miércoles, 26 de diciembre de 2018


Segunda Feria, 24 de Diciembre

Santa Irma


Año 710

Virgen

Nadie alcanza una rica posesión sin osadía”

Los que adoráis al Señor, esperad bienes espirituales, alegría perpetua y misericordia”

Etimológicamente significa “ grande, fuerte”. Viene de la lengua alemana.

Fue una virgen del siglo VIII. Dice la tradición que Santa Irma y Santa Adela, eran hermanas e hijas de San Dagoberto, rey de Austrasia.

Esto sin embargo, no quita méritos a Santa Adela. Su hermana Irma, sea o no hija de Dagoberto, reviste una similitud grande al de su hermana, en un país que entre el siglo VII y VIII, era todo fervor en la iniciativa misionera, y en la fundación de monasterios.

Dice la tradición, que estaba prometida con el conde Armiño. Pero el novio murió, antes de que contrajeran matrimonio. Tan triste se quedó, que decidió, guiada por Dios, entrar en un convento benedictino.

Y como tenía dinero, ella misma fundó un monasterio, el de Oeten, del que llegó a ser superiora o abadesa. En su trabajo apostólico, le ayudó mucho a San Bonifacio, patrono de Alemania, y a Willibrordo, un monje inglés.
Todas sus hermosas cualidades humanas y cristianas, las puso de manifiesto, cuando una peste horrible, sembró de muerte el país. Todos trabajaron por desarraigarla. Irma murió en el año 710.

Nadie alcanza una rica posesión sin osadía” (Siro).

Dice el Eclesiástico: “Los que adoráis al Señor, esperad bienes espirituales, alegría perpetua y misericordia”.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de Santa Irma, podamos siempre ser generosos con la Iglesia, donando una parte de nuestros ingresos, y fundamentalmente una parte de nuestro tiempo, por el Reino de los Cielos. A Tí Señor, que eres el dueño de los Tesoros del Cielo, de la Tierra, y de todo el Universo. Amén.


Segunda Feria, 24 de Diciembre

Santa Paula Isabel Cerioli, Fundadora


(1816 - 1865)


Protectora de Niñas y Niños abandonados

Donde hay matrimonio sin amor, habrá amor sin matrimonio” (Franklin)

Autor: P. Felipe Santos | Fuente: Catholic.net

Etimológicamente, Paula significa “pequeña”, viene de la lengua latina; Isabel = “juramento divino”, viene de la lengua hebrea.

Cuando un ser humano, ya no responde a la sed de absoluto que hay en él, las energías se agotan en la monotonía, las huidas y el aburrimiento. ¿Te parece mentira, o es que no lo ves en muchos rostros que te rodean?.

Esta joven vino al mundo en Cremona, en el año 1816, y murió en Bérgamo en 1865. Los Cerioli eran una familia célebre en la ciudad, porque entre otras cosas, eran condes.

Por eso, cuando todavía no había cumplido los 20 años, se casó con el conde Gaetano, 40 años mayor que ella. Además de su edad, resulta que era un excéntrico, apasionado por la música, y con muchos celos. Total, lo tenía todo, para hacerle la vida insoportable a la pobre chica. Así por ejemplo, quisiera o no, tenía que estar en los conciertos del castillo, y en todas sus fiestas.

Tuvieron tres hijos, pero sólo sobrevivió el mayor. Y para colmo, él se lo llevaba fuera, porque no aguantaba que la quisiera tanto, aún siendo su madre.

Ella se lo tomó todo como un modo de santificarse. El hijo se le murió a los 16 años, poco después de la muerte de su marido. Su propio hijo le decía, antes de cerrar los ojos por última vez: "Consuélate, mamá, Dios te enviará otros hijos".

Así fue. Le envió centenares a los que adoptó en el castillo. Se hizo ayudar por compañeras, con las que fundó la Santa Familia de Bérgamo. Su misión era recoger a los niños y niñas, abandonados en los campos. Ella fue prudente, humilde y piadosa. No dejaba a sus chicas, hasta que hubieran encontrado marido.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!
Donde hay matrimonio sin amor, habrá amor sin matrimonio” (Franklin).

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de Santa Paula Isabel, puedan encontrar los niños y niñas, un refugio seguro, y que los matrimonios sepan soportarse santamente, y así alcanzar las glorias del Cielo, tomados de la mano. A Tí Señor, que nos invitas siempre a tus bodas sagradas todos los días, y tu corazón es un refugio seguro a toda hora. Amén.


Segunda Feria, 24 Diciembre


San Gregorio, presbítero y mártir
(† a. 303)

Presbítero que murió mártir en la persecución de Diocleciano, a comienzos del siglo IV.

En su historia, interviene un personaje llamado Flaco, que es el encargado por el gobierno de Roma, para poner orden en el Imperio, en lo que concierne a la unidad de religión, fundamento del orden social.

Ha pensado en su estrategia, contra los rebeldes e inconformistas, de cuya existencia en su territorio está bien informado: multiplicará los dioses, y obligará a prestarles adoración. Quienes no acaten la orden con fidelidad, serán aniquilados.

En la península itálica, en la Umbria, concretamente en Spoleto, hay un hombre llamado Gregorio, quien se ocupa en hacer el bien a los demás; está interesado en poner remedio a las necesidades económicas de los más pobres, y de hecho las remedia, en la medida que puede; da consuelo a los tristes, e incluso ocupa el tiempo, animando cuando alguien está desalentado. Es pacífico, y en su vida se advierte la rectitud.

Todos lo tienen por hombre religioso. Incluso a los que quieren, les descubre poco a poco los misterios de Dios, y lo que es más llamativo aún, algunos le siguen, porque tanto su enseñanza como el estilo de su vida, tienen un atractivo poco común. Sí, hay un no-sé-qué atrayente por su nobleza, y altura de miras.

Pero por lo que se ve, esto no agrada a todos. No quiere sacrificar a los dioses. Tiene ideas distintas. Él no se acomoda a lo establecido. Es acusado de "ser rebelde a los dioses". Afirma que sólo un Dios merece adoración, y tan testarudo se muestra en su convicción, que a pesar de las amenazas y vejaciones, está dispuesto incluso a morir. De hecho así terminó su vida, en el año 303.

Desobediente. Inadaptado. Reaccionario. Indócil. Rebelde. Indisciplinado. Agitador. Inconformista. Independiente. Parece que todos estos calificativos tienen un contenido negativo. Pero, claro... hay que saber contra qué o contra quien.

Porque —a la postre y para ser justos en el juicio— todo depende de, a qué lado quede la verdad. Quizá resulte que hay que cambiar el esquema, y se deban proponer para premios Nobel, precisamente a los que no se acomoden a los croquis de la sociedad, y vayan contra el "status".

No siempre "ser como los demás", es signo de "estar en la verdad".

Oración: Te pedimos Señor y Dios Nuestro, que a imitación de San Gregorio, podamos ser los cristianos Sal y Luz para nuestra sociedad, y así convertirnos en tus dignos discípulos, y permanecer en tu amistad. A Tí Señor, que no temiste desafiar a las fuerzas imperantes en tu primera venida, y que Vives y Reinas por los Siglos de los Siglos. Amén.


martes, 25 de diciembre de 2018


Tercera Feria 25 de diciembre

LA FIESTA DE NAVIDAD


Gloria a Dios en las alturas, y paz sobre la tierra, a los hombres amados de Dios”

El mundo no sabe, que acaba de realizarse, el más grande acontecimiento de la Historia

Sus almas sin doblez, se abrieron a las palabras del ángel, sus ojos a las claridades del cielo


El mensajero del eterno consejo, sale del seno de la Virgen, como el sol de una estrella; sol que no tiene ocaso, estrella que nos alumbra con vivo resplandor, siempre más pura.
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FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL, O.S.B.

Para cumplir el decreto de Augusto, para inscribirse en los registros públicos, José el carpintero, acompañado de María, su esposa, abandona su casita de Nazareth. Cuatro días de marcha, desde las montañas de Zabulón, hasta el corazón de la Judea. azotado el rostro por el afilado viento del Líbano; heridos los pies por la aspereza de los caminos helados.

Primero, las llanuras de Esdrelón, que les dejaba en los límites de Samaria; después En-Gannim, Siquem..Pasan al lado de las torres de Sión, y algo después, divisaban las primeras casas de Belén, la ciudad de David. Allí se dirigían los dos nazarenos, porque ambos eran "de la casa y familia de David”, que mil años antes, había apacentado sus rebaños en los campos betlemitas.

Atravesaron el valle fértil, donde estuvo en otro tiempo, el dominio de Booz y de Jessé, subieron una colina blanca y suave, y en el momento en que agonizaba la tarde, se detuvieron delante del Khan, un edificio rodeado de soportales, con un gran patio central, donde se amontonaban las caballerías.

La gente gritaba, discurría ligera de un lado a otro, se saludaba a voz en cuello, cantaba, bromeaba. José se abrió paso entre la multitud, no sin prever una desagradable acogida. "María, encinta— pensaba—; y esto parece atestado de extranjeros". Y así fue; una y otra vez le dijeron, "que no había lugar para ellos". Insistió, suplicó; todo inútil.

Allí, cerca de la posada, abierta en la montaña calcarea, le señalaron una gruta, que estaba habilitada para establo. Es el único refugio que pudieron encontrar, los dos viajeros de Nazareth. En él, desprovista de toda asistencia, en una noche de invierno, entre el mirar asustadizo de las mansas bestias, le llegó a María la hora de dar a luz, y al filo de la medianoche, de una noche fría y oscura, nació el que es "la luz del mundo".

Un albergue pobre, destartalado, y lleno de telarañas, fue el primer palacio de Jesús en la tierra; un pesebre sucio, su primera cuna; un asno y un buey, según la vieja tradición, los que le calentaron con su aliento. "Y María —dice San Lucas---le envolvió en pañales, y le reclinó en un pesebre."

Y adoró a su hijo, como a Dios. No conoció en su parto, las miserias de las hijas de Adán. Dió a luz sin sentir el dolor, consecuencia del pecado. y sin perder privilegio de su virginidad intacta. Jesús, dice San Jerónimo, se desprendió de ella, como el fruto maduro, se separa de la rama que le ha comunicado su savia: sin esfuerzo, sin angustia, sin agotamiento. "Virgen antes del parto, en el parto y después del parto", dice San Agustín.

El mundo no sabe, que acaba de realizarse el más grande acontecimiento de la Historia. Es el Cielo, quien viene a decírselo, y a poner una luz ultraterrena en aquel nacimiento humilde.

Al oriente de Belén, camino del mar Muerto, se extiende una verde llanura, donde antaño se elevaba "la torre del rebaño", junto a la cual plantó su tienda Jacob, para llorar a su amada Raquel. Por aquellos campos, espigaba Ruth. Ahora, una iglesia escondida entre olivos, señala allí el lugar, sobre el cual se abrieron las nubes, para dejar ver una nueva luz.

"Un grupo de pastores—dice San Lucas—guardaba sus ganados, y velaba durante la noche. De pronto, el ángel del Señor se les apareció, la gloria del Señor les rodeó de luz, y fueron poseídos de un santo temor". Un hijo de Israel, no podía ver un rayo de gloria que caía del cielo, sin recordarle los rayos de Jehová, a quien no se podía ver sin morir.

Pero el ángel les tranquilizó, diciendo: "No temáis; os anuncio una gran alegría para vosotros, y para todo el pueblo. Cerca de aquí, en la ciudad de David, acaba de naceros un Salvador, el Cristo, el Señor, y ésta es la señal que os doy: encontraréis un niño envuelto en pañales, y reclinado en un pesebre".

La noticia era extraña; el Mesías que aguardaba Israel, recostado en el heno; el descendiente de David, abrigado en una caverna. En el segundo siglo de nuestra era, decía el hereje Marción: "Quitadme esos lienzos vergonzosos, y ese pesebre indigno del Dios, a quien yo adoro."

En vano contestará Tertuliano, "que nada es más digno de Dios que salvar al hombre, y pisotear las grandezas transitorias, juzgándolas indignas de Sí, y de los hombres". De siglo en siglo, hombres soberbios, repetirán el grito del padre de los gnósticos, ante la humillación del Verbo encarnado.

Pero no era a los potentados de Jerusalén, ni a los doctores del templo, a quienes se dirigía el mensaje divino, sino a los pobres, a los sencillos, a los aldeanos. Sus almas sin doblez, se abrieron a las palabras del ángel; sus ojos a las claridades del cielo.

Pronto se dieron cuenta, de que el mensajero no estaba sólo: un coro de espíritus resplandecientes, le rodeaba cantando el himno, cuyo eco resuena en todas las basílicas del mundo: "Gloria a Dios en las alturas, y paz sobre la tierra, a los hombres amados de Dios”. Maravillados por el misterioso concierto, los pastores miraban hacia la altura, y cuando los últimos ecos, se perdieron en la lejanía, echaron a andar diciendo: "Vayamos a Belén, y veamos este prodigio que el Señor nos anuncia”.

Y a la escasa luz del establo, vieron a un hombre alegre y apenado, recogido y silencioso; y una mujer bella y joven, que con solicitud amorosa, se inclinaba sobre su Hijito; y un Niño que les miraba con sus profundos ojos abiertos, y ofrecía a sus besos, sus carnes rosadas, delicadas y temblorosas.

Era el signo que les había dado el ángel. Ellos le reconocieron, y su fe se manifestó en transportes de gozo; contaron una y otra vez, lo que les había acontecido en la majada, "y todos se admiraban al oír su relato", porque la gruta empezaba a llenarse de gente.

Después de ofrecer lo poco que tenían: los blancos donativos del pastoreo, la leche. el queso, la lana y el cordero, que el amor y la fe hacían más preciosos, que todos los tesoros del mundo, "se volvieron alabando y glorificando a Dios, de todas las cosas que habían oído y visto, según les fuera anunciado".

En medio de aquel ingenuo alborozo. que se reproduce cada año, en la más pura de las alegrías del mundo, la madre de Jesús callaba. "María guardaba todas estas cosas, conservándolas en su corazón", hasta el día en que se las cuente a San Lucas, su pintor, su evangelista. Porque es ella, sin duda, quien le inspiró este relato, sobrio y tierno a la vez, donde se descubre la mano de una virgen, y el corazón de una madre.

Conservaba todas estas cosas, y las revolvía en su corazón. ¿Quién sino María, puede haber descubierto esta dulce intimidad?. Sin embargo, es la actitud normal de una madre, en presencia del hijo que le acaba de nacer.

Aunque guarde un silencio, al parecer, indiferente, lo oye todo, lo ve todo. Con su mirada intuitiva, ha tomado posesión del pequeñuelo, y en el fondo de su alma, está ya tejiendo la cadena de alegrías y tristezas, que van a formar aquella vida palpitante, que acaba de traer al mundo.

Es Lucas, el médico, quien ha puesto de relieve, esta nota característica de toda maternidad. En torno de toda cuna, se alaban las gracias del recién nacido, se examinan sus rasgos, se felicita a la madre. Esto mismo sucedió en el pesebre de Belén.

También los pastores, en medio de su rudeza, conocían ese vocabulario de diminutivos graciosos, de palabras amables, que brotan sin esfuerzo del corazón, en presencia de un niño que acaba de nacer.

Las generaciones cristianas, celebrarán con músicas, pastorelas y villancicos, los encantos del "pequeñuelo", que había anunciado Isaías. San Francisco invitará a cantar a sus frailes, y dará en este día, doble pienso a la mula y al buey; Santa Teresa bailará con sus monjas, en torno a su nacimiento, al son de las castañuelas. Pero el primer villancico resonó en Belén.

Navidad es la fiesta de un Rey que llega; es una marcha triunfal; es una grandiosa epopeya, y la historia viviente de un reino, que se realiza sin cesar; es en una palabra, el drama de la verdadera luz.

"La exaltación—dice una secuencia antigua—estalla en el corazón de los creyentes. ¡Alleluya!. Nuestro Rey sale de la puerta intacta. ¡Alleluya!. Porque el mensajero del eterno consejo, sale del seno de la Virgen como el sol de una estrella; sol que no tiene ocaso, estrella que nos alumbra con vivo resplandor, siempre más pura"

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que conserves nuestro cuerpo como morada digna de tu Realeza, como lo hizo la Virgen María, liberándolo de todo pecado y concupiscencia, y así poder ser dignos de brindarte una morada en nuestro interior, y poder alcanzar luego las moradas eternas en el Cielo. A Tí Señor, que llenas el Universo creado e increado con tu Poder, Amor y Misericordia. Amén.

lunes, 24 de diciembre de 2018


Segunda Feria, 24 de Diciembre

Bartolomé María dal Monte, Beato


Sacerdote

BEATO BARTOLOMÉ MARÍA DAL MONTE, nació en Bolonia el 3 de noviembre de 1726, hijo de Horacio Dal Monte y Anna María Bassani.

A la edad de seis años y medio, recibió la Confirmación, de manos del Cardenal Prospero Lambertini, Arzobispo de Bolonia, quien luego fue el Papa Benedicto XIV. Aun cuando la fecha de su Primera Comunión es desconocida, las intenciones religiosas del muchacho han sido conservadas, ya que dio una dimensión de Eucarística, a su vida entera.

Fue un muchacho de inteligencia viva y temperamento alegre; recibió una educación completa en humanidades, en el Colegio Jesuita Santa Lucía. Pero su vocación sacerdotal, encontró la oposición amarga de su padre, que deseaba que su hijo fuera banquero.

Su inclinación misionera, fue animada por una reunión con San Leonardo de Puerto Mauricio, quien confirmó la opción sacerdotal del joven. Recibió la Ordenación Sacerdotal, el 20 de Diciembre de 1749.

El nuevo sacerdote, fue obligado a posponer sus compromisos pastorales durante dos años, ya que el Vicario General le había pedido que completara sus estudios.

Él los terminó brillantemente, ganando un doctorado en teología. Después de pasarse sus primeros años, aprendiendo el arte de predicar, en la escuela de los más famosos predicadores de aquel tiempo, Fray Bartolomé María, empezó un extraordinario ministerio de misiones populares.

Su actividad no se limitó a las parroquias de Bolonia: a pesar de salud delicada, él celosamente invirtió todos los 26 años de su generosa vida sacerdotal, predicando en por lo menos 62 Diócesis, en centenares de misiones populares, retiros Cuaresmales, y ejercicios espirituales para el clero, religiosas y el pueblo laico, realizando milagrosas conversiones, y provocando muchas reconciliaciones entre grupos antagónicos.

Cuando las consecuencias dañinas de ciertas ideas, influenciadas por el Jansenismo se estaban extendiendo, las "misiones" se volvieron talleres intensivos de instrucción religiosa, con evangelización sistemática, para todos los creyentes.

Llegó a ser conocido como "el misionero de la discreción". Su vida se modeló en el ministerio del propio Cristo: intransigente en la proclamación de la verdad, pero dando la bienvenida y misericordia a los pecadores.

Como un sacerdote, entregado totalmente a Dios, se dedicó a la salvación de almas; él era una imagen viviente de Aquel, que es "rico en misericordia" (Ef. 4:2), y era muy devoto de la Virgen María, Madre de Misericordia.

Agotado por sus incesantes labores apostólicas, durante su última misión, dos meses antes de su muerte, exclamó proféticamente: "Voy a morir en Bolonia en Nochebuena".

El 24 de Diciembre de 1778, serenamente entregó su espíritu, dejando esta vida para celebrar la Navidad en el cielo. Toda Bolonia lo lamentó profundamente. Desde 1808, sus restos mortales han descansado en la capilla de Nuestra Señora de la Paz, en la Basílica de San Petronio en Bolonia.

Fue beatificado en Bolonia, por Su Santidad Juan Pablo II, el 27 de Septiembre de 1997. Traducido por Xavier Villalta

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que los méritos y la intercesión de San Bartolomé María, puedan cesar las discordias y los grupos antagónicos en nuestra sociedad, y así podernos vernos a nosotros mismos, como parte de una Gran Familia, La Familia Humana. A Tí Señor, que Reinas y Gobiernas como cabeza de la indisoluble Familia Celestial, por los Siglos de los Siglos. Amén.

domingo, 23 de diciembre de 2018


Domingo 23 de Diciembre

San Juan Cancio (de Kenti)


Sacerdote. Decano. El Padre de los Pobres.

+1473

"Combatimos el pecado, pero amamos al pecador. Atacamos el error, pero no queremos violencia contra nadie; la violencia siempre hace daño, en cambio la paciencia y la bondad, abren las puertas de los corazones"

Breve
Decano de filosofía, y profesor de teología en la Universidad de Cracovia. Conocido por su austeridad, humildad y caridad para con los pobres. Uno de los Patrones de Polonia.
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Nace en Kanty, cerca de Auschwitz, Polonia (al oeste de Cracovia).

Sus compañeros de estudio, le criticaban por ayunar, y abstenerse de comer carne. Le decían que estaba dañando su salud. Él respondía que los monjes ayunaban, y se abstenían de carne, y muchas veces llegaban hasta los ochenta años, con salud física y mental.

En una ocasión, regaló su almuerzo a un hombre hambriento, que vió junto a la puerta. Sintió entonces una alegría tan grande, al recordar que quien atiende al pobre, atiende a Cristo, tanto que cuando llegó a ser profesor de la universidad, todos los días le dará almuerzo a un pobre.

Cuando alguien le decía: "Ya viene el pobre", él añadía: "Ya viene Jesucristo", porque recordaba lo que dijo Jesús: "Yo les diré: tuve hambre y me dieron de comer. Porque todo favor que han hecho, a cualquiera de estos mis humildes hermanos, yo lo recibo, como si me lo hubieran hecho a Mí en persona" (Mt. 25, 40).

Al llegar a la Universidad, Juan ponía fin a una educación que pudiéramos llamar casi campesina. Había nacido en el seno de una familia patriarcal, y se había educado cristianísimamente, con una orientación ortodoxa, sólida y segura. Incorporado a la Universidad, después de algunas duras pruebas, que él supo sobrellevar con firmeza, se dedicó con tal entusiasmo a los estudios, que su figura pronto destacó.

Siendo joven sacerdote, lo nombraron profesor de la universidad. Pero unos envidiosos, hicieron que lo nombraran como párroco, lejos de la universidad. Allá se hizo querer tanto, que el día que lo trasladaron otra vez hacia la capital, centenares de feligreses lo acompañaron por varios kilómetros, dando grandes demostraciones de tristeza.

Él se despidió de ellos, con estas palabras: "La tristeza no es provechosa. Si algún bien les he hecho en estos años, canten un himno de acción de gracias a Dios, pero vivan siempre alegres y contentos, que así lo quiere Dios".

Nuevamente lo nombraron profesor de la Universidad de Cracovia (Polonia), y durante muchos años, enseñó Sagrada Escritura.

En el año 1417, obtuvo el doctorado en Filosofía, y poco después en Teología. Ordenado de sacerdote, nombrado canónigo de Cracovia, obtuvo una cátedra de teología en la Universidad, y continuó residiendo en el mismo Colegio Mayor, en que había residido, mientras fue estudiante. Fuera de su estancia universitaria, en una parroquia y de sus viajes, no conocerá Juan ninguna otra residencia.

La estampa que nos ha llegado de él, a través de los siglos, es la de un profesor universitario, verdaderamente ejemplar; sin faltar jamás a clase; enteramente al servicio de los estudiantes; consagrando largas horas al estudio; explicando con claridad y humildad; viviendo intensamente la vida universitaria.

Sus méritos le llevarán hasta el mismo rectorado, y durante muchos siglos, la toga morada, que él había ostentado mientras fue rector, servirá también a quienes le sucedan en el cargo, como una consigna de superación y de fidelidad.

Los ratos libres, los dedicaba a visitar pobres y enfermos. Lo que ganaba, estaba a disposición de los pobres de la ciudad, que muchas veces, lo dejaron en la ruina.

En las discusiones, repetía lo que decía San Agustín: "Combatimos el pecado, pero amamos al pecador. Atacamos el error, pero no queremos violencia contra nadie; la violencia siempre hace daño, en cambio la paciencia y la bondad, abren las puertas de los corazones".

Cuando predicaba acerca del pecado, lloraba al recordar la ingratitud de los pecadores hacia Dios, y la gente al verlo llorar se conmovía, y cambiaba de conducta.

A sus alumnos, les repetía estos consejos: "Cuídense de ofender, que después es difícil hacer olvidar la ofensa. Eviten murmurar, porque después resulta muy difícil, devolver la fama que se ha quitado".

Sus alumnos y sus beneficiados, recordaron con gratitud su nombre por muchos años. Fueron centenares, los sacerdotes formados espiritualmente por él. La gente lo llamaba: "el padre de los pobres".

Se dice que un día que iba a la iglesia, en Olkusz, encontró un pobre agachado en la nieve, temblando de frío; el sacerdote se sacó su capa y se la puso al mendigo, y lo llevó a la iglesia, donde lo cuidó y lo reconfortó. Poco después que el pobre se hubo marchado, la Virgen se apareció a Juan Cancio y le retornó la capa.

Vuelto del peregrinaje a Roma, fue asaltado por unos bandoleros que le robaron todo lo que vieron. Al acabar, le preguntaron si llevaba alguna otra cosa que se hubiesen dejado: les dijo que no, y marcharon.

Entonces recordó que todavía tenía unas piezas de oro cosidas a la capa: corrió hasta que llegó donde estaban los bandoleros, y les ofreció las monedas; los ladrones, confusos y avergonzados, le devolvieron todo lo que habían robado.

El 24 de diciembre de 1473, rodeado por sus amados profesores de la universidad, y después de recibir los santos sacramentos, murió santamente.

En su sepulcro se obraron tantos milagros, y por su intercesión se consiguieron tan admirables favores, que los Sumos Pontífices – Clemente X (beatificación 1676) y Clemente XIII (canonización 1767) - lo declararon santo.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de San Juan Cancio, puedan los claustros universitarios ser foco irradiador de la Verdad, el Camino y la Vida, conservándose siempre el espíritu innovador y de sana alegría. A Tí Señor, que eres la fuente innagotable de la Ciencia, la Alegría y la Sabiduría, y gobiernas el Universo, por los Siglos de los Siglos. Amén.


sábado, 22 de diciembre de 2018


Sábado 22 de diciembre

SANTA FRANCISCA JAVIERA CABRINI


Misionera del Sagrado Corazón de Jesús

(+ 1917)

"Trabajemos, trabajemos. Luego tendremos toda una eternidad para descansar"

Breve
Misionera Italiana. Asistió principalmente a sus connacionales, que emigraron a Norteamérica, y luego al resto de América. Faro de luz, en medio de una oscuridad muy profunda, que siempre trae el desarraigo.

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JAVIER PÉREZ DE SAN ROMAN
Los biógrafos de la Santa, nos cuentan que solía jugar de niña en un arroyuelo, haciendo barquitos de papel, en los que colocaba unas violetas. "¡A China!", les decía. Un día, se cayó en el riachuelo, y desde entonces tuvo un miedo muy grande al agua, la mujer que en su vida, recorrería diecinueve veces el Océano.

En las violetas que viajaban en sus barquitos de papel, alguien ha querido ver a las misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, que más tarde fundaría. ¡China!. Al amor de la lumbre, leían en el hogar, al caer la tarde, las vidas de los santos, y los anales de la Propagación de la Fe.

Francisca Cabrini vino al mundo, el 15 de julio de 1850. Fue la penúltima de once hermanos. En su casa, conoció la virtud tradicional, de unos honestos y sobrios trabajadores de la tierra. Nació en Italia, en Sant'Angelo Logidiano, pequeño pueblo de la feraz Lombardía.

Su padre, Agustín, era un modesto propietario. Su madre, Stela Oldini, era modelo de madre, tierna y hacendosa. La muerte, irá llevando poco a poco a sus hermanitos. Vivirán únicamente Rosa, Juan Bautista y Francisca. Ésta va creciendo débil y delicada. Su hermana Rosa, que le lleva quince años, ayudará a su madre en la educación de nuestra Santa.

Rosa es severa; tiene un rígido sentido del deber. Quiso ser religiosa, mas las necesidades de la casa se lo impidieron. Pero en los planes divinos, contribuiría a forjar una santa. De su madre, heredó Francisca la ternura de Rosa, un sentido de responsabilidad extraordinario.

Francisca, a los ocho años, recibe el sacramento de la confirmación, que la hace auténtico soldado de Cristo. La firmeza, y su espíritu sobrenatural, caracterizaron toda su vida, y toda su obra.

Al año siguiente recibe la primera comunión. Débil, tímida, abstraída, cuando llega la hora, su timidez se cambiará en la franca libertad de la mujer fuerte. A los once años, ofrece al Señor su virginidad. Renovará el holocausto a los diecinueve años, aunque a la sazón, las circunstancias no fueran muy favorables, para ser acogida en un Instituto religioso.

Teniendo trece años, oye hablar a un misionero, y decide ser religiosa. Su hermana Rosa la humilla: "¡Tan pequeña, tan ignorante, y soñando con ser misionera!".

A los dieciocho años consigue, en la Escuela Normal de Lodi, el título de maestra. Es de entendimiento despierto, y tiene un afán enorme por conocer. Con la muerte de sus padres - ambos mueren en el espacio de once meses - cuando Francisca tenía veinte años, se cierra ese período de vida familiar, tan rico en alegrías íntimas, y de tan felices recuerdos. Su hermana Rosa acompañará a Juan Bautista, cuando éste emigre a Argentina.

Para Francisca, el Magisterio es un sacerdocio. Por consejo de su padre espiritual, va a Vidardo, a suplir, por quince días se pensaba, a una maestra enferma, y permanece en este puesto durante dos años.

Su labor en este pueblo, es eminentemente apostólico y social. Por esta época, un vómito de sangre, le cierra las puertas de dos Institutos religiosos. Será una prueba providencial, que alargará su permanencia en el mundo, para lograr mayor experiencia de las personas y de las cosas.

El reverendo Serrati, párroco de Vidardo, es trasladado a la parroquia de Codoño. En este pueblo, de 8.000 habitantes, existe el Hospicio de la Providencia, muy necesitado de orden y de cuidado.

El nuevo párroco de Codoño, sabe muy bien que Francisca, a pesar de sus veintitrés años, es capaz de poner las cosas en su sitio, gobernando una institución, en la que un grupo de mujeres mal avenidas, hacían gala de piadosas, y tenían una responsabilidad, para la cual no estaban preparadas. Cabrini va por obediencia. Es el 12 de agosto de 1874.

Cuatro años antes, este grupo de mujeres se había constituido en Instituto religioso. Vistieron el hábito, y emitieron los tres votos. Francisca Cabrini emite los votos en este Instituto, en el año 1877, y el 30 de agosto del mismo año, es nombrada superiora del Hospicio de la Providencia.

Después vienen los enfados, las disensiones, las incomprensiones, los dramas íntimos. Las lágrimas que sorberá la Santa en silencio, serán rocío que vivificará esta rosa, que nace entre las espinas. Pequeñas y grandes perfidias, envidias, sarcasmos. La respuesta es: paciencia.

El señor obispo disuelve el Instituto. El vino nuevo, se colocará en odres nuevos. El prelado llama a Cabrini: "Tienes deseos de hacerte misionera: no conozco ningún Instituto de misioneras: funda uno". Francisca Cabrini tiene treinta años, cuando escucha estas palabras.

El 10 de noviembre de 1880, se firma en Codoño la compra de un edificio, y a los cuatro días, tiene lugar la consagración de Francisca Cabrini, y de sus siete primeras hijas.

Preside el instituto, la imagen del Sagrado Corazón, como en todas las casas, que erigirá el nuevo Instituto, que se llamará “Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús”. El día 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier, lo celebran con gran fervor. Desde esta fecha, Francisca se llamará Francisca Javier. También ella sueña con China

En 1881, obtiene la aprobación diocesana, y en 1901 logrará la pontificia. El cardenal Vives y Tutó, prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, afirmó en esta ocasión: “Si en todo el período de mi prefectura, solamente hubiera firmado este decreto, tendría bastante de qué gloriarme”.

El pensamiento de la Santa, corre ahora hacia China, como aquellos barquitos de papel, que llevaban violetas, mecidas por la corriente del arroyuelo de su infancia.

El grano de mostaza, empieza a expandirse. La madre Cabrini morirá a los sesenta y siete años, después de haber fundado personalmente 67 casas. En los comienzos, figura la de Milán, residencia para las muchachas que emigran de los pueblos a la ciudad, por razón de estudios. Con idéntico fin, fundará otra en Roma poco después, y más tarde en Génova.

El papa León XIII, que dió el sello al Instituto, le marcará también el camino. Cabrini buscaba China, los países salvajes. No quería para sus hijas, la comodidad de la civilización, que entibiaría su espiritu. Pero...

Por aquel entonces, regía la diócesis de Piacenza, un santo y celoso prelado, monseñor Scalabrini. Hacía unos años que había fundado una asociación de misioneros, que tenía por finalidad asistir, principalmente en América, a millares de emigrados italianos, que vivían en una deplorable situación moral y religiosa.

Pero a todos ellos, les faltaba la delicadeza y la ternura de una madre. Propuso la idea a Santa Francisca Javier. A la madre Cabrini, no se le presentaba todavía esta labor en toda su grandeza. No por falta de celo ni de espíritu, sino porque no en balde, había acariciado la idea del Oriente durante treinta años.

León XIII conocía muy bien, la triste situación de los emigrados italianos en ultramar. Hacía poco tiempo, que había lanzado un conmovedor grito de socorro, a los obispos americanos, para que vinieran en su ayuda. Cuando la madre Cabrini va a exponer al Santo Padre, la proposición de monseñor Scalabrini, recibe una orden explícita perentoria: "¡Al Oriente, no; al Occidente!".

Cristo ha hablado por boca de su Vicario. China desaparece como nube arrebolada, herida por el sol.

Bastaba recorrer el andén de Turín, o asomarse a los puertos de Génova y Nápoles, para ver el espectáculo: maletas, fardos pesados, y sobre ellos, sentados, hombres, mujeres y niños. Muchos analfabetos. Todos sin orientación, sin rumbo fijo, sin ninguna asistencia.

Han de buscar en otros horizontes, lo que en su patria no encuentran. Victimas de engaños, sin recursos económicos, van a regar con su sudor y con su sangre, los campos, las minas, las industrias de ultramar.

Marchan a los grandes desiertos, a las enormes ciudades. A un mundo distinto y extraño, fundidos entre los nativos, entre los franceses, españoles, portugueses, irlandeses, en una mezcolanza impresionante de ideas, de credos y de razas.

Frente a una lucha a muerte, contra todo lo que se opusiera, al logro de sus legítimos deseos de mejorar o de vivir. Sin asistencia espiritual, sin colegios, sin asilos, sin orfanatos, sin hospitales, sin solidaridad nacional, sin recíproca comprensión, vivían o malvivían a la sazón en América, cerca de un millón de italianos.

Después, este número ha crecido extraordinariamente. Faltaba una asistencia amorosa y paciente, que conservara íntegra su fe, mantuviera su esperanza, diera a su camino áspero y duro, un sentido noble de misión, e hiciera consciente tanto dolor, como medio de superación y elevación personal y colectiva.

Faltaba una cultura, que de suyo constituye siempre, una gran fuerza moral, y brinda oportunidad para triunfar Tan lamentable espectáculo, hizo decir a monseñor Scalabrini: "Se me enciende el rostro de vergüenza. Me siento humillado, en mi doble condición de sacerdote y de italiano".

El 13 de julio de 1888, había partido para América, el primer grupo de misioneros de monseñor Scalabrini: siete sacerdotes y tres legos. Llevaban un crucifijo, y la bendición de León XIII. El 21 de marzo de 1889, el navío Bourgogne sale de El Havre, llevando a Francisca Javier. Va a Nueva York, para hacer su primera fundación.

En el camino, se cruza un telegrama del arzobispo de Nueva York, en el que le anuncia que desiste de sus propósitos de fundar un orfanato, por haber fallado sus planes.

Por eso, al llegar, las recibe únicamente la estatua de la Libertad. Van la madre y seis religiosas. El saludo de monseñor Carrigan es: "Me parece que la mejor solución, es que regresen a Italia". Este comienzo es el pórtico, de una vida llena de penalidades.

Alguien ha dicho: "Si Cristóbal Colón descubrió América, la madre Cabrini ha descubierto a todos los italianos en América". Y es verdad. Fue a su encuentro y los halló en los barrotes de la cárcel, en el campo de trabajo, en la orilla de los ríos, en los muelles de los puertos, en las tabernas, en las buhardillas. Dondequiera que un alma de su tierra sufría y lloraba, allí llegó la madre Cabrini.

Con su sonrisa ancha, con afán de servicio, con la ilusión de renovar el follaje seco, injertándolo en el árbol perenne, siempre fresco de la Iglesia. "Trabajemos, trabajemos. Luego tendremos toda una eternidad para descansar", decía constantemente.

A los cuatro meses vuelve a Italia. ¿Cómo relatar ahora, en tan breve espacio, los diecinueve viajes que realizó a través del Océano?. Fundó en Italia, en Francia, en Inglaterra, y en España. Creó personalmente hospitales, preventorios, orfanatos, colegios y asilos en Nueva York, Nueva Orleáns, Denver, Los Angeles, Chicago, Seattle, Filadelfia, etc., etc.

En la América Central, los fundó en Costa Rica, en Panamá y en Nicaragua.

De la bahía de Costa Rica, es esta anécdota: el barco ha fondeado cerca de la costa. En una barquita, se acercan las religiosas a tierra para comulgar. Como preparación van cantando.

De improviso unas aves, en ordenado vuelo, se colocan encima del esquife. La madre dice: "Son las jóvenes americanas, que ingresarán en el Instituto". Una religiosa le dice: "¿No serán las almas, que por nuestro sacrificio se salvarán?". La respuesta es inmediata. Millares de aves acuáticas levantan el vuelo, y giran en torno de la embarcación.

Este doble presagio se cumplirá: a la muerte de la madre Cabrini, el Instituto contaba ya con dos mil religiosas. ¿Y quién podrá contar las almas que se han salvado, y se salvarán por su mediación?. ¿Quién podrá describir su paso por la cordillera de los Andes, sobre una mula, y el encuentro con los icebers frente a Terranova, y las terribles tempestades, tras las cuales, sobre el lomo del mar pacificado, se veían innumerables restos de veleros hundidos, y sus viajes de siete días y siete noches en tren, con altas fiebres?. ¿Cómo enumerar las contradicciones de los nativos y connacionales, las estrecheces, las dificultades que surgieron, por parte de las autoridades civiles y eclesiásticas, la guerra que le hicieron los masones, los liberales, las sectas anticatólicas?

Hizo fundaciones en Buenos Aires, Rosario de Santa Fe, Mendoza. En el Brasil abre colegios en San Pablo, y en Río de Janeiro.

El papa León XIII la recibía, aun estando las audiencias suspendidas. El venerable anciano, con admiración de los presentes, le ponía su cansada mano sobre la cabeza, acariciándola mientras decía: "La Iglesia abraza al Instituto". Y añadía: "Trabajemos, trabajemos, que después será muy hermoso el paraíso". Después repetiría la Santa: "Tengo asegurado el paraíso. Me lo ha dicho el Santo Padre".

El día 22 de diciembre de 1917, la madre Cabrini entraba en el paraíso prometido. Moría en Chicago.

En la oración fúnebre, el obispo de Seattle decía: "Fue una mujer extraordinaria, no solamente en la historia de América, sino en la historia del mundo entero".

El comisario de la Emigración en América, afirmó: "La madre Cabrini ha hecho por los emigrantes, mucho más que el Ministerio de Asuntos Exteriores".

Pío XI la inscribió en el catálogo de los beatos, el día 13 de noviembre de 1938. El papa Pío XII, decretó su canonización, el día 20 de junio de 1943.

Y el papa Pío XII, el gran papa de los emigrantes, el día de su canonización, destacó en un precioso discurso, lo fundamental, el impulso interno que animó todas sus obras: era un alma ricamente dotada por la naturaleza y por la gracia.

En ella, se dieron cita la audacia y el valor, la previsión y la vigilancia, la perspicacia y la constancia. La desconfianza en sí misma, se tradujo en confianza inmensa en Dios. Fue misionera del Corazón de Jesús, al que hizo conocer, adorar, amar y servir.

Pío XII recordó la frase de la Santa: "Yo siento que el mundo entero, es demasiado pequeño para satisfacer mis deseos". Y a continuación, hacía hablar Su Santidad a Porcia, el personaje de Shakespeare, símbolo de la mujer estéril y aburrida: "Mi pequeño cuerpo está cansado de este gran mundo".

¡Qué contraste!. Fue humilde de corazón, obediente, desprendida y virginal. Vivió una vida de unión íntima con el Corazón de Jesús, autor de la gracia, y con el Corazón de María, Madre de todas las gracias.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de la Madre Cabrini, sean aliviados los dolores de todos los inmigrantes del Mundo, cualquiera sea su raza o creencias, y siempre cuenten con su auxilio maternal en todo momento. Con especial énfasis, te pedimos por los inmigrantes de Centro América, y de tantos desplazados por el guerra y el autoritarismo. A Tí Señor que Eres Camino, Verdad y Vida. Amén.