martes, 3 de diciembre de 2019


Tercera Feria, 3 de diciembre

San Francisco Javier


1506-1552

Cuerpo Incorrupto

Sacerdote misionero Jesuita, en el lejano Oriente
Llamado con justicia, “el gigante de la historia de las misiones”
Patrono oficial de las misiones extranjeras, y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe

¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”

Breve:
Nació en el castillo de Javier (Navarra), en el año 1506. Cuando estudiaba en París, se unió al grupo de San Ignacio.

Fue ordenado sacerdote en Roma, en el año 1537, y se dedicó a obras de caridad. El año 1541, marchó al Oriente. Evangelizó incansablemente, la India y el Japón durante diez años, y convirtió a muchos, a la fe cristiana. Murió en el año 1552, en la isla de Sanchón Sancián, a las puertas de China.

¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”. De sus cartas a San Ignacio
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Son pocos los hombres, que tienen el corazón tan grande, como para responder a la llamada de Jesucristo, e ir a evangelizar hasta los confines de la tierra. San Francisco Javier es uno de esos.

Con razón ha sido llamado: "El gigante de la historia de las misiones", y el Papa Pío X lo nombró, patrono oficial de las misiones extranjeras, y de todas las obras relacionadas, con la propagación de la fe.

La oración del día de su fiesta, dice así: "Señor, tú has querido, que varias naciones, llegaran al conocimiento de la verdadera religión, por medio de la predicación de San Francisco Javier".

El famoso historiador Sir Walter Scott, comentó: "El protestante más rígido, y el filósofo más indiferente, no pueden negar que supo reunir el valor, y la paciencia de un mártir, con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental, y la habilidad del mejor negociador, que haya ido nunca, en embajada alguna".

Francisco nació en 1506, en el castillo de Javier en Navarra, cerca de Pamplona, España. Era el benjamín de la familia. A los dieciocho años, fue a estudiar a la Universidad de París, en el colegio de Santa Bárbara, donde en 1528, obtuvo el grado de licenciado.

Dios le estaba preparando grandes cosas, por lo que dispuso que Francisco Javier, tuviese como compañero de la pensión a Pedro Favre, que sería como él jesuita, y luego beato; también providencialmente, conoció a un extraño estudiante, llamado Ignacio de Loyola, ya bastante mayor que sus compañeros.

Al principio, Francisco rehusó la influencia de Ignacio, el cual le repetía la frase de Jesucristo: "¿De qué le sirve a un hombre, ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?". Este pensamiento, al principio le parecía fastidioso, y contrario a sus aspiraciones, pero poco a poco, fue calando y retando su orgullo y vanidad.

Por fin, San Ignacio logró que Francisco, se apartara un tiempo, para hacer un retiro especial, que el mismo Ignacio había desarrollado, basado en su propia lucha por la santidad. Se trata, de los "Ejercicios Espirituales" de San Ignacio.

Francisco fue guiado por Ignacio, en aquellos días de profundo combate espiritual, y quedó profundamente transformado, por la gracia de Dios. Comprendió las palabras, que San Ignacio le decía: "Un corazón tan grande, y un alma tan noble, no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria, que dura eternamente".

Llegó a ser, uno de los siete primeros seguidores de San Ignacio, fundador de los jesuitas, consagrándose al servicio de Dios, en Montmatre, en 1534. Hicieron voto de absoluta pobreza, y resolvieron ir a Tierra Santa, para comenzar desde allí su obra misionera, poniéndose en todo caso, a la total dependencia del Papa.

Junto con ellos, recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, tres años más tarde, y con ellos, compartió las vicisitudes de la naciente Compañía. Abandonado el proyecto de la Tierra Santa, emprendieron camino hacia Roma, en donde Francisco colaboró con Ignacio, en la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús. Bien dice el Libro del Eclesiástico: "Encontrar un buen amigo, es como encontrar un gran tesoro".

A las Misiones
En 1540, San Ignacio envió a Francisco Javier, y a Simón Rodríguez a la India, en la primera expedición misional, de la Compañía de Jesús. Para embarcarse, Francisco Javier llegó a Lisboa, hacia fines de junio.

Inmediatamente fue a reunirse con el Padre Rodríguez, quien se ocupaba de asistir, e instruir, a los enfermos en el hospital donde vivía. Javier se hospedó también ahí, y ambos solían salir a instruir, y catequizar en la ciudad.

Pasaban los domingos, oyendo confesiones en la corte, pues el rey Juan III, los tenía en gran estima. Esa fue la razón, por la que el Padre Rodríguez, tuvo que quedarse en Lisboa.

También San Francisco Javier, se vio obligado a permanecer ahí ocho meses, y fue por entonces, cuando escribió a San Ignacio: "El rey no está todavía decidido, a enviarnos a la India, porque piensa que aquí, podremos servir al Señor, tan eficazmente como allí".

Pero Dios tenía otros planes, y Francisco Javier, partió hacia las misiones, el 7 de abril de 1541, cuando tenía 35 años; el rey le entregó un breve escrito, por el que el Papa, le nombraba nuncio apostólico en el Oriente. El monarca no pudo conseguir, que aceptase más que un poco de ropa, y algunos libros. Tampoco quiso Javier, llevar consigo a ningún criado, alegando que "la mejor manera de alcanzar, la verdadera dignidad, es lavar los propios vestidos, sin que nadie lo sepa".

Con él partieron a la India, el Padre Pablo de Camerino, que era italiano, y Francisco Mansilhas, un portugués, que aún no había recibido, las órdenes sagradas. En una afectuosa carta de despedida, que el santo escribió a San Ignacio, le decía a propósito de este último, que poseía "un bagaje de celo, virtud y sencillez, más que de ciencia extraordinaria".

Otros cuatro navíos, completaban la flota. En el barco, viajaba el gobernador de la India, Don Martín Alfonso Sousa, y además de la tripulación, había pasajeros, soldados, esclavos y convictos.

Entre la tripulación, y entre los pasajeros, había gente de toda clase, de suerte que Javier, tuvo que mediar en reyertas, combatir la blasfemia, el juego, y otros desórdenes. Francisco se encargó de catequizar a todos. Los domingos, predicaba al pie del palo mayor de la nave. Convirtió su camarote en enfermería, y se dedicó a cuidar a todos los enfermos, a pesar de que al principio del viaje, los mareos le hicieron sufrir mucho, a él también.

Pronto, se desató a bordo una epidemia de escorbuto, y sólo los misioneros, se encargaban del cuidado de los enfermos. La expedición navegó meses, para alcanzar el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur del continente africano, y llegar a la isla de Mozambique, donde se detuvo durante el invierno; después siguió por la costa este del África oriental, y se detuvo en Malindi y en Socotra.

Por fin, la expedición llegó a Goa, el 6 de mayo de 1542, tardándoles el doble de lo normal. San Francisco Javier se estableció en el hospital, hasta que llegaron sus compañeros, cuyo navío también se había retrasado.

La Pérdida de la fe, entre los Cristianos de las Colonias
Goa era colonia portuguesa desde 1510. Había ahí un número considerable de cristianos, con obispo, clero y varias iglesias. Desgraciadamente, muchos de los portugueses, se habían dejado arrastrar por la ambición, la usura y los vicios, hasta el extremo de que muchos, abandonaron la fe.

Los sacramentos, habían caído en desuso; se usaba el rosario para contar el número de azotes, que mandaban dar a sus esclavos. La escandalosa conducta de los cristianos, alejaba de la fe a los infieles. Esto fue un reto, para San Francisco Javier.

Además, fuera de Goa, había a lo más, cuatro predicadores, y ninguno de ellos era sacerdote. El misionero, comenzó por instruir a los portugueses, en los principios de la religión, y a formar a los jóvenes, en la práctica de la virtud.

Después de pasar la mañana, en asistir y consolar a los enfermos, y a los presos, en hospitales y prisiones miserables, recorría las calles, tocando una campanita, para llamar a los niños y a los esclavos, al catecismo.

Éstos acudían en gran cantidad, y el santo les enseñaba el Credo, las oraciones, y la práctica de la vida cristiana. Todos los domingos, celebraba la misa a los leprosos, predicaba a los cristianos, y a los hindúes, y visitaba las casas.

Su amabilidad y su caridad con el prójimo, le ganaron muchas almas. Uno de los pecados más comunes, era el concubinato de los portugueses, de todas las clases sociales, con las mujeres del país, dado que había en Goa, muy pocas portuguesas.

Tursellini, el autor de la primera biografía de San Francisco Javier, que fue publicada en 1594, describe con viveza, los métodos que empleó el santo, para combatir aquella vida de pecado. Por ellos, puede verse el tacto, con que supo Javier predicar la moralidad cristiana, demostrando que no contradecía ni al sentido común, ni a los instintos verdaderamente humanos.

Para instruir a los pequeños y a los ignorantes, el santo solía adaptar las verdades del cristianismo, a la música popular, un método que tuvo tal éxito, que poco después, se cantaban las canciones, que él había compuesto, lo mismo en las calles que en las casas, en los campos, que en los talleres.

Misionero con los Paravas
Cinco meses más tarde, se enteró Javier, de que en las costas de la Pesquería, que se extienden frente a Ceilán (Sri Lanka), desde el Cabo de Comorín, hasta la isla de Manar, habitaba la tribu de los paravas.

Éstos habían aceptado el bautismo, para obtener la protección de los portugueses, contra los árabes y otros enemigos; pero por falta de instrucción, conservaban aún las supersticiones del paganismo, y practicaban sus errores (1).

Javier partió en auxilio de esa tribu, que "sólo sabía que era cristiana, y nada más".

El santo hizo trece veces, aquel viaje tan peligroso, bajo el tórrido calor del sur de Asia. A pesar de la dificultad, aprendió el idioma nativo, y se dedicó a instruir y confirmar, a los ya bautizados. Particular atención consagró, a la enseñanza del catecismo a los niños. Los paravas, que hasta entonces, no conocían siquiera el nombre de Cristo, recibieron el bautismo, en grandes multitudes.

A este propósito, Javier informaba a sus hermanos de Europa, que algunas veces, tenía los brazos tan fatigados, por administrar el bautismo, que apenas podía moverlos.

Los generosos paravas, que eran considerados de casta baja, extendieron a San Francisco Javier, una acogida calurosa, en tanto que los brahamanes, de clase alta, recibieron al santo con gran frialdad, y su éxito con ellos fue tan reducido, que al cabo de doce meses, sólo había logrado convertir a un brahamán. Según parece, en aquella época, Dios obró varias curaciones milagrosas, por medio de Javier.

Por su parte, Javier se adaptaba plenamente al pueblo con el que vivía. Con los pobres comía arroz, y dormía en el suelo de una pobre choza. Dios le concedió maravillosas consolaciones interiores. Con frecuencia, decía Javier de sí mismo: "Oigo exclamar a este pobre hombre, que trabaja en la viña de Dios: Señor, no me des tantos consuelos en esta vida; pero si tu misericordia ha decidido dármelos, llévame entonces todo entero, a gozar plenamente de Ti ".

Javier regresó a Goa, en busca de otros misioneros, y volvió a la tierra de los paravas, con dos sacerdotes, y un catequista indígena, y con Francisco Mansilhas, a quienes dejó en diferentes puntos del país. El santo escribió a Mansilhas, una serie de cartas, que constituyen uno de los documentos más importantes, para comprender el espíritu de Javier, y conocer las dificultades con las que se enfrentó.

El Escándalo de los Malos Cristianos: Espina en el Corazón
Nada podía desanimar a Francisco. "Si no encuentro una barca- dijo en una ocasión- iré nadando". Al ver la apatía de los cristianos, ante la necesidad de evangelizar, comentó: "Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar". Deseaba contagiar a todos, con su celo evangelizador.

El sufrimiento de los nativos, a manos de los paganos y de los portugueses, se convirtió en lo que él describía, como "una espina, que llevo constantemente en el corazón". En cierta ocasión, fue raptado un esclavo indio, y el santo escribió: "¿Les gustaría a los portugueses, que uno de los indios, se llevase por la fuerza a un portugués, al interior del país?. Los indios tienen idénticos sentimientos que los portugueses".

Poco tiempo después, San Francisco Javier, extendió sus actividades a Travancore. Algunos autores, han exagerado el éxito que tuvo ahí, pero es cierto que fue acogido con gran regocijo, en todas las poblaciones, y que bautizó a muchos de los habitantes.

En seguida, escribió al Padre Mansilhas, que fuese a organizar la Iglesia, entre los nuevos convertidos. En su tarea, solía valerse el santo de los niños, a quienes seguramente divertía mucho, repetir a otros, lo que acababan de aprender de labios del misionero. Los badagas del norte, cayeron sobre los cristianos de Comoín y Tuticorín, destrozaron las poblaciones, asesinaron a varios, y se llevaron a otros muchos, como esclavos.

Ello entorpeció la obra misional del santo. Según se cuenta, en cierta ocasión, salió solo Javier, al encuentro del enemigo, con el crucifijo en la mano, y le obligó a detenerse. Por otra parte, también los portugueses entorpecían la evangelización; así, por ejemplo, el comandante de la región, estaba en tratos secretos con los badagas.

A pesar de ello, cuando el propio comandante, tuvo que salir huyendo, perseguido por los badagas, San Francisco Javier escribió inmediatamente, al Padre Mansilhas: "Os suplico, por el amor de Dios, que vayáis a prestarle auxilio sin demora". De no haber sido por los esfuerzos infatigables del santo, el enemigo hubiese exterminado a los paravas. Y hay que decir, en honor de esa tribu, que su firmeza en la fe católica, resistió a todos los embates.

El reyezuelo de Jaffna (Ceilán del norte), al enterarse de los progresos, que había hecho el cristianismo en Manar, mandó asesinar ahí a 600 cristianos.

El gobernador, Martín de Sousa, organizó una expedición punitiva, que debía partir de Negatapam. San Francisco Javier se dirigió a ese sitio; pero la expedición no llegó a partir, de suerte que el santo, decidió emprender una peregrinación a pie, al santuario del Apóstol Santo Tomás en Milapur, donde había una reducida colonia portuguesa, a la que podía prestar sus servicios.

Se cuentan muchas maravillas, de los viajes de San Francisco Javier. Además de la conversión, de numerosos pecadores públicos europeos, a los que se ganaba con su exquisita cortesía, se le atribuyen también otros milagros.

Carta de Protesta al Rey
En 1545, el santo escribió desde Cochín, al rey de Portugal, en la que le daba cuenta, del estado de la misión. En ella, habla del peligro en que estaban los neófitos, de volver al paganismo, "escandalizados y desalentados, por las injusticias y vejaciones, que les imponen los propios oficiales, de Vuestra Majestad . . . Cuando nuestro Señor, llame a Vuestra Majestad a juicio, oirá tal vez Vuestra Majestad, las palabras airadas del Señor: '¿Por qué no castigaste a aquellos de tus súbditos, sobre los que tenías autoridad, y que me hicieron la guerra en la India? ' ".

El santo, habla muy elogiosamente, del vicario general en las Indias, Don Miguel Vaz, y ruega al rey, que le envíe nuevamente, con plenos poderes, una vez que éste haya rendido su informe en Lisboa. "Como espero morir, en estas partes de la tierra, y no volveré a ver a Vuestra Majestad, en este mundo, le ruego que me ayude con sus oraciones, para que nos encontremos en el otro, ciertamente estaremos más descansados, que en éste".

San Francisco Javier, repite sus alabanzas, sobre el vicario general, en una carta al Padre Simón Rodríguez, en donde habla todavía con mayor franqueza, acerca de los europeos: "No titubean en hacer el mal, porque piensan que no puede ser malo, lo que se hace sin dificultad, y para su beneficio. Estoy aterrado ante el número de inflexiones nuevas, que se dan aquí a la conjugación del verbo 'robar'"

Malaca y el Gozo de Servir al Señor
En la primavera de 1545, San Francisco Javier partió para Malaca, donde pasó cuatro meses. Malaca era entonces, una ciudad grande y próspera. Albuquerque la había conquistado, para la corona portuguesa en 1511, y desde entonces, se había convertido en un centro de costumbres licenciosas.

Anticipándose a la moda, que se introduciría varios siglos más tarde, las mujeres jóvenes, se paseaban en pantalones, sin tener siquiera la excusa, de que trabajaban como los hombres. El santo fue acogido en la ciudad, con gran reverencia y cordialidad, y tuvo cierto éxito en sus esfuerzos de reforma.

En los dieciocho meses siguientes, es difícil seguirle los pasos. Fue una época muy activa, y particularmente interesante, pues la pasó en un mundo, en gran parte desconocido, visitando ciertas islas, a las que él da el nombre genérico de Molucas, y que es difícil identificar con exactitud.

Sabemos que predicó, y ejerció el ministerio sacerdotal en Amboina, Ternate, Gilolo y otros sitios, en algunos de los cuales, había colonia de mercaderes portugueses.

Aunque sufrió mucho en aquella misión, escribió a San Ignacio: "Los peligros a los que me encuentro expuesto, y los trabajos que emprendo por Dios, son primavera de gozo espiritual. Estas islas son el sitio del mundo, en que el hombre, puede más fácilmente perder la vista de tanto llorar; pero se trata de lágrimas de alegría. No recuerdo haber gustado jamás, de tantas delicias interiores, y los consuelos, no me dejan sentir el efecto, de las duras condiciones materiales, y de los obstáculos que me oponen los enemigos declarados, y los amigos aparentes".

De vuelta a Malaca, el santo pasó ahí, otros cuatro meses predicando. Antes de volver a la India, oyó hablar del Japón, a unos mercaderes portugueses, y conoció personalmente, a un fugitivo del Japón, llamado Anjiro. Javier desembarcó nuevamente en la India, en enero de 1548.

Pasó los siguientes quince meses, viajando sin descanso entre Goa, Ceilán y Cabo de Comorín, para consolidar su obra, (sobre todo el "Colegio Internacional de San Pablo" en Goa), y preparar su partida al misterioso Japón, en el que hasta entonces, no había penetrado ningún europeo.

Escribió la última carta al rey Juan III, a propósito de un obispo armenio, y de un fraile franciscano. En ella decía: "La experiencia me ha enseñado, que Vuestra Majestad, tiene poder para arrebatar a las Indias sus riquezas, y disfrutar de ellas, pero no lo tiene para difundir la fe cristiana".

Japón
En abril de 1549, partió de la India, acompañado por otro sacerdote de la Compañía de Jesús, y un hermano coadjutor, además de Anjiro (que había tomado el nombre de Pablo), y por otros dos japoneses, que se habían convertido al cristianismo.

El día de la fiesta de la Asunción, desembarcaron en Kagoshima, Japón. En Kagoshima, los habitantes los dejaron en paz. San Francisco Javier, se dedicó a aprender el japonés, lo cual no era nada fácil para él. Sin embargo, logró traducir al japonés, una exposición muy sencilla de la doctrina cristiana, que repetía, a cuantos se mostraban dispuestos a escucharle. Al cabo de un año de trabajo, había logrado unas cien conversiones.

Ello provocó las sospechas de las autoridades, las cuales le prohibieron que siguiese predicando. Entonces, el santo decidió trasladarse a otro sitio con sus compañeros, dejando a Pablo, al cuidado de los neófitos.

Antes de partir de Kagashima, fue a visitar la fortaleza de Ichku; ahí convirtió a la esposa del jefe de la fortaleza, al criado de ésta, a algunas personas más, y dejó la nueva cristiandad a cargo del criado. Diez años más tarde, Luis de Almeida, médico y hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, encontró en pleno fervor, a esa cristiandad aislada.

San Francisco Javier, se trasladó a Hirado, al norte de Nagasaki. El gobernador de la ciudad, acogió bien a los misioneros, de suerte que en unas cuantas semanas, pudieron hacer más, de lo que había hecho en Kagoshima en un año.

El santo dejó esa cristiandad, a cargo del Padre de Torres, y partió con el hermano Fernández, y un japonés, a Yamaguchi, en Honshu. Ahí predicó en las calles, y delante del gobernador; pero no tuvo ningún éxito, y las gentes de la región se burlaron de él.

Javier quería ir a Miyako (Kioto), que era entonces, la principal ciudad del Japón. Después de trabajar un mes en Yamaguchi, donde apenas cosechó, algo más que afrentas, prosiguió el viaje con sus dos compañeros. Como el mes de diciembre, estaba ya muy avanzado, los aguaceros, y la nieve y los abruptos caminos, hicieron el viaje muy penoso. En febrero, llegaron los misioneros a Miyako. Ahí se enteró el santo, de que para tener una entrevista con el mikado, necesitaba pagar una suma, mucho mayor a la que poseía.

Por otra parte, como una guerra civil hacía estragos en la ciudad, San Francisco Javier comprendió, que por el momento, no podía hacer ningún bien ahí, por lo cual volvió a Yamaguchi, quince días después.

Viendo que la pobreza de su persona, se convertía en un obstáculo, para llegar al gobernador, se vistió con gran pompa, y fue a ver al gobernador, escoltado por sus compañeros, con toda la regalía, de su título de embajador de Portugal. Le entregó las cartas, que le habían dado para el caso, las autoridades de la India, y le regaló una caja de música, un reloj y unos anteojos, entre otras cosas.

El gobernador quedó encantado con esos regalos, dio al santo permiso de predicar, y le cedió un antiguo templo budista, para que se alojase, mientras estuviese ahí. Habiendo obtenido así la protección oficial, San Francisco Javier predicó con gran éxito, y bautizó a muchas personas.

Habiéndose enterado, de que un navío portugués, había atracado en Funai (Oita) de Kiushu, el santo partió para allá, y resolvió partir en ese barco, a visitar a sus comunidades cristianas en la India, antes de hacer el deseado viaje a China. Los cristianos del Japón, que eran ya unos 2000, quedaron al cuidado del Padre Cosme de Torres, y del hermano Fernández. A pesar de las dificultades que sufrió, San Francisco Javier opinaba que, "no hay entre los infieles, ningún pueblo más bien dotado que el japonés".

Regreso a la India y expedición a la China
La cristiandad, había prosperado en la India, durante la ausencia de Javier; pero también se habían multiplicado, las dificultades y los abusos, tanto entre los misioneros, como entre las autoridades portuguesas, y todo ello necesitaba urgentemente, la atención del santo.

Francisco Javier, emprendió la tarea con tanta caridad como firmeza. Cuatro meses después, el 25 de abril de 1552, se embarcó nuevamente, llevando por compañeros a un sacerdote y un estudiante jesuitas, un criado indio, y un joven chino, que hubiera sido su intérprete, si no hubiese olvidado, su lengua natal. En Malaca, el santo fue recibido por Diego Pereira, a quien el virrey de la India, había nombrado embajador ante la corte de China.

San Francisco, tuvo que hablar en Malaca, sobre dicha embajada, con Don Alvaro de Ataide, hijo de Vasco de Gama, que era el jefe en la marina de la región. Como Alvaro de Ataide, era enemigo personal de Diego Pereira, se negó a dejar partir a Pereira y a Francisco Javier, tanto en calidad de embajador, como de comerciante.

Ataide no se dejó convencer, por los argumentos de Francisco Javier; ni siquiera cuando éste le mostró, el breve de Paulo III, por el que había sido nombrado nuncio apostólico. Por el hecho de oponer obstáculos a un nuncio pontificio, Ataide incurría en la excomunión.

Finalmente, Ataide permitió que Francisco Javier, partiese a la China. El santo envió al Japón, al sacerdote jesuita, y sólo conservó a su lado al joven chino, que se llamaba Antonio. Con su ayuda, esperaba poder introducirse furtivamente en China, que hasta entonces, había sido inaccesible a los extranjeros.

A fines de agosto de 1552, la expedición llegó a la isla desierta de Sancián (Shang-Chawan), que dista unos veinte kilómetros de la costa, y está situada a cien kilómetros, al sur de Hong Kong.

Muerte a las Puertas de China
Por medio de una de las naves, Francisco Javier escribió desde ahí varias cartas. Una de ellas, iba dirigida a Pereira, a quien el santo decía: "Si hay alguien que merezca, que Dios le premie en esta empresa, sois vos. Y a vos, se deberá su éxito".

En seguida, describía las medidas que había tomado: con mucha dificultad y pagando generosamente, había conseguido que un mercader chino, se comprometiese a desembarcar de noche en Cantón, no sin exigirle, que jurase que no revelaría su nombre a nadie.

En tanto que llegaba la ocasión, de realizar el proyecto, Javier cayó enfermo. Como sólo quedaba uno de los navíos portugueses, el santo se encontró en la miseria.

En su última carta, escribió: "Hace mucho tiempo, que no tenía tan pocas ganas de vivir, como ahora". El mercader chino, no volvió a presentarse. El 21 de noviembre, el santo se vio atacado por una fiebre, y se refugió en el navío. Pero el movimiento del mar le hizo daño, de suerte que al día siguiente, pidió que le transportasen de nuevo a tierra.

En el navío predominaban, los hombres de Don Alvaro de Ataide, los cuales, temiendo ofender a éste, dejaron a Javier en la playa, expuesto al terrible viento del norte. Un compasivo comerciante portugués, le condujo a su cabaña, tan maltrecha, que el viento se colaba por las rendijas. Ahí estuvo Francisco Javier, consumido por la fiebre.

Sus amigos le hicieron algunas sangrías, sin éxito alguno. Entre los espasmos del delirio, el santo oraba constantemente. Poco a poco, se fue debilitando. El sábado 3 de diciembre, según escribió Antonio, "viendo que estaba moribundo, le puse en la mano un cirio encendido. Poco después, entregó el alma a su creador y Señor, con gran paz y reposo, pronunciando el nombre de Jesús".

San Francisco Javier, tenía entonces cuarenta y seis años, y había pasado once en el oriente. Fue sepultado el domingo por la tarde. Al entierro asistieron Antonio, un portugués y dos esclavos (2).

Su cuerpo se conserva incorrupto
Uno de los tripulantes del navío, había aconsejado que se llenase de barro el féretro, para poder trasladar más tarde los restos. Diez semanas después, se procedió a abrir la tumba.

Al quitar el barro del rostro, los presentes descubrieron, que se conservaba perfectamente fresco, y que no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto, y sólo olía a barro.

El cuerpo fue trasladado a Malaca, donde todos salieron a recibirlo con gran gozo, excepto Don Alvaro de Ataide. Al fin del año fue trasladado a Goa, donde los médicos comprobaron, que se hallaba incorrupto. Ahí reposa todavía, en la iglesia del Buen Jesús.

Francisco Javier fue canonizado en 1622, al mismo tiempo que Ignacio de Loyola, Teresa de Avila, Felipe Neri, e Isidro el Labrador.

NOTAS
(1) -El Padre Coleridge, S. J. escribió: "Probablemente todos los misioneros que han ido a regiones, en las que sus compatriotas se hallaban ya establecidos, han encontrado en ellos, a los peores enemigos de su obra de evangelización. En este sentido, las naciones católicas, España, Francia y Portugal, son tan culpables, como las protestantes Inglaterra y Holanda".

(2) Antonio describió los últimos días del santo, en una carta a Manuel Teixeira, el cual la publicó, en su biografía de San Francisco Javier.

BIBLIOGRAFIA
Eliécer Sálesman, P. - Vidas de los Santos
Mario Sgarbossa - Luigi Giovannini - Un Santo Para Cada Día 

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión de San Francisco Javier, puedan la India, Indonesia, Malasia, Mongolia, Corea, China y Japón; así como Sri Lanka, Laos, Birmania, Vietnam y Camboya, incorporarse masivamente a la Fe Católica y Apostólica, y así acelerar la venida de tu Reino. A Tí Señor, que Vives y Reinas, por los Siglos de los Siglos. Amén.



Segunda Feria 2 de Diciembre

SANTA VIVIANA o BIBIANA



Virgen y Mártir (+347)

Fue condenada al suplicio de los azotes
Según el relato de la pasión, el emperador Juliano II, el Apóstata (361-363), llegó a hacer durante su reinado, hasta siete mil mártires, entre otros Pimenio, presbítero y Pastor en Roma.

Este Pimenio, fue quien enseñó a Juliano la gramática, la retórica, y las demás ciencias, instruyéndole asimismo en la ley cristiana. Gracias a tan esmerada educación, Juliano supo mostrarse amable y prudente, mereciendo que las tropas, le eligieran emperador.

Pero luego, se volvió a la religión pagana, y empezó a perseguir enconadamente al cristianismo. Entre otros a Flaviano, prefecto de la ciudad, que con su mujer Dafrosa, y sus hijas Demetria y Bibiana, enterraban por la noche, a los cuerpos de los mártires.

Por esta causa, y por haberse revelado, el enterramiento clandestino, en su propia casa, de dos mártires, San Juan y San Pablo – dos mártires que fueron oficiales romanos, de gran prestigio en Roma -, a los que la tradición, hace también de este período, y que fueron así inhumados, para evitar un tumulto del pueblo, Juliano confiscó a Flaviano todos sus bienes, y le desterró, muriendo fuera de Roma.

Dafrosa muere también, después de varios incidentes, siendo enterrada por el presbítero Juan, en su propia casa, que se encontraba cerca, de la de San Juan y San Pablo.

Sus dos hijas, fueron llevadas a la presencia de Juliano. Demetria muere de miedo, y es enterrada junto a su madre por Bibiana.

Nuestra Santa Bibiana, el emperador la confía a una mujer perversa, llamada Rufina, para que la corrompa.

Con halagos, o con malos tratos, pretende hacerla apostatar, y que contraiga matrimonio; pero viendo lo inútil de sus esfuerzos, da cuenta de ello a Juliano, quien la condena al suplicio de los azotes, hasta que exhala el último suspiro.

Su cuerpo quedó abandonado, en el forum Tauri, o mercado del Toro, sin que permitiera Dios, que sufriera agravio alguno, en los dos días que pasaron, hasta que el presbítero Juan, consiguió enterrarla de noche, junto a su madre y hermana.

En el capítulo dedicado, a la biografía del Papa Simplicio, cuenta que el Papa, "consagró una basílica, dedicada a la Santa mártir Bibiana, que contiene su cuerpo, cerca del Palatium Licianium".

Testimonio Personal: envío mi Agradecimiento y Casto Amor Perpetuo, a mi querida amiga, Viviana Lerchundi, quien me acompañó siempre, en todos mis emprendimientos económicos, con sus consejos contables e impositivos. Todas las bendiciones desde mi corazón, e invoco la protección perpetua de tu Santa.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de Santa Bibiana, y su santa familia, podamos mantenernos firmes en la Fe Católica, y así dar testimonio de Tí, con nuestro ejemplo de vida, soportando todos los azotes que podamos recibir, en defensa de tu Santo Nombre. A Tí Señor, que Vives y Reinas por siempre, por los Siglos de los Siglos. Amén.

lunes, 2 de diciembre de 2019


Segunda Feria 2 de Diciembre

La Corona de Adviento. Oraciones.


Nos unimos a La Virgen y San José, con un sincero deseo, de renunciar a todo lo que impide, que Jesús nazca en nuestro corazón

Las velas anticipan, la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo. Las ramas de verde perenne, recuerdan Jesús es la luz eterna. En los países fríos, se escogen ramas de los árboles, que no pierden sus hojas en el invierno, para simbolizar que Dios no cambia.

El círculo nos recuerda, que Dios no tiene ni principio ni fin; es eterno.

«Yo soy la luz del mundo; el que me siga, no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» Juan 8,12

«Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada, en la cima de un monte» Mateo 5,14

La corona de adviento, se hace con follaje verde, sobre el que se insertan cuatro velas. Tres velas son violeta, y una es rosa. El primer domingo de adviento encendemos la primera vela, y cada domingo de adviento, encendemos una vela más, hasta llegar a la Navidad.

La vela rosa, corresponde al tercer domingo, y representa el gozo. Mientras se encienden las velas se hace una oración, utilizando algún pasaje de la Biblia, y se entonan cantos. Esto lo hacemos en las misas de adviento, y también es recomendable hacerlo en casa, por ejemplo, antes o después de la cena.

Si no hay velas de esos colores, aún se puede hacer la corona, ya que lo mas importante, es el significado: la luz que aumenta, con la proximidad del nacimiento de Jesús, quien es la Luz del Mundo. La corona se puede llevar a la iglesia, para ser bendecida por el sacerdote.

Origen: La corona de adviento, encuentra sus raíces en las costumbres pre-cristianas de los germanos (Alemania). Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes, y encendían fuegos, como señal de esperanza en la venida de la primavera.

Pero la corona de adviento, no representa una concesión al paganismo, sino al contrario, es un ejemplo de la cristianización de la cultura. Lo viejo, ahora toma un nuevo y pleno contenido en Cristo. Él vino, para hacer todas las cosas nuevas.

Nueva realidad: Los cristianos supieron apreciar, la enseñanza de Jesús: Juan 8,12: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga, no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida». La luz que prendemos, en la oscuridad del invierno, nos recuerda a Cristo, que vence la oscuridad. Nosotros, unidos a Jesús, también somos luz: Mateo 5,14. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad, situada en la cima de un monte».

En el siglo XVI, los católicos y protestantes alemanes, utilizaban este símbolo para celebrar el adviento: Aquellas costumbres primitivas, contenían una semilla de verdad, que ahora podía expresar la Verdad Suprema: Jesús es la luz que ha venido, que está con nosotros, y que vendrá con gloria. Las velas, anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.

Las ramas de verde perenne, recuerdan que Jesús es la luz eterna. En los países fríos, se escogen ramas de los árboles, que no pierden sus hojas en el invierno, para simbolizar que Dios no cambia.

El círculo, nos recuerda que Dios no tiene principio ni fin, es eterno.

Recordamos la larga espera de la Humanidad, que cayendo en pecado, vivía en oscuridad. El Pueblo de Israel, recibió de Dios la promesa, y los profetas la mantenían viva en los corazones. Nosotros por el bautismo, estamos llamados a ser profetas, y anunciar el reino de Dios. Es así que nosotros, en Cristo, somos luz.

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ORACIÓN CON LA CORONA DE ADVIENTO

Primera Semana: Esperanza

Todos hacen la señal de la cruz.
(Las lecturas se pueden repartir de antemano entre la familia, pero es significativo que la cabeza del hogar, tome las lecturas principales):

Líder: "Nuestro auxilio viene en el nombre del Señor"
Todos: "Que hizo el cielo y la tierra"
Líder: "En los días de adviento, recordamos nuestra espera en la liberación del Señor. Siempre necesitamos Su salvación. En torno a esta corona, recordaremos su promesa.

Lectura del profeta Isaías 9:1-2
El pueblo que andaba a oscuras, vio una luz grande.
Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos.
Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría.
Alegría por tu presencia, cual la alegría en la siega,
como se regocijan, repartiendo botín.
"Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".

Líder: Rm. 13, 11-12. "Ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora, nuestra salvación está más cerca, que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas, y pertrechémonos con las armas de la luz"

Bendición de la corona
Líder: Bendícenos Señor, y a esta corona de adviento.
Líder: "Señor Dios nuestro, te alabamos por tu Hijo Jesucristo:
Él es Emmanuel, la esperanza de los pueblos,
La sabiduría, que nos enseña y guía,
El Salvador de todas las naciones.

Señor Dios, que tu bendición descienda sobre nosotros, al encender las velas de esta corona.

Que la corona y su luz, sean un signo de la promesa del Señor, que nos trae salvación.

Que venga pronto, y sin tardanza.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.
Todos: "amen".

Se enciende la primera vela
Líder: "Bendigamos al Señor"
Todos hacen la señal de la cruz, mientras dicen: "Demos gracias a Dios".

Recordamos la virtud de la Fe.

La Anunciación
La Virgen María, como el pueblo judío, esperaba la venida del Salvador; rezaba, leía, meditaba, y guardaba las Sagradas Escrituras en su corazón.
Nosotros nos preparamos, para dar nuestro "Si", unidos a María en la Anunciación.
Tiempo de silencio / Tiempo de intercesión
Padre Nuestro / Ave María.

Oración final: "Dios Todopoderoso y Eterno, aviva en los corazones de tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene, acompañados por las buenas obras, para que colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo.

Todos: "Amén".

Segunda Semana: Paz

Todos hacen la señal de la cruz.
Líder: "Nuestro auxilio viene en el nombre del Señor"
Todos: "Que hizo el cielo y la tierra"

Lectura bíblica: 1Tesalonisenses 5,23-24 "Que el mismo Dios de la Paz, os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche, hasta la venida del Señor Jesucristo. Él que os ha llamado, es fiel y cumplirá sus promesas"
"Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".

Se encienden dos velas
Líder: "Bendigamos al Señor"
Todos hacen la señal de la cruz, mientras dicen: "Demos gracias a Dios".

Recordamos la virtud de la Caridad y de la Esperanza

La Visitación
María fue presurosa a servir a su prima Isabel, ya que el ángel le avisó, que de ella nacería un niño: Juan Bautista. No temió la distancia, y las dificultades. Respondió con un amor que se hace servicio, y que une corazones.

Acción: Es tiempo de ir a servir a los que más nos necesitan, en especial los pobres, los enfermos, y los ancianos

Tiempo de silencio / Tiempo de intercesión
Padre Nuestro / Ave María.

Oración final:
"Señor Todopoderoso y Eterno, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta Él, con sabiduría divina, para que podamos participar plenamente de su vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

Todos: "Amén".

Tercera Semana: Gozo

Todos hacen la señal de la cruz.
Líder: "Nuestro auxilio viene en el nombre del Señor"
Todos: "Que hizo el cielo y la tierra"

Lecturas bíblicas:

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 3,12-13 "Que el Señor os colme, y os haga rebosar de amor mutuo, y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles, ante Dios nuestro Padre”
"Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".

Segunda lectura: Filipenses 4,4-5. "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura, la conozca todo el mundo. El Señor está cerca." "Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".

Se encienden tres velas
Líder: "Bendigamos al Señor"
Todos hacen la señal de la cruz mientras dicen: "Demos gracias a Dios".

A Belén
La Virgen vuelve a viajar, lejos de su familia y amistades, obedece el mandato del emperador... En Belén, ella y San José, no encuentran sino rechazo. Todo parece salir muy mal... Por mucho menos, algunos matrimonios se han divorciado. Pero ellos no pierden la esperanza.

No hay Navidad sin sufrimiento; sin la prueba, y la superación de los egoísmos. La esperanza cristiana, lo vence todo. No es resignación negativa. Hace todo lo posible, para hacer de las situaciones difíciles, lo mejor posible. Pero no pierde de vista a Dios, que se hace presente, en el corazón humilde y fiel.

Tiempo de silencio. / Tiempo de intercesión
Padre Nuestro. / Ave María.

Oración final:
Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe, la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante. Por nuestro Señor Jesucristo.

Todos: "Amén".

Cuarta Semana: Amor

Todos hacen la señal de la cruz.
Líder: "Nuestro auxilio viene en el nombre del Señor"
Todos: "Que hizo el cielo y la tierra"

Lecturas bíblicas:

Primera lectura: Rm 13,13-14 "Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras; nada de lujuria ni desenfreno; nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo". "Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".

Segunda lectura: 2 Tes. 1,6-7 "Es justo a los ojos de Dios, pagar con alivio a vosotros, los afligidos, y a nosotros, cuando el Señor Jesús se revele, viniendo del cielo, acompañado de sus poderosos ángeles, entre las aclamaciones de sus pueblo santo, y la admiración de todos los creyentes." -"Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".
Líder: "Ven, Señor, y no tardes.
Todos: "Perdona los pecados de tu pueblo".

Se encienden las cuatro velas
Líder: "Bendigamos al Señor"
Todos hacen la señal de la cruz, mientras dicen: "Demos gracias a Dios".

Humildad y gloria
El Nacimiento de Jesús

Líder: Lectura del Evangelio según San Lucas (2:6-7)
"Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales, y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento."
"Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".

Meditación: La Virgen y San José, con su fe, esperanza y caridad, salen victoriosos en la prueba. No hay rechazo, ni frío, ni oscuridad, ni incomodidad que les pueda separar, del amor de Cristo que nace. Ellos son los benditos de Dios, que le reciben. Dios no encuentra lugar mejor que aquel pesebre, porque allí, estaba el amor inmaculado que lo recibe.

Nos unimos a La Virgen y San José, con un sincero deseo, de renunciar a todo lo que impide, que Jesús nazca en nuestro corazón.

Tiempo de silencio / Tiempo de intercesión
Padre Nuestro / Ave María.

Oración Final
Derrama Señor, tu gracia sobre nosotros, ya que por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

Todos: "Amén"


Domingo 1 de diciembre

Edmundo Campion S.J. y compañeros


Mártires ingleses
Breve
Sacerdote Jesuita, hijo de un librero católico.

Nació en Londres, el 25 de enero de 1540. Alumno sobresaliente en la Universidad de Oxford, y luego brillante profesor. Se negó a prestar juramento de lealtad religiosa a la Reina, por encima del Papa. Por esa razón, fué torturado en la Torre de Londres, y martirizado como traidor; sus restos fueron diseminados por Londres, como advertencia a todos los católicos.

Junto a San Edmundo, la Iglesia celebra a diez santos mártires, de la Compañía de Jesús, que en los siglos XVI y XVII, en Inglaterra y Gales, fueron muertos por profesar la fe católica, y que fueron canonizados por Pablo VI en 1970.

Tales son: los Santos Edmundo Campion († el 1 de diciembre de 1581), Alejandro Briant († el 1 de diciembre de 1581), Roberto Southwell († el 21 de febrero de 1595), Enrique Walpole († el 7 de abril de 1595), coadjutor Nicolás Oswen († el 2 de marzo de 1606), Tomás Garnet († el 23 de junio de 1608), Edmundo Arrowsmith († el 28 de agosto de 1628), Enrique Morse († el 1 de febrero de 1645), Felipe Evans († el 22 de julio de 1679) y David Lewis († el 27 de agosto de 1679).

Juntamente con ellos, se celebra en este día, a 16 beatos mártires de la Compañía de Jesús, que en la misma persecución, sufrieron el martirio entre 1573 y 1679.

Extracto tomado de MANUEL BRICEÑO J., S. I.
Con una escolta de doscientos soldados, montado en una vieja cabalgadura, las manos atadas a la espalda, los pies ligados bajo el vientre del animal, vuelto el rostro hacía atrás para mayor ignominia, es conducido con un gran cartel en la cabeza que dice: “Este es Campion, el jesuita sedicioso”...

Lo llevan a Londres como criminal. Había sido traicionado... Unas millas antes de llegar, se les comunica la orden de maltratarlo y ridiculizarlo, para deleite de la plebe, y escarmiento de los católicos. Ya se acerca la cabalgata... Delante de todos, el vizconde de Bark, con el bastón blanco de la justicia: en seguida, el padre Edmundo Campion en su viejo rocín; tras él, los otros dos sacerdotes, firmemente atados entre sí.

Es el mes de julio de 1581. Los prisioneros son llevados a la Torre de Londres. Cuatro días más tarde, lo presentan a Dudley, conde de Leicester, en su palacio.

Le interroga el canciller, le hacen preguntas los magistrados; le prometen, en nombre de la soberana, la vida, la libertad, honores, el obispado de Cambridge; sólo esperan que reconozca, la supremacía de la reina, por sobre la pontificia. La conciencia no se lo permite a Campion. Sus respuestas, tienen un tono tan persuasivo, que revelan una vez más al formidable “scholar oxoniense”.

De improviso, se presenta Isabel en persona. El prisionero, se inclina saludando a su reina: "¿Me reconoce como a su legítima soberana?". "Sí, majestad". "¿Cree que el obispo de Roma, tiene poder para deponerme?". "No me toca erigirme en juez, y pronunciar sentencia entre dos partidos, tanto más, cuanto que los más versados en la cuestión, son de pareceros opuestos. Yo quiero dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios".

Lo demás que se dijo en esta entrevista, permaneció en secreto, por expresa voluntad de la reina.

Pero... ¿qué importancia tenía aquel prisionero, que la propia soberana de Inglaterra, venía a interrogarle?. Es muy sencillo de entenderlo. Nuestro Santo tenía inmensa influencia en Oxford, y su declinación del catolicismo, tendría un profundo efecto, en la comunidad universitaria.

El primer encuentro, había acontecido precisamente quince años antes, en 1566. Isabel, con su gran comitiva de cortesanos, aduladores y lacayos, llegaba en su carroza a Oxford, a fin de pasar por primera vez, unos días con su corte, entre los estudiantes de la célebre Universidad.

La visita duró seis días. Las diversiones, los actos académicos, todo se iba desarrollando tranquilamente. El tercer día, correspondió el homenaje a los profesores, entre los cuales fue elegido como "orator", el “scholar” de Oxford más brillante de su generación, un apuesto joven, de sólo veintisiete años de edad: se llamaba Edmundo Campion.

A su alrededor, se agruparon multitud de estudiantes, sobre los que su personalidad amable, ejerció un influjo sabio y comprensivo: sus clases se veían atestadas de oyentes; muchos comenzaron a imitarlo, hasta en su manera de hablar, en sus ademanes, y en su modo de vestir, a los cuales se llamó campionistas... Este era el hombre, que la nueva iglesia anglicana, necesitaba entre sus filas.

Pero Campion, el gran humanista, casi por instinto, rechaza la herejía. Mas para desgracia suya, traba amistad con Richard Cheney, obispo anglicano de Gloucester. Y cede al fin; en el año 1564, presta el juramento anticatólico, reconociendo la supremacía espiritual de Isabel. Más aún, seducido por las promesas del obispo de Gloucester, recibe el diaconado (1568) del obispo hereje.

Al tomar de las manos del falso obispo, semejante distinción, siente aquel infeliz diácono, el acicate mordaz, de su conciencia atormentada. Y su corazón se rebela, y el remordimiento le roe el alma, por la infamia cometida, y pierde la paz; se siente, dice él mismo, como si le hubieran marcado, con "el signo de la bestia"... La crisis interior se desborda, vuelve en sí, se confiesa con un sacerdote católico, y se reconcilia con la Iglesia.

En tales circunstancias, se ve obligado a salir de Oxford, para poner a salvo su vida, y recobrar la tranquilidad de su espíritu. Se refugia en Irlanda. Mas el 12 de febrero de 1570, Su Santidad Pío V, fulmina con la excomunión a la reina Isabel, y sus súbditos quedan liberados, de la obligación moral de obedecerla.

Se expiden entonces contra los católicos, por todo el reino, severísimos edictos. En Dublín, entre los primeros, es denunciado Campion como "papista", y tiene que andar huyendo, hasta que logra volver a Inglaterra.

Llegado a Londres, pasa algunas semanas tranquilo; mas temiendo ser arrestado, se embarca rumbo a Flandes. Llevaban ya varias millas mar adentro, cuando una fragata guardacostas, les da alcance; de todos los pasajeros sólo Campion carece de pasaporte...

Hecho pues prisionero, es devuelto a Dover, para ser remitido a Londres: pero éste se escapa, y acude a unos amigos, que le ayudan a embarcarse de nuevo; y por fin, pasando el Canal, llega al Continente, donde pasará los próximos nueve años.

En el seminario inglés de Douai (Francia), obtiene su grado en Teología, y recibe las órdenes menores, y el subdiaconado. Pero a Campion, le atormenta el recuerdo de aquel diaconado... Y el convertido desconfía de sí, pone su confianza en Aquel que lo conforta; quiere prepararse humildemente, vigorosamente, disciplinadamente. Su corazón, se vuelve hacia la austera disciplina de la obediencia. Sólo así, podrá hacerse digno del verdugo y de la horca, por su Dios.

El 25 de enero de 1573, vestido de peregrino, se dirige a Roma solo, a pie, con la intención de ingresar, en la perseguida y heroica Compañía de Jesús... Recibido en el noviciado, se le destina a la provincia jesuítica de Austria; y cinco años más tarde, el 8 de septiembre de 1578, recibe la unción sacerdotal, en Praga de Bohemia.

El 18 de abril de 1580, con la bendición de Gregorio XIII, sale de Roma una pequeña caravana de misioneros, entre ellos tres jesuitas: Roberto Persons—nombrado superior—y Edmundo Campion, a quienes se añade el hermano Ralph Emerson, como compañero. Llegan a San Omer. Mas el mismo día de la partida de Roma, un espía del Gobierno de Isabel, enviaba al ministro Walsingham, los nombres y señales de los peregrinos.

Así que, sin ellos saberlo, ya en todos los puertos y todos los pasos, están vigilados por espías sagacísimos, para impedir la entrada de ningún jesuíta.

Dondequiera, se ven cartelones con la efigie de Persons y de Campion, enviada desde Roma. Algunos fugitivos ingleses, advierten de urgencia a los Padres, anunciándoles que la vigilancia en Dover es tan grande, que su arresto inmediato parece inevitable.

Mas Persons, se decide por la acción inmediata. A él, que es el superior, y a quien no le falta astucia y franqueza, toca abrir el camino. Aventurará él solo el paso del Canal.

En Londres, aquellos jóvenes que han servido de introductores de Campion, hacen correr secretamente la voz entre los católicos, de su llegada. La noticia causa revuelo. Campion predica sobre el Pontificado.

Las conversiones son múltiples, la sagrada Eucaristía vuelve a fortalecer muchas almas; los sacramentos, los sermones, las palabras de consejo y de aliento, los arrepentidos, las lágrimas, los sabios, los humildes, la nobleza, los estudiantes... la Santa Misa..., todo como en las catacumbas... ¡Cien mil conversiones en un año!

Cuando en hora mala, sabe Isabel y sus ministros, la increíble audacia de los jesuitas, de penetrar en el Reino, ¡cuánta ira, y qué alto precio ponen a sus cabezas!. Y el misionero de Cristo, no tiene otro recurso, que mudar de nombre, de lugar y de apariencia.

El padre Edmundo, acompañado del hermano Emerson, se refugia en York, y en quince días, compone en latín, su más famoso libro, que titula Diez razones por las cuales Edmundo Campion, S. J., se ofreció a disputar con sus adversarios...

Los ejemplares, son repartidos de mano en mano entre los católicos, o abandonados en los sitios públicos, o introducidos en las casas, por debajo de las puertas; lo cual excita tal sensación, que juran los herejes, no descansar hasta dar con aquel jesuita.

Por una traición lo detienen, y lo conducen a Londres, donde será torturado y martirizado.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión, de San Edmundo Campion y compañeros mártires, suscites muchos profesores universitarios católicos, que sepan guiar a sus alumnos, al Reino de los Cielos, con su ejemplo de vida, paciencia, humildad, obediencia hacia Tí, y sabiduría.

Te pedimos también, que nuestra devoción católica, se vea siempre libre de toda ambición política, y que bendigas al Reino Unido de la Gran Bretaña, y a toda Europa, para que vuelvan a ser el faro, de la Fe Cristiana y Católica, en todo el mundo. Te lo pedimos a Tí, que Vives y Reinas por Siempre, por los Siglos de los Siglos. Amén.

domingo, 1 de diciembre de 2019


Domingo 1 de Diciembre

ADVIENTO


Adviento, del latín adventus, llegada o advenimiento. Es el período litúrgico de cuatro semanas, que precede a la Navidad. El primer domingo de adviento, es el comienzo del año litúrgico. El adviento termina el 24 de Diciembre.

"Adviento, es un tiempo litúrgico, que nos invita a detenernos en silencio, para percibir una presencia". S.S. Benedicto XVI

Adviento es un tiempo de espera, pero una espera activa, en la venida del Salvador. Recordamos su primera venida, y avivamos la espera, en la segunda venida del Señor. Es tiempo de oración y penitencia, porque preparamos nuestro corazón, renunciando al pecado. También es tiempo de alegría y esperanza, por la venida de Jesús.

San Juan Bautista, es un gran ejemplo. Fue al desierto a rezar, a meditar la Palabra, a buscar conversión por medio de la penitencia. Dios encontró en él, a un hombre dispuesto para preparar Su camino. Quien no se prepara ante el Señor, no recibirá la gracia de su venida.

San Agustín refiriéndose a María escribió: "Ella concibió primero en su corazón (por la fe), y después en su vientre".

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Meditación de Adviento de Benedicto XVI
Durante la celebración de las vísperas, del primer domingo de Adviento.
Ciudad del Vaticano, 2 de diciembre 2006

Volvamos a escuchar la primera antífona, de esta celebración vespertina, que se presenta como apertura del tiempo de Adviento, y que resuena como antífona, de todo el Año Litúrgico: «Anunciad a todos los pueblos: Dios viene, nuestro Salvador». Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia, a renovar su anuncio a todos los pueblos, y lo resume en dos palabras: «Dios viene». Esta expresión tan sintética, contiene una fuerza de sugestión siempre nueva.

Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado –Dios ha venido– ni el futuro, –Dios vendrá–, sino el presente: «Dios viene». Si prestamos atención, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que siempre tiene lugar: está ocurriendo, ocurre ahora, y ocurrirá una vez más. En cualquier momento, «Dios viene».

El verbo «venir» se presenta como un verbo «teológico», incluso «teologal», porque dice algo, que tiene que ver con la naturaleza misma de Dios. Anunciar que «Dios viene» significa, por lo tanto, anunciar simplemente al mismo Dios, a través de uno de sus rasgos esenciales y significativos: es el «Dios-que-viene».

Adviento invita a los creyentes, a tomar conciencia de esta verdad, y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso, que tiene lugar con el pasar de los días, de las semanas, de los meses: ¡Despierta!. ¡Recuerda que Dios viene!. ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora!. El único verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob» no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros, y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene.

Es un Padre, que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este «venir», se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide, nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Los Padres de la Iglesia, observan que el «venir» de Dios –continuo, y por así decir, connatural con su mismo ser– se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su Encarnación, y la de su regreso glorioso, al fin de la historia (Cf. Cirilo de Jerusalén, «Catequesis» 15, 1: PG 33, 870). El tiempo de Adviento, vive entre estos dos polos. En los primeros días, se subraya la espera de la última venida del Señor, como demuestran también los textos de la celebración vespertina de hoy.

Al acercarse la Navidad, prevalecerá por el contrario, la memoria del acontecimiento de Belén, para reconocer en él, la «plenitud del tiempo». Entre estas dos venidas, «manifestadas», hay una tercera, que San Bernardo llama «intermedia» y «oculta»: tiene lugar en el alma de los creyentes, y tiende una especie de puente, entre la primera y la última.

«En la primera –escribe San Bernardo–, Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en ésta será nuestro descanso y nuestro consuelo» («Disc. 5 sobre el Adviento», 1).

Para la venida de Cristo, que podríamos llamar «encarnación espiritual», el arquetipo es María. Como la Virgen conservó en su corazón, al Verbo hecho carne, así cada una de las almas, y toda la Iglesia, están llamadas en su peregrinación terrena, a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor, siempre renovados.

La Liturgia del Adviento, subraya que la Iglesia da voz, a esa espera de Dios, profundamente inscrita, en la historia de la humanidad; una espera a menudo, sofocada y desviada, hacia direcciones equivocadas. Cuerpo místicamente unido a Cristo Jefe, la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz, de esa espera de Dios.

De una forma que sólo Él conoce, la comunidad cristiana puede abreviar la venida final, ayudando a la humanidad, a salir al encuentro del Señor que viene. Y esto lo hace antes que nada, pero no sólo, con la oración. Las «obras buenas», son esenciales e inseparables a la oración, como recuerda la oración de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre Celestial, que suscite en nosotros «la voluntad de salir al encuentro de Cristo, con las buenas obras».

Desde este punto de vista, el Adviento es más adecuado que nunca, para convertirse en un tiempo, vivido en comunión con todos aquellos –y gracias a Dios son muchos– que esperan, en un mundo más justo y más fraterno.

Este compromiso por la justicia, puede unir en cierto sentido, a los hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos de hecho, están animados por un anhelo común, aunque sea distinto por sus motivaciones, hacia un futuro de justicia y de paz.

¡La paz es la meta a la que aspira toda la humanidad!. Para los creyentes «paz», es uno de los nombres más bellos de Dios, quien quiere el entendimiento, entre todos sus hijos, como he tenido la oportunidad de recordar, en mi peregrinación de estos días pasados a Turquía.

Un canto de paz resonó en los cielos, cuando Dios se hizo hombre, y nació de una mujer, en la plenitud de los tiempos (Cf. Gálatas 4, 4).

Comencemos pues este nuevo Adviento –tiempo que nos regala el Señor del tiempo–, despertando en nuestros corazones, la espera del Dios-que-viene, y la esperanza de que su nombre, sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y que se haga su voluntad, así en el cielo como en la tierra.

Dejémonos guiar en esta espera, por la Virgen María, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos, dentro de unos días como Inmaculada: que nos conceda la gracia, de ser santos e inmaculados en el amor, cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, se alabe y glorifique, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración: Señor concédenos, que nos dejemos guiar en esta espera, por la Virgen María, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días como Inmaculada, y que nos conceda la gracia de ser santos e inmaculados en el Amor, para cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, en el momento de nuestra partida al Reino de los Cielos, y así poder alabarlo allí, por los siglos de los siglos. Amén.