéndose así, en uno de los
teólogos más importantes, de la historia de la Iglesia.
Es
significativo recordar, el título de la tesis que defendió, para
ser habilitado en la enseñanza de la teología, la “licentia
ubique docendi”, como se decía entonces. Su disertación,
llevaba por título “Cuestiones sobre el conocimiento de
Cristo”. Este argumento, muestra el
papel central, que Cristo tuvo siempre en la vida, y en la enseñanza
de Buenaventura. Podemos decir sin más, que
todo su pensamiento, fue profundamente cristocéntrico.
En
aquellos años en París, la ciudad de adopción de Buenaventura,
estallaba una violenta polémica, contra los Frailes Menores de San
Francisco de Asís, y los Frailes Predicadores, de Santo Domingo de
Guzmán. Se discutía su derecho de enseñar en la Universidad, y se
ponía en duda incluso, la autenticidad de su vida consagrada.
Ciertamente,
los cambios introducidos por las Órdenes Mendicantes, en la manera
de entender la vida religiosa, de la que hablé en las catequesis
precedentes, eran tan innovadoras, que no todos llegaban a
comprenderlas.
Se
añadían también, como alguna vez sucede también, entre personas
sinceramente religiosas, motivos de debilidad humana, como la envidia
y los celos. San Buenaventura, aunque rodeado de la oposición, de
los demás maestros universitarios, había ya comenzado a enseñar,
en la cátedra de teología de los Franciscanos, y para responder a
quienes criticaban a las Órdenes Mendicantes, compuso un escrito
titulado “La Perfección Evangélica”.
En
este escrito, demuestra cómo las Órdenes Mendicantes, especialmente
los Frailes Menores, practicando los votos de pobreza, de castidad y
de obediencia, seguían los consejos del propio Evangelio.
Más
allá de estas circunstancias históricas, la enseñanza
proporcionada por Buenaventura, en esta obra suya, y también en su
vida, permanece siempre actual: la Iglesia se hace luminosa y bella,
por la fidelidad a la vocación, de esos hijos e hijas suyas, que no
sólo ponen en práctica, los preceptos evangélicos, sino que por la
gracia de Dios, están llamados a observar sus consejos, y dan
testimonio así, con su estilo de vida
pobre, casto y obediente,
de que el Evangelio, es fuente de gozo y de perfección.
El
conflicto se apaciguó, al menos por un cierto tiempo, y por
intervención personal del papa Alejandro IV, en 1257, Buenaventura
fue reconocido oficialmente como doctor y maestro, de la Universidad
parisina. Con todo, tuvo que renunciar a este prestigioso cargo,
porque en ese mismo año, el Capítulo general de la Orden, le eligió
Ministro general.
Desempeñó
este cargo durante diecisiete años, con sabiduría y dedicación,
visitando las provincias, escribiendo a los hermanos, interviniendo a
veces con una cierta severidad, para eliminar los abusos.
Cuando
Buenaventura comenzó este servicio, la Orden de los Frailes Menores,
se había desarrollado de un modo prodigioso: eran más de 30.000 los
frailes dispersos en todo Occidente, con presencias misioneras en el
norte de África, en Oriente Medio, y también en Pekín. Era
necesario consolidar esta expansión, y sobre todo conferirle, en
plena fidelidad al carisma de Francisco, unidad de acción y de
espíritu.
De
hecho, entre los seguidores del Santo de Asís, se registraban
diversas formas de interpretar su mensaje, y existía realmente el
riesgo, de una fractura interna. Para evitar este peligro, el
Capítulo general de la Orden en Narbona, en 1260, aceptó y ratificó
un texto propuesto por Buenaventura, en el que se unificaban las
normas, que regulaban la vida cotidiana de los Frailes Menores.
San
Buenaventura intuía, con todo, que las disposiciones legislativas,
aun inspiradas en la sabiduría y en la moderación, no eran
suficientes, para asegurar la comunión del espíritu y de los
corazones. Era necesario compartir los mismos ideales, y las
mismas motivaciones.
Por
este motivo. Buenaventura quiso presentar el auténtico carisma de
Francisco, su vida y su enseñanza. Por ello, recogió con gran celo,
documentos relativos al Pobrecillo, y escuchó con atención los
recuerdos, de aquellos que habían conocido directamente, a
Francisco.
De
ahí nació una biografía, históricamente bien fundada, del Santo
de Asís, titulada “Legenda Maior”,
redactada también de forma más sucinta, y llamada por ello “Legenda
minor”. La palabra latina, a diferencia de la
italiana (y tb. del término español “leyenda”, n.d.t.) no
indica un fruto de la fantasía, sino al contrario, Legenda
significa un texto autorizado, “que leer”
oficialmente.
De
hecho, el Capítulo general de los Frailes Menores de 1263, reunido
en Pisa, reconoció en la biografía de San Buenaventura, el retrato
más fiel del Fundador, y ésta se convirtió así, en la biografía
oficial del Santo.
¿Cuál
es la imagen de San Francisco, que surge del corazón y de la pluma,
de su hijo devoto y sucesor, San Buenaventura?. El punto esencial:
San Francisco es un alter
Christus, un hombre que buscó apasionadamente a Cristo.
En el amor que empuja a la imitación, se conformó enteramente a Él.
Buenaventura señalaba este ideal vivo, a todos los seguidores de
Francisco. Este ideal, válido para todo cristiano, ayer, hoy y
siempre, fue indicado como programa también, para la Iglesia del
Tercer Milenio, por mi Predecesor, el Venerable Juan Pablo II.
Este
programa, escribía en la Carta Tertio Millennio ineunte, se centra
“en Cristo mismo, a quien conocer,
amar, imitar, para vivir en Él, la Vida Trinitaria, y transformar
con Él, la historia hasta su cumplimiento, en la Jerusalén celeste"
(n. 29).
En
1273, la vida de San Buenaventura, conoció otro cambio. El Papa
Gregorio X, lo quiso consagrar Obispo, y nombrar Cardenal. Le
pidió también que preparara, un importantísimo acontecimiento
eclesial: el II Concilio Ecuménico de Lyon, que tenía como
objetivo, el restablecimiento de la comunión, entre la Iglesia
latina y la griega. Él se dedicó a esta tarea con diligencia, pero
no llegó a ver la conclusión, de aquella cumbre ecuménica, porque
murió durante su celebración.
Un
anónimo notario pontificio, compuso un elogio de San Buenaventura,
que nos ofrece un retrato conclusivo de este gran santo, y excelente
teólogo: “Hombre bueno, afable, piadoso, y misericordioso;
lleno de virtudes, amado por Dios, y por los hombres... Dios de
hecho, le había dado tal gracia, que todos aquellos que lo veían,
quedaban invadidos por un amor, que el corazón no podía ocultar”
(cfr J.G. Bougerol, Bonaventura, en A. Vauchez (vv.aa.), Storia dei
santi e della santità cristiana. Vol. VI. L’epoca del rinnovamento
evangelico, Milán 1991, p. 91).
Recojamos
la herencia de este Santo Doctor de la Iglesia, que nos recuerda el
sentido de nuestra vida, con estas palabras: “En la tierra...
podemos contemplar la inmensidad divina, mediante el razonamiento y
la admiración; en la patria celeste, en cambio, mediante la visión,
cuando seremos hechos semejantes a Dios, y mediante el éxtasis...
entraremos en el gozo de Dios" (La conoscenza di Cristo, q.
6, conclusione, en Opere di San Bonaventura. Opuscoli Teologici /1,
Roma 1993, p. 187).
[Traducción
del italiano por Inma Álvarez
©Libreria
Editrice Vaticana]
ZS10030309
- 03-03-2010
Permalink: http://www.zenit.org/article-34492?l=spanish
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Benedicto
XVI: San Buenaventura y el sentido de la Historia
Hoy
en la Audiencia General (II)
CIUDAD
DEL VATICANO, miércoles 10 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos
a continuación el discurso del Papa, durante la segunda parte de la
Audiencia General, celebrada en el Aula Pablo VI, junto con los
peregrinos procedentes de todo el mundo.
******
Queridos
hermanos y hermanas,
La
semana pasada, hablé sobre la vida y la personalidad de San
Buenaventura de Bagnoregio. Esta mañana, quisiera proseguir con su
presentación, deteniéndome en una parte de su obra literaria, y de
su doctrina.
Como
ya decía, San Buenaventura, entre sus muchos méritos, tuvo el de
interpretar auténtica y fielmente, la figura de San Francisco de
Asís, venerado y estudiado por él, con gran amor.
De
modo particular, en los tiempos de San Buenaventura, una corriente de
Frailes Menores, llamados “espirituales”, sostenía que con San
Francisco, se había inaugurado una fase totalmente nueva de la
historia, habría aparecido el “Evangelio eterno”, del que habla
el Apocalipsis, que sustituía al Nuevo Testamento.
Este
grupo afirmaba, que la Iglesia había agotado ya su papel histórico,
y que su lugar, lo ocupaba una comunidad carismática de hombres
libres, guiados interiormente por el Espíritu, es decir, los
“Franciscanos espirituales”.
En
la base de las ideas de este grupo, estaban los escritos de un abad
cisterciense, Joaquín de Fiore, muerto en 1202. En sus obras, él
afirmaba un ritmo trinitario de la historia. Consideraba el Antiguo
Testamento, como la era del Padre, seguida por el tiempo del Hijo, el
tiempo de la Iglesia. Habría que esperar la tercera era, la del
Espíritu Santo.
Toda
la historia era así interpretada, como una historia de progreso: de
la severidad del Antiguo Testamento, a la relativa libertad del
tiempo del Hijo, en la Iglesia, hasta la plena libertad de los Hijos
de Dios, en el período del Espíritu Santo, que habría sido
también, finalmente, el periodo de la paz entre los hombres, de la
reconciliación de los pueblos, y de las religiones.
Joaquín
de Fiore, había suscitado la esperanza, de que el inicio del nuevo
tiempo, habría venido de un nuevo monaquismo. Así es comprensible,
que un grupo de franciscanos, creyese reconocer en San Francisco de
Asís, al iniciador del tiempo nuevo, y en su Orden, a la comunidad
del periodo nuevo – la comunidad del tiempo del Espíritu Santo,
que dejaba tras de sí, a la Iglesia jerárquica, para iniciar la
nueva Iglesia del Espíritu, ya no ligada a las viejas estructuras.
Existía
por tanto el riesgo de un gravísimo malentendido, del mensaje de San
Francisco, de su humilde fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, y
este equívoco, comportaba una visión errónea, del Cristianismo en
su conjunto.
San
Buenaventura, que en el año 1257, se convirtió en Ministro General
de la Orden Franciscana, se encontró frente a una gran tensión,
dentro de su misma orden, a causa precisamente, de quienes sostenían
la mencionada corriente, de los “franciscanos espirituales”, que
se remitía a Joaquín de Fiore.
Precisamente
para responder a este grupo, y volver a dar unidad a la Orden, San
Buenaventura estudió con cuidado, los escritos auténticos de
Joaquín de Fiore, y los atribuidos a él, y teniendo en cuenta, la
necesidad de presentar correctamente la figura, y el mensaje de su
amado San Francisco, quiso exponer una visión correcta, de la
teología de la historia.
San
Buenaventura afrontó el problema, precisamente en su última obra,
una recopilación de conferencias, a los monjes del estudio parisino,
que quedó incompleta, y que se terminó, a través de las
transcripciones de los oyentes, titulada Hexaëmeron,
es decir, una explicación alegórica, de los seis días de la
Creación.
Los
Padres de la Iglesia, consideraban los seis o siete días, del relato
sobre la creación, como profecía de la historia del mundo, de la
humanidad. Los siete días, representaban para ellos, siete períodos
de la historia, más tarde interpretados también, como siete
milenios. Con Cristo habríamos entrado en el último, es decir, en
el sexto período de la historia, al que seguiría después el gran
sábado de Dios. San Buenaventura, supone esta interpretación
histórica, de la relación de los días de la creación, pero de una
forma muy libre e innovadora.
Para
él, dos fenómenos de su tiempo, hacen necesaria, una nueva
interpretación del curso de la historia: El primero: la figura de
San Francisco, el hombre totalmente unido a Cristo, hasta la comunión
de los estigmas, casi un Alter Christus,
y con San Francisco, la nueva comunidad creada por él, distinta del
monaquismo conocido hasta entonces. Este fenómeno exigía una nueva
interpretación, como novedad de Dios, aparecida en ese momento.
El
segundo: la postura de Joaquín de Fiore, que anunciaba un nuevo
monaquismo, y un período totalmente nuevo de la historia, yendo más
allá de la revelación del Nuevo Testamento, exigía una respuesta.
Como
Ministro General de la Orden de los Franciscanos, San Buenaventura
había visto en seguida, que con la concepción espiritualista,
inspirada por Joaquín de Fiore, la Orden no era gobernable, sino que
iba lógicamente hacia la anarquía.
Dos
eran para él las consecuencias:
La
primera: la necesidad práctica de estructuras, y de
inserción en la realidad de la Iglesia jerárquica, de la Iglesia
real, necesitaba un fundamento teológico, también porque los demás,
los que seguían la concepción espiritualista, mostraban un aparente
fundamento teológico.
La
segunda: aún teniendo en cuenta el realismo necesario, no había
que perder la novedad, de la figura de San Francisco.
¿Cómo
respondió San Buenaventura, a la exigencia práctica y teórica?. De
su respuesta, puedo dar aquí, sólo un resumen muy esquemático e
incompleto, en algunos puntos:
1.
San Buenaventura rechaza, la idea del
ritmo trinitario de la historia. Dios es uno para toda la
historia, y no se divide en tres divinidades. En consecuencia, la
historia es Una, aunque es un camino, y – según San Buenaventura –
un camino de progreso.
2.
Jesucristo es la última palabra de Dios
– en él Dios lo ha dicho todo, donándose a sí mismo.
Más que Sí mismo, Dios no puede decir, ni dar. El Espíritu Santo,
es Espíritu del Padre y del Hijo. Cristo mismo dice del Espíritu
Santo: “...os recordará todo lo que yo
os he dicho" (Jn 14, 26), "tomará
de lo mío, y os lo comunicará" (Jn 16, 15).
Por
tanto, no hay otro Evangelio más alto, no hay otra Iglesia que
esperar. Por eso también, la Orden de San Francisco, debe insertarse
en esta Iglesia, en su fe, en su ordenamiento jerárquico.
(Nota:
Es muy claro y preciso, el razonamiento de San Buenaventura, ya que
el Espíritu Santo, en Pentecostés, vino enseguida a los Apóstoles,
y a toda la Asamblea reunida, inmediatamente después de la Ascensión
a los Cielos de Jesús, y no un milenio y doscientos años después,
cuando apareció San Francisco de Asís. Por lo tanto, no era
correcto dividir la historia sagrada, en tres capítulos diferentes).
3.
Esto no significa que la Iglesia está inmóvil, fija en el
pasado, y no pueda haber novedades en ella. Opera Christi non
deficiunt, sed proficiunt, las obras de
Cristo no van hacia atrás, no disminuyen, sino que progresan,
dice el Santo en la carta De tribus quaestionibus. Así San
Buenaventura, formula explícitamente la idea del progreso, y esta es
una novedad respecto a los Padres de la Iglesia, y a gran parte de
sus contemporáneos.
(Nota:
Otro razonamiento luminoso de San Buenaventura. Tenemos continuas
apariciones de la Santísima Virgen, hasta en fechas muy recientes,
lo que prueba el dinamismo de la Fe, que profesamos los católicos, a
diferencia de otras confesiones cristianas, que son estáticas, y por
eso, tienen un profundo decaimiento de la Fe, en donde se profesan. A
este dinamismo le llamamos “La Tradición”, los testimonios, las
apariciones, los milagros, en especial los Eucarísticos. Para los
católicos, las Sagradas Escrituras y la Tradición, son los pilares
de nuestra filosofía. El Señor, en muchos casos, por intermedio de
la Santísima Virgen, nos habla y nos interpela HOY a nuestro
corazón).
Para
San Buenaventura, Cristo ya no es, como lo era para los Padres de la
Iglesia, el final, sino el centro de la historia; con
Cristo la historia no termina, sino que comienza un nuevo período.
Otra
consecuencia es la siguiente: hasta aquel momento, dominaba la idea
de que los Padres de la Iglesia, eran el culmen absoluto de la
teología, todas las generaciones siguientes, podían solo ser sus
discípulas. También San Buenaventura, reconoce a los Padres como
maestros para siempre, pero el fenómeno de San Francisco, le da la
certeza, de que la riqueza de la palabra de Dios es inagotable, y que
también en las nuevas generaciones, pueden aparecer nuevas luces. La
unicidad de Cristo, garantiza también novedad y renovación, en
todos los períodos de la historia.
(Nota:
Brillante, exactísimo y conmovedor lo expresado por San
Buenaventura. Así como el Espíritu Santo, se movía sobre las aguas
sin vida, en el momento de la Creación, así se mueve continuamente
HOY, en el océano de nuestro corazón, para engendrar vida en él).
Ciertamente,
la Orden franciscana – así subraya – pertenece a la Iglesia de
Jesucristo, a la Iglesia Apostólica, y no puede construirse un
espiritualismo utópico. Pero al mismo tiempo, es válida la
novedad de esta Orden, respecto del monaquismo clásico, y San
Buenaventura – como dije en la Catequesis precedente – defendió
esta novedad, contra los ataques del Clero secular de París: los
franciscanos, no tienen un monasterio fijo, pueden estar presentes en
todas partes, para anunciar el Evangelio. Precisamente, la ruptura
con la estabilidad, característica del monaquismo, a favor de una
nueva flexibilidad, restituyó
a la Iglesia, el dinamismo misionero.
En
este punto, quizás sea útil decir, que también hoy, existen
visiones según las cuales, toda la historia de la Iglesia, en el
segundo milenio, habría sido un ocaso permanente; algunos ven el
ocaso, inmediatamente después del Nuevo Testamento.
En
realidad, Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt, las obras de
Cristo no van hacia atrás, sino que progresan. ¿Qué sería de la
Iglesia, sin la nueva espiritualidad de los cistercienses, de los
franciscanos y dominicos, de la espiritualidad de Santa Teresa de
Ávila, y de San Juan de la Cruz, etc.?. También hoy vale esta
afirmación: Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt, van
adelante.
San
Buenaventura nos enseña, el conjunto del necesario discernimiento,
también severo, del realismo sobrio, y de la apertura a los nuevos
carismas, dados por Cristo, en el Espíritu Santo, a su Iglesia.
Y
mientras se repite esta idea del ocaso, hay también otra idea, este
"utopismo espiritualista", que se repite. Sabemos de hecho,
que tras el Concilio Vaticano II, algunos estaban convencidos, de que
todo fuese nuevo, que hubiese otra Iglesia, que la Iglesia
preconciliar hubiese acabado, y que tendríamos otra, totalmente
“nueva”. ¡Un utopismo anárquico!.
Y
gracias a Dios, los sabios timoneles de la barca de Pedro, el Papa
Pablo VI, y el Papa Juan Pablo II, por una parte, defendieron la
novedad del Concilio, y por la otra, al mismo tiempo, defendieron la
unicidad y la continuidad de la Iglesia, que es siempre Iglesia de
pecadores, y siempre lugar de Gracia.
4.
En este sentido, San Buenaventura, como Ministro General de los
franciscanos, tomó una línea de gobierno, en la que estaba muy
claro, que la nueva Orden no podía, como comunidad, vivir a la misma
“altura escatológica”, de San Francisco, en el que él ve
anticipado, el mundo futuro, sino que – guiado, al mismo tiempo,
por un sano realismo, y por el valor espiritual – debía acercarse
lo más posible, a la realización máxima del Sermón de la Montaña,
que para San Francisco, fue “la” regla, aun teniendo en cuenta,
los límites del hombre, marcado por el pecado original.
Vemos
así, que para San Buenaventura, gobernar no era sencillamente un
hacer, sino que era sobre, todo pensar y rezar. En la base de su
gobierno, encontramos siempre la oración y el pensamiento; todas sus
decisiones resultan de la reflexión, del pensamiento iluminado por
la oración.
(Nota:
Conmovedor. Brillante. Es una crítica muy medida, a todos los que
creemos, que con un alud de buenas obras, estamos haciendo el Bien.
NO BASTAN. Se necesita, además Reflexión y Oración, ya que de esa
manera, bebemos de a sorbos, de las aguas sagradas del Divino
Manantial, que nos ayuda a depurarnos de nuestra soberbia y vanidad,
y a ser “astutos” para la edificación del Reino de Dios, como lo
aconsejaba el Divino Maestro: “Sed astutos como serpientes, pero
inocentes como una paloma”. No siempre hacemos el Bien, con
nuestras “buenas intenciones”, y eso ocurre por la falta de
Reflexión y Oración.
Su
contacto íntimo con Cristo, acompañó siempre, su trabajo de
Ministro General, y por ello compuso, una serie de escritos
teológico-místicos, que expresan el ánimo de su gobierno, y
manifiestan la intención, de guiar interiormente a la Orden, es
decir, de gobernar, no sólo mediante mandatos y estructuras, sino
guiando e iluminando las almas, orientándolas hacia Cristo.
De
estos escritos suyos, que son el alma de su gobierno, y que muestran
el camino a recorrer, sea uno solo o como comunidad, quisiera
mencionar solo uno, su obra maestra, Itinerarium
mentis in Deum, que es un “manual” de contemplación
mística. Este libro, fue concebido en un lugar de profunda
espiritualidad: el monte de la Verna, donde San Francisco recibió
los estigmas.
En
la introducción, el autor ilustra las circunstancias, que dieron
origen a este escrito suyo: “Mientras meditaba, sobre las
posibilidades del alma, de ascender a Dios, se me presentó, por otro
lado, ese acontecimiento admirable, ocurrido en aquel lugar al beato
Francisco, es decir, la visión del Serafín alado, en forma de
Crucificado. Y meditando sobre esto, en seguida me dí cuenta, de que
esta visión, me ofrecía el éxtasis contemplativo, del mismo padre
Francisco, y al mismo tiempo, el camino que conduce a él"
(Itinerario della mente in Dio, Prologo, 2, en Opere di San
Bonaventura. Opuscoli Teologici /1, Roma 1993, p. 499).
Las
seis alas del Serafín, se convierten así, en el símbolo de seis
etapas, que conducen progresivamente, al hombre al conocimiento de
Dios, a través de la observación del mundo y de las criaturas, y a
través de la exploración de la propia alma, con sus facultades,
hasta la unión gratificante con la Trinidad, por medio de Cristo, a
imitación de San Francisco de Asís.
Las
últimas palabras del Itinerarium de San Buenaventura, que responden
a la pregunta, de cómo se puede alcanzar, esta comunión mística
con Dios, lo habrían hecho descender, a lo profundo del corazón:
“Si ahora anhelas saber cómo sucede
esto, (la comunión mística con Dios), interroga a la gracia, no a
la doctrina; al deseo, no al intelecto; al gemido de la oración, no
al estudio de la letra; al esposo, no al maestro; a Dios, no al
hombre; a la niebla, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que
lo inflama todo, y te transporta a Dios, con las fuertes unciones, y
los afectos ardentísimos... Entremos por tanto en la niebla,
acallemos a los afanes, a las pasiones y a los fantasmas; pasemos con
Cristo Crucificado, de este mundo al Padre, para que tras haberle
visto, digamos con Felipe: esto
me basta" (ibid., VII, 6).
Queridos
amigos, acojamos la invitación que nos dirige San Buenaventura, el
Doctor Seráfico, y pongámonos en la escuela del Divino Maestro:
escuchemos su Palabra de Vida y de Verdad, que resuena en lo íntimo
de nuestra alma. Purifiquemos nuestros
pensamientos, y nuestras acciones, para que Él pueda habitar en
nosotros, y nosotros podamos comprender su Voz Divina, que nos atrae
hacia la felicidad verdadera.
[Tras
los saludos en diversos idiomas, hizo el siguiente llamamiento]
Estoy
profundamente cercano, a las personas afectadas por el reciente
seísmo en Turquía, y a sus familias. A cada uno, aseguro mi
oración, mientras pido a la comunidad internacional, que contribuya
con prontitud y generosidad, a su socorro.
Mi
sentida condolencia va también, a las víctimas de la atroz
violencia, que ensangrienta a Nigeria, y que no se ha detenido, ni
siquiera ante niños indefensos. Una vez
más, repito con ánimo dolorido, que la violencia no resuelve los
conflictos, sino que sólo acrecienta, sus trágicas consecuencias.
Hago
un llamamiento a cuantos en el país, tienen responsabilidades
civiles y religiosas, para que trabajen por la seguridad, y la
convivencia pacífica de toda la población. Expreso finalmente mi
cercanía, a los pastores y a los fieles nigerianos, y rezo para que
fuertes y firmes en la esperanza, sean testigos auténticos de
reconciliación.
[Traducción
del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria
Editrice Vaticana]
ZS10031010
- 10-03-2010
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Benedicto
XVI: San Buenaventura y la primacía del amor
Hoy
en la Audiencia General (III)
CIUDAD
DEL VATICANO, miércoles 17 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos
a continuación, la catequesis dirigida hoy por el Papa Benedicto
XVI, a los peregrinos congregados, en la Plaza de San Pedro, para la
Audiencia General, dedicada una vez más, a San Buenaventura de
Bagnoregio.
******
Queridos
hermanos y hermanas,
Esta
mañana, continuando la reflexión del miércoles pasado, quisiera
profundizar con vosotros, otros aspectos de la doctrina, de San
Buenaventura de Bagnoregio. Es un eminente
teólogo, que merece ser puesto, junto a otro grandísimo pensador,
su contemporáneo, Santo Tomás de Aquino.
Ambos
escrutaron, los misterios de la Revelación, valorando los recursos
de la razón humana, en ese fecundo diálogo entre fe y razón, que
caracteriza al Medioevo cristiano, convirtiéndola en una época, de
gran vivacidad intelectual, además de fe y de renovación eclesial,
a menudo no evidenciada lo suficiente.
Otras
analogías les unen: tanto Buenaventura,
franciscano, como Santo Tomás, dominico, pertenecían a las Órdenes
Mendicantes, que con su frescura espiritual, como he recordado en las
catequesis anteriores, renovaron en el siglo XIII, a la Iglesia
entera, y atrajeron a muchos seguidores.
Los
dos sirvieron a la Iglesia con diligencia, con pasión y con amor,
hasta el punto que fueron invitados, a participar en el Concilio
Ecuménico de Lyon de 1274, el mismo año en que murieron Santo Tomás
mientras se dirigía a Lyon, y San Buenaventura durante la
celebración del mismo Concilio.
También
en la Plaza de San Pedro, las estatuas de los dos santos están
paralelas, colocadas precisamente al principio de la Columnata,
partiendo desde la fachada de la Basílica Vaticana: una en el Brazo
de la izquierda, y la otra en el Brazo de la derecha.
A
pesar de todos estos aspectos, podemos distinguir en los dos santos,
dos aproximaciones distintas, a la investigación filosófica y
teológica, que muestran la originalidad y la profundidad de
pensamiento, de uno y del otro. Quisiera señalar algunas de estas
diferencias.
Una
primera diferencia concierne al concepto de teología. Ambos
doctores se preguntan, si la teología es una ciencia práctica, o
una ciencia teórica, especulativa. Santo Tomás reflexiona sobre dos
posibles respuestas contrarias. La primera dice: la teología es
reflexión sobre la fe, y el objetivo de la fe, es que el hombre
llegue a ser bueno, y viva según la voluntad de Dios.
Por
tanto, el fin de la teología debería ser el de guiar por el camino
correcto, bueno; en consecuencia ésta, en el fondo, es una ciencia
práctica. La otra postura dice: la teología intenta conocer
a Dios. Nosotros somos obra de Dios; Dios está por encima de nuestro
actuar, Dios opera en nosotros, el actuar correcto.
Por
tanto, se trata sustancialmente, no de nuestro hacer, sino de conocer
a Dios, y no de nuestro obrar. La conclusión de Santo Tomás es: la
teología implica ambos aspectos: es teórica, intenta conocer a Dios
cada vez más, y es práctica, porque intenta orientar nuestra vida
al bien.
Pero
hay una primacía del conocimiento: debemos sobre todo, conocer a
Dios, después viene el actuar según Dios (Summa Theologiae Ia, q.
1, art. 4). Esta primacía del conocimiento frente a la praxis, es
significativa para la orientación fundamental de Santo Tomás.
La
respuesta de San Buenaventura es muy parecida, pero los acentos son
distintos. San Buenaventura conoce los mismos argumentos, en una y en
la otra dirección, como Santo Tomás, pero para responder a la
pregunta, de si la teología es una ciencia práctica o teórica, San
Buenaventura hace una triple distinción – alarga, por tanto, la
alternativa entre teórica
(primacía del conocimiento) y práctica
(primacía de la praxis), añadiendo una tercera actitud, que llama
“sapiencial”, y afirmando que
la sabiduría, abraza ambos aspectos.
Y
después prosigue: “la sabiduría,
busca la contemplación (como la más alta forma de conocimiento), y
tiene como intención ut boni fiamus – que seamos buenos, sobre
todo esto: que seamos buenos” (cfr Breviloquium,
Prologus, 5).
Después
añade: “La fe está en el intelecto, de manera tal que provoca
el afecto. Por ejemplo: conocer que Cristo murió 'por nosotros', no
se queda en conocimiento, sino que se convierte necesariamente en
afecto, en amor” (Proemium in I Sent., q. 3).
En
la misma línea, se mueve su defensa de la teología, es decir, de la
reflexión racional y metódica de la Fe.
San
Buenaventura, recoge algunos argumentos, contra el hacer teología,
quizás difundidos también, en una parte de los frailes
franciscanos, y presentes también en nuestro tiempo: la razón
vaciaría la fe, sería una postura violenta, hacia la Palabra de
Dios; debemos escuchar, y no analizar la Palabra de Dios (cfr
Carta de San Francisco de Asís, a San Antonio de Padua).
A
estos argumentos contra la teología, que demuestran los peligros
existentes en la misma teología, el santo responde: “es verdad,
que hay un modo arrogante de hacer teología, una soberbia de la
razón, que se pone por encima, de la Palabra de Dios.
Pero
la verdadera teología, el trabajo racional de la verdadera, y de la
buena teología, tiene otro origen, no la soberbia de la razón.
Quien ama, quiere conocer cada vez mejor y más, a lo amado; la
verdadera teología, no empeña la razón, y su búsqueda motivada
por la soberbia, sed propter amorem eius cui assentit – sino
motivada por el amor de Aquel, al que ha dado su consenso (Proemium
in I Sent., q. 2), y quiere conocer
mejor al amado: esta es la intención fundamental
de la teología”.
Para
San Buenaventura, es por tanto determinante al final, la primacía
del Amor.
En
consecuencia, Santo Tomás y San Buenaventura, definen de modo
distinto, el destino último del hombre, su felicidad plena: para
Santo Tomás el fin supremo, a que se dirige nuestro deseo, es ver
a Dios.
En
este sencillo acto de ver a Dios, encuentran solución todos los
problemas: somos felices, no necesitamos nada más.
Para
San Buenaventura, el destino último del hombre es en cambio: amar
a Dios, el encuentro y la unión de su amor, y del nuestro. Ésta
es para él, la definición más adecuada, de nuestra felicidad.
En
esta línea, podríamos decir también, que la categoría más alta
para Santo Tomás es lo Verdadero, mientras que para San
Buenaventura, es el Bien.
Sería
erróneo ver en estas dos respuestas, una contradicción. Para ambos,
lo Verdadero es también el Bien, y el Bien es también lo Verdadero;
Ver a Dios es Amar, y Amar es Ver.
Se
trata, por tanto, de acentos distintos, dentro una visión
fundamentalmente común. Ambos acentos, han formado tradiciones y
espiritualidades diversas, y así han mostrado la fecundidad de la
fe, una en la diversidad de sus expresiones.
Volvamos
a San Buenaventura. Es evidente, que el acento específico de su
teología, del que he dado solo un ejemplo, se explica a partir del
carisma franciscano: el Pobrecillo de Asís,
más allá de los debates intelectuales de su tiempo, había mostrado
en toda su vida, la primacía del amor: era un ícono viviente y
enamorado de Cristo, y así hizo presente, en su tiempo, la figura
del Señor – convenció a
sus contemporáneos, no con las palabras, sino con su vida.
En
todas las obras de San Buenaventura, también en sus obras
científicas, de escuela, se ve y se encuentra, esta inspiración
franciscana; es decir, se nota que piensa, partiendo del encuentro
con el Pobrecillo de Asís.
Pero
para entender, la elaboración concreta del tema "primacía
del amor”, debemos tener presente también otra
fuente: los escritos del llamado Pseudo-Dionisio, un teólogo sirio
del siglo VI, que se escondió bajo el pseudónimo de Dionisio el
Areopagita, señalando, con este nombre, una figura de los Hechos de
los Apóstoles (cfr 17,34).
Este
teólogo, había creado una teología litúrgica y una teología
mística, y había hablado ampliamente, de las diversas órdenes de
los ángeles. Sus escritos fueron traducidos al latín, en el siglo
IX; en la época de San Buenaventura – estamos en el siglo XIII –
aparecía una nueva tradición, que provocó el interés del santo, y
de otros teólogos de su siglo. Dos cosas atraían, en particular, la
atención de San Buenaventura:
1.
El Pseudo-Dionisio, habla de nueve órdenes de los ángeles,
cuyos nombres había encontrado en la Escritura, y luego los había
ordenado a su manera, desde los simples ángeles, hasta los
serafines.
San
Buenaventura, interpreta estas órdenes de ángeles, como escalones,
en el acercamiento de la criatura a Dios. Así éstos, pueden
representar el camino humano, la subida hacia la comunión con Dios.
Para
San Buenaventura, no hay ninguna duda: San Francisco de Asís,
pertenecía al orden seráfico, al orden supremo, al coro de los
serafines, es decir: era puro fuego de amor. Y así
deberían haber sido los franciscanos. Pero San Buenaventura sabía
bien, que este último grado de acercamiento
a Dios, no puede ser insertado en un ordenamiento jurídico, sino
que es siempre un don particular de Dios.
Por
esto, la estructura de la Orden franciscana, es más modesta, más
realista, pero debe ayudar a los miembros, a acercarse cada vez más,
a una existencia seráfica de puro amor. El pasado miércoles, hablé
sobre esta síntesis, entre realismo sobrio y radicalidad evangélica,
en el pensamiento, y en el actuar de San Buenaventura.
2.
San Buenaventura, sin embargo, encontró en los escritos del
Pseudo-Dionisio otro elemento, para él aún más importante.
Mientras
para San Agustín, el intellectus, el ver con la razón y el corazón,
era la última categoría del conocimiento, el Pseudo-Dionisio da aún
otro paso: en la subida hacia Dios, en donde se puede llegar a un
punto, en que la razón ya no ve más.
Pero
en la noche del intelecto, el Amor aún ve
– ve lo que permanece inaccesible para la razón.
El Amor se extiende más allá de la razón; ve más, entra
más profundamente, en el misterio de Dios. San Buenaventura quedó
fascinado por esta visión, que se alineaba con su espiritualidad
franciscana.
Precisamente,
en la noche oscura de la Cruz, aparece toda la grandeza del Amor
Divino; donde la razón ya no ve más, ve el Amor. Las
palabras conclusivas de su "Itinerario de la mente en Dios",
en una lectura superficial, pueden parecer, como la expresión
exagerada, de una devoción sin contenido; leídas, en cambio, a la
luz de la teología de la Cruz, de San Buenaventura, son una
expresión límpida y realista, de la espiritualidad franciscana: "Si
ahora anhelas saber, cómo sucede esto (es decir, la subida hacia
Dios), interroga a la gracia, no a la doctrina; al deseo, no al
intelecto; al gemido de la oración, no al estudio de la letra;... no
a la luz, sino al fuego, que inflama y transporta todo en Dios”
(VII, 6).
Todo
esto no es anti intelectual, ni tampoco anti racional: supone el
camino de la razón, pero lo trasciende en el Amor del Cristo
crucificado. Con esta transformación de la mística del
Pseudo-Dionisio, San Buenaventura se coloca en los inicios, de una
gran corriente mística, que ha elevado y purificado mucho, la mente
humana: es un culmen en la historia del espíritu humano.
Esta
teología de la Cruz, nacida del encuentro, entre la teología del
Pseudo-Dionisio, y la espiritualidad franciscana, no debe hacernos
olvidar, que San Buenaventura, comparte con San Francisco de Asís
también, el amor por la creación, la alegría por la belleza de la
creación de Dios.
Cito
sobre este punto, una frase del primer capítulo del "Itinerario":
"Aquel… que no ve los esplendores innumerables de las
criaturas, está ciego; aquel que no se despierta por sus muchas
voces, está sordo; quien no alaba a Dios, por todas estas
maravillas, está mudo; quien, con tantos signos, no se eleva al
primer principio, es necio” (I, 15).
Toda
la creación, habla en voz alta de Dios, del Dios Bueno y Bello; de
su Amor.
Toda
nuestra vida, es por tanto, para San Buenaventura, un "itinerario",
una peregrinación – una subida hacia Dios. Pero solo con nuestras
fuerzas, no podemos subir, hacia la altura de Dios. Dios mismo debe
ayudarnos, debe “subirnos”. Por eso, es necesaria la oración.
La
oración – así dice el santo – es la madre y el origen de la
elevación – sursum actio, acción que nos lleva a lo alto – dice
San Buenaventura.
Concluyo
por ello, con la oración con la que comienza su "Itinerario":
"Oremos por tanto, y digamos al Señor, Dios nuestro: 'Condúceme
Señor, en tu camino, y yo caminaré en tu verdad. Que mi corazón se
alegre, al temer tu nombre'” (I, 1).
[en
inglés dijo:]
Hoy
es la fiesta de San Patricio, y de manera especial, saludo a todos
los fieles y peregrinos de Irlanda, aquí presentes. Como vosotros
sabéis, en los últimos meses, la Iglesia en Irlanda, se ha sido
gravemente afectada, como consecuencia de la crisis de abusos a
menores.
Como
una señal de mi profunda preocupación, he escrito una carta
pastoral, que trata sobre esta dolorosa situación. La firmaré en la
solemnidad de San José, custodio de la Sagrada Familia, y patrono de
la Iglesia Universal, y la enviaré inmediatamente después. Os pido
a todos, que la leáis por vosotros mismos, con un corazón abierto,
y en un espíritu de Fe. Mi esperanza, es que ayude en el proceso de
arrepentimiento, de curación y renovación.
[En
italiano dijo:]
Y
ahora mi saludo va a los jóvenes. Queridos jóvenes, encontraros es
siempre para mí, motivo de consuelo y de esperanza, porque vuestra
edad, es la primavera de la vida. Sed
siempre fieles al Amor, que Dios tiene por vosotros.
Dirijo
ahora, un pensamiento afectuoso a vosotros, queridos enfermos. Cuando
se sufre, toda la realidad en nosotros, y alrededor nuestro, parece
oscurecerse, pero en lo íntimo de nuestro corazón, esto no debe
apagar la luz consoladora de la Fe. Cristo
con su Cruz, nos sostiene en la prueba.
Y
vosotros, queridos recién casados, a quienes saludo cordialmente,
sed agradecidos a Dios, por el don de la familia. Contando siempre
con su ayuda, haced de vuestra existencia, una misión de amor fiel y
generoso.
[Traducción
del original italiano e inglés por Inma Álvarez
©Libreria
Editrice Vaticana]
ZS10031705
- 17-03-2010
Permalink: http://www.zenit.org/article-34681?l=spanish
Permalink: http://www.zenit.org/article-34681?l=spanish
Oración:
Dios Todopoderoso y Eterno, que a semejanza de San
Buenaventura, y por sus méritos e intercesión, podamos siempre
confiar en tu Amor, que nos ayudará a entender, los trances
difíciles en nuestra Vida, en nuestra propia Familia, y en la
Iglesia toda. Que nunca confiemos de manera plena, en nuestra propia
razón, y en nuestras propias fuerzas, sino en tus Sagrados y
Amorosos Designios. Amén.
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