lunes, 4 de enero de 2016

Segunda Feria 4 de enero

Genoveva Torres Morales



Religiosa, virgen, fundadora de la Congregación de las Hnas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles (Angélicas)


Carisma: aliviar la soledad de las personas que, por diferentes circunstancias, viven solas y necesitadas de cariño, de consuelo, de amor y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu.
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Nació en Almenara (Castellón) el día 3 de enero de 1870. Era una familia de humildes labradores y ella era las más pequeña de 2 varones y cuatro niñas. Su padre, José, murió cuando ella tenía un año. En el transcurso de seis años, ella, su madre y un hermano, vieron cómo morían los otros cuatro hermanos. La madre, Vicenta, murió cuando tenía ocho años.

Se quedó con su hermano el mayor, de dieciocho años, y ella tuvo que hacer desde niña de “ama de casa”. Es así que maduró muy rápido.

No pudo asistir muchos años a la escuela pero si a la catequesis parroquial. Fue confirmada en 1877. Para hacer la primera comunión, sin poder tener su traje y sin darle importancia alguna a lo exterior, se confesó, se puso en la fila de las personas que iban a comulgar y recibió al Señor. Ya ahí le nació su profundo amor a la Eucaristía.

Ella y su hermano pasaron gran estrechez económica. A sus diez años tomó afición por la buena lectura, leyó los libros que había dejado su madre en casa. En uno de ellos leyó que había que hacer siempre la voluntad de Dios, pues para eso estamos en este mundo. Y esta máxima se le quedó grabada para toda su vida.

El trabajo, la mala alimentación y los escasos cuidados le acarrearon un tumor maligno en la pierna izquierda y, al presentarse la gangrena, tuvo que serle amputada cuando tenía tan solo trece años. Fue operada en su misma casa, sobre la mesa de la cocina, con métodos casi rudimentarios, pues hasta se rompió el aparato para evitar la hemorragia. Tuvieron que atarle la pierna por el muslo, pero en forma tan deficiente que sería causa de dolores durante toda su vida. Todos esperaban ya su muerte pero se repuso y volvió a las tareas domésticas con la ayuda de dos muletas, ya siempre compañeras inseparables.

Por circunstancias familiares fue internada en el orfanato “Casa de la Misericordia” de Valencia, donde pasó nueve años. Sentía una especial devoción a la Eucaristía y al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María y a los Santos Ángeles. Ayudada por el capellán del centro, don Carlos Ferris, más adelante jesuita, allí progresó en su experiencia espiritual profunda que le llevó a pedir su entrada en las Carmelitas de la Caridad, que regentaban la casa. Las veía y le parecían “ángeles”. Pero no fue admitida por causa de su minusvalía. Desde ese momento no cejó en buscar cuál era la voluntad de Dios sobre ella.

Se fijó en un acuciante problema que aquejaba a muchas mujeres en los comienzos del siglo XX: la soledad. Por distintos motivos familiares quedaban abandonadas. Ella, que estaba abierta a ver en los acontecimientos la mano de Dios, captó esta necesidad y empezó el embrión de lo que sería el futuro instituto religioso. Comenzó con dos compañeras, difíciles de carácter, a recoger en la casa a distintas personas necesitadas. Con su paciencia y caridad Genoveva pudo soportar aquella situación, viviendo de su trabajo de costura y bordado. Enseguida se les quedó pequeña la casa y tuvieron que ir buscando hogares más amplios pues la necesidad era más grande de lo que a primera vista podría parecer. Genoveva pensó entonces especialmente en promover la vela de la adoración eucarística nocturna.

Desde su salida de la “Casa de Misericordia” en 1894 hasta 1911, su vida podría compararse con la peregrinación por el desierto en busca de la voluntad de Dios. “Me puse en las manos de Dios para cuanto pudiera querer de mí con voluntad firme de no resistirme en nada de cuanto de mí exigiera, costara lo que costara”.

El día 2 de febrero de 1911 en Valencia, con la indicación del canónigo José Barbarrós sobre unas señoras y señoritas solas y cargadas de sufrimiento, y con la consulta al P. Martín Sánchez, S.J., que le dio su aprobación personal, fundó la primera “Casa Hogar”, constituyendo la Sociedad Angélica que daría origen al instituto de Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles con el carisma y misión de “aliviar la soledad de las personas que, por diferentes circunstancias, viven solas y necesitadas de cariño, de consuelo, de amor y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu”.

Genoveva fue nombrada directora. Así, remediaba un problema social: amparar la soledad. Pero sus fundaciones no serían sólo “casas” sino también “hogares”, para que las personas que vinieran amueblaran la habitación a su gusto con el fin de que su desarraigo fuera menor, ya que podían llevar consigo las cosas de mayor afecto personal.

La sociedad fue erigida como “Pía Unión” en 1912 y el primer reglamento data de 1914. En ese mismo año fundó otra casa en Zaragoza, en la calle del Pilar, aconsejándose del P. Martín Sánchez, SI; en 1914 en Madrid y, poco a poco, en Bilbao, Barcelona, Santander y Pamplona. En 1925 la Pía Unión fue reconocida en Zaragoza como Instituto religioso de derecho diocesano por el Arzobispo Doménech y emitieron ante él sus votos la Madre Genoveva, nombrada Superiora General, y otras dieciocho religiosas. El decreto de aprobación como instituto religioso de derecho pontificio sería dado por Pío XII en 1953.

En tiempos de la república y de la guerra civil, algunas de las casas tuvieron que padecer la persecución religiosa, quedando la mayoría devastadas, mientras que la Madre Genoveva infundía paz y esperanza en todas sus Hermanas. En las casas de Zaragoza y Valencia se pudo dar protección a otras personas, miembros de institutos religiosos y seglares, puesto que la Madre Genoveva tenía un corazón abierto para todas las personas y actividades de la Iglesia, con un espíritu de servicio asombroso. Fue reelegida Superiora General en los capítulos de 1935, 1941 y 1947. Retirada de su cargo en 1954, supo convertirse en religiosa siempre obediente a la nueva Madre General.

Todas las casas empezaban por el “Sagrario”, “porque estando Jesús en casa nada temo” y de esta forma imprimió en sus religiosas una nota característica de su espiritualidad: la adoración-reparación a la Eucaristía. Desde ese fundamento las Angélicas desplegarían su apostolado con las tres notas que la Madre Genoveva dejó plasmadas en sus constituciones: espíritu de humildad y sencillez que busca sólo a Dios en todas las cosas, espíritu de obediencia con la abnegación del propio juicio a la voluntad de Dios en las disposiciones de los superiores y espíritu de caridad, que engendra en las Hermanas el ardor apostólico por la gloria de Dios y la salvación de las almas. La palabra más repetida en sus escritos es “amor”: “Que sólo el amor me impulse a obrar”. “Que tu puro amor mueva todas mis acciones”. “Nada es pesado para el que ama”. “Dios merece ser servido con fidelidad y amor”. “El amor nunca dice basta”.

A finales de 1955 su salud había decaído considerablemente. El 30 de diciembre tuvo un ataque de apoplejía y recibió los últimos sacramentos. Todavía pudo comulgar en la madrugada del 4 de enero de 1956 y en esa mañana entró en coma. A los ochenta y seis años de edad, el 5 de enero de 1956 falleció en Zaragoza. El pueblo comenzó a llamarla “Ángel de la soledad” y así sigue reconociéndola.

El Instituto de Hermanas, llamadas comúnmente “angélicas”, está extendida por España, Italia, México y Venezuela. Además trabajan apostólicamente en catequesis, Casas de ejercicios, Guarderías, y en la evangelización en parroquias y escuelas.

Fue beatificada en Roma por el Papa Juan Pablo II el día 29 de enero de 1995, sus reliquias reposan en la Casa Generalicia en Zaragoza y su memoria litúrgica viene celebrándose el 4 de enero.

MAXIMAS DE SANTA GENOVEVA TORRES
  • Hay que amar a Dios en todas las cosas agradables y desagradables: y si están envueltas en sufrimientos, tanto mejor. El amor sin sufrimiento es sospechoso. El amor todo lo hace fácil.
  • Si miro a Jesucristo en la cruz, todo sufrimiento me será sabroso. Pediremos la gracia de llevar con valor y santa alegría las cruces que a Dios le plazca enviarnos y haremos esta petición en los momentos penosos a la naturaleza. Vayamos al pie de la cruz; si tenemos valor para ello, quejémonos.
  • El centro de la devoción al Corazón de Jesús, está en la Eucaristía. La práctica del amor a este Corazón está en la oración, la penitencia, y en adorarle llevando almas por esos medios para que le conozcan y le amen.
  • Siento que Jesús me llama desde el Sagrario; cuando por mis obligaciones no puedo acudir, procuro hallarle en las mismas obligaciones.
  • Debemos sacrificarnos mucho, practicando la caridad, que será reconocida por Dios nuestro Señor.
  • Si de veras amamos a Dios su recuerdo nos hará volar en el sacrificio y en la abnegación en aras de la caridad.
  • Revistámonos de los hechos de Jesús, que todos fueron de caridad, dulzura, amabilidad y sin distinción de personas.
  • Quien ama a María procura imitar sus virtudes y obsequiarla siempre. Madre de Jesús y Madre mía, en penas y tribulaciones acudiré a Ti. Me mostrarás a tu Divino Hijo y le amaré.
  • Seamos amables y cariñosas con las que tengamos que tratar y servir. Lo que se hace por Dios, debe caracterizarlo las virtudes que Jesús practicó: humildad, paciencia, afabilidad, dulzura... darnos todas para ganarlas a todas.
  • Sólo por la caridad y la mansedumbre llevaremos las almas a Dios.
  • La base de la caridad y de la unión es la humildad. Si somos humildes de corazón en todos nuestros actos, practicando la caridad por Dios, gozaremos de la paz del alma.
  • Darse a Dios de veras es lo único que da paz verdadera. Lo demás todo pasa pronto.
    El tiempo corre hacia el sepulcro y vivimos neciamente si no vivimos para Dios.
  • Viviendo para Dios, seremos generosos con Él y con el prójimo.
  • Ofrezco a Dios todo, venga lo que viniere, todo lo permite el Señor.

Oración: Te pedimos Señor que por los méritos de Santa Genoveva, puedan las personas encontrar siempre en la Iglesia alivio para la soledad, una de las mayores pandemias de nuestra época, centradas principalmente en las grandes ciudades. A Tí Señor que nos prometiste estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Amén.



domingo, 3 de enero de 2016

Domingo 3 enero

Santa Genoveva
422-502


Se le invoca contra desastres, herpes, fiebre, sequía

Patrona: fabricantes de velas y cirios pues, de acuerdo con una leyenda, el diablo habría querido apagarle su linterna, mientras visitaba enfermos, cosa que su ángel de la guarda habría evitado.

Etim: Genoveva, "ola o espuma blanca", en galés.

En la iconografía aparece como pastora y con su cayado; o bien, como virgen, con el velo o toca de su consagración, y una linterna o vela en la mano, por atributo.
Nace en Nanterre, pequeño pueblo cerca de París, Francia. Según la leyenda, de joven fue pastora.

Cuando tenía solo siete años un obispo la reconoció como futura santa.  Con el permiso de sus padres y respondiendo a su petición el obispo la consagró a Cristo y a la edad de 15 años recibió el velo de la vida religiosa en París.
Se dedicó a practicar obras de piedad entre los pobres, aconsejar a sus vecinos y llevar una intensa vida ascética.  

Pocos años después, la ciudad de Paris estaba bajo asedio por el rey Childeric, rey de los francos. Al ver el sufrimiento del pueblo de Paris, Genoveva salió escondida de la ciudad y regresó con alimentos y provisiones.  Pero París pronto calló ante la fuerza superior de los francos.

Al descubrir el heroísmo de la joven, Childeric se entrevistó con ella. Impresionado por su santidad, accedió a establecer una iglesia en honor a S. Denis de Paris.

Tenía 30 años cuando oyó que Atila se acercaba con 100,000 guerreros a sitiar a Lutecia (Paris, 451 A.D.). La costumbre de este bárbaro era arrasar con todo. La gente se dispuso a huir pero Genoveva los convenció de permanecer en oración. Casi la linchan pero muchos le hicieron caso. Atila, cuando ya venía llegando a Paris, cambió imprevistamente de rumbo y se dirigió hacia Orleáns. Por el camino le salieron al encuentro los ejércitos cristianos que lo derrotaron en la terrible batalla de los Campos Cataláunicos.

Así se cumplió lo que había anunciado Genoveva, que si el pueblo oraba con fe la ciudad de Paris no sería atacada.

Su veneración inició en el siglo VI con peregrinaciones a su tumba y aumentó aún más desde 1130 cuando, con sus restos llevados en procesión, se conjuró una peste. El Papa Inocencio II aceptó su culto y fiesta en este día.

Sus restos fueron profanados por la Revolución Francesa (21 de noviembre de 1793).


Oración: Te pedimos Señor, que los méritos e intercesión de Santa Genoveva, puedan erradicarse la pandemia en el mundo, muy especialmente la llamada gripe aviar, el sida y el ébola, así como toda otra enfermedad natural o sintetizada o potenciada en los laboratorios militares, en el marco de una guerra bacteriológica. Pero te pedimos especialmente a que Santa Genoveva nos ayude a luchar contra la pandemia del pecado que anida en nuestros corazones, por medio de la oración constante de cada día. A Tí Señor que curaste a tantos enfermos en tu paso visible sobre la Tierra, y lo sigues haciendo aún hoy en día. Amén.
Domingo 3 de Enero

San José María Tomasi



Cardenal y Confesor. († 1713)

Breve
Insigne Cardenal de origen noble en Sicilia. Políglota.

Manejaba fluidamente el latín, griego y español. Luego aprendió etíope, sirio y el idioma caldeo.

Renunció a todos los honores en tierras y fortuna en favor de su hermano y abrazó la Orden de los Clérigos Regulares – la Orden de San Cayetano. Investigador de los códices antiguos en la Biblioteca Vaticana.

Confesor del Papa Clemente XI.
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Nota: Los códices son libros escritos a mano, previos a la invención de la imprenta, siendo los más ricos los procedentes de la Edad Media, por sus tradiciones, reglamentos, sabiduría, ascetismo, teología, oraciones en forma de cánticos de los salmos, y hasta dibujos que en muchos casos contenían profesías.

La vitalidad religiosa de la Edad Media fascinó a nuestro Cardenal, al igual que nos fascina ahora a nosotros su mística, música, danza, vestidos, y hasta torneos medievales que se celebran con frecuencia en varias ciudades de Occidente.

Fué indudablemente una época misteriosa, llena de Fe, y que merece ser redescubierta.

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En las Témporas de Adviento de 1673 fue ungido en la Ciudad Eterna sacerdote Señor, y la noche de Navidad subió por vez primera altar para celebrar las tres misas rituales en el templo de San Andrés della Valle. Tenía veinticuatro años.
Al sentir realizado el primogénito de los príncipes Lampedusa el ideal sacerdotal que entreviera en los suaves crepúsculos de Monteclaro, retoñaron, con nueva poderosa savia, sus antiguas aficiones litúrgicas que marcaron la orientación definitiva de su vida, consagrándola totalmente al esplendor del culto divino y al fomento las ciencias sagradas.

Se iniciaba un glorioso movimiento de restauración litúrgica, y podemos decir que en él ocupa el padre Tomasi un puesto destacado en primera fila. Trasladado a la casa de San Silvestre del Quirinal, pese a su complexión delicadísima y enfermiza, continuamente atormentado por pesada cruz de escrúpulos y penas interiores, recogió herencia del eximio cardenal Bona para dedicarse totalmente a los estudios litúrgicos y bíblicos, y a la investigación de las sagradas antigüedades.

Se impuso una preparación eficiente y aprendió hebreo, caldeo, etíope, árabe y siríaco. Con afán apostólico logró convertir a la fe de Cristo a su profesor de hebreo, el docto rabino Moisés de Cavi, que al bautizarse tomó el apellido Tomasi.

El padre Tomasi pasó su vida entera escondido en bibliotecas y archivos de Roma, especialmente en la Vaticana, la Vallicelana, la de Cristina de Suecia, la San Pedro y la de San Pablo, que le franquearon sus tesoros bibliográficos y sus ricos fondos documentales.

Con la abnegación de un santo y el entusiasmo litúrgico de un teatino, laboraba silenciosamente para desentrañar códices milenarios y libar en amarillentos pergaminos toda la potente vitalidad de la Iglesia en los siglos medievales. Fruto preciosísimo de sus afanes investigadores el nutridísimo repertorio de sus obras litúrgicas, teológicas, bíblicas y ascéticas que fue publicando desde 1679 hasta 1770.

Entre ellas cabe citar el Sacramentario Gelasiano, el Sacramentario Galicano, el Responsarial y Antifonario de San Gregorio, el Salterio con Cánticos, el Sacramentario Gregoriano y las Instituciones teológicas de Santos Padres.
Estas magníficas publicaciones tomasianas en aquel momento histórico que vivía la Iglesia fueron de una oportunidad portentosa.

Aportación valiosísima al incipiente movimiento de investigación litúrgica y bíblica, constituyeron un arma poderosa para confundir a los herejes, los cuales clamaron en Holanda: Cavete Thomasium: "¡Guardaos de Tomasi!"

Por otra parte sirvieron de base y punto de partida para ulteriores estudios sobre liturgia antigua, ofreciendo aún actualmente un provechoso instrumento de trabajo a los que a tales investigaciones se dedican.

Pero en Tomasi, el sabio, el investigador, están en función del sacerdote y del santo. No se engolfó en los estudios a título de curiosidad o erudición, sino con el propósito de entender plenamente los ritos y preces que como sacerdote debía usar en el ejercicio del culto divino, y al propio tiempo hacer participantes al clero y a los fieles del fruto de sus investigaciones, para lograr una mayor eficacia santificadora en las funciones litúrgicas. En tal sentido Tomasi es un precursor y abanderado del actual apostolado litúrgico.

Cultivador insigne de las virtudes religiosas y sacerdotales, sentía Tomasi una predilección marcadísíma por la humildad, base de todas ellas. Abroquelado en su vida de trabajo silencioso, procuraba pasar desapercibido entre el fasto de la corte pontificia. Pero su virtud y su sabiduría hicieron su nombre famoso en los círculos eclesiásticos de Roma y de toda Europa.

Cuando el doctísimo Juan Mabillón fue a Roma en viaje de estudios, tuvo necesidad de ir a ver al padre Tomasi para que le sirviera de mentor en sus itinerarios científicos y le hiciera partícipe de los felices hallazgos en la investigación litúrgica. Al ser nombrado el futuro cardenal Vallemani secretario de la Sagrada Congregación de Ritos, fue en seguida a buscar al humilde teatino para pedirle normas y orientaciones.

El papa Clemente XI, amigo y admirador de este hijo esclarecido de San Cayetano, le nombró consultor de la Sagrada Congregación de Ritos y de la de Propaganda Fide, y calificador del Santo Oficio. Y en el Consistorio del 18 de mayo de 1712 le creó cardenal presbítero de la Santa Romana Iglesia, asignándole el título de San Silvestre y San Martín in montibus.

Tras un dramático forcejeo con su humildad contrariada, Tomasi vino obligado a aceptar el capelo en virtud de santa obediencia y fue nombrado miembro de la misma Congregación de Ritos. En los ocho meses escasos de su cardenalato desplegó en su Iglesia titular un sapientísimo apostolado litúrgico, dando el magnífico ejemplo de asistir con asiduidad a los oficios corales. Demostró con gallardía que sabia trasladar liturgia de los fríos códices milenarios al calor del santuario para proyectarla luego en derredor suyo como una vida hecha culto y un culto transformado en vida.

El día de Navidad del mismo año, al regresar de la solemne capilla papal tenida en San Pedro, se sintió herido por una grave afección pulmonar que le tuvo en cama ocho días. Recibidos con extraordinaria devoción los santos sacramentos, dictó su testamento, en el cual consignó su voluntad de ser enterrado en la cripta de su iglesia titular, ante el altar de la Virgen, gozo de los cristianos.

En la madrugada del 1 de enero de 1713, besando con ternura el crucifijo, voló su alma a cantar el eterno Magnificat en las delicias de la liturgia celestial. Contaba sesenta y cuatro años.

Su confesor, el teatino padre Chiesa, aseguró que su alma no había perdido la inocencia bautismal.

Por la fama de sus virtudes y el esplendor de sus milagros se introdujo en la Curia Romana, en 1723, la causa de beatificación. El 29 de septiembre de 1803 fue beatificado por Pío VII en la Basílica Vaticana.

Por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, dado el 24 de mayo de 1958, se ha reanudado en la Curia la causa para la solemne canonización de este egregio cardenal teatino nacido en tierra española a quien Cardella proclama, en sus Memorias históricas, príncipe y doctor de la liturgia de Occidente. 

Oración: Te pedimos Señor, que por intercesión de San José María Tomasi, puedas bendecirnos en todos los tiempos con figuras de tanta sabiduría y piedad como la de este amado Cardenal, recuperando para la Iglesia a un clero piadoso y sabio, que desde el silencio, el ascetismo y el estudio influyan poderosamente en la vitalidad de la Iglesia. Te pedimos también Señor que habiendo sido el amado Cardenal procedente de Lampeduza, puedan los refugiados, que en su desesperación llegan a esa isla, tener el consuelo y protección de él. A Tí Señor que eres el faro en este mundo enceguecido, ensordecido y embrutecido por el pecado. Amén.


sábado, 2 de enero de 2016

Sábado 2 de Enero

San Basilio Magno


Doctor de la Iglesia de Cesarea
(329-379)

Etim: Basilio = rey

Uno de los tres Padres Capadocios; Padre del monasticismo oriental; Arzobispo de Cesárea; Patrón de administradores de hospitales .

Nació en Cesárea de Capadocia, de familia cristiana; hombre de gran cultura y virtud, comenzó a llevar vida eremítica, pero el año 370 fue elevado a la sede episcopal de su ciudad natal.

Es considerado como el primer escritor ascético del oriente.

Combatió a los arrianos; escribió excelentes obras y sobretodo reglas monásticas, que rigen aún hoy en muchos monasterios del Oriente.

Murió el día 1 de enero del año 379.

Tema favorito: la caridad hacia los pobres.

De sus cartas:

¿A quién he perjudicado, dices tú, conservando lo que es mío? Dime, sinceramente, ¿qué te pertenece? ¿De quién recibiste lo que tienes? Si todos se contentaran con lo necesario y dieran el resto a los pobres, no habría ni ricos ni pobres”

Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: Tú eres un verdadero ladrón. El pan que no necesitas le pertenece al hambriento. Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado. El calzado que ya no empleas le pertenece al descalzo. El dinero que gastas en lo que no es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con qué comprar lo que necesita. “Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón”.

"Lo que nosotros enseñamos no es el resultado de nuestras reflexiones personales, sino lo que hemos aprendido de los Padres"

San Gregorio: “Cada vez que leo un escrito de Basilio, siento que el Espíritu Santo transforma mi alma”.


San Basilio
Benedicto XVI, Audiencia, 4-VII-07

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy queremos recordar a uno de los grandes padres de la Iglesia, San Basilio, definido por los textos litúrgicos bizantinos como una «lumbrera de la Iglesia»

Fue un gran obispo del siglo IV, por el que siente admiración tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente por su santidad de vida, por la excelencia de su doctrina, y por la síntesis armoniosa de capacidades especulativas y prácticas.

Nació alrededor del año 330 en una familia de santos, «verdadera Iglesia doméstica», que vivía en un clima de profunda fe. Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla. Insatisfecho por los éxitos mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: «Un día, como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré sobre mi miserable vida» (Cf. Carta 223: PG 32,824a).

Atraído por Cristo, comenzó a tener ojos sólo para él y a escucharle solo a él (Cf. «Moralia» 80,1: PG 31,860bc). Con determinación se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las Sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia y en el ejercicio de la caridad (Cf. Cartas. 2 y 22), siguiendo también el ejemplo de su hermana, Santa Macrina, quien ya vivía el ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía.

Con la predicación y los escritos desarrolló una intensa actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio supo unir al mismo tiempo el servicio a las almas, y la entrega a la oración y a la meditación en la soledad. Sirviéndose de su experiencia personal, favoreció la fundación de muchas «fraternidades» o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a las que visitaba con frecuencia (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,29 in laudem Basilii»: PG 36,536b).

Con la palabra y los escritos, muchos de los cuales todavía hoy se conservan (Cf. «Regulae brevius tractatae», Proemio: PG 31,1080ab), les exhortaba a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron después no pocos legisladores de la vida monástica, entre ellos, muy especialmente, San Benito, que considera a Basilio como su maestro (Cf «Regula» 73, 5).

En realidad, San Basilio creó un monaquismo muy particular: no estaba cerrado a la comunidad de la Iglesia local, sino abierto a ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia local, eran su núcleo animador que, precediendo a los demás fieles en el seguimiento de Cristo y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a él, el amor por él, sobre todo en las obras de caridad.

Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al servicio de los pobres y de este modo mostraron la vida cristiana de una manera completa. El siervo de Dios Juan Pablo II, hablando del monaquismo, escribió: «muchos opinan que esa institución tan importante en toda la Iglesia como es la vida monástica quedó establecida, para todos los siglos, principalmente por San Basilio o que, al menos, la naturaleza de la misma no habría quedado tan propiamente definida sin su decisiva aportación» (carta apostólica «Patres Ecclesiae» 2).

Como obispo y pastor de su extendida diócesis, Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza el mal; se comprometió con los pobres y los marginados; intervino ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los potentes para defender el derecho de profesar la verdadera fe (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,48-51 in laudem Basilii»: PG 36,557c-561c).

Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (Cf. Basilio, Carta 94: PG 32,488bc), una especie de ciudad de la misericordia, que tomó su nombre «Basiliade» (Cf. Sozomeno, «Historia Eclesiástica». 6,34: PG 67,1397a). En ella hunden sus raíces las los modernos hospitales para la atención de los enfermos.

Consciente de que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» («Sacrosanctum Concilium» 10), Basilio, si bien se preocupaba por vivir la caridad, que es la característica de la fe, fue también un sabio «reformador litúrgico» (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,34 in laudem Basilii»: PG 36,541c).

Nos dejó una gran oración eucarística [o anáfora] que toma su nombre y que ha dado un orden fundamental a la oración y a la salmodia: gracias a él, el pueblo amó y conoció los Salmos e iba a rezarlos incluso de noche (Cf. Basilio, «In Psalmum» 1,1-2: PG 29,212a-213c). De este modo, podemos ver cómo liturgia, adoración, oración están unidas a la caridad, se condicionan recíprocamente.

Con celo y valentía, Basilio supo oponerse a los herejes, quienes negaban que Jesucristo fuera Dios como el Padre (Cf. Basilio, Carta 9,3: PG 32,272a; Carta 52,1-3: PG 32,392b-396a; «Adversus Eunomium» 1,20: PG 29,556c). Del mismo modo, contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, afirmó que también el Espíritu Santo es Dios y «tiene que ser colocado y glorificado junto al Padre y el Hijo» (Cf. «De Spiritu Sancto»: SC 17bis, 348).

Por este motivo, Basilio es uno de los grandes padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, dado que es Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina.

En su amor por Cristo y su Evangelio, el gran capadocio se comprometió también por sanar las divisiones dentro de la Iglesia (Cf. Carta 70 y 243), tratando siempre de que todos se convirtieran a Cristo y a su Palabra (Cf. «De iudicio» 4: PG 31,660b-661a), fuerza unificadora, a la que todos los creyentes tienen que obedecer (Cf. ibídem 1-3: PG 31,653a-656c).

Concluyendo, Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la Iglesia en el multiforme servicio del ministerio episcopal. Según el programa que él mismo trazó, se convirtió en «apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del reino, modelo y regla de piedad, ojo del cuerpo de la Iglesia, pastor de las ovejas de Cristo, médico piadoso, padre y nodriza, cooperador de Dios, agricultor d Dios, constructor del templo de Dios» (Cf. «Moralia» 80,11-20: PG 31,864b-868b).

Este es el programa que el santo obispo entrega a los heraldos de la Palabra, tanto ayer como hoy, un programa que él mismo se comprometió generosamente por vivir.

En el año 379, Basilio, sin haber cumplido los cincuenta años, agotado por el cansancio y la ascesis, regresó a Dios, «con la esperanza de la vida eterna, a través de Jesucristo, nuestro Señor» («De Bautismo» 1, 2, 9). Fue un hombre que vivió verdaderamente con la mirada puesta en Cristo, un hombre del amor por el prójimo. Lleno de la esperanza y de la alegría de la fe, Basilio nos muestra cómo ser realmente cristianos.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit.

Vida De San Basilio

BASILIO nació en Cesarea, la capital de Capadocia, en el Asia Menor, a mediados del año 329. Por parte de padre y de madre, descendía de familias cristianas que habían sufrido persecuciones y, entre sus nueve hermanos, figuraron San Gregorio de Nicea, Santa Macrina la Joven y San Pedro de Sebaste.

Su padre, San Basilio el Viejo, y su madre, Santa Emelia, poseían vastos terrenos y Basilio pasó su infancia en la casa de campo de su abuela, Santa Macrina, cuyo ejemplo y cuyas enseñanzas nunca olvidó.

Inició su educación en Constantinopla y la completó en Atenas. Allá tuvo como compañeros de estudio a San Gregorio Nacianceno, que se convirtió en su amigo inseparable y a Juliano, que más tarde sería el emperador apóstata.

Basilio y Gregorio Nacianceno, los dos jóvenes capadocios, se asociaron con los más selectos talentos contemporáneos y, como lo dice éste último en sus escritos, “sólo conocíamos dos calles en la ciudad: la que conducía a la iglesia y la que nos llevaba a las escuelas”. Tan pronto como Basilio aprendió todo lo que sus maestros podían enseñarle, regresó a Cesárea.

Ahí pasó algunos años en la enseñanza de la retórica y, cuando se hallaba en los umbrales de una brillantísima carrera, se sintió impulsado a abandonar el mundo, por consejos de su hermana mayor, Macrina. Ésta, luego de haber colaborado activamente en la educación y establecimiento de sus hermanas y hermanos más pequeños, se había retirado con su madre, ya viuda, y otras mujeres, a una de las casas de la familia, en Annesi, sobre el río Iris, para llevar una vida comunitaria.

Fue entonces, al parecer, que Basilio recibió el bautismo y, desde aquel momento, tomó la determinación de servir a Dios dentro de la pobreza evangélica.

Comenzó por visitar los principales monasterios de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia, con el propósito de observar y estudiar la vida religiosa. Al regreso de su extensa gira, se estableció en un paraje agreste y muy hermoso en la región del Ponto, separado de Annesi por el río Iris, y en aquel retiro solitario se entregó a la plegaria y al estudio.

Con los discípulos, que no tardaron en agruparse en torno suyo, entre los cuales figuraba su hermano Pedro, formó el primer monasterio que hubo en el Asia Menor, organizó la existencia de los religiosos, y enunció los principios que se conservaron a través de los siglos y hasta el presente gobiernan la vida de los monjes en la Iglesia de Oriente.

San Basilio practicó la vida monástica propiamente dicha durante cinco años solamente, pero en la historia del monaquismo cristiano tiene tanta importancia como el propio San Benito.

Lucha contra la herejía arriana

Por aquella época, la herejía arriana estaba en su apogeo y los emperadores herejes perseguían a los ortodoxos. En el año 363, se convenció a Basilio para que se ordenase diácono y sacerdote en Cesárea; pero inmediatamente, el arzobispo Eusebio tuvo celos de la influencia del santo y éste, para no crear discordias, volvió a retirarse calladamente al Ponto para ayudar en la fundación y dirección de nuevos monasterios.

Sin embargo Cesárea lo necesitaba y lo reclamó. Dos años más tarde, San Gregorio Nacianceno, en nombre de la ortodoxia, sacó a Basilio de su retiro para que le ayudase en la defensa de la fe del clero y de las Iglesias. Se llevó a cabo una reconciliación entre Eusebio y Basilio; éste se quedó en Cesárea como el primer auxiliar del arzobispo; en realidad, era él quien gobernaba la Iglesia, pero empleaba su gran tacto para que se diera crédito a Eusebio por todo lo que él realizaba.

Durante una época de sequía a la que siguió otra de hambre, Basilio echó mano de todos los bienes que había heredado de su madre, los vendió y distribuyó el producto entre los más necesitados; mas no se detuvo ahí su caridad, puesto que también organizó un vasto sistema de ayuda, que comprendía a las cocinas ambulantes que él mismo, resguardado con un delantal de manta y cucharón en ristre, conducía por las calles de los barrios más apartados para distribuir alimentos a los pobres.

Obispo de Cesárea

El año de 370 murió Eusebio y, a pesar de la oposición que se puso de manifiesto en algunos poderosos círculos, Basilio fue elegido para ocupar la sede arzobispal vacante.

El 14 de junio tomó posesión, para gran contento de San Atanasio y una contrariedad igualmente grande para Valente, el emperador arriano. El puesto era muy importante y, en el caso de Basilio, muy difícil y erizado de peligros, porque al mismo tiempo que obispo de Cesárea, era exarca del Ponto y metropolitano de cincuenta sufragáneos, muchos de los cuales se habían opuesto a su elección y mantuvieron su hostilidad, hasta que Basilio, a fuerza de paciencia y caridad, se conquistó su confianza y su apoyo.

Antes de cumplirse doce meses del nombramiento de Basilio, el emperador Valente llegó a Cesárea, tras de haber desarrollado en Bitrina y Galacia una implacable campaña de persecuciones. Por delante suyo envió al prefecto Modesto, con la misión de convencer a Basilio para que se sometiera o, por lo menos, accediera a tratar algún compromiso. Varios habían renegado por miedo, pero nuestro santo le respondió:

¿Qué me vas a poder quitar si no tengo ni casas ni bienes, pues todo lo repartí entre los pobres?. ¿Acaso me vas a atormentar?. Es tan débil mi salud que no resistiré un día de tormentos sin morir y no podrás seguir atormentándome. ¿Qué me vas a desterrar?. A cualquier sitio a donde me destierres, allá estará Dios, y donde esté Dios, allí es mi patria, y allí me sentiré contento”.

El gobernador respondió admirado: “Jamás nadie me había contestado así”. Y Basilio añadió: “Es que jamás te habías encontrado con un obispo”.

El emperador Valente se decidió en favor de exiliarlo y se dispuso a firmar el edicto; pero en tres ocasiones sucesivas, la pluma de caña con que iba a hacerlo, se partió en el momento de comenzar a escribir. El emperador quedó sobrecogido de temor ante aquella extraordinaria manifestación, confesó que, muy a su pesar, admiraba la firme determinación de Basilio y, a fin de cuentas, resolvió que, en lo sucesivo, no volvería a intervenir en los asuntos eclesiásticos de Cesárea.

Pero apenas terminada esta desavenencia, el santo quedó envuelto en una nueva lucha, provocada por la división de Capadocia en dos provincias civiles, y la consecuente reclamación de Antino, obispo de Tiana, para ocupar la sede metropolitana de la Nueva Capadocia.

La disputa resultó desafortunada para San Basilio, no tanto por haberse visto obligado a ceder en la división de su arquidiócesis, como por haberse malquistado con su amigo San Gregorio Nacianceno, a quien Basilio insistía en consagrar obispo de Sasima, un miserable caserío que se hallaba situado sobre terrenos en disputa entre las dos Capadocias.

Mientras el santo defendía así a la iglesia de Cesárea de los ataques contra su fe y su jurisdicción, no dejaba de mostrar su celo acostumbrado en el cumplimiento de sus deberes pastorales. Hasta en los días ordinarios predicaba, por la mañana y por la tarde, a asambleas tan numerosas, que él mismo las comparaba con el mar. Sus fieles adquirieron la costumbre de comulgar todos los domingos, miércoles, viernes y sábados.

Entre las prácticas que Basilio había observado en sus viajes y que más tarde implantó en su sede, figuraban las reuniones en la iglesia antes del amanecer, para cantar los salmos. Para beneficio de los enfermos pobres, estableció un hospital fuera de los muros de Cesárea, tan grande y bien acondicionado, que San Gregorio Nacianceno lo describe como una ciudad nueva y con grandeza suficiente para ser reconocido como una de las maravillas del mundo.

A ese centro de beneficencia llegó a conocérsela con el nombre de Basiliada, y sostuvo su fama durante mucho tiempo después de la muerte de su fundador. A pesar de sus enfermedades crónicas, con frecuencia realizaba visitas a lugares apartados de su residencia episcopal, hasta en remotos sectores de las montañas y, gracias a la constante vigilancia que ejercía sobre su clero y su insistencia en rechazar la ordenación de los candidatos que no fuesen enteramente dignos, hizo de su arquidiócesis un modelo del orden y la disciplina eclesiásticos.

No tuvo tanto éxito en los esfuerzos que realizó en favor de las iglesias que se encontraban fuera de su provincia. La muerte de San Atanasio dejó a Basilio como único paladín de la ortodoxia en el Oriente, y éste luchó con ejemplar tenacidad para merecer ese título por medio de constantes esfuerzos para fortalecer y unificar a todos los católicos que, sofocados por la tiranía arriana y descompuestos por los cismas y la disensiones entre sí, parecían estar a punto de extinguirse.

Pero las propuestas del santo fueron mal recibidas, y a sus desinteresados esfuerzos se respondió con malos entendimientos, malas interpretaciones y hasta acusaciones de ambición y de herejía. Incluso los llamados que hicieron él y sus amigos al Papa San Dámaso y a los obispos occidentales para que interviniesen en los asuntos del oriente y allanasen las dificultades, tropezaron con una casi absoluta indiferencia, debido, según parece, a que ya corrían en Roma las calumnias respecto a su buena fe. “¡Sin duda a causa de mis pecados, escribía San Basilio con un profundo desaliento, parece que estoy condenado al fracaso en todo cuanto emprendo!"”

Sin embargo, el alivio no había de tardar, desde un sector absolutamente inesperado. El 9 de agosto de 378, el emperador Valente recibió heridas mortales en la batalla de Adrianópolis y, con el ascenso al trono de su sobrino Graciano, se puso fin al ascendiente del arrianismo en el Oriente.

Cuando las noticias de estos cambios llegaron a oídos de San Basilio, éste se encontraba en su lecho de muerte, pero de todas maneras le proporcionaron un gran consuelo en sus últimos momentos. Murió el 1º de enero del año 379, a la edad de cuarenta y nueve años, agotado por la austeridad en que había vivido, el trabajo incansable y una penosa enfermedad. Toda Cesárea quedó enlutada y sus habitantes lo lloraron como a un padre y a un protector; los paganos, judíos y cristianos se unieron en el duelo.

San Gregorio Nacianceno, Arzobispo de Constantinopla, en el día del entierro: “Basilio santo, nació entre santos. Basilio pobre vivió pobre entre los pobres. Basilio hijo de mártires, sufrió como un mártir. Basilio predicó siempre con sus labios, y con sus buenos ejemplos y seguirá predicando siempre con sus escritos admirables”.

Setenta y dos años después de su muerte, el Concilio de Calcedonia le rindió homenaje con estas palabras: “El gran Basilio, el ministro de la gracia quien expuso la verdad al mundo entero indudablemente que fue uno de los más elocuentes oradores entre los mejores que la Iglesia haya tenido; sus escritos le han colocado en lugar de privilegio entre sus doctores”.

Se conserva una extensa colección de sus cartas:

En una de ellas nos cuenta que él pedía un cumplimiento estricto de la disciplina, lo mismo entre clérigos que entre laicos, y que cierto diácono, que no era malo, pero sí rebelde y un poco alocado y que solía presentarse en medio de un grupo de muchachas que cantaban himnos y bailaban, tuvo que vérselas con él; con igual determinación combatió la simonía en los puestos eclesiásticos y la admisión de personas indignas entre el clero; luchó contra la rapacidad y la opresión de los funcionarios y llegó a excomulgar a todos los complicados en la “trata de blancas”, una actividad muy difundida en Capadocia.

Podía reconvenir con temible severidad, pero prefería las maneras suaves y gentiles; como un ejemplo, están sus cartas a una muchacha descarriada y a un clérigo colocado en un puesto de gran responsabilidad, que se estaba mezclando en política; muchos ladrones que solo aguardaban ser entregados a los jueces para sufrir un castigo terrible, fueron amparados por el santo y devueltos a sus casas en completa libertad, pero con una imborrable amonestación sobre sus conciencias.

Pero tampoco se quedaba callado Basilio cuando eran los acaudalados y poderosos quienes quebrantaban sus deberes. “¡Os negáis a dar con el pretexto de que no tenéis lo suficiente para vuestras necesidades!”, exclamó en uno de sus sermones. “Pero en tanto que vuestra lengua os excusa, vuestra mano os acusa: ¡Cuántos deudores podrían ser rescatados de la prisión con uno de esos anillos! ¡Cuántas pobres gentes ateridas por el frío se cubrirían con uno solo de vuestros guardarropas! ¡Y sin embargo, vosotros dejáis ir a los pobres de vuestras puertas, con las manos vacías!”

No era únicamente a los ricos a quienes imponía la obligación de dar. “¿Dices que tú eres pobre? Bien; pero siempre habrá otros más pobres que tú. Si tienes lo bastante para mantenerte vivo diez días, aquel hombre no tiene suficiente para vivir uno . . . No tengáis temor de dar lo poco que tengáis. No coloquéis nunca vuestros propios intereses antes que la necesidad común. Dad vuestro último mendrugo de pan al mendigo que os lo pide y confiad en la misericordia de Dios”.

Butler; Vida de los Santos.
Sálesman, P. Eliécer; Vidas de Santo #1
Sgarbosa, Mario y Luigi Giovannini; Un Santo Para Cada Día

Oración: Te pedimos Señor, que por intercesión de San Basilio Magno, y a imitación de su vida y testimonio de Fe, sepamos colocar el Bien Común por encima de nuestros propios intereses personales, ya sea en la Familia y en el Trabajo. Atí Señor que ofreciste tu Vida en rescate de la nuestra. Amén.


Sábado 2 de Enero

San Gregorio Nacianceno


Doctor de la Iglesia
(330-390)


No confundir con su amigo San Gregorio de Nisa

Breve
San Gregorio Nacianceno, Llamado el Demóstenes cristiano por su elocuencia y, en la iglesia Oriental le dicen "el teólogo", por la profundidad de su doctrina y el encanto de su elocuencia.

Es uno de los Padres Capadocios, muy cercano a los hermanos San Basilio y San Gregorio de Nicea, los llamados "Padres Capadocios" con quienes cooperó para derrotar la herejía arriana. Es uno de los cuatro grandes Doctores de la Iglesia Griega.

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Nació en Nacianzo, Cappadocia (hoy en Turquia), el mismo año que su gran amigo San Basilio.

Perteneció a una familia de santos: Su padre fue un judío converso, obispo de Nacianzo por 45 años (San Gregorio El Mayor), su madre, Santa Nona. Sus hermanos, Santos Cesáreo y Gorgonia.

Estudió en Cesarea, en Palestina, donde conoció a San Basilio. Estudió leyes por diez años en Atenas. Entre sus compañeros de estudio estaba San Basilio y el futuro emperador, Julián el Apóstata. Gregorio volvió a Nacianzo a los 30 años (aprox.) y se unió a San Basilio por 2 años en vida solitaria.
Aunque prefería la vida solitaria, regresó para ayudar a su padre anciano en la administración de la diócesis. Fue ordenado contra su voluntad por su padre en el 362. Huyó para volver a la vida monacal con Basilio. Pero en 10 semanas regresó a sus responsabilidades como sacerdote. Escribió una apología sobre las responsabilidades del sacerdote.

Alrededor del 372, fue consagrado obispo por S. Basilio de Sasima pero no lo aceptó. Siguió como coajutor de su padre. Esto causó la ruptura de la amistad entre Basilio y Gregorio pero se reconciliaron después.

Se retiró por 5 años a un monasterio en Seleucia, Isauria. Al morir el emperador Valens se mitigó la persecución de los ortodoxos y un grupo de obispos lo invitaron a Constantinopla. La ciudad había sido dominada por 30 años por los arrianos. Fue nombrado obispo. Sufrió mucho por difamaciones y persecución de los arrianos y otros herejes.

El Concilio de Constantinopla estableció y confirmó las conclusiones de Nicea. Poco después de su consagración como obispo de Constantinopla, sus enemigos pusieron en duda la validez de su elección en 381. El, para restaurar la paz, renunció. Volvió a Nacianzo, donde la sede estaba vacante y administró la diócesis hasta que eligieron a un sucesor. Alrededor del año 384 se retiró. Fue entonces que escribió sus famosos poemas y su autobiografía. Murió en Nacianzo 25 de enero de 389 o 390.

Enseñanza y escritos: 45 discursos, 244 cartas y 400 o más poemas.
En la iconografía aparece como obispo oriental, con el palio y un libro.

San Gregorio Nacianceno sobre la oración
Benedicto XVI, 22 Agosto, 2007
"Gregorio nos enseña, ante todo, la importancia y la necesidad de la oración"
El obispo de Nacianzo decía: «es necesario acordarse de Dios con más frecuencia de lo que respiramos»

«En la oración, tenemos que dirigir nuestro corazón a Dios para entregarnos a Él como ofrenda que debe ser purificada y transformada»

«En la oración, vemos todo a la luz de Cristo, dejamos caer nuestras máscaras y nos sumergimos en la verdad y en la escucha de Dios, alimentando el fuego del amor».

«(Gregorio) experimentó el empuje del alma, la vivacidad de un espíritu sensible y la inestabilidad de la felicidad efímera. Para él, en el drama de una vida sobre la que pesaba la conciencia de su propia debilidad y de su propia miseria, siempre fue más fuerte la experiencia del amor de Dios».

«Tienes una tarea --nos dice san Gregorio también a nosotros--, la tarea de encontrar la verdadera luz, de encontrar la verdadera altura de tu vida. Y tu vida consiste en encontrarte con Dios, que tiene sed de nuestra sed»

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Oficio de Lectura, XXXI viernes del Tiempo Ordinario

Santa y piadosa es la idea de rezar por los muertos
San Gregorio Nacianceno

Sermón 7, en honor de su hermano Cesáreo 23-24

¿Qué es el hombre para que te ocupes de él? Un gran misterio me envuelve y me penetra. Pequeño soy y, al mismo tiempo, grande, exiguo y sublime, mortal e inmortal, terreno y celeste. Con Cristo soy sepultado, y con Cristo debo resucitar; estoy llamado a ser coheredero de Cristo e hijo de Dios; llegaré incluso a ser Dios mismo.

Esto es lo que significa nuestro gran misterio; esto lo que Dios nos ha concedido, y, para que nosotros lo alcancemos, quiso hacerse hombre; quiso ser pobre, para levantar así la carne postrada y dar la incolumidad al hombre que él mismo había creado a su imagen; así todos nosotros llegamos a ser uno en Cristo, pues él ha querido que todos nosotros lleguemos a ser aquello mismo que él es con toda perfección: así entre nosotros ya no hay distinción entre hombres y mujeres, bárbaros y escitas, esclavos y libres, es decir, no queda ya ningún residuo ni discriminación de la carne, sino que brilla sólo en nosotros la imagen de Dios, por quien y para quien hemos sido creados y a cuya semejanza estamos plasmados y hechos, para que nos reconozcamos siempre como hechura suya.

¡Ojalá alcancemos un día aquello que esperamos de la gran munificencia y benignidad de nuestro Dios!. El pide cosas insignificantes y promete, en cambio, grandes dones, tanto en este mundo como en el futuro, a quienes lo aman sinceramente. Sufrámoslo, pues, todo por él y aguantémoslo todo esperando en él; démosle gracias por todo (él sabe ciertamente que, con frecuencia, nuestros sufrimientos son un instrumento de salvación); encomendémosle nuestras vidas y las de aquellos que, habiendo vivido en otro tiempo con nosotros, nos han precedido ya en la morada eterna.

¡Señor y hacedor de todo, y especialmente del ser humano!. ¡Dios, Padre y guía de los hombres que creaste!. ¡Arbitro de la vida y de la muerte!. ¡Guardián y bienhechor de nuestras almas!. ¡Tú que lo realizas todo en su momento oportuno y, por tu Verbo, vas llevando a su fin todas las cosas según la sublimidad de aquella sabiduría tuya que todo lo sabe y todo lo penetra!. Te pedimos que recibas ahora en tu reino a Cesáreo, que como primicia de nuestra comunidad ha ido ya hacia ti.

Dígnate también, Señor, velar por nuestra vida, mientras moramos en este mundo, y, cuando nos llegue el momento de dejarlo, haz que lleguemos a ti preparados por el temor que tuvimos de ofenderte, aunque no ciertamente poseídos de terror.

No permitas, Señor, que en la hora de nuestra muerte, desesperados y sin acordarnos de ti, nos sintamos como arrancados y expulsados de este mundo, como suele acontecer con los hombres que viven entregados a los placeres de esta vida, sino que, por el contrario, alegres y bien dispuestos, lleguemos a la vida eterna y feliz, en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Oración: Te pedimos Señor nos concedas siempre a los cristianos el poder de la Oración que le otorgaste a San Gregorio Nacianceno, a fin de poder vivir y propagar en los corazones la verdad del Evangelio. A Tí Señor que eres la Sabiduría y Horno Espiritual Eterno. Amén.