jueves, 30 de enero de 2020


30 de enero

SANTA JACINTA DE MARISCOTTI


(† 1640)

Resucitadora y Sanadora. Cuerpo Incorrupto.

Dios le concedió el don de profecía, de milagros, de penetración de los corazones; abundantes éxtasis y arrebatos espirituales

Breve
De origen noble. Virgen. Franciscana Terciaria. Supo desprenderse de todo lo superfluo. Resucitadora y rescatadora de marinos, en peligro de naufragio.
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MANUEL DE CASTRO, O. F. M.
Santa Jacinta Mariscotti, hija de Marcantonio Mariscotti, y de Ottavia Orsini, condesa de Vignanello, lugar cercano a Viterbo, nació en Vignanello, en el año 1585, al parecer el 16 de marzo.

El matrimonio Mariscotti tuvo cuatro hijos más, que fueron los siguientes: Ginebra, que en el año 1594 ingresó como religiosa, en el convento de Terciarias Franciscanas, de San Bernardino de Viterbo, donde con el nombre de sor Inocencia; vivió santamente hasta su muerte, que tuvo lugar en el mes de julio de 1631. Hortensia (1586-1626), joven virtuosa, en el año 1605, se casó con Paolo Capizucchi, marqués de Podio Catino. Sforza (1589 - 1655) se casó en 1616, con Vittoría Ruspoli, y heredó el título de la familia de los Mariscotti. Galeazzo (1599 -1626), fue abreviador de las letras apostólicas, y murió en la Curia Romana.

Jacinta, a quien en el bautismo, habían impuesto el nombre de Clarix, niña aún, fue enviada por sus padres, al monasterio de San Bernardino de Viterbo, al lado de sor Inocencia, para que al ver de cerca, la santa vida que practicaba su hermana, y las venerables sor Inés Guerrien, virgen romana, y sor Lucrecia Fracassini, tenidas por muy virtuosas, dentro y fuera del convento, se educara en el santo temor de Dios.

Pero estos buenos ejemplos, y los de otras piadosas religiosas, influyeron poco, en el ánimo de la joven Clarix, que no pensaba más, que en la mejor manera de hacer resaltar su conocida hermosura, y hablar con vanidad y jactancia, de la prosapia de su familia. Como no soñaba más que en llevar una vida mundana, y no soportó por más tiempo, el retiro del monasterio, se determinó a abandonarlo, para regresar al lado de sus padres.

Bella y coqueta, tenía sus pretensiones, y aspiraba a conseguir un matrimonio brillante; por eso fue para ella una gran decepción, cuando vio que su hermana Hortensia, más joven, pero muy prudente y virtuosa, se casaba con el noble romano Paolo Capizucchi, mientras que a ella, no se le presentaba ningún partido ventajoso.

Se volvió entonces más ligera y mundana, no pensando más que en vestidos y reuniones profanas, y parecía incapaz, de poder tener alguna idea seria. Sus padres estaban preocupados con esta hija, que al no poder casarse, llevaba una vida tan extraviada, que podía terminar en su completa ruina espiritual, por lo que deciden, aunque la joven manifiestaba, una extrema repugnancia hacia la vida religiosa, convencerla para que ingrese en un monasterio.

Accedió Clarix, con más despecho que vocación y afecto, a la nueva vida que se proponía abrazar, a tomar el hábito de Terciaria Franciscana, en el mismo convento de San Bernardino de Viterbo, que unos años antes había abandonado, cambiando el nombre de pila, por el de Jacinta, con que ahora la conocemos.

Sucedió esto el 9 de enero de 1605, cuando nuestra joven contaba con veinte años de edad. Los asistentes derramaron abundantes lágrimas, en el rito de su consagración, mientras que ella, no dio señales de la menor emoción, al pronunciar las palabras rituales de su total entrega a Dios.

Durante los diez primeros años (1605-1615), lleva en el convento una vida mundana, detestando las pequeñas habitaciones de las religiosas, por lo que se hace construir para sí, una celda magnífica, que adorna con todo lujo, más propio de una princesa mundana, que de una servidora de Cristo.

Practica con tibieza los ejercicios de piedad, y soporta con fastidio, los rigores prescritos por la regla del convento, amando sobre todo, la vida regalada y cómoda.

Ni las amonestaciones de los superiores, ni las exhortaciones de sus parientes, ni siquiera el asesinato de su padre, perpetrado el 4 de septiembre de 1608, por Ubaldino y Hércules de Marsciano, en el lugar de Parrano, fueron suficientes, para volverla a una conducta de vida, más conforme con el espíritu del santo instituto, que había profesado.

Pero en 1615, cuando tenía treinta años de edad, el Señor se dignó echar sobre ella, una mirada de su divina misericordia. Sor Jacinta cayó gravemente enferma, y aquejada de agudos dolores, dio en pensar horrorizada, qué sería de su alma, si en aquel estado de calamidad y de infidelidades, fuera llamada a juicio, delante de Dios Nuestro Señor.

Pidió pues con insistencia, la presencia de un sacerdote, que la oyera en confesión; y para atenderla espiritualmente, llegó al monasterio, el franciscano Padre Antonio Bianchetti, varón de sólida piedad, el cual al penetrar en una habitación, tan suntuosamente enriquecida, con tantos objetos lujosos, impropios de la pobreza franciscana, retrocediendo, rehusó oírla en confesión, declarando que el paraíso no estaba reservado para los soberbios, y las religiosas de vida cómoda.

Ante esta enérgica decisión, por parte del padre franciscano, muy dolorida de todos sus pecados, hizo al día siguiente, una confesión general de todos ellos, determinándose resueltamente, a cambiar la vida que llevaba. Pronto, dio evidentes señales, de este sincero arrepentimiento.

No obstante la grave enfermedad que la aquejaba, se levantó del lecho en que estaba postrada, y después de cambiar por un tosco sayal, la fina ropa de seda que hasta entonces usaba, se presentó en el refectorio, donde se dio a la disciplina, en presencia de sus hermanas las religiosas, a quienes pidió perdón con lágrimas en los ojos.

Las religiosas, llenas de alegría, en vista de esta súbita transformación, la consolaban y animaban, a continuar en esta santa vida, prometiéndole por su parte, la ayuda de sus mejores Oraciones. Jacinta, que comenzaba a vivir para el Señor, no quiso que en lo sucesivo, le recordaran, la grandeza de los Mariscotti, para lo cual rogó, que le llamaran solamente sor Jacinta de Santa María.

Eligió por patronos en el cielo, a santos que como ella, se habían dejado arrastrar, en los primeros años de su vida, por los atractivos de las vanidades mundanas: por padre escogió a San Agustín; por madre, a Santa María Egipciaca; por hermano, a San Guillermo; por hermana, a Santa Margarita de Cortona; por tío suyo, a San Pedro; finalmente, por sobrinos, a los tres niños del horno de Babilonia.

Con la ayuda de esta familia celestial, que ella misma se había elegido, se proponía más fácilmente, conseguir los fines que se había propuesto: santificarse en esta vida, y ganar el cielo en la otra.

Abrazó entonces, una vida de penitencia tan austera, que no podemos pensar en ella, sin estremecernos. Se impuso el sacrificio, de no volver a ver a sus parientes y amigos, mientras no se lo permitiese la abadesa, para practicar de esta manera, la virtud de la obediencia, que tantas veces había despreciado; Jesucristo, sufriendo por nosotros en la cruz, será desde ahora, su único pensamiento y su único amor,

Jacinta poseía la virtud de la humildad, en sumo grado. Rica en todos los dones de la naturaleza y de la gracia, verdaderamente santa a los ojos de Dios, y de los hombres, se consideraba la mujer más pecadora. La más pobre hermana conversa, tenía un hábito mejor que el suyo, y una habitación menos pobre. Aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían, para ejercitar la santa virtud de la humildad.

Frecuentemente iba al refectorio, con una cuerda echada al cuello, y en estas condiciones besaba los pies a las religiosas, pidiéndoles perdón por los escándalos que les había dado, con su mala vida pasada. Cuando la nombraron vice superiora del convento, y maestra de novicias, tuvieron que imponérselo por obediencia, pues ella no quería aceptarlo, pretextando que no sabiendo gobernarse a sí misma, mal podía gobernar a las demás.

Profundamente convencida, de los grandes pecados por ella cometidos, Santa Jacinta soportaba con una tranquilidad, y una calma perfectas, los sufrimientos que Dios tenía a bien enviarle, y que ella consideraba el mejor medio, para limpiarse y purificarse de su vida pasada.

Durante diecisiete años, fue atacada de cólicos casi continuos, producidos por las malas comidas, a las que se había sometido, y por las austeridades excesivas que se había impuesto.

El demonio, que veía con furor, cómo esta alma privilegiada, se le escapaba de las manos, y ensayó contra ella toda clase de tentaciones y astucias; pero los poderes del infierno no prevalecieron, contra la esposa de Cristo, sostenida por el amor de su Dios, y la gracia del Espíritu Santo; las largas meditaciones al pie del Crucificado; la lectura de los buenos libros; y los sabios consejos de su confesor, el Padre Bianchetti.

Sentía hacia los pecadores una inmensa piedad, que se traducía en palabras y oraciones tan tiernas, que no podían menos de prometerle la enmienda, y la vuelta al seno de la Iglesia.

Entre los pecadores de Viterbo, sobresalía Francisco Pacini, hombre atrevido, poderoso y deshonesto, a quien la Santa no solamente convirtió al Señor, y lo convenció a llevar una vida de ermitaño, sino que fue en lo sucesivo, su principal colaborador en la organización, y sostén de las dos cofradías por ella fundadas.

La primera fue la Compagnia del Sacconí (o Cofradía de los encapuchados de Viterbo), que Santa Jacinta fundó en 1636, con sede en la iglesia de Santa María delle Rose, regida por unos Estatutos, que compuestos por los mismos cofrades, fueron aprobados por el cardenal Tiberio Mutí († 1636), obispo de Viterbo. El fin de la Cofradía, era procurar el cuidado material de los enfermos, y ayudarles a bien morir espiritualmente.

Santa Jacinta añadió a los Estatutos de los cofrades, especiales ejercicios, que se habían de hacer, en los últimos días de carnaval, con públicas procesiones, y visita a las iglesias, donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento, por lo que introdujo entre estos cofrades, la práctica del piadoso ejercicio de las Cuarenta horas, que en el siglo anterior, ya había adoptado el papa Clemente VIII.

La Congregación de los oblatos de María, fundada también por Santa Jacinta en 1638, estableció su sede en la vieja iglesia de San Nicolás, en el llano de Ascazano, donde los oblatos de San Carlos Borromeo, les hicieron donación del hospicio, que ellos habían erigido en 1611, para ancianos e inválidos.

La Congregación de los oblatos de María fue aprobada, después de no pocas dificultades, por el ordinario, Francisco María, cardenal Brancacci, el 5 de julio de 1639; el mismo ordinario aprobó, el 2 de marzo de 1643, las Constituciones de los dichos oblatos, redactadas por Santa Jacinta.

Según las mismas, la Casa Madre era conocida con el nombre de Il Fratello (el Hermano); se prescribe un año de probación y el noviciado; el Oficio divino, oraciones y varias meditaciones, austeridades y abundantes penitencias. Esta legislación, que más convenía a monjas contemplativas de clausura, que a una congregación de seglares, dados a obras de caridad y actividades apostólicas. fue la causa principal de que la Congregación de los oblatos de María, tuviera escasa duración.

Sería muy largo enumerar aquí, todas las conversiones que consiguió la Santa, los conventos que ella reformó, por medio de severas cartas, dirigidas a superioras demasiado remisas, en el cumplimiento de sus obligaciones; las villas donde la fama de su santidad, cambió en reuniones piadosas, las asambleas mundanas y frívolas.

De todas partes, le pedían consejos y oraciones. Debido a su iniciativa, Camila Savellí. duquesa de Farnesio y de Savella, fundó dos monasterios de clarisas, en Farnesio y en Roma; las novicias acudían al convento de Viterbo, para marchar bajo su dirección, por el camino de la vida espiritual, muchas de las cuales, entre otras la Beata Lucrecia, siguieron tan a la letra sus enseñanzas, que murieron en olor de santidad.

Había en el coro del convento, siete capillas – altares pequeños - , donde las religiosas podían ganar las indulgencias, de las siete iglesias de Roma. Todas las noches, aun en invierno, Jacinta recorría las siete capillas, orando devotamente delante de las imágenes de Jesucristo y de la Santísima Virgen, y de los demás santos, que allí se veneraban.

La fama de su virtud, se propagó por toda la región. Cierto día algunos paisanos, hacían un viaje en alta mar, cuando fueron sorprendidos por una fuerte tormenta.

En la inminencia de zozobrar, uno de ellos exclamó: “Oh hermana Jacinta, venga a nuestro socorro, o pereceremos”. En el mismo instante, los marinos vieron a una monja franciscana, de hábito blanco, que amainaba las ondas, y dirigía con fuerza sobrenatural, la embarcación al puerto. Habiendo uno de ellos ido después al convento, para agradecer tamaño beneficio, la superiora mandó llamar a Jacinta: “Fue ella quien nos salvó”. La santa huyó del locutorio, para no ser alabada.

Hacía esta especie de peregrinación, llevando los pies desnudos, y con una pesada cruz sobre sus espaldas, practicando al mismo tiempo, otras duras penitencias. Tenía gran devoción al arcángel San Miguel, cuya asistencia invocaba en todas sus necesidades.

Mas su principal abogada en el cielo, era la Santísima Virgen, de manera que su corazón, se consumía de amor, cada vez que pronunciaba su dulce nombre. El santo sacrificio de la misa, donde el Salvador se ofrece todos los días, como víctima expiatoria por los pecados de los hombres, le hacía derramar abundantes lágrimas.

Oraba continuamente, y sacaba de sus oraciones, el consuelo y la esperanza que necesitaba, para sobrellevar los sufrimientos de su vida. Dios quiso recompensar ya a su sierva en este mundo, concediéndole el don de profecía, de milagros, de penetración de los corazones, abundantes éxtasis y arrebatos espirituales, y otros favores, que sería largo enumerar aquí.

Una vida tan rica, en méritos y en virtudes, no podía ser coronada más que con una muerte preciosa, delante del Señor. El 30 de enero de 1640, el alma de sor Jacinta, volaba a las eternas moradas del cielo.

Desde el momento en que la nueva de su muerte, se extendió por la villa de Viterbo, la emoción de las gentes fue general, e inmenso el número, de los que concurrieron a sus funerales. Los muertos que ella resucitó, los enfermos que ella curó, y tantos otros prodigios por ella realizados, después de su muerte, manifestaron claramente el gran poder, de que ella gozaba delante de Dios.

Esta ilustre virgen fue beatificada en 1762, por Benedicto XIII, de la familia de los Orsini, a la cual pertenecía Ottavia. la madre de nuestra Santa, como ya hemos visto; el 24 de mayo de 1807; el papa Pío Vll, la inscribió en el catálogo de los santos.

El cuerpo de Santa Jacinta, descansa en el monasterio de Terciarias Franciscanas, de San Bernardino de Viterbo, que había sido testigo de sus virtudes heroicas, después de dos siglos, y allí se conserva incorrupto, a la veneración de los fieles.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de Santa Jacinta Mariscotti, podamos navegar seguros, por las aguas embravecidas de la Vida, y alcanzar sanos y salvos espiritualmente, los seguros puertos de tu Gloria. A Tí Señor, que calmaste las aguas, y tranquilizaste a los atemorizados Apóstoles. Amén.



miércoles, 29 de enero de 2020


29 de Enero

San Pedro Nolasco

1189-1258


Acuarela de Juan José Abella Rubio

Fundador de la Orden de la Madre de Dios de la Merced (los Mercedarios)

Breve
Nace en Barcelona, España, en el año 1.189. Comerciante. Se consagra a la Santísima Virgen, y dedica toda su fortuna, a rescatar cautivos de África del Norte.
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A los 15 años, sufre la muerte de su padre, y se dispone a repartir santamente sus muchos bienes, a lo que su madre asiente. Años mas tarde, estando en edad de casarse, peregrina a Monserrat.

Allí, a los pies de la Virgen, pudo comprender mejor, el vacío de las vanidades mundanas, y el tesoro que es la vida eterna. Prometió entonces a la Virgen, mantenerse puro y dedicarse a su servicio.

Eran tiempos, en que los musulmanes saqueaban las costas, y llevaban a los cristianos como esclavos al África. La horrenda condición de estas víctimas, era indescriptible. Muchos, por eso, perdían la fe, pensando que Dios les había abandonado. Pedro Nolasco era comerciante. Decidió dedicar su fortuna, a la liberación del mayor número posible de esclavos.

Recordaba la frase del evangelio: "No almacenen su fortuna en esta tierra, donde los ladrones la roban, y la polilla la devora, y el moho la corroe. Almacenen su fortuna en el cielo, donde no hay ladrones que roben, ni polilla que devore, ni óxido que las dañe" Mt 6,20.

En 1203, el laico San Pedro Nolasco, iniciaba en Valencia la redención de cautivos, redimiendo con su propio patrimonio, a 300 cautivos. Forma un grupo dispuesto, a poner en común sus bienes, y organiza expediciones para negociar redenciones. Su condición de comerciante, le facilita la obra. Comerciaban para rescatar esclavos.

Cuando se les acabó el dinero, forman grupos -cofradías- para recaudar la "limosna para los cautivos". Pero llega un momento, en que la ayuda se agota. Pedro Nolasco se plantea entrar en alguna orden religiosa, o retirarse al desierto. Entra en una etapa de reflexión y oración profunda.

Intervención de la Virgen para la fundación
La noche del 1 al 2 de agosto, del año 1218, la Virgen se le apareció a Pedro Nolasco. Según una tradición, también se apareció la Virgen, a San Raimundo de Peñafort, y al rey Jaime I de Aragón, y les comunicó a los tres, por separado, su deseo de fundar una orden para redimir cautivos.

El hecho es que la Virgen María, movió profundamente el corazón de Pedro Nolasco, para fundar la orden de la Merced, y formalizar el trabajo que él y sus compañeros, hacían ya por 15 años.

El 10 de agosto de 1218, en el altar mayor de la Catedral de Barcelona, en presencia del rey Jaime I de Aragón, y del obispo Berenguer de Palou, se crea la nueva institución. Pedro y sus compañeros, vistieron el hábito y recibieron el escudo, con las cuatro barras rojas, sobre un fondo amarillo de la corona de Aragón, y la cruz blanca sobre fondo rojo, titular de la catedral de Barcelona.

Pedro Nolasco reconoció siempre a María Santísima, como la auténtica fundadora de la orden mercedaria. Su patrona, es La Virgen de la Merced. "Merced" significa "misericordia".

La nueva orden fue laica, en los primeros tiempos. Su primera ubicación, fue el hospital de Santa Eulalia, junto al palacio real. Allí recogían a indigentes y a cautivos, que regresaban de tierras de moros, y no tenían adonde ir. Seguían la labor que ya antes hacían, de crear conciencia sobre los cautivos, y recaudar dinero para liberarlos.

Eran acompañados con frecuencia por ex-cautivos, ya que cuando uno era rescatado, tenía obligación de participar durante algún tiempo, en este servicio. Normalmente iban cada año, en expediciones redentoras. San Pedro, continuó sus viajes personalmente, en busca de esclavos cristianos.

En Argelia, África, lo hicieron prisionero, pero logró conseguir su libertad. Aprovechando sus dones de comerciante, organizó con éxito por muchas ciudades, colectas para los esclavos.

Los frailes hacían, además de los tres votos de la vida religiosa, pobreza, castidad y obediencia, un cuarto: dedicar su vida a liberar esclavos. Al entrar en la orden, los miembros se comprometían, a quedarse en lugar de algún cautivo, que estuviese en peligro de perder la fe, en caso que el dinero, no alcanzara a pagar su redención.

Entre los que se quedaron como esclavos, está San Pedro Ermengol, un noble que entró en la orden, tras una juventud disoluta. Este cuarto voto, distinguió a la nueva comunidad de mercedarios.

El Papa Gregorio Nono aprobó la comunidad, y San Pedro Nolasco fue nombrado Superior General.

El rey Jaime decía, que si había logrado conquistar la ciudad de Valencia, ello se debía a las oraciones de San Pedro Nolasco. Cada vez que obtenía algún triunfo, lo atribuía a las oraciones de este santo.

Antes de morir, a los 77 años, pronunció el Salmo 76: "Tú, oh Dios, haciendo maravillas, mostraste tu poder a los pueblos, y con tu brazo has rescatado, a los que estaban cautivos y esclavizados".
Su intercesión logró muchos milagros, y el Sumo Pontífice lo declaró santo, en 1628.

La misión redentora, la continúa hoy la familia mercedaria, a través de sus institutos religiosos, y asociaciones de laicos. Es también la misión, de todo buen cristiano.

¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?". Y el Rey les dirá: "En verdad os digo, que cuanto hicisteis, a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" Mateo 25:39-40

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión de San Pedro Nolasco, puedas ayudarnos a liberarnos, de tanta esclavitud y servidumbre espiritual, que rodean a nuestra Vida, como el deseo del Placer, el Poder y las Riquezas, aspiraciones que nada tienen que ver con tu Reino de Amor, Paz y Eternidad.

Asiste y Libera a todos nuestros hermanos y hermanas, presas de las drogas, la esclavitud sexual y la pornografía, las migraciones y trabajos forzados. A Tí Señor, que viniste a liberarnos de todas nuestras enfermedades, y curaste a tantos enfermos de cuerpo y alma. Amén.

martes, 28 de enero de 2020


28 de enero

Santo Tomás de Aquino
(c1225-74)


Santo Tomás, fraile dominico,
es representado con el Espíritu Santo,
un libro, una estrella o rayos de luz
sobre su pecho y la Iglesia

Filósofo dominico y teólogo.
Doctor de la Iglesia, llamado "Doctor Angélico".
Autor de la Suma Teológica, obra insigne de teología

Patrón de las escuelas católicas, y de la educación

"Tratad a los demás, como deseáis que los demás, os traten a vosotros"

Tomismo: La teología y filosofía, que se fundamenta en las enseñanzas de Santo Tomás.

Nació en Roccasecca, cerca de Aquino, Nápoles. Es el hijo menor de 12 hijos, del Conde Landulf de Aquino.  Sus primeros estudios, fueron con los benedictinos en Montecassino, cerca del castillo de sus padres.

Continúa por cinco años, en la Universidad de Nápoles. Allí supera a todos sus compañeros, y se demuestra su portentosa inteligencia. Conoce a los Padres Dominicos, que era una comunidad recién fundada, y entra con ellos, pero su familia se opone.

Trata de huir hacia Alemania, pero por el camino, lo sorprenden sus hermanos, y lo mantienen cautivo, en el castillo de Roccasecca, por dos años. Aprovecha el tiempo en la cárcel, estudiando la Biblia y la teología.

Los hermanos, al ver que no logran convencerle contra su vocación, le envían a una mujer de mala vida, para que lo haga pecar. Santo Tomás la confronta, con un tizón encendido, y la amenaza con quemarle el rostro, si se atreve a acercársele. La mujer huyó espantada.

Después de su liberación, Tomás fue enviado a Colonia, Alemania, donde estudió bajo el Padre Dominico, San Alberto Magno. Los compañeros, al ver a Tomás tan robusto y silencioso, lo tomaron por tonto, por lo que le pusieron como apodo: "El buey mudo".

Pero un día, uno de sus compañeros, leyó los apuntes de este joven estudiante, y se los presentó a San Alberto. Al leerlos, éste les dijo a los estudiantes: "Ustedes lo llaman el buey mudo. Pero este buey, llenará un día con sus mugidos, el mundo entero". Mas aun que su sabiduría, destacaba su devoción. Pasaba horas en oración, y tenía un profundo amor a la Eucaristía.

Recibió el doctorado de teología, en la Universidad de París, y a los 27 años es maestro en París (1252-1260). En 1259, el Papa lo llama a Italia, donde por siete años, recorre el país predicando y enseñando. En Orvieto (1261-1264), en Roma (1265-1267), en Viterbo (1268), en París (1269-1271), y en Nápoles (1272-1274). Sus clases de teología y filosofía, son las más concurridas de la Universidad.

El rey San Luis lo estima tanto, que lo consulta en todos los asuntos de importancia. En una ocasión, en la Universidad, se traba una discusión acerca de la Eucaristía. Al no lograr ponerse de acuerdo, ambos bandos, aceptan recurrir a Tomás, para que diga la última palabra. Lo que él dice es aceptado por todos.

En 4 años, escribe su obra más famosa: "La Suma Teológica", obra maestra de 14 tomos. Fundamentándose en la Sagrada Escritura, la filosofía, la teología, y la doctrina de los santos, explica todas las enseñanzas católicas. La importancia de esta obra es enorme. El Concilio de Trento, tres siglos después, contaba con tres libros de consulta principal: la Sagrada Biblia, los Decretos de los Papas, y la Suma Teológica de Santo Tomás.

Santo Tomás, logró introducir la filosofía de Aristóteles en las universidades. En su sencillez y humildad, él aseguró que aprendió más, arrodillándose delante del crucifijo, que en la lectura de los libros.

Su secretario, Reginaldo, afirmaba que la admirable ciencia de Santo Tomás, provenía más de sus oraciones, que de su ingenio. Aun en las más acaloradas discusiones, exponía sus ideas con gran respeto y total calma; jamás se dejó llevar por la cólera, aunque los adversarios lo ofendieran gravemente. Su lema en el trato era: "Tratad a los demás, como deseáis que los demás, os traten a vosotros".

Amor a la Eucaristía
El Papa le encargó que escribiera los himnos, para la Fiesta del Corpus Christi. Así compuso el Pangelingua y el Tantumergo, y varios otros cantos Eucarísticos clásicos.

Habiendo escrito Tomás, bellos tratados acerca de Jesús Eucarístico, Jesús le dijo en una visión: "Tomás, has hablado bien de Mí. ¿Qué quieres a cambio?". Respondió Tomás: "Señor: lo único que yo quiero es amarte, amarte mucho, y agradarte cada vez más".

Su devoción por la Virgen María, era muy grande. En el margen de sus cuadernos escribía: "Dios te salve María". Compuso un tratado acerca del Ave María.

Final
El Sumo Pontífice lo envió al Concilio de Lyon, pero enfermó cerca de Roma, y lo recibieron, en el monasterio cisterciense de Fosanova.

Cuando le llevaron por última vez la Sagrada Comunión, exclamó: "Ahora te recibo a Tí mi Jesús, que pagaste con tu sangre, el precio de la redención de mi alma. Todas las enseñanzas que escribí, manifiestan mi fe en Jesucristo, y mi amor por la Santa Iglesia Católica, de quien me profeso hijo obediente".

Allí murió, el 7 de marzo de 1274, a la edad de 49 años. Sus restos fueron llevados solemnemente, a la Catedral de Tolouse, un 28 de enero, fecha en la que se celebra su fiesta.

Canonizado en 1323; declarado Doctor de la Iglesia en 1567, y patrón de las universidades católicas, y centros de estudio en 1880.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión de Santo Tomás de Aquino, podamos amarte y agradarte siempre, aliviando con nuestros dolores, tu Dolor y tu Pasión, que se renueva todos los Jueves y Viernes de cada semana. A Tí Señor, que nos amaste hasta la muerte, y muerte en la cruz por nuestros pecados. Amén.

lunes, 27 de enero de 2020


27 de Enero

Santa Angela de Merici, OSU


(1470-1540)

También conocida como Santa Angels de Brescia
Fundadora de las Ursulinas, dedicadas a la enseñanza

"Si alguna persona, por su estado de vida, no puede vivir sin riquezas y posición, que al menos mantenga su corazón vacío, del amor a éstas"

Nació en Desenzano, cerca de Brescia, norte de Italia, el 21 de Marzo de 1470, o 1474; murió en Brescia, el 27de enero de 1540; fue canonizada en 1807.

Como a menudo ocurre, Angela creció gracias a muchas dificultades. Huérfana a los 10 años, Angela, su hermana y hermano, fueron criados por un tío rico, Biancozi at Salo.

En su primera experiencia de éxtasis, se le apareció la Virgen Santísima, con su hermana mayor, quien había muerto de repente, sin los sacramentos. Ella había estado preocupada, por la salvación de esta hermana.

Angela se hizo terciaria franciscana, a la edad de 13 años, y vivió en gran austeridad, a veces comiendo solo pan y vegetales. Desde entonces, no quiso poseer nada, ni siquiera una cama, porque el Hijo del Hombre, no tenía donde recostar su cabeza.

Al morir su tío, Angela con 20 años, vuelve a su pueblo natal, y da catecismo a los pobres. Pequeña en estatura, pero muy grande en amor y entusiasmo, por servir a Dios, Angela compartió con sus amigas, su gran preocupación por la ignorancia religiosa, de tantos niños. Pronto, con un grupo de terciarias, organizó la formación de jovencitas. Una familia adinerada, le invitó a abrir una escuela en Brescia.

Angela tenía el don de recordar, todo lo que leía. Hablaba bien en latín, y conocía el significado, de algunos de los pasajes más difíciles de la Biblia. En Brescia, conoció a las familias más influyentes, y comenzó un grupo de personas devotas.

En un viaje a la Tierra Santa, de repente perdió la vista en Creta. Continuó con devoción el viaje, y en el regreso, recuperó la vista, en el mismo lugar en donde la había perdido.

En su visita a Roma, para el año santo de 1525, el Papa Clemente VII, le pidió que se hiciese cargo, de un grupo de hermanas enfermeras en Roma, pero ella le habló de una visión, que ella había tenido años antes, de doncellas ascendiendo al cielo, en una escalera de luz. Esta visión la inspiró a formar, un noviciado informal.

En la visión, las santas vírgenes eran acompañadas en la escalera, por ángeles gloriosos, que tocaban dulces melodías con arpas doradas. Todas llevaban preciosas coronas, decoradas con piedras preciosas. Después de un tiempo, la música paró, y el Salvador en persona, la llamó por su nombre, para crear una sociedad de mujeres. Entonces, ante este relato, el Santo Padre le dio permiso para formar la comunidad.

Poco tiempo después, se le apareció a Santa Ursula, quien desde entonces fue la patrona de la comunidad.

Un día Angela, cayó en éxtasis, y se dice que levitó.

Poco después de su retorno a Brescia, tuvo que retirarse a Cremona, por la guerra. Carlos V estaba a punto de hacerse con Brescia, y los civiles debían abandonar la ciudad. Angela más tarde regresó, para el gran gozo de la población, que ya la tenía por santa y profeta.

En la Iglesia de San Afra, en Brescia, el 25 de Noviembre de 1535, Angela y 28 compañeras más jóvenes, se unieron ante Dios, para dedicarse por el resto de sus vidas a su servicio, especialmente para la educación de las niñas.

Angela puso al grupo, bajo la protección de Santa Ursula, patrona de las universidades medievales, y venerada como líder de mujeres. Éste fue el comienzo de la Compañía de las Ursulinas, la primera orden de mujeres dedicada a la enseñanza. Esto era una idea novedosa, que tomó tiempo en ser aceptada. Santa Angela no lo vio, ya que murió cuatro años después de fundarla.

La orden no usaba hábito, solo un sencillo vestido negro; no hacían votos, no tenía vida de clausura, ni votos de vida comunitaria. Su trabajo era la educación religiosa de niñas, especialmente las pobres, y el cuidado de los enfermos.

Las Ursulinas fueron reconocidas formalmente, por el Papa Pablo III, cuatro años después de la muerte de Santa Angela (1544), y se organizaron como Congregación en 1565.

Al comienzo, mucha de la enseñanza, la hacían en las casas de los niños. Angela tenía una gran paciencia y amabilidad. Atendía con esmero a los pobres, enfermos e ignorantes. Pronto tuvo 150 hermanas.

Al momento de morir, rodeada de sus hermanas, un hermoso rayo de luz, brilló sobre la santa. Murió con el nombre de Jesús en sus labios, diciendo: "Sí, Dios mío; yo te amo".

En 1568, San Carlos Borromeo llamó a las Ursulinas a Milán, y las persuadió a entrar en la vida de clausura. En un sínodo provincial, dijo a sus obispos vecinos, que no conocía mejor forma de reformar una diócesis, que introducir a las Ursulinas, en las comunidades muy pobladas.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos y la intercesión de Santa Angela, podamos siempre estar abiertos, a contribuir a los centros de enseñanza religiosa, y así poder vivir y morir diciendo, “Yo te Amo Señor”. A Tí Señor, que siempre enseñabas todas las mañanas en el Templo, y que expresaste tu Amor en todo momento, dejándonos tu Cuerpo y tu Sangre en la Eucaristía, como comida y bebida auténtica. Amén.

domingo, 26 de enero de 2020


26 de Enero

SAN TITO, Obispo (s. I)


San Tito, obispo. Año 96.
Tito fue amigo y discípulo de San Pablo, y lo acompañó en muchos de sus viajes. Su nombre significa: defensor.

A diferencia de Timoteo, cuando se conocieron, Tito ya había abrazado la fe. Tito se convirtió en secretario del apóstol, y éste a su vez, puso en Tito toda su confianza, tanto que se ha llegado a decir, que fue su discípulo más querido.

San Pablo lo envió, para que procurara que los creyentes, cumplieran lo que les había dicho en sus cartas. Tito acompañó a Pablo y a Bernabé, al Concilio de Jerusalén, en donde San Pablo le impidió dejarse circuncidar.

El apóstol de los gentiles –San Pablo– lo nombró obispo de la isla de Creta, y le dirigió una carta, en donde le señala las cualidades, que deben tener los sacerdotes.

El duro ambiente, en el que se desarrolló la evangelización en Grecia, Macedonia y Creta, se puede resumir en el siguiente párrafo de San Pablo (Cor. 1,22-23): "Los judíos piden milagros, los griegos sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, más poder y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos".

Tito fué siempre, fuente de consuelo para San Pablo, al saber que no estaba solo, en la dura tarea de la evangelización.

Según la tradición Tito murió en Creta, ya de avanzada edad, y en calidad de obispo, en el año 96.


Basílica de San Tito en Gortina, Creta

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Benedicto XVI presenta las figuras de Timoteo y Tito
Intervención en la audiencia general

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 13 diciembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI, en la audiencia general de este miércoles, dedicada a comentar, las figuras de dos de los colaboradores más cercanos de San Pablo Apóstol: San Timoteo y San Tito.

Queridos hermanos y hermanas:
Después de haber hablado ampliamente del gran apóstol Pablo, hoy tomamos en consideración, a dos de sus colaboradores más cercanos: Timoteo y Tito. A ellos, están dirigidas tres cartas, tradicionalmente atribuidas a Pablo, de las que dos están destinadas a Timoteo, y una a Tito.

«Timoteo» es un nombre griego, y significa «que honra a Dios». Mientras Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, le menciona seis veces, Pablo en sus cartas le nombra en 17 ocasiones, (además aparece una vez en la Carta a los Hebreos). Podemos deducir que para Pablo, gozaba de gran consideración, aunque Lucas no nos cuenta, todo lo que tiene que ver con él.

El apóstol, de hecho, le encargó misiones importantes, y vio en él, a una especie de «alter ego», como se puede ver, en el gran elogio que hace de él, en la Carta a los Filipenses. «A nadie tengo de tan iguales sentimientos («isópsychon»), que se preocupe sinceramente de vuestros intereses» (2,20).

Timoteo había nacido en Listra, (a unos 200 kilómetros al noroeste de Tarso), de una madre judía, y de un padre pagano (Cf. Hechos 16, 1). El hecho de que la madre, hubiera contraído un matrimonio mixto, y que no hubiera circuncidado a su hijo, hace pensar que Timoteo, se crió en una familia, que no era estrictamente observante, aunque se dice que conocía las Escrituras, desde la infancia (Cf. 2 Timoteo 3, 15). Se nos ha transmitido el nombre de su madre, Eunice, y el de su abuela Loida (Cf. 2 Timoteo 1, 5).

Cuando Pablo pasó por Listra, al inicio del segundo viaje misionero, escogió a Timoteo como compañero, pues «los hermanos de Listra e Iconio, daban de él un buen testimonio» (Hechos 16, 2), pero «le circuncidó a causa de los judíos, que había por aquellos lugares» (Hechos 16, 3). Junto a Pablo y Silas, Timoteo atravesó el Asia Menor hasta Tróada, desde donde pasó a Macedonia.

Se nos dice que en Filipos, donde Pablo y Silas fueron acusados de alborotar la ciudad, y encarcelados por haberse opuesto, a que algunos individuos sin escrúpulos, se aprovecharan de una joven adivina (Cf. Hechos 16, 16-40), Timoteo quedó libre.

Cuando después Pablo, se vio obligado a viajar, hasta llegar a Atenas, Timoteo le alcanzó en esa ciudad, y desde allí fue enviado, a la joven Iglesia de Tesalónica, para confirmarla en la Fe (Cf. 1 Tesalonicenses 3,1-2). Se unió después al Apóstol en Corinto, dándole buenas noticias sobre los tesalonicenses, y colaborando con él, en la evangelización de esa ciudad (Cf. 2 Corintios 1, 19).

Volvemos a encontrar a Timoteo en Éfeso, durante el tercer viaje misionero de Pablo. Desde allí, el apóstol escribió probablemente a Filemón y a los Filipenses, y ambas cartas son redactadas junto a Timoteo (Cf. Filemón 1; Filipenses 1, 1). De Éfeso, Pablo le envió a Macedonia junto a un cierto Erasto, (Cf. Hechos 19,22) y después a Corinto, con el encargo de llevar una carta, en la que recomendaba a los corintios, que le dieran buena acogida (Cf. 1 Corintios 4,17; 16,10-11).

Aparece otra vez como co-redactor de la Segunda Carta a los Corintios, y cuando desde Corintio, Pablo escribe la Carta a los Romanos, transmite los saludos de Timoteo, así como el de los demás (Cf. Romanos 16,21). Desde Corinto, el discípulo volvió a viajar a Tróada, en la orilla asiática del Mar Egeo, para esperar allí al Apóstol, que se dirigía hacia Jerusalén, al concluir su tercer viaje misionero (Cf. Hechos 20, 4).

Desde ese momento, en la biografía de Timoteo, las fuentes antiguas sólo nos ofrecen, una mención en la Carta a los Hebreos, donde puede leerse: «Sabed que nuestro hermano Timoteo, ha sido liberado. Si viene pronto, iré con él a veros» (13, 23).

Concluyendo, podemos decir que la figura de Timoteo, destaca como la de un pastor de gran importancia. Según la posterior «Historia eclesiástica» de Eusebio, Timoteo fue el primer obispo de Éfeso (Cf. 3, 4). Algunas de sus reliquias, se encuentran desde 1239 en Italia, en la catedral de Termoli, en Molise, procedentes de Constantinopla.

Por lo que se refiere a la figura de Tito, cuyo nombre es de origen latino, sabemos que era griego de nacimiento, es decir, pagano (Cf. Gálatas 2, 3). Pablo se lo llevó a Jerusalén, con motivo del así llamado Concilio Apostólico, en el que se aceptó solemnemente, la predicación a los paganos del Evangelio, sin los condicionamientos de la ley de Moisés.

En la Carta que le dirige, el Apóstol le elogia, definiéndole «verdadero hijo según la fe común» (Tito 1, 4). Después de que Timoteo se fuera de Corinto, Pablo envió a Tito con la tarea, de hacer un llamamiento a la obediencia, a esa comunidad rebelde.

Tito llevó la paz entre la Iglesia de Corinto, y el Apóstol escribió estas palabras: «el Dios que consuela a los humillados, nos consoló con la llegada de Tito, y no sólo con su llegada, sino también con el consuelo que le habíais proporcionado, comunicándonos vuestra añoranza, vuestro pesar, vuestro celo por mí, hasta el punto de colmarme de alegría… Eso es lo que nos ha consolado. Y mucho más, que por este consuelo, nos hemos alegrado por el gozo de Tito, cuyo espíritu fue tranquilizado por todos vosotros». (2 Corintios 7,6-7.13).

Pablo volvió a enviar a Tito --a quien llama «compañero y colaborador» (2 Corintios 8, 23)-- para organizar la conclusión de las colectas, a favor de los cristianos de Jerusalén (Cf. 2 Corintios 8, 6).

Ulteriores noticias, que se encuentran en las cartas pastorales, hablan de él como obispo de Creta (Cf. Tito 1, 5), desde donde, por invitación de Pablo, se unió al apóstol en Nicópolis, en Epiro, (Cf. Tito 3,12).

Más tarde, fue también a Dalmacia (Cf. 2 Timoteo 4, 10). No tenemos más información sobre los viajes sucesivos de Tito, ni sobre su muerte.

En definitiva, si consideramos juntas las dos figuras de Timoteo y de Tito, nos damos cuenta, de algunos datos muy significativos. El más importante, es que Pablo se sirvió de colaboradores, en el desarrollo de sus misiones. Él es ciertamente, el Apóstol por antonomasia, fundador y pastor de muchas Iglesias.

De todos modos, queda claro que no lo hacía todo solo, sino que se apoyaba en personas de confianza, que compartían el esfuerzo y las responsabilidades.

Cabe destacar además, la disponibilidad de estos colaboradores. Las fuentes con que contamos sobre Timoteo y Tito, subrayan su disponibilidad, para asumir las diferentes tareas, que con frecuencia, consistían en representar a Pablo, incluso en circunstancias difíciles.

Es decir, nos enseñan a servir al Evangelio con generosidad, sabiendo que esto implica también, un servicio a la misma Iglesia.
Acojamos por último, la recomendación que el Apóstol Pablo, hace a Tito en la carta que le dirige: «Es cierta esta afirmación, y quiero que en esto te mantengas firme, para que los que creen en Dios, traten de sobresalir en la práctica de las buenas obras. Esto es bueno, y provechoso para los hombres» (Tito 3, 8).

Con nuestro compromiso concreto, debemos y podemos descubrir, la verdad de estas palabras, y realizar en este tiempo de Adviento, obras buenas para abrir las puertas del mundo a Cristo, nuestro Salvador.

¡Muchas gracias por vuestra visita!
Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que los méritos e intercesión de San Tito Obispo, podamos siempre sentirnos acompañados por su presencia, en las dificultades de nuestra vida, perseverando en la Fe, la Esperanza y la Caridad. Amén.


26 de enero

San Timoteo


Obispo y mártir. Año 97

"Timoteo, mi hijo amado" (1 Corintios)

San Timoteo, es el patrono de los malestares estomacales. Su nombre significa: "Tengo un gran respeto a Dios".

Nació en Listra, Licaonie (Asia Menor), de padre griego y madre judía. Se sabe de él, gracias a las tres epístolas del apóstol San Pablo. Desde muy temprana edad, fue instruido en las Sagradas Escrituras. Se cree que su madre Eunice, su abuela Lois, y él mismo, abrazaron el cristianismo, y se hicieron bautizar, durante la primera visita de San Pablo a Listra.

Cuando Pablo regresó a ese lugar, en su segundo viaje misionero, los cristianos de allí, le dieron maravillosas recomendaciones acerca de Timoteo. Entonces, Pablo le impuso las manos, y le confió el ministerio de la predicación.

Así, el Apóstol lo escogió como colaborador, gran amigo y compañero de misiones –que fueron muchas veces difíciles y confidenciales -, y en adelante, lo consideró siempre como un hijo suyo. En la segunda carta a los Corintios, el Apóstol se refiere a él como: "Timoteo, mi hijo amado" (1 Corintios), y lo llama de la misma manera, en las dos cartas que le escribió a él.

En efecto, los encontramos a ambos juntos, en la primavera del año 50, al otoño del año 52: en Éfeso, Jerusalén, Roma, Frigia, Galacia, Macedonia, Tesalónica y Corinto. Más tarde, San Pablo le escribirá recordándole, lo buena que fue su familia: "... Que esa fe se conserve en ti, ya que desde tu más tierna edad, te hicieron leer y meditar, las Sagradas Escrituras" (1 Tim. 1:5; 4:14).

Ciertamente, la familia de Timoteo, experimentó abundantes gracias de conversión y crecimiento espiritual, durante la estadía de Pablo y Bernabé en su casa. Allí les ocurrió a los dos predicadores, que tras la curación de un hombre tullido, realizada por medio de Pablo, la gente de aquella región, los confundió con dioses disfrazados de hombres. Entonces quisieron adorarlos, y ofrecerles sacrificios.

Por su parte, Pablo, al darse cuenta de ello, les aclaró que eran tan sólo criaturas, igual que ellos. Entonces los judíos, incitaron al pueblo contra Pablo y Bernabé. Apedreándolos, los dejaron casi muertos, pero los cristianos los condujeron a la casa de Timoteo, en donde fueron atendidos.

Para el año 53, Pablo envía a Timoteo, a las Iglesias de Macedonia y de Corinto. Trabajaron juntos nuevamente los años siguientes, en Macedonia, en el Peloponeso y en la Tróada. Y cuando Pablo, les escribe a los cristianos de Roma desde su prisión, les menciona que lo acompaña Timoteo, su fiel discípulo.

La primera carta, que le escribió San Pablo a Timoteo, fue en el año 65, desde Macedonia; y la segunda desde Roma, mientras se encontraba preso, aguardando su ejecución.

En una de las cartas del Apóstol a Timoteo, le dice: "Que nadie te desprecie por tu juventud. Muéstrate en todo, como un modelo para los creyentes, por la palabra, la conducta, la caridad, la pureza y la fe" (2 Tim. 2).

En otro pasaje, el Apóstol desciende a detalles prácticos, como la recomendación de que no tome sólo agua, sino también un poco de vino, debido a los continuos malestares estomacales de Timoteo (Cf. 1 Tim. 5:23).

El historiador Eusebio, cuenta que San Pablo nombró a Timoteo, primer obispo de la Iglesia de Éfeso. Allí, Timoteo fue apaleado y apedreado por el emperador Diocleciano, ya que se oponía a un festival pagano, en honor de Diana. Así pues, recibió la corona del martirio, en el año 97.

Los restos de San Timoteo, se encuentran en la Iglesia de los Apóstoles, en Constantinopla, y según la tradición, los fieles reciben grandes favores, cuando rezan a sus pies.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de San Timoteo, mantengamos siempre el respeto a tu Santo Nombre, y el Santo Temor a tu Justicia Divina, y que ésta sea siempre inseparable, de tu Divina Misericordia. Vivimos en estado de pecado y ceguera, y necesitamos siempre de tu Luz y de tu Paz. No nos abandones Señor, en ningún momento de nuestra Vida. Amén.