domingo, 30 de julio de 2017

Sábado 29 de julio

Santa Marta


Yo soy la resurrección y la vida. Todo el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. ¿Crees esto?”

Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa” - San Agustín

Breve
Etim.: Marta: "señora; jefe de hogar".
La pregunta de Jesús nos interpela a nosotros hoy mismo, como lo hizo con Santa Marta. En las prioridades de nuestra vida tendremos la respuesta sincera.

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Marta es hermana de María y de Lázaro, y vivía en Betania, pequeña población, distante unos cuatro kilómetros de Jerusalén, en las cercanías del Monte de los Olivos.

Jesús Nuestro Señor vivía en Galilea, pero cuando visitaba Jerusalén, acostumbraba hospedarse en la casa de estos tres discípulos en Betania, que tal vez, habían cambiado también su morada de Galilea, por la de Judea. Marta se esforzó en servirle lo mejor que pudo, y más tarde, con sus oraciones, impetró la resurrección de su hermano.

San Juan nos dice que "Jesús amaba a Marta, y a su hermana María y Lázaro" (Jn 11:5).

Lucas añade:
"Yendo ellos de camino, entró en un pueblo, y una mujer llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo?. Dile pues que me ayude»”  -Lucas 10:38-40.

No podemos estar seguros de la motivación de Marta al hacer su petición al Señor, pero todo parece indicar que se quejaba contra su hermana. Nuestro Señor aprecia el servicio de Marta, pero al mismo tiempo sabía que era imperfecto.

Muchas veces nuestro servicio, aunque sea con buena intención, está mezclado con el afán de sobresalir, la compulsión por ser protagonistas, la competencia para sentirnos que somos los mejores. Es entonces que salen las comparaciones. “¿Por qué la otra no hace nada, y soy yo la que trabajo?”.

El Señor corrige a Marta, penetra en su corazón afanado y dividido, y establece prioridades:
«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.»  -Lucas 10: 41-42

Esa única cosa de la que hay necesidad, es de poner todo el corazón en amar a Dios, atender lo que Jesús que nos dice, para elevarnos de nuestra miseria.

Toda vida activa debe surgir de la contemplación. La vida activa sin contemplación, lleva al alma a dispersarse. y perder de vista el fin. La vida contemplativa, se concentra en Dios, y se une a Él por la Adoración y el Amor.

La vida contemplativa, es una especie de noviciado del cielo, pues la contemplación, es la ocupación de los bienaventurados del paraíso. Por ello, Cristo alabó la elección de María, y afirmó: "sólo una cosa es necesaria". Eso significa que la salvación eterna, debe ser nuestra única preocupación.

Si contemplamos como van las cosas en cualquier Iglesia, podremos ver muchas actividades, programas, ideas... Es relativamente fácil hacer cosas por Jesús, pero ¡ cuánto nos cuesta estar en silencio ante su Presencia !. En seguida, pensamos en cosas que hacer. No comprendemos que lo primero y más importante, es atenderlo a Él directamente por medio de la oración.

Jesús encontró más digna de alabanza, la actitud contemplativa de María. Cuanto quisiera El Señor que todos, como María, nos sentáramos ante Él para escucharle. Ella se consagraba a la única cosa realmente importante, que es la atención del alma en Dios. También el Padre nos pide que, ante todo, escuchemos a Su Hijo (Mt 17-5).

Entonces, ¿no es necesario trabajar?. Claro que sí lo es. Pero para que el trabajo dé fruto, debe hacerse después de haber orado. El servicio de Marta es necesario, pero debe estar subordinado al tiempo del Señor. Hay que saber el momento de dejar las cosas, por importantes que parezcan, y sentarse a escuchar al Señor. Esto requiere aceptar, que somos criaturas limitadas. No podemos hacerlo todo. No podemos siquiera hacer nada bien, sin el Señor.

San Agustín escribe: "Marta, tú no has escogido el mal; pero María ha escogido mejor que tú". San Basilio y San Gregorio Magno, consideran a la hermana María modelo evangélico de las almas contemplativas, y su santidad no está en duda, sin embargo, es curioso que de los tres hermanos, solo Marta aparece en el santoral universal.

La resurrección de Lázaro
El capítulo 11 de San Juan, narra el gran milagro de la resurrección de Lázaro. En aquella ocasión, vuelve a hablarse de Marta. Lázaro se agravó de muerte, mientras Jesús estaba lejos. Las dos hermanas le enviaron un empleado, con este sencillo mensaje: "Señor aquel que tú amas, está enfermo". Es un mensaje de confianza, en que Jesús va actuar a su favor.

Pero Jesús, que estaba al otro lado del Jordán, continuó su trabajo sin moverse de donde estaba. A los Apóstoles les dice: "Esta enfermedad será para gloria de Dios". Y luego les añade: "Lázaro nuestro amigo ha muerto. Y me alegro de que esto haya sucedido sin que yo hubiera estado allí, porque ahora vais a creer".

A los cuatro días de muerto Lázaro, dispuso Jesús dirigirse hacia Betania; la casa estaba llena de amigos y conocidos, que habían llegado a dar el pésame a las dos hermanas. Tan pronto Marta supo que Jesús venía, salió a su encuentro, y le dijo: "Oh Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; pero aún ahora yo sé que cuánto pidas a Dios te lo concederá".

Jesús le dice: "Tu hermano resucitará".

Marta le contesta: "Ya sé que resucitará el último día, en la resurrección de los muertos".

Jesús añadió: "Yo soy la resurrección y la vida. Todo el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. ¿Crees esto?".

Marta respondió: "Sí Señor, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".

Jesús dijo: "¿Dónde lo han colocado?". Y viendo llorar a Marta, y a sus acompañantes, Jesús también empezó a llorar. Y las gentes comentaban: "Mirad cómo lo amaba".

Y fue al sepulcro que era una cueva, con una piedra en la entrada. Dijo Jesús: "Quiten la piedra". Le responde Marta: "Señor, ya huele mal porque hace cuatro días que está enterrado". Le dice Jesús: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?". Quitaron la piedra, y Jesús dijo en voz alta: "Lázaro ven afuera". Y el muerto salió, llevando el sudario, y las vendas en sus manos.

El Banquete
Marta aparece también en un banquete, en el que participa también Lázaro, poco después de su resurrección: también esta vez aparece Marta como la mujer ocupada en el servicio, pero puede ser que para entonces ya lo sabía someter al Señor con mas amor, sin quejarse ni compararse.

De los años siguientes de la santa, no tenemos ningún dato históricamente seguro, aunque según la leyenda de la Provenza, Marta fue con su hermana a Francia, y evangelizó Tarascón. Ahí se dice que encontraron, en 1187, sus pretendidas reliquias, que todavía se veneran en su santuario.

Los primeros en dedicar una celebración litúrgica a Santa Marta, fueron los franciscanos en 1262, el 29 de julio, es decir, ocho días después de la fiesta de Santa María Magdalena, impropiamente identificada con su hermana María.

Santa Marta es la patrona de los hoteleros, porque sabía atender muy bien.

Bibliografía:
Salesman, P. Eliécer,  Vidas de los Santos # 3
Sgarbossa, Mario y Luigi Giovannini - Un Santo Para Cada Día

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Del oficio de lectura, 29 de Julio, Santa Marta

Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa

De los sermones de San Agustín, Obispo
Sermón 103, 1-2,6

Las palabras del Señor nos advierten, que en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender.

Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no dejemos de tender hacia ella, porque sólo así, podremos un día llegar a término.

Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por su parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas le servían durante su vida mortal, con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera.

Pero en este caso, era una servidora que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una criatura al Creador. Le dio hospedaje para alimentar corporalmente a Aquel, que la había de alimentar con su Espíritu.

Porque el Señor quiso tomar la condición de esclavo, para así ser alimentado por los esclavos, y ello no por la necesidad, sino por condescendencia, ya que fue realmente una condescendencia, el permitir ser alimentado. Su condición humana, lo hacía capaz de sentir hambre y sed.

Así, pues, el Señor fue recibido en calidad de huésped, Él, que vino a su casa, y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, adoptando a los siervos, y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos, y convirtiéndolos en coherederos.

Pero que nadie de vosotros diga: «Dichosos han sido los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa». No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo, en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: “Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

Por lo demás, tú, Marta –dicho sea con tu venia, y bendita seas por tus buenos servicios–, buscas el descanso como recompensa de tu trabajo. Ahora estás ocupada en los mil detalles de tu servicio, quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero, ¿por ventura, cuando llegues a la patria celestial, hallarás peregrinos a quienes hospedar, hambrientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz, muertos a quienes enterrar?.

Todo esto allí ya no existirá; allí sólo habrá lo que María ha elegido: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí alcanzará su plenitud y perfección, lo que aquí ha elegido María, la que recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá?. Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Oración: Dios todopoderoso y Eterno, ya que tu Hijo aceptó la hospitalidad de Santa Marta, y se albergó en su casa; concédenos, por intercesión de esta santa mujer, servir fielmente a Cristo en nuestros hermanos, y que nuestro corazón sea una morada digna de tu realeza, y así poder ser recibidos, como premio, en tu casa del cielo. A Tí Señor, que nos prometiste que te ibas para preparar en el cielo, las mansiones que nos tienes reservadas. Amén.



sábado, 29 de julio de 2017

Sexta Feria, 28 de julio

Santos Nazario y Celso


(+68)
Mártires. Cuerpos Incorruptos.

Otros Santos y Mártires

Nazario nació en Roma. Su padre era un acaudalado caballero pagano, oriundo del norte de África. Su madre, fervorosa cristiana, había nacido en Roma; la Iglesia la venera con el nombre de Santa Perpetua.

Se cree que fue bautizado por el papa San Lino, sucesor de San Pedro en la sede romana, Inflamada su alma de amor divino, resolvió salir de Roma, para dedicarse a la salvación de las almas menos favorecidas.

Predicó en nombre de Jesucristo. "Los pobres son su prójimo", decían los del lugar. A lo que él replicaba; "Son más que mi prójimo; son mis hermanos, mis hijos en espíritu" . Y en provecho de ellos vendió sus vastas heredades, vistió el sayal de peregrino, y comenzó su misión evangelizadora, con los menesterosos, los enfermos y los huérfanos.

Recorrió Florencia, y se dirigió a la ciudad de Milán. El gobernador Anolino interrogó a los guardias: "¿Quién es ese hombre, que habla sobre la fe de un nazareno llamado Jesús, y todos lo siguen?". Dio orden de que lo encarcelaran, y al día siguiente se presentó en su celda. Su presencia llevaba un fin: persuadirlo a que adorase a los dioses de Roma.

Como Nazario se negase, fue flagelado y expulsado de Milán. Llevó entonces a la Galia, su prédica evangelizadora. Un domingo, orando en la población de Melia, una mujer, llamada Marionilla, llegó con un niño, su hijo. "Aquí está Celso le dijo, para que lo bautices, y lo instruyas en tu fe, la que recompensa con la vida eterna".

La gracia del Señor resplandeció sobre Celso. Nazario y Celso maestro y discípulo, sembraron, con sus eficaces pláticas, y la ejemplaridad de sus vidas, aquella semilla de la cual habla el Evangelio; y esta semilla "cayó toda en tierra fértil".

En la ciudad de Tréveris, ambos realizaron milagros. En compañía de los recién convertidos, entonaban cánticos sagrados, y en las procesiones pregonaban la paz entre los hermanos, y entre los pueblos.

Arrestados los dos, y llevados a la cárcel, se los condenó a muerte. La tradición refiere que fueron milagrosamente salvados, y volvieron a Italia. En Milán, el gobernador Anolino, por segunda vez los hizo encarcelar. Como Nazario era ciudadano romano, y pertenecía a la nobleza, el gobernador consultó la sentencia con Nerón.

Conducidos a la plaza mayor de Milán, fueron decapitados, el 28 de julio del año 68. Los cristianos recogieron sus cadáveres, y los sepultaron en un huerto de extramuros.

Más de trescientos años después, en 395, fue revelado a San Ambrosio, como él mismo ha escrito, el lugar donde estaban los sagrados despojos. Refieren las crónicas que éstos estaban, como si ese mismo día hubiesen sido sepultados. San Ambrosio los hizo trasladar a la iglesia de los Apóstoles, que acababa de hacer construir.

Los habitantes de Milán reverencian a estos dos santos, como a sus dos patronos.

Otros Santos cuya fiesta celebramos hoy con Amor y Agradecimiento:

Santos Acacio, Eustasio, Furadrán, Lúcido, Peregrino, Raimundo, confesores; Botvido, David y compañeros, mártires; Víctor I, Inocencio I, papas.

-Santa Catalina Thomas († 1574)
-San Melchor García Sampedro, mártir, dominico.
-Muchos mártires que padecieron en la Tebaida de Egipto en el imperio de Decio y Valeriano.
-San Eustacio, obispo y mártir de Ancira, Angora de Turquía.
-San Acacio, mártir, Mileto (Asia Menor), s. IV.

-San Sansón, obispo de Dola, en Bretaña (Francia), 565. Etimológicamente significa “sol”. Viene de la lengua hebrea. Sansón nació en Deyfed, Francia, hacia el año 490, y murió en Dol en el 565.

Todos consideran a este monje como el sucesor del anciano abad San Itud, muerto en el 515. Pero el sobrino de Itud ganó la plaza. Era enfermero, y se aprovechó de una indisposición de Sansón para prepararle una mala poción.

El enfermo se tomó la poción, y el enfermero pensó que se iría al otro mundo. Pronto, sin embargo, se restableció. "Gracias, hermano, decía, que Dios te haya dado el remedio, para que me hubieras curado también el alma".

El aspirante a sucesor se convirtió. Fue la primera conversión que hizo Sansón, entre otras muchas. Se marchó a predicar el Evangelio a Irlanda. De allí pasó a Cornualles, y a Inglaterra.

Juswall, soberano de este reino, le ayudó a él, y a los misioneros con todo su poder. Por aquel tiempo, entró un advenedizo que le arrebató el reino. Sansón se fue entonces a París, para obtener de Gilberto I que arreglase sus cuentas con el bandido. Sansón terminó su vida apostólica convirtiendo a los Bretones.

-San Peregrino, confesor, Lyón, s. III.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que estos gloriosos santos y mártires, que hoy forman el dulce coro eterno en el Reino de los Cielos, puedan abrir nuestro corazón a su melodía, y así nos encaminemos seguros hacia la puerta estrecha que conduce al Cielo. A Tí Señor, que nos hablaste de esa puerta estrecha que conduce al Reino de los Cielos, y del ancho camino que conduce a la perdición. Amén.


viernes, 28 de julio de 2017

Sexta Feria, 28 de Julio

San Pedro Poveda Castroverde


(1874-1936)

Presbítero, Mártir
Fundador de la Institución Teresiana
Protector de los gitanos

Soy sacerdote de Jesucristo”

Así ha de ser vuestra vida: toda de Dios”

Nació en Linares (Jaén) el 3 de diciembre de 1874.

Era hijo de José Poveda, y de Linarejos Castroverde. Desde muy joven decide ser sacerdote, y en 1888 entra en el Seminario de Jaén. En Jaén oye hablar del Padre Manjón, y admira la labor socioeducativa que realiza en las cuevas del Sacromonte, en Granada. El seminarista Poveda, se aficiona a enseñar el Evangelio a los niños más pobres.

En 1884 obtiene una beca, para estudiar en el Seminario de Guadix (Granada), donde fue ordenado sacerdote en 1897, en donde hizo vida misionera en las cuevas del pueblo homónimo, trasladándose a vivir a una de las cuevas.

Aporta recursos, predica misiones populares, y despierta la sensibilidad de toda la ciudad por la situación de indigencia de estos barrios, organizando las Conferencias de San Vicente de Paul.

Es ordenado sacerdote en 1897, en Guadix (Granada). Nombrado canónigo de la basílica de Santa María de Covadonga en 1906, donde permaneció siete años. Comenzó el proyecto de preparar profesores cristianos laicos, para evangelizar.

Instituyó academias para estudiantes y centros pedagógicos. Funda la "Institución Teresiana" en 1911, la cual recibe aprobación pontificia en 1924. Fue profesor del seminario de Jaen, y se trasladó en 1921 a Madrid, donde continuó trabajando con los educadores y los más necesitados.

Durante la persecución comunista contra la Iglesia en España, optó por la no violencia. Decía: “la mansedumbre, la afabilidad, la dulzura son las virtudes que conquistan al mundo”. A la vez, manifestó su deseo de vivir la fe, hasta la entrega de la propia vida.

El 27 de julio de 1936, cuando acababa de celebrar la Eucaristía, fue detenido en su casa de la calle de La Alameda de Madrid. No ocultó su identidad, y dijo: “Soy sacerdote de Jesucristo”. Unas horas después, al ser separado de su hermano, que le había acompañado, le dijo: “Serenidad, Carlos, se ve que el Señor, que me ha querido fundador, me quiere también mártir”.

A la mañana siguiente, una profesora y una joven doctora de la Institución Teresiana, encontraron su cadáver junto a la capilla del cementerio de La Almudena. En su pecho aparecía, atravesado por una bala, el escapulario de la Virgen del Carmen. Murió mártir por la fe, el 28 de julio de 1936, a los sesenta y un años de edad. Trasladaron su cadáver a la sacramental de San Lorenzo, donde recibió sepultura el día 29.

Beatificación: 10 de octubre de 1993 por el Papa Juan Pablo II
Canonización: 4 de mayo de 2003 por el Papa Juan Pablo II

Su cuerpo se venera en la Casa de Espiritualidad, de la Institución Teresiana de Los Negrales (Madrid).

MAXIMAS DEL PADRE POVEDA

Cristo es para nosotros camino, verdad y vida. Camino por donde hemos de ir al Padre, camino único, fuera del cual no podemos caminar. Llegar al término, sin pasar por el camino, es imposible. Cristo es la verdad. Verdad sustancial, increada, eterna. Conociendo a Cristo se conoce toda la verdad, se está libre de todo error, de toda ilusión, se saben apreciar las cosas según lo que valen. Cristo es Vida. En Él está la vida, separados de Él no podemos tenerla, cuando nos falta Cristo, estamos muertos. Esta vida no es como la del mundo, caduca y transitoria; es eterna.

Los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos, por aquello que sentían los Apóstoles en el camino de Emaús, cuando iban en compañía de Cristo resucitado, a quien no conocían, pero sentían los efectos de su presencia.

Las manifestaciones de vida en todos los órdenes, moral, intelectual, y hasta físico, las apreciamos siempre por la intensidad de la VIda Eucarística. Porque es preciso para mantener la vida del espíritu, que seamos perseverantes en la recepción del Pan de Vida, así como para conservar la del cuerpo, hay necesidad del alimento cotidiano.

En suma, si la obra que realizamos es de apostolado, si el fin es sobrenatural, si la vida que llevamos es del mismo orden, necesitamos de un alimento, de un sustento proporcionado, y este alimento es el cuerpo y la sangre de Cristo.

Sí, el Maestro dice a sus discípulos: La paz os dejo, mi paz os doy; pero añade: no os la doy como la da el mundo. Su paz es orden, armonía, gracia; es compatible con los dolores, amarguras y persecuciones; existe aun cuando todo se conjure contra sus discípulos; es la paz del alma, del corazón, de la conciencia, del cumplimiento del deber, de la razón que estima y aprecia en su justo valer las cosas; de la fortaleza que se mantiene intrépida en la lucha, que no es vencida por halagos, ni por amenazas. De aquí que Cristo añadiera a sus últimas palabras referidas: No se turbe vuestro corazón, ni se acobarde.

Habéis de trabajar, orar, sufrir, como si todo el fruto dependiera de vuestro esfuerzo, pero persuadidos de que ni el que planta es algo, ni el que riega; que nada podréis por vosotros mismos; que Dios es el que da el fruto. A Él habéis de encaminar toda la gloria, a Él debéis referirlo todo, de Él debéis esperarlo todo.

Lejos de vosotros la vanidad, la presunción y hasta la satisfacción, si veis el fruto. Mirad que todo es de Dios; temed arrebatarle la gloria que le pertenece. Tened sólo un anhelo; que toda la gloria sea para el Señor, suyo es el fruto, suya es la virtud, la potencia, la eficacia.

Así ha de ser vuestra vida: toda de Dios. Pero siendo de Dios toda, ha de distinguirse por su carácter eminentemente humano, el cual, informado por una vida toda de Dios, se perfecciona, pero no se desnaturaliza.

Vida henchida de Dios. Sí; del Dios que hizo lo humano para perfeccionarlo, y no para destruirlo.

Yo quiero, sí, vidas humanas; pero como entiendo que estas vidas, no podrán ser cual las deseamos, si no son vidas de Dios, pretendo comenzar por henchir de Dios a los que han de vivir una verdadera vida humana..

La Encarnación bien entendida, la persona de Cristo, su naturaleza y su vida dan, para quien lo entiende, la norma segura para llegar a ser santo con la santidad más verdadera, siendo al propio tiempo humano con el humanismo de verdad.


ORACION
Señor Dios nuestro,
que elegiste a San Pedro Poveda,
presbítero, mártir y fundador
de la Institución Teresiana,
para promover la acción evangelizadora
de los cristianos en el mundo
mediante la educación y la cultura,
concédenos, por su intercesión,
imitar su constancia en anunciar
y testimoniar el evangelio
y su fortaleza en confesar la fe.
Te pedimos por su intercesión
nos concedas el favor
que deseamos alcanzar.
Por nuestro Señor Jesucristo.
AMEN
Quinta Feria, 27 de julio

San Pantaleón


Médico y Mártir
275-+305

Pantaleón significa en griego "el que se compadece de todos".

Médico nacido en Nikomedia (actual Turquía). Fue decapitado por profesar su fe católica, en la persecución del emperador romano Diocleciano, el 27 de julio del año 305.

Lo que se sabe de San Pantaleón, procede de un antiguo manuscrito del siglo VI, que está en el Museo Británico. Pantaleón era hijo de un pagano, llamado Eubula y de madre cristiana. Pantaleón era médico. Su maestro fue Euphrosino, el médico más notable del imperio. Fue médico del emperador Galerio Maximiano en Nicomedia.

Conoció la fe, pero se dejó llevar por el mundo pagano en que vivía, y sucumbió ante las tentaciones, que debilitan la voluntad, y acaban con las virtudes, cayendo en la apostasía.

Un buen cristiano llamado Hermolaos, le abrió los ojos, exhortándole a que conociera "la curación proveniente de lo más Alto", y le llevó al seno de la Iglesia. A partir de entonces, entregó su ciencia al servicio de Cristo, sirviendo a sus pacientes en nombre del Señor.

En el año 303, empezó la persecución de Diocleciano en Nikomedia. Pantaleón regaló todo lo que tenía a los pobres. Algunos médicos por envidia, lo delataron a las autoridades. Fue arrestado junto con Hermolaos, y otros dos cristianos.

El emperador, que quería salvarlo en secreto, le dijo que apostatara, pero Pantaleón se negó, e inmediatamente curó milagrosamente a un paralítico, para demostrar la verdad de la fe. Los cuatro fueron condenados a ser decapitados.

San Pantaleón murió mártir a la edad de 29 años, el 27 de julio del 304. Murió por la fe, que un día había negado. Como San Pedro y San Pablo, tuvo la oportunidad de reparar y manifestarle al Señor su Amor.

Las actas de su martirio, nos hablan de hechos milagrosos: Trataron de matarle de seis maneras diferentes; con fuego, con plomo fundido, ahogándole, tirándole a las fieras, torturándole en la rueda, y atravesándole una espada. Con la ayuda del Señor, Pantaleón salió ileso.

Luego permitió libremente que lo decapitaran, y de sus venas salió leche en vez de sangre, y el árbol de olivo donde ocurrió el hecho floreció al instante.

En Oriente le tienen gran veneración como mártir, y como médico que atendía gratuitamente a los pobres. También fue muy famoso en Occidente, desde la antigüedad.

Se conservan algunas reliquias de su sangre, en Madrid (España), Constantinopla (Turquía) y Ravello (Italia).

El Milagro de su sangre
Una porción de su sangre se reserva en una ampolla, en el altar mayor del Real Monasterio de la Encarnación en Madrid de los Austrias, junto a la Plaza de Oriente, Madrid, España.

Fue tomada de otra más grande, que se guarda en la Catedral italiana de Ravello. Fue donada al monasterio, junto con un trozo de hueso del santo, por el virrey de Nápoles. En Madrid lo custodian las religiosas Agustinas Recoletas, dedicadas a la oración. Hay constancia de que la reliquia, ya estaba en la Encarnación, desde su fundación en el año 1616.

La sangre, en estado sólido durante todo el año, se vuelve líquida, como la sangre de San Jenaro, sin intervención humana. Esto ocurre en la víspera del aniversario de su martirio, o sea cada 26 de julio.

Así ha ocurrido cada año hasta el día de hoy, a un poco más 1.700 años de su martirio. El milagro tiene lugar mientras las religiosas oran en el coro del templo, y ante la presencia de cientos de visitantes. El monasterio abre las puertas al público, para que todos sean testigos. En algunas ocasiones, la sangre ha tardado en solidificarse para señalar alguna crisis, como ocurrió durante las dos guerras mundiales.

Muchas veces, se ha intentado explicar el fenómeno mediante mecanismos netamente naturales, como la temperatura, o las fases de la luna. Sin embargo, ninguna de las explicaciones ha resultado satisfactoria para la ciencia. La Iglesia no se ha definido sobre el milagro. Las hermanas dicen sencillamente, que es "un regalo de Dios".

Para facilitar la vista del público, y evitar el deterioro de la reliquia, en el año 1995 las hermanas instalaron monitores de televisión, que aumentan diez veces la imagen de la cápsula, que contiene la sangre del santo.

La sangre de un médico mártir se licúa. ¿Qué nos dice Dios con este portento?.

Acaso no necesitemos dar en nuestra vida, este testimonio valiente de quien dio este santo por la fe común que profesamos. Su sangre nos recuerda nuestra propia responsabilidad de vivir la fe, en un tiempo donde tantos caen en la apostasía, en el crimen del aborto, o la eutanasia, o simplemente en la más absoluta indiferencia.

¡Cuanto necesitamos del ejemplo de San Pantaleón, quien supo vivir su profesión al servicio de Jesucristo!.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, bendice por los méritos e intercesión de San Pantaleón, a todos los médicos del cuerpo y del alma, a todos los que entregan su vida para aliviar tantos sufrimientos, con horas interminables en el quirófano, en una incesante lucha, casi sin dormir, en las zonas de guerra, y de conflictos políticos. Bendice también a Turquía y a Siria, para que cese el azote de la guerra, y de las pujas políticas, y reine la paz en los corazones. Te lo pedimos a Tí como Cordero de la Paz. Amén.


miércoles, 26 de julio de 2017

Cuarta Feria, 26 de Julio

Santa Ana


Madre de la Santísima Virgen María
Fiesta con San Joaquín

Patrones de los Abuelos

Breve
Ana (Hebreo, Hannah, significa gracia). Patrona de las mujeres en parto, y de los mineros.

Joaquín (significa Yahweh prepara).

Para los que necesiten una lectura especial, sobre qué hacer con los abuelos para motivarlos, aquí pueden hallar siete propuestas para combatir la soledad y el aislamiento de las personas mayores.

Todo gira en torno a combatir el aislamiento en que se encuentran, ya que muchos de ellos, ya no tienen a su lado a antiguos amigos para conversar y compartir momentos.
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Una antigua tradición, que arranca del siglo II, atribuye los nombres San Joaquín y Santa Ana, a los padres de la Santísima Virgen María. El culto a Santa Ana se introdujo, ya en la Iglesia oriental en el siglo VI, y pasó a la occidental en el siglo X; el culto a San Joaquín es más reciente.

Todo lo que se conoce de ellos, incluso sus nombres, procede de literatura no canónica: el Evangelio de la Natividad de María, el Evangelio no canónico de Mateo, y el Protoevangelium de Santiago. El más antiguo de estos se remonta alrededor del 150 ad. En el Oriente, el Protoevangelium gozaba de gran autoridad, algunas porciones se leían en las fiestas de la Virgen María.

En el Occidente, sin embargo, fue rechazado por los Padres de la Iglesia. En el siglo XIII, partes del Protoevangelium de Santiago fue incorporado por Jacobus de Vorágine, en su "Leyenda Dorada". Desde entonces la historia de Santa Ana se propagó por Occidente, hasta convertirse en una de las santas mas populares de la Iglesia latina.

Los escritos llamados "no canónicos", son los que no fueron aceptados por la Iglesia como parte del canon de las Sagradas Escrituras, porque contienen muchos datos que no pueden verificarse de manera indubitable. Pero sí contienen algunos datos de documentos históricos, y tienen relatos perfectamente coherentes con los textos canónicos.

Por ejemplo, en el protoevangelio de Santiago, se explica el porqué la Virgen María es Virgen durante la concepción de Jesucristo– sabemos que el ángel Gabriel le llevó la protección del Espíritu Santo, autor de toda Vida -, pero fundamentalmente siguió siendo Virgen después del parto, y de porqué la Sagrada Familia tuvo que buscar un establo alejado para que la Virgen pudiese concebir.

Esto se debió, relatan estos Evangelios no canónicos, a que Jesucristo nació como una bola de fuego, que se desprendió con suavidad del vientre de la Virgen, y para que eso se realice debían estar alejados de todo poblado, porque Él era todo radiación en ese momento– ahora lo podemos explicar - que se fué solidificando en un cuerpo humano. Todo esto, Dios lo dispuso para respetar la virginidad de María.

El Protoevangelium nos ofrece la siguiente historia: En Nazaret vivían Joaquín y Ana, una pareja rica y piadosa, pero que no tenía hijos. Cuando en una fiesta, Joaquín se presentó para ofrecer sacrificio en el Templo, fue rechazado por un tal Rubén, bajo el pretexto de que hombres sin descendencia, no eran dignos de ser admitidos. Joaquín, cargado de pena, no volvió a su casa, sino que se fue a las montañas, a presentarse ante Dios en soledad.

Entonces Ana, habiendo conocido la razón de la prolongada ausencia de su esposo, clamó al Señor pidiéndole que retirase de ella la maldición de la esterilidad, y prometiéndole dedicar su descendencia a su servicio.

Sus oraciones fueron escuchadas; un ángel visitó a Ana y le dijo: "Ana, el Señor ha mirado tus lágrimas; concebirás y darás a luz, y el fruto de tu vientre será bendecido por todo el mundo". El ángel hizo la misma promesa a Joaquín, quién volvió a donde estaba su esposa. Ana dio a luz una hija a quien llamó Miriam (María). Esta historia, se parece a la de la concepción de Samuel en las Sagradas Escrituras, cuya madre se llamaba también Ana (1 Re 1).

Según una tradición antigua, los padres de la Santísima Virgen, siendo Galileos, se mudaron a Jerusalén. Allí, según la misma tradición, nació y se crió la Virgen Santísima. Allí también murieron estos venerables santos.

Una iglesia, conocida en diferentes épocas como Santa María, Santa María ubi nata est, Santa María en Probatica, Santa Probatica y Santa Ana, fue construida en el siglo IV, posiblemente por Santa Elena (madre del emperador Constantino), sobre el lugar de la casa de San Joaquín y Ana.

Sus tumbas fueron honradas hasta el final del siglo IX, cuando los invasores musulmanes la convirtieron en una escuela. La cripta, que originalmente contenía las santas tumbas, fue descubierta el 18 de marzo de 1889.

Muchas leyendas han sido escritas sobre las vidas de San Joaquín y Santa Ana, causando gran confusión entre los fieles. Según una de ellas, Santa Ana concibió a la Virgen Santísima sin concurso de varón, permaneciendo así virgen. Este error fue condenado por la Santa Sede en 1677 (Benedicto XIV, De Festis, II, 9).

Veneración a Santa Ana

En la Iglesia del Oriente, ya se veneraba a Santa Ana en el siglo IV. La mejor prueba de ello, es que el emperador Justino I (+565) le dedicó una iglesia. La devoción a Santa Ana, se encuentra en los mas antiguos documentos litúrgicos de la Iglesia griega.

En el Occidente no se veneraba a Santa Ana, excepto quizás en el sur de Francia, hasta el siglo XIII. Su imagen, pintada en el siglo VIII en estilo Bizantino, fue mas tarde encontrada en la iglesia de Santa María Antiqua en Roma. Su fiesta, bajo la influencia de la "Leyenda Dorada", aparece en el siglo XIII donde se celebraba el 26 Julio.

En 1382, Urbano VI publicó el primer decreto pontificio, referente a Santa Ana, concediendo la celebración de la fiesta de la santa, a los obispos de Inglaterra exclusivamente, tal como se lo habían pedido algunos ingleses. Muy probablemente, la ocasión de dicho decreto fue el matrimonio del rey Ricardo II con Ana de Bohemia, que tuvo lugar en ese año. La fiesta fue extendida a toda la Iglesia de Occidente en 1584.

Las Reliquias de Santa Ana

Se dice que las reliquias atribuidas a Santa Ana, fueron traídas de Tierra Santa a Constantinopla en el 710. Allí estaban en la iglesia de Santa Sofía en 1333. La tradición de la Iglesia de Apt, en el sur de Francia, dice que el cuerpo de Santa Ana fue llevado a Apt por San Lázaro, el amigo de Jesucristo, fue escondido por San Auspicio (+398), y vuelto a encontrar durante el reino de Carlomagno. La cabeza de Santa Ana se mantuvo en Mainz hasta el año 1510, cuando fue robada y llevada a Düren, Alemania. Lamentablemente, no hay sólidos fundamentos para asegurar la autenticidad de estas reliquias.

Veneración de Santa Ana hoy

Su imagen milagrosa es venerada en Notre Dame D'Auray, en la diócesis de Vannes. También en Canadá, donde es la principal patrona de la provincia de Quebec, el santuario de Santa Ana de Beaupré es bien conocido. Santa Ana es patrona de las mujeres en parto. También es patrona de los mineros, Cristo siendo el oro, y María la plata.

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San Joaquín
Padre de la Santísima Virgen María


Una antigua tradición, que arranca del siglo II, atribuye los nombres San Joaquín y Santa Ana, a los padres de la Santísima Virgen María. El culto a Santa Ana, se introdujo ya en la Iglesia oriental en el siglo VI, y pasó a la occidental en el siglo X; el culto a San Joaquín es más reciente.

No conocemos de Joaquín y Ana con certeza más que sus nombres, y el hecho de que fueron los santos padres de la Madre de Dios.

San Joaquín era venerado por los griegos desde muy temprano. En el Occidente, su fiesta fue admitida al calendario más tarde, algunas veces, el 16 de septiembre, otras el 9 de diciembre.

Julius II, la puso en el 20 de marzo; mas tarde suprimida, y fue restaurada por Gregorio XV (1622). Clemente XII (1738) la fijó en el Domingo después de la Asunción. Con la reforma del calendario después del Concilio Vaticano II, San Joaquín se celebra junto con su esposa, Santa Ana, el 26 de Julio. Ellos son los patrones de los abuelos.

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Oficio de lectura, 26 de julio

San Joaquín y Santa Ana, Padres de la Virgen María
Por sus frutos los conoceréis

De los sermones de San Juan Damasceno, Obispo
Sermón 6, sobre la Natividad de la Virgen María, 2.4.5.6

Ya que estaba determinado que la Virgen, Madre de Dios, nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su fruto, hasta que la gracia hubo dado el suyo. Convenía, en efecto, que naciese como primogénita, aquella de la había de nacer el primogénito de toda la creación, en el cual todo se mantiene.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana!. Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros, ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.

Alégrate, Ana, la estéril, que no dabas a luz, cantar de júbilo la que no tenías dolores. Salta de gozo, Joaquín, porque de tu hija, un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y será llamado: «Ángel del gran de designio» de la salvación universal, «Dios guerrero». Este niño es Dios.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana, totalmente inmaculados!. Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis.

Vosotros os esforzasteis, en vivir siempre de una manera agradable a Dios, y digna de aquella, que tuvo en vosotros su origen. Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo, la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto, y después del parto; aquella que de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.

¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana!. Vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo, a la que fue madre de Dios sin conocer varón.

Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas, de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles. ¡Oh bellísima niña, sumamente amable!. ¡Oh hija de Adán, y madre de Dios!. ¡Bienaventuradas las entrañas, y el vientre de los que saliste!. ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, los labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, es decir, únicamente los de tus padres, para que siempre, y en todo, guardaras intacta tu virginidad!.

Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Alzad fuerte la voz, alzadla, no temáis.

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El Papa presenta a los abuelos, como «garantes» de la ternura que todos necesitan


Benedicto XVI, 8 julio 2006, Valencia, España (ZENIT.org)

El Papa reconoció, que los abuelos «pueden ser -y son tantas veces-, los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir».

«Ellos dan a los pequeños, la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias».

«Ojalá que bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar»

«Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe, ante la cercanía de la muerte».

"Los abuelos: su testimonio y presencia en la familia" Benedicto XVI, 5 abril, 2008.

El Papa, tras recordar que la Iglesia, siempre reconoció la "gran riqueza de los abuelos desde el punto de vista humano y social, religioso y espiritual", dijo que "en el pasado, los abuelos tenían un papel importante en la vida y en el crecimiento de la familia. Incluso cuando la edad avanzaba, seguían estando presentes con sus hijos, con los nietos, y quizá con los bisnietos, dando un testimonio vivo de atención, de sacrificio, y de entrega cotidiana sin reservas".

El Papa afirmó, que con los "profundos cambios en la vida de las familias debidos a la evolución económica y social", algunos ancianos se dan cuenta, de que "son un peso para la familia, y prefieren vivir solos o en asilos, con todas las consecuencias que conllevan estas decisiones".

"Por desgracia, se sigue difundiendo la 'cultura de la muerte', que amenaza también a la tercera edad. Con gran insistencia, se llega incluso a proponer la eutanasia, como solución para resolver ciertas situaciones difíciles".

Por eso, "es necesario reaccionar siempre con fuerza, ante lo que deshumaniza la sociedad. Hay que derrotar juntos toda marginación, porque los abuelos, las abuelas, los ancianos, no son los únicos que se ven arrollados por la mentalidad individualista, sino todos nosotros. Si los abuelos, como se dice a menudo, constituyen un precioso talento, hay que poner en práctica decisiones coherentes que permitan valorarlos mejor".

El Papa pidió, que "los abuelos vuelvan a ser una presencia viva en la familia, en la Iglesia, y en la sociedad, que continúen siendo testigos de unidad, de valores fundados en la fidelidad a un único amor, que genera la fe y la alegría de vivir. Los llamados nuevos modelos de familia, y el relativismo reinante, han debilitado estos valores fundamentales del núcleo familiar".

"Para afrontar la crisis de la familia, ¿no se podría partir precisamente de la presencia, y del testimonio de aquellos -los abuelos- , que cuentan con una mayor firmeza de valores y de proyectos?. No se puede proyectar el futuro, sin retornar a un pasado rico de experiencias significativas, y de puntos de referencia espiritual y moral".

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A LOS ANCIANOS

Carta del Papa Juan Pablo II, 1999


¡A mis hermanos y hermanas ancianos!

"Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan " (Sal 90 [89], 10)

1. Setenta, eran muchos años en el tiempo en que el Salmista escribía estas palabras, y eran pocos los que los superaban; hoy, gracias a los progresos de la medicina, y a la mejora de las condiciones sociales y económicas, en muchas regiones del mundo, la vida se ha alargado notablemente. Sin embargo, sigue siendo verdad, que los años pasan aprisa; el don de la vida, a pesar de la fatiga y el dolor, es demasiado bello y precioso para que nos cansemos de él.

He sentido el deseo, siendo yo también anciano, de ponerme en diálogo con vosotros. Lo hago, ante todo, dando gracias a Dios, por los dones y las oportunidades que hasta hoy, me ha concedido en abundancia.

Al recordar las etapas de mi existencia, que se entremezcla con la historia de gran parte de este siglo, me vienen a la memoria los rostros de innumerables personas, algunas de ellas particularmente queridas: son recuerdos de hechos ordinarios y extraordinarios, de momentos alegres, y de episodios marcados por el sufrimiento.

Pero por encima de todo, experimento la mano providente y misericordiosa de Dios Padre, el cual "cuida del mejor modo todo lo que existe" (1), y que " si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha " (1 Jn 5, 14). A Él me dirijo, con el Salmista: "Dios mío, me has instruido desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, ahora en la vejez y las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu brazo a la nueva generación, tus proezas, y tus victorias excelsas " (Sal 71[70], 17-18).

Mi pensamiento se dirige con afecto a todos vosotros, queridos ancianos de cualquier lengua o cultura. Os escribo esta carta, en el año en que la Organización de las Naciones Unidas, con buen criterio, ha querido dedicar a los ancianos, para llamar la atención de toda la sociedad sobre la situación de quien por el peso de la edad, deben afrontar frecuentemente muchos y difíciles problemas.

El Pontificio Consejo para los Laicos, ha ofrecido ya valiosas pautas de reflexión sobre este tema.(2). Con la presente carta, deseo solamente expresaros mi cercanía espiritual, con el estado de ánimo de quien, año tras año, siente crecer dentro de sí, una comprensión cada vez más profunda de esta fase de la vida, y en consecuencia, se da cuenta de la necesidad de un contacto más inmediato con sus coetáneos, para tratar de las cosas que son experiencia común, poniéndolo todo bajo la mirada de Dios, el cual nos envuelve con su amor, y nos sostiene y conduce con su providencia.

2. Queridos hermanos y hermanas: a nuestra edad, resulta espontáneo recorrer de nuevo el pasado, para intentar hacer una especie de balance. Esta mirada retrospectiva, permite una valoración más serena y objetiva, de las personas que hemos encontrado, y de las situaciones vividas a lo largo del camino.

El paso del tiempo, difumina los rasgos de los acontecimientos y suaviza sus aspectos dolorosos. Por desgracia, en la existencia de cada uno, hay sobradas cruces y tribulaciones. A veces se trata de problemas y sufrimientos, que ponen a dura prueba la resistencia psicofísica, y hasta conmocionan quizás la fe misma. No obstante, la experiencia enseña, que con la gracia del Señor, los mismos sinsabores cotidianos, contribuyen con frecuencia a la madurez de las personas, templando su carácter.

La reflexión que predomina, por encima de los episodios particulares, es la que se refiere al tiempo, el cual transcurre inexorable. "El tiempo se escapa irremediablemente", sentenciaba ya el antiguo poeta latino.(3).

El hombre está sumido en el tiempo: en él nace, vive y muere. Con el nacimiento se fija una fecha, la primera de su vida, y con su muerte otra, la última. Es el alfa y la omega, el comienzo y el final de su existencia terrena, como subraya la tradición cristiana, al esculpir estas letras del alfabeto griego en las lápidas sepulcrales.

No obstante, aunque la existencia de cada uno de nosotros es limitada y frágil, nos consuela el pensamiento de que, por el alma espiritual, sobrevivimos incluso a la muerte. Además, la fe nos abre a una "esperanza que no defrauda" (cf. Rm 5, 5), indicándonos la perspectiva de la resurrección final.

Por eso la Iglesia usa, en la Vigilia pascual, estas mismas letras con referencia a Cristo vivo, ayer, hoy y siempre: Él es "principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad " (4). La existencia humana, aunque está sujeta al tiempo, es introducida por Cristo en el horizonte de la inmortalidad. Él "se ha hecho hombre entre los hombres, para unir el principio con el fin, esto es, el hombre con Dios".(5)

Un siglo complejo hacia un futuro de esperanza

3. Al dirigirme a los ancianos, sé que hablo a personas y de personas, que han realizado un largo recorrido (cf. Sb 4, 13). Hablo a los de mi edad; me resulta fácil, por tanto, buscar una analogía en mi experiencia personal. Nuestra vida, queridos hermanos y hermanas, ha sido inscrita por la Providencia en este siglo XX, que ha recibido una compleja herencia del pasado, y ha sido testigo de numerosos y extraordinarios acontecimientos.

Como tantas otras épocas de la historia, nuestro siglo ha conocido luces y sombras. No todo han sido penumbras. Hay muchos aspectos positivos, que han sido el contrapeso de otros negativos, o han surgido de éstos últimos, como una beneficiosa reacción de la conciencia colectiva.

No obstante, es cierto, -y sería tan injusto como peligroso olvidarlo- que se han producido daños inauditos, que han incidido en la vida de millones y millones de personas. Bastaría pensar en los conflictos surgidos en diversos continentes, debidos a contenciosos territoriales entre Estados, o al odio entre diversas etnias.

Tampoco se han de considerar menos graves, las condiciones de pobreza extrema de amplios sectores sociales en el Sur del mundo, el vergonzoso fenómeno de la discriminación racial, y la sistemática violación de los derechos humanos en muchos países. Y en fin, ¿qué decir de los grandes conflictos mundiales?.

Sólo en la primera parte del siglo hubo dos, de una magnitud hasta entonces desconocida, por las muertes y la destrucción ocasionadas. La primera guerra mundial segó la vida de millones de soldados y civiles, truncando la existencia de muchos seres humanos, casi en la adolescencia, o incluso en su niñez.

Y ¿qué decir de la segunda guerra mundial?. Estalló tras pocos años de una relativa paz en el mundo, especialmente en Europa, y fue más trágica que la anterior, con tremendas consecuencias para las naciones y los continentes. Fue una guerra total, una inaudita explosión de odio, que se abalanzó brutalmente también sobre la inerme población civil, y destruyó generaciones enteras.

Fue incalculable, el tributo pagado en los diversos frentes al delirio bélico, y terroríficos los estragos, llevados a cabo en los campos de exterminio, auténticos Gólgotas de la época contemporánea.

Durante muchos años, en la segunda mitad del siglo, se ha vivido la pesadilla de la guerra fría, esto es, la confrontación entre los dos grandes bloques ideológicos contrapuestos, el Este y el Oeste, con una desenfrenada carrera de armamentos, y la amenaza constante de una guerra atómica, capaz de destruir a la humanidad entera.(6)

Gracias a Dios, esta página oscura se ha terminado, con la caída en Europa de los regímenes totalitarios opresivos, como fruto de una lucha pacífica, que ha empuñado las armas de la verdad y la justicia.(7) Se ha comenzado así un arduo, pero provechoso proceso de diálogo y reconciliación, orientado a instaurar una convivencia más serena y solidaria entre los pueblos.

No obstante, demasiadas Naciones, están todavía muy lejos de experimentar los beneficios de la paz y la libertad. En los últimos meses, el violento conflicto surgido en la región de los Balcanes, que ya en los años precedentes había sido teatro de una terrible guerra de carácter étnico, ha suscitado gran conmoción; se ha derramado más sangre, se han intensificado las destrucciones, y se han alimentado nuevos odios.

Ahora, cuando finalmente el fragor de las armas se ha apaciguado, se comienza a pensar en la reconstrucción en la perspectiva del nuevo milenio. Pero mientras tanto, siguen propagándose también en otros continentes, numerosos focos de guerra, a veces con masacres y violencias olvidadas demasiado pronto por las crónicas.

4. Aunque estos recuerdos, y estas dolorosas situaciones actuales nos entristecen, no podemos olvidar que nuestro siglo, ha visto surgir múltiples aspectos positivos, los cuales son al mismo tiempo, motivos de esperanza para el tercer milenio. Así, se ha acrecentado -aunque entre tantas contradicciones, especialmente en lo que se refiere al respeto de la vida de cada ser humano- la conciencia de los derechos humanos universales, proclamados en declaraciones solemnes, que comprometen a los pueblos.

Asimismo, se ha desarrollado el sentido del derecho de los pueblos al autogobierno, en el marco de relaciones nacionales e internacionales, inspirados en la valoración de las identidades culturales, y al mismo tiempo, al respeto de las minorías. La caída de los sistemas totalitarios, como los del Este europeo, ha hecho percibir mejor, y más universalmente, el valor de la democracia y del libre mercado, aunque planteando el gran desafío de compaginar la libertad y la justicia social.

También se ha de considerar un gran don de Dios, el que las religiones estén intentando, cada vez con mayor determinación, un diálogo que les permita ser un factor fundamental de paz y de unidad para el mundo.

Tampoco se ha de olvidar, que aumenta en la conciencia común, el debido reconocimiento a la dignidad de la mujer. Indudablemente, queda aún mucho camino por andar, pero se ha trazado el rumbo a seguir. También es motivo de esperanza, el auge de las comunicaciones, que favorecidas por la tecnología actual, permiten superar los límites tradicionales, y hacernos sentir ciudadanos del mundo.

Otro campo importante en el que se ha madurado, es la nueva sensibilidad ecológica, la cual merece ser alentada. También son factores de esperanza, los grandes progresos de la medicina, y de las ciencias aplicadas al bienestar del hombre.

Así pues, hay tantos motivos por los que debemos dar gracias a Dios. A pesar de todo, este final de siglo, presenta grandes posibilidades de paz y de progreso. De las mismas pruebas por las que ha pasado nuestra generación, surge una luz capaz de iluminar los años de nuestra vejez. Se confirma así un principio muy entrañable para la tradición cristiana: "Las tribulaciones no sólo no destruyen la esperanza, sino que son su fundamento".(8)

Por tanto, mientras el siglo y el milenio están llegando a su ocaso, y se vislumbra ya el alba de una nueva época para la humanidad, es importante que nos detengamos a meditar, sobre la realidad del tiempo que pasa con rapidez, no para resignarnos a un destino inexorable, sino para valorar plenamente los años que nos quedan por vivir.

El otoño de la vida

5. ¿Qué es la vejez?. A veces se habla de ella como del otoño de la vida -como ya decía Cicerón (9) -, por analogía con las estaciones del año, y la sucesión de los ciclos de la naturaleza. Basta observar a lo largo del año, los cambios de paisaje en la montaña, y en la llanura, en los prados, los valles y los bosques, en los árboles y las plantas. Hay una gran semejanza entre los biorritmos del hombre, y los ciclos de la naturaleza, de la cual él mismo forma parte.

Al mismo tiempo, sin embargo, el hombre se distingue de cualquier otra realidad que lo rodea, porque es persona. Plasmado a imagen y semejanza de Dios, es un sujeto consciente y responsable. Aún así, también en su dimensión espiritual, el hombre experimenta la sucesión de fases diversas, igualmente fugaces. A San Efrén el Sirio, le gustaba comparar la vida con los dedos de una mano, bien para demostrar que los dedos no son más largos de un palmo, bien para indicar que cada etapa de la vida, al igual que cada dedo, tiene una característica peculiar, y "los dedos representan los cinco peldaños sobre los que el hombre avanza".(10)

Por tanto, así como la infancia y la juventud, son el periodo en el cual el ser humano está en formación, vive proyectado hacia el futuro, y tomando conciencia de sus capacidades, hilvana proyectos para la edad adulta, también la vejez tiene sus ventajas porque -como observa San Jerónimo-, atenuando el ímpetu de las pasiones, "acrecienta la sabiduría, da consejos más maduros ".(11).

En cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría, que generalmente es fruto de la experiencia, porque "el tiempo es un gran maestro".(12). Es bien conocida la oración del Salmista: "Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato". (Sal 90 [89], 12).

Los ancianos en la Sagrada Escritura

6. "Juventud y pelo negro, vanidad", observa el Eclesiastés (11, 10). La Biblia no se recata, en llamar la atención sobre la caducidad de la vida y del tiempo, que pasa inexorablemente, a veces con un realismo descarnado: "¡Vanidad de vanidades! [...] ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! " (Ecl 1, 2). ¿Quién no conoce esta severa advertencia del antiguo Sabio?. Nosotros los ancianos, especialmente nosotros, enseñados por la experiencia, lo entendemos muy bien.

No obstante este realismo desencantado, la Escritura conserva una visión muy positiva del valor de la vida. El hombre sigue siendo un ser creado "a imagen de Dios" (cf. Gn 1, 26), y cada edad tiene su belleza y sus tareas. Más aún, la palabra de Dios, muestra una gran consideración por la edad avanzada, hasta el punto de que la longevidad, es interpretada como un signo de la benevolencia divina (cf. Gn 11, 10-32).

Con Abraham, del cual se subraya el privilegio de la ancianidad, dicha benevolencia se convierte en promesa: "De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra" (Gn 12, 2-3).

Junto a él está Sara, la mujer que vio envejecer su propio cuerpo, pero que experimentó, en la limitación de la carne ya marchita, el poder de Dios, que suple la insuficiencia humana.

Moisés es ya anciano, cuando Dios le confía la misión de hacer salir de Egipto al pueblo elegido. Las grandes obras realizadas en favor de Israel, por mandato del Señor, no las lleva a cabo en su juventud, sino ya entrado en años.

Entre otros ejemplos de ancianos, quisiera citar la figura de Tobías, el cual, con humildad y valentía, se compromete a observar la ley de Dios, a ayudar a los necesitados, y a soportar con paciencia la ceguera, hasta que experimenta la intervención finalmente sanadora del ángel de Dios (cf. Tb 3, 16-17); también la de Eleazar, cuyo martirio es un testimonio de singular generosidad y fortaleza (cf. 2 Mac 6, 18-31).

7. El Nuevo Testamento, inundado de la luz de Cristo, nos ofrece asimismo figuras elocuentes de ancianos. El Evangelio de Lucas comienza presentando una pareja de esposos "de avanzada edad" (1, 7), Isabel y Zacarías, los padres de Juan Bautista. A ellos se dirige la misericordia del Señor (cf. Lc 1, 5-25. 39-79); a Zacarías, ya anciano, se le anuncia el nacimiento de un hijo. Lo subraya él mismo: "yo soy viejo, y mi mujer avanzada en edad" (Lc 1, 18).

Durante la visita de María, su anciana prima Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama: "Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno" (Lc 1, 42). Al nacer Juan Bautista, Zacarías proclama el himno del Benedictus. He aquí una admirable pareja de ancianos, animada por un profundo espíritu de oración.

En el templo de Jerusalén, María y José, que habían llevado a Jesús para ofrecerlo al Señor, o mejor dicho, para rescatarlo como primogénito según la Ley, se encuentran con el anciano Simeón, que durante tanto tiempo, había esperado la venida del Mesías. Tomando al niño en sus brazos, Simeón bendijo a Dios, y entonó el Nunc dimitis: "Ahora Señor puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz... " (Lc 2, 29).

Junto a él encontramos a Ana, una viuda de ochenta y cuatro años, que frecuentaba asiduamente el Templo, y que tuvo en aquella ocasión, el gozo de ver a Jesús. Observa el Evangelista, que se puso a alabar a Dios, "y hablaba del niño, a todos los que esperaban la redención de Jerusalén" (Lc 2, 38).

Anciano es Nicodemo, notable miembro del Sanedrín, que visita a Jesús por la noche, para que no lo vean. El divino Maestro le revelará, que el Hijo de Dios es Él, venido para salvar al mundo (cf. Jn 3, 1-21). Volvemos a encontrar a Nicodemo, en el momento de la sepultura de Cristo, cuando llevando una mezcla de mirra y áloe, supera el miedo, y se manifiesta como discípulo del Crucificado (cf. Jn 19, 38-40). ¡Qué testimonios tan confortantes!. Nos recuerdan cómo el Señor, en cualquier edad, pide a cada uno que aporte sus propios talentos. ¡El servicio al Evangelio, no es una cuestión de edad!.

Y ¿qué podemos decir del anciano Pedro, llamado a dar testimonio de su fe con el martirio?. Un día, Jesús le había dicho: "cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá, y te llevará adonde tú no quieras" (Jn 21, 18).

Como Sucesor de Pedro, estas palabras me afectan muy directamente, y me hacen sentir profundamente, la necesidad de tender las manos hacia las de Cristo, obedeciendo su mandato: "Sígueme" (Jn 21, 19).

8. El Salmo 92 [91], como sintetizando los maravillosos testimonios de ancianos que encontramos en la Biblia, proclama: "El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano; [...] En la vejez seguirá dando fruto, y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo" (13, 15-16).

El apóstol Pablo, haciéndose eco del Salmista, escribe en la carta a Tito: "que los ancianos sean sobrios, dignos, sensatos, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia, en el sufrimiento; que las ancianas asimismo sean en su porte cual conviene a los santos [...]; para que enseñen a las jóvenes a ser amantes de sus maridos, y de sus hijos " (2, 2-5).

Así pues, a la luz de la enseñanza, y según la terminología propia de la Biblia, la vejez se presenta como un "tiempo favorable" para la culminación de la existencia humana, y forma parte del proyecto divino sobre cada hombre, como ese momento de la vida, en el que todo confluye, permitiéndole de este modo comprender mejor el sentido de la vida, y alcanzar la "sabiduría del corazón". "La ancianidad venerable -advierte el libro de la Sabiduría- no es la de los muchos días, ni se mide por el número de años; la verdadera calvicie para el hombre es la prudencia, y la edad que proyecta una vida inmaculada" (4, 8-9). Es la etapa definitiva de la madurez humana, y a la vez, expresión de la bendición divina.

Depositarios de la memoria colectiva

9. En el pasado se tenía un gran respeto por los ancianos. A este propósito, el poeta latino Ovidio escribía: "En un tiempo, había una gran reverencia por la cabeza canosa".(13). Siglos antes, el poeta griego Focílides amonestaba: "Respeta el cabello blanco: ten con el anciano sabio, la misma consideración que tienes con tu padre".(14)

Si nos detenemos a analizar la situación actual, constatamos cómo en algunos pueblos, la ancianidad es tenida en gran estima y aprecio; en otros, sin embargo, lo es mucho menos, a causa de una mentalidad, que pone en primer término la utilidad inmediata, y la productividad del hombre. A causa de esta actitud, la llamada tercera o cuarta edad, es frecuentemente infravalorada, y los ancianos mismos se sienten inducidos a preguntarse, si su existencia es todavía útil.

Se llega incluso a proponer con creciente insistencia, la eutanasia como solución para las situaciones difíciles. Por desgracia, el concepto de eutanasia ha ido perdiendo en estos años para muchas personas, aquellas connotaciones de horror, que suscita naturalmente en quienes son sensibles al respeto de la vida.

Ciertamente, puede suceder que, en casos de enfermedad grave, con dolores insoportables, las personas aquejadas sean tentadas por la desesperación, y que sus seres queridos, o los encargados de su cuidado, se sientan impulsados, movidos por una compasión malentendida, a considerar como razonable la solución de una "muerte dulce".

A este propósito, es preciso recordar, que la ley moral consiente la renuncia al llamado "ensañamiento terapéutico ", exigiendo sólo aquellas curas que son parte de una normal asistencia médica. Pero eso es muy distinto de la eutanasia, entendida como provocación directa de la muerte. Más allá de las intenciones, y de las circunstancias, la eutanasia sigue siendo un acto intrínsecamente malo, una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona humana.(15)

10. Es urgente recuperar una adecuada perspectiva, desde la cual se ha de considerar la vida en su conjunto. Esta perspectiva es la eternidad, de la cual la vida es una preparación, significativa en cada una de sus fases. También la ancianidad tiene una misión que cumplir, en el proceso de progresiva madurez del ser humano, en camino hacia la eternidad. De esta madurez, se beneficia el mismo grupo social del cual forma parte el anciano.

Los ancianos ayudan a ver los acontecimientos terrenos con más sabiduría, porque las vicisitudes de la vida los han hecho expertos y maduros. Ellos son depositarios de la memoria colectiva, y por eso, intérpretes privilegiados del conjunto de ideales y valores comunes, que rigen y guían la convivencia social. Excluirlos es como rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces el presente, en nombre de una modernidad sin memoria. Los ancianos, gracias a su madura experiencia, están en condiciones de ofrecer a los jóvenes consejos y enseñanzas preciosas.

Desde esta perspectiva, los aspectos de la fragilidad humana, relacionados de un modo más visible con la ancianidad, son una llamada a la mutua dependencia, y a la necesaria solidaridad que une a las generaciones entre sí, porque toda persona está necesitada de la otra, y se enriquece con los dones y carismas de todos.

A este respecto, son elocuentes las consideraciones de un poeta que aprecio, el cual escribe: "No es eterno sólo el futuro, ¡no sólo!... Sí, también el pasado es la era de la eternidad: lo que ya ha sucedido, no volverá hoy como antes... Volverá, sin embargo, como Idea, no volverá como él mismo "(16).

Honra a tu padre y a tu madre

11. ¿Por qué entonces, no seguir tributando al anciano aquel respeto tan valorado, en las sanas tradiciones de muchas culturas en todos los continentes?. Para los pueblos del ámbito influenciado por la Biblia, la referencia ha sido, a través de los siglos, el mandamiento del Decálogo: "Honra a tu padre y a tu madre", un deber, por lo demás, reconocido universalmente.

De su plena y coherente aplicación, no ha surgido solamente el amor de los hijos a los padres, sino que también se ha puesto de manifiesto el fuerte vínculo que existe entre las generaciones. Donde el precepto es reconocido y cumplido fielmente, los ancianos saben que no corren peligro de ser considerados un peso inútil y embarazoso.

El mandamiento enseña, además, a respetar a los que nos han precedido, y todo el bien que han hecho: "tu padre y tu madre" indican el pasado, el vínculo entre una generación y otra, la condición que hace posible la existencia misma de un pueblo.

Según la doble redacción, propuesta por la Biblia (cf. Ex 20, 2-17; Dt 5, 6-21), este mandato divino ocupa el primer puesto en la segunda Tabla, la que concierne a los deberes del ser humano hacia sí mismo, y hacia la sociedad. Es el único al que se añade una promesa: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar" (Ex 20, 12; cf. Dt 5, 16).

12. "Ponte de pie ante las canas, y honra el rostro del anciano" (Lv 19, 32). Honrar a los ancianos supone un triple deber hacia ellos: acogerlos, asistirlos y valorar sus cualidades. En muchos ambientes eso sucede casi espontáneamente, como por costumbre inveterada.

En otros, especialmente en las Naciones desarrolladas, parece obligado un cambio de tendencia, para que los que avanzan en años puedan envejecer con dignidad, sin temor a quedar reducidos a personas que ya no cuenta en nada. Es preciso convencerse, de que es propio de una civilización plenamente humana, respetar y amar a los ancianos, porque ellos se sienten, a pesar del debilitamiento de las fuerzas, parte viva de la sociedad. Ya observaba Cicerón que "el peso de la edad es más leve, para el que se siente respetado y amado por los jóvenes".(17)

El espíritu humano, por lo demás, aún participando del envejecimiento del cuerpo, en un cierto sentido permanece siempre joven, si vive orientado hacia lo eterno; esta perenne juventud se experimenta mejor cuando, al testimonio interior de la buena conciencia, se une el afecto atento y agradecido de las personas queridas.

El hombre, entonces, como escribe San Gregorio Nacianceno, "no envejecerá en el espíritu: aceptará la disolución del cuerpo, como el momento establecido para la necesaria libertad. Dulcemente transmigrará hacia el más allá, donde nadie es inmaduro o viejo, sino que todos son perfectos en la edad espiritual".(18)

Todos conocemos ejemplos elocuentes de ancianos, con una sorprendente juventud y vigor de espíritu. Para quien los trata de cerca, son estímulo con sus palabras, y consuelo con el ejemplo. Es de desear que la sociedad valore plenamente a los ancianos, que en algunas regiones del mundo -pienso en particular en África- son considerados justamente, como "bibliotecas vivientes " de sabiduría, custodios de un inestimable patrimonio de testimonios humanos y espirituales.

Aunque es verdad, que a nivel físico tienen generalmente necesidad de ayuda, también es verdad que en su avanzada edad, pueden ofrecer apoyo a los jóvenes, que en su recorrido se asoman al horizonte de la existencia, para probar los distintos caminos.

Mientras hablo de los ancianos, no puedo dejar de dirigirme también a los jóvenes, para invitarlos a estar a su lado. Os exhorto, queridos jóvenes, a hacerlo con amor y generosidad. Los ancianos pueden daros mucho más de cuanto podáis imaginar.

En este sentido, el Libro del Eclesiástico dice: "No desprecies lo que cuentan los viejos, que ellos también han aprendido de sus padres" (8, 9); "Acude a la reunión de los ancianos; ¿que hay un sabio?, júntate a él" (6, 34); porque "¡qué bien parece la sabiduría en los viejos!" (25, 5).

13. La comunidad cristiana, puede recibir mucho de la serena presencia de quienes son de edad avanzada. Pienso sobre todo, en la evangelización: su eficacia no depende principalmente de la eficiencia operativa. ¡En cuantas familias, los nietos reciben de los abuelos la primera educación en la fe!. Pero la aportación beneficiosa de los ancianos, puede extenderse a otros muchos campos. El Espíritu actúa como y donde quiere, sirviéndose no pocas veces de medios humanos, que cuentan poco a los ojos del mundo.

¡Cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas, solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo, mediante el consejo afectuoso, la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente abandono!. Precisamente, cuando las energías disminuyen y se reducen las capacidades operativas, estos hermanos y hermanas nuestros, son más valiosos en el designio misterioso de la Providencia.

También desde esta perspectiva, por tanto, además de la evidente exigencia psicológica del anciano mismo, el lugar más natural para vivir la condición de ancianidad, es el ambiente en el que él se siente " en casa ", entre parientes, conocidos y amigos, y donde puede realizar todavía algún servicio.

A medida que se prolonga la media de vida, y crece del número de los ancianos, será cada vez más urgente promover esta cultura de una ancianidad acogida y valorada, no relegada al margen. El ideal sigue siendo la permanencia del anciano en la familia, con la garantía de eficaces ayudas sociales, para las crecientes necesidades que conllevan la edad o la enfermedad.

Sin embargo, hay situaciones en las que las mismas circunstancias, aconsejan o imponen el ingreso en " residencias de ancianos ", para que el anciano pueda gozar de la compañía de otras personas, y recibir una asistencia específica. Dichas instituciones son por tanto, loables y la experiencia dice que pueden dar un precioso servicio, en la medida en que se inspiran en criterios, no sólo de eficacia organizativa, sino también de una atención afectuosa.

Todo es más fácil, en este sentido, si se establece una relación con cada uno de los ancianos residentes por parte de familiares, amigos y comunidades parroquiales, que los ayude a sentirse personas amadas, y todavía útiles para la sociedad. Sobre este particular, ¿cómo no recordar con admiración y gratitud a las Congregaciones religiosas, y los grupos de voluntariado, que se dedican con especial cuidado, precisamente a la asistencia de los ancianos, sobre todo de aquellos más pobres, abandonados, o en dificultad?.

Mis queridos ancianos, que os encontráis en precarias condiciones por la salud, u otras circunstancias, me siento afectuosamente cercano a vosotros. Cuando Dios permite nuestro sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada, nos da siempre la gracia y la fuerza, para que nos unamos con más amor al sacrifico del Hijo, y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico. Dejémonos persuadir: ¡Él es Padre, un Padre rico de amor y misericordia!.

Pienso de modo especial en vosotros, viudos y viudas, que os habéis quedado solos, en el último tramo de la vida; en vosotros, religiosos y religiosas ancianos, que por muchos años, habéis servido fielmente a la causa del Reino de los Cielos; en vosotros, queridos hermanos en el Sacerdocio y en el Episcopado, que por alcanzar los límites de edad, habéis dejado la responsabilidad directa del ministerio pastoral. La Iglesia aún os necesita. Ella aprecia los servicios que podéis seguir prestando, en múltiples campos de apostolado, cuenta con vuestra oración constante, espera vuestros consejos, fruto de la experiencia, y se enriquece del testimonio evangélico que dais día tras día.

"Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia" (Sal 15 [16], 11)

14. Es natural que con el paso de los años, llegue a sernos familiar el pensamiento del " ocaso de la vida ". Nos lo recuerda, al menos, el simple hecho de que la lista de nuestros parientes, amigos y conocidos se va reduciendo: nos damos cuenta de ello en varias circunstancias, por ejemplo, cuando nos juntamos en reuniones de familia, encuentros con nuestros compañeros de la infancia, del colegio, de la universidad, del servicio militar, con nuestros compañeros del seminario... El límite entre la vida y la muerte, recorre nuestras comunidades, y se acerca a cada uno de nosotros inexorablemente. Si la vida es una peregrinación hacia la patria celestial, la ancianidad es el tiempo en el que más naturalmente se mira hacia el umbral de la eternidad.

Sin embargo, también a nosotros, ancianos, nos cuesta resignarnos ante la perspectiva de este paso. En efecto, éste presenta, en la condición humana marcada por el pecado, una dimensión de oscuridad, que necesariamente nos entristece y nos da miedo. En realidad, ¿cómo podría ser de otro modo?.

El hombre está hecho para la vida, mientras que la muerte -como la Escritura nos explica desde las primeras páginas (cf. Gn 2-3)- no estaba en el proyecto original de Dios, sino que ha entrado sutilmente a consecuencia del pecado, fruto de la "envidia del diablo " (Sb 2, 24).

Se comprende entonces por qué, ante esta tenebrosa realidad, el hombre reacciona y se rebela. Es significativo, en este sentido, que Jesús mismo, "probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado " (Hb 4, 15), haya tenido miedo ante la muerte: "Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa " (Mt 26, 39). Y ¿cómo olvidar sus lágrimas, ante la tumba del amigo Lázaro, a pesar de que se disponía a resucitarlo (cf. Jn 11, 35)?

Aún cuando la muerte, sea racionalmente comprensible bajo el aspecto biológico, no es posible vivirla como algo que nos resulta "natural". Contrasta con el instinto más profundo del hombre. A este propósito, ha dicho el Concilio: " Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza hacia su culmen. El hombre no sólo es atormentado por el dolor, y la progresiva disolución del cuerpo, sino también, y aún más, por el temor de la extinción perpetua ".(19)

Ciertamente, el dolor no tendría consuelo, si la muerte fuera la destrucción total, el final de todo. Por eso, la muerte obliga al hombre a plantearse las preguntas radicales, sobre el sentido mismo de la vida: ¿qué hay más allá del muro de sombra de la muerte?. ¿Es ésta el fin definitivo de la vida, o existe algo que la supera?.

15. No faltan, en la cultura de la humanidad, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días, respuestas reductivas, que limitan la vida a la que vivimos en esta tierra. Incluso en el Antiguo Testamento, algunas observaciones del Libro del Eclesiastés, hacen pensar en la ancianidad como en un edificio en demolición, y en la muerte como en su total y definitiva destrucción (cf. 12, 1-7).

Pero precisamente a la luz de estas respuestas pesimistas, adquiere mayor relieve la perspectiva llena de esperanza, que se deriva del conjunto de la Revelación, y especialmente del Evangelio: Dios "no es un Dios de muertos, sino de vivos " (Lc 20, 38).

Como afirma el apóstol San Pablo, el Dios que da vida a los muertos (cf. Rm 4, 17), dará la vida también a nuestros cuerpos mortales (cf. ibíd., 8, 11). Y Jesús dice de sí mismo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás " (Jn 11, 25-26).

Cristo, habiendo cruzado los confines de la muerte, ha revelado la vida que hay más allá de este límite, en aquel " territorio " inexplorado por el hombre, que es la eternidad. Él es el primer Testigo de la vida inmortal; en Él la esperanza humana se revela plena de inmortalidad. " Aunque nos entristece la certeza de la muerte, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad ".(20).

A estas palabras, que la Liturgia ofrece a los creyentes, como consuelo en la hora de la despedida de una persona querida, sigue un anuncio de esperanza: "Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo".(21)

En Cristo, la muerte, realidad dramática y desconcertante, es rescatada y transformada, hasta presentarse como una " hermana " que nos conduce a los brazos del Padre.(22).

16. La fe ilumina así el misterio de la muerte, e infunde serenidad en la vejez, no considerada y vivida ya, como espera pasiva de un acontecimiento destructivo, sino como acercamiento prometedor, a la meta de la plena madurez. Son años para vivir con un sentido de confiado abandono en las manos de Dios, Padre providente y misericordioso; un período que se ha de utilizar de modo creativo, con vistas a profundizar en la vida espiritual, mediante la intensificación de la oración, y el compromiso de una dedicación a los hermanos en la caridad.

Por eso son loables, todas aquellas iniciativas sociales que permiten a los ancianos, ya el seguir cultivándose física, intelectualmente o en la vida de relación; ya el ser útiles, poniendo a disposición de los otros el propio tiempo, las propias capacidades, y la propia experiencia. De este modo, se conserva y aumenta el gusto de la vida, don fundamental de Dios. Por otra parte, este gusto por la vida, no contrarresta el deseo de eternidad, que madura en cuantos tienen una experiencia espiritual profunda, como bien nos enseña la vida de los Santos.

El Evangelio nos recuerda, a este propósito, las palabras del anciano Simeón, que se declara preparado para morir una vez, que ha podido estrechar entre sus brazos al Mesías esperado: "Ahora Señor puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación " (Lc 2, 29-30).

El apóstol San Pablo se debatía, apremiado por ambas partes, entre el deseo de seguir viviendo para anunciar el Evangelio, y el anhelo de "partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23). San Ignacio de Antioquía nos dice que, mientras iba gozoso a sufrir el martirio, oía en su interior la voz del Espíritu Santo, como " agua viva” que le brotaba de dentro, y le susurraba la invitación: "Ven al Padre " (23).

Los ejemplos podrían continuar aún. En modo alguno, ensombrecen el valor de la vida terrena, que es bella, a pesar de las limitaciones y los sufrimientos, y ha de ser vivida hasta el final.

Pero nos recuerdan que no es el valor último, de tal manera que, desde una perspectiva cristiana, el ocaso de la existencia terrena, tiene los rasgos característicos de un "paso", de un puente tendido desde la vida a la Vida, entre la frágil e insegura alegría de esta tierra, y la Alegría plena, que el Señor reserva a sus siervos fieles: "¡Entra en el gozo de tu Señor! " (Mt 25, 21).

Un augurio de vida

17. Con este espíritu, mientras os deseo, queridos hermanos y hermanas ancianos, que viváis serenamente los años que el Señor haya dispuesto para cada uno, me resulta espontáneo compartir hasta el fondo con vosotros, los sentimientos que me animan en este tramo de mi vida, después de más de veinte años de ministerio en la sede de Pedro, y a la espera del tercer milenio ya a las puertas. A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final, por la causa del Reino de Dios.

Al mismo tiempo, encuentro una gran paz, al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de vida a vida!. Por eso, a menudo me viene a los labios, sin asomo de tristeza alguna, una oración que el sacerdote recita después de la celebración eucarística: In hora mortis meae voca me, et iube me venire ad te; en la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a Tí. Es la oración de la esperanza cristiana, que nada quita a la alegría de la hora presente, sino que pone el futuro en manos de la divina bondad.

18. "Iube me venire ad te!: éste es el anhelo más profundo del corazón humano, incluso para el que no es consciente de ello.

Concédenos Señor de la vida, la gracia de tomar conciencia lúcida de ello, y de saborear como un don, rico de ulteriores promesas, todos los momentos de nuestra vida. Haz que acojamos con amor tu voluntad, poniéndonos cada día en tus manos misericordiosas. Cuando venga el momento del "paso" definitivo, concédenos afrontarlo con ánimo sereno, sin pesadumbre por lo que dejemos. Porque al encontrarte a Tí, después de haberte buscado tanto, nos encontraremos con todo valor auténtico experimentado aquí en la tierra, junto a quienes nos han precedido, en el signo de la fe y de la esperanza.

Y tú, María, Madre de la humanidad peregrina, ruega por nosotros "ahora y en la hora de nuestra muerte". Manténnos siempre muy unidos a Jesús, tu Hijo amado y hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria.

¡Amén!

Vaticano, 1 de octubre de 1999.

(1) S. JUAN DAMASCENO, Exposición de la fe ortodoxa, 2, 29.
(2) Cf. La dignidad del anciano y su misión en la Iglesia y en el Mundo, Ciudad del Vaticano 1998.
(3) VIRGILIO, " Fugit inreparabile tempus ", Geórgicas, III, 284.
(4) Liturgia de la Vigilia Pascual.
(5) S. IRENEO DE LYON, Adversus haereses, 4, 20, 4.
(6) Cf. Carta enc. Centesimus annus, 18.
(7) Cf. ibíd., 23.
(8) S. JUAN CRISOSTOMO, Comentario a la Carta a los Romanos, 9, 2.
(9) Cf. Cato maior seu De senectute, 19, 70.
(10) Sobre " Todo es vanidad y aflicción del espíritu ", 5-6.
(11) " Augest sapientiam, dat maturiora consilia ", Commentaria in Amos, II, prol.
(12) CORNEILLE, Sertorius, a. II, sc. 4, b. 717.
(13) " Magna fuit quondam capitis reverentia cani ", Fastos, lib. V, v. 57.
(14) Sentencias, XLII.
(15) Cf. Carta enc. Evangelium vitae, 65.
(16) C. K. NORWID, Nie tylko przyslosc..., Post scriptum, I, vv. 1-4.
(17) " Levior fit senectus, eorum qui a iuventute coluntur et diliguntur ", Cato maior seu De senectute, 8, 26.
(18) Discurso al retorno del campo, 11.
(19) CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 18.
(20) Misal Romano, Prefacio I de difuntos.
(21) Ibíd.
(22) Cf. S. FRANCISCO DE ASIS, Cántico de las criaturas.
(23) Carta a los Romanos, 7, 2.

Oración: Señor, Dios de nuestros padres, Tú concediste a San Joaquín y a Santa Ana, la gracia de traer a este mundo a la Madre de tu Hijo; concédenos, por la plegaria de estos santos, que recibamos a Jesucristo en nuestros corazones, y así poder estar unidos a la Sagrada Familia, en medio de estos tiempos oscuros y violentos. Que nuestros ancianos sean siempre respetados y valorados. Por nuestro Señor Jesucristo, Señor de la Historia y de la Vida. Amén.