jueves, 2 de enero de 2020


2 de Enero

San Gregorio Nacianceno


Doctor de la Iglesia
(330-390)

"Gregorio nos enseña, ante todo, la importancia y la necesidad de la oración". Papa Benedicto XVI

«Es necesario acordarse de Dios, con más frecuencia de lo que respiramos».

«En la oración, tenemos que dirigir nuestro corazón a Dios, para entregarnos a Él, como ofrenda que debe ser purificada y transformada»

Breve
San Gregorio Nacianceno, Llamado el Demóstenes cristiano, por su elocuencia, y en la iglesia Oriental le dicen "el teólogo", por la profundidad de su doctrina, y el encanto de su elocuencia.

Es uno de los Padres Capadocios, muy cercano a los hermanos San Basilio y San Gregorio de Nicea, ambos llamados "Padres Capadocios", con quienes cooperó para derrotar la herejía arriana. Es uno de los cuatro grandes Doctores de la Iglesia Griega.

Enseñanza y escritos: 45 discursos, 244 cartas, y 400 o más poemas.
En la iconografía aparece como obispo oriental, con el palio y un libro.

No confundir con su amigo, San Gregorio de Nisa.
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Nació en Nacianzo, Cappadocia (hoy en Turquia), el mismo año que su gran amigo San Basilio.

Perteneció a una familia de santos: Su padre fue un judío converso, Obispo de Nacianzo por 45 años (San Gregorio El Mayor); su madre, Santa Nona. Sus hermanos, Santos Cesáreo y Gorgonia.

Estudió en Cesarea, en Palestina, donde conoció a San Basilio. Estudió leyes por diez años en Atenas. Entre sus compañeros de estudio, estaban San Basilio, y el futuro emperador, Julián el Apóstata. Gregorio volvió a Nacianzo a los 30 años, aproximadamente, y se unió a San Basilio por 2 años, en vida solitaria.
Aunque prefería esa vida, regresó para ayudar a su padre anciano, en la administración de la diócesis. Fue ordenado contra su voluntad por su padre, en el año 362. Huyó para volver a la vida monacal con San Basilio. Pero a las 10 semanas, regresó a sus responsabilidades, como sacerdote. Escribió una apología, sobre las responsabilidades del sacerdote.

Alrededor del 372, fue consagrado obispo por San Basilio de Sasima, pero no lo aceptó. Siguió como coajuntor de su padre. Esto causó la ruptura de la amistad entre Basilio y Gregorio, pero se reconciliaron después.

Se retiró por 5 años, a un monasterio en Seleucia, Isauria. Al morir el emperador Valente, se mitigó la persecución de los ortodoxos, y un grupo de obispos, lo invitaron a Constantinopla. La ciudad, había sido dominada por 30 años por los arrianos. Fue nombrado obispo. Sufrió mucho por las difamaciones y persecuciones de los arrianos, y otros herejes.

El Concilio de Constantinopla, estableció y confirmó las conclusiones de Nicea. Poco después de su consagración como obispo de Constantinopla, sus enemigos pusieron en duda, la validez de su elección, en el año 381. Él, para restaurar la paz, renunció.

Volvió a Nacianzo, donde la sede estaba vacante, y administró la diócesis, hasta que eligieron a un sucesor. Alrededor del año año 384, se retiró. Fue entonces que escribió sus famosos poemas, y su autobiografía. Murió en Nacianzo, 25 de enero del año 389 o 390.

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San Gregorio Nacianceno sobre la oración

Benedicto XVI, 22 Agosto, 2007

"Gregorio nos enseña, ante todo, la importancia y la necesidad de la oración"
El obispo de Nacianzo decía: «es necesario acordarse de Dios, con más frecuencia de lo que respiramos».

«En la oración, tenemos que dirigir nuestro corazón a Dios, para entregarnos a Él, como ofrenda que debe ser purificada y transformada»

«En la oración, vemos todo a la luz de Cristo; dejamos caer nuestras máscaras, y nos sumergimos en la verdad, y en la escucha de Dios, alimentando el fuego del amor».

«Gregorio experimentó el empuje del alma, la vivacidad de un espíritu sensible, y la inestabilidad de la felicidad efímera. Para él, en el drama de una vida, sobre la que pesaba la conciencia de su propia debilidad, y de su propia miseria, siempre fue más fuerte la experiencia del amor de Dios».

«Tienes una tarea --nos dice San Gregorio también a nosotros--, la tarea de encontrar la verdadera luz, de encontrar la verdadera altura de tu vida. Y tu vida consiste, en encontrarte con Dios, que tiene sed de nuestra sed»

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Oficio de Lectura, XXXI viernes del Tiempo Ordinario
Santa y piadosa, es la idea de rezar por los muertos
San Gregorio Nacianceno

Sermón 7, en honor de su hermano Cesáreo 23-24

¿Qué es el hombre, para que te ocupes de él?. Un gran misterio me envuelve y me penetra. Pequeño soy, y al mismo tiempo, grande, exiguo y sublime, mortal e inmortal, terreno y celeste. Con Cristo soy sepultado, y con Cristo debo resucitar; estoy llamado a ser coheredero de Cristo, e hijo de Dios; llegaré incluso a ser Dios mismo.

Esto es lo que significa nuestro gran misterio; esto es lo que Dios nos ha concedido, y para que nosotros lo alcancemos, quiso hacerse hombre; quiso ser pobre, para levantar así la carne postrada, y dar la incolumidad al hombre, que Él mismo había creado a su imagen; así todos nosotros llegamos a ser uno en Cristo, pues Él ha querido, que todos nosotros lleguemos a ser, aquello mismo que Él es con toda perfección.

Así entre nosotros, ya no hay distinción entre hombres y mujeres, bárbaros y escitas, esclavos y libres, es decir, no queda ya ningún residuo ni discriminación de la carne, sino que brilla sólo en nosotros, la imagen de Dios, por quien y para quien, hemos sido creados, y a cuya semejanza, estamos plasmados y hechos, para que nos reconozcamos siempre, como hechura suya.

¡Ojalá alcancemos un día, aquello que esperamos de la gran munificencia, y benignidad de nuestro Dios!. Él pide cosas insignificantes, y promete en cambio, grandes dones, tanto en este mundo como en el futuro, a quienes lo aman sinceramente.

Sufrámoslo pues todo por Él, y aguantémoslo todo, esperando en Él; démosle gracias por todo. Él sabe ciertamente, que con frecuencia, nuestros sufrimientos son un instrumento de salvación; encomendémosle nuestras vidas, y las de aquellos, que habiendo vivido en otro tiempo con nosotros, nos han precedido ya en la morada eterna.

¡Señor y hacedor de todo, y especialmente del ser humano!. ¡Dios, Padre y guía de los hombres que creaste!. ¡Árbitro de la vida y de la muerte!. ¡Guardián y bienhechor de nuestras almas!. ¡Tú que lo realizas todo en su momento oportuno, y por tu Verbo, vas llevando a su fin todas las cosas, según la sublimidad de aquella sabiduría tuya, que todo lo sabe y todo lo penetra!. Te pedimos que recibas ahora en tu reino a Cesáreo, que como primicia de nuestra comunidad, ha ido ya hacia Tí.

Dígnate también, Señor, velar por nuestra vida, mientras moramos en este mundo, y cuando nos llegue el momento de dejarlo, haz que lleguemos a Tí, preparados por el temor que tuvimos de ofenderte, aunque no ciertamente poseídos de terror.

No permitas Señor, que en la hora de nuestra muerte, desesperados y sin acordarnos de Tí, nos sintamos como arrancados y expulsados de este mundo, como suele acontecer con los hombres, que viven entregados a los placeres de esta vida, sino que por el contrario, alegres y bien dispuestos, lleguemos a la vida eterna y feliz, en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien sea la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que nos concedas siempre a los cristianos, el poder de la Oración que le otorgaste a San Gregorio Nacianceno, a fin de poder vivir, y propagar en los corazones, la verdad del Evangelio. A Tí Señor, que eres la Sabiduría, y Horno Espiritual Eterno, y Vives y Reinas, por los Siglos de los Siglos. Amén.



2 de Enero

San Basilio Magno

Doctor de la Iglesia de Cesarea


(329-379)

Llamado la lumbrera de la Iglesia

Patrón de los administradores de hospitales

Etim: Basilio = rey

Luchó contra la rapacidad, y la opresión de los funcionarios, y llegó a excomulgar a todos los implicados en la “trata de blancas”, una actividad muy difundida en Capadocia.

«Un día, como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable luz, de la verdad del Evangelio…, y lloré sobre mi miserable vida»

¿Qué me vas a poder quitar, si no tengo ni casas ni bienes, pues todo lo repartí entre los pobres?. ¿Acaso me vas a atormentar?. Es tan débil mi salud, que no resistiré un día de tormentos sin morir, y no podrás seguir atormentándome. ¿Qué me vas a desterrar?. A cualquier sitio adonde me destierres, allá estará Dios, y donde esté Dios, allí es mi patria, y allí me sentiré contento”.

No coloquéis nunca vuestros propios intereses, antes que la necesidad común”

Breve
Uno de los tres Padres Capadocios; Padre del monasticismo oriental; Arzobispo de Cesárea; Patrón de administradores de hospitales.

Nació en Cesárea de Capadocia, de familia cristiana; hombre de gran cultura y virtud, comenzó a llevar vida eremítica, pero en el año 370, fue elevado a la sede episcopal, de su ciudad natal.

Es considerado, como el primer escritor ascético del Oriente.

Combatió a los arrianos; escribió excelentes obras, y sobretodo reglas monásticas, que rigen aún hoy, en muchos monasterios del Oriente.

Murió el día 1 de enero del año 379.

Tema favorito: la caridad hacia los pobres.

De sus cartas:

¿A quién he perjudicado, dices tú, conservando lo que es mío?. Dime, sinceramente, ¿qué te pertenece?. ¿De quién recibiste lo que tienes?. Si todos se contentaran con lo necesario, y dieran el resto a los pobres, no habría ni ricos ni pobres”

Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: Tú eres un verdadero ladrón. El pan que no necesitas, le pertenece al hambriento. Los vestidos que ya no usas, le pertenecen al necesitado. El calzado que ya no empleas, le pertenece al descalzo. El dinero que gastas en lo que no es necesario, es un robo que le estás haciendo, al que no tiene con qué comprar lo que necesita. “Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón”.

"Lo que nosotros enseñamos, no es el resultado de nuestras reflexiones personales, sino lo que hemos aprendido de los Padres"

San Gregorio: “Cada vez que leo un escrito de Basilio, siento que el Espíritu Santo transforma mi alma”.

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San Basilio
Benedicto XVI, Audiencia, 4-VII-07

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy queremos recordar, a uno de los grandes padres de la Iglesia, San Basilio, definido por los textos litúrgicos bizantinos, como una «lumbrera de la Iglesia»

Fue un gran obispo del siglo IV, por el que siente admiración, tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente, por su santidad de vida, por la excelencia de su doctrina, y por la síntesis armoniosa de capacidades, especulativas y prácticas.

Nació alrededor del año 330, en una familia de santos, «verdadera Iglesia doméstica», que vivía en un clima de profunda Fe. Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla. Insatisfecho por los éxitos mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: «Un día, como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré sobre mi miserable vida» (Cf. Carta 223: PG 32,824a).

Atraído por Cristo, comenzó a tener ojos sólo para Él, y a escucharle solo a Él (Cf. «Moralia» 80,1: PG 31,860bc). Con determinación, se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las Sagradas Escrituras, y de los escritos de los Padres de la Iglesia, y en el ejercicio de la caridad (Cf. Cartas. 2 y 22), siguiendo también el ejemplo de su hermana, Santa Macrina, quien ya vivía el ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote, y por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía.

Con la predicación y los escritos, desarrolló una intensa actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio, supo unir al mismo tiempo, el servicio a las almas, y la entrega a la oración, y a la meditación en la soledad. Sirviéndose de su experiencia personal, favoreció la fundación de muchas «fraternidades», o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a las que visitaba con frecuencia (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,29 in laudem Basilii»: PG 36,536b).

Con la palabra y los escritos, muchos de los cuales todavía hoy se conservan, (Cf. «Regulae brevius tractatae», Proemio: PG 31,1080ab), les exhortaba a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron después, no pocos legisladores de la vida monástica, entre ellos, muy especialmente, San Benito, que considera a Basilio, como su maestro (Cf «Regula» 73, 5).

En realidad, San Basilio creó un monaquismo muy particular: no estaba cerrado a la comunidad de la Iglesia local, sino abierto a ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia local, eran su núcleo animador, que precediendo a los demás fieles, en el seguimiento de Cristo, y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a Él, el amor por Él, sobre todo en las obras de caridad.

Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al servicio de los pobres, y de este modo, mostraron la vida cristiana, de una manera completa. El siervo de Dios, Juan Pablo II, hablando del monaquismo, escribió: «muchos opinan que esa institución, tan importante en toda la Iglesia, como es la vida monástica, quedó establecida para todos los siglos, principalmente por San Basilio, o que al menos, la naturaleza de la misma, no habría quedado tan propiamente definida, sin su decisiva aportación» (carta apostólica «Patres Ecclesiae» 2).

Como obispo y pastor de su extendida diócesis, Basilio se preocupó constantemente, por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza el mal; se comprometió con los pobres, y los marginados; intervino ante los gobernantes, para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los poderosos, para defender el derecho de profesar la verdadera fe (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,48-51 in laudem Basilii»: PG 36,557c-561c).

Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (Cf. Basilio, Carta 94: PG 32,488bc), una especie de ciudad de la misericordia, que tomó su nombre «Basiliade» (Cf. Sozomeno, «Historia Eclesiástica». 6,34: PG 67,1397a). En ella hunden sus raíces, los modernos hospitales, para la atención de los enfermos.

Consciente de que «la liturgia es la cumbre, a la cual tiende la actividad de la Iglesia, y al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» («Sacrosanctum Concilium» 10), Basilio, si bien se preocupaba por vivir la caridad, que es la característica de la fe, y fue también un sabio «reformador litúrgico» (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,34 in laudem Basilii»: PG 36,541c).

Nos dejó una gran oración eucarística, [o anáfora], que toma su nombre, y que ha dado un orden fundamental, a la oración y a la salmodia: gracias a él, el pueblo amó y conoció los Salmos, e iba a rezarlos, incluso de noche (Cf. Basilio, «In Psalmum» 1,1-2: PG 29,212a-213c). De este modo, podemos ver cómo liturgia, adoración y oración, están unidas a la caridad, y se condicionan recíprocamente.

Con celo y valentía, Basilio supo oponerse a los herejes, quienes negaban que Jesucristo fuera Dios, como el Padre (Cf. Basilio, Carta 9,3: PG 32,272a; Carta 52,1-3: PG 32,392b-396a; «Adversus Eunomium» 1,20: PG 29,556c). Del mismo modo, contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo; afirmó que también el Espíritu Santo es Dios, y «tiene que ser colocado y glorificado, junto al Padre y el Hijo» (Cf. «De Spiritu Sancto»: SC 17bis, 348).

Por este motivo, Basilio es uno de los grandes padres, que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, dado que es Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina.

En su amor por Cristo y su Evangelio, el gran capadocio se comprometió también, en sanar las divisiones dentro de la Iglesia (Cf. Carta 70 y 243), tratando siempre de que todos se convirtieran a Cristo, y a su Palabra (Cf. «De iudicio» 4: PG 31,660b-661a), fuerza unificadora, a la que todos los creyentes, tienen que obedecer (Cf. ibídem 1-3: PG 31,653a-656c).

Concluyendo, Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la Iglesia, en el multiforme servicio del ministerio episcopal. Según el programa que él mismo trazó, se convirtió en «Apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del reino, modelo y regla de piedad; ojo del cuerpo de la Iglesia; pastor de las ovejas de Cristo; médico piadoso; padre y nodriza; cooperador de Dios; agricultor de Dios; constructor del templo de Dios» (Cf. «Moralia» 80,11-20: PG 31,864b-868b).

Este es el programa, que el santo obispo entrega a los heraldos de la Palabra, tanto ayer como hoy, un programa que él mismo, se comprometió generosamente por vivir.

En el año 379, Basilio, sin haber cumplido los cincuenta años, agotado por el cansancio y la ascesis, regresó a Dios, «con la esperanza de la vida eterna, a través de Jesucristo, nuestro Señor» («De Bautismo» 1, 2, 9).

Fue un hombre que vivió verdaderamente, con la mirada puesta en Cristo, un hombre de amor por el prójimo. Lleno de la esperanza y de la alegría de la fe, Basilio nos muestra cómo ser realmente cristianos.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit.

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(Una más detallada semblanza de este santo, que sin dudas, atravesará a nuestro endurecido corazón)

Vida De San Basilio

BASILIO nació en Cesarea, la capital de Capadocia, en el Asia Menor, a mediados del año 329. Por parte de padre y de madre, descendía de familias cristianas, que habían sufrido persecuciones, y entre sus nueve hermanos, figuraron San Gregorio de Nicea, Santa Macrina la Joven, y San Pedro de Sebaste.

Su padre, San Basilio el Viejo, y su madre, Santa Emelia, poseían vastos terrenos, y Basilio pasó su infancia, en la casa de campo de su abuela, Santa Macrina, cuyo ejemplo y cuyas enseñanzas, nunca olvidó.

Inició su educación en Constantinopla, y la completó en Atenas. Allá tuvo como compañeros de estudio, a San Gregorio Nacianceno, que se convirtió en su amigo inseparable, y a Juliano, que más tarde sería el emperador apóstata.

Basilio y Gregorio Nacianceno, los dos jóvenes capadocios, se asociaron con los más selectos talentos contemporáneos, y como lo dice éste último en sus escritos, “sólo conocíamos dos calles en la ciudad: la que conducía a la iglesia, y la que nos llevaba a las escuelas”. Tan pronto como Basilio, aprendió todo lo que sus maestros podían enseñarle, regresó a Cesárea.

Ahí pasó algunos años, en la enseñanza de la retórica, y cuando se hallaba en los umbrales, de una brillantísima carrera, se sintió impulsado a abandonar el mundo, por consejos de su hermana mayor, Macrina.

Ésta, luego de haber colaborado activamente, en la educación y establecimiento de sus hermanas y hermanos más pequeños, se había retirado con su madre, ya viuda, y otras mujeres, a una de las casas de la familia en Annesi, sobre el río Iris, para llevar una vida comunitaria.

Fue entonces, al parecer, que Basilio recibió el bautismo, y desde aquel momento, tomó la determinación de servir a Dios, dentro de la pobreza evangélica.

Comenzó por visitar los principales monasterios de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia, con el propósito de observar y estudiar la vida religiosa. Al regreso de su extensa gira, se estableció en un paraje agreste y muy hermoso, en la región del Ponto, separado de Annesi por el río Iris, y en aquel retiro solitario, se entregó a la plegaria y al estudio.

Con los discípulos que no tardaron en agruparse en torno suyo, entre los cuales figuraba su hermano Pedro, formó el primer monasterio que hubo en el Asia Menor, organizó la existencia de los religiosos, y enunció los principios que se conservaron a través de los siglos, y que hasta el presente, gobiernan la vida de los monjes en la Iglesia de Oriente.

San Basilio practicó la vida monástica propiamente dicha, durante cinco años solamente, pero en la historia del monaquismo cristiano, tiene tanta importancia como la propio San Benito.

Lucha contra la herejía arriana

Por aquella época, la herejía arriana estaba en su apogeo, y los emperadores herejes, perseguían a los ortodoxos. En el año 363, se convenció a Basilio para que se ordenase diácono y sacerdote en Cesárea; pero inmediatamente, el arzobispo Eusebio, tuvo celos de la influencia del santo, y éste para no crear discordias, volvió a retirarse calladamente al Ponto, para ayudar en la fundación y dirección de nuevos monasterios.

Sin embargo, Cesárea lo necesitaba, y lo reclamó. Dos años más tarde, San Gregorio Nacianceno, en nombre de la ortodoxia, sacó a Basilio de su retiro, para que le ayudase, en la defensa de la fe del clero y de las Iglesias.

Se llevó a cabo una reconciliación entre Eusebio y Basilio; éste se quedó en Cesárea, como el primer auxiliar del arzobispo; en realidad, era él quien gobernaba la Iglesia, pero empleaba su gran tacto, para que se le diera crédito a Eusebio, por todo lo que él realizaba.

Durante una época de sequía, a la que siguió otra de hambre, Basilio echó mano de todos los bienes que había heredado de su madre, los vendió, y distribuyó el producto entre los más necesitados; mas no se detuvo ahí su caridad, puesto que también organizó un vasto sistema de ayuda, que comprendía a las cocinas ambulantes que él mismo, resguardado con un delantal de manta, y cucharón en ristre, conducía por las calles de los barrios más apartados, para distribuir alimentos a los pobres.

Obispo de Cesárea

En el año de 370 murió Eusebio, y a pesar de la oposición, que se puso de manifiesto en algunos poderosos círculos, Basilio fue elegido para ocupar la sede arzobispal vacante.

El 14 de junio tomó posesión, para gran contento de San Atanasio, y una contrariedad igualmente grande para Valente, el emperador arriano. El puesto era muy importante, y en el caso de Basilio, muy difícil y erizado de peligros, porque al mismo tiempo que era obispo de Cesárea, era también exarca del Ponto, y metropolitano de cincuenta circunscripciones, muchas de los cuales se habían opuesto a su elección, y mantuvieron su hostilidad, hasta que Basilio, a fuerza de paciencia y caridad, se conquistó su confianza y su apoyo.

Antes de cumplirse doce meses, del nombramiento de Basilio, el emperador Valente llegó a Cesárea, tras de haber desarrollado en Bitrina y Galacia, una implacable campaña de persecuciones.

Por delante suyo, envió al prefecto Modesto, con la misión de convencer a Basilio, para que se sometiera, o por lo menos, accediera a aceptar algún compromiso. Varios habían renegado por miedo, pero nuestro santo le respondió:

¿Qué me vas a poder quitar, si no tengo ni casas ni bienes, pues todo lo repartí entre los pobres?. ¿Acaso me vas a atormentar?. Es tan débil mi salud, que no resistiré un día de tormentos sin morir, y ya no podrás seguir atormentándome. ¿Qué me vas a desterrar?. A cualquier sitio a donde me destierres, allá estará Dios, y donde esté Dios, allí es mi patria, y allí me sentiré contento”.

El gobernador respondió admirado: “Jamás nadie me había contestado así”. Y Basilio añadió: “Es que jamás te habías encontrado con un obispo”.

El emperador Valente se decidió por exiliarlo, y se dispuso a firmar el edicto; pero en tres ocasiones sucesivas, la pluma de caña con que iba a hacerlo, se partió en el momento de comenzar a escribir. El emperador quedó sobrecogido de temor, ante aquella extraordinaria manifestación; confesó que muy a su pesar, admiraba la firme determinación de Basilio, y a fin de cuentas, resolvió que en lo sucesivo, no volvería a intervenir, en los asuntos eclesiásticos de Cesárea.

Pero apenas terminada esta desavenencia, el santo quedó envuelto en una nueva lucha, provocada por la división de Capadocia, en dos provincias civiles, y la consecuente reclamación de Antino, obispo de Tiana, para ocupar la sede metropolitana de la Nueva Capadocia.

La disputa resultó desafortunada para San Basilio, no tanto por haberse visto obligado a ceder, en la división de su arquidiócesis, como por haberse malquistado con su amigo, San Gregorio Nacianceno, a quien Basilio insistía en consagrar obispo de Sasima, un miserable caserío, que se hallaba situado sobre terrenos en disputa entre las dos Capadocias.

Mientras el santo defendía así a la iglesia de Cesárea, de los ataques contra su fe y su jurisdicción, no dejaba de mostrar su celo acostumbrado, en el cumplimiento de sus deberes pastorales. Hasta en los días ordinarios predicaba, por la mañana y por la tarde, a asambleas tan numerosas, que él mismo las comparaba con el mar. Sus fieles, adquirieron la costumbre de comulgar todos los domingos, miércoles, viernes y sábados.

Entre las prácticas que Basilio había observado en sus viajes, y que más tarde implantó en su sede, figuraban las reuniones en la iglesia antes del amanecer, para cantar los salmos. Para beneficio de los enfermos pobres, estableció un hospital, fuera de los muros de Cesárea, tan grande y bien acondicionado, que San Gregorio Nacianceno lo describe como una ciudad nueva, y con grandeza suficiente, para ser reconocido como una de las maravillas del mundo.

A ese centro de beneficencia, llegó a conocérsela con el nombre de Basiliada, y sostuvo su fama durante mucho tiempo, después de la muerte de su fundador.

A pesar de sus enfermedades crónicas, con frecuencia realizaba visitas, a lugares apartados de su residencia episcopal, hasta en remotos sectores de las montañas, y gracias a la constante vigilancia que ejercía sobre su clero, y su insistencia, en rechazar la ordenación de los candidatos, que no fuesen enteramente dignos, hizo de su arquidiócesis, un modelo de orden y disciplina eclesiásticos.

No tuvo tanto éxito, en los esfuerzos que realizó, en favor de las iglesias que se encontraban fuera de su provincia. La muerte de San Atanasio, dejó a Basilio como único paladín de la ortodoxia en el Oriente, y éste luchó con ejemplar tenacidad, para merecer ese título, por medio de constantes esfuerzos, para fortalecer y unificar a todos los católicos, que sofocados por la tiranía arriana, y descompuestos por los cismas, y las disensiones entre sí, parecían estar a punto de extinguirse.

Pero las propuestas del santo, fueron mal recibidas, y a sus desinteresados esfuerzos, se respondió con malos entendimientos, malas interpretaciones, y hasta acusaciones de ambición y de herejía.

Incluso los llamados que hicieron él y sus amigos, al Papa San Dámaso, y a los obispos occidentales, para que interviniesen en los asuntos del Oriente, y allanasen las dificultades, tropezaron con una casi absoluta indiferencia, debido según parece, a que ya corrían en Roma, las calumnias respecto a su buena fe. “¡Sin duda a causa de mis pecados, escribía San Basilio, con un profundo desaliento, parece que estoy condenado al fracaso, en todo cuanto emprendo!"”

Sin embargo, el alivio no habría de llegar, desde un sector absolutamente inesperado. El 9 de agosto de 378, el emperador Valente, recibió heridas mortales en la batalla de Adrianópolis, y con el ascenso al trono de su sobrino Graciano, se puso fin al ascendiente del arrianismo en el Oriente.

Cuando las noticias de estos cambios, llegaron a oídos de San Basilio, éste se encontraba en su lecho de muerte, pero de todas maneras, le proporcionaron un gran consuelo, en sus últimos momentos.

Murió el 1º de enero del año 379, a la edad de cuarenta y nueve años, agotado por la austeridad en que había vivido, el trabajo incansable, y una penosa enfermedad. Toda Cesárea quedó enlutada, y sus habitantes lo lloraron, como a un padre y a un protector; los paganos, judíos y cristianos se unieron en el duelo.

San Gregorio Nacianceno, Arzobispo de Constantinopla, en el día del entierro: “Basilio santo, nació entre santos. Basilio pobre, vivió pobre entre los pobres. Basilio hijo de mártires, sufrió como un mártir. Basilio predicó siempre con sus labios, y con sus buenos ejemplos, y seguirá predicando siempre, con sus escritos admirables”.

Setenta y dos años después de su muerte, el Concilio de Calcedonia, le rindió homenaje con estas palabras: “El gran Basilio, el ministro de la gracia, quien expuso la verdad al mundo entero, indudablemente que fue, uno de los más elocuentes oradores, entre los mejores que la Iglesia haya tenido; sus escritos le han colocado, en lugar de privilegio entre sus doctores”.

Se conserva una extensa colección de sus cartas:

En una de ellas nos cuenta, que él pedía un cumplimiento estricto de la disciplina, lo mismo entre clérigos que entre laicos, y que cierto diácono, que no era malo, pero sí rebelde y un poco alocado, y que solía presentarse, en medio de un grupo de muchachas, que cantaban himnos y bailaban, tuvo que vérselas con él; con igual determinación; combatió la simonía en los puestos eclesiásticos, y la admisión de personas indignas entre el clero; luchó contra la rapacidad y la opresión de los funcionarios, y llegó a excomulgar a todos los implicados en la “trata de blancas”, una actividad muy difundida en Capadocia.

Podía reconvenir con temible severidad, pero prefería las maneras suaves y gentiles; como un ejemplo, están sus cartas a una muchacha descarriada, y a un clérigo colocado, en un puesto de gran responsabilidad, que se estaba mezclando en política; muchos ladrones que solo aguardaban ser entregados a los jueces, para sufrir un castigo terrible, fueron amparados por el santo, y devueltos a sus casas en completa libertad, pero con una imborrable amonestación sobre sus conciencias.

Pero tampoco se quedaba callado Basilio, cuando eran los acaudalados y poderosos, los que quebrantaban sus deberes. “¡Os negáis a dar, con el pretexto de que no tenéis lo suficiente, para vuestras necesidades!”, exclamó en uno de sus sermones. “Pero en tanto que vuestra lengua os excusa, vuestra mano os acusa: ¡Cuántos deudores podrían ser rescatados de la prisión, con uno de esos anillos!. ¡Cuántas pobres gentes, ateridas por el frío, se cubrirían con uno solo de vuestros guardarropas!. ¡Y sin embargo, vosotros dejáis ir a los pobres de vuestras puertas, con las manos vacías!”.

No era únicamente a los ricos, a quienes les imponía la obligación de dar. “¿Dices que tú eres pobre?. Bien; pero siempre habrá otros más pobres que tú. Si tienes lo bastante, para mantenerte vivo diez días, aquel hombre no tiene suficiente para vivir uno. No tengáis temor de dar lo poco que tengáis. No coloquéis nunca vuestros propios intereses, antes que la necesidad común. Dad vuestro último mendrugo de pan, al mendigo que os lo pide, y confiad en la misericordia de Dios”.

Butler; Vida de los Santos.
Sálesman, P. Eliécer; Vidas de Santo #1
Sgarbosa, Mario y Luigi Giovannini; Un Santo Para Cada Día

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de San Basilio Magno, y a imitación de su vida y testimonio de Fe, sepamos colocar el Bien Común, por encima de nuestros propios intereses personales, ya sea en la Familia y en el Trabajo. A Tí Señor, que ofreciste tu Vida en rescate de la nuestra, y Vives y Reinas por los Siglos de los Siglos. Amén.


miércoles, 1 de enero de 2020


1 de Enero

MARÍA, MADRE DE DIOS Y DE LA IGLESIA

María es verdaderamente Madre de Dios


Icono: La Madre de Dios
por Simón Usciakov
Galería Tretjakov (Moscú)

El Conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María, será siempre la llave exacta, de la comprensión del misterio de Cristo, y de la Iglesia

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”

El evangelista San Juan, concluye el breve y sugestivo relato, con las palabras: "Y desde aquella hora, el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser”. Benedicto XVI

Veneración
"Madre de Dios", es el título dogmático principal, y más generalizado, de la Virgen. De él dependen, todos los demás títulos y privilegios que ella tiene. Ella es Madre de Jesús, Dios y hombre verdadero. Es además, el título mas antiguo.

"¿Cómo puede ser María la madre de Dios, si Dios no tiene principio?".

Respuesta:
  • María no engendró a Dios desde la eternidad. María comienza a ser Madre de Dios, cuando el Hijo Eterno se encarnó en sus entrañas (la Encarnación).
  • Se llama "madre", a la mujer que engendra un hijo/hija. Es madre de la persona por ella engendrada.
    -Si reconocemos que María engendró, y dio a luz a Jesús, entonces reconocemos que María, es Madre de Jesús.
    -Si además reconocemos que Jesús es una persona divina, entonces reconocemos que María, por ser madre de esa Persona, de Jesús, es verdaderamente Madre de Dios.

En el credo profesamos, que el Hijo es engendrado eternamente, no creado por Dios. Dios no tenía necesidad de hacerse hombre, pero quiso hacerse. Quiso tener madre verdaderamente, Gálatas 4,4: "al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer". Dios se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, por ende María, es madre de Jesús, Dios y hombre verdadero.

Dios no necesitaba tener madre, pero la quiso tener, para acercarse a nosotros con infinito amor. Dios, es el único que pudo escoger a su madre, y para consternación de algunos y gozo de otros, escogió a la Santísima Virgen María, quién es y será siempre, la Madre de Dios.

Cuando la Virgen María visitó a su prima Isabel, (Visitación), ésta, movida por el Espíritu Santo, la reconoció como Madre de Dios, al llamarle "Madre de mi Señor" (Cf. Lucas 1, 39-45).

La verdad de que María es Madre de Dios, es parte de la fe de todos los cristianos ortodoxos. Fue proclamada dogmáticamente, en el Concilio de Efeso, en el año 431, y es el primer dogma Mariano. Negar que María es madre de Dios, es negar que el Verbo se hizo hombre; es negar la Encarnación del Dios Hijo.

Antecedentes de la controversia, sobre la maternidad divina de María Santísima:

Los errores de Nestorio
En el siglo V, Nestorio, Patriarca de Constantinopla, afirmaba los siguientes errores:

  • Que hay dos personas distintas en Jesús, una divina y otra humana.
  • Sus dos naturalezas no estaban unidas.
  • Por lo tanto, María no es la Madre de Dios, pues es solamente la Madre de Jesús hombre.
  • Jesús nació de María, solo como hombre, y más tarde "asumió" la divinidad, y por eso decimos que Jesús es Dios.

Vemos que estos errores de Nestorio, al negar que María es Madre de Dios, niegan también que Jesús, fuera verdaderamente una Persona divina, que asume una naturaleza humana.

La doctrina referente a María, está totalmente ligada a la doctrina, referente a Cristo. Confundir una es confundir la otra. Cuando la Iglesia defiende la maternidad divina de María, está defendiendo la verdad de que su Hijo, Jesucristo, es una Persona divina.

En esta batalla doctrinal, San Cirilo, Obispo de Alejandría, jugó un papel muy importante, en clarificar la posición de nuestra fe, en contra de la herejía de Nestorio. En el año 430, el Papa Celestino I, en un concilio en Roma, condenó la doctrina de Nestorio, y comisionó a San Cirilo, para que iniciara una serie de correspondencias, donde se presentara la verdad.

Me extraña en gran manera, que haya alguien que tenga duda, de si la Santísima Virgen, ha de ser llamada Madre de Dios. Si nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿Por qué razón la Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios?. Esta es la fe que nos transmitieron, los discípulos del Señor. Así nos lo han enseñado los Santos Padres”. San Cirilo de Alejandría, Ver: Carta 1, 27-30

Concilio de Efeso
En el año 431, se reunieron 200 obispos en el Concilio Ecuménico de Efeso, la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años. Proclamaron solemnemente, que "La Virgen María sí es Madre de Dios, porque su Hijo, Cristo, es Dios". Se canonizó el titulo "Theotokos".

"Desde un comienzo, la Iglesia enseña que en Cristo, hay una sola persona, humana y divina. María no es sólo madre de la naturaleza, del cuerpo, sino también de la persona, quien es Dios desde toda la eternidad.

Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo, a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana, no es solamente madre del cuerpo humano, sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos, Dios y hombre, entonces Ella es la Madre de Dios"

En vez de Theotokos, algunos padres proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso, se consideró una amenaza contra la doctrina, de la plena unidad de la divinidad, con la humanidad de Cristo.

En Efeso se confirmó, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios (cf. DS 250), y por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen, del título de Theotokos, Madre de Dios (cf. ib., 251).
Para celebrar la proclamación de Efeso, los Padres, acompañados por el gentío de la ciudad que los rodeaba, portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén". La Theotokos es representada e invocada, como la Reina y Señora, por ser Madre del Rey y del Señor.

"Después de ese concilio, se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias, dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale, la Basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma. La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado "verdadero Dios y verdadero hombre (...) nacido por nosotros, y por nuestra salvación, de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad" (DS 301)". -Benedicto XVI

La Maternidad de María fue también afirmada por otros concilios universales, como el de Calcedonia (451), y el segundo de Constantinopla (553).

En el siglo XIV, se introduce en el Ave María, la segunda parte, donde dice: "Santa María, Madre de Dios". En el siglo XVIII, se extiende su rezo oficial a toda la Iglesia. El Papa Pío XI reafirmó el dogma, en la Encíclica Lux Veritatis (1931).

La Madre de Dios en el Concilio Vaticano II: El concilio, recogió en un capítulo de la Constitución Dogmática, Lumen gentium sobre la Iglesia, el octavo, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina.

El capítulo se titula: "La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia". Este documento, presenta la maternidad divina de María en dos aspectos:

1) La maternidad divina, en el misterio de Cristo.
2) La maternidad divina, en el misterio de la Iglesia.

"Y ciertamente, desde los tiempos mas antiguos, la Santísima Virgen, es venerada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo, los fieles suplicantes se acogen, en todos sus peligros y necesidades.... Y las diversas formas de piedad, hacia la Madre de Dios, que la Iglesia ha venido aprobando, dentro de los límites de la sana doctrina, hacen que al ser honrada la Madre, el Hijo por razón del cual, son todas las cosas, sea mejor conocido, amado, glorificado, y que a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos" (LG #66)

Leemos en el Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI (1968): "Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y salvador nuestro".

En 1984, consagra el Papa Juan Pablo II al mundo entero, al Inmaculado Corazón de María, a través de toda la oración de consagración repite: "Recurrimos a tu protección, Santa Madre de Dios".

María por ser Madre de Dios, transciende en dignidad a todas las criaturas, hombres y ángeles, ya que la dignidad de la criatura, está en su cercanía con Dios. Y María es la más cercana a la Trinidad. Madre del Hijo, Hija del Padre y Esposa del Espíritu.

"El Conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María, será siempre la llave exacta, de la comprensión del misterio de Cristo, y de la Iglesia"

"Y la Madre de Dios es mía, porque Cristo es mío" -S. Juan de la Cruz.

Saludamos a la Virgen (Antífona de entrada de la Misa): "Salve, Madre santa, Virgen, Madre del Rey".

Santa María es la Madre, llena de gracia y de virtudes, concebida sin pecado, que es Madre de Dios y Madre nuestra, y que está en los cielos en cuerpo y alma.

Después de Cristo, Ella ocupa el lugar más alto, y el más cercano a nosotros, en razón de su maternidad divina.

La ortodoxia enseña:
-Jesús es una persona divina (no dos personas)
-Jesús tiene dos naturalezas: es Dios y Hombre verdaderamente.
-María es madre de una persona divina, y por lo tanto es Madre de Dios.
-María es Madre de Dios. Este es el principal de todos los dogmas Marianos, y la raíz y fundamento, de la dignidad singularísima de la Virgen María.
-María es la Madre de Dios, no desde toda la eternidad, sino en el tiempo.

El dogma de María, Madre de Dios, contiene dos verdades:
1) María es verdaderamente madre: Esto significa que ella contribuyó en todo, en la formación de la naturaleza humana de Cristo, como toda madre contribuye, a la formación del hijo desde sus entrañas.

2) María es verdaderamente madre de Dios: Ella concibió y dio a luz, al Divino Jesucristo, según la naturaleza humana que Él asumió.

El origen Divino de Cristo, no le proviene de María. Pero al ser Cristo una persona de naturaleza divina y humana, María es tanto, madre del hombre como Madre del Dios. María es Madre de Dios, porque es Madre de Cristo, quien es Dios\hombre.

La misión maternal de María, es mencionada desde los primeros credos de la Iglesia. En el Credo de los Apóstoles: "Creo en Dios Padre todopoderoso, y en Jesucristo su único hijo, nuestro Señor, que nació de la Virgen María".

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Benedicto XVI, 2008
"El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es por consiguiente, el apelativo fundamental, con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir desde siempre, a la Virgen Santísima. Expresa muy bien la misión de María, en la historia de la salvación.

Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen, se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios, para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

Y todos sabemos que estos privilegios, no fueron concedidos a María, para alejarla de nosotros, sino al contrario, para que estuviese más cerca.

En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros, y nos ayuda como madre, y como hermana. También el puesto único e irrepetible, que María ocupa en la comunidad de los creyentes, deriva de esta vocación suya, fundamental por ser la Madre del Redentor.

Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, durante el Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María, el título de "Madre de la Iglesia".

Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz, Jesús encomendó a su Madre, a cada uno de sus discípulos, y al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos, al amor de su Madre.

El evangelista San Juan, concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: "Y desde aquella hora, el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser.

Así forma parte de su vida, y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida, (εiς tά íδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María. - Benedicto XVI, 2008

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que siempre tengamos la protección de María Santísima, a lo largo de nuestras vidas, y sepamos conservar mediante su auxilio, la pureza del alma y del cuerpo. Que sepamos aceptarla en nuestra Vida, y así poder alcanzar tus divinas moradas. A Tí Señor, que eres el Cordero Inmaculado, que quita los pecados del mundo. Amén.



1ª de Enero

San Vicente María Strambi


Pasionista

(1745 - +1 enero 1824)

Nace en Civitavecchia, Italia, en 1745. Es ordenado sacerdote en 1767, y entra en la Congregación de los pasionistas, en 1769.

Eminente director espiritual, misionero y catequista, recorrió Italia central, proclamando con fervor y competencia, los tesoros de la fe Cristiana, especialmente su Pasión, sobre la que escribió una obra teológica.

Fue formador de los jóvenes pasionistas y Provincial. Como Postulador de la causa del Fundador, publicó su biografía (1786), obra fundamental para el conocimiento de San Pablo de la Cruz.

Elegido obispo de Macerata y Tolentino (1801), promovió con su celo apostólico, la reforma del clero y del pueblo. Mostró una eximia caridad para con los pobres. En los movimientos revolucionarios de su tiempo, fue intrépido defensor de la libertad de la Iglesia, prefiriendo el exilio, al ilícito juramento de fidelidad, propuesto por Napoleón.

En 1809, Napoleón decretó la anexión de Macerata, como parte del Imperio Francés. A pesar de que, según la orden francesa, este decreto se tenía que leer en todas las iglesias, Strambí se negó a hacerlo. En una acción similar, también se negó a ceder a los franceses, un listado de todos los hombres de su diócesis, que pudieran hacer el servicio militar.

En septiembre de 1808, se decretó el arresto del religioso, por obstrucción a los invasores franceses, por lo que tuvo que huir a Mantua.

Vicente volvería a su diócesis, cuatro años después en 1814. El Papa Pío VII, visitó a Vicente, y le hizo saber que los invasores franceses, habían provocado mucho daño, no solo por la destrucción de iglesias, sino por la diseminación de la inmoralidad. Vicente trabajó, para volver a llamar a su población hacia Dios.

En 1817, los franceses volvieron a Macerata, donde establecerían su cuartel general, para atacar a los austríacos. Strambi recogió a los temerosos feligreses, en su capilla privada para orar. Los franceses fueron derrotados, aunque la población, sufrió la brutalidad de éstos, durante su retirada. Vicente se encontró con el líder del ejército francés, para impedir que entraran en la ciudad, y Murat accedió.

Vicente, cerca de los 80 años, en 1823, con permiso del Papa León XII, se retiró de su sede episcopal (1823), fue llamado por León XII al Quirinal como su consejero, por lo que el Palacio Quirinal se transformó en su residencia

Fue en ese momento, cuando de la mano de Strambi, consiguió volver al catolicismo, a la hermana de Napoleón, Pauline Bonaparte.

Cuando el Papa enfermó, Vicente rezó para que se lo llevara a él, en lugar del Papa. Su Santidad recuperó la salud, mientras que Strambi moriría días después de su 79ª aniversario, el 1 de enero de 1824.

Fue canonizado en 1950. Sus restos mortales descansan desde 1957, en Macerata, Italia.


Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por intercesión del Obispo Strambí, pueda nuestra Iglesia, ser siempre un refugio seguro para toda la Humanidad, y un motivo para seguir esperándote hasta el fin de los tiempos, marcado por tu segunda venida. Que sepamos meditar y profundizar, los misterios de tu Divina Pasión, y así preservarnos de las llamas del infierno. A Tí Señor, que Vives y Reinas por Siempre. Amén.