domingo, 12 de mayo de 2019


Sábado 11 de mayo

SAN MAYOLO DE CLUNY


Abad
(906-994)

“Si tengo hambre, el Señor me alimentará”

«Cada día, somos testigos por nuestros oídos y nuestros ojos, de que la gloria de este hombre, viene sólo de Dios. Es verdaderamente un astro, colgado sobre nuestro suelo. Todos los siglos, celebrarán su memoria»

Breve
Monje insigne, de gran influencia espiritual y política en su tiempo. Amado por los cristianos, y respetado por los musulmanes. Su espiritualidad, fue recompensada por el Sagrado Corazón de Jesús, cuando eligió su claustro, como inicio de esta Santa Devoción (ver más abajo) en Paray-le-Monial.

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Es el año 972. Época de hierro, de ignorancia, de confusión. Caminos inseguros, ciudades atrasadas, tronos que se tambalean. Una nutrida caravana, cruza los Alpes en dirección a Italia. Ya han bajado las cumbres del gran San Bernardo, han atravesado el Piamonte, y empiezan a recorrer los pintorescos valles del Delfinado.

Están alegres, porque han dejado muchos otros peligros, y a su vista se extienden las tierras mediterráneas, cubiertas de viñedos y praderas. Caminan lentamente, al paso de los mulos y los jumentos, unas veces abismados en profundo silencio, otras recitando graves salmodias.

En el grupo, dominan el bordón del peregrino, y la capucha del monje, pero se ven también algunas espadas de pajes y escuderos. De pronto, trae el viento, relinchos confusos de caballos, y tras los relinchos, se oye un violento galopar, que estremece la tierra. Los viajeros se dispersan, internándose unos en los bosques vecinos, refugiándose otros, tras los muros de una fortaleza, o acurrucándose al abrigo de un peñasco.

Detrás de ellos, corren los jinetes blandiendo la cimitarra, y disparando sus flechas. Cubren sus hombros, amplios albornoces, y blancos turbantes les ciñen la frente. Son musulmanes, venidos de España, quienes han logrado hacerse fuertes en aquellas alturas. Y va llegando la presa: mulos cargados de víveres, fugitivos renqueantes y sangrantes, monjes maniatados.

Llega también un anciano, de talla prócer y mirada bondadosa. Sólo él parece sereno, en medio de aquella multitud de gentes que lloran, tiemblan, gritan y amenazan. Mientras los demás huían, él se sentó en una piedra, resignado a la aventura irremediable.

Cuando los bandidos se le acercaron, él empezó a discutir con ellos de religión. «Vuestra vida—les dijo—es un insulto a los hombres: robáis lo que no es vuestro, asesináis a los inocentes, y turbáis la paz de los pueblos. Pero lo más triste, es que vuestros ojos están cerrados a la verdad, porque vuestro profeta, os ha engañado miserablemente, para hundiros en el valle del infierno»

Desconcertados quedaron los asaltantes, al oír estas palabras. Su asombro se transformó luego en indignación, y ya se hablaba de colgar en un árbol, al importuno e inoportuno predicador, cuando uno de ellos, intimidado por la presencia del prisionero, convenció a sus compañeros, de que tal vez sería más provechoso conservarle, en la esperanza de un subido rescate.

Le cargaron de hierros, le subieron a su castillo, y le encerraron en un subterráneo, que se abría en las entrañas de una roca. Después, reuniendo a los demás cautivos, les preguntaron: « ¿Quién es ese monje?. Sus vestidos son pobres como los vuestros, pero tiene un aire de príncipe. ¿Quién es?» Y todos unánimemente contestaron: «Es Mayolo, abad de Cluny.» «Tanto mejor», debieron de pensar los infieles al escuchar la respuesta.

Todo el mundo conocía a Cluny, la gran abadía de Borgoña, que fundada medio siglo antes, se había convertido ya, en una de las más poderosas instituciones de la cristiandad. Todo el mundo conocía a Mayolo, el hombre santo, que regía los destinos de la Orden naciente, consejero de reyes, amigo de emperadores, árbitro de las contiendas religiosas y políticas, del pueblo cristiano.

Desde entonces, nadie se atrevió a molestar al ilustre prisionero. Le quitaron las cadenas, pusieron a su disposición, la mejor habitación del castillo, y le trataron con un respeto rayano en la admiración.

Un día, uno de aquellos bandidos, le ofreció una parte de su comida, consistente en un trozo de carne, con un pan duro y negro, hecho con el trigo especial, cuyo cultivo, aclimataron aquellos hombres, en el mediodía de Francia: trigo sarraceno. «Toma y come», le dijo algo rudamente. «Si tengo hambre—respondió Mayolo—, el Señor me alimentará. Él te premie la buena voluntad, con que me ofreces tu ración; pero yo no tengo costumbre de comer eso».

Otro camarada, creyendo que rehusaba el pan, por estar demasiado duro, se arremangó los brazos, se lavó las manos, amasó rápidamente sobre su escudo, dos puñados de harina, puso el pan a la lumbre, y se lo ofreció con todo respeto. Aquellos salteadores de caminos, se habían convertido casi, en personas decentes. Ponían toda su buena voluntad, por complacer a su prisionero, y hacerle tolerable la reclusión.

Uno de ellos pisó un día, por un descuido, la Biblia del abad. Mayolo no pudo menos de exhalar un suspiro, al ver aquella profanación, sin darse cuenta de la importancia, que podía tener cualquier gesto suyo. El culpable fue ásperamente reprendido por sus compañeros. «Es preciso—repetían—tener más respeto por las palabras de los profetas.» Él se irritó al oír semejantes reprensiones; pero aquellos hombres supersticiosos, temiendo que el crimen, descargase la ira del Cielo sobre la compañía, acabaron por cortar el pie, al involuntario profanador de la Biblia.

Entre tanto, seguían las negociaciones del rescate. Mayolo había enviado a Cluny, esta carta: «A los señores y hermanos de Cluny, Mayolo miserable y cautivo: Los dolores de la muerte me han cercado, y los torrentes de la iniquidad, me llenan de espanto. Enviad, si os place, el precio de mi libertad, y de la de mis compañeros».

Los musulmanes, habían señalado la suma de mil libras de plata. Era una cantidad exorbitante, pero los monjes de Cluny, y los amigos de Mayolo, entre los cuales había muchos príncipes; la reunieron rápidamente, y al poco tiempo estaba el abad de nuevo entre sus monjes, cantaba en el coro, y proseguía su obra de restauración cristiana.

Bien se podía dar mil libras, por la libertad de aquel hombre extraordinario. Hijo de un señor de Provenza, Mayolo tenía en la palabra, y en el espíritu, la agilidad del meridional. En su alma, ardía un fuego, que apenas era posible reprimir; pero había aprendido el arte de tenerla siempre serena, como un lago.

Refiriéndose a sus días de estudiante, podía decir un panegirista suyo: «Era más blanco que la flor del lirio, era más puro que la nieve; sabía agradar a Cristo, y descollaba sobre sus maestros, por la dignidad de su vida». Sus contemporáneos, admiraban en él una suprema elegancia, un gesto exquisito, una suave gravedad. Si algo era capaz de romper el equilibrio de su alma, era su pasión por la lectura. Leía siempre, en el monasterio y de viaje.

Su sucesor, San Odilón, nos lo pinta inclinado durante las vigilias, sobre los libros del Areopagita, que eran su carta de mareas, por el piélago de la vida interior. Si Odón; el primero de los grandes abades cluniacenses, había sido un asceta, Mayolo realizaba el tipo del místico.

Lo mismo que los Padres, estudiaba a los filósofos. En cuanto a los poetas paganos, los miraba con poca simpatía. A Virgilio, cuyos poemas le habían encantado, cuando estudiaba en Lyón; pero luego, siendo canónigo de Macón, le llamaba ahora seductor peligroso de las imaginaciones. «Los poetas divinos os bastan — decía a sus religiosos—; Isaías y David, Sedulio y Prudencio. No manchéis vuestro espíritu, con el muelle de la elegancia virgiliana.»

Tenía especial placer, en las discusiones religiosas, y ya le hemos visto preocupado sólo de la verdad, en el momento de caer en las manos de los sarracenos. Era un orador elocuente, pero su fecunda elegancia, no se avenía con el tecnicismo de la escuela.

Miraba como su autor favorito, a San Gregorio Magno, pero no el de las Homilías sobre Job o Ezequiel, que eran las preferidas del austero Odón, sino el de los Comentarios evangélicos, más suaves, más serenos, menos severos que aquéllas; diferencia de gustos, que revela la diferencia de caracteres. Exteriormente ostentaba una figura majestuosa.

Este hombre, a quien nunca podremos alabar lo suficiente—dice un contemporáneo—, era de una belleza angélica, de una fisonomía noble, de un mirar lleno de dulzura. Su paso grave; su palabra elocuente, y en su voz, un acento sublime. Sus gestos, sus movimientos, sus actitudes, revelaban al hombre perfecto, y la elegancia de sus perfecciones, lo hacía aparecer a los ojos, como el más bello de los mortales.»

Tal era este hombre, uno de los más eminentes de la cristiandad en el siglo X, un gran restaurador, un organizador insigne, uno de los que prepararon, aquel estallido de vitalidad, que se observa desde los primeros años del siglo XI. Su figura se nos presenta magnífica, en la escena revuelta, de aquel mundo en construcción.

No se contenta con ampliar la Orden de Cluny, promover su prestigio, y dirigir sus cohortes monásticas, hacia la reforma del mundo cristiano; su acción se extiende a todos los órdenes de la vida social: construye, restaura, favorece las letras, recorre la cristiandad, sembrando bendiciones y optimismos, e introduce la influencia de las ideas cristianas, en los gobiernos de Francia, de Italia y de Alemania.

Es amigo de Hugo Capoto, consejero de Otón el Grande, director de la emperatriz Santa Adelaida, y al mismo tiempo, tan condescendiente con los humildes, tan compasivo, tan misericordioso, que no puede ver a un necesitado, sin derramar lágrimas. Sólo la injusticia, era capaz de turbar la serenidad de su alma.

Cuando Adelaida deja el palacio imperial, rechazada por un hijo desagradecido, la figura alta y noble de Mayolo, aparece ante el emperador, pronunciando este reproche: «Señor de una dignidad efímera, ¿cómo te atreves a pisotear los preceptos de la verdad, y las leyes de la Humanidad?» Otón II, para probar que no le guardaba resentimiento, le ofreció el solio pontificio.

Mayolo pidió algún tiempo para reflexionar, y al día siguiente, habiendo leído aquellas palabras de San Pablo: «Tened cuidado de no dejaros inducir por palabras engañosas», corrió en busca del emperador, y delante de los obispos y margraves, le dio esta bella respuesta: «Yo sé que no poseo las cualidades de un hombre apostólico. No soy bastante fuerte, para llevar un peso semejante. Los romanos y yo, somos de costumbres y países diferentes. Si me dejase llevar de la condescendencia, perdería el carácter de monje; y así, no quiero aceptar una dignidad, que me haría sucumbir con su peso».

Toda la cristiandad contemplaba con asombro al abad de Cluny, y acataba sus palabras, como oráculos del Cielo. Un obispo, hacía de él este elogio: «Cada día, somos testigos por nuestros oídos y nuestros ojos, de que la gloria de este hombre, viene sólo de Dios. Es verdaderamente un astro, colgado sobre nuestro suelo. Todos los siglos celebrarán su memoria». Mayolo prolongaba sus días sin mancha, pasando de la meditación a la lectura, y de la lectura, a los quehaceres del monasterio.

Ya nonagenario, recordaba los días de su juventud, describía sus trabajos con palabras pintorescas, y recordaba, con los ojos arrasados de lágrimas, a los hombres santos, que él había visto caer en defensa de la Iglesia. Le dolía el haberles sobrevivido; se sentía aislado, y su único consuelo, era conversar con Dios.

Un discípulo suyo, nos descorre un poco el velo, de aquella vida interior, con estas reveladoras palabras: «¡Qué profundos gemidos, qué dulces lágrimas, derramaba este hombre de Dios, en el fervor de la contemplación!».

Se le vió con frecuencia, cuando estaba en medio de los hermanos, levantado lejos de toda conversación común, y como lanzado fuera de sí mismo. Otras veces, aunque estuviese solo, le hubierais creído en medio de la multitud, a causa de los sollozos y lamentos, que profería en su trato con la Divinidad.

Sobre su cabeza, blanca como la de cisne, el invierno de la vida, había hecho brotar las flores de la vejez; pero ningún velo, llegó a oscurecer el brillo penetrante de sus ojos; todos sus miembros conservaban el vigor y el calor primero; había vivido en un cuerpo virgen, y hasta el último día, siguieron sus sentidos, con el sello de la virginidad intacta.

Parece como si este hombre, se hubiera visto libre de toda flaqueza humana. La venida de la muerte, no le asustó más que el asalto de los ladrones alpinos. En su última hora, cuando todos lloraban en torno a su lecho, él se esforzaba por sonreír, y decía: «Valor, amigos; demos gracias al Señor, que esta muerte inevitable, sea para todos un motivo de alegría».

Nota: La Abadía de Cluny se encuentra en el centro de Francia. Fundada al comienzo del siglo X, estaba libre de las influencias de los señores feudales. Sus abades, se esforzaron por renovar la vida de la Iglesia, y liberarla de las influencias del mundo.

En su apogeo, extendió su influencia por toda Europa. Su comunidad era la mas grande del mundo. De aquí, surgieron muchas reformas litúrgicas, por ejemplo la conmemoración de los difuntos.

Entre sus santos estaban el Abad San Mayolo, Abad San Odilón, Abad San Odón, Abad San Hugo, y San Pedro Venerable. Esta Orden, fue brutalmente destruida por la Revolución Francesa.

Paray Le Monial, es uno de los muchos monasterios, bajo la orden del Cluny.

Paray-le-Monial, encantador pueblecito (10,000 habitantes) de la Borgoña, Francia.
Es símbolo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, por las apariciones de Jesús, a la religiosa Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), en el convento de la Visitación. Allí Jesús reveló, el infinito amor de su Corazón.

En la iglesia de San Claudio de la Colombiere, que contiene los restos mortales de este santo, y que fue el primero, en darse cuenta de la inmensa trascendencia, de las revelaciones del Corazón de Jesús, a Santa Margarita María Alacoque.

Cristo le dijo a Santa Margarita: «Mi Corazón divino, está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que al no poder contener en sí las llamas de mi ardiente caridad, desea transmitirlas con todos los medios» - tal dice la aparición del 27 de diciembre de 1673.
CONVENTO DE LA VISITACION
Dentro de esta capilla del convento de la Visitación, Jesús se apareció a Santa Margarita, y le reveló su corazón, entre los años 1673 y 1675.

Los frescos (1966-1973), representan la doceava aparición, en la que Cristo se presenta en su pasión, brillante como cinco soles. Junto a Jesús, estaban los santos, testigos de su amor misericordioso. A la derecha de la nave, una pequeña capilla contiene los restos de Santa Margarita.



La Comunidad Emmanuel
Desde hace algunos años, el santuario de Paray le Monial, ha sido confiado a los sacerdotes de la Comunidad del Emmanuel, la cual ofrece retiros, formación y sesiones de verano, en Paray le Monial.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de San Mayolo Abad, se preserve y acreciente en los monasterios, y la comunidad católica en el mundo, la devoción a tu Sagrado Corazón. A Tí Señor, que nos enseñaste, que sólo permaneciendo como niños, podremos ingresar al Reino de los Cielos, y que los puros de corazón verán el rostro de Dios. Amén.

sábado, 11 de mayo de 2019


Sexta Feria, 10 de mayo

SAN JUAN DE ÁVILA
(1499-1569)


Presbítero y doctor de la Iglesia

Patrono del Clero Secular de España

Director espiritual de San Juan de Dios
6 de enero 1499- +10 de mayo de 1569

Breve
San Juan de Ávila, fué un sacerdote, místico y eximio predicador. Por la calidad de sus enseñanzas, y la manera original con que lo hacía, fué acusado ante la Inquisición, y arrestado por tres años, aunque luego fué absuelto.

Vivió en los años terribles, del surgimiento del protestantismo de Lutero y Calvino. Fué guía espiritual de San Juan de Dios, y Santa Teresa de Ávila.

San Juan de Ávila, tuvo en claro, que la verdadera reforma de la Iglesia, pasaba por la pureza de vida, cuidando de manera especial, el trato que le damos a nuestros semejantes, y sabiendo eludir el engañoso y seductor discurso del demonio.

En ese contexto de reflexión, que Dios le brindó estando encarcelado, escribió su libro espiritual Audi Filia, de completa y profunda actualidad, en la que estamos rodeados, de tanto lenguaje seductor y engañoso, por todas partes.
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SAN JUAN DE ÁVILA nació el día de la Epifanía, 6 de enero, en Almódovar del Campo, (Ciudad Real, entonces diócesis de Toledo), hijo único de unos padres muy cristianos, y en muy buena posición económica y social. A los 14 años, lo llevaron a estudiar Leyes, a la Universidad de Salamanca, pero abandonó estos estudios, al concluir el cuarto curso, y decidió regresar al domicilio familiar, para dedicarse a reflexionar y orar.

Con el propósito de hacerse sacerdote, y marchar después, como misionero a las Indias, en 1520 realizó estudios de Artes y Teología, en la prestigiosa Universidad de Alcalá.

Recibida la ordenación de presbítero, en 1529, celebró la primera Misa solemne, en la parroquia de su pueblo. Como ya habían muerto sus padres, para festejar el acontecimiento, invitó a su mesa a doce pobres, y decidió vender su cuantiosa fortuna, procedente de las minas de plata, que poseía la familia, y darlo todo a los más necesitados. A continuación marchó a Sevilla, para esperar el momento de embarcar hacia Nueva España (México).

Mientras tanto, se dedicó a la predicación en la ciudad, y en las localidades cercanas. Allí se encontró con un sacerdote, un antiguo amigo, llamado Fernando de Contreras, de mayor edad que él, y que era un prestigioso catequista, a quien había conocido, cuando San Juan de Ávila, estudiaba para el doctorado en Alcalá.

Muy entusiasmado, por el modo de predicar del joven sacerdote Ávila, consiguió que el Arzobispo hispalense, le hiciera desistir de su idea de ir a América, para quedarse en Andalucía, donde urgía consolidar la fe de los creyentes, después de siglos de dominación musulmana.

San Juan de Ávila, permaneció en Sevilla, compartiendo casa, pobreza y vida de oración con Fernando de Contreras, y a la vez que se dedicaba asiduamente a la predicación, y a la dirección espiritual de personas, y continuó estudios de Teología, en el Colegio Santo Tomás de Sevilla.

Pero sus éxitos apostólicos, se vieron pronto nublados, por una denuncia a la Inquisición, acusado de haber sostenido algunas doctrinas “sospechosas”.

Mientras tuvo lugar el proceso, entre los años 1531 y 1533, quedó recluido en la cárcel. Allí se dedicó asiduamente a la oración, y durante esta dura situación, recibió la gracia, de penetrar con singular profundidad, en el misterio del amor de Dios, y el gran beneficio hecho a la humanidad, por Jesucristo, nuestro Redentor.

En adelante, éste será el eje de su vida espiritual, y uno de los temas centrales, de su actividad evangelizadora. En la cárcel, escribió la primera versión, de su obra más conocida, el tratado de vida espiritual, Audi Filia, dedicado a doña Sancha Carrillo, una distinguida joven, a quien seguía orientando espiritualmente, después de su clamorosa conversión.

Emitida la sentencia absolutoria, en 1533, continuó predicando con notable éxito, ante el pueblo y las autoridades, pero prefirió trasladarse a Córdoba, diócesis en la que quedó incardinado, y donde conoció a su discípulo, amigo y primer biógrafo, el dominico Fray Luis de Granada. Poco después, en 1536, fijó su residencia en Granada, donde también continuó sus estudios, y comienza a figurar con el título de Maestro.

Viviendo muy pobremente, y dedicándose a la oración y a la predicación, fue centrando su interés, en mejorar la formación, de quienes se preparaban para el sacerdocio, para lo que fundó Colegios mayores y menores, que después del Concilio de Trento, habrían de convertirse en seminarios conciliares.

Para el Maestro de Ávila, la verdadera reforma de la Iglesia, que cada vez la consideraba más necesaria, pasaba por la mayor santidad de clérigos, religiosos y fieles.

Sonadas conversiones, como las del Marqués de Llombat, que llegó a ser San Francisco de Borja, o la de Juan Cidad -San Juan de Dios- y sobre todo, su dedicación a la gente sencilla, junto con la formación de los niños y jóvenes, jalonan la vida del Maestro de Ávila. Fundó incluso una Universidad, la de Baeza (Jaén), que durante siglos, fue un destacado referente, para la calificada formación de los sacerdotes.

Después de recorrer Andalucía, y parte de Extremadura, orando y predicando, ya enfermo, en 1554, se retiró definitivamente a Montilla (Córdoba), donde ejerció su apostolado, a través de abundante correspondencia, y perfiló algunas de sus obras. Además de un catecismo, o Doctrina cristiana en verso, para que lo cantaran los niños, y evangelizaran así a los mayores, el Maestro de Ávila es autor, del conocido Tratado del Amor de Dios, del Tratado sobre el sacerdocio, y de otros escritos menores.

Aquejado de fortísimos dolores, con un Crucifijo entre las manos, y acompañado de sus discípulos y amigos, el Maestro de Ávila, entregó su alma al Señor, en su humilde casa de Montilla, en la mañana del 10 de mayo de 1569. Santa Teresa de Jesús, al enterarse de la noticia, no dudó en exclamar: “lloro, porque pierde la Iglesia de Dios, una gran columna”.

En 1623, se instruyó en la archidiócesis de Toledo, su causa de canonización. El papa Benedicto XIV aprobó, y elogió su doctrina y escritos, en 1742. El 4 de abril de 1894, León XIII lo beatificó. En 1946, fue nombrado patrono del clero secular de España, por Pío XII, y Pablo VI lo canonizó el 31 de mayo de 1970. Fue proclamado Doctor de la Iglesia, el 7 de octubre de 2012, junto a Santa Hildegarda de Binden, por el papa Benedicto XVI.

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Se puede consultar su tratado sobre la vida espiritual: Audi Filia , que trata de los malos lenguajes del mundo, de la carne y el demonio, y de los remedios contra ellos; de la fe y del propio conocimiento; de la penitencia, de la oración, meditación, y pasión de nuestro Señor. Jesucristo, y del amor al prójimo. Compuesto por el Reverendo Padre Maestro, San Juan de Ávila, predicador en el Andalucía.

Se le atribuye también el famoso soneto “Al Cristo Crucificado”.

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Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que suscitaste a San Juan de Ávila, como sacerdote y místico, haz que por sus méritos e intercesión, podamos cuidarnos muy bien de decir cualquier palabra vana u ofensiva, y así mantener la pureza de nuestro corazón, y glorificar al Verbo que ya existía, desde antes de la creación del mundo. A Tí Señor, que nos advertiste que toda palabra o discurso vano, será castigado en el Último Día. Amén.

viernes, 10 de mayo de 2019


Quinta Feria, 9 de Mayo

SAN PACOMIO
Abad


Sneh (Egipto), 292/294
Tebaida, 9-mayo-346

Breve
San Pacomio, y San Antonio Abad (17 de enero), fueron dos hombres que iniciaron, y pusieron los cimientos de la vida consagrada en la Iglesia con sus reglas, sus vidas y la influencia que ejercieron, tanto en sus contemporáneos como en las sucesivas generaciones.
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Pacomio nació al Sur de Tebas (Egipto), en la ciudad de Sneh (en griego, Latópolis) entre el 292 y 294, en el seno de una familia campesina pagana. A los 19 años, fue reclutado a la fuerza para el ejército del emperador Maximiliano.

San Pacomio es contemporáneo de Constantino III el Grande, y coincide por tanto con la época en que el cristianismo, se convierte en la religión oficial del imperio Romano. Pacomio era precisamente uno de los soldados que luchó en el bando de Majencio. Posteriormente lo destinaron a Tebas, donde fue encarcelado.

Allí fue donde tuvo el primer contacto con los cristianos, que le marcó para toda la vida. Durante la noche, cuando estaba en la cárcel, los cristianos de la ciudad, llevaron a los reclusos víveres, y les invitaron a comer, pues les veían muy apenados.

Al ver aquel gesto, Pacomio preguntó a sus compañeros de prisión, que por qué les trataban tan humanitariamente y le respondieron: «Son cristianos, y nos tratan así a causa del Dios del cielo«. Este hecho es clave en la vida de San Pacomio, y constituye una referencia esencial, para la interpretación de su vida cristiana y monástica.

El gesto fraterno de los cristianos, le hará entender que ser cristiano es amar a Dios, para ponerse al servicio de los hombres.

BAUTISMO Y VOCACIÓN MONÁSTICA
Tras ser puesto en libertad, se encaminó hacia el Sur de Egipto, y se detuvo en la comunidad cristiana de Seneset (Khenoboskion, para los griegos), hoy Kars-es-Sayad, alojándose en un pequeño templo abandonado, dedicado a Serapis.

Quizá se inspiró en los monjes egipcios de Serapis, o quizá quiso ofrecer una fórmula alternativa a la vida solitaria, el caso es que creó un nuevo concepto de vida religiosa en comunidad, basada en el trabajo. Los monasterios que creó eran auténticos centros fabriles, un anticipo de la Regla de San Benito, varios siglos después en Occidente. Ponían en común todos los bienes.

Después de un breve catecumenado, se bautizó, probablemente en la vigilia pascual del 313. Desde ese momento, comenzó a ponerse al servicio de los demás, e inició un descubrimiento gradual, del modo de servir a los hombres.

Para empezar, se quedó en Seneset durante tres años, sirviendo a los apestados y atendiendo a la gente, que cada vez en más número, acudía a él.

Pero pronto, pensó en abrazar la vida anacorética, por lo que se presentó al obispo Alejandro de Alejandría, quien le sugirió que se pusiera bajo la dirección de Palamón, santo anacoreta que vivía cerca de la aldea, y con quien vivió siete años, siendo iniciado en la vida ascética y monástica: ayuno y trabajo manual, oración continua y lectura, y meditación de la Escritura, apertura del corazón y obediencia al anciano.

FUNDACIÓN DE MONASTERIOS Y DE LA REGLA MONASTICA
Transcurridos los siete años, Pacomio se fue camino del desierto, pero una voz interior, le invitó a detenerse en una aldea abandonada, junto a la ribera derecha del Nilo, llamada Tabennesi, y a erigir allí un monasterio.

El joven Pacomio, lo consultó con su maestro Palamón, quien le confirmó ser ésa la voluntad de Dios, y comenzó la construcción de un monasterio (hacia 320).

Tuvo una gran aceptación la propuesta monástica de san Pacomio, porque era mucho más flexible que la vida eremítica, en cuanto a austeridad y mortificación. Existían unos mínimos postulados para todos los monjes, a partir de los cuales, cada uno podía añadir lo que quisiera.

Más tarde fundó otros monasterios, tanto para hombres como para mujeres, habiendo fundado hasta su partida a los cielos, nueve monasterios de hombres y dos de mujeres, con más de cien monjes y monjas cada uno de ellos.

En el primer monasterio de mujeres, puso de superiora a su hermana María. A todos les dio una regla, basada en el ideal de la comunidad cristiana de Jerusalén (Hch 2, 33 y 4, 32), que determina con precisión en 193 puntos, el ritmo de la vida cotidiana del monje, y en uno de ellos propone que con el fruto del trabajo de cada monje, se forme una bolsa común.

También determina la organización del monasterio, con su hospedería, enfermería, talleres, refectorio y oratorio, todo bajo la autoridad de un abad, a quien se debe obediencia.

Desde el principio, Pacomio quiso que sus monasterios fueran una koinonía, es decir, verdaderas comunidades cristianas, a semejanza de la de los primeros cristianos de Jerusalén, como la reflejan los Hechos de los Apóstoles, insistiendo en la comunión en la oración, en el trabajo y en las comidas.

El monasterio producía libros, calzado, muebles, tejidos, productos agrícolas, etc.

Una institución que se hizo célebre, y que mantuvo su nombre en la Edad Media, fueron la "pacomias", que así se llamaron durante siglos, las reuniones de los frailes, para tratar temas religiosos, filosóficos, ascéticos, morales, etc.

Esta práctica fue imitada por muchas otras órdenes religiosas, que así han venido denominándolas, en honor de su fundador. La aportación de San Pacomio, a la evolución integral de la sociedad cristiana salida ya de las catacumbas, fue muy importante.

Además Pacomio y sus monjes, tenían un gran respeto por los obispos, especialmente por San Atanasio (-2 de mayo), patriarca de Alejandría, quien iba con frecuencia a visitarles, a sus monasterios de la Tebaida.

El monasterio era un conjunto de construcciones rodeado por un muro. En un monasterio de estas características, podían vivir más de mil monjes. En cada edificio vivían, trabajaban y hacían la oración de cada día, 40 monjes. Los monjes de cada cuatro edificios, formaban una tribu (160 monjes).

Y en un monasterio podía llegar a haber hasta 10 tribus. En cada casa, había un prior (un monje que estaba al frente de todos), y el conjunto del monasterio era gobernado por un abad. Los sábados y los domingos, los oficios divinos revestían especial solemnidad, y se celebraban en la iglesia del monasterio.

En resumen, un monasterio pacomiano era una pequeña ciudad, que contaba incluso con naves en el Nilo para acarrear la materia prima y llevar a los mercados los productos manufacturados por los monjes y monjas.

Se concibió a la comunidad como camino de encuentro con Dios: El anacoretismo había alejado el servicio Divino de los hombres. Pacomio lo une en la vida comunitaria. Quiso una koinonía, al estilo de vida de la primera comunidad de Jerusalén.

Solo había una puerta, que era vigilada por el portero designado por el superior. Celebraban la eucaristía con los laicos. La obediencia es el principio fundamental de la orden. El trabajo era fundamental así como la oración. Todo lo que debía hacer el monje estaba escrito en la regla.

La vida comunitaria tenía tres pilares:

GRANDEZA DE UN HOMBRE DE DIOS
En el año 346 se declaró una gran peste en la Tebaida, región donde estaban los monasterios, y diezmó a los monjes pacomianos. También Pacomio enfermó, y murió el 9 de mayo de 346.

Aunque no se sabe dónde le sepultaron, pues ése fue su deseo, manifestado a su discípulo predilecto, Teodoreto, los coptos, los etíopes y los latinos, celebran su culto el 9 de mayo, mientras que los bizantinos, celebran su fiesta el 7 de mayo. Después de su muerte, el cenobitismo pacomiano, se extendió fuera de Egipto, sobre todo, por Oriente, y su regla ha servido de base, para muchas otras posteriores.

Los estudiosos, han admitido la grandeza excepcional de este hombre de Dios, en la vida y espiritualidad monásticas, siendo reconocido por todos, que San Pacomio es el padre del cenobitismo.

Efectivamente, cuando Pacomio se hizo monje, existían en el Alto Egipto, numerosas y florecientes comunidades anacoréticas, es decir, grupos de monjes ascetas, que se reunían en torno a un monje carismático, pero cada uno hacía vida completamente independiente. Sólo los sábados y los domingos, se reunían para celebrar la Eucaristía.

En este ambiente, San Pacomio es el primero que funda la vida cenobítica, al reunir a los monjes en un monasterio, donde llevan vida en común, celebrando juntos la Eucaristía, y otros actos de la vida cotidiana como la oración, el oficio divino, la lectura bíblica, la catequesis -cinco días a la semana-, el trabajo, las comidas, y el descanso.

La vida cenobítica de Pacomio, tenía tres características: era una vida en común, bajo la misma regla y el mismo abad, pues para San Pacomio el modo de ser monje, es vivir la comunión con Dios y con los hermanos, que es una manera de vivir la vida cristiana.

La caridad, para este santo cenobita, es el amor que se pone al servicio del otro y la vida monástica, no está orientada sólo a los propios hermanos, sino a todo el género humano.

Por eso, para San Pacomio, el estado monástico representaba la condición más favorable, para vivir la radicalidad de la vida cristiana, y la espiritualidad bautismal, ocupa el centro de la vida monástica pacomiana, de tal forma que cuando habla en las catequesis, de «las promesas hechas por Dios, no se refiere a los votos, que entonces no existían, sino a las promesas hechas por el cristiano, en el momento del bautismo.

De hecho, muchos de los monjes, venían directamente del paganismo, y después de un año de catecumenado, recibían el bautismo, en la noche de Pascua y a la vez el hábito monástico, en presencia de todos los hermanos, de los nueve monasterios. Así la vida monástica se convierte, en un modo radical de vivir las promesas bautismales.

En la historia del monacato, Pacomio representa una eminente figura como monje perfecto, abad ideal, pastor de las almas, organizador ingenioso, que imprimirá al monacato una huella profunda que durará muchos siglos. Los coptos en dos himnos, le alaban llamándole águila grande».

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, haz que el espíritu de San Pacomio descienda sobre nuestros hogares, para que alberguen el espíritu de Paz y Misericordia, y se conviertan así en un pequeño monasterio, en donde tu Espíritu pueda aletear de gozo dentro de él. A Tí Señor, que nos fuiste a preparar las moradas eternas luego de tu Resurrección y Ascensión al Cielo. Amén.


jueves, 9 de mayo de 2019


Quinta Feria, 9 de Mayo

SANTA CATALINA DE BOLONIA


Virgen clarisa. Cuerpo Incorrupto

Bolonia (Italia), 8-septiembre-1413 / + Bolonia, 9-mayo-1463
                    1. 22-mayo-1712
“Cuando salí del siglo, mi único objetivo fue hacer la voluntad de Dios, y para quererlo amar con amor perfectísimo, día y noche no pensaba, ni pedía otra cosa, sino que pudiera, supiera y tratara de amar y conocer a Dios”

Breve
Virgen y Mística.

Publicó dos tratados de espiritualidad, muy profundos denominados “Las Siete Armas Espirituales” - 1ª) diligencia; 2ª) desconfianza en las propias fuerzas; la 3ª) confianza plena en los designios divinos; 4ª) la meditación de la Vida y Pasión del Salvador; 5ª) el recordatorio de nuestra propia finitud, de que vivimos un tiempo temporal; 6ª) recordar que Dios nos tiene preparada una morada divina; y la séptima 7ª) la importancia central que debemos dar a las Sagradas Escrituras, leyéndolas, y meditándolas, todas las veces que podamos hacerlo.

En los “Doce Jardines”, declara que la verdadera libertad, sólo puede alcanzarse subiendo la escalera de la perfección hacia Dios, ungidos por las siete armas espirituales. Cada escalera es un estadio espiritual ascensional, un jardín que tiene una flor especial, lleno de poesía y simbolismo.

Su contenido puede resumirse de la siguiente manera: la ardua tarea que siente el alma (o la esposa), por «saciar el apetito de afecto amoroso», hace preciso un proceso de purificación. Éste comienza con el hisopo de la humildad (primer jardín), vaso vacío, como cimiento del edificio espiritual que se proyecta, y necesita súplicas y penitencia (segundo jardín: rosas de compunción), hasta que comiencen a florecer las flores marinas de la purgación (tercer jardín) y los lirios de la renovación (cuarto jardín).

Más abajo está expuesta su enseñanza.

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Luis PÉREZ SIMÓN, O.F.M.
Catalina Vigri, excepcional maestra y mística franciscana, «de muy fino ingenio, y totalmente ordenada», nació en Bolonia, el 8 de septiembre de 1413.

Durante 5 años, recibió una esmerada educación humanística, en la corte de Ferrara, aprendiendo retórica, letras, poesía, canto, pintura y miniatura, de modo que leía y escribía con elegancia, en latín.

Fueron años determinantes. Ferrara era por entonces, un centro importante de creación en las artes, las letras, la filosofía y la espiritualidad. Era apreciada en los ambientes de la aristocracia ferrarense, hasta el punto de que muchas señoras, deseaban retenerla en sus casas, aun a costa de sacarla del monasterio.

A pesar de ello, dejó el lujoso ambiente cortesano, no por desprecio o desilusión, sino porque no podía satisfacer en él, sus inmensas exigencias de amor y de gloria, atraída por una realidad más consistente y preciosa, que las perspectivas que le ofrecía la señorial ciudad, y guiada por el instinto del cielo, lo mismo que les sucedió a San Francisco, y a Santa Clara de Asís.

Así, después de clarificar ciertas cuestiones, sobre qué espiritualidad seguir, y qué forma de vida quería elegir, tomó la firme decisión de dedicarse a Dios, en el monasterio de Ferrara, muy unido a San Bernardino, y a los franciscanos de la Observancia.

Suele establecerse un paralelismo, entre Santa Catalina de Bolonia y San Bernardino de Siena, almas gemelas y complementarias en su misión, y en la vivencia del carisma, semejante al que se dio entre San Francisco y Santa Clara.

Ante Bernardino, profesó Catalina, la regla de Santa Clara de Asís, en el año 1432, distinguiéndose pronto, por la humildad y la delicadeza para con las hermanas enfermas, a la vez que estrechaba su unión con Cristo.

Lo dice ella así: “Cuando salí del siglo, mi único objetivo fue hacer la voluntad de Dios, y para quererlo amar con amor perfectísimo, y día y noche no pensaba ni pedía otra cosa, sino que pudiera, supiera, y tratara de amar y conocer a Dios”.

En el convento del «Corpus Domini», de Ferrara, ejerció de hornera, portera, maestra de novicias, hermana pobre con todas, consolando llena de piedad a las atribuladas, con toda reverencia.

Aquí comenzó su nueva experiencia íntima, el descubrimiento de la presencia del Amado, en la interioridad, sentida como encuentro de la criatura con su Dios, y la necesidad de conservar el secreto, ante la dificultad de expresarlo con palabras.

Aquí tuvo que vencer dificultades, pues Dios, no siempre reserva dulzura y suavidad de espíritu, y paz mental a sus siervos fieles, y tuvo la terrible experiencia, de tener que luchar con el demonio durante cinco años, sufriendo diversas tentaciones, bajo la forma de apariciones diabólicas, que la pusieron al borde de la desesperación, si no fuera porque sabía, que el pecado más grande es el de la desesperación.

Superadas las pruebas, con la ayuda de la gracia, y con la práctica de la ascesis, y del discernimiento racional, le produjeron un gozo profundo en su espíritu, convirtiéndola en alma eminentemente contemplativa, hasta disfrutar de éxtasis, visiones, y predicciones del futuro. Hasta esto, llega la capacidad y la dignidad de la persona humana, como brilla de forma particular en los santos.

Salió de Ferrara, junto con otras 14 hermanas, y con su madre, el 22 de julio de 1456, destinada al monasterio del «Corpus Domini», de Bolonia, construido ese año. Fueron recibidas con gran alborozo del pueblo, y de las máximas autoridades, y con su vida, lograron pronto la simpatía de todos.

Dios le reveló, que era su voluntad que aceptara el oficio de abadesa. Tenía entonces 43 años, y no muy buena salud. Ejerció el cargo santamente hasta su muerte, ayudándose del consejo de las hermanas, en la solución de los problemas, dando un significativo desarrollo al monasterio, durante su mandato, y dejando un ejemplo de magisterio para sus sucesoras.

Vivió el último año de su vida, más como ciudadana del cielo que de la tierra, y purificada por los dolores y la enfermedad, y murió el 9 de mayo de 1463, a los 50 años de edad, diciendo a sus hermanas: “Mi fin ha llegado, y me marcho alegremente; siempre me ha sido grato padecer por Cristo. Yo os dejo la paz de Cristo; os doy mi paz; amaos mutuamente, y así conseguiréis, que yo sea siempre, vuestra abogada ante Dios”.

Cerrando los ojos, se durmió susurrando tres veces: ¡Jesús, Jesús, Jesús!. Su rostro se volvió luminoso y hermosísimo; su cuerpo incorrupto, es objeto de gran veneración. Se la representa sentada en una cátedra, con el libro, y el crucifijo en las manos.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que inspiraste a Santa Catalina de Bolonia como Virgen y Mística, te pedimos que por su intercesión y sus méritos, podamos resguardarnos en las poderosas armas espirituales, que nos aconsejó guardar en nuestro corazón, y que nuestra vida, sea siempre un perfume espiritual, para todos los que nos rodean. A Tí Señor, que te fue perfumada tu Cabeza y tus Pies, por una pecadora, antes de tu Pasión y Muerte. Amén.

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SANTA CATALINA, MÍSTICA FRANCISCANA
Las Siete Armas Espirituales, y los Doce Jardines

Santa Catalina de Bolonia, nos ha dejado por escrito su doctrina, y su experiencia espiritual. En sus escritos, se percibe el genio creador humanístico en el campo espiritual, que libra al espíritu de las servidumbres conceptuales puramente exteriores; sus escritos nos adentran en el corazón de esta mujer, en su amor vivo y palpitante, expresado en ese salir de sí, ante la bondad de Dios, ante el misterio de la Encarnación: el misterio del Dios hecho hombre.

Esa condición de hombre, es el lugar donde Catalina lo puede hallar, amar, abrazar, y unirse a Él con todo su corazón. Le importa también, la salvación del mundo y del hombre. Considera el nacimiento de Jesús, su pasión y su amor humano por la Humanidad, por lo que queda conquistada y deseosa de unirse a Él, con amor personal y esponsal.

Este amor personal, se hace voluntad apasionada, para con todas las criaturas, y principalmente para con sus hermanas; la propia clausura, no será fuga del mundo, sino celosa atención por el propio mundo interior, medio para estar vacías de sí, y recogidas en Cristo Jesús, para vivir la propia elección de amor. La generosidad y la bondad de Dios, que quiere hacer al hombre partícipe de su divinidad, y la consiguiente grandeza y dignidad del hombre, son los ejes sobre los que gira su enseñanza.

El ambiente humanista en que fue educada, la llevó a centrar su pensamiento, y su corazón, sobre el hombre, sobre su dignidad y sobre su cuidado, como buena conocedora, y seguidora del pensamiento de San Francisco, que dijo: «Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó, a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza según el espíritu» (Adm V,1).

Así pues, su concepción del hombre y de su experiencia, es netamente franciscana. En el hombre, varón y mujer, cuerpo y alma, habita la divinidad; y si el cuerpo se rebela contra el espíritu, sin embargo «nos ha sido dado para servir al espíritu, siguiendo la jerarquía de la creación, tan querida por San Buenaventura: que el espíritu se someta a Dios, la carne al alma, la sensualidad a la razón, la lengua a la conciencia, para que el alma, elevada sobre sí misma, acoja las iluminaciones divinas. Obrando en consecuencia con su dignidad, podrá el hombre ofrecer su propio cuerpo, como sacrificio vivo.«

El seguimiento de Jesús, le enseña a comprender la pobreza y la obediencia, como la renuncia a la posesión de cualquier cosa, de modo que no pueda disponer, ni de las cosas ni de sí misma, más allá de la voluntad de la superiora.

De esta forma, redimen el varón y la mujer, la codicia y el aprovechamiento, raíces de todo mal. Por su amor encendido a Jesús, descubre que en la cumbre del amor, están presentes también el dolor y el sufrimiento, como carga inherente a la condición del hombre sobre esta vida, que es exilio y no patria, y consecuencia también, del deseo que sentimos de felicidad y del gozo eterno, que seguirá al llanto temporal.

Fruto de su formación humanista, son sus obras, en las que nos dejó sus pensamientos, directamente escritos por su mano, sin intermediarios, de los que se conservan algunos autógrafos originales, además de otras obras pictóricas. Tengamos presente que van dirigidas a sus novicias y hermanas.

Veamos un resumen de su doctrina, en las obras conocidas, bajo el título de Las Siete Armas Espirituales, y Los Doce Jardines.

En la primera, que es una mezcla de diario, confesión, autobiografía y tratado, de teoría y experiencia, expone para sus hermanas, el itinerario del espíritu, que no es el mismo para todas, sino que sugiere vías diversas, según su experiencia y su temperamento.

Dividida en dos partes, la primera trata de las siete armas, que ha de usar la verdadera sierva de Cristo, para poder ser transformada, en digna esposa del Amor, y subir hasta el trono del Esposo.

Las armas son las siguientes: la primera es la diligencia, o sea, la solicitud en el bien obrar, con verdadera discreción; la segunda es la desconfianza de sí (siguiendo las palabras de Jesús: Sin mí nada podéis hacer, por lo que se debe seguir el consejo de personas experimentadas); la tercera es la confianza en Dios, en su gracia y ayuda, en la lucha contra los tres enemigos; la cuarta es el recuerdo de la vida, pasión y muerte de Jesús, que es remedio para nuestras heridas, refugio en las adversidades; alimento, espejo, escudo, maná, escala, fuente, olivo; la quinta, es memoria de nuestra muerte, pues el tiempo presente es tiempo de misericordia, para que nos enmendemos, y preparemos a comparecer ante el juez divino; la sexta es la memoria de la gloria divina, o sea, de los bienes que Dios ha preparado, para los que hacen el bien, o como decía San Francisco: “Tanto es el bien que espero, que toda pena me da consuelo”; la séptima es la autoridad de la Sagrada Escritura, que debemos llevar con nosotros en la mente y el corazón, como maestra y recurso, para defendernos, diciendo con el Maestro: “Escrito está”.

Para llegar al triunfo en la lucha, hay que usar las siete armas sin descuidar ninguna; de este modo, la práctica de la disciplina ascética, bajo la guía de la obediencia, conduce a la mística. Es una parte de carácter predominantemente didáctico, no excesivamente sistemática ni lógica, cuyo centro, está en la atención que se ha de prestar a la Escritura, que es madre fidelísima, de la que se ha de tomar consejo y ejemplo para actuar, por cuanto muestra la vía de la obediencia, la vía de la cruz, y la vía de la santa religión.

La segunda parte es de carácter autobiográfico, y se refiere a la serie de visiones, o apariciones diabólicas en formas diversas, revelaciones y tentaciones, a que se vio sometida, a pesar de haber logrado un estado de perfección, y que le hicieron sufrir lo indecible, hasta la victoria final.

La segunda obra, “Los doce jardines”, es un tratado sobre el camino de perfección, en el que pone por escrito, su experiencia mística, resultando una biografía fundada en esa experiencia, siguiendo la gradualidad del ascenso espiritual.

La lectura de Las siete armas, da el complemento natural, a la de “Los doce jardines”. El título de «jardines» es una metáfora, con la cual logra integrar acción y contemplación; la acción de la criatura con la del creador, en la sinergia de un único efecto, como en el jardín, la acción de la naturaleza y del hombre que lo cultiva. El jardín es una flor; la flor una virtud; la virtud un estilo de vida.

Hay también una referencia al jardín del Edén, y de Getsemaní. Y como fondo, subyace el simbolismo usado por San Buenaventura, en sus obras Itinerarium y Lignum vitae. Mientras San Buenaventura, habla de tres misterios y doce frutos (cuatro por cada misterio), Santa Catalina habla de tres días y doce jardines, o flores (cuatro por cada día), de forma que se alcanza el número «doce», tan usado en la teología de los números, para indicar la perfección, o la sabiduría.

Siguiendo la división de la «triple vía», clásica en la teología espiritual, expone el camino de los principiantes, en los cuatro primeros jardines y el primer día; los ocho jardines restantes, el camino de los proficientes y los perfectos, en los días segundo y tercero.

Todo el camino de tres días y tres etapas, está concebido a la luz de la salida del pueblo hebreo, de la esclavitud de Egipto, según Éxodo 5, 3: Tenemos que hacer una salida de tres días por el desierto, y ofrecer sacrificios al Señor. De todas formas, la distinción de los tres días, resulta más pedagógica que sustancial.

Su contenido puede resumirse de la siguiente manera: la ardua tarea que siente el alma (o la esposa), por «saciar el apetito de afecto amoroso» hace preciso un proceso de purificación. Éste comienza con el hisopo de la humildad (primer jardín); del vaso vacío, como cimiento del edificio espiritual que se proyecta, y necesita súplicas y penitencia (segundo jardín: rosas de compunción), hasta que comiencen a florecer las flores marinas de la purgación (tercer jardín), y los lirios de la renovación (cuarto jardín).

Sigue una reflexión, acerca de la necesidad de la concordia, la armonía y la unidad que es preciso promover, incluso contando con la diversidad de costumbres y de reglas.

Comienza el segundo día del camino, que comprende los jardines quinto (violetas de ocultamiento); sexto (claveles de conocimiento de sí); séptimo (girasoles de iluminación, o flores de medio verano); y octavo (rosas rojas de inflamación).

Es el camino que lleva a la luz meridiana. Es el empeño de la esposa, en su progresiva capacidad de movimiento, y armonía interior, y de reconciliación con la realidad material y espiritual.

El tercer día de camino, que lleva al esplendor meridiano, comprende los jardines noveno (oliva de unción en misericordia), décimo (naranjas de amor unitivo), undécimo (granadas de divina ansiedad), y duodécimo (flor y fruto: la esposa; virtud, el Espíritu).

Es la parte construida, a base del magisterio de su experiencia personal: el avance experimentado por la esposa, confiere a ésta, una especial familiaridad y seguridad en su propia belleza, y en el deseo que de ella tiene el Esposo; y puesto que se trata de llegar a esconderse, en el nido del Amado, no vale para ello cualquier forma, sino que conviene vestirse de fiesta, con galas de reina, consciente, con santa soberbia, de la propia dignidad (la imagen en que fuimos creados); para expresar todo esto, recurre a una serie de oposiciones, como multitud/soledad, vacío/plenitud, nada/todo.

A lo largo de todo este proceso, la esposa tendrá que afrontar la prueba del abandono; para enseñarla y prepararla, recurre al símbolo del espejo, en el que la esposa se ve como vil (ínfima bajeza), ante la mirada divina, y al mismo tiempo, usa la metáfora de la abeja, que busca libar el néctar de las flores, en el encuentro amoroso con el Amado.

Así, cuanto más humillada, tanto más atractiva aparecerá la esposa para el Esposo, progresivamente transformada, hasta resplandecer con el vigor de las virtudes, y gozar de alegría, poseída por la energía divina.

Es el encuentro inefable, cuando el alma, (la esposa) habrá logrado la más preciada libertad, la última flor que florece en el jardín. Así, en un cuadro de amorosa intimidad esponsal, concluye el itinerario.

Se puede profundizar la lectura de esta santa en el siguiente link