21 de Septiembre 2026
San
Jonás
Profeta. Antiguo Testamento.
Conmemoración de San Jonás, profeta, hijo de Amitay (2Re 14,25), cuyo nombre lleva un libro del Antiguo Testamento, y cuya conocida expulsión del vientre del cetáceo, es presentada en el propio Evangelio como signo de la Resurrección del Señor (Mt 12,40).
No
hay motivo para dudar que Jonás sea el mismo profeta, hijo de Amati
o Amittai (cfr. 1, 1), que en tiempo de Jeroboam II (783-743 a. C.)
predijo una victoria sobre los asirios (II Rey. 14, 25). La tradición
judía cree que fue también el que ungió al rey Jehú por encargo
del profeta Eliseo (II Rey. 9, 1 ss.).
Los cuatro capitulos
del libro no son profecía propiamente dicha, sino más bien relato
–probablemente escrito por el mismo Jonás, aunque habla en tercera
persona- de un viaje del profeta a Nínive, y de las dramáticas
aventuras que le ocurrieron, con motivo de su misión en aquella
capital.
Sin embargo, todos en conjunto, revisten carácter
profético, como lo atestigua el mismo Jesucristo en Mat. 12, 40,
estableciendo al mismo tiempo la historicidad de Jonás, que algunos
han querido mirar como simple parábola (cfr. 2, 1 ).
San
Jerónimo, empleando un juego de palabras, dice que “Jonás, la
hermosa paloma (yoná significa en hebreo paloma), fue en su
naufragio figura profética de la muerte de Jesucristo. Él movió a
penitencia al mundo pagano de Nínive, y le anunció la salud
venidera”.
La nota característica de esta emocionante
historia consiste en la concepción universalista del reino de Dios y
en la anticipación del Evangelio de la misericordia del Padre
celestial, “que es bueno con los desagradecidos y malos” (Luc. 6,
35).
El caso de Jonás encierra así un vivo reproche, tanto
para los que consideran el reino de Dios, como una cosa reservada
para ellos solos, cuanto para los que se escandalizan, de que la
divina bondad supere a lo que el hombre es capaz de concebir.
En
cuanto a la personalidad de Jonás, para formarse de ella un concepto
exacto, ha de tenerse presente que Dios no se propone aquí
ofrecernos un ejemplo de vida santa, ni de celo en la predicación,
ni de sabiduría, como en Jeremías, Ezequiel o Daniel, sino a la
inversa, mostrarnos la lección de sus yerros.
La labor
profética de Jonás en ese libro se limita a un versículo (3, 4),
donde anuncia y repite escuetamente que Nínive será destruida, sin
exponer doctrina, ni formular siquiera un llamado a la conversión.
Y en cuanto a la actuación y conducta personal del profeta,
vemos que empieza con una desobediencia (1, 3) y que, no obstante la
gran prueba que sufre, y de la cual Dios lo salva (cap. 2, 9) y el
otro por falta de resignación.
Lejos, pues, de proponérselo
Dios como tipo de imitación; la enseñanza del libro consiste, al
contrario, en descubrirnos al desnudo las debilidades del profeta,
como sucede hasta con San Pedro; lo cual es ciertamente un espejo
precioso, para que aprendamos a reconocer que las miserias nuestras,
no son menores que las de Jonás y lo imitemos, eso sí, en la
rectitud con que se declara culpable (1, 12) y en la confianza que
manifiesta su hermosa plegaria del capítulo 2.
La Iglesia
conmemora a Jonás el día 21 de septiembre. Su imagen se usaba ya en
las catacumbas, como figura de Cristo que fue “muerto y sepultado y
al tercer día resucitó de entre los muertos”, y cuya resurrección
es prenda de la nuestra.
Jonás es también tipo de nuestro
Salvador, en cuanto enviado, que desde Israel trajo la salvación a
los gentiles (Luc. 2, 32) y representa de este modo la vocación
apostólica del pueblo de Dios (Véase S. 95, 3).
MENSAJEROS
DE DIOS Mensajeros de Dios dadnos la Nueva: mensajeros de paz, sea
paz nuestra. Mensajeros de luz, sea luz nuestra; mensajeros de fe,
sea fe nuestra. Mensajeros del Rey, sea rey nuestro; mensajeros de
amor, sea amor nuestro. Amén.
¿Quién podrá apartarnos del
amor de Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución?
¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? En todo esto
vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy
convencido de que ni muerte, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni
profundidad, ni creatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Rm.8, 35. 37-39


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