jueves, 9 de marzo de 2017

Quinta Feria, 9 de marzo

San Paciano (Pacianus) de Barcelona, Obispo


Padre de la Iglesia, 375 A.D.
(† 391)

Exhortó a la penitencia y al arrepentimiento de los pecados

Reformemos nuestras costumbres en Cristo, por el Espíritu Santo”

Mantened con fidelidad lo que habéis recibido, conservadlo con alegría, no pequéis más. Guardaos puros e inmaculados para el día del Señor”

Breve
Obispo de Barcelona. Consagrado obispo en 365 AD.
Pocos se sabe de su vida mas allá de sus escritos.

Hombre casado. Su hijo Dexter tenía un alto cargo en el gobierno del Emperador Theodosius. En De Viris Illustribus, San Jerónimo honra a Paciano por su elocuencia y profunda santidad.

Entre los temas de sus escritos: bautismo, autoridad papal, disciplina eclesiástica, y otras.

En una de sus cartas escribió la famosa frase:
"Christian us mihi nomen est, catholicos vero cognomen".

"Cristiano es mi nombre, y católico mi apellido. El primero me denomina, mientras que el otro me instituye específicamente. De esta manera he sido identificado y registrado... Cuando somos llamados católicos, es por esta forma, que nuestro pueblo se mantiene alejado de cualquier nombre herético."
-San Pacián de Barcelona, Carta a Sympronian.

Oración: Te pedimos Señor que por los méritos, enseñanzas e intercesión de San Paciano, Obispo y Padre de la Iglesia, podamos siempre sentirnos orgullosos de ser Cristianos y Católicos, permaneciendo unidos en Amor y sincera Devoción al Romano Pontífice, rezando siempre por su Salud y sus Intenciones, así como para que se incrementen las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. Amén.
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Oficio de lectura, XIX viernes del tiempo ordinario
Reformemos nuestras costumbres en Cristo, por el Espíritu Santo
Del Sermón de San Paciano sobre el bautismo #5-6. PL 13, 1092-1093

El pecado de Adán se había transmitido a todo el género humano, como afirma el Apóstol: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres.

Por lo tanto, es necesario que la justicia de Cristo sea transmitida a todo el género humano. Y así como Adán, por su pecado, fue causa de perdición para toda su descendencia, del mismo modo Cristo, por su justicia, vivifica a todo su linaje.

Esto es lo que subraya el Apóstol cuando afirma: Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos. Y así como reinó el pecado, causando la muerte, así también reinará la gracia, causando una justificación que conduce a la Vida Eterna.

Pero alguno me puede decir: «Con razón el pecado de Adán ha pasado a su posteridad, ya que fueron engendrados por él. ¿Pero acaso nosotros hemos sido engendrados por Cristo para que podamos ser salvados por Él?» No penséis carnalmente, y veréis cómo somos engendrados por Cristo. En la plenitud de los tiempos, Cristo se encarnó en el seno de María: vino para salvar a la carne, no la abandonó al poder de la muerte, sino que la unió con su espíritu y la hizo suya. Éstas son las bodas del Señor por las que se unió a la naturaleza humana, para que, de acuerdo con aquel gran misterio, se hagan los dos una sola carne, Cristo y la Iglesia.

De estas bodas nace el pueblo cristiano, al descender del cielo el Espíritu Santo. La substancia de nuestras almas es fecundada por la simiente celestial, se desarrolla en el seno de nuestra Madre, la Iglesia, y cuando nos da a luz somos vivificados en Cristo.

Por lo que dice el Apóstol: El primer hombre, Adán, fue un ser animado, el último Adán, un espíritu que da vida. Así es como Cristo se engendra en su Iglesia por medio de sus sacerdotes, como lo afirma el mismo Apóstol: Os he engendrado para Cristo.

Así, pues, el germen de Cristo, el Espíritu de Dios, da a luz, por manos de los sacerdotes, al hombre nuevo, concebido en el seno de la Iglesia, recibido en el parto de la fuente bautismal, teniendo como madrina de boda a la fe.

Pero hay que recibir a Cristo para que nos engendre, como lo afirma el Apóstol San Juan: Cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios. Esto no puede ser realizado sino por el sacramento del bautismo, del crisma y del Obispo.

Por el bautismo se limpian los pecados, por el crisma se infunde el Espíritu Santo, y ambas cosas las conseguimos por medio de las manos y la boca del obispo. De este modo, el hombre entero renace y vive una vida nueva en Cristo: Así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros marchemos a una vida nueva, es decir, que, depuestos los errores de la vida pasada, reformemos nuestras costumbres en Cristo, por el Espíritu Santo.

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Oficio de lectura, XIX sábado del tiempo ordinario
¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado?
Sermón de San Paciano, obispo, sobre el bautismo
Núms 6-7

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial; porque el primer hombre, hecho de tierra, era de la tierra; el segundo hombre es del cielo. Si obramos así, hermanos, ya no moriremos. Aunque nuestro cuerpo se deshaga, viviremos en Cristo, como Él mismo dice: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.

Por lo demás tenemos certeza, por el mismo testimonio del Señor, que Abrahán, Isaac y Jacob y que todos los santos de Dios viven. De ellos dice el Señor: “Para Él todos están vivos. No es Dios de muertos, sino de vivos. Y el Apóstol dice de sí mismo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir; deseo partir para estar con Cristo”.

Y añade en otro lugar: Mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Esta es nuestra fe, queridos hermanos. Además: Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. La vida meramente natural nos es común, aunque no igual en duración, como lo veis vosotros mismos, con los animales, las fieras y las aves.

Lo que es propio del hombre es lo que Cristo nos ha dado por su Espíritu, es decir, la vida eterna, siempre que ya no cometamos más pecados. Pues, de la misma forma que la muerte se adquiere con el pecado, se evita con la virtud. Porque el pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Como afirma el Apóstol, Él es quien redime, perdonándonos todos los pecados. Borró el protocolo que no condenaba con sus cláusulas, y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz, y destituyendo por medio de Cristo a los principados y autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo.

Ha liberado a los cautivos y ha roto nuestras cadenas, como lo dijo David: “El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan”. Y en otro lugar: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza. Así, pues, somos liberados de las cadenas cuando, por el sacramento del bautismo, nos reunimos bajo el estandarte del Señor, liberados por la sangre y el nombre de Cristo.

Por lo tanto, queridos hermanos, de una vez para siempre hemos sido lavados, de una vez para siempre hemos sido liberados, y de una vez para siempre hemos sido trasladados al Reino Inmortal; de una vez para siempre, dichosos los que están absueltos de sus culpas, a quienes les han sepultado sus pecados. Mantened con fidelidad lo que habéis recibido, conservadlo con alegría, no pequéis más. Guardaos puros e inmaculados para el día del Señor.

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JOSÉ M. DALMÁU, S. I.
(Interesante descripción de la obra magnífica de San Paciano, así como del contexto histórico en el que vivió, y que siempre es interesante leer y meditar para valorar el esfuerzo titánico que hicieron quienes nos precedieron en la Fe. No fueron discusiones entre ociosos intelectuales, sino una batalla profunda para esclarecer las enseñanzas del Divino Maestro, extrayendo todas las consecuencias lógicas que de ella dimanan para nuestra propia Salvación).

De San Paciano tenemos noticias contemporáneas: las líneas que le dedicó San Jerónimo en el libro De viris illustribus, escrito hacia el año 392. Paciano, obispo de Barcelona, en las faldas del Pirineo, de correcta elocuencia, y tan esclarecido tanto por su vida como por su dicción, compuso varios opúsculos, entre los cuales el Cervus y contra los novacianos. Murió en la extrema ancianidad, bajo el emperador Teodosio".
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Aclaración: Los Novacianos no admitían que se reincorporen a la Iglesia a quienes habían renegado de Jesucristo ante el Poder Imperial Romano. Lo mismo decían de quienes habían cometido pecado mortal como adulterio y asesinato. Los pontífices siempre condenaron esta doctrina, entendiendo que el Perdón y la Reconciliación son posibles mediante la sincera Confesión, Penitencia y Reparación en todo lo posible del daño ocasionado.
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Por el mismo San Jerónimo sabemos que Paciano, casado en su juventud, tuvo un hijo llamado Dextro que ocupó altos cargos en la administración imperial, en tiempo de Teodosio y de Honorio. Debió de ser, por tanto, Paciano, de familia distinguida.

Sus obras denotan una alta cultura literaria, sagrada y profana, y confirman plenamente el elogio que tributa San Jerónimo a su elocuencia. No quedan pormenores sobre su actuación pastoral en el gobierno de la diócesis barcelonesa. Podemos con todo asegurar, así por la indicación de San Jerónimo, como por los escritos del santo obispo, que su celo por el bien espiritual de sus diocesanos fue muy activo e ilustrado.

Aunque no se puede determinar con precisión el intervalo de tiempo en que gobernó la diócesis de Barcelona, parece que debió de regirla por largos años, y se le da como sucesor inmediato de Pretextato, que en 347 asistió como obispo de Barcelona al concilio de Sárdica. Comoquiera que Teodosio comenzó a imperar en 379, la muerte de San Paciano debe colocarse entre esta fecha y 391, ya que en 392 la conocía San Jerónimo.

San Paciano nos es conocido por sus escritos. Se ha perdido uno de los que cita San Jerónimo, el Cervus, de cuyo contenido tenemos no obstante alguna noticia por el mismo Paciano en su "Paraenesis". Nos quedan, además, sus tres Cartas ad Simpronianum Novatianum y un Sermo de baptismo ad catechumenos. Tampoco se ha conservado, si es que llegó a escribirlo, otro tratado o carta contra los novacianos, a que el mismo Santo alude en su tercera carta a Simproniano. ¿Sería el tratado que cita San Jerónimo, o se refiere éste a sus cartas a Simproniano?

El conocido investigador Dom Germán Morin, O. S. B., había atribuido a San Paciano otras dos obras: Ad lustinum manichaeum contra duo principia et de vera carne Christi, que en los manuscritos se dice del retórico africano Cayo Mario Victorino, y el anónimo De similitudine carnis peccati contra manichaeos. Este último escrito tiene por autor al presbítero Eutropio, como demostró el padre José Madoz, S. l.; ni son claros los argumentos en favor de la paternidad del primero. Se admiten, pues, como obra de San Paciano, los cinco opúsculos citados.

Estos escritos, aunque breves, dan a San Paciano un lugar apreciable en la patrología del siglo IV, como testigo y doctor de la doctrina católica en puntos importantes; y por otra parte nos ponen de manifiesto el espíritu religioso, y lleno de celo por el bien de los fieles a él encomendados de un obispo santo, conforme al dechado que diseñó San Pablo en sus cartas a Timoteo y Tito.

El escrito perdido Cervus (o Cervulus, como él dice) era, según él mismo refiere, una celosa diatriba contra los perversos e impúdicos desórdenes que se cometían, aun por algunos cristianos, en una especie de carnaval de primero de año, mala costumbre conocida ya por otros autores eclesiásticos y disposiciones de los concilios de aquella época. Para entregarse la gente más libremente y sin pudor a la maldad, se disfrazaban de figuras monstruosas de animales, las más ordinarias de ciervos, de cabras y de terneras.

El Sermo de baptismo es una instrucción a los competentes, catecúmenos ya próximos al bautismo. En ella les quiere enseñar San Paciano "cómo nacemos y nos renovamos en el bautismo". Expone primero el estado de muerte y degradación en que yace el hombre antes del bautismo, explicando con toda precisión, según el capítulo V de la carta de San Pablo a los Romanos, la doctrina del pecado original, en forma interesante para la historia del dogma, ya que atestigua la clara conciencia que de esta doctrina tenía la Iglesia en vísperas de la negación pelagiana, y antes de la defensa, y ulterior explicación que de ella hizo San Agustín.

De esta muerte nos sacó Cristo; tomando la naturaleza humana, redimió al hombre de la esclavitud del pecado, y lo presentó puro e inmaculado a los ojos de Dios. Describe el Santo con viveza la lucha que sostuvo Cristo en su vida con el demonio y sus ministros hasta la muerte de cruz, a la que siguió la gloria de la resurrección. Esta victoria de Cristo se hace nuestra; porque, así como naciendo en Adán se hizo el hombre pecador, así renaciendo en Cristo se hace santo. Cristo nos engendra en la Iglesia por el bautismo, para que, como Cristo resucitó, así nosotros vivamos vida nueva, a la que fervientemente les invita el santo obispo.

Las tres cartas a Simproniano son más citadas por su importancia en la teología penitencial. Era Simproniano, a lo que parece, un hombre distinguido (San Paciano le llama "clarissimus"), que se había separado de la unidad católica, adhiriéndose al cisma herético de los novacianos, que ya hacía siglo y medio hería a la Iglesia.

En la primera carta que Simproniano escribió al obispo de Barcelona, sin declararse claramente novaciano, se oponía al nombre de católica que se da a la Iglesia verdadera, y al perdón de los pecados por la penitencia. Paciano le contesta defendiendo el nombre de católica por el ejemplo de los santos y doctores anteriores, en particular de San Cipriano, cuyas doctrinas se apropia Paciano, y por la necesidad de distinguir con un nombre la Iglesia "principal", en medio de la confusión sembrada por las herejías.

Aquí tiene Paciano la hermosa sentencia: "Christianus mihi nomen est; catholicus vero cognomen"; "cristiano es mi nombre, católico mi apellido". Católico significa, según el Santo, unidad y obediencia total de todos; la Iglesia es católica porque es una en todos y una sobre todos: "in omnibus una et una super omnes".

El perdón de los pecados por la penitencia lo defiende Paciano con ardiente y sentida elocuencia, y una abrumadora serie de testimonios de la Sagrada Escritura. "Nunca amenazaría Dios al que no hace penitencia, si no perdonase al penitente. Pero dirás: "Sólo Dios puede hacerlo"; es verdad, pero lo que por sus sacerdotes hace es potestad suya".

En la segunda carta responde caritativa, pero claramente, a las argucias e indicios de poca buena voluntad con que reaccionó Simproniano a la primera del santo obispo.

La tercera, la más larga, un verdadero tratado, es la refutación de los argumentos de los novacianos, expuestos en un escrito que le había remitido Simproniano. La doctrina de este escrito era "que después del bautismo no se puede hacer penitencia; que la Iglesia no puede perdonar el pecado mortal; más aún, que ella misma perece al recibir a los pecadores".

Es importante esta precisión con que por San Paciano conocemos el estadio contemporáneo de la doctrina novaciana, que varió mucho en los cuatro o cinco siglos que perduró. Con viveza y elocuente energía, rechaza San Paciano los sofismas de los que se llamaban a sí mismos "cátaros" puros, porque no querían admitir la reconciliación a los pecadores penitentes.

La historia de Novaciano, su jefe, le proporciona al obispo armas eficaces de combate. La santidad de la Iglesia, en la que pretendían fundarse, le da ocasión para explayar en cálidas frases su amor a ella, no sólo virgen y Esposa de Cristo, sino su mismo cuerpo, madre fecunda y llena de compasivo amor hacia sus hijos pródigos, que no se mancha por exhortarlos a penitencia, y acogerlos plenamente en su seno después de cumplida la satisfacción, que no era ciertamente cosa de placer.

Toda esta refutación de los errores novacianos, rica en textos bíblicos, con que deshace las falsas interpretaciones de los herejes, está impregnada de santa indignación por las argucias con que engañan a sus seguidores, pero también de caridad hacia su corresponsal, a quien invita con el espectáculo de la Iglesia católica en su unidad y universalidad, la reina vestida toda de oro con matices de varios colores... la vid rica en ramos que campean en sus largos sarmientos..., la casa grande que muestra su opulencia en preciosos vasos de oro puro y tersa plata, pero no se avergüenza en servirse también de vasos de barro y madera".

La Paraenesis, sive libellus exhortatorius ad paenitentiam nos resarce en parte de la carencia del opúsculo que se proponía escribir San Paciano como complemento de sus cartas a Simproniano.

Trata el Santo directamente de la penitencia pública que se practicaba por ciertos pecados más graves; pero sus exhortaciones tienen carácter general y son aptísimas para mover al pecador a salir de su estado por la penitencia. Divide el Santo su exhortación en cuatro partes.

En la primera declara cuáles son estos pecados por los que se imponía la penitencia pública: apostasía, homicidio, adulterio y fornicación; sin que pretenda dar una distinción adecuada entre pecado mortal y pecado venial.

En la segunda acosa con celo pastoral a los que por vergüenza no quieren manifestar sus culpas, post impudentiam timidos, post peccata verecundos, qui peccare non erubescitis et erubescitis confiteri, "tímidos después de la impudicia, vergonzosos después del pecado, que no os avergonzáis de pecar y os avergonzáis de confesar".

La tercera se dirige a los que, manifestadas sus culpas, no tienen valor para sujetarse a las obras penosas de la penitencia pública, semejantes a los enfermos que, declarada su enfermedad, no quieren sufrir la cura dolorosa que el médico juzga necesaria.

Por último les exhorta vivamente a la penitencia, con la simple representación de los castigos con que la Sagrada Escritura amenaza a los impenitentes, y con la promesa del perdón, para los que con la penitencia se humillan ante Dios, recordándoles una vez más las parábolas evangélicas de la dracma y la oveja perdida, y el regocijo de los ángeles por el pecador arrepentido.

El culto de San Paciano no figura en los libros litúrgicos mozárabes. Las primeras menciones de San Paciano son de los martirologios del siglo IX; en los santorales y misales de Barcelona se halla la fiesta del Santo el 9 de marzo desde el siglo XII, y actualmente tiene en la diócesis rito doble mayor. Los trabajos emprendidos en el siglo XVI por el obispo de Barcelona, don Juan Dimas Loris para hallar los restos del Santo, no condujeron a resultados ciertos.

Oración Final: Te pedimos Señor, que mantengamos siempre presente en nuestra Vida la exhortación de la Santísima Virgen en Fátima, como en tantas otras apariciones: PENITENCIA, PENITENCIA, PENITENCIA. Amén.


miércoles, 8 de marzo de 2017

Cuarta Feria 8 de Marzo

San Juan de Dios


(1495-1550)
«¡Haced el bien hermanos, para vuestro bien!»

Todo lo que hicisteis con cada uno de estos mis hermanos enfermos, conmigo lo hicisteis (Mt. 25,40).

Patrono de los que trabajan en hospitales, y de los que propagan libros religiosos.

Breve
Fundador de la Comunidad de Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.

Juan de Dios: laico consagrado, su vocación: amar a los pobres y enfermos de Dios. Revolucionó los hospitales para convertirlos en «lugares de acogida» para los pobres y enfermos mentales. El loco del amor", se dedicó a llevar "Medicina con Amor".

San Juan de Dios funda hospitales de ayuda a los enfermos mentales, como gran precursor en el siglo XVI. Después de una vida en la milicia llena de peligros, se entregó por completo al servicio de los enfermos.

Fundó un hospital en Granada, y vinculó a su obra a un grupo de compañeros, los cuales constituyeron después la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios. Destacó, sobre todo, por su caridad con los enfermos y necesitados. Murió en Granada el año 1550.

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Nace cerca de Toledo, España, en 1495, aunque muchos por error creen que nació en Portugal. De familia pobre, pero muy piadosa. Su madre murió cuando él era joven, y su padre entró en la vida religiosa hasta su muerte.

Ejerció como pastor, y fue tan apreciado por su patrón que este le propuso, sin éxito, que se casara con su hija, y fuese su heredero. Juan entró en la milicia, y participó en varias batallas de Carlos V. En una de las campañas le pusieron a cuidar un depósito, y como el enemigo logró saquearlo, le condenaron a la horca. Juan se encomendó a la Virgen María, y le perdonaron la vida. Dejó la vida militar, pero en ella aprendió a ser disciplinado y sufrido.

Se dedicó entonces a vendedor ambulante de libros y estampas religiosas. En una ocasión, llegando a la ciudad de Granada, vio un niño muy pobre, y se ofreció a ayudarlo. Aquel niño era Jesús quien le dijo antes de desaparecer: "Granada será tu cruz".

En una ocasión, asistió a la prédica del famoso Padre San Juan de Ávila, que estaba de visita en Granada. En plena prédica, cuando hablaba contra la vida de pecado, San Juan se arrodilló, y comenzó a gritar: "Misericordia Señor, que soy un pecador". Salió gritando por las calles, pidiendo perdón a Dios. Tenía unos 40 años.

Se confesó con San Juan de Avila, y quedó tan impresionado en su visión interior, que tuvo una transformación radical. Repartió todas sus posesiones entre los pobres. Deambulaba por las calles, pidiendo misericordia a Dios por todos su pecados. Cosechó rechazos, y la gente lo creyó loco, y lo trataban con gran desprecio. Hasta lo atacaban a pedradas y golpes.

Al fin lo llevaron a un asilo para locos, donde recibió fuertes palizas, tal como se acostumbraba a tratar a los locos. Sin embargo, sus custodios notaban que Juan soportaba con valentía los azotes, ofreciendo su dolor a Dios. Juan aprovechaba para corregir a los guardias, y les hacía comprender lo injusto en el modo tan brutal de tratar a los demás enfermos.

Cuando San Juan de Avila volvió a la ciudad, y supo que Juan estaba recluido en un asilo para locos, fue y logró sacarlo de allí. Le curó de esa locura temporal en la que se hallaba, y le mandó a que se dedicara a la verdadera "locura de amor": gastar toda su vida y sus energías ayudando a los enfermos más miserables, por amor a Cristo Jesús, a quien ellos representan.

Fundación
La estadía de Juan de Dios en el asilo fue providencial. Comprendió el gran error que es pretender curar las enfermedades mentales a bases de golpes y desprecio.

Se propuso ayudarles. Alquila una casa vieja en Granada, para recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano o desamparado. Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, barrendero, mandadero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche se va por la calle pidiendo limosnas para sus pobres.

Sabía poco de medicina, pero tenía mas éxito curando enfermedades mentales que cualquier médico. Enseñó con su ejemplo que a ciertos enfermos hay que curarles primero el alma con amor, si se quiere obtener la curación de su cuerpo. Este fue el comienzo de la fundación de su hospital. Mas tarde vinculó a su obra a un grupo de compañeros, los cuales constituyeron la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios.

Pronto se hizo popular el grito nocturno de Juan por las calles de Granada. "¡Haced el bien hermanos, para vuestro bien!". Las gentes salían a la puerta de sus casas, y le daban las sobras de la comida del día. Al volver cerca de medianoche, se dedicaba a hacer aseo en el hospital, y a la madrugada se echaba a dormir un rato debajo de una escalera.

La obra llegó a oídos del señor Obispo. Admirado le añadió dos palabras a su nombre que en adelante sería "Juan de Dios". Como Juan de Dios cambiaba sus ropas por los harapos de los pobres que encontraba en las calles, el prelado le dio un hábito negro con el que se vistió hasta la muerte.

Un día su hospital se incendió. Juan de Dios entró varias veces a través de enormes llamaradas para sacar a los enfermos, sin sufrir quemaduras. Así logró salvarle la vida a todos sus pacientes.

Otro día el río creció, y arrastraba troncos y palos. Juan necesitaba abundante leña para el invierno para sus ancianos. Mientras sacaban troncos del río, uno de sus compañeros jóvenes de pronto fue arrastrado por la corriente. Juan se lanzó al agua para salvarle la vida. El agua fría le hizo enfermar, y empezó a sufrir espantosos dolores. Trataba de que no se notara cuanto sufría.

Por la artritis, tenía sus piernas retorcidas, y con grandes dolores. Eventualmente se hizo imposible esconder su enfermedad. Una señora obtuvo del señor Obispo autorización para llevarlo a su casa, y cuidarlo un poco. El santo fue ante el Santísimo Sacramento para despedirse de su amado hospital.

Le confió la dirección de su obra a Antonio Martín, quien había tenido gran enemistad con otro hombre. Juan los reconcilió, y ambos habían entraron con él a la vida religiosa como buenos amigos.

Al llegar a la casa de la rica señora, Juan exclamó: "OH, estas comodidades son demasiado lujo, para mí que soy tan miserable pecador". Allí trataron de curarlo de su dolorosa enfermedad, pero era tarde.

El 8 de marzo de 1550, sintiendo que le llegaba la muerte, se arrodilló en el suelo y exclamó: "Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo", y quedó muerto, así de rodillas. Había trabajado incansablemente durante diez años, dirigiendo su hospital de pobres, con tantos problemas económicos que a veces ni se atrevía a salir a la calle a causa de las muchísimas deudas que tenía; y con tanta humildad, que siendo el más grande santo de la ciudad, se creía el más indigno pecador.

El que había sido apedreado como loco, fue acompañado al cementerio por el Obispo, las autoridades y todo el pueblo, como un santo.

Muchos milagros se han atribuido a su intercesión.

El Papa lo canonizó en 1690.

Es Patrono de los que trabajan en hospitales y de los que propagan libros religiosos.

Los religiosos Hospitalarios de San Juan de Dios, unos 1,500 sirven a enfermos mentales, y otros enfermos en 216 casas en todos los continentes. En Italia se les conoce como «Fatebenefratelli». Los primeros beatos de Colombia pertenecieron a esta santa comunidad.
Controversia sobre su país de origen: El libro de Fray José Martinez Gil, «San Juan de Dios. Fundador de la Fraternidad Hospitalaria» Ed. BAC, escrito en el Vaticano utilizando los archivos secretos, revela aspectos del santo hasta ahora desconocidos.

Por ejemplo: San Juan de Dios nació en Casarrubios del Monte, cerca de Toledo, España. La errónea atribución del nacimiento del santo a Portugal fue originada por una invención de su primer biógrafo, Castro, que no quiso escribir que Juan de Dios fue hijo de judíos. Su nacimiento fue en 1495, es decir, sólo tres años después de la expulsión de los judíos de España.

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Oficio de lectura, 8 de Marzo
San Juan de Dios, religioso
Jesucristo es fiel y lo provee todo

De sus cartas, archivo general de la Orden Hospitalaria

Si mirásemos cuán grande es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer el Bien mientras pudiésemos: pues que, dando nosotros, por su amor, a los pobres lo que él mismo nos da, nos promete ciento por uno en la bienaventuranza. ¡Oh bienaventurado logro y ganancia!.

¿Quién no da lo que tiene a este bendito mercader, pues hace con nosotros tan buena mercancía y nos ruega, los brazos abiertos, que nos convirtamos y lloremos nuestros pecados, y hagamos caridad primero a nuestras almas, y después a las del prójimo?. Porque, así como el agua mata al fuego, así la caridad mata al pecado.

Son tantos los pobres que aquí nos llegan, que yo mismo muchas veces estoy espantado cómo se pueden sustentar, mas Jesucristo lo provee todo, y les da de comer. Como la ciudad es grande y muy fría, especialmente ahora en invierno, son muchos los pobres que llegan a esta casa de Dios.

Entre todos, enfermos y sanos, gente de servicio y peregrinos, hay más de ciento diez. Como esta casa es general, reciben en ella generalmente de todas enfermedades y suerte de gentes, así que aquí hay tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos, tísicos, y otros muy viejos y muy niños, y, sin estos, otros muchos peregrinos y viajantes que aquí se arriman, y les damos fuego y agua, sal y vasijas para guisar y tener algo que comer. Para todo esto no hay renta, mas Jesucristo lo provee todo.

De esta manera, estoy aquí empeñado y cautivo sólo por Jesucristo. Viéndome tan empeñado, muchas veces no salgo de casa por las deudas que debo, y viendo padecer tantos pobres, mis hermanos y prójimos, y con tantas necesidades, así al cuerpo como al alma, como no los puedo socorrer, estoy muy triste, mas empero confío en Jesucristo; que Él me asistirá, pues Él conoce mi corazón.

Y así digo que desgraciado el hombre que se fía de los hombres, olvidando pedir y confiar sólo en Jesucristo; de los hombres has de quedar desamparado, lo quieras o no; mas siempre Jesucristo es fiel y perdurable su asistencia, y puesto que Jesucristo lo provee todo, a Él sean dadas las gracias por siempre jamás. Amén.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos siempre amarte y servirte como lo hizo San Juan de Dios, confiando en todo momento en tu Divina Providencia, y así marchar seguros en medio de tantos peligros espirituales y materiales que nos asechan en nuestra peregrinación sobre la Tierra. A Tí Señor que siempre nos enseñaste a ser siempre persistente en la Fe y la Oración. Amén.



martes, 7 de marzo de 2017

Tercera Feria, 7 de Marzo

Santas Perpetua y Felicitas
y compañeros mártires en Cartago 


7 de marzo, c.205

"Las cosas sucederán como Dios disponga, pues estamos en sus manos, y no en las nuestras"

Breve
Perpetua nacida en la nobleza, conversa. Esposa y madre. Fue martirizada con su servidora y amiga, y otros mártires.
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En el siglo IV se leían las actas de estas santas en las iglesias de África. El pueblo les profesaba una estima tan grande, que San Agustín se vio obligado a publicar una protesta, para evitar que se las considerara en plano de igualdad con la Sagrada Escritura.

Durante la persecución del emperador Severo, fueron arrestados en Cartago cinco catecúmenos en el año 205. Eran estos Revocato, Felícitas (su compañera de esclavitud, que estaba embarazada desde hacía varios meses), Saturnino, Secúndulo y Vibia Perpetua. Esta última tenía 22 años de edad, era madre de un pequeñín, y tenía buena posición. A estos cinco se unió Sáturo, quien les había instruido en la fe y se negó a abandonarles.

Perpetua escribió las actas: "Yo estaba todavía con mis compañeros. Mi padre, que me quería mucho, trataba de darme razones para debilitar mi fe, y apartarme de mi propósito. Yo le respondí: "Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?... ¿Acaso puede llamarlo con un nombre que no le designe por lo que es?" "No", replicó él. "Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana".

Al oír la palabra "cristiana", mi padre se lanzó sobre mí, y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron... Yo di gracias a Dios, por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo...

En esos días recibí el bautismo, y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio.

Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión, donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día!. El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre..."

Más tarde, Perpetua tuvo un sueño que le ayudó a prepararse para el martirio. Su padre regresó para implorarle que renunciara a su fe para evitar el martirio. Le decía de rodillas y besando sus manos: ... “Piensa en tu madre y en la hermana de tu madre; piensa sobre todo en tu hijo, que no podrá sobrevivirte. Depón tu orgullo y no nos arruines, pues jamás podremos volver a hablar como hombres libres, si te sucede algo". Ella le respondió: "Las cosas sucederán como Dios disponga, pues estamos en sus manos y no en las nuestras".

Condujeron a los reos a la plaza del mercado, para juzgarlos ante una multitud. Narra Perpetua: "Todos los que fueron juzgados antes de mí confesaron la fe. Cuando me llegó el turno, mi padre se aproximó con mi hijo en brazos y, haciéndome bajar de la plataforma, me suplicó:Apiádate de tu hijo”.

El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome: “Apiádate de las canas de tu padre, y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores”. Yo respondí: “¡No!”. “¿Eres cristiana?”, me preguntó Hilariano.

Yo contesté: "Sí, soy cristiana”. Como mi padre persistiese en apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera, y los soldados le golpearon con un bastón. “Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataban a mi padre anciano. Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras, y volvimos llenos de gozo a la prisión. Como mi hijo estaba acostumbrado al pecho, rogué a Pomponio que le trajese a la prisión, pero mi padre se negó a dejarle venir. Pero Dios dispuso las cosas de suerte que mi hijo no extrañó el pecho, y a mí no me hizo sufrir la leche de mis pechos".

Según parece, Secúndulo había muerto en la prisión antes del juicio. Antes de dictar sentencia, Hilariano había mandado azotar a Revocato y Saturnino, y abofetear a Perpetua y Felicitas.

Se reservó a los mártires para los espectáculos que se iban a ofrecer a los soldados durante las fiestas de Geta, a quien su padre, Severo, había nombrado César cuatro años antes, en tanto que había nombrado Augusto a su hijo Caracala.

Santa Perpetua relata otra de sus visiones: "Pocos días después, mientras estaba yo orando, se me escapó el nombre de Dinócrates (su hermano de sangre que había muerto a los siete años). La cosa me sorprendió mucho, pues yo no estaba pensando en él. Al punto comprendí que debía orar por él, y así lo hice con gran fervor e insistencia..."

Felicitas tenía miedo de que se la privase del martirio, porque generalmente no se condenaba a la pena capital a las mujeres embarazadas. Todos los mártires oraron por ella, y así dio a luz a una hija en la prisión; uno de los cristianos adoptó a la niña.

Según las actas: "El día del martirio los prisioneros salieron de la cárcel como si fuesen al cielo... La multitud, furiosa al ver la valentía de los mártires, pidió a gritos que les azotaran; así pues, cada uno de ellos recibió un latigazo al pasar frente a los gladiadores".

A Sáturo le echaron varias bestias que no le dañaron.

Al fin "un leopardo saltó sobre él, y le dejó cubierto de sangre en un instante. La multitud gritaba: “¡Ahora sí está bien bautizado!”. El mártir, ya agonizante, dijo a Pudente: “¡Adiós!. Conserva la fe, acuérdate de mí, y que esto sirva para confirmarte, y no para confundirte”. Y, tomando el anillo del carcelero, lo mojó en su propia sangre, lo devolvió a Pudente y murió. Así fue a esperar a Perpetua, como esta lo había predicho".

Perpetua y Felicitas fueron arrojadas a una vaca salvaje. La fiera atacó primero a Perpetua, quien cayó de espaldas; pero la mártir se sentó inmediatamente, se cubrió con su túnica desgarrada, y se arregló un poco los cabellos para que la multitud no creyese que tenía miedo.

Después fue a reunirse con Felicitas que yacía también por tierra. Juntas esperaron el siguiente ataque de la fiera; pero la multitud gritó que con eso bastaba; los guardias las hicieron salir por la Puerta Sanavivaria, que era por donde salían los gladiadores victoriosos. Al pasar por ahí, Perpetua volvió en sí de una especie de éxtasis, y preguntó si pronto iba a enfrentarse con las fieras. Cuando le dijeron lo que había sucedido, la santa no podía creerlo, hasta que vio sobre su cuerpo y sus vestidos las señales de la lucha.

Entonces llamó a su hermano, y al catecúmeno Rústico y les dijo: “Permaneced firmes en la fe, y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que nuestros sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo”.

Entre tanto la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo para las dos santas. Después de haberse dado el beso de la paz, Felícitas fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba muy nervioso, erró en el primero golpe, arrancando un grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe. “Tal vez porque una mujer tan grande... sólo podía morir voluntariamente".

En 1907, el P. Delattre descubrió y restauró una antigua inscripción en la basílica Majorum de Cartago. En dicha basílica habían sido enterrados los cuerpos de los mártires, según dice expresamente Víctor Vitese, un obispo africano del siglo V que había visitado la tumba.

El contenido de la inscripción es el siguiente: "Aquí reposan los mártires Sáturo, Saturnino, Revocato, Secúndulo, Felícitas y Perpetua, quienes sufrieron en las nonas de marzo". Sin embargo, no es posible afirmar con toda certeza que esa inscripción sea la de la losa sepulcral de los mártires.

El martirio se conmemoraba originalmente en las nonas de marzo (7 de marzo). Estos mártires aparecen en todos los calendarios y martirologios antiguos, como por ejemplo en el calendario filocaliano de Roma, (354 P.C.)
Fuente: Butler, Vida de los Santos, Vol I


Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos siempre la protección y compañía de las Santas Perpetua y Felicitas, y de los Santos Compañeros Mártires Revocato, Felícitas, Saturnino, Secúndulo, Sáturo y Vibia Perpetua, a fin de que podamos siempre decir con orgullo que somos cristianos, en cualquier ámbito en que nos toque movernos, y así glorificar tu Santo Nombre. A Tí Señor, que nos prometiste que a quienes no nieguen tu Santo Nombre alcanzarán la gloriosa Misericordia ante el Tribunal Supremo. Amén.

lunes, 6 de marzo de 2017

Segunda Feria 6 de marzo

San Olegario


Obispo
(1060-1136)

Breve
Olegario = Aquel de la lanza invulnerable, es de origen germánico.

Obispo enérgico que supo mantener la cohesión de la Iglesia en Barcelona en tiempos de guerra y desolación. Guardián celoso y maestro de la castidad, afable para todos, generoso con los pobres, esquivo de la vanagloria, despegado de la pompa mundanal, y amante fiel de la paz verdadera, no fingida”.
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En lo religioso es Nicolás II quien dirige, y en lo civil Enrique IV administra el Sacro Imperio Romano cuando nace en el año 1060 Olegario.

Sus padres fueron Olaguer –válido de D. Ramón Berenguer, conde de Barcelona– y Guilia. En su tiempo se condena a Berengario por sus errores sobre la Eucaristía, y Godofredo de Buillón conquista Jerusalén, nombrándosele defensor del Santo Sepulcro.

Su familia era de origen noble por parte del padre y de la madre. Ambos se preocuparon por darle una educación en los valores que nunca defraudan del Evangelio.

El padre – cosa rara hoy en día – quiso llevar y dirigir sus estudios según los criterios de la época en que le tocó vivir.

Cuando vio que su preparación intelectual y humanista la recibiría mejor en los canónigos de la catedral, no tuvo inconveniente en confiarles su educación como persona humana.

En los estudios que le prepararían para ser sacerdote, se distinguió por su piedad sincera, su aprovechamiento y su afición o “hobby” por leer a los Santos Padres.

Tanto los leyó, meditó y estudió, por lo que se convirtió en una verdadero especialista.

Él anhelaba la perfección espiritual de su vida. Por eso, al enterarse de que había cerca de Barcelona un convento de canónigos regulares de San Agustín, no dudó lo más mínimo en irse para imitar su virtud.

Fue canónigo de la iglesia Catedral de Barcelona y D. Ramón Beltrán, obispo de la ciudad lo ordenó sacerdote. Pero, pensando que agradaba más a Dios de otra manera, Olaguer –que así le conocen en Barcelona y Tarragona– renuncia a la prebenda catedralicia, entra en el monasterio de San Adrián, del que llega a ser prior, y pasa a ser abad del de San Rufo, hasta que se le nombra obispo en el año 1115.

No pocos apuros costaron ponerle sobre su cabeza la mitra de Barcelona, y en su mano el báculo, por no quererlos aceptar el frailecito pensando que eran gran dignidad y pocos sus méritos; incluso llegó a escaparse por la noche y el clero tuvo que "atraparle" en Perpiñán; y dicen que hasta el mismo D. Rodrigo suplicó al papa Pascual II para que le obligara a aceptarla.

Puede que el dato sea leyenda, o puede que sea verdad por su humildad; pero ciertamente hoy –los tiempos cambiaron– no cuesta tanto aceptar un nombramiento episcopal. Aquellas buenas gentes apreciaban bien su calidad.

Como obispo hace su labor con creces; pasó el tiempo reconstruyendo monasterios e iglesias, predicando directamente a los fieles –cosa poco usual en su época– y preocupándose de los pobres, dándoles en limosna los dineros que él recibía.

Cuando muere el papa Pascual y se elige a Gelasio II, va Olegario a Roma a besar los pies de Pedro, y prestarle juramento como acto protocolario del tiempo. A su vuelta se ha recuperado Tarragona de los moros, se restituye su condición de sede metropolitana, y Olaguer es nombrado su arzobispo el 21 de marzo de 1118.

El papa lo nombra además legado suyo para toda España. Tiene que vivir en Barcelona, cuya sede mantiene, porque quedó arrasada Tarragona y sin bienes propios; ocho años tardará Olegario en terminar de reedificar las murallas de esta ciudad, y en llevar a ella a gente aguerrida que esté en condiciones de poder defenderla.

Cumpliendo la misión de metropolitano y legado ad latere, hubo de tomar parte en diversos concilios, y anatematizó al antipapa Anacleto.

A su regreso de Tierra Santa se preocupa de que se restituyan a la iglesia los bienes que algunos se habían injustamente apropiado, bendice y repara las iglesias desacralizadas por los sarracenos, e interviene en Zaragoza en la reconciliación entre don Alonso de Castilla y don Ramiro de Aragón.

Este hombre celoso, incansable, con don de gobierno y mucho amor a Dios, no pudo ver reconstruida su iglesia metropolitana por falta de recursos económicos, antes de morir el 6 de marzo del 1136.

Fueron sepultados sus restos en su iglesia de Barcelona, y canonizado a la antigua usanza, es decir, por veneración popular y consentimiento del Romano Pontífice.

Fecha de canonización: 25 de mayo de 1675 por el Papa Clemente X.

Oración: Te pedimos Señor, que por los méritos e intercesión del Obispo San Olegario, puedan nuestros obispos, católicos y ortodoxos, defender con valentía y constancia tus enseñanzas, y las que nos dejaron los Apóstoles en el Evangelio. A Tí Señor, que nos prometiste que el Cielo y la Tierra pasarán, pero siempre permanecerá incólume tu Palabra. Amén.


Segunda Feria 6 de marzo

Beato Humberto III de Saboya


Conde y Monje
(1135-1188)

Breve
En Chambery, en Saboya (Francia), beato Humberto, tercer conde de Saboya, que habiendo sido coaccionado a dejar el claustro para ocuparse del gobierno, volvió más tarde a la vida monástica, viviendo con fidelidad († 1188)
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Nació en el castillo de Avigliana junto a Turín el 4 de agosto de 1135, hijo del conde Amadeo III de Saboya y Mahaut (o Mafalda, o Matilda) de Albon, hermana de Guy IV de Dauphinois.

Reemplazó a su padre en el condado en 1148, cuando tenía doce años. Humberto llegará a tener hasta cuatro esposas sucesivas: su primera esposa, Faida de Tolosa murió joven en 1154; su segunda unión - Gertrudis de Flandes - terminó anulada.

Los nobles y el pueblo de Saboya le pidieron que se casara otra vez; esta tercera esposa – Clemencia de Zharingen - le dio dos hijas y murió en 1162. Entonces Humberto intentó volver a la vida monástica, pero fue persuadido de casarse otra vez. Esta cuarta esposa, Beatriz de Macon, le dio finalmente un hijo -Tomás- que le sucedería en el trono.

Como gobernante tendió a limitar las autonomías feudales y comunales, lo que le llevará a conflictos con algunos obispos, entre ellos San Antelmo de Belley, que no dudará en excomulgarlo, pero prospera su apelación al Papa Alejandro III que le levanta la excomunión.

En el conflicto guelfo (Estados Pontificios) y el gibelinos (Sacro Imperio), Humberto intenta una obra de mediación, procurando conservar la amistad tanto del emperador Federico Barbarrosa como del Papa Alejandro III.

Pero finalmente tuvo que tomar partido en su amor y fidelidad por el Papa, y eso le acarreó ser invadido hasta dos veces por las fuerzas de Barbarrosa. En la primera oportunidad en 1174 fué arrasada a sangre y fuego el valle de Susa, y en 1187 se le quitó todo, dejándole sólo el citado valle de Susa y el de Aosta.

Fue un hombre de acendrada religiosidad y piedad, en el que influyó notablemente el Beato Amadeo de Lausana, de cuyos consejos y asesoramiento se sirvió. Se mostró siempre generoso con las iglesias y monasterios, y favoreció a la Iglesia en todo cuanto pudo. Sintió el deseo de abrazar la vida religiosa, pero comprendió que esto le era imposible por necesitarlo sus súbditos al frente de sus Estados.

Como compensación no deja de acudir al claustro para vivir con sinceridad tiempos de retiro, integrándose el tiempo que pasaba en los monasterios en la vida de la comunidad. La muerte le llegó cuando estaba en la abadía de Haute Combe, vistiendo el hábito cisterciense, el 4 de marzo de 1188.

Por los innumerables milagros atribuidos a su intercesión durante muchos años, el Rey Carlos Alberto de Cerdeña intercedió ante el Vaticano, y su culto fue confirmado el 7 de septiembre de 1838 por el Papa Gregorio XVI.

Su imagen se encuentra expuesta en la catedral de Aosta, y en el castillo de Sarre. Es recordado también en Racconigi, en el Real Santuario de la Virgen de la Gracia con un cuadro del Beato, donado por la reina Elena, y restaurado por el rey Humberto II.

Oración: Te pedimos Señor, que por los méritos e intercesión del Beato Humberto III de Saboya, sepamos mantener siempre la fidelidad al Papa, a pesar de tener que perderlo todo, incluso la propia vida. A Tí Señor que nos aseguraste que las llamas del infierno no prevalecerían en tu Iglesia. Amén.



domingo, 5 de marzo de 2017

Domingo 5 de marzo

San Juan José de la Cruz

Religioso

(1654-1734)

A su hábito lo consideraba como la túnica de Cristo, signo de su consagración a Él.

Otros Santos

San Juan José de la Cruz, de la Orden Franciscana de San Pedro de Alcántara. Nace en 1654 en el volcánico islote de Ischia, frente a Nápoles, de una familia muy cristiana, cuyos cinco hijos se consagran a Dios en la vida religiosa.

En el bautismo recibió el nombre de Carlos Cayetano. Su familia era noble y piadosísima; sus padres, José Calosinto y Laura Garguilo, vieron, con santo consuelo, que cinco hijos suyos se consagraron al Señor. A todos aventajó Carlos en virtud y santidad de vida.

Ya en sus tiernos años gustaba sobremanera del retiro, silencio y oración; se apartaba de los juegos y entretenimientos de sus hermanos, y consagraba el tiempo de los recreos a visitar iglesias, orando en ellas con angelical devoción.

Tenía especial cariño y amor a la Virgen nuestra Señora, y cada día rezaba el Oficio Parvo y otras preces marianas, como el rosario y las letanías, ante un pequeño altar que Él mismo había aderezado en su aposento a la gloriosa Reina del cielo. Los sábados y vigilias de sus fiestas solía ayunar a pan y agua.

Lo mismo de maestro de novicios, que de superior provincial y director de almas, San Juan José de la Cruz hace de su vida una Cuaresma de oración y penitencia, con ayunos, y cilicios en cruz, rigurosísimos.

Sobresaliente por su austeridad, insistió en una austeridad igual de estricta para los novicios a su cargo. Incluso tuvo la idea de edificar eremitorios fuera del edificio principal del monasterio, de modo que se pudiese practicar una autodisciplina aún mayor.

A pesar de su exacta observancia de las reglas de su orden, puso también un especial cuidado en que los novicios tuvieran tiempos regulares de recreo. Entendió, que lejos de ser un lujo, el recreo es una necesidad del espíritu humano.

En su amor a la pobreza, llega a ser llamado "el Padre Cien Remiendos". A su hábito lo consideraba como la túnica de Cristo, signo de su consagración a Él.

Y hasta su muerte en Nápoles, con 80 años, el 5 de marzo de 1734, acata siempre la Providencia de Dios; persuadido de que un ser como el hombre, no puede abarcar los insondables designios divinos.

Este admirable y santísimo siervo de Dios fue canonizado por Gregorio XVI junto con San Alfonso María de Ligorio, San Francisco de Jerónimo, San Pacífico y Santa Verónica de Juliani. Sus sagradas reliquias están en la ciudad de Nápoles, en la iglesia del convento de Santa Lucía del Monte.

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Hoy recordamos con Amor y Agradecimiento a San Eusebio Palatino y compañeros mártires, ocurrido en los primitivos tiempos, según cuenta el Martirologio Romano, padeció en África por el Nombre del Señor Jesús, junto a otros ocho compañeros. El paso por aquel Continente supuso para ellos, el fiel cumplimiento del mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a toda la Creación.


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Oración: Te pedimos Señor, que por los méritos e intercesión de San Juan José de la Cruz, y San Eusebio Palatino y compañeros mártires, podamos considerar a nuestros vestidos y posesiones como tu sagrada túnica, manteniendo nuestro cuerpo libre de toda concupiscencia y deseos desordenados, y así permanecer como sagradas ramas insertas en la sagrada vid que eres Tú. A Tí Señor que tienes las siete llaves de las siete iglesias, y lo que Tú abres nadie puede cerrar, y lo que Tú cierras nadie puede abrir. Amén.


Sábado, 4 de marzo

San Casimiro, Príncipe de Polonia


Cuerpo Incorrupto. Devoto de la Pasión de Cristo.

(† 1484)

Breve
Desde muy pequeño demostró gran devoción a Dios y humildad, destacando como una de sus más grandes características la pureza y la bondad, habiendo hecho también voto de castidad. Gran propagador del catolicismo en medio de las nacientes herejías que invadían Europa, las cuales luego desembocaron años después en el protestantismo.
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Cuando nació San Casimiro el día 3 de octubre de 1458 en el castillo de Wawel, en Cracovia, habían pasado setenta y dos años desde que su abuelo, el célebre Jaguelón, gran duque de Lituania, se posesionara del trono de Polonia con el nombre de Ladislao II.

Amenazados continuamente por los asaltos de los caballeros de la orden teutónica, y por las incursiones de los tártaros y los rusos, tanto lituanos como polacos, aunque tan dispares en lengua y estirpe, habían resuelto, al fin, unir su suerte creando una federación o "república", como entonces se decía, la cual sería regida por un jefe único, pero conservando ambos estados sus derechos y sus prerrogativas, con ejército, parlamento y cargas civiles propias.

Jaguelón solamente tuvo hijos de su cuarta esposa, la princesa lituana Sofía de Alsenai; entre éstos se encontraba el padre de nuestro Santo, llamado también Casimiro, que fue desde 1440 gran duque de Lituania v desde 1447 rey también de Polonia. Se casó con la princesa austríaca Isabel de Habsburgo, de la cual tuvo trece hijos, siendo el segundo San Casimiro.

Las familias numerosas son consideradas en los salmos como una bendición: "Tus hijos, como retoños de olivo alrededor de tu mesa". Y a menudo los santos han salido de estas familias con mucha prole, y en la actualidad demuestran las estadísticas que de estas familias salen las mejores vocaciones religiosas y sacerdotales.

Volviendo a nuestro Santo, hemos de decir que, como sus hermanos y hermanas, tuvo una educación sólida y profundamente cristiana.

Por lo que toca a su madre no puede dudarse. Era una de las princesas más piadosas de su siglo. Pero, además, tenemos un testimonio excepcional. Una carta de la propia Isabel de Habsburgo, escrita en 1502 a su hijo Ladislao, rey de Bohemia y Hungría, en la cual describe minuciosamente cómo deben los padres educar a sus propios hijos. Y sin duda que los sabios consejos que da la madre, son sencillamente la exposición de su experiencia personal. A esta labor básica e insustituible de los padres se juntó la obra de excelentes maestros.

Claro está que, ni los cuidados exquisitos de sus padres, ni la competencia de sus maestros, alcanzarían gran cosa si el príncipe Casimiro no hubiera correspondido generosamente a la gracia. Porque sus otros hermanos, a pesar de haber recibido la misma educación, y criarse en circunstancias semejantes, no sólo no llegaron a su mismo grado de perfección, sino que su vida dejó bastante que desear en cuanto a ejemplaridad cristiana.

El continuo esfuerzo del jovencito de agradar a Dios, y estar siempre unido a Él, denotaba una conducta muy por encima de lo ordinario. Para domar su cuerpo y evadir los peligros de la corte renacentista, tan poco propicia a la abnegación, se ejercitaba en las mortificaciones más austeras. Usaba cilicio, se azotaba con disciplinas, practicaba el ayuno corporal, dormía en la dura tierra...

De la mortificación de los sentidos no hay que decir. Ni los vestidos ricos, ni los regalos de palacio, ni los pasatiempos frívolos, ni las fiestas mundanas, conseguían atraerle. No podía concebirse mayor inocencia, mayor compostura, mayor devoción en tan tierna edad, En el templo, sobre todo, sobrecogía por su actitud piadosa y recogida, olvidado de todo y arrebatado a Dios.

Principalmente fue devoto de la pasión de Cristo.

A lo largo de toda la Edad Media, las almas religiosas habían ido penetrando en el misterio insondable de la redención, y una ascética pujante llevaba a los espíritus a conformarse con Cristo crucificado.

Nuestro joven príncipe se abismaba en la contemplación del Crucificado, y al oír hablar de los dolores y agonías que se le presentaron al Redentor en el huerto, de los escarnios que padeció en el atrio de los sumos sacerdotes, de las befas y de la violencia de la flagelación, y la coronación de espinas, así como de las caídas en el terrible itinerario, y de la posterior crucifixión y muerte a la hora de nona, las lágrimas brotaban de sus ojos compasivos, y el corazón se le desmayaba.

Embebido en pensamientos tan divinos, ninguna otra cosa le apetecía, y por su gusto todo su tiempo lo pasara en oración tan sabrosa.

Y no siendo esto posible, por los deberes ineluctables de su alto rango, aprovechaba las noches para tan piadosa ocupación, y para visitar las iglesias, pues tan grande como su piedad hacia la pasión de Cristo era su amor al Santísimo Sacramento.

Y como no puede haber amor divino sin caridad para con el prójimo, San Casimiro socorría a manos llenas a los necesitados, amparaba a los débiles, ejercitaba su influencia en favor de los oprimidos, de los prisioneros, de los enfermos y angustiados. Vida tan santa resulta más admirable en una corte del cuatrocientos, en un ambiente poco propicio a la abnegación y a la virtud.

Vivió siempre en perfecta castidad. Este Santo moría de tisis el día 4 de marzo de 1484, a los veinticuatro años de edad, como otros santos que tanto se le parecen: San Luís Gonzaga, San Gabriel de la Dolorosa, Santa Teresita del Niño Jesús.

Que su muerte fue edificante, nos lo abona la santidad de su vida, pero también el hecho de que supo esperarla serenamente, habiendo recibido los santos sacramentos, y con sus ojos clavados en la imagen del crucifijo, e invocando a su Madre, la Virgen María. Testigos hubo que aseguraron haber visto su alma, llena de gran claridad, ascender hasta el cielo, donde era recibida por los coros de los ángeles.

Murió en Gardinas (Grodno), pero su cuerpo fue enterrado en la catedral de Vilna, capital de Lituania, en la capilla de Nuestra Señora, lugar escogido por el santo y así ser fiel hasta la muerte, a tan buena madre.

Cuando ciento veinte años después, en 1604, fue abierta su sepultura para el reconocimiento de sus reliquias, fue hallado entero y sin corrupción su sagrado cuerpo, así como sus vestidos, a pesar de la humedad del enterramiento.

Y sobre el pecho del Santo se encontró una copia del himno latino Omni die dic Mariae meae laudes animae. No contento con haberlo rezado diariamente, para demostrar así su devoción a la Virgen, quiso el Santo llevarlo consigo al sepulcro. Este himno se compone de sesenta estrofas rimadas, de seis versos cada una:

Cada día,
alma mía,
di a María
alabanzas.

A sus fiestas,
a sus gestas,
tú les prestas
culto y prez.

Durante mucho tiempo se creyó que el propio San Casimiro había sido el autor de este himno, que el juglar de la Virgen cantaba en las iglesias de Cracovia ante sus imágenes. Mas la crítica moderna ha demostrado que se trata de una composición medieval, más de cien años anterior, que algunos atribuyen a San Anselmo de Cantorbery.

Con todo, queda el hecho de que el Santo fue quien la propagó, y a su gran devoción mariana se debe el que no se perdiera. Por eso hicieron muy bien los monjes de Montserrat, en la reciente decoración del camarín de la Virgen morenita, el poner la efigie de San Casimiro entre los amantes de María, pronunciando las estrofas del Omni die.

Entre las virtudes de San Casimiro hay que mencionar su celo por promover la fe católica. Tal vez no sea del todo exacta la noticia de las lecciones del segundo nocturno del breviario, donde se dice que consiguió de su padre una ley prohibiendo a los cismáticos rutenos levantar nuevas iglesias o reparar las ruinosas. Esta prohibición estaba ya en vigor cincuenta años antes, desde los tiempos de su abuelo; lo que sí hizo el joven príncipe fue favorecer por todos los medios la extensión del catolicismo, y luchar decididamente contra las herejías y movimientos subversivos que en el siglo XV, época de hussitas y wiclefitas, tenían en conmoción al centro de Europa.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por intercesión de San Casimiro, podamos siempre observar una completa disciplina espiritual en nuestras Vidas, sabiendo guardar en todo momento la santa castidad del cuerpo y del espíritu para las personas consagradas, y la estricta observancia de la fidelidad conyugal para los que viven en el matrimonio, a fin de que todos podamos unirnos completamente a Tí en tu Santa Pasión a lo largo de los días de nuestra Vida. Que San Casimiro también nos guíe espiritualmente contra tantas herejías o conductas heréticas que hoy abundan, incluso dentro de nuestra Iglesia. A Tí Señor que tantas veces nos advertiste sobre los falsos profetas. Amén.