lunes, 6 de mayo de 2019


Segunda Feria, 6 de Mayo

Santo Domingo Savio


(1842-1857)

Patrono de los coros de niños, monaguillo.
"No puedo hacer grandes cosas. Lo que quiero, es hacer aun las más pequeñas, para la mayor gloria de Dios"

“Prefiero morir antes que pecar”

"Esta antorcha es la fe católica, que iluminará a Inglaterra"

Domingo significa: "el que está consagrado al Señor"

Breve
En 1950, el mismo año en que fue canonizada la jovencita María Goretti, mártir de la castidad, tuvo lugar la beatificación de Domingo Savio, confesor de la fe, de catorce años de edad. Su devoción a Jesús Sacramentado, y a la Santísima Virgen María fueron proverbiales. Su canonización tuvo lugar en 1954.

Primeros años y primera comunión
Doménico Savio, nació en San Giovanni da Riva, Reino de Cerdeña, el 2 de abril de 1842;-y voló a los cielos en Mondonio, Reino de Cerdeña, 9 de marzo de 1857.

Cuando tenía solo unos veinte meses, sus padres Carlino Savio y Brígida Gaiato, se trasladaron a Murialdo, donde nacieron sus hermanos. En 1847, su madre lo llevó a la iglesia, siendo párroco Juan Bautista Zucca; allí aprendió a ayudar en misa, como monaguillo.

En febrero de 1849, toda la familia se trasladó a Mondonio. Domingo, con siete años, y una preparación y madurez poco común para su edad, recibió el 8 de abril su primera comunión, en la parroquia de Castelnuovo de Asti. Arrodillado al pie del altar, con las manos juntas, pronunció los propósitos que venía preparando desde hace tiempo, y que quedaron escritos en su devocionario:​

Resoluciones tomadas por mí, Domingo Savio, en el año de 1849, en el día de mi Primera Comunión, a la edad de siete años:

1ª) Me confesaré a menudo, y comulgaré tan frecuentemente como mi confesor lo permita.
2ª) Deseo santificar los domingos y fiestas en forma especial.
3ª) Mis amigos serán Jesús y María.
4ª) Prefiero morir antes que pecar.

En la Vita escrita sobre Domingo Savio, años más tarde, San Juan Bosco afirmó, que esos recuerdos fueron como una especie de guía para sus acciones, hasta el final de su vida. Don Bosco encontraba en ellos, una fórmula sencilla y completa, para la vida cristiana de los jóvenes.​

El maestro que Domingo tuvo en 1853, cuando el niño contaba con once años de edad, se expresó en estos términos:

“Puedo decir que en todo este tiempo, no tuve en mi escuela un muchacho parecido a Domingo, en la amistad con el Señor. Era joven de edad, pero sensato como un adulto. Su dedicación constante al estudio, y su cumplida bondad, atraían el afecto del maestro, y lo hacían amigo de todos”.​

Domingo entra a formar parte de la familia de Don Bosco
Cuando San Juan Bosco, empezó a preparar a algunos jóvenes para el sacerdocio, con objeto de que le ayudaran en su trabajo, en favor de los niños abandonados de Turín, el párroco de Domingo, le recomendó al chico. San Juan Bosco, en el primer encuentro que tuvieron los dos, se sintió muy impresionado, por la evidente santidad de Domingo, quien ingresó en octubre de 1854, en el Oratorio de San Francisco de Sales de Turín, a los doce años de edad.

Uno de los recuerdos imborrables que dejó Domingo en el Oratorio, fue el grupo que organizó en él. Se llamaba la Compañía de María Inmaculada. Sin contar los ejercicios de piedad, el grupo ayudó a Don Bosco, en trabajos tan necesarios, como la limpieza de los pisos, y el cuidado de los niños difíciles.

En 1859, cuando Don Bosco decidió fundar, la Congregación de los Salesianos, organizó una reunión; entre los veintidós presentes, se hallaban todos los iniciadores de la Compañía de la Inmaculada Concepción, excepto Domingo Savio, quien había volado al cielo, dos años antes.

Poco después de su llegada al Oratorio, Domingo tuvo oportunidad, de impedir que dos chicos se peleasen a pedradas. Presentándoles su pequeño crucifijo, les dijo: "Antes de empezar, mirad a Cristo y decid: ‘Jesucristo, que era inocente, murió perdonando a sus verdugos; yo soy un pecador y voy a ofender a Cristo, tratando de vengarme deliberadamente’. Después podéis empezar, arrojando vuestra primera piedra contra mí". Los dos bribonzuelos quedaron avergonzados.

Mucho bien hizo a Domingo, la guía de Don Bosco
Domingo observaba escrupulosamente el reglamento; y por supuesto, a algunos de sus compañeros no les gustó, que el santo quisiese que ellos observasen, el reglamento en la misma forma.

Le llamaban chismoso, y le decían: "Corre a acusarnos con Don Bosco"; con lo cual no hacían sino mostrar, cuán poco conocían al fundador del Oratorio, que no soportaba a los chismosos. Muy probablemente, Santo Domingo reía de buena gana en esas ocasiones, pues era de un espíritu muy alegre, cosa que algunas veces le creó dificultades.

Si Domingo no tenía nada de chismoso, era en cambio, muy hábil para contar cuentos; ello le daba gran ascendiente con sus compañeros, sobre todo con los más jóvenes.

Fue en verdad una feliz providencia de Dios, que Domingo cayese, bajo la dirección de un director tan experimentado como Don Bosco, pues de otro modo, se habría convertido fácilmente, en un pequeño fanático.

Don Bosco alentaba su alegría, su estricto cumplimiento del deber de cada día, y le impulsaba, a participar en los juegos de los demás niños. Así, Santo Domingo podía decir con verdad: "No puedo hacer grandes cosas. Lo que quiero, es hacer aun las más pequeñas, para la mayor gloria de Dios".

"La religión debe ser como el aire que respiramos; no hay que cansar a los niños con demasiadas reglas, y ejercicios de devoción" -solía decir Don Bosco-. Fiel a sus principios, prohibió a Domingo, que hiciese mortificaciones corporales, sin su permiso expreso, diciéndole: "La penitencia que Dios quiere, es la obediencia. Cada día, se presentan mil oportunidades de sacrificarse alegremente: el calor, el frío, la enfermedad, el mal carácter de los otros. La vida de escuela, constituye una mortificación suficiente, para un niño".

Una noche, Don Bosco encontró a Domingo, temblando de frío en la cama, sin más cobertor que una sábana. "¿Te has vuelto loco? -le preguntó- Vas a coger una pulmonía". Domingo respondió: "No lo creo. Nuestro Señor no cogió ninguna pulmonía, en el establo de Belén".

Don Bosco escribe la biografía de Santo Domingo Savio
La fuente más importante, sobre la corta vida de Santo Domingo Savio, es el relato que escribió, el mismo Don Bosco. El santo se esforzó, por no decir nada, que no pudiese afirmar bajo juramento, particularmente por lo que se refiere a las experiencias espirituales de Domingo, tales como el conocimiento sobrenatural del estado espiritual del prójimo, de sus necesidades, y del futuro.

En cierta ocasión, Domingo desapareció durante toda la mañana, hasta después de la comida. Don Bosco le encontró en la iglesia, arrebatado en oración, en una postura muy poco confortable; aunque había pasado seis horas en aquel sitio,

Domingo creía, que aún no había terminado la primera misa de la mañana. El santo joven, llamaba a esas horas de oración intensa, "mis distracciones": "Siento como si el cielo, se abriera sobre mi cabeza. Tengo que hacer, o decir algo, que haga reír a los otros".

San Juan Bosco, relata que las necesidades de Inglaterra, ocupaban un lugar muy especial, en las oraciones de Domingo, y cuenta que en "una violenta distracción", Domingo vio sobre una llanura cubierta de niebla, a una multitud que avanzaba a tientas; entonces se acercó un hombre, cubierto con una capa pontificia, y llevando en la mano una antorcha, que iluminó toda la llanura, en tanto que una voz decía: "Esta antorcha es la fe católica, que iluminará a Inglaterra". A instancias de Domingo, Don Bosco relató el incidente al Papa Pío IX, quien declaró que eso le confirmaba en su resolución, de prestar especial atención a Inglaterra.

Nuestro Señor premió tanto amor, con gracias y carismas singulares. En otra oportunidad, durante la misa, después de comulgar, quedó en éxtasis hasta las dos de la tarde, en que Don Bosco lo sorprendió detrás del altar mayor, elevado del suelo, y con la mirada fija en la parte que daba al tabernáculo. Despertado, preguntó si ya había terminado la misa. Las dulzuras que en estos raptos disfrutaba, no se pueden expresar con palabras.

En sus visitas y en sus comuniones, recibía a veces, mensajes para el Papa, las autoridades, y hasta para el mismo Don Bosco.

Un día, durante el cólera, le sacó urgentemente de su despacho, y lo llevó a través de unas callejas, hasta una buhardilla, donde sin que nadie se hubiera dado cuenta, agonizaba una enferma, la cual así pudo ser asistida en su muerte. Preguntado cómo lo había sabido, miró indefiniblemente a su director, y se echó a llorar. Éste respetó su silencio.

Muere el joven santo
La delicada salud de Domingo empezó a debilitarse, y en 1857 fue enviado a Mondonio, para cambiar de aire. Los médicos diagnosticaron, que padecía de una inflamación en los pulmones, y decidieron sangrarlo, según se acostumbraba en aquella época. El tratamiento no hizo más que precipitar el desenlace.

Domingo recibió los últimos sacramentos, y al anochecer del 9 de marzo, rogó a su padre, que recitara las oraciones por los agonizantes. Ya hacia el fin, trató de incorporarse, y murmuró: "Adiós, papá ... El padre me dijo una cosa ... pero no puedo recordarla . . ." Súbitamente su rostro, se transfiguró con una sonrisa de gozo, y exclamó: "¡Estoy viendo cosas maravillosas!". Esas fueron sus últimas palabras.

La causa de beatificación de Domingo, se introdujo en 1914. Al principio, despertó cierta oposición, por razón de la corta edad del santo. Pero el Papa Pío X consideró, por el contrario, que eso constituía un argumento en su favor, y su punto de vista se impuso. Sin embargo, la beatificación no se llevó a cabo sino hasta 1950, dieciséis años después de la de Don Bosco.

Fuente bibliográfica:
"Vidas de los Santos de Butler", vol. I y partes en letra itálica, procedentes de: "Vidas de Santos (2)", del Padre Eliécer Sálesman, (Santafé de Bogotá: Editorial Centro Don Bosco, 1994).
Ver también enlace santodomingosavio.com.ar

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que suscitaste a Santo Domingo Savio, como ejemplo de Amor y Devoción a tu Santo Nombre, haz que la juventud lo lleve siempre en su corazón, como símbolo de pureza, castidad y obediencia, a tus Sagradas Enseñanzas. A Tí Señor, que nos enseñaste, que si no permanecíamos como niños, nunca entraríamos al Reino de los Cielos. Amén.

domingo, 5 de mayo de 2019


Domingo 5 de mayo

San Ángel, Carmelita y Mártir


(1185-1226)

San Ángel fue un santo católico, nacido en Palestina.

Fue uno de los primeros miembros, de la Orden del Carmelo. Sus padres fueron judíos convertidos al cristianismo, gracias a una aparición de la Santísima Virgen. Desde la infancia, mostró extraordinarios dones para lo espiritual y lo intelectual. A los 15 años, hablaba ya el griego, el latín y el hebreo.

Vivió durante cinco años, en el Monte Carmelo, y viajó a Roma en compañía de otros carmelitas, para obtener del papa Honorio III, la aprobación de la Regla del Carmen, gracia que se obtuvo el 30 de enero de 1226.

En Sicilia, convirtió a muchos con su predicación y milagros, y en Palermo, convirtió a más de 200 judíos. Cuando se encontraba predicando a una multitud, en Locata, fue acuchillado por una banda de malhechores. Herido de muerte, cayó de rodillas, y oró por todo el pueblo, y en particular por los que lo habían herido.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos que a semejanza de San Ángel mártir, podamos nosotros también, perdonar a todos los que nos hayan ofendido y maltratado, a lo largo de nuestra Vida, reconociendo que todos estamos bajo el imperio del pecado, y para así también alcanzar, tu Misericordia ya mismo en este mundo, y en el venidero. A Tí Señor, que nos enseñaste a perdonar, 70 veces 7 cada ofensa, y Vives y Reinas, por los Siglos de los Siglos. Amén.


Sábado 20 de abril

SANTA INÉS DE MONTEPULCIANO
(† 1317)


Taumaturga. Sanadora. Mediadora.

Multiplicó los panes, en innumerables ocasiones

Durante quince años, vivió a pan y agua

Cuerpo Incorrupto


Breve
En Montepulciano, en la Toscana, Santa Inés virgen, que vistió el hábito de las vírgenes a los nueve años, y a los quince, muy a su pesar, fue elegida superiora de las monjas de Procene.

Más tarde, fundó un monasterio, sometido a la disciplina de Santo Domingo, donde dio muestras de una profunda humildad. Multiplicó los panes en innumerables ocasiones. Su Cuerpo permanece Incorrupto.
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Inés Segni, nació el 28 de enero de 1268, en Gracciano, pequeño pueblo en las afueras de Montepulciano. Inés sintió desde pequeña, la fascinación de las cosas espirituales, y durante una visita con sus familiares a Montepulciano, vio a las hermanas «del saco», llamadas así por el rústico saco que vestían.

Con solo nueve años, pidió ser admitida en el convento, donde fue rápidamente acogida. En Montepulciano, permaneció sólo el tiempo necesario, para la formación religiosa básica.

En 1283, los administradores del castillo de Proceno, feudo orvietano (hoy en la provincia de Viterbo), llegaron a Montepulciano para pedir el envío de algunas hermanas a su territorio, e Inés estuvo entre las seleccionadas.

Inés, aunque aun era muy joven, fue nombrada superiora del monasterio, por sus grandes dotes de humildad, y el gran amor por la oración, por el espíritu de sacrificio - durante quince años vivió solo a pan y agua -, y por el ardiente amor a Jesús Eucaristía.

En Proceno, Inés recibió del Señor, el don de hacer milagros: los poseídos quedaban libres, con sólo aproximársele; multiplicó en varias ocasiones el pan, y graves enfermos recobraron la salud. Se dice que el maná, que solía cubrir su manto al salir de la oración, cubrió el interior de la catedral, el día de su profesión religiosa.

Pero en los veintidós años que permaneció en Proceno, no faltaron las tribulaciones: graves sufrimientos físicos, la atormentaron por largos períodos.

En la primavera de 1306, fue llamada a Montepulciano, donde hizo iniciar la construcción de una iglesia, tal como le había pedido la Virgen, en una visión unos años antes, y para lo cual le había entregado tres piedras.

Y en otra visión, esta vez de Santo Domingo, se le pidió que hiciera adoptar a las hermanas, la regla de San Agustín, y que agregara la comunidad a la Orden Dominicana, para la asistencia religiosa y la cura espiritual.

Fueron numerosas las ocasiones, en que Inés intervino en la ciudad como mediadora, y agente de resolución de los conflictos, entre las familias nobles del lugar.

En 1316 Inés, por consejo del médico, y las presiones de las cohermanas, se retiró a Chianciano para curarse en las termas. Su presencia, fue de ayuda para los numerosos enfermos de la localidad, e Inés obró allí muchos milagros, pero la cura termal, no trajo ningún alivio a su enfermedad, que empeoró.

Vuelta a Montepulciano, fue confinada al lecho. Ya al borde de la muerte, Inés invitaba a las hermanas, a que se alegraran, porque era para ella el momento del encuentro con Dios, que ocurrió el 20 de abril de 1317.

Los hermanos y hermanas dominicanos, quisieron embalsamar el cuerpo de Inés, y por este motivo enviaron emisarios a Génova, para adquirir el bálsamo; pero no fue necesario: de las manos y los pies de la santa, destiló enseguida un líquido perfumado, que impregnó los paños que cubrían el cuerpo, e incluso fue posible llenar alguna ampolla. El eco del milagro, atrajo a muchos enfermos, que deseaban ser untados, con el bálsamo milagroso.

Como escribió el beato Raimundo de Capua: a cincuenta años de su muerte, el cuerpo estaba aún intacto, como si Inés hubiera recién muerto, y muchos eran los milagros de curación, que ocurrían en la iglesia -que era conocida como «Iglesia de Santa Inés»-, y la curación ocurría, apenas se hubiese hecho el voto de visitarla. De estos milagros hay públicos registros, hechos por notarios, a partir de pocos meses de la muerte de la santa.

Raimundo de Capua nos habla, como de paso, de la humildad de Inés, desde que a los nueve años, entró en el convento de Montepulciano, de su dulzura, de su obediencia, y de su espíritu de oración.


Santa Catalina de Siena, nacida treinta años después de la muerte de Santa Inés, nos ofrece una visión más entrañable de su santa vida. Desde su infancia, en el ánimo de la Santa de Siena, había ejercido una saludable influencia, y había tenido una irresistible seducción, la santidad de la abadesa de Montepulciano.

Santa Catalina deseó, durante mucho tiempo venerar, el cuerpo incorrupto y taumatúrgico de Inés. Realizó sus deseos por primera vez, en el otoño de 1374. Los prodigios se sucedieron en ésta, y en las siguientes visitas, que a veces se prolongaron bastante tiempo.

Clemente VII, en 1532, permite su culto solemne y público, en la iglesia del monasterio de Montepulciano; y en el año 1601, Clemente VIII extiende el oficio de la Santa, a toda la Orden dominicana.

Conocida en todas partes, llegó el culto de Santa Inés de Montepulciano, hasta el nuevo mundo: en Cuzco, Los Ángeles, Santa Fe, se erigieron monumentos que llevaron su nombre.

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Carta de Santa Catalina de Siena, a sor Cristófora, priora de Montepulciano

Carísima hija en Cristo, dulce Jesús. Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, te escribo en su preciosa Sangre; con deseo de verte a ti y a las demás, seguir las huellas de nuestra gloriosa madre Inés. A este propósito os suplico, y quiero que sigáis su doctrina, e imitéis su vida.

Sabed que siempre os dio, doctrina y ejemplo de verdadera humildad; esta fue en ella la principal virtud. No me maravillo de esto, pues tuvo lo que debe tener la esposa, que quiere seguir la humildad de su esposo. Tuvo ella, aquella caridad increada, que ardía constantemente en su corazón, y lo consumía. Hambreaba almas, y se daba a ellas. Sin interrupción, vigilaba y oraba. De otra suerte, no habría poseído la humildad, ya que no existe ésta sin la caridad: una alimenta a la otra.

¿Sabéis qué fue lo que la hizo llegar a la perfección, de una virtud verdadera?. El haberse despojado libre y voluntariamente, renunciando a sí misma y al mundo, sin querer poseer nada de él. Bien se percató aquella gloriosa virgen, que el poseer bienes terrenos, lleva al hombre a la soberbia; por su causa, pierde la virtud escondida de la verdadera humildad, cae en el amor propio, desfallece el afecto de su caridad; pierde la vigilia y la oración.

Porque el corazón y el afecto, llenos de las cosas terrenas, y del amor propio de sí mismo, no pueden llenarse de Cristo crucificado, ni gustar de la dulzura de verdadera oración. Por lo cual, precavida la dulce Inés, se despoja de sí misma, y se viste de Cristo crucificado. No sólo ella, sino que esto mismo nos llega a nosotros, a ello os obliga y vosotras debéis cumplirlo.

Tened en cuenta que vosotras, esposas consagradas a Cristo, nada debéis retener de vuestro padre terreno, pues lo abandonasteis, para ir con vuestro Esposo, sino sólo tener y poseer los bienes del Esposo eterno.

Lo que pertenece a vuestro padre, es la propia sensualidad que debemos abandonar, llegado el tiempo de la discreción, y de seguir al Esposo, y poseer su tesoro. ¿Cuál fue el tesoro de Jesucristo crucificado?. La cruz, el oprobio, la pena, el tormento, las heridas, los escarnios e improperios; la pobreza voluntaria, el hambre de la honra del Padre, y de nuestra salvación. Digo que si vosotras poseéis este tesoro, con la fuerza de la razón, movida por el fuego de la caridad, llegaréis a las virtudes que hemos dicho.

Seréis verdaderas hijas de la madre, y esposas solícitas y no negligentes; mereceréis ser recibidas por Cristo crucificado: por su gracia, os abrirá la puerta de la vida imperecedera.

No os digo más. Anegaos en la Sangre de Cristo crucificado. Levantad vuestro espíritu con solicitud verdadera, y unión entre vosotras. Si permanecéis unidas, y no divididas, no habrá ni demonio ni criatura alguna, que pueda dañaros ni impedir vuestra perfección. Permaneced en el santo y dulce amor de Dios. Jesús dulce, Jesús amor.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión de Santa Inés de Montepulciano, podamos siempre participar de tu Divino Alimento, y así fortalecer tu Cuerpo Místico, del que formamos parte, todos nosotros. A Tí Señor, que multiplicaste el pan en dos ocasiones, y nos diste tu Cuerpo, como Alimento de Vida Eterna. Amén.

sábado, 4 de mayo de 2019


Sábado 4 de Mayo

Beato José María Rubio Peralta

Confesor


Sacerdote Jesuita, de los suburbios madrileños

(1864-1929)

Su Apostolado y Milagros, fueron conocidos en todo Madrid

Breve
José María Rubio, nació en Dalías, Almería, en 1864.

Ordenado sacerdote en Madrid, en el año 1887, ejerció el ministerio parroquial en Chinchón y Estremeña, siendo más tarde, profesor del Seminario, y Notario de la Curia diocesana.

Ingresó en la Compañía de Jesús, a los 42 años, y después de cinco años de formación, se dedicó por entero a la predicación, la dirección espiritual, y el ministerio de la reconciliación.

Fue un verdadero padre, para los pobres y abandonados, y formó a muchos apóstoles laicos. Murió en Aranjuez, en el año 1929, siendo beatificado por Juan Pablo II, el 6 de octubre de 1985, llamándole el «apóstol de Madrid».
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Anécdotas en vida del Santo
El padre Rubio fue un afamado confesor. Los madrileños, formaban largas colas, teniendo que esperar durante varias horas, para poder confesarse con el padre Rubio.

La visita a un moribundo:
Mientras confesaba, vino una señora, que le dio las señas de un hombre, a quien debía confesar pronto, pues se estaba muriendo. Aquella misma tarde, fue a confesar al moribundo. Las señas eran en un tercer piso, sin ascensor, teniendo que subir fatigosamente aquellas escaleras.

Llamó a la puerta, y preguntó por el caballero: “Soy yo” -le contestó el hombre al abrirle la puerta- “pero creo, que le deben haber gastado una broma, pues ya ve que estoy perfectamente de salud. ¡Vamos hombre!, pase a tomar algo, ya que ha tenido que subir tantos pisos”.

Entrando en el comedor, vio un retrato en la pared, mientras el supuesto moribundo, le servía un refresco. El padre Rubio afirmó, que aquella señora, fue quien le había enviado.

“Ja, ja, ja,”-rió el supuesto moribundo - “Se debe haber fijado mal padre. Pues esa señora, es mi madre, y hace años, Dios se la llevó a su seno. Mire, de todos modos, ya que está aquí, me voy a confesar, porque hace muchos años que no entro en una Iglesia, y así su viaje no habrá sido en balde”. Se confesó, y aquella misma noche, murió santamente.

La costurera:
Una costurera de Madrid, contó en confesión que su padre murciano, odiaba la fe en Dios, y consideraba la religión cristiana, un engañabobos, y mentiras de curas. Ella tenía miedo, de la condenación eterna de su padre. -”No te preocupes, se salvará”, afirmó el padre Rubio.

Estando en unos ejercicios espirituales, predicando el padre Rubio, llegó tarde aquella costurera.

En ese instante, el padre Rubio, calló un momento en su discurso, y afirmó con voz potente. -"En este mismo momento, una de vosotras, acaba de recibir una gracia especialísima. Realmente muy, pero que muy grande. Dentro de unos días, sabrá de qué se trata, y quien de vosotras lo ha recibido. Aquella afortunada, debe agradecérselo a Nuestro Señor Jesucristo ".

Todas las mujeres que allí estaban presentes, tomaron nota de la hora y día, pues era ya famoso por esas profecías, que luego se cumplían. La costurera al cabo de unos días, se enteró de que su padre murciano, había muerto santamente, y que justo, en aquel momento, en que tales palabras pronunció el padre Rubio, estaba confesándose, y recibiendo los últimos sacramentos.

La broma de carnaval:
Pero lo ocurrido el martes de Carnaval de 1924 en Madrid, fue un asunto que corrió en la capital de España, de boca en boca, como la pólvora, por la notable muestra de Santidad del padre Rubio.

Estando unos amigos divirtiéndose, en una casa de prostitutas, decidieron hacerle una broma al padre Rubio.

- Que os parece, si uno de nosotros, se hace pasar por moribundo, le llamamos al padre Rubio, y cuando esté en la habitación, salta de la cama voceando el moribundo, mientras los demás, entramos con las chicas medio desnudas.

-Es una idea estupenda- Agregó uno- Incluso lo podemos mejorar. Mirad, como trabajo en un periódico, le podríamos sacar unas cuantas fotos, y publicarlas en mi columna.¡Os imaginaís el titular!: "el padre Rubio sale de putas en Carnaval". Ja, ja, ja

- Yo me haré pasar de moribundo- Dijo otro de los amigos presentes, mientras bebían.

- Pues iré a buscarle- afirmó el mejor vestido.

-Vale- añadió el periodista- Pues agarraré la cámara, y nos esconderemos con las chicas, para entrar cuando des una voz. Esto va a salir genial.

A la madrugada, un hombre bien trajeado, llamó al convento donde vivía el padre Rubio, suplicando confesión para un moribundo. Pese a la oposición del Superior, fue allí, acompañado de otro jesuita.

Llegó hasta la casa de prostitución, y entró en la habitación; casi al instante, salió enfadado el padre Rubio. - Me tendrían que haber llamado antes, porque ya murió- afirmó.

Ante el estupor de todos los presentes, comprobaron que realmente, no solo estaba muerto, sino también frío. Muchos ingresaron en religión, después de lo ocurrido. En todo Madrid, fue conocido el incidente, pero el padre Rubio, nunca dio demasiado importancia a todo aquello.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que suscitaste como insigne ministro de tu iglesia, a San José María Rubio Peralta, haz que su pureza, sea un aliciente para todos tus ministros, y así perseveren en el camino de la Santidad, llevando a muchas ovejas perdidas, a tu redil. A Tí Señor, que nos constituiste en un pueblo sacerdotal, siendo Tú mismo, Sumo Supremo Sacerdote. Amén.


viernes, 3 de mayo de 2019

Sexta Feria, 3 de Mayo

Santos Felipe y Santiago el Menor


Apóstoles y Mártires

“Ven y los Verás”. San Felipe, Apóstol y Mártir

"Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras, está muerta" (St 2, 26). "Si el Señor lo quiere". Santiago el Menor, Apóstol y Mártir

Felipe era de Betsaida. Fue el que anunció a Natanael, que había encontrado al Mesías. Interviene en el episodio de los peregrinos griegos, gentiles piadosos, que desean ver a Jesús. Es también el que pide al Señor, en el cenáculo, que le muestre al Padre.

Santiago el Menor, Apóstol y Mártir
Apóstol, pariente de Jesús. Llamado "el Menor", para distinguirlo del otro Apóstol Santiago, el hermano de Juan. Fue el primer obispo de Jerusalén, y desarrolló una intensa actividad misionera. Murió mártir en Jerusalén, hacia el año 62. Es autor de una de las Epístolas Católicas que lleva su nombre.
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Anunciado el descubrimiento de la tumba de San Felipe
En Pamukkale, antigua Hierápolis (Turquía), donde falleció el apóstol

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 28 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Los arqueólogos aseguran, que se trata de la tumba del apóstol Felipe, uno de los 12 discípulos que acompañaron a Jesús de Nazaret.

El descubrimiento, ha tenido lugar en Pamukkale, la antigua Hierápolis, en Anatolia Occidental (Turquía), ciudad en la que murió Felipe, tras haber predicado en Grecia y Asia Menor.

El descubrimiento ha sido realizado, por la misión arqueológica italiana, emprendida en 1957, compuesta hoy por un equipo internacional, dirigido desde el año 2000, por Francesco D’Andria, profesor de la Universidad de Salento.

Un resultado importante, en la búsqueda de la tumba de San Felipe, recuerda “L'Osservatore Romano”, ya se había logrado en 2008, cuando el equipo sacó a la luz, la calle procesional que recorrían los peregrinos, para llegar al sepulcro del Apóstol. Ahora se ha logrado esta nueva meta.

“Junto al Martyrion (edificio de culto octogonal, construido en el lugar en el que fue martirizado San Felipe), hemos encontrado una basílica del siglo quinto, de tres naves”, explica el director de la misión.

“Esta iglesia, fue construida en torno a una tumba romana del siglo primero, que evidentemente gozaba de la máxima consideración, dado que más tarde, se decidió edificar a su alrededor, una basílica. Se trata de una tumba en forma de nicho, con una cámara funeraria”.

Poniendo en relación éstos, y otros muchos elementos, “hemos llegado a la certeza, de haber encontrado la tumba del Apóstol Felipe, que era la meta de la peregrinación a ese lugar”, afirma D'Andria.

En el siglo IV, Eusebio de Cesarea, escribió que dos estrellas brillan en Asia: Juan, sepultado en Éfeso, y Felipe “que descansa en Hierápolis”.

La cuestión ligada a la muerte del Apóstol, ha suscitado controversia. Según una tradición antigua, de hecho, no murió martirizado, mientras que los evangelios no canónicos, cuentan que sufrió el martirio bajo los romanos.

ZS11072806 - 28-07-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40043?l=spanish
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6-Septiembre-2006 -- ZENIT.org Servicios de Noticias
BENEDICTO XVI PRESENTA AL APÓSTOL FELIPE



Intervención en la audiencia general del miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 6 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI, durante la audiencia general de este miércoles, celebrada en la plaza de San Pedro, dedicada a presentar la figura del apóstol Felipe.
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Queridos hermanos y hermanas:
Al seguir trazando el semblante de los diferentes apóstoles, como hacemos desde unas semanas, nos encontramos hoy con Felipe. En la lista de los doce, siempre aparece en el quinto lugar (en Mateo 10, 3; Marcos 3, 18; Lucas 6, 14; Hechos 1, 13), es decir, fundamentalmente entre los primeros. Si bien Felipe era de origen judío, su nombre es griego, como el de Andrés, lo que constituye un pequeño gesto de apertura cultural, que no hay que infravalorar.

Las noticias que nos llegan de él, proceden del Evangelio de Juan. Era del mismo lugar del que procedían Pedro y Andrés, es decir, Betsaida (Cf. Juan 1, 44), una pequeña ciudad, que pertenecía a la tetrarquía, de uno de los hijos de Herodes el Grande, quien también se llamaba Felipe (Cf. Lucas 3, 1).

El cuarto Evangelio, cuenta que después de haber sido llamado por Jesús, Felipe se encuentra con Natanael, y le dice: «Ése, del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret» (Juan 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael --«¿De Nazaret puede haber cosa buena?»--, Felipe no se rinde, y responde con decisión: «Ven y lo verás» (Juan, 1, 46).

Con esta respuesta, seca pero clara, Felipe demuestra las características del auténtico testigo: no se contenta, con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo, haga la experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos, cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a Él, para preguntarle dónde vive: Jesús respondió: «Venid y lo veréis» (Cf. Juan 1,38-39).

Podemos pensar que Felipe, nos interpela con esos dos verbos, que suponen una participación personal. También a nosotros, nos dice lo que le dijo a Natanael: «Ven y lo verás». El Apóstol nos compromete a conocer a Jesús de cerca. De hecho la amistad, conocer verdaderamente al otro, requiere cercanía, es más, en parte vive de ella.

De hecho, no hay que olvidar, que según escribe Marcos, Jesús escogió a los doce, con el objetivo primario de que «estuvieran con Él» (Marcos 3, 14), es decir, de que compartieran su vida, y aprendieran directamente de Él, no sólo el estilo de su comportamiento, sino ante todo, quién era Él realmente. Sólo así, participando en su vida, podían conocerle y anunciarle.

Más tarde, en la carta de Pablo a los Efesios, puede leerse que lo importante es, «el Cristo que vosotros habéis aprendido» (4, 20), es decir, lo importante no es sólo, ni sobre todo, escuchar sus enseñanzas, sus palabras, sino conocerle a Él personalmente, es decir su humanidad y divinidad, el misterio de su belleza.

Él no es sólo un Maestro, sino un Amigo, es más, un Hermano. ¿Cómo podríamos conocerle, si estamos lejos de Él?. La intimidad, la familiaridad, la costumbre, nos hacen descubrir la verdadera identidad de Jesucristo. Esto es precisamente, lo que nos recuerda el apóstol Felipe. Por eso, nos invita a «venir» y a «ver», es decir, a entrar en un contacto de escucha, de respuesta, y de comunión de vida con Jesús, día tras día.

Con motivo de la multiplicación de los panes, recibió de Jesús una petición precisa, bastante sorprendente: dónde era posible comprar el pan, que se necesitaba para dar de comer, a toda la gente que le seguía (Cf. Juan 6, 5). Entonces, Felipe respondió con mucho realismo: «Doscientos denarios de pan no bastan, para que cada uno tome un poco» (Juan 6, 7).

Aquí se pueden ver el realismo, y el espíritu práctico del Apóstol, que sabe juzgar las implicancias de una situación. Sabemos qué es lo que pasó después. Sabemos que Jesús tomó los panes, y tras haber rezado, los distribuyó. De este modo, realizó la multiplicación de los panes.

Pero es interesante el hecho, de que Jesús se dirigiera precisamente a Felipe, para tener una primera impresión, sobre la solución del problema: signo evidente, de que formaba parte del grupo restringido que lo rodeaba.

En otro momento, muy importante para la historia futura, antes de la Pasión, algunos griegos se encontraban en Jerusalén, con motivo de la Pascua, «se dirigieron a Felipe… y le rogaron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús» (Juan 12, 20-22). Una vez más, nos encontramos ante el indicio de su prestigio particular, dentro del Colegio Apostólico.

En este caso en particular, realiza las funciones de intermediario, entre la petición de algunos griegos --probablemente hablaba griego, y pudo hacer de intérprete-- y Jesús; si bien se une a Andrés, el otro apóstol de nombre griego, de todos modos los extranjeros se dirigen a él. Esto nos enseña, a estar también nosotros dispuestos, tanto a acoger las peticiones e invocaciones, vengan de donde vengan, como a orientarlas hacia el Señor, pues sólo Él puede satisfacerlas plenamente.

Es importante de hecho, saber que no somos nosotros, los destinatarios últimos de las peticiones de quien se nos acerca, sino el Señor: tenemos que orientar hacia Él, a quien se encuentre en dificultad. ¡Cada uno de nosotros, tiene que ser un camino abierto hacia Él!

Hay otra oportunidad, sumamente particular, en la que interviene Felipe. Durante la Última Cena, después de que Jesús afirmase, que conocerle a Él, significa también conocer al Padre (Cf. Juan 14,7), Felipe, casi ingenuamente, le pidió: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta» (Juan 14, 8). Jesús le respondió, con un tono de benévolo reproche: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me conoces Felipe?».

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?. ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí? […] Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí» (Juan 14, 9-11). Son unas de las palabras más sublimes, del Evangelio de Juan. Contienen una auténtica revelación. Al final del «Prólogo» de su Evangelio, Juan afirma: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Juan 1, 18).

Pues bien, esa declaración, que es del evangelista, es retomada y confirmada por el mismo Jesús. Pero con un detalle. De hecho, mientras el «Prólogo» de Juan, habla de una intervención explicativa de Jesús, a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe, Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender, que sólo se le puede comprender, a través de lo que dice, es más, a través de lo que es Él.

Para darnos a entender, utilizando la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente a partir de ahora, si realmente queremos conocer el rostro de Dios, ¡sólo nos queda contemplar el rostro de Jesús!. ¡En su rostro, vemos realmente quién es Dios, y cómo es Dios!.

El evangelista no nos dice, si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto, es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores («Hechos de Felipe» y otros), nuestro Apóstol, habría evangelizado en un primer momento en Grecia, y después en Frigia, y allí habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que algunos mencionan como crucifixión, y otros lapidación.

Queremos concluir nuestra reflexión, recordando el objetivo, hacia el que debe orientarse nuestra vida: encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en Él al mismo Dios, Padre celestial.

Si falta este compromiso, nos encontraremos sólo con nosotros mismos, como en un espejo, ¡y cada vez nos quedaremos más solos!. Felipe nos invita en cambio, a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con Él, y a compartir esta compañía indispensable. De este modo, viendo, encontrando a Dios, podemos encontrar la verdadera vida.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas.

En inglés, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
El apóstol Felipe, natural de Betsaida como Pedro y Andrés, nos manifiesta las características del verdadero testimonio, cuando en su diálogo con Natanael, no sólo le habla de Cristo, sino que le invita a conocerlo de cerca. En efecto, sólo podremos descubrir la identidad de Jesús, en una relación de amistad con Él.

En otras ocasiones, podemos ver, cómo Felipe gozaba de un cierto prestigio, dentro del Colegio Apostólico. Así, con ocasión de la multiplicación de los panes, Jesús se dirige precisamente a este Apóstol, para tener una primera indicación, sobre cómo resolver aquella necesidad.

También, antes de la Pasión, algunos griegos se acercaron a Felipe, porque querían ver a Jesús. Esto nos enseña a estar siempre dispuestos, a acoger a los demás con sus inquietudes, y a orientarlos hacia el Señor, el único que puede satisfacerlas en plenitud.

En la última Cena, una pregunta de Felipe, dio ocasión a Jesús, para hacer una importante revelación sobre su persona, afirmando que: «quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Es decir, de ahora en adelante, si de verdad queremos conocer el rostro de Dios, no tenemos más que contemplar el rostro de Jesús.

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial a los de Logroño, con el Señor Cardenal, Eduardo Martínez Somalo; a la peregrinación diocesana de Huelva, y a los diversos grupos parroquiales de España. Saludo también a los peregrinos de Colombia, Chile, y de otros Países Latinoamericanos. Os animo, como el apóstol Felipe, a dejaros conquistar por el Señor, invitando también a otros, a participar de su vida y de su amor. ¡Que Dios os bendiga!
[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 28 de junio de 2006
Santiago el Menor


Queridos hermanos y hermanas:
Al lado de Santiago "el Mayor", hijo de Zebedeo, del que hablamos el miércoles pasado, en los Evangelios aparece otro Santiago, que se suele llamar "el Menor".

También él forma parte, de las listas de los doce Apóstoles, elegidos personalmente por Jesús, y siempre se le califica como "hijo de Alfeo" (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 15; Hch 1, 13). A menudo, se le ha identificado con otro Santiago, llamado "el Menor" (cf. Mc 15, 40), hijo de una María (cf. ib.), que podría ser la "María de Cleofás" presente, según el cuarto evangelio, al pie de la cruz, juntamente con la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25).

También él era originario de Nazaret, y probablemente pariente de Jesús (cf. Mt 13, 55; Mc 6, 3), del cual, según el estilo semítico, es llamado "hermano" (cf. Mc 6, 3; Ga 1, 19). El libro de los Hechos, subraya el papel destacado que desempeñaba este último Santiago, en la Iglesia de Jerusalén. En el concilio apostólico, celebrado en la ciudad santa, después de la muerte de Santiago el Mayor, afirmó juntamente con los demás, que los paganos podían ser aceptados en la Iglesia, sin tener que someterse a la circuncisión (cf. Hch 15, 13).

San Pablo, que le atribuye una aparición específica del Resucitado (cf. 1 Co 15, 7), con ocasión de su viaje a Jerusalén, lo nombra incluso antes que a Cefas-Pedro, definiéndolo "columna" de esa Iglesia, al igual que él (cf. Ga 2, 9).

Seguidamente, los judeocristianos, lo consideraron su principal punto de referencia. A él se le atribuye también la Carta, que lleva el nombre de Santiago, y que está incluida en el canon del Nuevo Testamento. En dicha carta, no se presenta como "hermano del Señor", sino como "siervo de Dios, y del Señor Jesucristo" (St 1, 1).

Entre los estudiosos, se debate la cuestión, de la identificación de estos dos personajes, que tienen el mismo nombre, Santiago hijo de Alfeo, y Santiago "hermano del Señor". Las tradiciones evangélicas, no nos han conservado ningún relato, ni sobre uno ni sobre el otro, por lo que se refiere al tiempo, de la vida terrena de Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles, en cambio, nos muestran que un "Santiago", como ya hemos dicho, desempeñó un papel muy importante, después de la resurrección de Jesús, dentro de la Iglesia primitiva (cf. Hch 12, 17; 15, 13-21; 21, 18).

El acto más notable que realizó, fue la intervención en la cuestión de la difícil relación, entre los cristianos de origen judío, y los de origen pagano: contribuyó, juntamente con Pedro, a superar, o mejor, a integrar la dimensión judía originaria del cristianismo, con la exigencia, de no imponer a los paganos convertidos, la obligación de someterse a todas las normas de la ley de Moisés.

El libro de los Hechos de los Apóstoles, nos ha conservado la solución de compromiso, propuesta precisamente por Santiago, y aceptada por todos los Apóstoles presentes, según la cual, a los paganos que creyeran en Jesucristo, sólo se les debía pedir, que se abstuvieran de la costumbre idolátrica, de comer la carne de los animales, ofrecidos en sacrificio a los dioses, y de la "impureza", término que probablemente aludía, a las uniones matrimoniales no permitidas. En la práctica, debían atenerse sólo a unas pocas prohibiciones, consideradas importantes, de la ley de Moisés.

De este modo, se lograron dos resultados significativos y complementarios, que siguen siendo válidos: por una parte, se reconoció la relación inseparable que existe, entre el cristianismo y la religión judía, su matriz perennemente viva y válida; y por otra, se permitió a los cristianos de origen pagano, conservar su identidad sociológica, que hubieran perdido, si se les hubiera obligado a cumplir, los así llamados "preceptos ceremoniales", establecidos por Moisés; esos preceptos ya no debían considerarse obligatorios, para los paganos convertidos.

En pocas palabras, se iniciaba una praxis de recíproca estima y respeto, que a pesar de las dolorosas incomprensiones posteriores, tendía por su propia naturaleza, a salvaguardar, lo que era característico de cada una de las dos partes.

La más antigua información sobre la muerte de este Santiago, nos la ofrece el historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades judías (20, 201 s), escritas en Roma a finales del siglo I, nos cuenta que la muerte de Santiago fue decidida, con iniciativa ilegítima, por el sumo sacerdote Anano, hijo del Anás que aparece en los Evangelios, el cual aprovechó el intervalo entre la destitución de un Procurador romano (Festo), y la llegada de su sucesor (Albino), para decretar su lapidación, en el año 62.

Además del no canónico Protoevangelio de Santiago, que exalta la santidad y la virginidad de María; la Madre de Jesús, está unida a este Santiago, en especial la Carta que lleva su nombre. En el canon del Nuevo Testamento, ocupa el primer lugar entre las así llamadas "Cartas católicas", es decir, no destinadas a una sola Iglesia particular —como Roma, Éfeso, etc.—, sino a muchas Iglesias. Se trata de un escrito muy importante, que insiste mucho, en la necesidad de no reducir la propia fe, a una pura declaración oral o abstracta, sino de manifestarla concretamente con obras de bien.

Entre otras cosas, nos invita a la constancia, en las pruebas aceptadas con alegría, y a la oración confiada, para obtener de Dios el don de la sabiduría, gracias a la cual, logramos comprender, que los auténticos valores de la vida, no están en las riquezas transitorias, sino más bien, en saber compartir nuestros bienes, con los pobres y los necesitados (cf. St 1, 27).

Así, la carta de Santiago, nos muestra un cristianismo muy concreto y práctico. La fe debe realizarse en la vida, sobre todo en el amor al prójimo, y de modo especial, en el compromiso en favor de los pobres. Sobre este telón de fondo, se debe leer también la famosa frase: "Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras, está muerta" (St 2, 26).

A veces esta declaración de Santiago, se ha contrapuesto a las afirmaciones de San Pablo, según el cual somos justificados por Dios, no en virtud de nuestras obras, sino gracias a nuestra fe (cf. Ga 2, 16; Rm 3, 28).

Con todo, las dos frases, aparentemente contradictorias con sus diversas perspectivas, en realidad, si se interpretan bien, se completan. San Pablo se opone al orgullo del hombre, que piensa que no necesita del amor de Dios, que nos previene, y se opone al orgullo de la autojustificación, sin la gracia dada simplemente, y que no se merece. Santiago, en cambio, habla de las obras como fruto normal de la fe: "Todo árbol bueno da frutos buenos" (Mt 7, 17). Y Santiago lo repite, y nos lo dice a nosotros.

Por último, la carta de Santiago, nos exhorta a abandonarnos, en las manos de Dios, en todo lo que hagamos, pronunciando siempre las palabras: "Si el Señor lo quiere" (St 4, 15). Así, nos enseña a no tener la presunción, de planificar nuestra vida, de modo autónomo e interesado, sino a dejar espacio a la inescrutable voluntad de Dios, que conoce cuál es nuestro verdadero bien. De este modo, Santiago es un maestro de vida, siempre actual para cada uno de nosotros.

Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial a los formadores, y alumnos de varios seminarios españoles, a las parroquias, grupos escolares y asociaciones, así como a los peregrinos de Puerto Rico, y de otros países latinoamericanos. Os animo a vivir con esperanza firme, manifestando vuestra fe en el Señor, con obras de caridad, para testimoniar en el mundo, la belleza del amor de Dios. ¡Gracias por vuestra visita!

(En polaco)
Mañana celebraremos la solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo. Estos dos grandes Apóstoles, están unidos por el celo, en el anuncio del Evangelio, el testimonio de fe y la muerte en el martirio. Que la visita a sus sepulcros, fortalezca vuestra comunión con Cristo y con la Iglesia.

(En húngaro)
En la víspera de la fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, recordemos el martirio de estos dos príncipes de los Apóstoles, tan queridos por nosotros. Pidiendo su intercesión, os imparto de corazón, la bendición apostólica.

(En italiano)
(A los participantes en el encuentro organizado por la Familia de don Orione)
Queridos amigos, os agradezco vuestra presencia, y el amor que queréis manifestar, al Sucesor de Pedro, con esta iniciativa. Seguid con fidelidad los pasos de vuestro fundador, y testimoniad el evangelio de la vida, mediante vuestras instituciones y vuestras actividades, especialmente al servicio de las personas débiles y de las que sufren, recordando, como decía don Orione, que "en el más pobre de los hermanos, resplandece la imagen de Dios".

Saludo, como de costumbre, a los jóvenes, a los enfermos, y a los recién casados. Ya hemos entrado en el verano, tiempo de vacaciones y de descanso. Queridos jóvenes, aprovechadlo para útiles experiencias sociales y religiosas; y vosotros, queridos recién casados, para profundizar vuestra misión en la Iglesia, y en la sociedad. Que a vosotros, queridos enfermos, no os falte, tampoco en este tiempo de verano, la cercanía de vuestros familiares.
 
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

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Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que suscitaste a San Felipe, y a Santiago el menor, el deseo de profundizar en el conocimiento de tu Hijo Jesucristo, concédenos el mismo fuego espiritual, y así poder conservarlo en nuestro corazón por toda la Eternidad. A Tí Señor, que eres Camino, Verdad y Vida. Amén.