domingo, 9 de abril de 2017

Domingo 9 de Abril

DOMINGO DE RAMOS


PROCESIÓN DE LAS PALMAS

Bendito el que viene en nombre del Señor

Seguir a Cristo implica un cambio interior de nuestra propia existencia. Se trata de optar entre vivir sólo para mí o entregarme a lo más grande. Al perderme, vuelvo a encontrarme”. Benedicto XVI

Breve
Reconocer a Jesucristo como Rey, significa aceptarle como quien nos indica el camino, Aquél de quien nos fiamos, y a quien seguimos. Significa aceptar día tras día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en Él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a Él porque su autoridad es la autoridad de la Verdad.
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+ Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 19, 28-40

En aquel tiempo, Jesús echó a andar delante, subiendo hacia Jerusalén. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles: "Id a la aldea de enfrente; al entrar, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", contestadle: "El Señor lo necesita".

Ellos fueron, y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: "¿Por qué desatáis el borrico?". Ellos contestaron: "El Señor lo necesita". Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos y le ayudaron a montar.

Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: "¡Bendito el que viene como Rey, en nombre del Señor!. Paz en el cielo y gloria en lo alto".

Palabra de Dios.

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Homilía de Domingo de Ramos, S.S. Benedicto XVI, 2007

Queridos hermanos y hermanas:
En la procesión del Domingo de Ramos nos unimos a la muchedumbre de discípulos, que con alegría festiva, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén.

Como ellos, alabamos al Señor alzando la voz por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también nosotros hemos visto y seguimos viendo los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de la propia vida, para ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da valor a hombres y mujeres para oponerse a la violencia y a la mentira, y dejar espacio en el mundo a la verdad; cómo, en lo secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad.

La procesión es ante todo, un gozoso testimonio que ofrecemos de Jesucristo, por quien se nos ha hecho visible el Rostro de Dios, y por quien el corazón de Dios se abre a todos nosotros.

En el Evangelio de Lucas, la narración del inicio del cortejo en los alrededores de Jerusalén está compuesta siguiendo, en algunos momentos literalmente, el modelo del rito de coronación con el que, según el Primer Libro de los Reyes, Salomón fue declarado heredero de la realeza de David (Cf. 1 Reyes 1, 33-35).

De este modo, la procesión de las Palmas es también una procesión de Cristo Rey: profesamos la realeza de Jesucristo, reconocemos a Jesús como el Hijo de David, el verdadero Salomón, el Rey de la paz y de la justicia.

Reconocerle como Rey significa aceptarle como quien nos indica el camino, Aquél de quien nos fiamos y a quien seguimos. Significa aceptar día tras día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en Él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a Él porque su autoridad es la autoridad de la verdad.

Ante todo, la procesión de las Palmas es, como lo fue en aquella ocasión para los discípulos, una manifestación de alegría, porque podemos conocer a Jesús, porque Él nos permite ser sus amigos, y porque nos ha dado la clave de la vida. Esta alegría, que se encuentra en el origen, es también expresión de nuestro «sí» a Jesús, y de nuestra disponibilidad a caminar con Él allí donde nos lleve.

La exhortación del inicio de nuestra liturgia interpreta justamente el sentido de la procesión, que es también una representación simbólica de lo que llamamos «seguimiento de Cristo»: «Pidamos la gracia de seguirle», hemos dicho. La expresión «seguimiento de Cristo» es una descripción de toda la existencia cristiana en general. ¿En qué consiste?. ¿Qué quiere decir en concreto «seguir a Cristo»?

Al inicio, en los primeros siglos, el sentido era muy sencillo e inmediato: significa que estas personas habían decidido dejar su profesión, sus negocios, toda su vida para ir con Jesús. Significaba emprender una nueva profesión: la de discípulo. El contenido fundamental de esta profesión consistía en ir con el maestro, confiar totalmente en su guía.

De este modo, el seguimiento era algo exterior, y al mismo tiempo muy interior. El aspecto exterior consistía en caminar tras Jesús en sus peregrinaciones por Palestina; el interior, en la nueva orientación de la existencia, que ya no tenía sus mismos puntos de referencia en los negocios, en la profesión, en la voluntad personal, sino que se abandonaba totalmente en la voluntad de Otro.

Ponerse a su disposición se había convertido en la razón de su vida. La renuncia que esto implicaba, el nivel de desapego, lo podemos reconocer de manera sumamente clara en algunas escenas de los Evangelios.

Así queda claro lo que significa para nosotros el seguimiento y su verdadera esencia: se trata de un cambio interior de la existencia. Exige que ya no me cierre en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Exige entregarme libremente al Otro por la Verdad, por el Amor, por Dios, que en Jesucristo, me precede y me muestra el camino.

Se trata de la decisión fundamental de dejar de considerar la utilidad, la ganancia, la carrera y el éxito como el objetivo último de mi vida, para reconocer sin embargo, como criterios auténticos la Verdad y el Amor. Se trata de optar entre vivir sólo para mí o entregarme a lo más grande. Hay que tener en cuenta que Verdad y Amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en una Persona. Al seguirle a Él, me pongo al servicio de la Verdad y del Amor. Al perderme, vuelvo a encontrarme.

Volvamos a la liturgia y a la procesión de las Palmas. En ella, la liturgia prevé el canto del Salmo 24, que también en Israel era un canto de procesión, utilizado para subir al monte del templo. El Salmo interpreta la subida interior de la que era imagen la subida exterior, y nos explica lo que significa subir con Cristo. «¿Quién subirá al monte del Señor?», pregunta el Salmo, y presenta dos condiciones esenciales. Quienes suben y quieren llegar verdaderamente hasta arriba, hasta la verdadera altura, tienen que ser personas que se preguntan por Dios. Personas que escrutan a su alrededor para buscar a Dios, para buscar su Rostro.

Queridos jóvenes amigos, qué importante es precisamente esto hoy: no hay que dejarse llevar de un lado para otro en la vida; no hay que contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen. Hay que escrutar y buscar a Dios. No hay que dejar que la pregunta por Dios se disuelva en nuestras almas, el deseo de lo más grande, el deseo de conocerle a Él, su Rostro…

Esta es la otra condición sumamente concreta para la subida: puede llegar al lugar santo quien tiene «manos limpias y puro el corazón». Manos limpias son aquellas que no cometen actos de violencia. Son manos que no se han ensuciado con la corrupción, con los sobornos.

Corazón puro, ¿cuándo es puro el corazón?. Es puro un corazón que no finge, y no se mancha con la mentira y la hipocresía. Un corazón que es transparente como el agua de un manantial, porque en él no hay doblez. Es puro un corazón que no se extravía con la ebriedad del placer; un corazón cuyo amor es auténtico, y no una simple pasión del momento.

Manos limpias y corazón puro: si caminamos con Jesús, subimos y experimentamos las purificaciones que nos llevan verdaderamente a esa altura, a la que el hombre está destinado: la amistad con el mismo Dios.

El Salmo 24, que habla de la subida, concluye con una liturgia de entrada ante la puerta del templo: «Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el Rey de la Gloria».

En la antigua liturgia del Domingo de Ramos el sacerdote, al llegar ante la iglesia, tocaba fuertemente con la cruz de la procesión contra el portón, que todavía estaba cerrado, y que en ese momento se abría. Era una bella imagen del misterio del mismo Jesucristo, que con la madera de su cruz, con la fuerza de su Amor, tocó desde el lado del mundo a la puerta de Dios; del lado de un mundo que no lograba acceder a Dios.

Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora está abierta. Pero el Señor también toca desde el otro lado con su cruz: toca a las puertas del mundo, a las puertas de nuestros corazones, que con tanta frecuencia, y en tan elevado número están cerradas para Dios.

Y nos habla más o menos de este modo: si las pruebas que Dios en la creación te da de su existencia no lograr abrirte a Él; si la palabra de la Escritura y el mensaje de la Iglesia te dejan indiferente, entonces, mírame a mí, que soy tu Señor y tu Dios.

Este es el llamamiento que en esta hora dejamos penetrar en nuestro corazón. Que el Señor nos ayude a abrir la puerta del corazón, la puerta del mundo, para que Él, el Dios viviente, pueda venir en su Hijo a nuestro tiempo, llegar a nuestra vida. Amén.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]


Oración: ¡Oh Divino Rey!. ¡Quédate a Reinar en mi corazón!. Amén.
Domingo 9 de Abril

SANTA CASILDA DE TOLEDO


(† ca.1107)

Su nombre en árabe —casida— significa "cantar"

Lo esencial es que haya santos; no que realicen prodigios. Su sola presencia nos protege, su existencia por si sola nos enriquece, puesto que todos no somos más que uno en Cristo Nuestro Señor

Breve
Mística cristiana de origen musulmán. Santa Casilda es invocada en los casos de flujo de sangre, caídas y accidentes de todas clases.
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DOLORES GÜELL
Hija de un rey moro de Toledo, que debió reinar a mediados del siglo XI, en tiempos de Fernando I de Castilla, la figura de la gentilísima princesa Casilda parece escapar al rígido marco de la historia, y acomodarse mejor en el de la poesía y la leyenda.

Su nombre en árabe —casida— significa "cantar". Un verso que vuela en alas de la música: algo delicado, fugaz e inaprensible. Así fue Casilda en vida, y sigue siéndolo en la memoria del pueblo cristiano.

Cuanto a ella, se refiere que carece de contornos definidos, y se halla envuelto en esa bruma de misterio, que suele rodear a los seres que más vivamente han impresionado la imaginación popular.

No hay acuerdo sobre el verdadero nombre del rey moro, su padre —¿Cano? ¿Almacrin? ¿Almamún?—, ni sobre el carácter y condición de dicho monarca, que unos imaginan feroz perseguidor de los cristianos, y otros magnánimo, benigno y tolerante; mientras unos afirman que Casilda fue hija única, otros le atribuyen numerosos hermanos. Todo es incierto y contradictorio.

Pero hay algo que no ofrece duda, y es la profunda huella dejada en la memoria de nuestro pueblo, por el paso leve y alado de una doncellita, que por amor a Cristo, trocó la fastuosidad y regalo de una corte morisca, por las asperezas de una vida solitaria y penitente.

El relato más fidedigno de la vida de nuestra Santa, en opinión de los Bolandos, es el que conserva la iglesia de Burgos en su Breviario. Dice así:
"En los tiempos antiguos hubo un rey en Toledo llamado Cano. Poderoso y valiente en las armas, acostumbraba a dirigir sus ejércitos contra los cristianos, causando grave daño a la fe verdadera. Retenía en su reino a muchos cristianos cautivos.

Por disposición divina, este enemigo terrible de la fe cristiana tuvo una hija única llamada Casilda, para que de un tallo tan malo brotara una flor de blancura admirable sobre la que descansara el Espíritu del Señor...

El Espíritu deífico, por el incendio de la devoción, la levantaba hacia Dios; por la suavidad de la compasión, la transformaba en Cristo, y por la piedad de la condescendencia la inclinaba al prójimo. De tal manera que a los afligidos, y principalmente si eran cristianos, aunque nacida de familia sarracena, se bajase hacia ellos con una ternura de intensísima compasión.

Tenía como ingénita la virtud de la clemencia, sobre la cual se posó la gracia de Dios duplicándola. Así que su piedad, de tal manera se derramaba tratando con los cautivos pobres, que a los que no podía alargar la mano alargaba su afecto. Tenía la costumbre todos los días sin falta —por las entrañas del amor a Cristo, por su reverencia a la suavidad de Jesús— de consolar a los cautivos cristianos con su grata presencia, y a ellos alargaba sus manos ayudadoras, llenas de dádivas..."

Mujer de gran corazón, la gracia halla el terreno propicio para sus maravillosas transformaciones. Casilda debió ser instruida en la fe cristiana por los mismos cautivos a los que socorría, los cuales pagaban así, con el más alto bien espiritual, los dones materiales que de ella recibían.

La semilla de la fe cayó en buena tierra, y pronto dio el ciento por uno. Admírase de ello el piadoso cronista del Breviario de Burgos:

"¡Cosa admirable y nunca vista!. Nacida de un acebuche, contra la naturaleza de su nacimiento, se transformó en buen olivo para así dar óptimo fruto. ¿De dónde un árbol infructuoso pudo producir un ramo tan feraz de excelentes frutos?. Porque así estaba predestinado, por la bondad inmensa de Dios desde toda la eternidad".

No se recataba Casilda de su manifiesta solicitud para con los cristianos que gemían en las mazmorras de su padre, cosa que mereció las censuras de los nobles palaciegos.

Enterado el rey de la extraña conducta de su hija, comenzó a espiarla, y la sorprendió un día en que se dirigía a visitarles. "¿Qué es lo que llevas recogido en tu enfaldo?", le preguntó severamente. "Rosas", contestó Casilda.

Y, desplegando su manto, vio el rey que efectivamente, eran rosas. Desconcertado, dejó el paso libre a su hija, que llegándose con presteza a los prisioneros, pudo entregarles lo que en realidad eran: sabrosas viandas, y que sólo por un prodigio del Señor, pudo parecer rosas a los ojos del enfurecido monarca.

La gracia de Dios iba trabajando el corazón de Casilda, inclinándola irresistiblemente hacia la religión cristiana. Ya su corazón pertenecía plenamente a Cristo. Pero ¿cómo podría ella, princesa mora, sujeta por tantos lazos a la religión del Islam, recibir el bautismo, y hacer pública profesión de la verdadera fe?. Un foso infranqueable parecía separarla de su generoso propósito. Sin embargo, la divina Providencia velaba.

Aconteció, pues, que la princesa contrajo una grave dolencia, que fue marchitando poco a poco todos los encantos de su fragante juventud. Padecía flujo de sangre, y los rudimentarios recursos de físicos y curanderos, se mostraron pronto impotentes para atajar el mal.

Dios le hizo saber entonces, valiéndose de los cautivos cristianos que tanto la querían, que únicamente podría recobrar la salud bañándose en las milagrosas aguas de San Vicente, en la Castilla cristiana, cerca de Briviesca. Así la Providencia disponía suavemente los caminos que debían conducir a Casilda hacia otras aguas regeneradoras, las del bautismo.

Obtenido, no sin dificultad, el permiso paterno para realizar el viaje, se despidió Casilda de su anciano padre, a quien no había volver a verla en la vida. Un brillante séquito dio escolta a la princesa mora hasta Burgos, donde a los pocos días de su llegada, recibió solemnemente el santo bautismo.

Poco tiempo se detuvo Casilda en la capital de Castilla. Reanudando su penosa marcha, se dirigió hacia los montes Obarenes, llegando, por fin, a los ansiados lagos de San Vicente, junto al lugar del Buezo, en los que, orando con fervor y confianza, alcanzó la salud perdida.

Resuelta a consagrar a Cristo la virginidad de su cuerpo milagrosamente sanado, determinó Casilda pasar el resto de su vida en la soledad de aquellos parajes, entregada a la oración y la penitencia. Y así lo cumplió con admirable fortaleza y constancia, hasta el fin de sus días. Murió de muy avanzada edad, siendo sepultada en su misma ermita, que pronto se convirtió en lugar de peregrinación de innumerables devotos.

Sobre el cañamazo de esta primitiva narración, de transparente sencillez, han ido acumulando los años y el celo no siempre discreto de sus entusiastas biógrafos, maravilla sobre maravilla. Sin embargo, no necesita nuestra Santa el espaldarazo de tales prodigios superfluos.

El gran milagro de Santa Casilda es ella misma: su gran corazón, capaz de amar a Dios y al prójimo hasta el total olvido de sí.

Puede colegirse cuál debió ser la fuerza de este amor en el alma de nuestra Santa, ponderando la vida de completo y durísimo desprendimiento a que la llevó. La que pudo ser gala y ornato de una corte, criada entre blanduras y exquisiteces, vive ahora en una cueva que no logra protegerla contra las ventiscas del invierno, ni los rigores del estío; sus delicadas plantas, que sólo pisaron suaves alfombras, huellan ahora, descalzas, los ásperos cantos de los pedregales; su alimentación y su vestido se reducen a lo estrictamente indispensable para subsistir.

Y por encima de estas austeridades corporales, está la que para Casilda debió ser la mayor de las privaciones: la soledad. Su corazón, exquisitamente femenino, hecho para la ternura y la compasión, debió sufrir enormemente al verse privado de cauce humano donde derramarse. Ya no la rodeaban los pobres, los cautivos, los afligidos, los pobrecitos de Cristo, tendiéndole sus manos suplicantes, ni ella podía ya alargarles las suyas portadoras de tantos beneficios. Estaba sola. Casilda había hecho en sí y en torno a sí un vacío profundo.

Pero la plenitud rebosante del amor de Dios iba a llenar pronto este abismo insondable hasta los bordes, y derramándose, alcanzaría su benéfico influjo a distancias insospechadas, donde jamás habría podido llegar su presencia física.

Hay un prodigio, de los muchos que se atribuyen a la Santa, que parece ilustrar esto como un ejemplo: se dice que hombres y ganados podían andar seguros por las peligrosas laderas de los montes Obarenes, mientras la Santa los habitó. Nunca ocurrió accidente alguno a pastores, peregrinos o viajeros que se arriesgaban por aquellas inhóspitas soledades: la presencia, aun lejana e invisible, de la Santa les protegía. Casilda continuaba así fiel a sí misma, solícita y maternal.

Pero este prodigio, que tan bien le cuadra, no es más que una concreción material de la misión espiritual que toda alma santa tiene en el cuerpo místico de la Iglesia. Lo esencial es que haya santos; no que realicen prodigios. Su sola presencia nos protege, su existencia por si sola nos enriquece, puesto que todos no somos más que uno en Cristo Nuestro Señor.

El cuerpo de Santa Casilda reposó en su primitiva sepultura, cavada en la entraña de la roca hasta 1529, en que fueron trasladados sus restos al santuario que sobre su misma tumba se edificó. En 1601, se llevaron parte de los venerables despojos a la catedral de Burgos, parece ser que también en la catedral de Toledo se veneran algunas cenizas de la infanta mora.

En 1750 el abad de San Quirce, inauguró el nuevo altar dedicado a la Santa en la nave mayor del santuario, y se trasladaron a él las reliquias, que desde entonces descansan en una urna rematada por su propia imagen yacente, obra de Diego de Siloé, La portada de la iglesia actual se atribuye a Felipe de Vigami, el Borgoñón.

Desde muy antiguo, el santuario es patronato del Cabildo de la catedral de Burgos, que mantiene en él un capellán encargado del culto permanente. Hay una hospedería al servicio de los peregrinos, y carretera de fácil acceso al santuario desde Briviesca.

Santa Casilda es invocada en los casos de flujo de sangre, caídas y accidentes de todas clases. Es patrona de la comarca de Burgos, y en los últimos días de junio, acuden a su santuario, de todos los pueblos de la provincia, muchedumbres devotas que pregonan la eficaz intercesión de la santa princesa mora, que dejó en la bravía aridez de aquellas cumbres, el buen olor de su vida contemplativa y penitente.


Oración: Te pedimos Señor, que a imitación de Santa Casilda, todo nuestro trabajo y nuestra ayuda al prójimo se encuentre siempre impregnado del olor a rosas del Paraíso Celestial. A Tí Señor, que todo lo ofreciste a gratuidad. Amén.
Sábado 8 de abril

San Dionisio, Obispo


(† c. a. 180)

Sin moverse de Corinto, ejerció un fecundo apostolado epistolar que no conoció fronteras; el papel, la pluma y el mar Mediterráneo fueron sus cómplices generosos en la difusión de la fe.

Los registros griegos dan noticia de su condición episcopal cuando lo incluyen en las listas de obispos, mencionando su óbito alrededor del año 180. También Eusebio de Cesarea nos relata algo de su actividad, al recogerlo en la Historia Eclesiástica, como uno de los grandes hombres que contribuyeron a extender por el mundo el Evangelio.

Pertenece a las primeras generaciones de cristianos. Es uno de los primitivos eslabones de la larga cadena que sólo tendrá fin cuando acabe el tiempo. Por el momento en que vivió, resulta que con él entramos en contacto con la antiquísima etapa en que la Iglesia está aún, como aprendiendo a andar, dando sus primeros pasos; su expresión en palabras sólo se siente en la tierra como un balbuceo, y la gente que conoce y sigue a Cristo son poco más que un puñado de hombres y mujeres echados al mundo, como a voleo, por la mano del sembrador y desparramados por el orbe.

Dionisio fue un obispo que destaca por su celo apostólico, y se aprecia en él la preocupación ordinaria de un hombre de gobierno. Rebasa los límites geográficos del terruño en donde viven sus fieles, y se vuelca allá donde hay una necesidad que él puede aliviar o encauzar.

En su vida resuena el eco paulino de sentir la preocupación por todas las iglesias. Aún la organización eclesiástica -distinta de la de hoy- no entiende de intromisiones; la acción pastoral es aceptada como buena en cualquier terreno en donde hay cristianos.

Posiblemente el Obispo Dionisio pensaba que si se puede hacer el bien, es pecado no hacerlo. Todas las energías se aprovechan, porque son pocos los brazos, es extenso el campo de labranza... y corto el tiempo.

Siendo la labor tan amplia, el estilo que impera es prestar atención espiritual a los fieles cristianos, donde quiera que se encuentren, sin sentirse coartado por el espacio; la jurisdicción territorial vino después. Él se siente responsable de todos, porque todos sirven al mismo Señor, y tienen el mismo Dueño.

Los discípulos -pocos para lo que es el mundo- se tratan mucho entre ellos, todo lo que pueden lo traen, y llevan noticias de unos y de otros; todos se encuentran inquietos, ocupados por la suerte del "misterio", y están dispuestos siempre a darlo a conocer.

Las dificultades para el contacto son muchas, lentas y hasta peligrosas algunas veces, pero por las vías van los carros y por los mares los veleros; lo que sirve a los hombres para la guerra, las conquistas, la cultura o el dinero, el cristiano lo usa —como uno más— para extender también el Reino.

Se saben familia numerosa esparcida por el universo; tienen intereses, dificultades, proyectos y anhelos comunes ¡lógico que se sientan unidos en un entorno adverso en tantas ocasiones!.

Y en este sentido tuvo mucho que ver Corinto, —junto al istmo y al golfo del mismo nombre— que en este tiempo es la ciudad más rica y próspera de Grecia, aunque no llega al prestigio intelectual de Atenas. Corinto es la sede de Dionisio; fue, no hace mucho, aquella iglesia que fundó San Pablo con la predicación de los primeros tiempos, y que luego atendió, vigiló sus pasos, guió su vida, y alentó su caminar.

Tiene una situación privilegiada: es una ciudad con dos puertos, un importante nudo de comunicaciones, en donde se mezcla el sabio griego con el comerciante latino y el rico oriental; allí viven hermanadas la grandeza y el vicio, la avaricia, la trampa, la insidia y el desconcierto; todas las razas tienen sitio, y también los colores, y los esclavos y los dueños.

El barullo de los mercados es trajín en los puertos. Hay intercambio de culturas, de pensamiento. Entre los miles que van y vienen, de vez en cuando un cristiano se acerca, contacta, trae noticias, y lleva nuevas a otro sitio del Imperio. ¡Cómo aprovechó Dionisio sus posibilidades!.

Porque resalta su condición de escritor. Que se tengan noticias, mandó cartas a los cristianos Lacedemonios, instruyéndoles en la fe, y exhortándoles a la concordia y la paz; a los Atenienses, estimulándoles para que no decaiga su fe; a los cristianos de Nicomedia para impugnar muy eruditamente la herejía de Marción; a la iglesia de Creta a la que da pistas para que sus cristianos aprendan a descubrir la estrategia que emplean los herejes cuando difunden el error.

En la carta que mandó al Ponto expone a los bautizados enseñanzas sobre las Sagradas Escrituras, les aclara la doctrina sobre la castidad y la grandeza del matrimonio; también los anima para que sean generosos con aquellos pecadores que, arrepentidos, quieran volver desde el pecado.

Igualmente escribió carta a los fieles de Roma en tiempos del papa Sotero; en ella, elogia los notables gestos de caridad que tienen los romanos con los pobres, y testifica su personal veneración a los Vicarios de Cristo.

La vida de este obispo griego —incansable articulista— terminó en el último tercio del siglo II.

Sin moverse de Corinto, ejerció un fecundo apostolado epistolar que no conoció fronteras; el papel, la pluma y el mar Mediterráneo fueron sus cómplices generosos en la difusión de la fe.


Oración: Te pedimos Señor que a semejanza de San Dionisio, suscites en nuestros pastores el deseo de recuperar el espíritu de comunidad pequeña, fraterna y unida en torno a tu Sagrado Corazón y de la Santísima Virgen María, desechando toda ambición de poder, y en especial el populismo de querer reconciliar el agua y el aceite, cambiando tus enseñanzas para alagar a quienes encima no desean ni siquiera acercarse a Tí para que los cures y perdones. Amén.
Sexta Feria, 7 de abril

San Juan Bautista de la Salle


1651-1719 

Fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos Lasallistas)

Patrón de los maestros

Breve: Nació en Reims (Francia) el año 1651. Ordenado sacerdote, se dedicó por entero a la educación de la infancia, y a la fundación de escuelas para los pobres. Constituyó una Congregación, por cuya existencia hubo de soportar innumerables dificultades. Murió en Ruán el año 1719.
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Redactado por el Padre Jordi Rivero
San Juan Bautista nace en la ciudad de Reims, Francia, el 30 de abril de 1651. Es contemporáneo del gran Rey Luis XIV, llamado el Rey Sol. Su familia era muy acomodada, y su madre piadosa. Es el mayor de 10 hijos.

Ya a los 10 años de edad desea ser sacerdote. A los 15 años Juan Bautista es nombrado canónigo en el cabildo de Nuestra Señora de Reims, uno de los más ilustres del reino.  Al cumplir sus 18 años terminó los estudios medios en el Colegio Bons-Enfants de Reims, se graduó de Maestro en Artes, e ingresó al famoso Seminario de San Sulpicio en París.

A los 19 años quedó huérfano de padre y madre, y tomó la responsabilidad de educar sus seis hermanos menores (los otros tres murieron de pequeños). A los 22 años, Juan Bautista De La Salle obtuvo la Licenciatura en Teología, en la Soborna. Es ordenado sacerdote a los 27 años, en 1678.

Pocos meses después de su ordenación ayudó al Señor Adriano Niel en la fundación de una escuela de caridad en Reims. Al poco tiempo, muere su director espiritual, Nicolás Roland, dejando la Comunidad de las Hermanas del Niño Jesús que había fundado. Juan Bautista se hace cargo de proveer por ellas.

A los 30 años, el Padre De La Salle era doctor en Teología. Parecía estar encaminado hacia altos cargos eclesiales. Pero sentía la llamada de Dios a la formación de los pobres. El 24 de Junio de 1680 Juan Bautista comienza a reunirse con un grupo de maestros en su casa de familia. Allí, durante el día les da formación humana, pedagógica y cristiana.

Fundación
Al año siguiente, el 24 de Junio de 1681, el Padre De La Salle se traslada con sus maestros a vivir en una casa de alquiler, en la Calle Nueva, Parroquia de San Esteban. Este evento marca el nacimiento de la Comunidad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

La espiritualidad de los Hermanos se caracteriza por su espíritu de fe, que consiste en ver, juzgar, amar y obrar siempre a la luz del Evangelio; es decir, de la vida y doctrina de Jesucristo.

El Padre La Salle introdujo muchas reformas en la educación. En su esfuerzo por llegar a cuantos pobres pudiese, Juan Bautista decidió no enseñarles latín, lo cual fue un principio revolucionario. Introdujo también la enseñanza de niños en grupo, pues hasta entonces se educaba a cada niño por separado.

En 1688 abrió una escuela gratis en París para jóvenes pobres. También fundó universidades en Reims y Saint-Denis para entrenar a maestros.

En Agosto de 1683, El Padre De la Salle renunció a ser canónigo de la Catedral de Reims para dedicarse plenamente a la dirección de las Escuelas Cristianas, y la formación de su comunidad de maestros.

Amor a los pobres
Durante el invierno de 1684 una hambruna desoló a Francia. El Padre De La Salle repartió sus bienes a los pobres hasta quedarse él mismo pobre. Su propósito se mantiene fijo: Educar a los pobres.

En Junio de 1686 el Padre De La Salle propuso a los maestros de su comunidad consagrarse a Dios para servir en el mundo, y no como monjes. El Domingo 9 de Junio ocho Hermanos, todos ellos directores, emitieron sus primeros votos en compañía de Juan Bautista De La Salle: obediencia, asociación y estabilidad. Los hermanos para entonces ya vivían en pobreza y celibato.

El 15 de agosto: Consagración a la Santísima Virgen
El Padre De La Salle consagró su comunidad a la Virgen.

Pruebas muy dolorosas no faltaron. Algunos maestros se dejaron llevar por la mentalidad del mundo. Juan Bautista trató de convencerles, pero al final debió despedir a algunos. Pero la obra avanza. En vida del santo, su congregación abrió escuelas en muchas ciudades.

Una vez establecida la congregación, renunció a ser Superior General y se sometió al nuevo superior en completa obediencia. Casi siempre viajaba a pie, pidiendo alimento y alojamiento.

El Viernes Santo del 7 de abril de 1719, el Padre De La Salle, con su salud quebrantada, muere en Rouen a la edad de 67 años.

Beatificado el 19 de Febrero de 1888 por el Papa León XIII,
Canonizado el 24 de Mayo de 1900 por el mismo Papa.

El 15 de Mayo de 1950, el Papa Pío XII nombra a San Juan Bautista de la Salle patrón de los educadores.

En la actualidad 6,500 Hermanos y 64,000 colaboradores de la Comunidad de Hermanos de las Escuelas Cristianas están en 82 países, con 1080 centros docentes educan a 860,000 alumnos aproximadamente.
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Oficio de lectura, 2 de Abril, San Juan Bautista de La Salle
El amor de Cristo nos apremia

De las Meditaciones de San Juan Bautista de la Salle, presbítero
Meditación 201

Caed en la cuenta de lo que dice el apóstol San Pablo, esto es, que Dios puso en su Iglesia Apóstoles, Profetas y Doctores, y observaréis que es Él quien os puso en vuestro oficio.

San Pablo es también quien os vuelve a dar testimonio, cuando dice que hay diversos ministerios y diversas operaciones, y que es el mismo Espíritu quien se manifiesta en todas ellas para la utilidad común, es decir, para el bien de la Iglesia.

No dudéis entonces de que la gracia que se os ha concedido de enseñar a los niños, de anunciarles el Evangelio, y de educar su espíritu religioso es un gran don de Dios, que es quien os ha llamado a este oficio.

Por tanto, los niños, que han sido entregados a vuestro cuidado, han de ver que sois ministros de Dios, porque ejercéis vuestro oficio con una caridad sincera y una fraternal diligencia. El pensar que sois no sólo ministro Dios, sino también de Cristo y de la Iglesia, os debe ayudar a cumplir con vuestra obligación.

Esto es lo que dice San Pablo cuando exhorta a que todos los que anuncian el Evangelio sean considerados como ministros de Cristo, y que escriban la carta que Cristo dicta, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón de los niños.

Por esto, el amor de Dios debe apremiaros, puesto que Jesucristo murió por todos, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó.

Que vuestros discípulos, estimulados por vuestra diligencia y solicitud, sientan que es Dios mismo quien les exhorta por vuestro medio, ya que actuáis como embajadores de Cristo.

Es necesario que manifestéis a la Iglesia el amor que por ella sentís, y le deis pruebas de vuestra diligencia, pues trabajáis en unión con la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo. Que vuestra actuación haga ver que amáis a los que Dios os encomendó, con el mismo amor con que Cristo amó a su Iglesia.

Esforzaos porque los niños lleguen efectivamente a formar parte de este templo, de tal modo que sean dignos de presentaros un día ante el tribunal de Jesucristo gloriosamente, sin mancha ni arruga ni nada por el estilo, y puedan así manifestar a los siglos venideros, las abundantes riquezas de la gracia que Dios os otorgó para educar y enseñar, y a ellos para aprender, todo con vistas a la herencia del reino de Dios, y de Jesucristo, nuestro Señor.


Oración: Señor, tú que has elegido a san Juan Bautista de la Salle para educar a los niños y jóvenes en la vida cristiana, suscita maestros en tu Iglesia que se entreguen con generosidad a la formación humana y cristiana de la niñez y juventud. A Tí Señor que enseñaste a todos por igual, con tanto Amor y Claridad, sobre el camino al Cielo, e incluso sobre cómo construir en tu Sagrado Nombre, en la Ciudad Terrena. Amén

sábado, 8 de abril de 2017

Quinta Feria, 6 de abril

San Samuel, Sacerdote y Profeta


(año 1100 a.C.)

Samuel significa "Dios me ha escuchado"

En la Santa Biblia la historia de Samuel es una de las más interesantes y hermosas. Está narrada en los libros que se titulan 1º y 2º de Samuel, en el Antiguo Testamento.

Era hijo de Elcana y Ana, dos israelitas muy creyentes. Ana tenía la enfermedad de la esterilidad que le impedía tener hijos, y por eso la otra esposa de su marido la humillaba continuamente. Ana lloraba de continuo, y ya no quería ni comer.

Y sucedió que un año cuando subieron a rezar en la Casa de oración de Israel en Silo, Ana se quedó mucho tiempo junto al altar rezando con mucha fe y gran fervor. Y el sacerdote Helí al verla mover tanto los labios le dijo: "Ud. debe estar borracha, y así no debería venir acá". Ella le respondió: "No estoy borracha, lo que estoy es muy angustiada, y he venido a implorar el favor de mi Dios". El sacerdote le dijo: "Vete en paz, que el Señor ha escuchado tu oración".

Entonces Ana le hizo a Dios este voto o promesa: "Si me concedes un hijo varón, te lo ofreceré para que se dedique a servirte a Ti en la Casa de oración". Y se volvió contenta a su casa lejana. Y al año le dio Dios a Ana su primer hijo, al cual le puso por nombre Samuel, que significa "Dios me ha escuchado", porque ella decía "Dios ha escuchado la oración que yo le hice pidiéndole un hijo".

Cuando el niño ya fue grandecito, la mamá lo llevó a la Casa de oración en Silo, y se lo ofreció a Dios, para que se dedicara para siempre a servir junto al altar. Y llevó de regalo al templo un novillo de tres años, un bulto de harina y una vasija de vino, y entonó un hermoso himno diciendo: "Mi corazón se regocija por el Señor, porque no hay santo como nuestro Dios, pues Él a la mujer estéril le permite tener hijos. El Señor hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza; humilla y enaltece. Él levanta del polvo al desvalido; alza de la basura al pobre. Él guarda los pasos de sus amigos. Él es un Dios que sabe; Él es quien pesa todas las acciones".

El sacerdote del templo se llamaba Helí, y tenía dos hijos muy atrevidos que cometían muchas fechorías y maldades, y el papá no se atrevía a corregirlos. Los pecados de esos jóvenes disgustaban mucho a Dios, y Él se propuso enviarles un castigo.

El niño Samuel se quedaba cada noche a dormir en la Casa de oración para cuidarla. Y una noche oyó que lo llamaban diciendo: "¡Samuel! ¡Samuel!". El jovencito creyó que era Helí el que lo llamaba, y corrió a donde estaba el sacerdote, y le dijo: "Aquí estoy señor. ¿Me ha llamado?". Helí le dijo: "No te he llamado. Vete a dormir en paz".

Pero la voz de Dios volvió a llamar: - "¡Samuel!, ¡Samuel!". El jovencito corrió otra vez donde Helí, para ver para qué era lo que necesitaba. Y así sucedió por tres veces. Entonces Helí se dio cuenta de que era Dios el que lo llamaba y le dijo: "Si te vuelve a llamar le dirás: Habla Señor que tu siervo escucha".

Y así lo hizo Samuel cuando Dios lo volvió a llamar, y entonces oyó que Dios decía: "Voy a castigar a Helí y a sus hijos con terrible mal, porque los hijos hicieron grandes males, y el padre no los ha corregido".

Y sucedió entonces que los filisteos atacaron al pueblo de Israel. Y los hijos de Helí se fueron con todo el ejército a defender la patria. Y se llevaron el Arca de la Alianza (donde estaba el Maná y las tablas de la Ley con los 10 Mandamientos) y se dio una gran batalla, y los filisteos derrotaron a los israelitas, e hicieron una gran matanza y asesinaron a los dos hijos de Helí, y se robaron el Arca de la Alianza.

Cuando un mensajero llegó a contar a Helí que se habían robado el Arca, y habían matado a sus dos hijos, el pobre anciano que estaba sentado en una silla, se fue para atrás del susto y se desnucó. El pueblo eligió entonces como sacerdote al joven Samuel, y Dios empezó a traerle sus mensajes, y a guiarlo en todo, porque Samuel era un santo.

Los filisteos devolvieron el Arco y hubo paz. El Pueblo pidió que se le diera una rey. Samuel consultó a Dios, y el Señor le dijo que el rey sería Saúl, el cual era el última de la última familia, de la más pequeña tribu de Israel. Samuel lo llamó, y le echó aceite sagrado sobre su cabeza, y lo proclamó rey ante todo el pueblo.

Y sucedió que Saúl empezó a desobedecer a lo que Dios ordenaba, y entonces el Señor le dijo a Samuel: "He retirado mi espíritu de Saúl, y lo he pasado a David. Irás a Belén, y ungirás a ese joven como rey".

Samuel se fue a Belén a buscar a David. Este era un pastor de ovejas, y estaba en el campo cuidando los animales. Samuel lo hizo venir, y echando aceite sagrado sobre su cabeza lo ungió, y desde entonces el espíritu de Dios vino a David, y lo fue guiando en todas sus acciones.

Ya anciano, Samuel reunió a todo el pueblo y les dijo: "Durante 40 años los he guiado espiritualmente. Ahora les pido que si alguno tiene alguna queja contra mí la diga claramente. Y si a alguno le he quitado algo, o le he hecho algún mal, que lo diga sin más".

Y el pueblo entero le respondió: "Ningún mal nos has hecho, y a nadie le has quitado nada, y nadie tiene la menor queja contra ti". Y así terminó santamente su larga vida, este hombre que desde muy pequeñito fue llevado por su madre a servir junto al altar a Dios, y que cada día y cada hora, tuvo por único fin de su existencia agradar a Nuestro Señor.

Que Dios nos envíe muchos sacerdotes tan santos como Samuel. ¿Has visto a uno que cumple bien su deber?. Ese ocupará puestos importantes. (S. Biblia. Proverbios).

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que nos enviaste a San Samuel como Sacerdote y Profeta, haz que tu Espíritu y Santidad descienda sobre todos los sacerdotes en la Tierra hasta el fin de los tiempos. A tí Señor que eres Sumo Sacerdote y Cabeza de la Iglesia. Amén.


Cuarta Feria, 5 de abril

San Vicente Ferrer


1350-1419

Presbítero y Dominico. Taumaturgo

Breve:
Nació en Valencia el año 1350. Miembro de la Orden de Predicadores, enseñó teología. Como predicador recorrió muchas comarcas con gran fruto, tanto en la defensa de la verdadera fe, como en la reforma de las costumbres. Murió en Vannes (Francia), el año 1419.
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Nace en Valencia en 1350. A los diecisiete años entra en la Orden de los dominicos, viviendo con gran disciplina la vida regular, dejando de ello un claro testimonio en su tratado titulado “Sobre la vida espiritual”, con una perfecta teología del apostolado, y de deseo ardiente de perfección.

Primeramente se dedicó a la enseñanza de la filosofía y teología, materias de las que publicó algunos tratados.

Su pureza virginal, su carácter franco y jovial, y su amor por la austeridad, lo habían preparado para una gran misión apostólica, que ya entre los años 1380-1390, lo vio ocupado en numerosas misiones a él encomendadas por el cardenal legado Pedro de Luna, y por el rey Juan I de Aragón.

Ya en este periodo se dedicó a la predicación en los primeros tiempos, al lado del Papa en Aviñón, y luego en el sur de Francia y en el norte de Italia.

Finalmente en el año 1399 se dedicó del todo al ministerio de la predicación itinerante, como “legado de parte de Cristo”, ya que como él mismo testifica en carta al antipapa Benedicto III, había recibido del mismo Cristo este encargo.

Combatió con enorme esfuerzo la situación de división de la Iglesia en el cisma de Occidente, dejando finalmente al antipapa, de parte del cual estuvo de buena fe por un tiempo.

Fue el mas popular y eficaz predicador de su tiempo, que electrizaba las masas, y que afirmaba su predicación con grandes milagros.

Su acción apostólica se extendió desde Granada en España, entonces dominada por los musulmanes, hasta Suiza, Holanda e Inglaterra, dejando en todas partes una profunda impresión, renovando espiritualmente regiones enteras, y llevando por todas partes la paz y la unidad.

Murió en Vannes (Francia) el 5 de abril de 1419, y allí se venera su cuerpo.

Fue canonizado por Calixto III el 29 de junio de 1455. La devoción a San Vicente a causa de su poder taumatúrgico es todavía vivísima en Europa y en América.

Fuente: breviario dominico
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Oficio de lectura, 5 de Abril, San Vicente Ferrer, Presbítero
Del modo de predicar
Del tratado de san Vicente Ferrer sobre la vida espiritual

En la predicación y exhortación, debes usar un lenguaje sencillo y un estilo familiar, bajando a los detalles concretos. Utiliza ejemplos, todos los que puedas, para que cualquier pecador se vea retratado en la exposición que haces de su pecado; pero de tal manera que no des la impresión de soberbia o indignación, sino que lo haces llevado de la caridad y espíritu paternal, como un padre que se compadece de sus hijos, cuando los ve en pecado o gravemente enfermos, o que han caído en un hoyo, esforzándose por sacarlos del peligro, y acariciándoles como una madre. Hazlo alegrándote del bien que obtendrán los pecadores, y del cielo que les espera si se convierten.

Este modo de hablar suele ser de gran utilidad para el auditorio. Hablar en abstracto de las virtudes y los vicios no produce impacto en los oyentes.

En el confesionario debes mostrar igualmente sentimientos de caridad, lo mismo si tienes que animar a los pusilánimes, que si tienes que amenazar a los contumaces; el pecador ha de sentir siempre que tus palabras proceden exclusivamente de tu caridad. Las palabras caritativas han de preceder siempre a las recomendaciones punzantes.

Si quieres ser útil a las almas de tus prójimos, recurre primero a Dios de todo corazón, y pídele con sencillez que te conceda esa caridad, suma de todas las virtudes, y la mejor garantía de éxito en tus actividades.
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También recordamos con Amor y Veneración a Santa Irene de Tesalónica

Santa Irene fue una mártir cristiana, hermana de Santa Ágape y Santa Quionia (en griego los nombres significan paz, amor y pureza, respectivamente). Se dice que fue capturada en posesión de la Biblia a pesar de la prohibición dictada por Diocleciano en el 303 D.C.

Fue martirizada al igual que sus hermanas por no negar la fe cristiana. En algunas obras se dice que fue quemada viva, y en otras se cuenta que murió al atravesarle la garganta una flecha.

Santa Irene es más venerada en la Iglesia Ortodoxa y su día es el 5 de abril en el santoral católico.

Como reliquia se venera su supuesta mano en una iglesia ortodoxa griega en Astoria, Nueva York.

El nombre de la isla griega de Santorini procede de esta santa.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, suscita entre los predicadores y catequistas católicos el celo y la virtud de la predicación de San Vicente Ferrer, ministro de la predicación evangélica, y el ejemplo y fortaleza de Santa Irene y sus hermanas Santa Ágape y Santa Quionia, a fin de encender entre tu pueblo la llama del Espíritu Santo en todos los corazones. Que sepamos morir con el Evangelio en la mano y en nuestro corazón. A Tí Señor que soplaste sobre las cabezas de los Apóstoles infundiéndoles el Espíritu Santo, y prometiendo que todo lo atado en la Iglesia Terrena, quedará atado en el Cielo y todo lo que sea desatado en la Iglesia Terrena quedará desatado en el Cielo. Amén.