miércoles, 28 de junio de 2017

Tercera Feria, 27 de junio

San Cirilo de Alejandría


(376-444)

Patriarca de Alejandría, Doctor de la Iglesia

Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de Aquel que no puede ser contenido en lugar alguno; Madre y Virgen, por quien es llamado bendito, en los Santos Evangelios, El que viene en nombre del Señor

Breve
Etim. del nombre: "Ciris": mandar, quien manda.

Su autoridad sirvió santamente los designios de Dios. San Cirilo es famoso por su defensa de la ortodoxia contra la herejía, particularmente contra el nestorianismo.

Leer al menos una de las cartas de este afamado Doctor de la Iglesia, es como ser partícipe del incienso divino que llega al Trono de Dios.
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Arzobispo de Alejandría (Egipto). Defensor de la doctrina, que proclama a María la Theotokos: Madre de Dios. Esta doctrina fue proclamada como dogma en el Concilio de Efeso (431), que San Cirilo presidió bajo la autoridad del Papa Celestino. Su gran oponente era Nestóreo, patriarca de Constantinopla.

Al ponerse en duda que María es madre de Dios, se ponía en duda la identidad de Jesucristo, quien es una persona divina. Por eso, San Cirilo no solo aportó a la Mariología, sino también a la Cristología.

El argumento de San Cirilo:  María es la Theotokos, no porque ella existiese antes de Dios, o hubiese creado a Dios. Dios es eterno, y María Santísima es una criatura de Dios. Pero Dios quiso nacer de una mujer. La persona que nace de María es divina, por lo tanto ella es madre de Dios.

Su santa defensa de la verdad, le ganó la cárcel y muchas luchas, pero salió victorioso.

Testimonio de San Cirilo al final del Concilio de Efeso:
"Te saludamos Ho Virgen María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se apagará, templo que nunca será destruido, sitio de refugio para todos los desamparados, por quien ha venido al mundo, El que es bendito por los siglos.

Por Ti, la Trinidad ha recibido más gloria en la tierra; por ti la cruz nos ha salvado; por ti los cielos se estremecen de alegría, y los demonios son puestos en fuga; el enemigo del alma es lanzado al abismo, y nosotros débiles criaturas somos elevados al puesto de honor".

Y sobre la realidad histórica que se vivía:
"No se puede imaginar la alegría de este pueblo fervoroso, cuando supo que el Concilio había declarado, que María sí es Madre de Dios, y que los que no aceptaran esa verdad, quedan fuera de la Iglesia. Toda la población permaneció desde el amanecer hasta el atardecer, junto a la Iglesia de la Madre de Dios, donde estábamos reunidos los 200 obispos del mundo.

Y cuando supieron la declaración del Concilio, empezaron a gritar y a cantar, y con antorchas encendidas, nos acompañaron a nuestras casas, y por el camino iban quemando incienso. Alabemos con nuestros himnos a María, Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo, a quien sea todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos".
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Nestorianismo
(Ver Catecismo #466)

Nestorianismo, herejía del siglo V, enseñaba la existencia de dos personas separadas en Cristo encarnado: una divina (el Hijo de Dios); otra humana (el hijo de María), unidas con una voluntad común. Toma su nombre de Nestorio, patriarca de Constantinopla, quien fue el primero en difundir la doctrina.

Síntesis de los errores del nestorianismo: 
El hijo de la Virgen María, es distinto del Hijo de Dios.

Así como de manera análoga, hay dos naturalezas en Cristo, es necesario admitir también que existen en Él dos sujetos, o personas distintas.

Estas dos personas se hallan ligadas entre sí, por una simple unidad accidental o moral.

El hombre Cristo, no es Dios, sino portador de Dios. 

Por la encarnación, el Logos-Dios no se ha hecho hombre en sentido propio, sino que ha pasado a habitar en el hombre Jesucristo, de manera parecida a como Dios habita en los justos.

Las propiedades humanas (nacimiento, pasión, muerte), tan sólo se pueden predicar del hombre Cristo; las propiedades divinas (creación, omnipotencia, eternidad) únicamente se pueden enunciar del Logos-Dios; se niega, por lo tanto, la comunicación entre ambas naturalezas.

En consecuencia, no es posible dar a María el título de Theotokos (Madre de Dios), que se le venía concediendo habitualmente desde Orígenes. Ella no es más que "Madre del Hombre", o "Madre de Cristo".

Se opusieron al nestorianismo importantes prelados, encabezados por San Cirilo de Alejandría. La herejía fue condenada, y la doctrina aclarada en el Concilio de Éfesoen el año 431:

««...habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible, y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen, más bien para nosotros, un solo Señor y Cristo, e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad...

Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la Santa Virgen, y luego descendió sobre Él, el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se somatizó a nacimiento carnal... De esta manera [los Santos Padres], no tuvieron inconveniente en llamar Madre de Dios a la Santa Virgen»» (Dz 111)

Además, en el Concilio de Calcedonia, en el año 451, declaró:
««Ha de confesarse a uno solo, y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad, y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre, de alma racional y de cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y Él mismo consustancial con nosotros, en cuanto a la humanidad,semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Hebr. 4, 15); engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y Él mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo, y el mismo Cristo Hijo, Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas, por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad, y concurriendo en una sola persona, y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo, y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo...»» (Dz 148). 

Nestorio contó con el apoyo de varios obispos orientales, que no aceptaron las condenas, y rompieron con la Iglesia, formando una secta independiente; pero finalmente fue desterrado en el año 436 al Alto Egipto.

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Oficio de lectura
Sábado III Semana de Pascua
Cristo entregó su cuerpo para la vida de todos.
Del comentario de San Cirilo de Alejandría, Obispo, sobre el evangelio de san Juan. Libro 4, cap

«Por todos muero, dice el Señor, para vivificarlos a todos, y redimir con mi carne, la carne de todos. En mi muerte morirá la muerte, y conmigo resucitará la naturaleza humana, de la postración en que había caído».

«Con esta finalidad, me he hecho semejante a vosotros, y he querido nacer de la descendencia de Abrahán, para asemejarme en todo a mis hermanos».

San Pablo, al comprender esto, dijo: Los hijos de una misma familia, son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Él; así, muriendo, aniquiló al tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo.

Si Cristo no se hubiera entregado por nosotros a la muerte, Él solo por la redención de todos, nunca hubiera podido ser destituido, el que tenía el dominio de la muerte, ni hubiera sido posible destruir la muerte, pues Él es el único que está por encima de todos.

Por ello se aplica a Cristo, aquello que se dice en un lugar del libro de los salmos, donde Cristo aparece ofreciéndose por nosotros a Dios Padre: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo dije: «Aquí estoy».

Cristo fue, pues, crucificado por todos nosotros, para que habiendo muerto uno por todos, todos tengamos vida en Él. Era en efecto, imposible que la Vida muriera, o fuera sometida a la corrupción natural. Que Cristo ofreciese su carne por la vida del mundo, es algo que deducimos de sus mismas palabras: Padre Santo, dijo, guárdalos. Y luego añade: Por ellos me consagro yo.

Cuando dice consagro, debe entenderse en el sentido de «me dedico a Dios», y «me ofrezco como hostia inmaculada en olor de suavidad». Pues según la ley se consagraba, o llamaba sagrado, lo que se ofrecía sobre el altar. Así Cristo entregó su cuerpo por la vida de todos, y a todos nos devolvió la vida. De qué modo lo realizó, intentaré explicarlo, si puedo.

Una vez que la Palabra vivificante hubo tomado carne, restituyó a la carne su propio bien, es decir, le devolvió la vida, y uniéndose a la carne con una unión inefable, la vivificó, dándole parte en su propia vida divina.

Por ello podemos decir, que el cuerpo de Cristo da vida a los que participan de Él: si los encuentra sujetos a la muerte, aparta la muerte, y aleja toda corrupción, pues posee en sí mismo, el germen que aniquila toda podredumbre.

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Oficio divino, 10 de Enero
Efusión del Espíritu Santo sobre toda carne
Del comentario de San Cirilo de Alejandría, Obispo, sobre el evangelio de San Juan. Libro 5, cap 2

Cuando el Creador del universo, decidió restaurar todas las cosas en Cristo, dentro del más maravilloso orden, y devolver a su anterior estado la naturaleza del hombre, prometió que al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también ampliamente el Espíritu Santo, ya que de otro modo, no podría verse reintegrado a la pacífica y estable posesión de aquellos bienes.

Determinó, por tanto, el tiempo en que el Espíritu Santo habría de descender hasta nosotros, a saber, el del advenimiento de Cristo, y lo prometió al decir: En aquellos días –se refiere a los del Salvador– derramaré mi Espíritu sobre toda carne.

Y cuando el tiempo de tan gran munificencia y libertad, produjo para todos al Unigénito encarnado en el mundo, como hombre nacido de mujer –de acuerdo con la divina Escritura–, Dios Padre otorgó a su vez el Espíritu, y Cristo, como primicia de la naturaleza renovada, fue el primero que lo recibió. Y esto fue lo que atestiguó Juan Bautista, cuando dijo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo, y se posó sobre Él.

Decimos que Cristo, por su parte, recibió el Espíritu, cuanto se había hecho hombre, y en cuanto convenía que el hombre lo recibiera; y aunque es el Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia, incluso antes de la encarnación –más aún, antes de todos los siglos–, no se da por ofendido de que el Padre le diga, después que se hizo hombre: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”.

Dice haber engendrado hoy, a quien era Dios, engendrado de Él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su intermedio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en Él. Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos.

De manera que el Hijo unigénito, recibe el Espíritu Santo no para sí mismo –pues es suyo, habita en Él, y por su medio se comunica, como ya dijimos antes–, sino para instaurar, y restituir a su integridad a la naturaleza entera, ya que al haberse hecho hombre, la poseía en su totalidad.

Puede, por tanto, entenderse –si es que queremos usar nuestra recta razón, así como los testimonios de la Escritura– que Cristo no recibió el Espíritu para Sí, sino más bien para nosotros en Sí mismo: pues por su intermedio nos vienen todos los bienes.

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Oficio de lectura
Tercera Feria, V semana de Pascua
Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos
Del comentario de San Cirilo de Alejandría, Obispo, sobre el evangelio de San Juan. Libro 10, cap 2

El Señor, para convencernos de que es necesario que nos adhiramos a Él por el Amor, ponderó cuán grandes bienes se derivan de nuestra unión con Él, comparándose a sí mismo con la vid, y afirmando que los que están unidos a Él, e injertados en su persona, vienen a ser como sus sarmientos, y al participar del Espíritu Santo, comparten su misma naturaleza, pues el Espíritu de Cristo nos une con Él.

La adhesión de quienes se vinculan a la vid, consiste en una adhesión de voluntad y de deseo; en cambio, la unión del Señor con nosotros, es una unión de Amor y de inhabitación. Nosotros, en efecto, partimos de un buen deseo, y nos adherimos a Cristo por la Fe; así llegamos a participar de su propia naturaleza, y alcanzamos la dignidad de hijos adoptivos, pues como lo afirmaba San Pablo, el que se une al Señor, es un espíritu con Él.

De la misma forma, que en un lugar de la Escritura se dice de Cristo, que es cimiento y fundamento, pues nosotros, se afirma, estamos edificados sobre Él, y como piedras vivas y espirituales, entramos en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, cosa que no sería posible si Cristo no fuera fundamento, así, de manera semejante, Cristo se llama a sí mismo Vid, como si fuera la madre y nodriza de los sarmientos, que proceden de Él.

En Él y por Él, hemos sido regenerados en el Espíritu, para producir fruto de vida, no de aquella vida caduca y antigua, sino de la vida nueva que se funda en su Amor. Y esta vida la conservaremos, si perseveramos unidos a Él y como injertados en su persona; si seguimos fielmente los mandamientos que nos dio, y procuramos conservar los grandes bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu que habita en nosotros, pues por medio de Él, Dios mismo tiene su morada en nuestro interior.

De qué modo nosotros estamos en Cristo, y Cristo en nosotros, nos lo pone en claro el evangelista Juan al decir: “En esto conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu”.

Pues así como la raíz hace llegar su propia savia a los sarmientos, del mismo modo el Verbo unigénito de Dios Padre, comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con Él por la fe: así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad, y los lleva al conocimiento de la verdad y a la práctica de la virtud.

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Oficio de lectura
Sábado IV Semana de Pascua
A todos alcanzó la misericordia divina
Del comentario de San Cirilo de Alejandría, Obispo, sobre la carta a los Romanos. Cap 15,7

Nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, y somos miembros los unos de los otros, y es Cristo quien nos une mediante los vínculos de la caridad, tal como está escrito: Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne, el muro que los separaba: el odio.

Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas. Conviene pues, que tengamos un mismo sentir: que si un miembro sufre, los demás miembros sufran con Él, y que si un miembro es honrado, se alegren todos los miembros.

Acogeos mutuamente –dice el Apóstol–, como Cristo os acogió para gloria de Dios. Nos acogeremos unos a otros, si nos esforzamos en tener un mismo sentir; llevando los unos las cargas de los otros, conservando la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz.

Así es como nos acogió Dios a nosotros en Cristo. Pues no engaña el que dice: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó su Hijo por nosotros. Fue entregado, en efecto, como rescate para la vida de todos nosotros, y así fuimos arrancados de la muerte, redimidos de la muerte, y del pecado.

Y el mismo Apóstol, explica el objetivo de esta realización de los designios de Dios, cuando dice que Cristo consagró su ministerio al servicio de los judíos, por exigirlo la fidelidad de Dios. Pues, como Dios había prometido a los patriarcas, que los bendeciría en su descendencia futura, y que los multiplicaría como las estrellas del cielo, por esto apareció en la carne, y se hizo hombre el que era Dios, y la Palabra en persona, el que conserva toda cosa creada, y da a todos la incolumidad, por su condición de Dios.

Vino a este mundo en la carne, mas no para ser servido, sino al contrario, para servir, como dice Él mismo, y entregar su vida para la redención de todos. Él afirma haber venido de modo visible, para cumplir las promesas hechas a Israel.

Decía en efecto: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Por esto, con verdad afirma Pablo, que Cristo consagró su ministerio al servicio de los judíos, para dar cumplimiento a las promesas hechas a los padres, y para que los paganos alcanzasen misericordia, y así ellos también le diesen gloria como a creador y hacedor, salvador y redentor de todos.

De este modo alcanzó a todos la Misericordia Divina, sin excluir a los paganos, de manera que por los designios de la sabiduría de Dios en Cristo, obtuvo su finalidad; por la misericordia de Dios, en efecto, fue salvado todo el mundo, en lugar de los que se habían perdido.

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San Cirilo de Alejandría, Obispo
Comentario sobre segunda carta a los Corintios 5,5 – 6,2

Oficio de lectura, Domingo VI semana de Pascua
Dios nos ha reconciliado por medio de Cristo, y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación.

Los que poseen las armas del Espíritu, y la esperanza de la resurrección, como si poseyeran ya aquello que esperan, pueden afirmar que desde ahora, ya no conocen a nadie según la carne: todos, en efecto, somos espirituales, y ajenos a la corrupción de la carne.

Porque desde el momento en que ha amanecido para nosotros la luz del Unigénito, somos transformados en la misma Palabra, que da vida a todas las cosas. Y si bien es verdad, que cuando reinaba el pecado estábamos sujetos por los lazos de la muerte, al introducirse en el mundo la justicia de Cristo, quedamos libres de la corrupción.

Por tanto, ya nadie vive en la carne, es decir, ya nadie está sujeto a la debilidad de la carne, a la que ciertamente pertenece la corrupción, entre otras cosas; en este sentido, dice el Apóstol: si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no.

Es como quien dice: La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y para que nosotros tuviésemos vida, sufrió la muerte según la carne, y así es como conocimos a Cristo; sin embargo, ahora ya no es así como lo conocemos.

Pues aunque retiene su cuerpo humano, ya que resucitó al tercer día, y vive en el cielo junto al Padre, no obstante, su existencia es superior a la meramente carnal, puesto que murió de una vez para siempre, y ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque su morir, fue un morir al pecado de una vez y para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

Si tal es la condición de Aquel, que se convirtió para nosotros en abanderado y precursor de la vida, es necesario que nosotros, siguiendo sus huellas, formemos parte de los que viven por encima de la carne, y no en la carne. Por eso, dice con toda razón San Pablo: “El que es de Cristo es una criatura nueva”. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Hemos sido, en efecto, justificados por la fe en Cristo, y ha cesado el efecto de la maldición, puesto que Él ha resucitado para liberarnos, conculcando el poder de la muerte; y además, hemos conocido al que Es por naturaleza propia, Dios verdadero, a quien damos culto en Espíritu y en Verdad, por mediación del Hijo, quien derrama sobre el mundo las bendiciones divinas, que proceden del Padre.

Por lo cual, dice acertadamente San Pablo: Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo, nos reconcilió consigo, ya que el misterio de la encarnación y la renovación consiguiente a la misma, se realizaron de acuerdo con el designio del Padre.

No hay que olvidar que por Cristo, tenemos acceso al Padre, ya que nadie va al Padre, como afirma el mismo Cristo, sino por Él. Y así, todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo, nos reconcilió y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

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Del Oficio de Lectura, 27 de junio
San Cirilo de Alejandría, Obispo y doctor de la Iglesia +444
Defensor de la maternidad divina de la Virgen María
De las cartas de San Cirilo de Alejandría
Carta 1

Me extraña, en gran manera, que haya alguien que tenga duda alguna de si la Santísima Virgen, ha de ser llamada Madre de Dios. En efecto, si nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿por qué razón la Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios?. Esta es la fe que nos trasmitieron los discípulos del Señor, aunque no emplearan esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también los Santos Padres.

Y así, nuestro padre Atanasio, de ilustre memoria, en el libro que escribió sobre la santa y consubstancial Trinidad, en la disertación tercera, a cada paso da a la Santísima Virgen, el título de Madre de Dios.

Siento la necesidad de citar aquí sus mismas palabras, que dicen así: «La finalidad y característica de la Sagrada Escritura, como tantas veces hemos advertido, consiste en afirmar de Cristo, nuestro salvador, estas dos cosas: que es Dios, y que nunca ha dejado de serlo, Él, que es el Verbo del Padre, su resplandor y su sabiduría; como también que Él mismo, en estos últimos tiempos, se hizo hombre por nosotros, tomando un cuerpo de la Virgen María, Madre de Dios».

Y un poco más adelante, dice también: «Han existido muchas personas santas e inmunes de todo pecado: Jeremías fue santificado en el vientre materno; y Juan Bautista, antes de nacer, al oír la voz de María, Madre de Dios, saltó lleno de gozo». Y estas palabras provienen de un hombre absolutamente digno de fe, del que podemos fiarnos con toda seguridad, ya que nunca dijo nada que no estuviera en consonancia con la Sagrada Escritura.

Además la Escritura inspirada por Dios, afirma que el Verbo de Dios se hizo carne, esto es, que se unió a un cuerpo que poseía un alma racional. Por consiguiente, el Verbo de Dios, asumió la descendencia de Abrahán, y fabricándose un cuerpo tomado de mujer, se hizo partícipe de la carne y de la sangre, de manera que ya no es solo Dios, sino que por su unión con nuestra naturaleza, ha de ser considerado también hombre como nosotros.

Ciertamente el Emmanuel consta de estas dos cosas, la divinidad y la humanidad. Sin embargo, es un solo Señor Jesucristo, un solo verdadero Hijo por naturaleza, aunque es Dios y hombre a la vez; no un hombre divinizado, igual a aquellos que por la gracia, se hacen partícipes de la naturaleza divina, sino Dios verdadero, que, por nuestra salvación, se hizo visible en forma humana, como atestigua también Pablo con estas palabras: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”.

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Del Oficio de Lectura, 5 de agosto
La dedicación de la Basílica de Santa María
Alabanzas de la Madre de Dios. De la homilía de San Cirilo de Alejandría, Obispo, pronunciada en el Concilio de Éfeso

Tengo ante mis ojos la asamblea de los santos padres, que llenos de gozo y fervor, han acudido aquí, respondiendo con prontitud, a la invitación de la Santa Madre de Dios, la siempre Virgen María.

Este espectáculo ha trocado en gozo, la gran tristeza que antes me oprimía. Vemos realizadas en esta reunión, aquellas hermosas palabras de David, el salmista: Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos.

Te saludamos, Santa y Misteriosa Trinidad, que nos has convocado a todos nosotros, en esta iglesia de Santa María, Madre de Dios.

Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de Aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, Madre y Virgen, por quien es llamado bendito, en los Santos Evangelios, el que viene en nombre del Señor.

Te saludamos, a Ti, que encerraste en tu seno virginal a Aquel que es inmenso e inabarcable; a Ti, por quien la Santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador cayó del cielo; por quien la criatura, caída en el pecado, es elevada al cielo; por quien toda la creación, sujeta a la insensatez de la idolatría, llega al conocimiento de la Verdad; por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo, y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las Iglesias en todo el orbe de la Tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión.

Y ¿qué más diré?. Por ti, el Hijo unigénito de Dios, ha iluminado a los que vivían en tinieblas y en sombra de muerte; por Ti, los profetas anunciaron las cosas futuras; por Ti, los Apóstoles predicaron la salvación a los gentiles; por Ti, los muertos resucitan; por Ti, reinan los reyes, por la Santísima Trinidad.

¿Quién habrá, que sea capaz de cantar como es debido, las alabanzas de María?. Ella es Madre y Virgen a la vez; ¡qué cosa tan admirable!. Es una maravilla que me llena de estupor. ¿Quién ha oído jamás decir, que le esté prohibido al constructor habitar en el mismo templo que Él ha construido?. ¿Quién podrá tachar de ignominia, el hecho de que la sirviente sea adoptada como madre?.

Mirad: hoy todo el mundo se alegra; quiera Dios que todos nosotros reverenciemos y adoremos la unidad; que rindamos un culto impregnado de Santo temor a la Trinidad indivisa, al celebrar, con nuestras alabanzas, a María siempre Virgen, el Templo Santo de Dios, y a su Hijo y Esposo Inmaculado: porque a Él pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por las palabras e intercesión de San Cirilo de Alejandría, veneremos todos los días a la Santísima Virgen María como madre tuya y nuestra, y así podamos ser para Tí como tu preciado incienso que sube al estrado de tus pies. A Tí Señor, que nos dejaste a la Virgen María como Madre nuestra a los pies de la Cruz. Amén.


Tercera Feria, 27 de junio

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro


Icono oriental antiguo de origen desconocido

Patrona de los Padres Redentoristas y de Haití

Breve
El icono original está en el altar mayor de la Iglesia de San Alfonso, muy cerca de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.

Ver también: Detalles sobre el ícono desde redentoristas.org

El icono de la Virgen, pintado sobre madera, de 21 por 17 pulgadas, muestra a la Madre con el Niño Jesús. El Niño observa a dos ángeles, que le muestran los instrumentos de su futura pasión. Se agarra fuerte con las dos manos de su Madre Santísima, quien lo sostiene en sus brazos.

El cuadro nos recuerda la maternidad divina de la Virgen, y su cuidado por Jesús, desde su concepción hasta su muerte. Hoy la Virgen cuida de todos sus hijos, que a ella acuden con plena confianza.

Historia
En el siglo XV un comerciante acaudalado de la isla de Creta, en el Mar Mediterráneo, tenía la bella pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Era un hombre muy piadoso y devoto de la Virgen María. Cómo habrá llegado a sus manos dicha pintura, no se sabe. ¿Se le habría confiado por razones de seguridad, para protegerla de los sarracenos?. Lo cierto es que el mercader estaba resuelto a impedir que el cuadro de la Virgen se destruyera, como tantos otros que ya habían corrido con esa suerte.

Por protección, el mercader decidió llevar la pintura a Italia. Empacó sus pertenencias, arregló su negocio, y abordó un navío dirigiéndose a Roma. En ruta se desató una violenta tormenta, y todos a bordo esperaban lo peor. El comerciante  tomó el cuadro de Nuestra Señora, lo sostuvo en lo alto, y pidió socorro. La Santísima Virgen respondió a su oración con un milagro. El mar se calmó, y la embarcación llegó a salvo al puerto de Roma.

Cae la pintura en manos de una familia
Tenía el mercader un amigo muy querido en la ciudad de Roma, así que decidió pasar un rato con él antes de seguir adelante. Con gran alegría le mostró el cuadro, y le dijo que algún día el mundo entero le rendiría homenaje a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Pasado un tiempo, el mercader se enfermó de gravedad. Al sentir que sus días estaban contados, llamó a su amigo a su lecho, y le rogó que le prometiera, que después de su muerte, colocaría la pintura de la Virgen en una iglesia digna o ilustre, para que fuera venerada públicamente. El amigo accedió a la promesa, pero no la llegó a cumplir por complacer a su esposa, que se había encariñado con la imagen. 

Pero la Divina Providencia, no había llevado la pintura a Roma para que fuese propiedad de una familia, sino para que fuera venerada por todo el mundo, tal y como había profetizado el mercader. Nuestra Señora se le apareció al hombre en tres ocasiones, diciéndole que debía poner la pintura en una iglesia, de lo contrario, algo terrible sucedería.

El hombre discutió con su esposa para cumplir con la Virgen, pero ella se le burló, diciéndole que era un visionario.

El hombre temió disgustar a su esposa, por lo que las cosas quedaron igual. Nuestra Señora, por fin, se le volvió a aparecer, y le dijo que, para que su pintura saliera de esa casa, él tendría que irse primero. De repente el hombre se puso gravemente enfermo, y en pocos días murió. La esposa estaba muy apegada a la pintura, y trató de convencerse a sí misma de que estaría más protegida en su propia casa. Así, día a día, fue aplazando el deshacerse de la imagen.

Un día, su hijita de seis años vino hacia ella apresurada, con la noticia de que una hermosa y resplandeciente Señora, se le había aparecido mientras estaba mirando la pintura. La Señora le había dicho, que le dijera a su madre y a su abuelo, que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro deseaba ser puesta en una iglesia; y que si no, todos los de la casa morirían.

La mamá de la niñita estaba espantada, y prometió obedecer a la Señora. Una amiga, que vivía cerca, oyó lo de la aparición. Fue entonces a ver a la señora, y ridiculizó todo lo ocurrido. Trató de persuadir a su amiga de que se quedara con el cuadro, diciéndole que si fuera ella, no haría caso de sueños y visiones. Apenas había terminado de hablar, cuando comenzó a sentir unos dolores tan terribles, que creyó que se iba a morir.

Llena de dolor, comenzó a invocar a Nuestra Señora para que la perdonara, y la ayudara. La Virgen escuchó su oración. La vecina tocó la pintura, con corazón contrito, y fue sanada instantáneamente. Entonces procedió a suplicarle a la viuda, para que obedeciera a Nuestra Señora de una vez por todas.

Accede la viuda a entregar la pintura
Se encontraba la viuda preguntándose en qué iglesia debería poner la pintura, cuando el cielo mismo le respondió. Volvió a aparecérsele la Virgen a la niña, y le dijo que le dijera a su madre que quería que la pintura fuera colocada en la iglesia que queda entre la basílica de Santa María la Mayor, y la de San Juan de Letrán. Esa iglesia era la de San Mateo, el Apóstol.

La señora se apresuró a entrevistarse con el superior de los Agustinos, quienes eran los encargados de la iglesia. Ella le informó acerca de todas las circunstancias relacionadas con el cuadro. La pintura fue llevada a la iglesia en procesión solemne, el 27 de marzo de 1499.

En el camino de la residencia de la viuda hacia la iglesia, un hombre tocó la pintura, y le fue devuelto el uso de un brazo que tenía paralizado. Colgaron la pintura sobre el altar mayor de la iglesia, en donde permaneció casi trescientos años.

Amado y venerado por todos los de Roma, como una pintura verdaderamente milagrosa, sirvió como medio de incontables milagros, curaciones y gracias.

En 1798, Napoleón y su ejército francés tomaron la ciudad de Roma. Sus atropellos fueron incontables, y su soberbia, satánica. Exilió al Papa Pío VII, y con el pretexto de fortalecer las defensas de Roma, destruyó treinta iglesias, entre ellas la de San Mateo, la cual quedó completamente arrasada.

Junto con la iglesia, se perdieron muchas reliquias y estatuas venerables. Uno de los Padres Agustinos, justo a tiempo, había logrado llevarse secretamente el cuadro. 

Cuando el Papa, que había sido prisionero de Napoleón, regresó a Roma, le dio a los agustinos el monasterio de San Eusebio, y después la casa y la iglesia de Santa María en Posterula. Una pintura famosa de Nuestra Señora de la Gracia estaba ya colocada en dicha iglesia, por lo que la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, fue puesta en la capilla privada de los Padres Agustinos, en Posterula. Allí permaneció sesenta y cuatro años, casi olvidada.

Hallazgo de un sacerdote Redentorista
Mientras tanto, a instancias del Papa, el Superior General de los Redentoristas, estableció su sede principal en Roma, donde construyeron un monasterio, y la iglesia de San Alfonso.

Uno de los Padres, el historiador de la casa, realizó un estudio, acerca del sector de Roma en que vivían. En sus investigaciones, se encontró con múltiples referencias a la vieja Iglesia de San Mateo, y a la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Un día decidió contarle a sus hermanos sacerdotes sobre sus investigaciones: La iglesia actual de San Alfonso estaba construida sobre las ruinas de la de San Mateo, en la que durante siglos, había sido venerada públicamente, una pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Entre los que escuchaban, se encontraba el Padre Michael Marchi, el cual se acordaba de haber servido muchas veces en la Misa de la capilla de los Agustinos de Posterula, cuando era niño. Ahí en la capilla, había visto la pintura milagrosa.

Un viejo hermano lego, que había vivido en San Mateo, y a quien había visitado a menudo, le había contado muchas veces relatos acerca de los milagros de Nuestra Señora, y solía añadir: "Ten presente, Michael, que Nuestra Señora de San Mateo, es la de la capilla privada. No lo olvides". El Padre Michael les relató todo lo que había oído de aquel hermano lego.

Por medio de este incidente, los Redentoristas supieron de la existencia de la pintura, no obstante, ignoraban su historia, y el deseo expreso de la Virgen de ser honrada públicamente en la iglesia.

Ese mismo año, a través del sermón inspirado de un jesuita, acerca de la antigua pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, conocieron los Redentoristas la historia de la pintura, y del deseo de la Virgen de que esta imagen suya, fuera venerada entre la Iglesia de Santa María la Mayor, y la de San Juan de Letrán.

El santo Jesuita, había lamentado el hecho de que el cuadro, que había sido tan famoso por milagros y curaciones, hubiera desaparecido, sin revelar ninguna señal sobrenatural, durante los últimos sesenta años. A él le pareció que se debía a que ya no estaba expuesto públicamente, para ser venerado por los fieles. Les imploró a sus oyentes que, si alguno sabía dónde se hallaba la pintura, le informaran al dueño lo que deseaba la Virgen.

Los Padres Redentoristas, soñaban con ver que el milagroso cuadro fuera nuevamente expuesto a la veneración pública, y que de ser posible, sucediera en su propia Iglesia de San Alfonso.

Así que instaron a su Superior General, para que tratara de conseguir el famoso cuadro para su Iglesia. Después de un tiempo de reflexión, decidió solicitarle la pintura al Santo Padre, el Papa Pío IX. Le narró la historia de la milagrosa imagen, y sometió su petición.

El Santo Padre escuchó con atención. Él amaba dulcemente a la Santísima Virgen, y le alegraba que fuera honrada. Sacó su pluma, y escribió su deseo de que el cuadro milagroso de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, fuera devuelto a la Iglesia entre Santa María la Mayor y San Juan de Letrán. También encargó a los Redentoristas, de que hicieran que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera conocida en todas partes.

Aparece y se venera, por fin, el cuadro de Nuestra Señora
Ninguno de los Agustinos de ese tiempo había conocido la Iglesia de San Mateo. Una vez que supieron la historia, y el deseo del Santo Padre, gustosos complacieron a Nuestra Señora.

Habían sido sus custodios, y ahora se la devolverían al mundo, bajo la tutela de otros custodios. Todo había sido planeado por la Divina Providencia, en una forma verdaderamente extraordinaria.

A petición del Santo Padre, los Redentoristas obsequiaron a los Agustinos una linda pintura, que serviría para reemplazar a la milagrosa.

La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue llevado en procesión solemne, a lo largo de las vistosas y alegres calles de Roma, antes de ser colocado sobre el altar, construido especialmente para su veneración en la Iglesia de San Alfonso.

La dicha del pueblo romano era evidente. El entusiasmo de las veinte mil personas que se agolparon en las calles, llenas de flores para la procesión, dio testimonio de la profunda devoción hacia la Madre de Dios.

A toda hora del día, se podía ver un número de personas de toda clase, delante de la pintura, implorándole a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro que escuchara sus oraciones, y que les alcanzara misericordia. Se reportaron diariamente muchos milagros y gracias.

Hoy en día, la devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, se ha difundido por todo el mundo. Se han construido iglesias y santuarios en su honor, y se han establecido archicofradías. Su retrato es conocido y amado en todas partes.

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Signos de la imagen de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro - conocida en el Oriente bizantino, como el icono de la Madre de Dios de la Pasión.

Aunque su origen es incierto, se estima que el retrato fue pintado durante el decimotercero o decimocuarto siglo. El icono parece ser copia de una famosa pintura de Nuestra Señora que fuera, según la tradición, pintada por el mismo San Lucas.

La original se veneraba en Constantinopla por siglos, como una pintura milagrosa, pero fue destruida en 1453 por los Turcos, cuando capturaron la ciudad.

Fue pintado en un estilo plano, característico de los íconos orientales, y tiene una calidad primitiva. Todas las letras son griegas. Las iniciales al lado de la corona de la Madre, la identifican como la “Madre de Dios”.

Las iniciales al lado del Niño “ICXC” significan “Jesucristo”. Las letras griegas en la aureola del Niño: owu significan “El que es”, mientras las tres estrellas sobre la cabeza y los hombros de María Santísima, indican su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto.

Las letras más pequeñas, identifican al ángel a la izquierda como “San Miguel Arcángel”; el arcángel sostiene la lanza y la caña, con la esponja empapada de vinagre, instrumentos de la pasión de Cristo. El ángel a la derecha es identificado como “San Gabriel Arcángel”, sostiene la cruz y los clavos. Nótese que los ángeles no tocan los instrumentos de la pasión con las manos, sino con el paño que los cubre.

Cuando este retrato fue pintado, no era común pintar aureolas. Por esta razón el artista redondeó la cabeza y el velo de la Madre, para indicar su santidad. Los halos y coronas doradas, fueron añadidas mucho después. El fondo dorado, símbolo de la luz eterna, da realce a los colores más bien vivos de las vestiduras.

Para la Virgen “el maforion” (velo-manto) es de color púrpura, signo de la divinidad, a la que ella se ha unido excepcionalmente, mientras que el traje es azul, indicación de su humanidad. En este retrato, la Madona está fuera de proporción con el tamaño de su Hijo, porque es -María- a quien el artista quiso enfatizar.

Los encantos del retrato son muchos, desde la ingenuidad del artista, quien quiso asegurarse, que la identidad de cada uno de los sujetos se conociera, hasta la sandalia que cuelga del pie del Niño. El Niño divino, siempre con esa expresión de madurez, que conviene a un Dios eterno en su pequeño rostro, está vestido como solían hacerlo en la antigüedad los nobles y filósofos: túnica ceñida por un cinturón, y manto echado al hombro.

El pequeño Jesús, tiene en el rostro una expresión de temor, y con las dos manitas aprieta la derecha de su Madre, que mira ante sí con actitud recogida y pensativa, como si estuviera recordando en su corazón, la dolorosa profecía que le hiciera Simeón, el misterioso plan de la redención, cuyo siervo sufriente Isaías ya había presentado.

En su doble denominación, esta bella imagen de la Virgen, nos recuerda el centralismo salvífico de la pasión de Cristo y de María, y al mismo tiempo la socorredora bondad de la Madre de Dios y Nuestra.


Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, asístenos por medio de la Virgen, en su advocación del Perpetuo, Socorro en las tempestuosas aguas de nuestra Vida personal, familiar y comunitaria, y así poder llegar al puerto seguro en tu Divina Gloria. A Tí Señor, que calmaste las aguas del mar de Galilea. Amén.

martes, 27 de junio de 2017

Segunda Feria, 26 de junio

SANTOS JUAN Y PABLO


Legionarios. Mártires

 († ca. 362)

Breve
Legionarios romanos, de la famosa legión Jovia.

Entregaron sus vidas, y con este sacrificio sellaron definitivamente la suerte del paganismo en Roma, y de toda Italia, de su último intento de resurgimiento.
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IGNACIO DE OÑATIBIA ALIRELA
Los peregrinos medievales que llegaban a Roma, a venerar los sepulcros de los mártires, empezaban preguntando por la basílica de los Santos Juan y Pablo, en el monte Celio. Era de rigor comenzar por ella el recorrido de los santuarios romanos.

Era la única iglesia erigida sobre tumba de mártires, dentro del recinto de la ciudad. Los demás mártires habían sido enterrados en las afueras, por aquella ley de las Doce Tablas, que prohibía la sepultura en el interior de la ciudad. "Dios, que había rodeado a Roma, con una gloriosa corona de tumbas de mártires —cantaba un prefacio antiguo—, quiso esconder en las entrañas mismas de la ciudad, los miembros victoriosos de los Santos Juan y Pablo".

El guía que orientaba a los peregrinos, a través de los santos lugares, advertía además, que “la basílica que guardaba tan preciadas reliquias, era la propia casa de los mártires, convertida en iglesia después de su martirio".

A pocos metros del Coliseo, arrancaba un suave repecho, el Clivus Scauri, que les llevaba rápidamente al espacioso atrio, que abría sus pórticos delante de la basílica.

Debía de ser muy fuerte la emoción de los peregrinos, al poner los pies en la "casa de los mártires".

En torno a la figura de aquellos mártires, y con retazos de procedencia diversa, el tiempo había tejido, ya para el año 500, una leyenda sugestiva. Resulta difícil hoy, señalar el núcleo de verdad, que acaso contenga la leyenda, y separar el filón de la leyenda que le cubre. No faltan en ella, ciertamente, incongruencias y contradicciones históricas.

Por eso, la mayor parte de los críticos se inclinan hoy a negar todo crédito a las actas, que nos refieren el martirio de Juan y Pablo. Pero está la voz de los monumentos, que nos cuentan a su manera, con su lenguaje de piedra y de pinturas, la historia de unos mártires, que no pueden ser sino los mismos que la leyenda desfiguró.

Según las Actas, Juan y Pablo fueron oficiales del ejército, acaso legionarios de la famosa legión Jovia. Pasaron luego a la corte, como gentiles hombres de cámara, al servicio del emperador Constantino, y más tarde, de su hijo Constancio. La hija de Constantino, les dejó en herencia cuantiosas riquezas. Cuando Juliano ocupó el trono imperial, e hizo pública su apostasía, los dos oficiales palatinos, fervientes cristianos, abandonaron la corte en señal de protesta, y se retiraron a su casa del Celio, en Roma.

Conocemos hoy perfectamente, las características de la casa a que alude la tradición. Excavaciones realizadas bajo el pavimento de la basílica celimontiana, nos han revelado la disposición interior de aquella casa romana, y gran parte de su decoración. Se trataba de un inmueble de vastas proporciones, que ocupaba una superficie de 2250 metros cuadrados, y treinta metros de fachada. En el monte Celio, famoso en aquel entonces por la suntuosidad de sus edificios, la grandiosa "casa de los mártires", encajaba perfectamente.

Encontramos en ella, la misma distribución y el mismo gusto por la decoración, que distinguían a las casas patricias romanas. La parte noble del edificio, destinada a habitaciones de los señores y de sus huéspedes, con sus amplias salas, lujosamente decoradas con estatuas, revestimiento de mármoles, mosaicos y grandes pinturas murales, contrasta con la estrechez de los dormitorios de los esclavos.

Muy espaciosas eran las salas de baño. En las bodegas, se han desenterrado gran número de ánforas, cántaros y otras, vasijas donde se guardaban las provisiones de la casa. Dos de las ánforas, llevan grabado el monograma de Cristo. Trece aposentos conservan todavía, mejor o peor, la decoración antigua. No serán obras de arte, pero denotan un gusto bastante depurado. Los temas mitológicos, se combinan con paisajes y motivos ornamentales.

Allí puede contemplarse el cuadro más grande que se conserva de la Roma antigua, pintado al fresco, sin que el color haya perdido todavía su viveza. Representa a Proserpina que vuelve del averno, acompañada de Ceres y de Baco. Una mano cristiana, en el siglo IV, extendió sobre la escena una capa de estuco.

En otra sala, pintados al encáustico, diez efebos de tamaño natural, poco menos que desnudos, y tocados con guirnaldas, sostienen con gracia un festón de hojas, mientras pavos reales, cisnes y otras aves, se mueven entre sus pies, y gran número de pájaros revolotean sobre su cabeza. Completa la decoración de la sala, una inmensa cepa, que cubre la parte superior y toda la bóveda, y en cuyas volutas se encaraman geniecillos desnudos, que van recogiendo racimos.

No faltan en la casa de Celio, pinturas de inspiración cristiana, que demuestran que sus moradores, en el siglo IV, eran cristianos. En una de las salas, en medio de figuras de apóstoles, y escenas alegóricas de vida pastoril, se levanta espléndida la Orante, vestida de dalmática amarilla, con un velo verde sobre la cabeza, y los brazos extendidos en actitud de oración.

Una escalera de piedra ponía en comunicación, la planta baja con los pisos superiores. La casa alcanzaba una altura de quince metros. Desde sus amplios ventanales, podía gozarse de uno de los espectáculos más maravillosos de Roma.

A pocos metros extendía sus grandes arcos de travertino, el templo erigido en honor del emperador Claudio. Más allá, el Coliseo, los templos y edificios públicos del Palatino, del Foro y del Capitolio, y las termas de Trajano y de Tito, desplegaban al sol sus mármoles fulgurantes, Y, por encima de edificios y murallas, la mirada se perdía en las líneas onduladas de las colinas del Lacio, y en los anchurosos horizontes del mar.

En aquella casa, esperaban pasar Juan y Pablo los últimos años de su vida. Pero bien pronto, empezaron a llegar noticias alarmantes de la actitud hostil del nuevo emperador. Su odio se ensañaba, particularmente, con los que habían servido más de cerca a su predecesor.

Era además conocida su codicia por el dinero. Trataba de apoderarse, por todos los medios, de las riquezas de los cristianos. En carta a Scévola escribía él mismo, con ironía, que la admirable ley de los cristianos, quiere que sean éstos exonerados de las cosas de aquí abajo, a fin de “estar más ágiles para subir al cielo", y que por eso se dedicaba él, a facilitarles el viaje, despojándoles de sus bienes. Cuidaba mucho el Apóstata, de que los cristianos fueran condenados siempre como enemigos públicos, evitando que en la sentencia se reflejaran los motivos verdaderos.
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No tardó en llegar a oídos del emperador, la noticia de que Juan y Pablo socorrían todos los días en su casa del Celio, a gran número de cristianos pobres, a cuenta de las riquezas que habían heredado de la hija de Constantino. Les hizo llamar a la corte repetidas veces, con promesas lisonjeras. Mas ellos se negaron a servir a un emperador renegado, que perseguía a los cristianos.

Juliano pasó entonces de las promesas a las amenazas. Les conminó con la muerte, como a enemigos públicos, si en el plazo de diez días no renunciaban a su fe cristiana, y volvían a los oficios de la corte.

Juan y Pablo se dispusieron a morir por Cristo. Como primera medida, distribuyeron todas sus riquezas entre los pobres, y se entregaron a obras de religión y piedad. Pasados los diez días de plazo, a la hora de cenar, se presentó en la casa del Celio, Terenciano, capitán de cohorte, con un puñado de soldados. Dicen las Actas que encontró a nuestros héroes en oración.

En nombre del emperador, les instó por última vez a adorar una pequeña estatua de Júpiter, que traían consigo. Era la estatua que los legionarios de la legión Jovia, veneraban en sus cuarteles. Juan y Pablo se negaron resueltamente.

Al filo de la medianoche, Terenciano los hizo decapitar en un rincón oscuro de la misma casa. Y para evitar que fueran luego venerados como mártires, mandó abrir una zanja a toda prisa, en el fondo de uno de los corredores, debajo de la escalera principal. Allí ocultaron los cadáveres. Ocurría esto en la noche del 26 al 27 de junio del año 362.

A la mañana siguiente, Terenciano hizo correr en Roma la voz de que Juan y Pablo habían salido de la ciudad, desterrados por orden del emperador.

Exactamente un año más tarde, el mismo día, y a la misma hora en que caían al suelo las cabezas de nuestros mártires, moría asesinado en Maronsa, cerca de Bagdad, Juliano el Apóstata.

En Roma, un grupo de iluminados, entre ellos el hijo único de Terenciano, comenzaron a revelar a voz en cuello, la muerte de Juan y Pablo. Terenciano se vio obligado a indicar el lugar del entierro, y los detalles del glorioso martirio.

Las Actas terminan con la historia de la transformación de la "casa de los mártires” en Iglesia, por obra de los senadores Bizante y Pammaquio. Bizante es un personaje poco conocido en la historia de Roma.

Sería él, probablemente, quien abrió al culto, parte de la casa del monte Celio, después de convertir la planta baja en un pequeño santuario. Levantó un tabique, frente al lugar de la sepultura, para protegerla de la devoción indiscreta de los visitantes. Pero dejó abiertas unas pequeñas ventanas, o fenestrellae, para que los devotos pudieran contemplar la tumba, y tocarla con retazos y otros objetos, que luego conservarían como preciadas reliquias.

Decoró las paredes de aquel sagrado recinto, con pinturas alusivas a los mártires. En el puesto de honor, mandó pintar la figura de uno de ellos, en actitud de paz, a la entrada del paraíso, y a sus pies, venerándole, dos fieles postrados en tierra.

Entre otras composiciones, dos escenas de martirio llaman poderosamente la atención. Una de ellas nos muestra a tres personajes, dos varones y una mujer, en el momento de ser conducidos a la presencia del juez, bajo la vigilancia de dos guardianes.

La otra nos hace asistir a la ejecución de los mártires. Están los tres personajes de rodillas, los ojos vendados, y las manos atadas a la espalda, esperando con la cabeza inclinada el golpe de la espada. El verdugo está detrás de ellos, y junto a él, otro personaje que parece estar presidiendo la escena. Es ésta una de las más antiguas, y más dramáticas escenas de martirio que se conservan.

El pequeño santuario fue muy visitado por los devotos. Algunos dejaron en las paredes sus nombres, y sus ruegos, grabados con punta de hierro. La afluencia de visitantes fue creciendo, y bien pronto aquel santuario resultó insuficiente. Se decidió erigir en aquel mismo lugar un santuario, digno de la celebridad de que gozaban ya los santos mártires Juan y Pablo.

Costeó las obras el senador Pammaquio, personaje muy conocido en la Roma de fines del siglo IV. Pertenecía a la noble familia de los Furios. Fue amigo de San Jerónimo. Estudiaron juntos en Roma, y se profesaron toda la vida mutuo afecto. San Paulino de Nola y San Agustín, alabaron en sendas cartas la fe y piedad de Pammaquio. Solía éste acudir al Senado en hábito de monje. Se hizo célebre, sobre todo, por sus obras de caridad. Distribuyó íntegramente, entre los pobres, la herencia que le dejara su mujer Paulina. Fundó en Ostia el famoso xenodochium, abierto a los peregrinos que llegaban a Roma por mar.

La basílica que levantó en el Celio, hizo también honor a su munificencia. Fueron abatidos los tabiques interiores de los dos pisos superiores. Se rellenó de escombros toda la planta baja, a excepción del locus martyrii. Y sobre veinticuatro columnas de granito negro, apoyaron la espaciosa nave, bañada en la cálida luz que tamizaban, setenta ventanas convenientemente distribuidas. Los mapas medievales la señalaban como "basílica grande y muy hermosa". El pavimento, y parte de los muros, estaban revestidos de mármol blanco.

A derecha e izquierda, a lo largo de toda la nave central, se sucedían escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, que cantaban el triunfo del culto del Dios verdadero, sobre el culto pagano.

Aquellos cuadros reflejaban las preocupaciones de una época, que acababa de asistir al fracaso de la última tentativa de restaurar el paganismo. Pero eran, al mismo tiempo, un elogio a los héroes de la fe, que con su martirio, aseguraron la victoria del cristianismo.

La basílica de los Santos Juan y Pablo, representa en Roma, que tantos monumentos singulares atesora, un ejemplar único de continuidad. Podemos seguir allí las transformaciones sucesivas, de un palacio pagano del siglo segundo, que al abrazar sus dueños el cristianismo, se convierte en morada cristiana.

La sangre de los mártires hizo de ella centro de peregrinación. Fue primero un humilde santuario, que la afluencia siempre creciente de devotos, obligó a transformar en una basílica, toda reluciente de mármoles y mosaicos. Cada generación, ha ido dejando después en aquellos muros, el testimonio de su piedad.

Sin preocuparse excesivamente del signo de interrogación que la crítica ha puesto, con razón, a los detalles que nos suministran las Actas, el pueblo cristiano seguirá venerando en el monte Celio, a los mártires, cuyos nombres recuerda la Iglesia Romana, todos los días en el canon de la misa, entre los testigos más gloriosos de nuestra fe.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos que por los méritos e intercesión de los legionarios Juan y Pablo del Monte Celio, podamos nosotros perseverar en la Fe, y siempre estar atentos a cualquier resurgimiento del paganismo en nuestro corazón, comportándonos como fieles legionarios tuyos. A Tí Señor, que nos insuflaste el Espíritu Santo sobre nuestras cabezas, y nos acompañas hasta el fin de los tiempos. Amén.