sábado, 11 de mayo de 2019


Sexta Feria, 10 de mayo

SAN JUAN DE ÁVILA
(1499-1569)


Presbítero y doctor de la Iglesia

Patrono del Clero Secular de España

Director espiritual de San Juan de Dios
6 de enero 1499- +10 de mayo de 1569

Breve
San Juan de Ávila, fué un sacerdote, místico y eximio predicador. Por la calidad de sus enseñanzas, y la manera original con que lo hacía, fué acusado ante la Inquisición, y arrestado por tres años, aunque luego fué absuelto.

Vivió en los años terribles, del surgimiento del protestantismo de Lutero y Calvino. Fué guía espiritual de San Juan de Dios, y Santa Teresa de Ávila.

San Juan de Ávila, tuvo en claro, que la verdadera reforma de la Iglesia, pasaba por la pureza de vida, cuidando de manera especial, el trato que le damos a nuestros semejantes, y sabiendo eludir el engañoso y seductor discurso del demonio.

En ese contexto de reflexión, que Dios le brindó estando encarcelado, escribió su libro espiritual Audi Filia, de completa y profunda actualidad, en la que estamos rodeados, de tanto lenguaje seductor y engañoso, por todas partes.
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SAN JUAN DE ÁVILA nació el día de la Epifanía, 6 de enero, en Almódovar del Campo, (Ciudad Real, entonces diócesis de Toledo), hijo único de unos padres muy cristianos, y en muy buena posición económica y social. A los 14 años, lo llevaron a estudiar Leyes, a la Universidad de Salamanca, pero abandonó estos estudios, al concluir el cuarto curso, y decidió regresar al domicilio familiar, para dedicarse a reflexionar y orar.

Con el propósito de hacerse sacerdote, y marchar después, como misionero a las Indias, en 1520 realizó estudios de Artes y Teología, en la prestigiosa Universidad de Alcalá.

Recibida la ordenación de presbítero, en 1529, celebró la primera Misa solemne, en la parroquia de su pueblo. Como ya habían muerto sus padres, para festejar el acontecimiento, invitó a su mesa a doce pobres, y decidió vender su cuantiosa fortuna, procedente de las minas de plata, que poseía la familia, y darlo todo a los más necesitados. A continuación marchó a Sevilla, para esperar el momento de embarcar hacia Nueva España (México).

Mientras tanto, se dedicó a la predicación en la ciudad, y en las localidades cercanas. Allí se encontró con un sacerdote, un antiguo amigo, llamado Fernando de Contreras, de mayor edad que él, y que era un prestigioso catequista, a quien había conocido, cuando San Juan de Ávila, estudiaba para el doctorado en Alcalá.

Muy entusiasmado, por el modo de predicar del joven sacerdote Ávila, consiguió que el Arzobispo hispalense, le hiciera desistir de su idea de ir a América, para quedarse en Andalucía, donde urgía consolidar la fe de los creyentes, después de siglos de dominación musulmana.

San Juan de Ávila, permaneció en Sevilla, compartiendo casa, pobreza y vida de oración con Fernando de Contreras, y a la vez que se dedicaba asiduamente a la predicación, y a la dirección espiritual de personas, y continuó estudios de Teología, en el Colegio Santo Tomás de Sevilla.

Pero sus éxitos apostólicos, se vieron pronto nublados, por una denuncia a la Inquisición, acusado de haber sostenido algunas doctrinas “sospechosas”.

Mientras tuvo lugar el proceso, entre los años 1531 y 1533, quedó recluido en la cárcel. Allí se dedicó asiduamente a la oración, y durante esta dura situación, recibió la gracia, de penetrar con singular profundidad, en el misterio del amor de Dios, y el gran beneficio hecho a la humanidad, por Jesucristo, nuestro Redentor.

En adelante, éste será el eje de su vida espiritual, y uno de los temas centrales, de su actividad evangelizadora. En la cárcel, escribió la primera versión, de su obra más conocida, el tratado de vida espiritual, Audi Filia, dedicado a doña Sancha Carrillo, una distinguida joven, a quien seguía orientando espiritualmente, después de su clamorosa conversión.

Emitida la sentencia absolutoria, en 1533, continuó predicando con notable éxito, ante el pueblo y las autoridades, pero prefirió trasladarse a Córdoba, diócesis en la que quedó incardinado, y donde conoció a su discípulo, amigo y primer biógrafo, el dominico Fray Luis de Granada. Poco después, en 1536, fijó su residencia en Granada, donde también continuó sus estudios, y comienza a figurar con el título de Maestro.

Viviendo muy pobremente, y dedicándose a la oración y a la predicación, fue centrando su interés, en mejorar la formación, de quienes se preparaban para el sacerdocio, para lo que fundó Colegios mayores y menores, que después del Concilio de Trento, habrían de convertirse en seminarios conciliares.

Para el Maestro de Ávila, la verdadera reforma de la Iglesia, que cada vez la consideraba más necesaria, pasaba por la mayor santidad de clérigos, religiosos y fieles.

Sonadas conversiones, como las del Marqués de Llombat, que llegó a ser San Francisco de Borja, o la de Juan Cidad -San Juan de Dios- y sobre todo, su dedicación a la gente sencilla, junto con la formación de los niños y jóvenes, jalonan la vida del Maestro de Ávila. Fundó incluso una Universidad, la de Baeza (Jaén), que durante siglos, fue un destacado referente, para la calificada formación de los sacerdotes.

Después de recorrer Andalucía, y parte de Extremadura, orando y predicando, ya enfermo, en 1554, se retiró definitivamente a Montilla (Córdoba), donde ejerció su apostolado, a través de abundante correspondencia, y perfiló algunas de sus obras. Además de un catecismo, o Doctrina cristiana en verso, para que lo cantaran los niños, y evangelizaran así a los mayores, el Maestro de Ávila es autor, del conocido Tratado del Amor de Dios, del Tratado sobre el sacerdocio, y de otros escritos menores.

Aquejado de fortísimos dolores, con un Crucifijo entre las manos, y acompañado de sus discípulos y amigos, el Maestro de Ávila, entregó su alma al Señor, en su humilde casa de Montilla, en la mañana del 10 de mayo de 1569. Santa Teresa de Jesús, al enterarse de la noticia, no dudó en exclamar: “lloro, porque pierde la Iglesia de Dios, una gran columna”.

En 1623, se instruyó en la archidiócesis de Toledo, su causa de canonización. El papa Benedicto XIV aprobó, y elogió su doctrina y escritos, en 1742. El 4 de abril de 1894, León XIII lo beatificó. En 1946, fue nombrado patrono del clero secular de España, por Pío XII, y Pablo VI lo canonizó el 31 de mayo de 1970. Fue proclamado Doctor de la Iglesia, el 7 de octubre de 2012, junto a Santa Hildegarda de Binden, por el papa Benedicto XVI.

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Se puede consultar su tratado sobre la vida espiritual: Audi Filia , que trata de los malos lenguajes del mundo, de la carne y el demonio, y de los remedios contra ellos; de la fe y del propio conocimiento; de la penitencia, de la oración, meditación, y pasión de nuestro Señor. Jesucristo, y del amor al prójimo. Compuesto por el Reverendo Padre Maestro, San Juan de Ávila, predicador en el Andalucía.

Se le atribuye también el famoso soneto “Al Cristo Crucificado”.

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Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que suscitaste a San Juan de Ávila, como sacerdote y místico, haz que por sus méritos e intercesión, podamos cuidarnos muy bien de decir cualquier palabra vana u ofensiva, y así mantener la pureza de nuestro corazón, y glorificar al Verbo que ya existía, desde antes de la creación del mundo. A Tí Señor, que nos advertiste que toda palabra o discurso vano, será castigado en el Último Día. Amén.

viernes, 10 de mayo de 2019


Quinta Feria, 9 de Mayo

SAN PACOMIO
Abad


Sneh (Egipto), 292/294
Tebaida, 9-mayo-346

Breve
San Pacomio, y San Antonio Abad (17 de enero), fueron dos hombres que iniciaron, y pusieron los cimientos de la vida consagrada en la Iglesia con sus reglas, sus vidas y la influencia que ejercieron, tanto en sus contemporáneos como en las sucesivas generaciones.
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Pacomio nació al Sur de Tebas (Egipto), en la ciudad de Sneh (en griego, Latópolis) entre el 292 y 294, en el seno de una familia campesina pagana. A los 19 años, fue reclutado a la fuerza para el ejército del emperador Maximiliano.

San Pacomio es contemporáneo de Constantino III el Grande, y coincide por tanto con la época en que el cristianismo, se convierte en la religión oficial del imperio Romano. Pacomio era precisamente uno de los soldados que luchó en el bando de Majencio. Posteriormente lo destinaron a Tebas, donde fue encarcelado.

Allí fue donde tuvo el primer contacto con los cristianos, que le marcó para toda la vida. Durante la noche, cuando estaba en la cárcel, los cristianos de la ciudad, llevaron a los reclusos víveres, y les invitaron a comer, pues les veían muy apenados.

Al ver aquel gesto, Pacomio preguntó a sus compañeros de prisión, que por qué les trataban tan humanitariamente y le respondieron: «Son cristianos, y nos tratan así a causa del Dios del cielo«. Este hecho es clave en la vida de San Pacomio, y constituye una referencia esencial, para la interpretación de su vida cristiana y monástica.

El gesto fraterno de los cristianos, le hará entender que ser cristiano es amar a Dios, para ponerse al servicio de los hombres.

BAUTISMO Y VOCACIÓN MONÁSTICA
Tras ser puesto en libertad, se encaminó hacia el Sur de Egipto, y se detuvo en la comunidad cristiana de Seneset (Khenoboskion, para los griegos), hoy Kars-es-Sayad, alojándose en un pequeño templo abandonado, dedicado a Serapis.

Quizá se inspiró en los monjes egipcios de Serapis, o quizá quiso ofrecer una fórmula alternativa a la vida solitaria, el caso es que creó un nuevo concepto de vida religiosa en comunidad, basada en el trabajo. Los monasterios que creó eran auténticos centros fabriles, un anticipo de la Regla de San Benito, varios siglos después en Occidente. Ponían en común todos los bienes.

Después de un breve catecumenado, se bautizó, probablemente en la vigilia pascual del 313. Desde ese momento, comenzó a ponerse al servicio de los demás, e inició un descubrimiento gradual, del modo de servir a los hombres.

Para empezar, se quedó en Seneset durante tres años, sirviendo a los apestados y atendiendo a la gente, que cada vez en más número, acudía a él.

Pero pronto, pensó en abrazar la vida anacorética, por lo que se presentó al obispo Alejandro de Alejandría, quien le sugirió que se pusiera bajo la dirección de Palamón, santo anacoreta que vivía cerca de la aldea, y con quien vivió siete años, siendo iniciado en la vida ascética y monástica: ayuno y trabajo manual, oración continua y lectura, y meditación de la Escritura, apertura del corazón y obediencia al anciano.

FUNDACIÓN DE MONASTERIOS Y DE LA REGLA MONASTICA
Transcurridos los siete años, Pacomio se fue camino del desierto, pero una voz interior, le invitó a detenerse en una aldea abandonada, junto a la ribera derecha del Nilo, llamada Tabennesi, y a erigir allí un monasterio.

El joven Pacomio, lo consultó con su maestro Palamón, quien le confirmó ser ésa la voluntad de Dios, y comenzó la construcción de un monasterio (hacia 320).

Tuvo una gran aceptación la propuesta monástica de san Pacomio, porque era mucho más flexible que la vida eremítica, en cuanto a austeridad y mortificación. Existían unos mínimos postulados para todos los monjes, a partir de los cuales, cada uno podía añadir lo que quisiera.

Más tarde fundó otros monasterios, tanto para hombres como para mujeres, habiendo fundado hasta su partida a los cielos, nueve monasterios de hombres y dos de mujeres, con más de cien monjes y monjas cada uno de ellos.

En el primer monasterio de mujeres, puso de superiora a su hermana María. A todos les dio una regla, basada en el ideal de la comunidad cristiana de Jerusalén (Hch 2, 33 y 4, 32), que determina con precisión en 193 puntos, el ritmo de la vida cotidiana del monje, y en uno de ellos propone que con el fruto del trabajo de cada monje, se forme una bolsa común.

También determina la organización del monasterio, con su hospedería, enfermería, talleres, refectorio y oratorio, todo bajo la autoridad de un abad, a quien se debe obediencia.

Desde el principio, Pacomio quiso que sus monasterios fueran una koinonía, es decir, verdaderas comunidades cristianas, a semejanza de la de los primeros cristianos de Jerusalén, como la reflejan los Hechos de los Apóstoles, insistiendo en la comunión en la oración, en el trabajo y en las comidas.

El monasterio producía libros, calzado, muebles, tejidos, productos agrícolas, etc.

Una institución que se hizo célebre, y que mantuvo su nombre en la Edad Media, fueron la "pacomias", que así se llamaron durante siglos, las reuniones de los frailes, para tratar temas religiosos, filosóficos, ascéticos, morales, etc.

Esta práctica fue imitada por muchas otras órdenes religiosas, que así han venido denominándolas, en honor de su fundador. La aportación de San Pacomio, a la evolución integral de la sociedad cristiana salida ya de las catacumbas, fue muy importante.

Además Pacomio y sus monjes, tenían un gran respeto por los obispos, especialmente por San Atanasio (-2 de mayo), patriarca de Alejandría, quien iba con frecuencia a visitarles, a sus monasterios de la Tebaida.

El monasterio era un conjunto de construcciones rodeado por un muro. En un monasterio de estas características, podían vivir más de mil monjes. En cada edificio vivían, trabajaban y hacían la oración de cada día, 40 monjes. Los monjes de cada cuatro edificios, formaban una tribu (160 monjes).

Y en un monasterio podía llegar a haber hasta 10 tribus. En cada casa, había un prior (un monje que estaba al frente de todos), y el conjunto del monasterio era gobernado por un abad. Los sábados y los domingos, los oficios divinos revestían especial solemnidad, y se celebraban en la iglesia del monasterio.

En resumen, un monasterio pacomiano era una pequeña ciudad, que contaba incluso con naves en el Nilo para acarrear la materia prima y llevar a los mercados los productos manufacturados por los monjes y monjas.

Se concibió a la comunidad como camino de encuentro con Dios: El anacoretismo había alejado el servicio Divino de los hombres. Pacomio lo une en la vida comunitaria. Quiso una koinonía, al estilo de vida de la primera comunidad de Jerusalén.

Solo había una puerta, que era vigilada por el portero designado por el superior. Celebraban la eucaristía con los laicos. La obediencia es el principio fundamental de la orden. El trabajo era fundamental así como la oración. Todo lo que debía hacer el monje estaba escrito en la regla.

La vida comunitaria tenía tres pilares:

GRANDEZA DE UN HOMBRE DE DIOS
En el año 346 se declaró una gran peste en la Tebaida, región donde estaban los monasterios, y diezmó a los monjes pacomianos. También Pacomio enfermó, y murió el 9 de mayo de 346.

Aunque no se sabe dónde le sepultaron, pues ése fue su deseo, manifestado a su discípulo predilecto, Teodoreto, los coptos, los etíopes y los latinos, celebran su culto el 9 de mayo, mientras que los bizantinos, celebran su fiesta el 7 de mayo. Después de su muerte, el cenobitismo pacomiano, se extendió fuera de Egipto, sobre todo, por Oriente, y su regla ha servido de base, para muchas otras posteriores.

Los estudiosos, han admitido la grandeza excepcional de este hombre de Dios, en la vida y espiritualidad monásticas, siendo reconocido por todos, que San Pacomio es el padre del cenobitismo.

Efectivamente, cuando Pacomio se hizo monje, existían en el Alto Egipto, numerosas y florecientes comunidades anacoréticas, es decir, grupos de monjes ascetas, que se reunían en torno a un monje carismático, pero cada uno hacía vida completamente independiente. Sólo los sábados y los domingos, se reunían para celebrar la Eucaristía.

En este ambiente, San Pacomio es el primero que funda la vida cenobítica, al reunir a los monjes en un monasterio, donde llevan vida en común, celebrando juntos la Eucaristía, y otros actos de la vida cotidiana como la oración, el oficio divino, la lectura bíblica, la catequesis -cinco días a la semana-, el trabajo, las comidas, y el descanso.

La vida cenobítica de Pacomio, tenía tres características: era una vida en común, bajo la misma regla y el mismo abad, pues para San Pacomio el modo de ser monje, es vivir la comunión con Dios y con los hermanos, que es una manera de vivir la vida cristiana.

La caridad, para este santo cenobita, es el amor que se pone al servicio del otro y la vida monástica, no está orientada sólo a los propios hermanos, sino a todo el género humano.

Por eso, para San Pacomio, el estado monástico representaba la condición más favorable, para vivir la radicalidad de la vida cristiana, y la espiritualidad bautismal, ocupa el centro de la vida monástica pacomiana, de tal forma que cuando habla en las catequesis, de «las promesas hechas por Dios, no se refiere a los votos, que entonces no existían, sino a las promesas hechas por el cristiano, en el momento del bautismo.

De hecho, muchos de los monjes, venían directamente del paganismo, y después de un año de catecumenado, recibían el bautismo, en la noche de Pascua y a la vez el hábito monástico, en presencia de todos los hermanos, de los nueve monasterios. Así la vida monástica se convierte, en un modo radical de vivir las promesas bautismales.

En la historia del monacato, Pacomio representa una eminente figura como monje perfecto, abad ideal, pastor de las almas, organizador ingenioso, que imprimirá al monacato una huella profunda que durará muchos siglos. Los coptos en dos himnos, le alaban llamándole águila grande».

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, haz que el espíritu de San Pacomio descienda sobre nuestros hogares, para que alberguen el espíritu de Paz y Misericordia, y se conviertan así en un pequeño monasterio, en donde tu Espíritu pueda aletear de gozo dentro de él. A Tí Señor, que nos fuiste a preparar las moradas eternas luego de tu Resurrección y Ascensión al Cielo. Amén.


jueves, 9 de mayo de 2019


Quinta Feria, 9 de Mayo

SANTA CATALINA DE BOLONIA


Virgen clarisa. Cuerpo Incorrupto

Bolonia (Italia), 8-septiembre-1413 / + Bolonia, 9-mayo-1463
                    1. 22-mayo-1712
“Cuando salí del siglo, mi único objetivo fue hacer la voluntad de Dios, y para quererlo amar con amor perfectísimo, día y noche no pensaba, ni pedía otra cosa, sino que pudiera, supiera y tratara de amar y conocer a Dios”

Breve
Virgen y Mística.

Publicó dos tratados de espiritualidad, muy profundos denominados “Las Siete Armas Espirituales” - 1ª) diligencia; 2ª) desconfianza en las propias fuerzas; la 3ª) confianza plena en los designios divinos; 4ª) la meditación de la Vida y Pasión del Salvador; 5ª) el recordatorio de nuestra propia finitud, de que vivimos un tiempo temporal; 6ª) recordar que Dios nos tiene preparada una morada divina; y la séptima 7ª) la importancia central que debemos dar a las Sagradas Escrituras, leyéndolas, y meditándolas, todas las veces que podamos hacerlo.

En los “Doce Jardines”, declara que la verdadera libertad, sólo puede alcanzarse subiendo la escalera de la perfección hacia Dios, ungidos por las siete armas espirituales. Cada escalera es un estadio espiritual ascensional, un jardín que tiene una flor especial, lleno de poesía y simbolismo.

Su contenido puede resumirse de la siguiente manera: la ardua tarea que siente el alma (o la esposa), por «saciar el apetito de afecto amoroso», hace preciso un proceso de purificación. Éste comienza con el hisopo de la humildad (primer jardín), vaso vacío, como cimiento del edificio espiritual que se proyecta, y necesita súplicas y penitencia (segundo jardín: rosas de compunción), hasta que comiencen a florecer las flores marinas de la purgación (tercer jardín) y los lirios de la renovación (cuarto jardín).

Más abajo está expuesta su enseñanza.

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Luis PÉREZ SIMÓN, O.F.M.
Catalina Vigri, excepcional maestra y mística franciscana, «de muy fino ingenio, y totalmente ordenada», nació en Bolonia, el 8 de septiembre de 1413.

Durante 5 años, recibió una esmerada educación humanística, en la corte de Ferrara, aprendiendo retórica, letras, poesía, canto, pintura y miniatura, de modo que leía y escribía con elegancia, en latín.

Fueron años determinantes. Ferrara era por entonces, un centro importante de creación en las artes, las letras, la filosofía y la espiritualidad. Era apreciada en los ambientes de la aristocracia ferrarense, hasta el punto de que muchas señoras, deseaban retenerla en sus casas, aun a costa de sacarla del monasterio.

A pesar de ello, dejó el lujoso ambiente cortesano, no por desprecio o desilusión, sino porque no podía satisfacer en él, sus inmensas exigencias de amor y de gloria, atraída por una realidad más consistente y preciosa, que las perspectivas que le ofrecía la señorial ciudad, y guiada por el instinto del cielo, lo mismo que les sucedió a San Francisco, y a Santa Clara de Asís.

Así, después de clarificar ciertas cuestiones, sobre qué espiritualidad seguir, y qué forma de vida quería elegir, tomó la firme decisión de dedicarse a Dios, en el monasterio de Ferrara, muy unido a San Bernardino, y a los franciscanos de la Observancia.

Suele establecerse un paralelismo, entre Santa Catalina de Bolonia y San Bernardino de Siena, almas gemelas y complementarias en su misión, y en la vivencia del carisma, semejante al que se dio entre San Francisco y Santa Clara.

Ante Bernardino, profesó Catalina, la regla de Santa Clara de Asís, en el año 1432, distinguiéndose pronto, por la humildad y la delicadeza para con las hermanas enfermas, a la vez que estrechaba su unión con Cristo.

Lo dice ella así: “Cuando salí del siglo, mi único objetivo fue hacer la voluntad de Dios, y para quererlo amar con amor perfectísimo, y día y noche no pensaba ni pedía otra cosa, sino que pudiera, supiera, y tratara de amar y conocer a Dios”.

En el convento del «Corpus Domini», de Ferrara, ejerció de hornera, portera, maestra de novicias, hermana pobre con todas, consolando llena de piedad a las atribuladas, con toda reverencia.

Aquí comenzó su nueva experiencia íntima, el descubrimiento de la presencia del Amado, en la interioridad, sentida como encuentro de la criatura con su Dios, y la necesidad de conservar el secreto, ante la dificultad de expresarlo con palabras.

Aquí tuvo que vencer dificultades, pues Dios, no siempre reserva dulzura y suavidad de espíritu, y paz mental a sus siervos fieles, y tuvo la terrible experiencia, de tener que luchar con el demonio durante cinco años, sufriendo diversas tentaciones, bajo la forma de apariciones diabólicas, que la pusieron al borde de la desesperación, si no fuera porque sabía, que el pecado más grande es el de la desesperación.

Superadas las pruebas, con la ayuda de la gracia, y con la práctica de la ascesis, y del discernimiento racional, le produjeron un gozo profundo en su espíritu, convirtiéndola en alma eminentemente contemplativa, hasta disfrutar de éxtasis, visiones, y predicciones del futuro. Hasta esto, llega la capacidad y la dignidad de la persona humana, como brilla de forma particular en los santos.

Salió de Ferrara, junto con otras 14 hermanas, y con su madre, el 22 de julio de 1456, destinada al monasterio del «Corpus Domini», de Bolonia, construido ese año. Fueron recibidas con gran alborozo del pueblo, y de las máximas autoridades, y con su vida, lograron pronto la simpatía de todos.

Dios le reveló, que era su voluntad que aceptara el oficio de abadesa. Tenía entonces 43 años, y no muy buena salud. Ejerció el cargo santamente hasta su muerte, ayudándose del consejo de las hermanas, en la solución de los problemas, dando un significativo desarrollo al monasterio, durante su mandato, y dejando un ejemplo de magisterio para sus sucesoras.

Vivió el último año de su vida, más como ciudadana del cielo que de la tierra, y purificada por los dolores y la enfermedad, y murió el 9 de mayo de 1463, a los 50 años de edad, diciendo a sus hermanas: “Mi fin ha llegado, y me marcho alegremente; siempre me ha sido grato padecer por Cristo. Yo os dejo la paz de Cristo; os doy mi paz; amaos mutuamente, y así conseguiréis, que yo sea siempre, vuestra abogada ante Dios”.

Cerrando los ojos, se durmió susurrando tres veces: ¡Jesús, Jesús, Jesús!. Su rostro se volvió luminoso y hermosísimo; su cuerpo incorrupto, es objeto de gran veneración. Se la representa sentada en una cátedra, con el libro, y el crucifijo en las manos.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que inspiraste a Santa Catalina de Bolonia como Virgen y Mística, te pedimos que por su intercesión y sus méritos, podamos resguardarnos en las poderosas armas espirituales, que nos aconsejó guardar en nuestro corazón, y que nuestra vida, sea siempre un perfume espiritual, para todos los que nos rodean. A Tí Señor, que te fue perfumada tu Cabeza y tus Pies, por una pecadora, antes de tu Pasión y Muerte. Amén.

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SANTA CATALINA, MÍSTICA FRANCISCANA
Las Siete Armas Espirituales, y los Doce Jardines

Santa Catalina de Bolonia, nos ha dejado por escrito su doctrina, y su experiencia espiritual. En sus escritos, se percibe el genio creador humanístico en el campo espiritual, que libra al espíritu de las servidumbres conceptuales puramente exteriores; sus escritos nos adentran en el corazón de esta mujer, en su amor vivo y palpitante, expresado en ese salir de sí, ante la bondad de Dios, ante el misterio de la Encarnación: el misterio del Dios hecho hombre.

Esa condición de hombre, es el lugar donde Catalina lo puede hallar, amar, abrazar, y unirse a Él con todo su corazón. Le importa también, la salvación del mundo y del hombre. Considera el nacimiento de Jesús, su pasión y su amor humano por la Humanidad, por lo que queda conquistada y deseosa de unirse a Él, con amor personal y esponsal.

Este amor personal, se hace voluntad apasionada, para con todas las criaturas, y principalmente para con sus hermanas; la propia clausura, no será fuga del mundo, sino celosa atención por el propio mundo interior, medio para estar vacías de sí, y recogidas en Cristo Jesús, para vivir la propia elección de amor. La generosidad y la bondad de Dios, que quiere hacer al hombre partícipe de su divinidad, y la consiguiente grandeza y dignidad del hombre, son los ejes sobre los que gira su enseñanza.

El ambiente humanista en que fue educada, la llevó a centrar su pensamiento, y su corazón, sobre el hombre, sobre su dignidad y sobre su cuidado, como buena conocedora, y seguidora del pensamiento de San Francisco, que dijo: «Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó, a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza según el espíritu» (Adm V,1).

Así pues, su concepción del hombre y de su experiencia, es netamente franciscana. En el hombre, varón y mujer, cuerpo y alma, habita la divinidad; y si el cuerpo se rebela contra el espíritu, sin embargo «nos ha sido dado para servir al espíritu, siguiendo la jerarquía de la creación, tan querida por San Buenaventura: que el espíritu se someta a Dios, la carne al alma, la sensualidad a la razón, la lengua a la conciencia, para que el alma, elevada sobre sí misma, acoja las iluminaciones divinas. Obrando en consecuencia con su dignidad, podrá el hombre ofrecer su propio cuerpo, como sacrificio vivo.«

El seguimiento de Jesús, le enseña a comprender la pobreza y la obediencia, como la renuncia a la posesión de cualquier cosa, de modo que no pueda disponer, ni de las cosas ni de sí misma, más allá de la voluntad de la superiora.

De esta forma, redimen el varón y la mujer, la codicia y el aprovechamiento, raíces de todo mal. Por su amor encendido a Jesús, descubre que en la cumbre del amor, están presentes también el dolor y el sufrimiento, como carga inherente a la condición del hombre sobre esta vida, que es exilio y no patria, y consecuencia también, del deseo que sentimos de felicidad y del gozo eterno, que seguirá al llanto temporal.

Fruto de su formación humanista, son sus obras, en las que nos dejó sus pensamientos, directamente escritos por su mano, sin intermediarios, de los que se conservan algunos autógrafos originales, además de otras obras pictóricas. Tengamos presente que van dirigidas a sus novicias y hermanas.

Veamos un resumen de su doctrina, en las obras conocidas, bajo el título de Las Siete Armas Espirituales, y Los Doce Jardines.

En la primera, que es una mezcla de diario, confesión, autobiografía y tratado, de teoría y experiencia, expone para sus hermanas, el itinerario del espíritu, que no es el mismo para todas, sino que sugiere vías diversas, según su experiencia y su temperamento.

Dividida en dos partes, la primera trata de las siete armas, que ha de usar la verdadera sierva de Cristo, para poder ser transformada, en digna esposa del Amor, y subir hasta el trono del Esposo.

Las armas son las siguientes: la primera es la diligencia, o sea, la solicitud en el bien obrar, con verdadera discreción; la segunda es la desconfianza de sí (siguiendo las palabras de Jesús: Sin mí nada podéis hacer, por lo que se debe seguir el consejo de personas experimentadas); la tercera es la confianza en Dios, en su gracia y ayuda, en la lucha contra los tres enemigos; la cuarta es el recuerdo de la vida, pasión y muerte de Jesús, que es remedio para nuestras heridas, refugio en las adversidades; alimento, espejo, escudo, maná, escala, fuente, olivo; la quinta, es memoria de nuestra muerte, pues el tiempo presente es tiempo de misericordia, para que nos enmendemos, y preparemos a comparecer ante el juez divino; la sexta es la memoria de la gloria divina, o sea, de los bienes que Dios ha preparado, para los que hacen el bien, o como decía San Francisco: “Tanto es el bien que espero, que toda pena me da consuelo”; la séptima es la autoridad de la Sagrada Escritura, que debemos llevar con nosotros en la mente y el corazón, como maestra y recurso, para defendernos, diciendo con el Maestro: “Escrito está”.

Para llegar al triunfo en la lucha, hay que usar las siete armas sin descuidar ninguna; de este modo, la práctica de la disciplina ascética, bajo la guía de la obediencia, conduce a la mística. Es una parte de carácter predominantemente didáctico, no excesivamente sistemática ni lógica, cuyo centro, está en la atención que se ha de prestar a la Escritura, que es madre fidelísima, de la que se ha de tomar consejo y ejemplo para actuar, por cuanto muestra la vía de la obediencia, la vía de la cruz, y la vía de la santa religión.

La segunda parte es de carácter autobiográfico, y se refiere a la serie de visiones, o apariciones diabólicas en formas diversas, revelaciones y tentaciones, a que se vio sometida, a pesar de haber logrado un estado de perfección, y que le hicieron sufrir lo indecible, hasta la victoria final.

La segunda obra, “Los doce jardines”, es un tratado sobre el camino de perfección, en el que pone por escrito, su experiencia mística, resultando una biografía fundada en esa experiencia, siguiendo la gradualidad del ascenso espiritual.

La lectura de Las siete armas, da el complemento natural, a la de “Los doce jardines”. El título de «jardines» es una metáfora, con la cual logra integrar acción y contemplación; la acción de la criatura con la del creador, en la sinergia de un único efecto, como en el jardín, la acción de la naturaleza y del hombre que lo cultiva. El jardín es una flor; la flor una virtud; la virtud un estilo de vida.

Hay también una referencia al jardín del Edén, y de Getsemaní. Y como fondo, subyace el simbolismo usado por San Buenaventura, en sus obras Itinerarium y Lignum vitae. Mientras San Buenaventura, habla de tres misterios y doce frutos (cuatro por cada misterio), Santa Catalina habla de tres días y doce jardines, o flores (cuatro por cada día), de forma que se alcanza el número «doce», tan usado en la teología de los números, para indicar la perfección, o la sabiduría.

Siguiendo la división de la «triple vía», clásica en la teología espiritual, expone el camino de los principiantes, en los cuatro primeros jardines y el primer día; los ocho jardines restantes, el camino de los proficientes y los perfectos, en los días segundo y tercero.

Todo el camino de tres días y tres etapas, está concebido a la luz de la salida del pueblo hebreo, de la esclavitud de Egipto, según Éxodo 5, 3: Tenemos que hacer una salida de tres días por el desierto, y ofrecer sacrificios al Señor. De todas formas, la distinción de los tres días, resulta más pedagógica que sustancial.

Su contenido puede resumirse de la siguiente manera: la ardua tarea que siente el alma (o la esposa), por «saciar el apetito de afecto amoroso» hace preciso un proceso de purificación. Éste comienza con el hisopo de la humildad (primer jardín); del vaso vacío, como cimiento del edificio espiritual que se proyecta, y necesita súplicas y penitencia (segundo jardín: rosas de compunción), hasta que comiencen a florecer las flores marinas de la purgación (tercer jardín), y los lirios de la renovación (cuarto jardín).

Sigue una reflexión, acerca de la necesidad de la concordia, la armonía y la unidad que es preciso promover, incluso contando con la diversidad de costumbres y de reglas.

Comienza el segundo día del camino, que comprende los jardines quinto (violetas de ocultamiento); sexto (claveles de conocimiento de sí); séptimo (girasoles de iluminación, o flores de medio verano); y octavo (rosas rojas de inflamación).

Es el camino que lleva a la luz meridiana. Es el empeño de la esposa, en su progresiva capacidad de movimiento, y armonía interior, y de reconciliación con la realidad material y espiritual.

El tercer día de camino, que lleva al esplendor meridiano, comprende los jardines noveno (oliva de unción en misericordia), décimo (naranjas de amor unitivo), undécimo (granadas de divina ansiedad), y duodécimo (flor y fruto: la esposa; virtud, el Espíritu).

Es la parte construida, a base del magisterio de su experiencia personal: el avance experimentado por la esposa, confiere a ésta, una especial familiaridad y seguridad en su propia belleza, y en el deseo que de ella tiene el Esposo; y puesto que se trata de llegar a esconderse, en el nido del Amado, no vale para ello cualquier forma, sino que conviene vestirse de fiesta, con galas de reina, consciente, con santa soberbia, de la propia dignidad (la imagen en que fuimos creados); para expresar todo esto, recurre a una serie de oposiciones, como multitud/soledad, vacío/plenitud, nada/todo.

A lo largo de todo este proceso, la esposa tendrá que afrontar la prueba del abandono; para enseñarla y prepararla, recurre al símbolo del espejo, en el que la esposa se ve como vil (ínfima bajeza), ante la mirada divina, y al mismo tiempo, usa la metáfora de la abeja, que busca libar el néctar de las flores, en el encuentro amoroso con el Amado.

Así, cuanto más humillada, tanto más atractiva aparecerá la esposa para el Esposo, progresivamente transformada, hasta resplandecer con el vigor de las virtudes, y gozar de alegría, poseída por la energía divina.

Es el encuentro inefable, cuando el alma, (la esposa) habrá logrado la más preciada libertad, la última flor que florece en el jardín. Así, en un cuadro de amorosa intimidad esponsal, concluye el itinerario.

Se puede profundizar la lectura de esta santa en el siguiente link

miércoles, 8 de mayo de 2019


Cuarta Feria, 8 de Mayo

La aparición de San Miguel Arcángel, consagrando el Monte Gargano en Manfredonia, reino de Nápoles


San Bonifacio IV, 67ª papa. 608-615

San Pedro, arzobispo de Tarantasia. 1174

-La aparición de San Miguel Arcángel. Son numerosas las apariciones, de que nos hablan las historias, pero este día, se celebra muy particularmente, la que realizó en el monte Gárgano, en una cueva que se llama del Santo Ángel, cerca de Manfredonia, reino de Nápoles. Fue en el año 492, cuando Gelasio I, ocupaba la cátedra de San Pedro.

Poderoso se eleva el Monte Gargano, dominando con soberbia, las colinas que le rodean. Hasta el siglo quinto, la cima estaba recubierta de un bosque tupido, e ignorada por todo el mundo.

Pero en el año 490, nació la aurora de su inmortal gloria; su fama sobrepasó los confines de Italia, resonó en todo el mundo, y comenzó a atraer a sí a Papas, Emperadores, Príncipes reinantes, nobles, y los pueblos de todas las naciones. ¿Qué sucedió?.

Leamos la narración original, del antiguo libro del “Liber pontificalis”, de la Curia Romana:

Bajo el gobierno del Papa Felice, y del Emperador Zeno, un día de aquel siglo tan lejano, a un noble y muy rico señor del Monte Gargano, que se llamaba también Gargano, y era el propietario de aquella montaña, le desapareció su toro más bello, de grandeza superior.

Después de tres días de búsqueda, decidió ir personalmente a buscarlo. Luego de algunas horas, de una búsqueda angustiosa, con gran estupor, encontraron a la bestia de rodillas, en la entrada de una caverna inaccesible. El patrón, viendo la imposibilidad de salvarlo, quiso matarlo con una flecha envenenada.

Pero ante la maravilla de todos, la flecha regresó, e hirió a quien la había lanzado. El patrón cayó sangrando al suelo, y los siervos asustados, lo fajaron de prisa, y lo llevaron a su casa en Siponto, que actualmente es una fracción de Manfredonia. (8 de Mayo del año 490)

La noticia de lo ocurrido, se divulgó rápidamente en el pueblo, y se convirtió en el único objeto de las conversaciones. Bajo la impresión de este extraño hecho, todos fueron a visitar al Obispo San Lorenzo Maiorano, primo del emperador Zanone, para consultarle.

El Santo Obispo, después de una breve reflexión, ordenó que toda la población, hiciera ayuno y oraciones durante tres días, para encontrar gracia ante Dios, y para conocer el significado de dicho prodigio.

Al alba del tercer día, que fue precisamente el 8 Mayo del año 490, el santo prelado, sumergido en su oración nocturna, de repente vio ante sí, a un Ángel más esplendoroso que el Sol, que iluminó el ambiente, y le dijo:

“Yo soy el Arcángel Miguel, que continuamente estoy en presencia de Dios. Deseo que este lugar se venere en toda la tierra, y sea privilegiado; quise probar con este acontecimiento insólito, que todo lo que se obra en este lugar, sucede por Voluntad Divina. Es Dios, que me ha constituido Protector y Defensor de este lugar”.


A la mañana siguiente, el Obispo comunicó el celestial mensaje, a los habitantes de Siponto. El pueblo, lleno de alegría y de gratitud por dicha aparición, bajo la guía de San Lorenzo Maiorano, se encaminó en una devota procesión, hacia la cima del Gargano, para venerar la caverna milagrosa.

Cuando regresaron a Siponto, vieron con alegría la prodigiosa curación de don Gargano, y se congratularon con él, por el santo privilegio concedido por el Cielo, de tener en sus tierras, el Palacio Real terrenal del Gran Príncipe, San Miguel Arcángel.

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-San Bonifacio IV, 67ª papa. 608-615. 

Era hijo de un médico, de la ciudad italiana de Valeria, y había sido ya honrado, con la dignidad de cardenal, cuando fue llamado a ocupar la cátedra apostólica, en el año 607. Levantó un monasterio en la casa paterna, y restauró la disciplina monástica en un Concilio. Consiguió que el emperador Focas, le cediese el antiguo templo de todos los dioses, el Panteón, y lo convirtió en iglesia, consagrándolo a la Santísima Virgen y a los santos mártires, y para aumentar la devoción popular a este santuario, hizo trasladar a él, veintiocho carros de cuerpos de mártires, sacados de las catacumbas. Murió en el año 615.
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San Pedro, arzobispo de Tarantasia. Nacido en el año 1102, abrazó con toda su familia, la vida monástica en la Orden del Cister. Entró en la abadía de Ronaval, fundó varios monasterios, y en el año 1138, fue nombrado para gobernar la diócesis de Tarantasia. Alejandro III, que tenía en él una gran confianza, le encargó varias misiones diplomáticas, en Inglaterra, en Francia y en Alemania. Murió en el año 1174.
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Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que enviaste a San Miguel Arcángel, a consagrar el Monte Gargano, como morada y puerta celestial, haz que siempre recordemos, que la Tierra es el estrado de tus pies, y que el Cielo y la Tierra, se encuentran unidas indisolublemente, desde que tu Divino Hijo ascendió a los cielos, por lo que debemos obrar siempre con Amor y Misericordia, todos los días de nuestra vida. Te lo pedimos, por la intercesión y los méritos de San Miguel Arcángel, del Papa San Bonifacio IV, y San Pedro, Arzobispo de Tarantasia. Amén.



Cuarta Feria, 8 de mayo

BEATO LUIS RABATA


Carmelita. Confesor (+ 1490)

La iconografía suele pintar, o esculpir a nuestro beato de pie, y con una palma en la mano, y en la frente clavada una flecha, que le causó la muerte.

Nació en Erice (Trápani-Italia), en el año 1443. No sabemos muchas cosas de su nacimiento, niñez y juventud. Dicen los Procesos de su Beatificación, de los años 1533 y 1573, que sus padres eran muy buenos cristianos, y de humilde posición.

Educaron a Luis, y a todos sus demás hijos, en el santo temor de Dios. Sobre todo su santa madre, influyó en su alma, inspirándole una tierna devoción a Jesús Eucaristía, y a la Virgen María. Fueron siempre estas dos devociones, las que mayormente vivió y desplegó, en su celo sacerdotal.

De muy tierna edad, ingresó en la Orden del Carmen, en el convento de la Anunciación de Trápani. Hizo su noviciado con grandes anhelos de perfección, entregándose más tarde por su profesión, al servicio de Dios, con admirable generosidad. Allí permanecían vivos, los ejemplos maravillosos de San Alberto, que como él, había abrazado, siendo aún muy niño, la vida religiosa, y que había gozado de tiernas apariciones del Jesús Niño.

El joven Luis, procuró imitar las virtudes de este gran Santo, y a decir de sus superiores y compañeros, parecía un doble del Santo, tal como había llegado hasta ellos, la historia de su vida.

Su humildad sufrió una dura prueba, cuando los superiores le mandaron, que se ordenara de sacerdote, pues, en su anonadamiento, nunca se juzgó digno de tan excelsa dignidad.

Una vez ya sacerdote, fue le encargado por sus superiores, la misión de predicar la palabra de Dios. El Fuego ardía en su corazón, y no se daba descanso. Recorrió la mayor parte de los pueblos de Sicilia, dejando en todos destellos de santidad.

Ruidosas conversiones se realizaron por medio de su ardorosa palabra. Los milagros le acompañaban por todas partes. Muchos pecadores, abandonaron sus caminos de perversión, y no pocos, incluso llegaron a abrazar la vida religiosa.

Su prudencia y santidad de vida, eran tan notorias, que los superiores sometieron de nuevo su humildad a prueba, nombrándole prior del convento de Randazzo, que era uno de los conventos llamados "reformados", en los que se vivía con rigurosidad, en la observancia regular: mortificación, silencio, oración...

Luis era modelo para todos sus hermanos, a pesar de que todos allí, emulaban la más elevada virtud, y luchaban por cumplir con la máxima fidelidad, la Regla carmelita.

Los Procesos de canonización (1533 y 1573), documentan la santa vida de nuestro Beato, como ferviente religioso, que supo conciliar los deberes de una observancia impecable, con los de su amor al prójimo, al que le obligaba su deber sacerdotal, siempre iluminado por la caridad.

Al ver tanta santidad en un humilde religioso, lleno de celo apostólico contra el vicio, un hombre perverso, Antonio Cataluccio, aprovechando la ocasión, de que el Beato volvía de su trabajo apostólico, le arrojó una saeta a la cabeza, que lo dejó gravemente herido.

Malamente pudo llegar a su convento, y aunque pidieron al Beato, que denunciara al agresor, nunca quiso decirlo, sino que de todo corazón lo perdonó, e hizo por él, una especial oración.

Sufrió durante algunos meses fuertes dolores, que no le impidieron dedicarse a la más devota contemplación.

El Señor le reveló su cercano fin, y el término de sus trabajos. Recibidos los últimos sacramentos, sin perder la paz, y su total conformidad con la voluntad de Dios, exhaló su último suspiro, el 8 de mayo de 1490.

El papa Gregorio XVI, en el año 1842, aprobó su culto.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que suscitaste al Beato Luis Rabata, entre las ovejas de tu rebaño, para dar testimonio de tu Misericordia, haz que todos nosotros también lo imitemos, perdonando a quienes nos hayan ofendido, o calumniado. A Tí Señor, que nos ordenaste perdonar setenta veces siete, todas las ofensas que recibamos, y así darte gloria aquí en la Tierra. Amén.

martes, 7 de mayo de 2019


Tercera Feria, 7 de Mayo

San Juan de Beverley


Obispo de York

(721)

Juan = Dios es misericordioso, es de origen hebreo

San Juan de Beverly, Obispo de York, fue primero monje y luego obispo; vivió a finales del siglo VII, y principios del VIII.

Su caridad era constante con los más necesitados, tanta que llega a sanar a un sordomudo, tras descubrir, pacientemente, un modo de hacerlo vocalizar. Aunque muerto el año 721, ha sido considerado por ello, como un precursor del sabio benedictino Ponce de León.

Aunque las ocupaciones de un obispo, siempre son muchas, y más las de uno como éste, Juan siempre conseguía arañar algunos momentos, tantos como podía, para su oración y meditación, y por eso pasaba sus días libres, en un bosque.

Sintiéndose ya cansado, se retira en el año 717, al monasterio de Beverley, después de dejar a otro santo, al frente de su obispado, muriendo cuatro años después, en el año 721.

Puede ser considerado, como un precursor del benedictino Pedro Ponce de León, que en el siglo XX recibirá el nombre de "El sacerdote de los tartamudos", por ser el autor del método de convergencia ortofónica, de renombre general, muerto con fama de santidad en Madrid, en 1563.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión de San Juan de Beverley, Obispo, haz que nuestros oídos y corazón, se abran a Tu Palabra de Vida, y así poder elevarnos día a día, hacia tu Sagrada Morada. A Tí Señor, que abriste los oídos de los sordos, e hiciste hablar a los mudos. Amén.