viernes, 5 de junio de 2020


5 de junio

SAN BONIFACIO de Maguncia


Obispo y mártir
(† 751)

Apóstol de Alemania. Evangelizó también a Holanda. Reorganizó la Iglesia en Francia.

En una ocasión, derribó con un hacha un gran árbol, que era objeto de idolatría. Solía reemplazar los lugares de idolatría, con iglesias

Breve
"Bonifacio" significa bienechor.

Nace en Wessex, Inglaterra C. 680AD. Es educado en el monasterio benedictino de Exeter, Inglaterra, y es ordenado sacerdote en el año 716. Va a Roma, a pedirle al Papa ser misionero, y recibe su bendición. Es misionero en Alemania, en el año 719. Trabaja incansablemente, con la ayuda de San Albinus, San Abel y Santa Agata.

En una ocasión, derribó con un hacha un gran árbol, que era objeto de idolatría. Solía reemplazar los lugares de idolatría, con iglesias.

El papa lo nombra obispo, y después arzobispo de Mainz. Ordenó a San Sola.

Funda o restablece las diócesis de Bavaria, Thuringgia y Franconia. Evangelizó en Holanda. Fue allí, que después de haber bautizado a miles, se preparaba el día de Pentecostés, para impartir la confirmación, cuando fue masacrado junto a 52 de sus feligreses. Había ya cumplido 80 años.

San Bonifacio está enterrado en Fulda, uno de los monasterios que él fundó.
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BERNARDINO LLORCA, S. I.
Bonifacio o Winfrido, es justamente designado como apóstol de Alemania, si bien es verdad, que ya antes de él, otros misioneros habían predicado el Evangelio, en diversas regiones de este territorio, y a pesar de que algunas de estas regiones, como Baviera y Turingia, constituían ya importantes núcleos de cristiandad.

A él se debe en efecto, en primer lugar, el haber generalizado y sistematizado, mucho más que los anteriores misioneros, la evangelización de la mayor parte de Alemania, y por otra parte, el haber organizado de una manera definitiva, la jerarquía de estos vastos territorios, procediendo en toda esta labor, en inteligencia con los Romanos Pontífices.

Mas con todo, este trabajo de evangelización de Alemania, y organización de sus iglesias, no se agotó la actividad de este gran apóstol. Ésta comprende una segunda parte, a la que suelen atender menos los historiadores, pero que tuvo extraordinaria importancia, en la vida de San Bonifacio. Es la regeneración y reorganización de la Iglesia de los Francos, que se hallaba en gran decadencia. Así pues, San Bonifacio es apóstol de Alemania, y reorganizador de la Iglesia Franca.

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Llamábase Winfrido, y nació hacia el año 680, según todas las probabilidades, en el territorio de Wessex, de una familia profundamente cristiana. Contando sólo cinco años, atraído por el ejemplo y las palabras de unos monjes, manifestó a sus padres, el deseo de seguirlos, y después de vencer su persistente oposición, pudo dirigirse a la escuela del monasterio de Exeter.

Contaba entonces sólo siete años, y durante otros siete, pudo poner los más sólidos fundamentos, a su formación humanística y sacerdotal. A los catorce años, se trasladó al monasterio de Nursling, de la diócesis de Winchester, donde ingresado en la Orden, recorrió los estudios superiores del llamado Trivio, y Cuatrivio, en los que salió tan aventajado, que bien pronto pudo ser, allí mismo, renombrado maestro. De ello nos dejó una excelente prueba, en una gramática latina, que compuso en este tiempo.

Pero mucho más que en los estudios profanos, que constituían la base de la formación humanística y filosófica, se aventajó Winfrido en los estudios eclesiásticos, que más directamente debían servirle, para los ideales apostólicos, que ya entonces acariciaba en su interior.

Por esto, consta que estudió de un modo especial, la Sagrada Escritura, y la dogmática o teología, tal como entonces se proponía, al mismo tiempo que realizaba, los primeros ensayos de predicación, entre la gente humilde y sencilla del pueblo. Todo esto, unido a un espíritu profundamente religioso, a la práctica de todas las virtudes monásticas, y a un abrasado amor de Dios y al prójimo, le prepararon convenientemente para la gran obra, a que Dios lo destinaba.

Precisamente entonces, eran frecuentes las salidas de Inglaterra, de monjes misioneros, que partían para el centro y norte de Europa, donde se entregaban con toda su alma, a la evangelización de aquellos territorios, todavía paganos.

Se hallaba entonces, en la región de Frisia, (la actual Holanda), el gran apóstol San Willibrordo, y continuamente llegaban, a los monasterios de Inglaterra e Irlanda, voces en demanda de nuevos misioneros. Winfrido pues, que se hallaba a la sazón en la plenitud de su vida, se sintió llamado por Dios, a este inmenso campo de apostolado, y después de obtener, tras largas luchas, el permiso de su abad, partió para el Continente, junto con otros dos compañeros, en el año 716.

Mas no había llegado todavía, la hora de Dios. La situación del norte de Europa era insegura, por lo cual Winfrido se convenció, de que su labor apostólica sería inútil. Así pues, se volvió a su monasterio de Nursling, donde a la muerte del abad Wimbert, trataron los monjes de elegirlo a él.

No sin mucho esfuerzo, consiguió al fin, verse libre de esta dignidad, pues su única obsesión era volver al Continente, para entregarse de lleno, a su evangelización. Convencido pues, de que para dar verdadera eficacia a su labor, era necesario recibir, una comisión directa del Papa, se dirigió en el año 718, a Roma.

Era el primer viaje que hacía a la Ciudad Eterna. El papa San Gregorio II, le recibió con muestras de extraordinaria satisfacción, le cambió su nombre de Winfrido por el de Bonifacio; le instruyó ampliamente, sobre el modo de introducir en los pueblos germanos, la doctrina cristiana, la liturgia y administración romana, y en la primavera del año 719, le dio una comisión especial, para los pueblos del centro de Europa.

Atravesando pues Bonifacio, la Baviera y el centro de Alemania, se dirigió a Frisia, donde providencialmente, había muerto su rey Radbod, y su sucesor, unido con los francos, se mostraba favorable, a la predicación del Evangelio. Allí pues, al lado del veterano apóstol San Willibrordo, pasó el novel misionero Bonifacio, tres años. Este aprendizaje, fue de grandísima utilidad para él.

Sin embargo, resistiendo a las instancias de San Willibrordo, quien ya anciano, deseaba nombrarle sucesor suyo, y siguiendo las instrucciones del Papa, se dirigió a Hesse, donde inició su primera gran campaña de predicación. En este tiempo, se le juntó, uno de sus más fieles colaboradores, llamado Gregorio. Para dar más firmeza y regularidad, al trabajo misionero, estableció pronto su primer monasterio en Amöneburg. El resultado de sus primeros trabajos, fueron millares de conversiones, y el establecimiento de numerosas cristiandades.

Ante las primeras noticias de los éxitos obtenidos, el Papa le llamó a Roma, donde bien informado de su espíritu, y de sus métodos de predicación, así como también, de los nuevos campos que se abrían al Evangelio, le consagró obispo el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, del año 722.

A esta dignidad, que tanto ascendiente debía dar a Bonifacio, añadió el Papa una carta especial, para Carlos Martel, con el objeto de que obtuviera de éste, su apoyo oficial para tan importante empresa, y asimismo gran cantidad de reliquias, el Código oficial canónico, y otras cosas que contribuían, a dar mayor autoridad al misionero.

Munido pues Bonifacio, de su nueva autoridad episcopal, y de todas estas nuevas armas, se dirigió a Carlos Martel, quien a la vista de la carta pontificia, puso al servicio del misionero, todo el apoyo de su poder. En esta forma, entró de nuevo Bonifacio en Alemania, y se dispuso a continuar la obra, comenzada en Hesse.

Para ello, realizó entonces, una de las más sublimes hazañas de su vida misionera, con el objeto de deshacer la superstición pagana, que constituía el principal obstáculo del Evangelio. Efectivamente, en un día señalado con anticipación, para hacerlo en presencia de una gran multitud de paganos, dio con sus propias manos, algunos golpes de hacha, y luego hizo derribar la encina sagrada de Geismar, a la que los gentiles profesaban gran veneración.

Al ver pues los paganos, que sus dioses no hacían nada, para vengar aquel ultraje, reconocieron su impotencia, y a partir de este hecho, se mostraron mejor dispuestos, para recibir el Evangelio. Con la madera de aquella encina, hizo Bonifacio, construir una iglesia dedicada a San Pedro, y a corta distancia de ella, levantó el monasterio de Fritzlar, que fue en adelante, uno de los puntos de apoyo, de su obra misionera.

Puesta ya en marcha la misión de Hesse, en el año 725, pasó a Turingia, donde ya anteriormente había sido introducido, pero no había arraigado el cristianismo, y allí continuó desarrollando su actividad apostólica. En todas partes encontraba al pueblo, dispuesto a escuchar la palabra de Dios. Lo único que faltaban eran misioneros. Por esto, insistió constantemente a los monasterios ingleses, en demanda de nuevas fuerzas, y en efecto, fueron llegando muchos monjes misioneros, durante los años siguientes.

Bien pronto, fundó en Turingia, cerca de Gotha, el monasterio de Ordruf, que fue su base de operaciones, en aquel territorio. Entre los nuevos misioneros, son dignos de mención San Lull, que fue el sucesor de San Bonifacio, en la sede de Maguncia, y San Esteban, su futuro compañero de martirio.

Llegaron asimismo religiosas, que iniciaron la rama femenina del monacato, en Turingia y Hesse. Entre ellas, se distinguieron Santa Tecla, Santa Walburga, y sobre todo, la prima del mismo San Bonifacio, Santa Lioba.

Cerca de diez años hacía, que trabajaba en estas regiones de Hesse y Turingia, alentado siempre por San Gregorio II, cuando este gran Papa, murió en el año 731.

Su sucesor, San Gregorio III (731-741), conociendo perfectamente, el celo y la santidad de San Bonifacio, le envió en el año 732, el palio arzobispal, constituyéndole metropolitano de toda la Alemania, al otro lado del Rhin, a lo que añadía una amplia facultad, para fundar nuevos obispados, en todos aquellos territorios.

Algunos años más tarde, en el año 737, hizo su tercer viaje a Roma, con el objeto de tratar detenidamente, con el Romano Pontífice, acerca de la organización definitiva de las iglesias germanas.

Entonces recibió de Gregorio III, el nombramiento de legados apostólicos, con poder general, sobre todos aquellos territorios, y en Montecassino, obtuvo uno de sus mejores auxiliares, el monje San Willibald, y otros misioneros.

Con estos nuevos poderes, y nuevos auxiliares, se dirigió ante todo, a Baviera, cuyas cristiandades reorganizó, e introdujo una plena jerarquía, con los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising, Passau y otros.

Una vez organizada la iglesia de Baviera, volvió a su campo de operaciones, de Hesse y Turingia, donde creó los obispados de Erfurt para Turingia, Buraburg para Hesse, y Wurzburgo para Franconia; algo más tarde, organizó el obispado de Eichstätt. El el año 741, mientras realizaba esta obra, fundamental para la estabilización de aquellas iglesias, fundó la abadía de Fulda, tan célebre en lo sucesivo, y donde debían luego descansar, sus restos mortales.

Este mismo año 741, entró San Bonifacio, en un nuevo campo de su actividad, al que tal vez, han prestado menos atención los historiadores, y que da una idea completa, de la magnitud de la obra apostólica de San Bonifacio.

En efecto, su encendido amor de Dios, y su celo por las almas, no se contentó con la evangelización, y organización de las iglesias germanas, sino que realizó también, una completa regeneración y reorganización, de la Iglesia en Francia.

Ésta se encontraba, en efecto, en un estado de general decadencia. Muerto en el año 741 Carlos Martel, su hijo Carlomán, heredó los territorios orientales de Austrasia, y Pipino los occidentales de Neustria. Entonces pues, el piadoso Carlomán, que conocía perfectamente, el celo apostólico de San Bonifacio, le invitó para que acudiera a sus dominios, con el fin de reformar la disciplina eclesiástica.

Aceptó Bonifacio la invitación, y comenzó al punto su tarea. Ésta se dirigió principalmente, a los elementos eclesiásticos, los clérigos, obispos y monasterios. Mas, para dar mayor eficacia a su acción reformadora, apoyada siempre por Carlomán, y más tarde por Pipino, celebró una serie de concilios, célebres en la historia de la Iglesia de Francia. El primero tuvo lugar en Austrasia, en el año 742. Es el primer concilio germánico.

Del resultado que con él obtuvo, San Bonifacio puede juzgarse, por las disposiciones reformadoras que se tomaron. Se atacó a la raíz del mal, ordenando la devolución de los bienes eclesiásticos. Se urgió el derecho de los obispos, y se dieron severas disposiciones, contra los vicios de simonía e incontinencia del clero. Todas estas disposiciones, fueron luego proclamadas como leyes del Estado. En el año 743, se celebraron otros dos sínodos, en Austrasia.

El año siguiente, solicitó también Pipino, la intervención de San Bonifacio, en los territorios de Neustria, donde se celebraron dos sínodos, y se introdujeron todas las normas reformadoras de Austrasia. El el año 745, se pudo celebrar ya, un concilio general para ambos territorios. El resultado fue a todas luces visible. A los cinco años de labor de San Bonifacio, la Iglesia franca, quedaba completamente regenerada.

El concilio general germano del año 747, fue la mejor confirmación de los resultados obtenidos, por la grandiosa obra de San Bonifacio. En él, todo el episcopado franco, firmó la llamada Carta, de la verdadera profesión de fe y de la unidad católica, y la mandaron a Roma. De este modo, toda la Germania y toda Francia, quedaban por la obra de San Bonifacio, íntimamente unidas con Roma.

Pero esto mismo, señala otro punto culminante de la vida de San Bonifacio. Hasta este tiempo, poseía una comisión general, para todos aquellos territorios. El nuevo papa Zacarías, juzgó llegado el tiempo de nombrar a San Bonifacio, arzobispo de Maguncia, constituyendo esta sede, como primada de Alemania y Francia. De este modo, se completaba la unidad, de la obra de San Bonifacio.

Apenas realizado esto, perdió el mismo año 747 a su principal apoyo, Carlomán, quien se retiró a un monasterio. Pero su hermano Pipino el Breve, que unió entonces toda Francia, continuó prestándole el mismo apoyo. La obra de Bonifacio, continuó produciendo los más sazonados frutos, no obstante los disturbios promovidos, por algunos caracteres turbulentos.

Pero entretanto San Bonifacio, ya de avanzada edad, obtuvo el nombramiento de su discípulo y colaborador San Lull, como sucesor suyo en la sede de Maguncia. Pero su ardiente espíritu misionero, no encontraba mejor descanso, que el campo de sus primeros trabajos apostólicos.

Se dirigía pues entonces, a la región de Frisia (Holanda), donde con aliento juvenil, se entregó de lleno al trabajo misionero entre los gentiles, todavía numerosos en aquel territorio.

Los primeros éxitos, de esta nueva y última campaña del veterano Apóstol, le rejuvenecieron extraordinariamente. Se sentía allí, como en su propio elemento. Organizaron las cosas, para celebrar una confirmación en el campo de Dokkum; y el 5 de junio de 754, cuando esperaba a los nuevos cristianos, para administrarles este sacramento, cayeron sobre él unos gentiles fanáticos, y le martirizaron junto con cincuenta y dos compañeros. Enterrado primero en Utrecht, más tarde fue trasladado a Maguncia, y luego a Fulda.

Con justicia, se le ha dado el título de apóstol de Alemania, en el más amplio sentido de la palabra. San Bonifacio, es uno de los más excelentes ejemplos, de los grandes misioneros de la Iglesia católica, de todos los tiempos.

Su encendido amor de Dios, y de las almas, le comunicó la fuerza necesaria, para vencer las mayores dificultades, y trabajar hasta derramar su sangre, por la fe que predicaba. El resultado de su obra apostólica, verdaderamente admirable, se extendió a toda Alemania y a Francia.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que infundas a todos los misioneros en el mundo, el celo apostólico que infundiste a San Bonifacio, así como la valentía necesaria, y la perseverancia de su conducta personal. Danos también a nosotros esos dones, para dar testimonio de nuestra Fe, en todos los ámbitos en que nos debamos desempeñarnos. A Tí Señor, que antes de subir a los cielos, nos ordenaste ir a evangelizar y bautizar, a todos los rincones del planeta. Amén.


jueves, 4 de junio de 2020


4 de Junio

San Quirino de Tivoli


San Quirino, en un grabado de Durero de 1517

Obispo y Mártir
+308 - Hungría

Protector contra la gota, y los dolores de pies

Dios está siempre con nosotros, y puede ayudarnos en cualquier momento”

He confesado al verdadero Dios en Siscia, y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro. A Él lo llevo en el corazón, y no hay hombre sobre la tierra, que pueda separarlo de mí.”

Breve
En Sabaria, lugar de Panonia, ejercía como Obispo de Siscia, y fué martirizado, bajo el emperador Diocleciano, por la fe en Cristo.

Fué arrojado a un río, con una rueda de molino atada al cuello.
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Entre los muchos mártires que ofrendaron su vida, en las provincias del Danubio, durante el reinado de Diocleciano, uno de los más célebres, fue San Quirino, cuyas alabanzas escribieron San Jerónimo, Prudencia y Fortunato.

Las «Actas» en las que se registró su proceso, sus sufrimientos y su muerte, son esencialmente auténticas, a pesar de que estuvieron sujetas a ampliaciones, e intercalaciones de los copistas.

Quirino fue obispo de Siscia, población de la Croacia, que ahora se llama Sisak. Cuando recibió noticias, de que habían llegado las órdenes para aprehenderlo, huyó de la ciudad, pero fue capturado, tras una corta persecución, y entonces se le condujo ante el magistrado Máximo.

Éste comenzó por interrogarle, sobre su intento de fuga, que el acusado explicó sencillamente, al indicar que sólo había obedecido, el consejo de su Señor Jesucristo, el verdadero Dios, quien dijo: «Cuando te veas perseguido en una ciudad, huye a otra».

-¿No sabías que el poder del Emperador, te habría encontrado en cualquier parte?, inquirió el magistrado-. A ése que tú llamas, el verdadero Dios, ¿no le puedes pedir que te ayude ahora, una vez que el Emperador te ha atrapado, como vas a comprobarlo en seguida, en carne propia?.

-Dios está siempre con nosotros, y puede ayudarnos en cualquier momento -repuso humildemente, y con entera serenidad el obispo-. Estaba conmigo cuando me atraparon, y está conmigo ahora. Es Él quien me fortalece, y el que habla por mi boca.

-¡Hablas demasiado por lo visto!, cortó Máximo, con cierta impaciencia. Y con tanta charla, hace que te olvides, de obedecer los mandatos de nuestro soberano. ¡Lee los edictos, y haz lo que te ordenan!.

Entonces se irguió Quirino, para contestar resueltamente, que nunca consentiría, en hacer lo que ordenaban los edictos, puesto que lo consideraba, como un sacrilegio.

-¡Los dioses que tú adoras no son nada! -exclamó con vehemencia-. Mi Dios, al que yo sirvo, está en el cielo, en la tierra, y en el mar, pero se encuentra por encima de todo, porque todas las cosas, están contenidas en Él, todas las cosas fueron creadas por Él, y sólo por Él existen.

-Tú debes ser tan simple como un niño, para creer en esas fábulas -declaró el juez en tono despectivo-; acepta el incienso que te ofrecen mis hombres, quémalo ante los dioses, y serás bien recompensado; pero si te niegas, te sujetaremos a las torturas, y recibirás una muerte horrible.

Sin alterarse en lo más mínimo, Quirino repuso, que aceptaba los dolores y la muerte, como una gloria para él, y a continuación, Máximo ordenó que le apalearan. Mientras los soldados, descargaban los golpes sobre el cuerpo del anciano, el magistrado le aconsejaba, que ofreciera sacrificios, y le prometía hacerlo sacerdote de Júpiter, si accedía.

-Aquí, ahora mismo, ejerzo mi sacerdocio, al ofrecerme a Dios -clamó el mártir sin doblegarse. Te agradezco los golpes; no me hacen daño. Con gusto soportaría un tratamiento peor, a fin de dar ánimos, a todos aquellos, que son de mi rebaño, para que me sigan por este atajo, hacia la vida eterna.

Como Máximo no tenía la autoridad, para dictar sentencia de muerte, dispuso que el reo fuera enviado a Amancio, el gobernador de la provincia de Pannonia, Prima.

Los esbirros condujeron al obispo, a través de varias ciudades sobre el Danubio, hasta llegar a Sabaria (la actual Szombothely en Hungría), que pocos años más tarde, sería la cuna de San Martín. Ahí compareció ante Amancio, quien luego de leer en voz alta, el informe sobre el juicio previo, preguntó al acusado, si lo encontraba correcto.

Éste repuso afirmativamente, y agregó:
-He confesado al verdadero Dios en Siscia, y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro. A Él lo llevo en el corazón, y no hay hombre sobre la tierra, que pueda separarlo de mí.

Amancio admitió, que se sentía inclinado a perdonar; que no deseaba someter a la tortura, ni mandar matar, a un anciano tan venerable como el acusado, y rogó encarecidamente al obispo, que cumpliese con los requisitos que le exigían, para tener la dicha, de acabar sus días en paz.

Pero en vista de que ni los halagos, ni las promesas, ni las amenazas surtieron efecto, el gobernador no tuvo otra alternativa, que la de condenar al reo.

La sentencia de muerte consistía, en atar una piedra al cuello del obispo, y arrojarlo al río Raab. Así se hizo, en presencia de numerosos espectadores, pero el cuerpo del anciano tardó en hundirse, y todos los presentes pudieron oírle rezar, y pronunciar palabras de aliento para su grey, antes de que desapareciera bajo la corriente.

A corta distancia, río abajo, los cristianos rescataron el cadáver. A principios del siglo quinto, los fugitivos que huían de Pannonia, invadida por los bárbaros, llevaron las reliquias de San Quirino a Roma. Ahí quedaron guardadas, en la Catacumba de San Sebastián, hasta el año de 1140, cuando se las trasladó a Santa María en Trastévere.

Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

El texto de la pasión fue impreso por Ruinart en las Acta Sanctorum, junio, vol. I. Gran interés se despertó en torno a San Quirino, a raíz de las investigaciones, de Monseñor de Waal, en la región de Panonia, donde se descubrieron, los restos de una gran inscripción, en honor del santo. Ver la monografía de de Waal Die Apostelgruft ad Catacombas, impresa como un suplemento al Rómische Quartalschrift (1894); véase también a Duchesne, en La Memoria de los Apóstoles de la Via Apia, en sus Memorie della Pontificia Academia romana di Archeologia, vol. I (1923), pp. 8-10; junto con Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, p. 303.

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También celebramos hoy la veneración de otro mártir del mismo nombre. Su cuerpo fue enterrado, en las catacumbas de San Ponciano, una vez que lo sacaron del río Tíber, a donde lo habían arrojado.
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Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, te pedimos que nos infundas la misma fortaleza espiritual, que concediste a los mártires Quirino, adorándote y sirviéndote sólo a Tí, con devoción, todos los días de nuestra Vida. A Tí Señor, que nos dejaste a San Moisés ese mandato, al pie del Monte Sinaí, con las Tablas de la Ley. Amén.


miércoles, 3 de junio de 2020


3 de Junio

Carlos Lwanga y Compañeros
Mártires de Uganda


África. +1886

Patronazgo de la Juventud cristiana de África, y de las víctimas de tortura.

Un Cristiano que entrega su vida por Dios, no tiene miedo de morir

Breve
Un relato conmovedor de la lucha, entre un rey dominado por la lascivia, y un puñado de cristianos, que no dudaron en ofrecerse, como puro incienso a Jesucristo.

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La sociedad de los Misioneros de África, conocida como los Padres Blancos, formaron parte de la evangelización de África, en el siglo XIX. Después de seis años en Uganda, ya tenían una comunidad de conversos, cuya fe sería un testimonio para toda la Iglesia.

Los primeros conversos, se dieron a la misión, de instruir y guiar a los más nuevos, y la comunidad creció rápidamente. La vida ejemplar de los cristianos, inicialmente ganó el favor del rey Mtesa, pero más tarde éste comprendió, que los cristianos no favorecían, su negocio de venta de esclavos.

Mwanga sucedió a su padre en el trono. Al principio, la situación de los cristianos mejoró, y varios tuvieron posiciones importantes en su corte. Pero el rey, cayó en la tendencia homosexual. La situación de los cristianos, por no ceder a sus demandas, se hizo muy difícil.

El líder de la comunidad católica, que para entonces tenía unos 200 miembros, era un joven de 25 años, llamado José Mkasa (Mukasa), que ejercía como principal mayordomo de la corte de Mwanga.

Cuando Mwanga, asesinó a un misionero protestante y a sus compañeros, José Mkasa confrontó al rey por su crimen. El rey Mwanga, había sido amigo de José por mucho tiempo, pero cuando éste exhortó a Mwanga, a renunciar al mal, la reacción fue violenta.

El rey mandó a que mataran a José. Cuando los verdugos, trataron de amarrar las manos de José, él les dijo: "Un Cristiano que entrega su vida por Dios, no tiene miedo de morir". Perdonó a Mwanga con todo su corazón, e hizo una petición final por su arrepentimiento, antes de que le cortaran la cabeza, y lo quemaran el 15 de Noviembre de 1885.

Carlos Lwanga, el favorito del rey, remplazó a José en la instrucción y liderato, de la comunidad cristiana en la corte. También él hizo lo posible, por evangelizar y proteger a los varones, de los deseos lujuriosos del rey.

Las oraciones de José, lograron que la persecución del rey, amainara por seis meses. Pero en mayo del 1886, el rey llamó a uno de sus pajes, llamado Mwafu, y le preguntó, por qué estaba distante del rey. Cuando el paje respondió, que había estado recibiendo instrucción religiosa, de Daniel Sebuggwawo, el rey montó en ira. Llamó a Daniel y lo mató él mismo, atravesándole el cuello con una lanza.

Entonces ordenó, que el complejo real sea sellado, para que nadie pueda escapar, y llamó a sus verdugos. Comprendiendo lo que venía, Carlos Lwanga, bautizó a cuatro catecúmenos esa misma noche, incluyendo a un joven de 13 años, llamado Kizito.

En la mañana, Mwanga reunió a toda su corte, y separó a los cristianos del resto, diciendo: "Aquellos que no rezan, párense junto a mí; los que rezan párense allá"  Él preguntó a los 15 niños y jóvenes, todos menores de 25 años, si eran cristianos, y tenían la intención de seguir siendo cristianos. Ellos respondieron "SI" con fuerza y valentía. Mwanga los condenó a muerte.

El rey mandó que al grupo, lo llevasen a matar a Namugongo, lo cual representa una caminata de 37 millas. Uno de los jóvenes llamado Mbaga, era hijo del jefe de los verdugos. Éste le rogó que escapara, y se escondiera, pero Mbaga no quiso.

Los prisioneros atados, pasaron por la casa de los Padres Blancos, en su camino, el Padre Lourdel, mas tarde relató sobre el joven Kizito, de 13 años, que sonreía y animaba al resto. Invitó a todos, a tomarse de las manos, para así ir unidos, y ayudarse a mantener el ánimo. Lourdel estaba asombrado del valor y el gozo, de estos nuevos cristianos, camino al martirio. Tres de ellos, fueron martirizados en el camino.

Un soldado cristiano, llamado Santiago Buzabaliawo, fue llevado ante el rey. Cuando Mwanga, ordenó que lo matasen junto a los otros, Santiago dijo: "Entonces, adiós. Voy al cielo, y rezaré a Dios por ti". Cuando el Padre Lourdel, lleno de dolor, levantó su brazo, para absolver a Santiago, que pasaba ante él, Santiago levantó sus propias manos atadas, y apuntó hacia arriba, para manifestar que él sabía que iba al cielo, y se encontraría allí con el Padre Lourdel.

Con una sonrisa, le dijo al Padre Lourdel, "¿Por qué estás triste?. Esto no es nada ante los gozos, que tú nos has enseñado a esperar".

Entre los condenados, también estaba Andrés Kagwa, un jefe Kigowa, que había convertido a su esposa, y a varios otros, y Matías Murumba (o Kalemba), un auxiliar de juez.

El mayor consejero, estaba tan furioso contra Andrés, que dijo que no comería, hasta que Andrés estuviese muerto. Cuando los verdugos titubearon, Andrés les dijo: "No mantengan a vuestro consejero hambriento, mátenme".

El mismo consejero, dijo en tono cínico, refiriéndose a Matías: "Sin duda su Dios los rescatará" . "", contestó Matías, "Dios me rescatará, pero tú no verás como lo hace, porque tomará mi alma, y te dejará solo mi cuerpo". A Matías lo hirieron mortalmente en el camino, y lo dejaron allí para morir, lo cual le tomó por lo menos, tres días.

Cuando la caravana de reos y verdugos, llegó a Namugongo, los sobrevivientes fueron encerrados por siete días. El 3 de junio los sacaron, los envolvieron en esteras de cañas, y los pusieron en una pira.

Mbaga fue martirizado el primero. Su padre, el jefe de los verdugos, había tratado en vano, una última vez, de convencerlo a desistir de su fe. Le dieron entonces, un golpe en la cabeza, para que no sufriera, al ser quemado su cuerpo.

El resto de los cristianos fueron quemados. Carlos Lwanga tenía 21 años. Uno de los pajes, Mukasa Kiriwanu, no había sido aun bautizado, pero se unió a sus compañeros, cuando se les preguntó si eran cristianos. Recibió aquel día, el bautismo de sangre.

Murieron 13 católicos y 11 protestantes, proclamando el nombre de Jesús, y diciendo "Pueden quemar nuestros cuerpos, pero no pueden dañar nuestras almas".

No sabemos cuántos mártires produjo aquella persecución. Solo queda constancia, de los que ocupaban un lugar en la corte, o tenían puestos de alguna importancia.

Cuando los Padres Blancos, fueron echados del país, los nuevos cristianos continuaron la obra misionera, traduciendo e imprimiendo el catecismo, a su lengua nativa, e instruyendo en la fe en secreto.

No tenían sacerdotes, pero Dios les infundió, a aquellos cristianos de Uganda, la gracia para vencer con gran valor, a las difíciles circunstancias. Cuando los Padres Blanco volvieron, después de la muerte del rey Mwanga, encontraron 500 cristianos, y 1000 catecúmenos esperándolos.
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Los mártires de Uganda, fueron canonizados por el Papa Benedicto XV, el 6 de junio de 1920.

Benedicto XV escribió, para la beatificación de los siervos de Dios, Carlos Lwanga, Matías Murumba y sus compañeros, conocidos con el nombre de los Mártires de Uganda:

Quien fue el primero, que introdujo en África la fe cristiana, se disputa aún, pero consta, que ya antes de la misma edad apostólica, floreció allí la religión, y Tertuliano nos describe de tal manera, la vida pura que los cristianos africanos llevaban, que conmueve el ánimo de sus lectores. Y en verdad, que aquella región, a ninguna parecía ceder en varones ilustres, y en abundancia de mártires.

Entre éstos agrada conmemorar, a los mártires scilitanos, que en Cartago, siendo procónsul Publio Vigellio Saturnino, derramaron su sangre por Cristo; de las preguntas escritas para el juicio, que hoy felizmente se conservan, se deduce con qué constancia, con qué generosa sencillez de ánimo, respondieron al procónsul, y profesaron su fe.

Justo es también recordar, a los Potamios, Perpetuas, Felicidades, Ciprianos, y muchos hermanos mártires, que las Actas enumeran de manera general, aparte de los mártires aticenses, conocidos también con el nombre, de "masas cándidas", o porque fueron quemados con cal viva, como narra Aurelio Prudencio, en su himno XIII, o por el fulgor de su causa, como parece opinar Agustín.

Pero poco después, primero los herejes, después los vándalos, por último los mahometanos, de tal manera devastaron y asolaron el África cristiana, que la que tantos ínclitos héroes ofreciera a Cristo, la que se gloriaba de más de trescientas sedes episcopales, y había congregado tantos concilios, para defender la fe y la disciplina, ella, perdido el sentido cristiano, se viera privada gradualmente, de casi toda su humanidad y volviera a la barbarie.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, infunde Valor y Fe, a todos los cristianos de África, en medio del terrible resurgimiento, de los extremismos religiosos, conservándolos puros y fieles, a tu Sagrado Corazón. Dále también fortaleza espiritual, y la pronta liberación, a todas las personas que sufren tormentos, o son víctimas de la esclavitud, o de la trata sexual. A Tí Señor, que habiendo ya compartido los tormentos de tu Pasión, compartan también la gloria de tu Resurrección en los Cielos. Amén.



martes, 2 de junio de 2020


2 de junio

Santos Marcelino y Pedro


Marcellinus & Petrus

Mártires (+304)

"Marcelino y Pedro, poderosos protectores, escuchad nuestros clamores"

Marcelino: Sacerdote muy estimado en Roma
San Pedro: Piadoso cristiano, con el don de liberación de demonios.

Ambos fueron encarcelados por su fe. Allí se dedicaron a predicar, y convirtieron al carcelero, a su familia, y a varios presos. Esto causó que se les decretase, pena de muerte.

Los llevaron al bosque llamado "la selva negra", y los decapitaron, enterrándolos secretamente. Pero el verdugo se convirtió al cristianismo, por el ejemplo de santidad de estos mártires. Él informó a los cristianos, el lugar del entierro, y ellos les dieron honrosa sepultura.

El emperador Constantino, construyó una basílica sobre la tumba de los dos mártires, y quiso que en ese sitio, fuera sepultada su santa madre, Santa Elena.

Según crónicas antiguas, ante los restos de los Santos Marcelino y Pedro, ocurrieron numerosos milagros.

La gente oraba: "Marcelino y Pedro, poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos a todos los cristianos católicos y ortodoxos, la fortaleza espiritual que concediste a San Marcelino y San Pedro, mártires, para difundir tu mensaje, ayudando a mantener en lo alto, la antorcha de la Fe en tu Divino Hijo. A Tí Señor, que nos enseñaste que una lámpara, no debe ser guardada bajo un cajón, sino puesta en lo alto, para irradiar tu Luz. Amén.


lunes, 1 de junio de 2020


1 de Junio

San Justino
c. 100-165


Padre de la Iglesia, mártir

"El más importante, entre los Padres apologistas del segundo siglo" -Benedicto XVI

Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad la justicia, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda

«Tú ante todo reza, para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo, no le conceden la comprensión»

San Justino, fue un gran filósofo. Nacido en Nablus, Palestina, de padres paganos, se convirtió al cristianismo, leyendo las Sagradas Escrituras, y siendo testigo del heroísmo de los mártires. Tenía unos 30 años.

Sus dos libros: Apología por la Religión Cristiana, y Diálogo con el Judío Tripo, se consideran entre los más importantes del siglo II.

Fue decapitado en Roma, con otros cristianos. Se conservan los archivos de su juicio.
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Benedicto XVI presenta a San Justino, filósofo y mártir
20 marzo 2007, audiencia general del miércoles. ZENIT.org

Queridos hermanos y hermanas:

En estas catequesis, estamos reflexionando, sobre las grandes figuras de la Iglesia naciente. Hoy hablamos de San Justino, filósofo y mártir, el más importante, de los padres apologistas del siglo II.

La palabra «apologista», hace referencia, a esos antiguos escritores cristianos, que se proponían defender la nueva religión, de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana, de una manera adaptada a la cultura de su tiempo.

De este modo, entre los apologistas, se da una doble inquietud: la propiamente apologética, defender el cristianismo naciente, («apologhía» en griego significa precisamente «defensa»); y la de proposición «misionera», que busca exponer los contenidos de la fe, en un lenguaje, y con categorías de pensamiento comprensibles, a los contemporáneos.

Justino había nacido, en torno al año 100, en la antigua Siquem, en Samaría, en Tierra Santa; buscó durante mucho tiempo la verdad, peregrinando por las diferentes escuelas, de la tradición filosófica griega. Por último, como él mismo cuenta, en los primeros capítulos de su «Diálogo con Trifón», misterioso personaje, un anciano, con el que se había encontrado en la playa del mar, primero entró en crisis, al demostrarle la incapacidad del hombre, para satisfacer únicamente con sus fuerzas, la aspiración a lo divino.

Después le indicó en los antiguos profetas, a las personas a las que tenía que dirigirse, para encontrar el camino de Dios, y la «verdadera filosofía». Al despedirse, el anciano le exhortó a la oración, para que se le abrieran las puertas de la luz.

La narración simboliza, el episodio crucial de la vida de Justino: al final de un largo camino filosófico, de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana. Fundó una escuela en Roma, donde iniciaba gratuitamente, a los alumnos en la nueva religión, considerada como la verdadera filosofía.

En ella, de hecho, había encontrado la verdad. y por tanto, el arte de vivir de manera recta. Por este motivo, fue denunciado y decapitado, en torno al año 165, bajo el reino de Marco Aurelio, el emperador filósofo, a quien Justino había dirigida su «Apología».

Las dos «Apologías», y el «Diálogo con el judío Trifón», son las únicas obras que nos quedan de él. En ellas, Justino pretende ilustrar ante todo, el proyecto divino de la creación, y de la salvación que se realiza en Jesucristo, el «Logos», es decir, el Verbo Eterno, la Razón Eterna, la Razón creadora.

Cada hombre, como criatura racional, participa del «Logos», lleva en sí una «semilla», y puede vislumbrar la verdad. De esta manera, el mismo «Logos», que se reveló como figura profética, a los judíos en la Ley antigua, también se manifestó parcialmente, como con «semillas de verdad», en la filosofía griega.

Ahora, concluye Justino, dado que el cristianismo, es la manifestación histórica y personal del «Logos» en su totalidad, «todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos» (Segunda Apología 13,4). De este modo Justino, si bien reprochaba a la filosofía griega sus contradicciones, orienta con decisión hacia el «Logos», cualquier verdad filosófica, motivando desde el punto de vista racional, la singular «pretensión» de verdad, y de universalidad de la religión cristiana.

Si el Antiguo Testamento, tiende hacia Cristo, al igual que una figura, se orienta hacia la realidad, que significa la filosofía griega, tiende a su vez a Cristo y al Evangelio, como la parte que tiende a unirse con el Todo. Y dice que estas dos realidades, el Antiguo Testamento y la filosofía griega, son como dos caminos, que guían a Cristo, al «Logos».

Por este motivo, la filosofía griega, no puede oponerse a la verdad evangélica, y los cristianos, pueden recurrir a ella con confianza, como si se tratara de un propio bien.

Por este motivo, mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, definió a Justino, como «un pionero del encuentro positivo, con el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento»: pues Justino, «conservando después de la conversión, una gran estima por la filosofía griega, afirmaba con fuerza y claridad, que en el cristianismo había encontrado, “la única filosofía segura y provechosa” («Diálogo con Trifón» 8,1)» («Fides et ratio», 38).

En su conjunto, la figura y la obra de Justino, marcan la decidida opción de la Iglesia antigua, por la filosofía, por la razón, en lugar de la religión de los paganos. Con la religión pagana, de hecho, los primeros cristianos rechazaron acérrimamente todo compromiso.

La consideraban como una idolatría, hasta el punto de correr el riesgo, de ser acusados de «impiedad», y de «ateísmo». En particular, Justino, especialmente en su «Primera Apología», hizo una crítica implacable de la religión pagana, y de sus mitos, por considerarlos como «desorientaciones» diabólicas, en el camino de la verdad.

La filosofía representó, sin embargo, el área privilegiada del encuentro entre paganismo, judaísmo y cristianismo, precisamente a nivel de la crítica a la religión pagana, y a sus falsos mitos. «Nuestra filosofía…»: con estas palabras explícitas, llegó a definir la nueva religión, otro apologista contemporáneo a Justino, el obispo Melitón de Sardes («Historia Eclesiástica», 4, 26, 7).

De hecho, la religión pagana, no seguía los caminos del «Logos», sino que se empeñaba en seguir los del mito, a pesar de que éste, era reconocido por la filosofía griega, como carente de consistencia en la verdad. Por este motivo, el ocaso de la religión pagana era inevitable: era la lógica consecuencia, del alejamiento de la religión de la verdad, del ser, reducida a un conjunto artificial de ceremonias, convenciones y costumbres.

Justino, y con él otros apologistas, firmaron la toma de posición clara de la fe cristiana, por el Dios de los filósofos, contra los falsos dioses de la religión pagana. Era la opción por la verdad del ser, contra el mito de la costumbre.

Algunas décadas después de Justino, Tertuliano definió la misma opción de los cristianos, con una sentencia lapidaria, que siempre es válida: «Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem, cognominavit – Cristo afirmó que era la verdad, no la costumbre» («De virgin. Vel». 1,1).

En este sentido, hay que tener en cuenta, que el término «consuetudo», que utiliza Tertuliano, para hacer referencia a la religión pagana, puede ser traducido en los idiomas modernos, con las expresiones «moda cultural», «moda del momento».

En una edad como la nuestra, caracterizada por el relativismo, en el debate sobre los valores y sobre la religión --así como en el diálogo interreligioso--, esta es una lección que no hay que olvidar.

Con este objetivo, y así concluyo, os vuelvo a presentar, las últimas palabras del misterioso anciano, que se encontró con el filósofo Justino, a orilla del mar: «Tú ante todo reza, para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo, no le conceden la comprensión» («Diálogo con Trifón» 7,3).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en diferentes idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

San Justino, filósofo y mártir, es el más importante, entre los Padres apologistas del siglo segundo. Nació en torno al año 100. Fundó una escuela en Roma, donde gratuitamente, iniciaba a los alumnos en la nueva religión. Denunciado por este motivo, fue decapitado, bajo el reinado de Marco Aurelio.

La palabra «apologista», designa a los antiguos escritores cristianos, que se proponían defender el cristianismo naciente, de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana, exponiendo los contenidos de la fe, en un lenguaje comprensible.

En las obras que conservamos, las dos «Apologías», y el «Diálogo con Trifón», ilustra ante todo, el proyecto divino de la creación y de la salvación, que se cumple en Jesucristo, el Logos, el Verbo de Dios, del que participa todo hombre, como criatura racional. Su primera Apología, es una crítica implacable, a la religión pagana y a los mitos de entonces.

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Oficio de lectura, III Domingo de Pascua

De la primera apología de San Justino, mártir, en defensa de los cristianos
Cap. 66-67

A nadie es lícito participar de la Eucaristía, si no cree que son verdad las cosas que enseñamos, y no se ha purificado en aquel baño, que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.

Porque no tomamos estos alimentos, como si fueran un pan común, o una bebida ordinaria, sino que así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios, y tuvo carne y sangre, a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido, que el alimento sobre el que fue recitada, la acción de gracias, que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma, nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre, de Aquel mismo Jesús que se encarnó.

Los Apóstoles, en efecto, en sus tratados, llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: «Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias y dijo: Esta es mi sangre, dándoselo a ellos solamente».

Desde entonces, seguimos recordándonos, siempre unos a otros estas cosas; y los que tenemos bienes, acudimos en ayuda, de los que no los tienen, y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas, alabamos al Creador de todo, por medio de su Hijo Jesucristo, y del Espíritu Santo.

El día llamado del sol, se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad, que los que viven en el campo, y según conviene, se leen los tratados de los Apóstoles, y los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita.

Luego, cuando el lector termina, el que preside, se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables.

Después nos levantamos todos a la vez, y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia, con todas sus fuerzas, preces y acciones de gracias, y el pueblo responde «Amén»; tras de lo cual se distribuyen los dones, sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias; comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes.

Los que poseen bienes de fortuna, y quieren cada uno dar a su arbitrio, lo que bien le parece, y lo que se recoge, se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo, entre los huérfanos y las viudas; también a los que por enfermedad, u otra causa cualquiera, pasan necesidad, así como a los presos, y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, Él es quien se encarga de todos los necesitados.

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque en este día, que es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día, en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos, y les enseñó, todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración.

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Oficio de lectura, miércoles III semana de pascua
El Bautismo del nuevo nacimiento
De la primera Apología de San Justino, mártir, en defensa de los cristianos
Cap. 61

Vamos a exponer de qué manera, renovados por Cristo, nos hemos consagrado a Dios.

A quienes aceptan, y creen que son verdad, las cosas que enseñamos y exponemos, y prometen vivir de acuerdo con estas enseñanzas, les instruimos para que oren a Dios, con ayunos, y pidan perdón de sus pecados pasados, mientras nosotros, por nuestra parte, oramos y ayunamos también, juntamente con ellos.

Luego los conducimos, a un lugar adonde hay agua, para que sean regenerados, del mismo modo que fuimos regenerados nosotros. Entonces reciben el baño del bautismo, en el nombre de Dios, Padre y Soberano del Universo, y de nuestro Salvador Jesucristo, y del Espíritu Santo.

Pues Cristo dijo: «El que no nazca de nuevo, no podrá entrar en el Reino de los Cielos». Ahora bien, es evidente para todos, que no es posible, una vez nacidos, volver a entrar en el seno de nuestras madres.

También el profeta Isaías, nos dice de qué modo, pueden librarse de sus pecados, quienes pecaron y quieren convertirse: Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones.

Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad la justicia, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces venid y discutamos, dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, se blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, comeréis lo sabroso de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor.

Los Apóstoles, nos explican la razón de todo esto. En nuestro primer nacimiento, fuimos engendrados de un modo inconsciente por nuestra parte, y por una ley natural y necesaria, por la acción del germen paterno, en la unión de nuestros padres, y sufrimos la influencia de costumbres malas, y de una instrucción desviada.

Mas, para que tengamos también un nacimiento, no ya fruto de la necesidad natural e inconsciente, sino de nuestra libre y consciente elección, y lleguemos a obtener el perdón de nuestros pecados pasados, se pronuncia, sobre quienes desean ser regenerados, y se convierten de sus pecados, mientras están en el agua, el nombre de Dios, Padre y Soberano del Universo, único nombre que invoca el ministro, cuando introduce en el agua, al que va a ser bautizado.

Nadie, en efecto, es capaz de poner nombre al Dios inefable, y si alguien se atreve a decir, que hay un nombre que expresa lo que es Dios, es que está rematadamente loco.

A este baño lo llamamos iluminación, para dar a entender, que los que son iniciados en esta doctrina, quedan iluminados.

También se invoca, sobre el que ha de ser iluminado, el nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y el nombre del Espíritu Santo, que por medio de los profetas, anunció de antemano, todo lo que se refiere a Jesús.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que infundiste a San Justino, con la gracia de tu Sabiduría, concédenos desterrar de nuestro corazón, los mitos paganos que anidan en él, como el Poder, el Placer y las Riquezas, y sólo estar atentos a tus suaves y dulces consejos, en el camino a seguir. A Tí Señor, que derramaste tu Espíritu sobre nuestras cabezas, luego de tu Pascua de Resurrección. Amén.