miércoles, 5 de febrero de 2020


5 de febrero

SANTA ÁGUEDA


Virgen y Mártir

Patrona de las enfermeras

Breve
Padeció el martirio en Catania (Sicilia), probablemente en la persecución de Decio [249-251]. Desde la antigüedad, su culto se extendió por toda la Iglesia, y su nombre fue introducido en el Canon romano.
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Santa Águeda, poseía todo lo que una joven suele desear: Una familia distinguida y belleza extraordinaria. Pero atesoraba en su corazón, como algo más importante y verdadero: su fe en Jesucristo.

Así lo demostró, cuando el Senador Quintianus, se aprovechó de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos, para intentar poseerla. Las propuestas del senador, fueron resueltamente rechazadas por la joven virgen, que ya se había comprometido con otro esposo: Jesucristo.

Quintianus no se dio por vencido, y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer malvada, con la idea de que ésta, la sedujera con las tentaciones del mundo. Pero sus malas artes, se vieron frustradas por la virtud y la fidelidad a Cristo, que demostró Santa Águeda.

Quintianus entonces, poseído por la ira, torturó a la joven virgen cruelmente, hasta llegar a ordenar que se le corten los senos. Es famosa respuesta de Santa Águeda: "Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer, en el mismo seno, con el que de niño te alimentaste?".

La santa fue consolada con una visión de San Pedro, quién milagrosamente la sanó. Pero las torturas continuaron, y al fin, fue meritoria de la palma del martirio, siendo echada sobre carbones encendidos en Catania, Sicilia (Italia).

Según la tradición, en una erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de Santa Águeda (c.250), la lava se detuvo milagrosamente, al pedir los pobladores del área, la intercesión de la santa mártir.

Por eso, la ciudad de Catania la tiene como patrona, y las regiones aledañas al Etna, y la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes.

Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda, suele presentar la palma (victoria del martirio), y algún símbolo o gesto, que recuerde las torturas que padeció.

Tanto Catania como Palermo, reclaman el honor de ser la cuna de Santa Águeda. En algunos lugares, el "pan de Santa Águeda" y el agua, son bendecidos durante la misa en su honor.

La Iglesia de Santa Águeda en Roma, tiene una impresionante pintura de su martirio, sobre el altar mayor.

Fuentes antiguas
Su oficio, en el Breviario Romano, se toma en parte de las Actas latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496), a un tal Obispo Víctor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495), conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604), menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688), y parece que fue este Papa, quien incluyó su nombre en el Canon de la Misa.

Solo conocemos con certeza histórica, el hecho y la fecha de su martirio, y la veneración pública, con que se le honraba en la Iglesia primitiva. Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634).

En el siglo VI, Venantius Fortunatus, la menciona en su poema sobre la virginidad, como una de las más celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).

Bibliografía
-Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965.
-The Catholic Encyclopedia
-Kirsch, J. P., Saint Agatha, Catholic Encyclopedia,   Encyclopedia Press. 1913,
-Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Día. Santa Fe de Bogotá: San Pablo. 1996.

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Del oficio de lectura, 5 de Febrero, Santa Agueda, Virgen y mártir
Su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien
Del sermón de San Metodio, Obispo de Sicilia, sobre Santa Agueda
Analecta Bollandiana 68, 76-78

Hermanos, como sabéis, la conmemoración anual de esta santa mártir, nos reúne en este lugar, para celebrar principalmente su glorioso martirio, que pertenece ya al pasado, pero que es también actual, ya que también ahora, continúa su victorioso combate, por medio de los milagros divinos, por los que es coronada de nuevo todos los días, y recibe una incomparable gloria.

Es una virgen, porque nació del Verbo inmortal, (quien también por mi causa, gustó de la muerte en su carne) e indiviso Hijo de Dios, como afirma el teólogo Juan: “A cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios”.

Esta mujer virgen, la que hoy os ha invitado a nuestro convite sagrado, es la mujer desposada con un solo esposo, Cristo, para decirlo con el mismo simbolismo nupcial, que emplea el Apóstol Pablo.

Una virgen, que con la lámpara siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua, con la púrpura de la sangre, del verdadero y divino Cordero, y que no dejaba de recordar y meditar continuamente, la muerte de su ardiente enamorado, como si la tuviera presente ante sus ojos.

De este modo, su mística vestidura, es un testimonio que habla por sí mismo, a todas las generaciones futuras, ya que lleva en sí, la marca indeleble de la sangre de Cristo, de la que está impregnada, como también la blancura resplandeciente de su virginidad.

Águeda hizo honor a su nombre, que significa «buena»; ella fue en verdad buena, por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo, y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien. En efecto, ¿cuál es la causa suprema de toda bondad, sino Aquel que es el sumo bien?.

Por esto, difícilmente hallaríamos algo que mereciera, como Águeda, nuestros elogios y alabanzas.

Águeda, buena de nombre y buena por sus hechos; Águeda, cuyo nombre indica de antemano, la bondad de sus obras maravillosas, y cuyas obras corresponden, a la bondad de su nombre; Águeda, cuyo solo nombre, es un estímulo para que todos acudan a ella, y que nos enseña también con su ejemplo, a que todos pongamos el máximo empeño, en llegar sin demora al bien verdadero, que es sólo Dios.

Oración: Te rogamos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la gloriosa intercesión de la virgen Santa Agueda, nos alcance tu perdón, pues ella fue agradable a tus ojos, por la fortaleza que mostró en su martirio, y por el mérito de su castidad. Que ella siempre le lleve alivio y consuelo, a todas las enfermeras y enfermeros del mundo, en medio de tantas pruebas y hasta ingratitudes, que sufren a diario. A Tí Señor, que curaste a tantas personas, en tu paso por la tierra. Amén.

martes, 4 de febrero de 2020


4 de Febrero

SANTA JUANA DE VALOIS


Fundadora de la Orden de la Anunciación

(+ 1505)

Breve
Duquesa de Berry. Humillada por su padre, el rey de Francia Luis XI, y repudiada en su matrimonio por su esposo, el rey Luis XII, funda la Orden de la Anunciación. Ejemplo de vida perseverante y profundamente humilde, se convirtió en una de las joyas más rutilantes de Francia, y de la Iglesia Universal.
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ALMUDENA GARCÍA MORENTE

Todavía parece flotar por los campos de Francia, el glorioso estandarte de Juana de Arco, la libertadora de Orleáns, la santa valiente guerrera, cuando viene al mundo en plena corte, y no en un pueblecito aislado, otra Juana que también va a llenar de gloria a Francia, y a toda la Iglesia: Juana de Valois, hija de Luis XI y de Carlota de Saboya.

Gran expectación reinaba en todo el país, al anunciarse el próximo nacimiento, de un vástago real, el segundo, que todos, y más que nadie Luis XI, estaban convencidos que sería un varón. La primogénita había sido una niña: Ana. Desagradable y decepcionante fue pues la noticia, de que una segunda hija, había venido a ocupar su sitio en la corte francesa.

El rey, malhumorado, no quiso casi verla; y cuando al transcurrir los primeros años, pudo notarse que la princesita, no era agradable de rostro, y empezaba a exhibir una cojera incipiente, debida a una desviación de su cadera, mandó que la aislaran de la corte, y la condujeran al castillo de Liniéres en el Berry. El calvario de Juana de Francia, había empezado: a los cinco años; se separa de su madre, para no volver a verla jamás.

De esa madre desconocida, resignada y obediente a su marido, hasta en los más mínimos detalles, "dama virtuosa llena de paciencia y tolerancia, tan necesarias para vivir con un rey como Luis XI", así la pinta un cronista de la época, heredará Juana, su gran sentido de ponderación, y su vida interior.

De su padre, hombre extraordinariamente complejo, lleno de contradicciones, duro y dominante, político sutil, audaz en las guerras, y pusilánime en las enfermedades; amante a veces de la popularidad, y otras encerrado en una soledad misántropa, tendrá nuestra heroína, su sentido de prudente administración en los negocios, su voluntad indomable, y el convencimiento de la propia dignidad de la majestad real, a la que ha sido llamada por Dios, y que conservará, en todas las ocasiones, al lado de su deformidad física.

La infancia de Juana, se desliza solitaria y monótona, en el castillo de Liniéres, cuyos dueños la tratan con cariño, respeto y solicitud, sufriendo intensamente, el estado de su abandono, no sólo moral sino material, al que la ha reducido Luis XI.

Aprende a bordar y a tocar el laúd, pero sobre todo, dedica la mayor parte del tiempo, a leer salmos y libros piadosos, y a la oración. Desde su infancia, se ve en ella a la predestinada, a gozar de las comunicaciones divinas: un día revela a la señora de Liniéres, que la Virgen le ha hablado, y que le ha dicho: "Antes de tu muerte, fundarás una Orden en mi honor". Y se queda pensativa, considerando qué dirá su padre, el rey.

Luis XI, alguna vez acompañado de su escolta de caballeros, después de una desenfrenada caza de lobos, hace una ruidosa aparición en el castillo de Liniéres. Ni siquiera quiere ver un minuto a su hija. Mientras le preparan la comida, comenta brutalmente con el señor del castillo, que no sabe qué espera, para matar a esa hija contrahecha, que le ha nacido en lugar de un varón.

Una vez satisfecho su voraz apetito, por uno de esos contrastes, tan desconcertantes en él, declara solemnemente, que quiere velar por la buena conducta de su hija, y que le pidan que elija al punto, un director de conciencia. No permite la menor dilación, y tienen que buscar a la princesa, que se halla ya acostada.

Pero ella, a pesar de su humillante posición, y de su temprana edad, es absolutamente consciente de sus derechos y deberes. Cuando el señor de Liniéres, espera que la hija sumisa, responda que hará en eso, como en todo la voluntad de su señor, oye la respuesta mesurada y prudente, de la futura santa: "Necesito reflexionar, antes de decidir un asunto tan importante; mañana contestaré".

El rey acató con deferencia la decisión de su hija, y a la mañana siguiente, después de la misa, la niña anunció con naturalidad, que el padre Juan de la Fontaine, franciscano, sería su confesor.

Luis XI, que no deseaba en lo más mínimo encontrarse con su hija, se preocupaba no obstante, de su porvenir, mejor dicho, había decidido meterla en uno de sus engranajes políticos, a los que tanto acostumbraba. Un hombre que no tenía el menor escrúpulo, en hacer y deshacer matrimonios a su antojo; que forzaba realmente a sus súbditos, a que se casasen con quien él decidía, era natural, que siguiera la misma costumbre, al tratarse de su propia hija.

Casi desde el nacimiento de Juana, el rey de Francia concertó su matrimonio, con Luis de Orleáns, hijo del duque Carlos de Orleáns, y de María de Cléves, su más próximo pariente en todo el reino, y a quien concedió el honor de ser su padrino. Pero aún le pareció poco, tener por ahijado al pequeño duque, y queriendo evitar disgustos, con esa rama poderosa de la familia, pensó convertirlo en su yerno, para tenerle más a mano.

Los años pasaron, y en toda Francia, empezó a susurrarse, que la segunda hija del rey era jorobada y coja, rumor que naturalmente llegó al castillo de Blois, donde Luis de Orleáns, el futuro Luis XII, huérfano ya de padre, llevaba una vida de lujo y de placer, al lado de su madre, terrible contraste, con la vida monótona y triste de su prometida.

Al recibir María de Cléves, al emisario del rey, que le notificaba la ratificación de los esponsales, entre su hijo y la princesa Juana, creyó que se trataba de un error, y que la futura duquesa sería Ana, la hija mayor del rey, pero al ver con sus propios ojos, el escrito de Luis XI, exclamó midiendo toda la tragedia que se avecinaba: "La casa de Orleáns está perdida". Y en seguida, majestuosamente, se negó en rotundo.

Pera a Luis XI no le importaba en absoluto la negativa, y menos aún la repugnancia de los Orleánis. El monarca llegó a amenazar con la muerte al joven duque, y en estas condiciones, mientras la infeliz Juana, no sospechaba en lo más mínimo de lo que sucedía, y mujer al fin, esperaba con ilusión, la felicidad al lado del esposo, que todo el mundo alababa, por sus maneras afables y corteses, se decidió la boda, para el 8 de septiembre de 1476, en la capilla de Montrichard.

Todavía un momento antes de la ceremonia, a la que el rey no se dignó asistir, el obispo, preocupado, preguntó al duque de Orleáns: "¿estáis decidido a pasar por todo?", a lo que el joven respondió. "Monseñor, se me obliga a esto, pero no hay remedio". Y se efectuó la triste ceremonia, en la que el novio, no tuvo ni una mirada, ni una palabra para la pobre princesa, que empezaba a comprender, que aún le esperaba, un calvario más amargo que tenía que seguir soportando, el nombre que le aplicarán más tarde: la cenicienta de los Valois.

La vida no cambió para Juana, únicamente que lo que antes, era como una espera de algo, ahora se convirtió en una realidad sin esperanzas. De cuando en cuando, por orden expresa del rey, va Luis a visitar a su esposa, pero apenas se hablan, o se ven. Cada vez que lo ve, renace la esperanza en el corazón de la mujer, que siempre amó a su marido, y de nuevo la triste realidad, la amarga desilusión.

En cuanto a su padre, le verá antes de morir, para sufrir aún más amargamente, al comprender el estupor de aquella mirada, pues nunca creyó Luis, que era tanta la deformidad de su hija. Ella le quería y le admiraba, pero no pudo quedarse con él, y tuvo que volver a su soledad, mientras veía, sin ninguna envidia de su parte, a su hermana Ana, objeto de las complacencias de su padre.

Luis XI muere asistido por San Francisco de Paula, y la vida de Juana, va a cambiar al subir al trono, su hermano Carlos VIII, que la aprecia, y quiere tenerla cerca de él. Pero otra prueba la espera: durante la minoría de Carlos, es Ana de Beaujeu, la hermana mayor, la que llamaron "el rey de Francia", la que tiene las riendas del gobierno.

El duque de Orleáns, levantisco y rebelde, aunque muy querido de su cuñado, se mete en varios movimientos contra la corona, y es detenido y apresado. Juana emplea toda su diplomacia, y todo su corazón, para obtener el perdón del que tanto la martiriza a ella. En una ocasión, va a verle al calabozo, y su marido se vuelve del otro lado, molesto, sin tener una mirada de agradecimiento, para la santa y sufrida mujer, que tanto hace por él.

Pero la fortuna es cambiante y movediza, y cuando Luis de Orleáns, ve venir a los emisarios reales, creyendo que le traen una nueva orden de detención, estupefacto, los ve doblar la rodilla, llamarle señor, y comunicarle el fallecimiento repentino de su cuñado, y la noticia de que en un momento, ha pasado él, a regir los destinos de Francia.

¿Será Juana la reina, como parece de todo derecho?. Dios le reserva aún una cruz más pesada, antes de coronar la obra sublime de su santificación: los trámites de la anulación del matrimonio, que había comenzado Luis ocultamente, van a apresurarse ahora.

De las causas alegadas en favor de la anulación, las dos de más valor son: la coacción al esposo por parte del suegro, y la no consumación del matrimonio. Sobre el primer argumento, se encuentra una carta escrita de puño y letra, de Luis XI a Antonio de Chabannes, gran dignatario del reino, en la que además da por hecho, que Juana no podrá tener descendencia.

En cuanto al segundo, ante el desacuerdo de las partes, Luis XII tiene que hacer juramento público, de la no consumación del matrimonio. Por ese mismo hecho, Alejandro VI extiende la Bula de anulación, y en seguida, el rey contraerá matrimonio con Ana de Bretaña, la viuda de Carlos VIII.

¿Y Juana?. Para darle la noticia, se reúnen sus buenos amigos, el cardenal de Luxemburgo, y el obispo de Albí, con su confesor, que se lo comunica como en broma. Ella lo comprende al punto, y por un momento, se siente desfallecer y temblar. Más tarde, descubrió un secreto a su confesor: "En ese momento, Dios le concedió la gracia de comprender que Él, así lo permitía, para que realizase un gran bien. Y que ahora, sin sujeción a ningún hombre, podría hacerlo plenamente".

Por orden del rey, la que debía haber sido reina, se convertía en duquesa de Berry, y fijó su residencia en Bourges. Entonces decidió poner en práctica, lo que oyó en su oración, cuando era niña: fundar una Orden religiosa, en honor de la Santísima Virgen. Varias muchachas jóvenes, con deseo de vida religiosa, se reunieron con ella, y después de muchas vicisitudes, Alejandro VI aprobó la regla, de la nueva Orden de la Anunciación, justo cuando alboreaba el siglo XVI.

En realidad, ella era la fundadora, pero siguió viviendo en el mundo, y gobernando sus estados de Berry. Hizo no obstante, su profesión religiosa el 26 de mayo de 1504, y siempre fue un ejemplo, y una madre para sus hijas, que la veneraban ya como santa. El Señor juzgó que pronto, debía dar el premio a una vida tan llena de sufrimientos y trabajos, y en febrero del año siguiente, después de haber dado sus últimos consejos, a su confesor y a sus hijas, descansó en la paz del Señor.

Se encontró sobre su cuerpo lacerado, un singular cilicio: un trozo de laúd, en el que había clavado en él, cinco clavos de plata, en recuerdo de las cinco llagas de Cristo, y lo mantenía fijo a su pecho, por un círculo de hierro. Su esposo, que la había humillado y rechazado tantas veces, hizo celebrar en su honor, grandes funerales.

Desde el principio, fue venerada como santa en Bourges, y luego en toda Francia; los milagros se suceden, alrededor de sus despojos mortales; el 13 de enero de 1632, se introduce la causa de beatificación; en 1742 se aprueba el culto público, y se la declara beata.

Después, la causa parece sumirse en un profundo letargo, hasta que un milagro notabilísimo la hace resurgir en 1932, y culmina con la canonización solemne, el día de Pentecostés de 1950, en que Pío XII quiere glorificar a Francia, y a la Iglesia entera, con esta nueva y esplendorosa joya: Santa Juana de Francia.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que valoras el tesoro interior de cada persona, y no su apariencia exterior, como lo hace nuestro infantil parecer, ayúdanos a valorar la riqueza interior de cada persona, por los méritos e intercesión de Santa Juana de Valois. A Tí Señor, que tienes las siete llaves de las siete iglesias, y lo que Tú abres nadie puede cerrar, y lo que Tú cierras nadie puede abrir. Amén.


lunes, 3 de febrero de 2020


3 de febrero

San Blás


Obispo y Mártir

Conocido también como Blasius

Patrón de: Enfermedades de la garganta y laringólogos. +C.316

Protector de los niños y del ganado

“Bienvenidos sean, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. y sea con nosotros mi Señor Jesucristo, que desea la hostia de mi cuerpo”

Breve
San Blas fue médico y obispo de Sebaste, Armenia. Hizo vida eremítica, en una cueva del Monte Argeus. Fue martirizado en el año 316.
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San Blas era conocido por su don de curación milagrosa. Salvó la vida de un niño que se ahogaba, al trabársele en la garganta, una espina de pescado. Este es el origen, de la costumbre de bendecir las gargantas, el día de su fiesta.

La leyenda, al relatar la estancia de San Blas, en las soledades del Argeo, nos describe escenas paradisíacas. Estuvo escondido en esas soledades, cuando arreciaba la persecución de Agrícola, gobernador de Cappadocia.

Al ser perseguido por los hombres, le hacen compañía las fieras, que se agrupan en tropel a la entrada de la gruta, esperando respetuosas, a que el santo anacoreta termine su oración, para recibir de él su bendición, y obtener también la curación de sus dolencias.

Así lo encontraron los soldados del prefecto Agrícola, en una cacería organizada por aquellos montes, quedando estupefactos, ante el nunca visto espectáculo. Comunican el caso al prefecto, y ordena éste, que le traigan al obispo solitario.

En la noche anterior a ser arrestado, se le aparece por tres veces el Salvador, instándole para que le ofrezca el sacrificio, entendiendo San Blas que el Señor lo llamaba, para aceptar el cáliz del martirio. Se levanta, ofrece los sagrados misterios, y se presentan los ministros del prefecto. "Sal de tu gruta”. le dicen: “el prefecto te llama".

Responde el Santo a la citación, con rostro sonriente, y palabras cariñosas. "Bienvenidos sean, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. y sea con nosotros mi Señor Jesucristo, que desea la hostia de mi cuerpo".

Agrícola trató sin éxito, de hacerle apostatar. En la prisión, San Blas sanó a algunos prisioneros. Finalmente fue echado a un lago. San Blas, parado en la superficie, invitaba a sus perseguidores, a caminar sobre las aguas, y así demostrar el poder de sus dioses. Pero se ahogaron.

Otro día, intentan quebrantar su fortaleza, suspendiéndolo de un madero, y desgarrando sus carnes con garfios de hierro. Pero el santo pastor, no habla de ofrecer solo el sacrificio: lo habían de acompañar sus ovejas y corderos espirituales.

Al volver a la prisión, regando el suelo con sangre, siete fervorosas cristianas recogen su sangre, y se ungen con ella. Detenidas por ello, confiesan intrépidas su fe en Jesucristo, sin que hagan vacilar su fortaleza, los más crueles y variados tormentos, y alentadas por el ejemplo de su pastor, perseveran firmes hasta ser decapitadas.

Una de estas heroínas, encomienda a San Blas sus dos hijitos, que querían seguirla, por la senda celestial del martirio.

No tardó el pastor en consumar su sacrificio. El prefecto lo condena a la decapitación, con los dos niños. Y en las afueras de Sebaste, es sacrificado el pastor con los dos corderos. Ocurrió el glorioso martirio, según la opinión más probable, en el año 316.

El culto de San Blas se extendió prontamente, por toda la Iglesia. En el Oriente, se celebra su fiesta desde muy antiguo, con culto solemne el 11 de febrero. En Constantinopla, había un templo dedicado a San Blas.

En Armenia, existió la Orden Militar de San Blas. El culto de San Blas, es también muy antiguo en Occidente. Según el cardenal Schuster, en la Edad Media se erigieron en Roma, no menos de 35 iglesias en honor de San Blas. Una de ellas, llegó a ser contada, entre las 24 abadías privilegiadas de Roma.

La república independiente de Ragusa (Yugoslavia), lo tenía por patrón principal. Lo honraba con fiesta de precepto muy solemne. Su efigie figuraba en las monedas. Uno de los principales monumentos de Ragusa, es el templo de San Blas. En el calendario romano, figuraba la fiesta de San Blas con rito simple, pero muchas diócesis de Europa occidental, la celebran con rito doble. En muchas iglesias, se conservan reliquias insignes.

Paralela al culto oficial, ha sido la devoción del pueblo cristiano a San Blas, devoción popular y típica. Se le cuenta entre los 14 santos protectores, llamados así, porque se les tiene por abogados eficaces, en las penalidades de la vida.

Se le invoca especialmente, como abogado en las enfermedades de la garganta. Como tal lo reconoce el Ritual.

Es considerado como especial protector de los niños: San Blas bendito, que se ahoga este angelito. En Rusia es el patrón de los ganados. En otras naciones también se le atribuye, cierto patronazgo sobre los mismos. Los cardadores y sombrereros, lo veneraban por patrón.

En el día de su fiesta, se bendicen pan, vino, agua y frutos, que se dan después a hombres y ganados. En muchas diócesis de Alemania, Bohemia, Suiza, y también de otras naciones, se da la bendición de San Blas, por medio de dos velas cruzadas, que se ponen sobre la cabeza de los fieles, y con ellas se toca la garganta. En Roma y otras partes, se realiza una unción del cuello, con una candela mojada en aceite bendecido.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de San Blas, podamos curar cualquier enfermedad de la garganta, no sólo material, sino también espiritual, como ser valientes para confesar nuestra fe; no tener angustia de ocultar nuestros pecados mortales al confesor, murmuraciones contra el prójimo, e intemperancias en la bebida.

A Tí Señor, que nos advertiste que toda palabra vana, será tenida en cuenta en el último día, y que caminaste por la superficie del lago de Genezareth, demostrándonos que todo es posible, para el que cree en tu Palabra. Amén.


domingo, 2 de febrero de 2020


2 de Febrero

La Virgen de la Candelaria


Es una de las muchas advocaciones de la Virgen María. Tuvo su origen en Tenerife, una de las islas Canarias.

Según la tradición, la Virgen se le apareció en 1392, a dos indios guanches, que pastoreaban su rebaño, quienes al llegar a la boca de un barranco, notaron que el ganado no avanzaba, como si algo le impidiera seguir adelante.

Para ver qué era lo que pasaba, uno de los pastores avanzó, y vio en lo alto de una peña, una imagen de madera, como de un metro de alto, de una mujer. Traía una vela en la mano izquierda, y cargaba a un niño en el brazo derecho. El niño llevaba en sus manos, un pajarito de oro.

Los indios, como tenían prohibido hablar con mujeres que estuvieran solas, le hicieron señas, para que se apartara del camino. Como no les hacía caso, uno de los indios tomó una piedra para lanzársela, pero el brazo se le paralizó. Su compañero tomó la imagen, e intentó romperla, pero en el intento, se cortó sus propios dedos.

Los indios corrieron a avisar al rey, quien de inmediato, fue con todos sus guardias, al lugar del acontecimiento. Tomaron la figura, y la llevaron a la casa del rey. Los encargados de llevársela, fueron los pastores que la encontraron, quienes al instante de tomarla en sus manos, quedan curados del brazo uno, y de los dedos el otro.

Ante este milagro, el rey ordenó, que todo el pueblo honrara a aquella figura de mujer, a quien le llamaron “La Extranjera”.

Cuando la gente se acercaba a Ella, se oían armonías celestiales, se percibían aromas exquisitos, y la imagen despedía una luz resplandeciente. Infundía en las personas temor y respeto, pero ellos no sabían a quién representaba.

Años después, los españoles conquistaron la isla de Lanzarote, y soñaban con conquistar la isla de Tenerife.

En uno de sus intentos de conquista, apresaron a un niño guanche, y lo llevaron a Lanzarote. Ahí lo bautizaron con el nombre de Antón, lo catequizaron, y un tiempo después lo llevaron de regreso, a su isla natal de Tenerife.

Antón fue a la casa del rey, a contarle todo lo que le había sucedido, y el rey le dio permiso de ver a La Extranjera.

Cuando Antón la vio, se puso de rodillas, y les dijo a todos que hicieran lo mismo. Antón, ya imbuído de sabiduría por la catequesis recibida, les explicó a sus compatriotas que aquella Señora, era la representación de la Virgen María, cuando llevaba a Jesús a presentarlo al templo. Les explicó que la Virgen María, era la Madre del Dios, y de todos los hombres, y que era una gran bendición, tener ese gran tesoro entre ellos.

Antón le pidió al Rey permiso, para buscar un lugar, en el que todos la pudieran venerar. El Rey accedió, y llevaron la imagen a la cueva de Achbinico, un templo subterráneo, que parecía una Iglesia natural. Antón cuidó por un tiempo de la Basílica. Alrededor de 1530, encargaron el Santuario, a los padres dominicos, a quienes se les conocía como “Los frailes de la Virgen”.

En noviembre de 1826, una tormenta terrible azotó a la isla de Tenerife, llegando al Santuario de la Virgen, y las aguas se llevaron la Imagen. Se hizo todo por tratar de recuperarla, pero no fue posible encontrarla. Los padres dominicos, acordaron mandar a hacer una imagen nueva. Así lo hicieron, y en la festividad del día 2 de Febrero de 1830, bendijeron la nueva imagen, de Nuestra Señora de la Candelaria.

Desde el año 1599, se nombró a la Virgen de la Candelaria, patrona de todo el archipiélago canario. Su devoción se ha extendido por la península, y por toda Hispanoamérica, principalmente por Venezuela.

Sus milagros y favores son constantes. Cada año, acuden a visitarla miles de personas, de todas clases sociales, para darle gracias y pedirle beneficios.

Le cantan:
Muchas flores la fortuna
Regaló a las Canarias;
Pero como Tú ninguna.
Virgen de la Candelaria

Virgen de Candelaria,
la más bonita, la más morena,
la que extiende su manto
desde la cumbre hasta la arena

En México, en Tlacotalpan, en el Estado de Veracruz, tienen como patrona a la Virgen de la Candelaria. Su traje es muy significativo: bajo el manto de azul profundo, lleva un vestido blanco resplandeciente, bordado con motivos vegetales y volutas (flores y espigas de trigo grandes).

La Virgen se encuentra en la Iglesia, y el día 2 de Febrero, se acostumbra sacarla del templo, para cantarle las Mañanitas por la mañana y por la tarde, y llevarla en procesión por el río Papaloapan.

Tlacotalpan es un lugar que se encuentra al margen izquierdo del río Papaloapan, que quiere decir "río de mariposas".

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de la Santísima Virgen, bajo la advocación de la Virgen de la Candelaria, podamos siempre conservar la luz interior en nuestro corazón, y así poder discernir claramente el signo de los tiempos. A Tí Señor, que eres la Luz del Mundo, y viniste a echar fuera las tinieblas de nuestro corazón. Amén.


2 de Febrero

La Presentación de Jesús en el Templo


La Presentación es el cuarto misterio gozoso del rosario.

Nos ha visitado el Sol que nace de lo alto

Del Oficio: Acojamos la luz clara y eterna


No confundir esta fiesta, con la presentación de la Virgen María, por sus padres Joaquín y Ana

Presentación de Jesús en el Templo
Según la Ley de Moisés, el primer hijo en nacer, el primogénito, le pertenecía a Dios. El niño debía ser "rescatado", llevándolo al Templo a los 40 días de nacido, y pagando por él al Templo con un cordero, o si fuesen pobres, con un par de palomas. La liturgia celebra, la presentación de Jesús el 2 de febrero, por ser esta fecha 40 días después del 25 de diciembre.

José y María, cumplieron la ley: (Lc 2, 22-25, 34-35)
“Llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor. (...) Y he aquí que había en Jerusalén, un hombre llamado Simeón, que esperaba la consolación de Israel, y estaba en él el Espíritu Santo. (…) Simeón les bendijo, y dijo a María, su madre: Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción- ¡y a ti misma una espada te traspasará el alma!- a fin de que queden al descubierto, las intenciones de muchos corazones.”

¿Por qué el "rescate", con un cordero o paloma?
En algunas de las religiones paganas de aquel tiempo, los padres mataban a sus hijos primogénitos, para ofrecerlos a los dioses. Dios enseñó a los judíos, que esa práctica es una abominación. En vez de matar al niño, debían ofrecer un cordero por su rescate.

Un sacerdote recibía a los padres, a la puerta del Templo, y hacía la oración de presentación.

El dueño de todo, se hizo por amor tan pobre, que sus padres no tenían cordero con que rescatarlo. Sin embargo, Él mismo es el Cordero de Dios, que se ofreció para rescatar a toda la humanidad.

Según una costumbre católica, los niños se presentan este día, en la iglesia al Señor y a la Virgen.

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La presentación del Señor
Acojamos la luz clara y eterna
De los sermones de San Sofronio, Obispo
(Sermón 3,sobre el Hypapanté, 6.7:PG 87, 3, 3291-3293)

Corramos todos al encuentro del Señor, los que con fe celebramos y veneramos su misterio; vayamos todos con alma bien dispuesta. Nadie deje de participar en este encuentro, nadie deje de llevar su luz.

Llevamos en nuestras manos cirios encendidos, ya para significar el resplandor divino, de Aquel que viene a nosotros –el cual hace que todo resplandezca, y expulsando las negras tinieblas, lo ilumina todo, con la abundancia de la luz eterna–, ya sobre todo, para manifestar el resplandor, con que nuestras almas, han de salir al encuentro de Cristo.

En efecto, del mismo modo que la Virgen Madre de Dios, tomó en sus brazos la luz verdadera, y la comunicó a los que yacían en tinieblas, así también nosotros, iluminados por Él, y llevando en nuestras manos, una luz visible para todos, apresurémonos a salir al encuentro de Aquel, que es la Luz Verdadera.

Sí, ciertamente, porque la luz ha venido al mundo, para liberarlo de las tinieblas en que estaba envuelto, y llenarlo de resplandor, y nos ha visitado el Sol que nace de lo alto, llenando de su luz, a los que vivían en tinieblas: esto es lo que nosotros queremos significar.

Por esto, avanzamos en procesión con cirios en las manos; por esto acudimos llevando luces, queriendo representar la luz que ha brillado para nosotros, así como el futuro resplandor, que procedente de ella, ha de inundarnos. Por tanto, corramos todos a una, salgamos al encuentro de Dios.

Ha llegado ya aquella luz verdadera, que viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre y mujer. Dejemos hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.

Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz, y se resigne a permanecer en la noche; al contrario, avancemos todos llenos de resplandor; todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro, y con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna; imitemos la alegría de Simeón, y como él, cantemos un himno de acción de gracias, al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas, y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.

También nosotros, representados por Simeón, hemos visto la salvación de Dios, que él ha presentado ante todos los pueblos, y que ha manifestado para gloria de nosotros, los que formamos el nuevo Israel; y así como Simeón, al ver a Cristo, quedó libre de las ataduras de la vida presente, así también nosotros, hemos sido liberados del antiguo y tenebroso pecado.

También nosotros, acogiendo en los brazos de nuestra fe a Cristo, que viene desde Belén hasta nosotros, nos hemos convertido de gentiles, en pueblo de Dios. Cristo es en efecto, la salvación de Dios Padre, y hemos visto, con nuestros ojos, al Dios hecho hombre; y de este modo, habiendo visto la presencia de Dios, y habiéndola aceptado, por decirlo así, en los brazos de nuestra mente, somos llamados el nuevo Israel. Esto es lo que vamos celebrando año tras año, porque no queremos olvidarlo.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que habiéndote sido presentado hoy en el templo, nos concedas, de igual modo a nosotros, la gracia de ser tu bendito templo, conservando la pureza interior en todo momento, y de esa manera no perder la luz de tu Gracia, en ningún momento de nuestra Vida. Te pedimos por las personas consagradas, que al igual que Simeón y Ana, permanezcan siempre, dentro del Templo de la Luz y de la Verdad. A Tí Señor, que eres la Luz del Mundo, y viniste para echar fuera, a las tinieblas en nuestros corazones. Amén.

sábado, 1 de febrero de 2020


1 de febrero

SANTA BRIGIDA DE IRLANDA


(451 o 452)

Sanadora y Taumaturga

Patrona de Irlanda

Todo lo que Brígida pedía al Señor, se lo concedía inmediatamente

Vio el necesario vínculo, entre la fe y el intelecto

Su nombre significa flecha ardiente

Breve
Su padre es un jefe irlandés, y su madre una esclava cristiana, bautizada por San Patricio.

Ya de muy joven, Santa Brígida respondió a la llamada del Señor, a la vida religiosa.

Era muy generosa con los pobres. A los 20 años, fundó el primer convento de Irlanda, en Kildare. Se hizo famoso, como lugar de devoción y formación. Santa Brígida vio el necesario vínculo, entre la fe y el intelecto.

Se le conoce como patrona de los lecheros, por un incidente de su juventud: Su madre le dio dinero para comprar mantequilla. En vez, ella le dio el dinero a un pobre en el camino. En otra ocasión, ya de mayor, Santa Brígida le dio agua a un pobre, y ésta se convirtió en leche. La ubre de la vaca del convento, nunca dejó de dar leche.

Vuela a la eternidad el 1 de febrero de 525. Comparte con San Patricio y San Columba, el patronazgo de Irlanda.
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Lo que podemos afirmar con certeza, respecto a la vida de Santa Brígida, es realmente poco. Probablemente nació a mediados del siglo quinto, en Faughart, cerca de Dundalk.

Es indudable que desde temprana edad, se consagró a Dios. Esta doncella elegida por Dios, muy juiciosa y llena de sabiduría, siempre buscó lo más perfecto.

Su madre la enviaba a recoger la mantequilla, que hacían las mujeres con la leche de las vacas, y ella se la daba toda a los pobres. Cuando las demás volvían con la carga, la joven trataba de restituir el producto que había tomado, y con tierna confianza, volvía su corazón al Señor y le pedía, por intercesión de su Madre, que devolviese la mantequilla con creces.

A su debido tiempo, cuando sus padres desearon que contrajera matrimonio, hizo voto de castidad; lo hizo en presencia de un santo obispo, y tocó con la mano, el pilar de madera sobre el cual se apoyaba el altar. En memoria de la acción de esa joven, hace largos años, esa madera permanece todavía verde, y como si no hubiera sido cortada y despojada de su corteza, florece en sus raíces y sana a innumerables tullidos.

Santa y fiel como era, viendo Brígida que se acercaba el tiempo de sus esponsales, pidió al Señor le enviara alguna deformidad, para frustrar la importunidad de sus padres: se le reventó un ojo, y se le derramó por dentro. Y así, habiendo recibido el santo velo, Brígida, junto con otras vírgenes consagradas, permaneció en la ciudad de Meatr, donde Nuestro Señor, por su intercesión, se dignó obrar muchos milagros.

Curó a un extranjero por nombre Marcos; proporcionó cerveza de un solo barril, a dieciocho iglesias, y la bebida alcanzó desde el Jueves Santo, hasta el fin del tiempo pascual.

A una mujer leprosa que le pedía leche, le dio agua fría, porque no tenía otra cosa; el agua se convirtió en leche, y cuando la mujer la hubo bebido, quedó sana. Curó a un leproso, y dio vista a dos ciegos.

Una vez cuando iba de viaje, para acudir a un llamado urgente, al cruzar un arroyo se resbaló, y se hirió en la cabeza; con la sangre que manó de la herida, dos mujeres mudas, recobraron el habla. Un buen día, a un criado del rey, se le cayó de las manos una preciosa vasija, y se rompió; para que no lo castigaran, Brígida la compuso totalmente.

Entre éstas, y muchas otras historias parecidas, hay algunas hermosas leyendas; especialmente la que se refiere a una monja ciega, Dará, cuyo relato no podrá hacerse mayor, que con las propias palabras de Sabire Baring-Gould:

Una tarde, al ponerse el sol, Brígida estaba sentada con la hermana Dará, una santa monja que estaba ciega: hablaban del amor de Jesucristo, y de los gozos del paraíso. Sus corazones rebosaban en tal forma, que la noche voló mientras conversaban, y no se dieron cuenta, de que habían pasado muchas horas.

Entonces salió el sol tras las montañas de Wicklow, y su luz pura y blanca, vino a iluminar y a alegrar la faz de la tierra. Brígida suspiró al ver la hermosura del cielo y de la tierra: sabía que los ojos de Dará estaban cerrados, a toda esta belleza. Inclinó entonces la cabeza y rezó; extendió su mano, e hizo la señal de la cruz, sobre las apagadas órbitas de la dulce hermana.

Entonces cesó la oscuridad, y Dará vio la esfera dorada en el oriente, y los árboles y las flores que brillaban, con el rocío a la luz de la mañana. Se quedó mirando un instante, y luego, volviéndose a la abadesa le dijo: «querida Madre, le ruego vuelva a cerrar mis ojos, porque cuando el mundo está así de visible a los ojos, el alma ve menos claramente a Dios». Entonces Brígida oró una vez más, y los ojos de Dará volvieron a obscurecerse.

Poco sabemos de la gran fundación religiosa en Kill-dara, (el templo del encino), y de la regla ahí practicada. Más de seis siglos después, Giraldus Cambrensis, coleccionó algunas curiosas tradiciones, referentes a esta fundación.

Dice, por ejemplo: «En Kildare de Leinster, renombrado por la gloriosa Brígida, hay muchas maravillas dignas de mención. Principalmente el fuego de Brígida, que llaman inextinguible; no porque no se pueda apagar, sino porque las monjas y santas mujeres alimentan, y avivan el fuego tan ansiosa y puntualmente, que desde la época de la virgen, ha permanecido encendido durante siglos, y nunca se han acumulado cenizas, aunque en tanto tiempo, se haya consumido tan grande cantidad de madera.

En tiempos de Brígida, veinte monjas servían aquí al Señor. Ella era la vigésima, y cuando gloriosamente partió, quedaron diecinueve, y no han pasado de ese número. Los monjas se van turnando cada noche, para cuidar el fuego, y cuando llega la vigésima noche, viene la última doncella, y colocando suficiente leña dice: "Brígida, cuida este fuego tuyo, porque a ti te toca esta noche".

Y por la mañana, encuentran el fuego todavía encendido, y el combustible consumido en la forma acostumbrada. El fuego está rodeado por una valla circular de arbustos, dentro de la cual ningún hombre entra, y si alguno se atreviera a entrar, como algunos temerarios lo han intentado, no escapa de la venganza divina».

Esta es la historia, a la cual aludió el poeta Tom Moore, cuando escribió:

“La lámpara rutilante que alumbró el santo templo de Kildare, ardió constante a través de las edades, de sombras y tormenta”.

Pero no obstante que el material legendario predomina, es inconfundible el entusiasmo, que la memoria de Santa Brígida suscitó entre sus paisanos. No sería fácil encontrar, algo más fervoroso en su expresión, que las rapsodias del "Book of Lismore": Todo lo que Brígida pedía al Señor, se lo concedía inmediatamente.

Pues todo su deseo era: socorrer al pobre, aliviar cualquier pena, y ayudar a todos los desvalidos. Ahora bien, nunca hubo mujer más tímida o más modesta, más dulce o más humilde, más juiciosa, o que tuviera una mas armoniosa proporción, en todo, que Brígida. Nunca se lavaba ni las manos, los pies o la cabeza, delante de otras personas. Nunca miró, rostro de hombre alguno. Nunca hablaba sin sonrojarse.

Era abstemia, inocente, piadosa, paciente; se gozaba con los mandamientos de Dios; era firme y humilde; perdonaba y amaba; era un estuche consagrado, para guardar la sangre y el cuerpo de Cristo; era templo de Dios. Su corazón y su mente formaban un trono, para que descansara el Espíritu Santo. Tenía puesto su corazón por entero en Dios; compadecía a los desgraciados, era pródiga en milagros y maravillas.

Por todo esto, su nombre en medio de las cosas creadas, es Paloma entre los pájaros, Viña entre los árboles, Sol entre las estrellas. El padre de la santa virgen, es el Padre Celestial; su hijo es Jesucristo; su aliento (quien la alienta y la nutre) es el Espíritu Santo. Por eso, esta santa virgen, ejecuta tan grandes prodigios e innumerables milagros.

Ella es quien ayuda, a todos los que están en aprietos y peligros; la que disminuye las pestes; la que calma la ira y la borrasca del mar. Es la profetiza de Cristo; la reina del sur; la María de los gaélicos (celtas).

De acuerdo con Charles Plummer (VSH., vol. I, p. 136), «el nombre de Brígida, tiene una etimología caprichosa: "breosaiget" significa flecha ardiente, y por cierto que su leyenda, expone muchos rasgos de esta naturaleza.

Además Brígida tiene un homónimo pagano, como por ejemplo, "Erigid banfiéle," es decir la poetisa-madre de las tres edades de la poesía. Esta identidad entre los nombres, es buena ocasión para la transferencia de mitos.»

En tiempos antiguos, se veneraba mucho a Santa Brígida en Escocia, y también en aquellas partes de Inglaterra, más directamente en contacto con influencias celtas. Hay varios lugares en Gales, llamados Blansantffraid, Iglesia de Santa Brígida. En Irlanda, las iglesias a ella dedicadas, son innumerables; en Inglaterra sabemos de diecinueve, que le fueron consagradas antes de la Reforma.

La mayoría de éstas, se encuentran en la parte occidental del país, pero hay una iglesia famosa en Londres, la de Santa Brígida, en Fleet Street. Bridewell, originalmente un palacio real, parece haber adquirido su nombre, por su contigüidad a la iglesia de Santa Brígida. Su fiesta se observa en toda Irlanda, Gales, Australia y Nueva Zelanda.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de Santa Brigida, protejas a Irlanda y el Reino Unido, para que se mantenga fiel a la Fe Cristina y Católica, y bendigas a todos los que se dedican a la actividad lechera, incluidas a las propias vacas, para que todos puedan prosperar, brindando con Amor, su producto tan apreciado y necesario para muchos, especialmente a los niños. Amén.