lunes, 12 de octubre de 2015

Lunes 12 de Octubre
LA VIRGEN DEL PILAR
ZARAGOZA. PROVINCIA DE ARAGÓN, ESPAÑA



Breve
Según una venerada tradición, la Santísima Virgen María se manifestó en Zaragoza sobre una columna o pilar, signo visible de su presencia. Esta tradición encontró su expresión cultural en la misa y en el Oficio que, para toda España, decretó Clemente XII. Pío VII elevó la categoría litúrgica de la fiesta. Este Papa otorgó a todas las naciones sudamericanas la posibilidad de celebrar la misma misa que se celebraba en España.

Historia de la Virgen del Pilar
La tradición, tal como ha surgido de unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo, cuando los apóstoles, fortalecidos con el Espíritu Santo, predicaban el Evangelio. Se dice que, por entonces (40 AD), el Apóstol Santiago el Mayor, hermano de San Juan e hijo de Zebedeo, predicaba en España. Aquellas tierras no habían recibido el evangelio, por lo que se encontraban atadas al paganismo. Santiago obtuvo la bendición de la Santísima Virgen para su misión.

Los documentos dicen textualmente que Santiago, "pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro. Allí predicó Santiago muchos días y, entre los muchos convertidos eligió como acompañantes a ocho hombres, con los cuales trataba de día del reino de Dios, y por la noche, recorría las riberas para tomar algún descanso".

En la noche del 2 de enero del año 40, Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro cuando "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".

Desapareció la Virgen y quedó ahí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron inmediatamente a edificar una iglesia en aquel sitio y, con el concurso de los conversos, la obra se puso en marcha con rapidez. Pero antes que estuviese terminada la Iglesia, Santiago ordenó como presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresarse a Judea. Esta fue la primera iglesia dedicada en honor a la Virgen Santísima.

Muchos historiadores e investigadores defienden esta tradición y aducen que hay una serie de monumentos y testimonios que demuestran la existencia de una iglesia dedicada a la Virgen de Zaragoza. El mas antiguo de estos testimonios es el famoso sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, cuando la santa fue martirizada. El sarcófago representa, en un bajo relieve, el descenso de la Virgen de los cielos para aparecerse al Apóstol Santiago.

Asimismo, hacia el año 835, un monje de San Germán de París, llamado Almoino, redactó unos escritos en los que habla de la Iglesia de la Virgen María de Zaragoza, "donde había servido en el siglo III el gran mártir San Vicente", cuyos restos fueron depositados por el obispo de Zaragoza, en la iglesia de la Virgen María. También está atestiguado que antes de la ocupación musulmana de Zaragoza (714) había allí un templo dedicado a la Virgen.

La devoción del pueblo por la Virgen del Pilar se halla tan arraigada entre los españoles y desde épocas tan remotas, que la Santa Sede permitió el establecimiento del Oficio del Pilar en el que se consigna la aparición de la Virgen del Pilar como "una antigua y piadosa creencia".

Numerosos milagros de la Virgen
En 1438 se escribió un Libro de milagros atribuidos a la Virgen del Pilar, que contribuyó al fomento de la devoción hasta el punto de que, el rey Fernando el católico dijo: "creemos que ninguno de los católicos de occidente ignora que en la ciudad de Zaragoza hay un templo de admirable devoción sagrada y antiquísima, dedicado a la Sta.y Purísima Virgen y Madre de Dios, Sta. María del Pilar, que resplandece con innumerables y continuos milagros".

El Gran milagro del Cojo de Calanda (1640) Se trata de un hombre a quien le amputaron una pierna. Un día más tarde, mientras soñaba que visitaba la basílica de la Virgen del Pilar, la pierna volvió a su sitio. Era la misma pierna que había perdido. Miles de personas fueron testigos y en la pared derecha de la basílica hay un cuadro recordando este milagro.

El Papa Clemente XII señaló la fecha del 12 de octubre para la festividad particular de la Virgen del Pilar, pero ya desde siglos antes, en todas las iglesias de España y entre los pueblos sujetos al rey católico , se celebraba la dicha de haber tenido a la Madre de Dios en su región, cuando todavía vivía en carne mortal.

Tres rasgos peculiares que caracterizan a la Virgen del Pilar y la distinguen de las otras:

1- Se trata de una venida extraordinaria de la Virgen durante su vida mortal. A diferencia de las otras apariciones la Virgen viene cuando todavía vive en Palestina: ¨Con ninguna nación hizo cosa semejante", cantará con razón la liturgia del 2 de enero, fiesta de la Venida de la Virgen.

2- La Columna o Pilar que la misma Señora trajo para que, sobre él se construyera la primera capilla que, de hecho, sería el primer Templo Mariano de toda la Cristiandad.

3- La vinculación de la tradición pilarista con la tradición jacobea (del Santuario de Santiago de Compostela). Por ello, Zaragoza y Compostela, el Pilar y Santiago, han constituido dos ejes fundamentales, en torno a los cuales ha girado durante siglos la espiritualidad de la patria española.

Simbolismo del pilar
El pilar o columna: la idea de la solidez del edificio-iglesia con la de la firmeza de la columna-confianza en la protección de María. La columna es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra, "manifestación de la potencia de Dios en el hombre y la potencia del hombre bajo la influencia de Dios". Es soporte de los sagrado, soporte de la vida cotidiana. María, la puerta del cielo, la escala de Jacob, ha sido la mujer escogida por Dios para venir a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo se han unido en Jesucristo.

Las columnas garantizan la solidez del edificio, sea arquitectónico o social. Quebrantarlas es amenazar el edificio entero. La columna es la primera piedra del templo, que se desarrolla a su alrededor; es el eje de la construcción que liga entre si los diferentes niveles.
María es también la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

Vemos en Exodo 13, 21-22, que una columna de fuego por la noche acompañaba al pueblo de Israel peregrino en el desierto, dirigiendo su itinerario. En la Virgen del Pilar el pueblo ve simbolizada "la presencia de Dios, una presencia activa que, guía al pueblo de elegido a través de las emboscadas de la ruta".


Oración: te pedimos Señor que siempre los pilares de nuestra vida sean siempre tu Divino hijo Jesucristo y su y nuestra Santísima Madre, la Virgen María, para que los frutos de nuestras acciones sean siempre sagrados. Amén.

domingo, 11 de octubre de 2015

Domingo 11 de Octubre

Beato Papa Juan XXIII
(1881-1963)
Papa 259 en la sucesión desde San Pedro


Angelo Giuseppe Roncalli. Nació en Sotto il Monte (Bergamo).
Elegido Papa el 28-X-1958, murió el 3-VI-1963.
Con su bula Humanae salutis proclamó el 21º Concilio Ecuménico Vaticano II. (11-X-1962). Temas del concilio: vida litúrgica, relaciones sociales, la Iglesia y el mundo moderno.
Al morir a su cuerpo se le realizó cierto tratamiento de embalsamamiento para que soportara el velorio y las ceremonias y hay testimonios del médico-científico que lo realizó. Sin embargo es extraordinario el estado de preservación en que se encontró cuando lo exhumaron décadas más tarde...

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS Y TRASLADO DE LA URNA CON EL CUERPO DEL BEATO JUAN XXIII
Homilía del Santo Padre, Juan Pablo II
Domingo 3 de junio de 2001
1. "Se llenaron todos de Espíritu Santo" (Hch 2, 4).
Así sucedió en Jerusalén, en Pentecostés. Hoy, congregados en esta plaza, centro del mundo católico, revivimos el clima de aquel día. En nuestro tiempo, al igual que en el Cenáculo de Jerusalén, la Iglesia está impulsada por un "viento impetuoso". Experimenta el soplo divino del Espíritu, que la abre a la evangelización del mundo.
Por una feliz coincidencia, en esta solemnidad tenemos la alegría de acoger, junto al altar, los venerados restos mortales del beato Juan XXIII, que Dios modeló con su Espíritu, haciendo de él un admirable testigo de su amor. Este venerado predecesor mío falleció hace treinta y ocho años, el 3 de junio de 1963, precisamente mientras en la plaza de San Pedro oraba una gran multitud de fieles, reunidos espiritualmente en torno a su cabecera. A aquella plegaria se une esta celebración, y, a la vez que conmemoramos la muerte de este beato Pontífice, alabamos a Dios que lo dio a la Iglesia y al mundo.
Como sacerdote, como obispo y como Papa, el beato Angelo Roncalli fue docilísimo a la acción del Espíritu, que lo guió por el camino de la santidad. Por eso, en la comunión viva de los santos queremos celebrar la solemnidad de Pentecostés en singular sintonía con él, recordando algunas de sus profundas reflexiones.
2. "La luz del Espíritu Santo irrumpe desde las primeras palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles. (...) El viento impetuoso del Espíritu divino precede y acompaña a los evangelizadores, penetrando en el alma de quienes los escuchan y extendiendo la Iglesia católica hasta los confines de la tierra, transcurriendo a través de todos los siglos de la historia" (Discursos, mensajes y coloquios de Su Santidad Juan XXIII, II, p. 398).
Con estas palabras, pronunciadas en Pentecostés de 1960, el Papa Juan XXIII nos ayuda a captar el incontenible impulso misionero propio del misterio que celebramos en esta solemnidad. La Iglesia nace misionera, porque nace del Padre, que envió a Cristo al mundo; nace del Hijo que, muerto y resucitado, envió a los Apóstoles a todas las naciones; y nace del Espíritu Santo, que infunde en ellos la luz y la fuerza necesarias para cumplir esa misión.
También en su dimensión misionera originaria la Iglesia es imagen de la Santísima Trinidad: refleja en la historia la sobreabundante fecundidad propia de Dios, manantial subsistente de amor que engendra vida y comunión. Con su presencia y su acción en el mundo, la Iglesia propaga entre los hombres este misterioso dinamismo, difundiendo el reino de Dios, que es "justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm 14, 17).
3. El concilio Vaticano II, que el Papa Juan XXIII anunció, convocó e inauguró, fue consciente de esta vocación de la Iglesia. Se puede afirmar que el Espíritu Santo fue el protagonista del Concilio, desde que el Papa lo convocó, declarando que había acogido como venida de lo alto una voz íntima que escuchó en su corazón (cf. constitución apostólica Humanae salutis, 25 de diciembre de 1961, n. 6). Aquella "brisa ligera" se convirtió en un "viento impetuoso", y el acontecimiento conciliar tomó la forma de un nuevo Pentecostés. "Con la doctrina y el espíritu de Pentecostés -afirmó el Papa Juan XXIII- es como el gran acontecimiento del Concilio ecuménico cobra vida y vigor" (Discursos, mensajes y coloquios, p. 398).
Amadísimos hermanos y hermanas, si hoy recordamos ese tiempo singular de la Iglesia es porque el gran jubileo del año 2000 se situó en continuidad con el concilio Vaticano II, recogiendo numerosos aspectos tanto de doctrina como de método. Y el reciente consistorio extraordinario ha reafirmado su actualidad y su riqueza para las nuevas generaciones cristianas. Todo esto constituye para nosotros un nuevo motivo de gratitud con respecto al beato Papa Juan XXIII.
4. En el marco de esta celebración, que a Pentecostés añade un acto solemne de veneración, quisiera subrayar de modo particular que el don más valioso que el Papa Juan XXIII ha dejado al pueblo de Dios es él mismo, es decir, su testimonio de santidad.
También puede aplicarse a su persona lo que él mismo afirmó de los santos, a saber, que cada uno de ellos "es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo" (ib., p. 400). Y al pensar en los mártires y en los Pontífices enterrados en San Pedro, añadía palabras que conmueven al volver a escucharlas hoy: "A veces las reliquias de sus cuerpos se reducen a poco, pero siempre palpita aquí su recuerdo y su oración". Y exclamaba: "¡Oh, los santos, los santos del Señor, que por doquier nos alegran, nos animan y nos bendicen!" (ib., p. 401).
Estas expresiones del Papa Juan XXIII, avaladas por el ejemplo luminoso de su vida, muestran muy bien la importancia de la elección de la santidad como camino privilegiado de la Iglesia al comienzo del nuevo milenio (cf. Novo millennio ineunte, 30-31). En efecto, la generosa voluntad de colaborar con el Espíritu en la santificación propia y en la de los hermanos es condición previa e indispensable para la nueva evangelización.
5. La evangelización requiere la santidad y esta, a su vez, necesita la savia de la vida espiritual: la oración y la unión íntima con Dios mediante la Palabra y los sacramentos; en suma, necesita la vida personal y profunda en el Espíritu.
A este propósito, ¡cómo no recordar también la rica herencia espiritual que nos dejó el beato Juan XXIII en su Diario del alma! En sus páginas se puede admirar de cerca el esfuerzo diario con que él, ya desde los años del seminario, quiso corresponder plenamente a la acción del Espíritu Santo. Se dejó modelar por el Espíritu día a día, tratando con paciente tenacidad de conformarse cada vez más a su voluntad. Aquí reside el secreto de la bondad con que conquistó al pueblo de Dios y a tantos hombres de buena voluntad.
6. Encomendándonos a su intercesión, queremos pedir hoy al Señor que la gracia del gran jubileo se irradie sobre el nuevo milenio mediante el testimonio de santidad de los cristianos. Profesamos con confianza que esto es posible. Es posible por la acción del Espíritu Paráclito que, según la promesa de Cristo, permanece siempre con nosotros.
Animados por una firme esperanza, digamos con las palabras del beato Juan XXIII: "Oh, Espíritu Santo Paráclito, (...) haz fuerte y continua la oración que elevamos en nombre del mundo entero; apresura para cada uno de nosotros el tiempo de una profunda vida interior; impulsa nuestro apostolado, que quiere llegar a todos los hombres y a todos los pueblos. (...) Mortifica nuestra presunción natural, y llévanos a las regiones de la santa humildad, del verdadero temor de Dios y de la generosa valentía. Que ningún vínculo terreno nos impida cumplir nuestra vocación; que ningún interés, por nuestra indolencia, disminuya las exigencias de la justicia; y que ningún cálculo reduzca los espacios inmensos de la caridad en las estrecheces de los pequeños egoísmos. Que en nosotros todo sea grande: la búsqueda y el culto de la verdad; la disposición al sacrificio hasta la cruz y la muerte; y, por último, que todo corresponda a la extrema oración del Hijo al Padre celestial; y a la efusión que de ti, oh Espíritu Santo de amor, el Padre y el Hijo quisieron hacer sobre la Iglesia y sobre sus instituciones, sobre cada alma y sobre los pueblos" (Discursos, mensajes y coloquios, IV, p. 350).
Veni, Sancte Spiritus, veni! Amen

Oración: Señor mío y Dios mío, que por intercesión de tu hijo Juan XXIII, podamos siempre saber renovar santamente nuestra vida, cambiando nuestras concepciones y aspiraciones mundanas por tus divinas inspiraciones. Por nuestro Señor Jesucristo, Vivo y Santo. Amén.


sábado, 10 de octubre de 2015

San Daniel Comboni
(1831-1881)

Obispo, Pionero de un nuevo plan para la misión en África
Fundador de una gran obra Misionera, muy devoto de los Corazones de Jesús y María y de la Cruz.  


Nació en Limone sul Guarda, Brescia (Italia), el 15 de marzo de 1831y fue bautizado el día siguiente. Sus padres, Luigi y Domenica, eran pobres. El jardinero y ella empleada doméstica.  Daniel fue el único que sobrevivió de ocho hijos.

A la edad de 17 años, siendo estudiante de filosofía, hace voto ante su superior de consagrar su vida al apostolado en África central. Se concentra en el estudio de los idiomas. Aprende hebreo, árabe, español, francés, inglés. Más tarde  también el alemán, portugués y llegará a aprender 13 dialectos árabes y algunas lenguas africanas.

El 17 de diciembre de 1854 es ordenado diácono y presbítero el 31del mismo mes. Dos años más tarde su superior don Mazza lo incluye en la expedición misionera al África. Solo le preocupaba dejar a sus padres en muy mala situación económica. Pero los ejercicios espirituales y la dirección espiritual del P. Marani le dan paz y se confía en Dios y en María

A los 27 años llega a Egipto. Desde Asiut les escribe a sus padres sobre sus primeras impresiones del viaje y concluye diciendo: “Les agradezco vivamente el haberme dado el generoso consentimiento para recorrer la carrera de la Misión;…Adiós querido padre, querida mamá; ustedes están y viven siempre en mi corazón. Los amo…, porque supieron hacer una obra heroica, que los grandes del siglo, y los héroes del mundo no saben hacer. Ustedes han obtenido una victoria que les asegurará la felicidad eterna”.

Los misioneros se exponen a muchos peligros, entre ellos las enfermedades. En poco tiempo mueren tres de los que llegaron con él y algunos que trabajaban en África desde hace tiempo, entre ellos el Pro-vicario apostólico P. Ignazio Knoblecher. El mismo Comboni estuvo varias veces a punto de morir a causa de la fiebre. Por esta razón recibe la orden de regresar a Verona.

De regreso en Verona, apenas recuperado, el Padre Mazza le encargó la educación de algunos jóvenes negros que había acogido el Instituto. Continuó preocupándose por el pueblo africano.

Un nuevo plan de evangelización por inspiración de Santa Margarita
El 15 de septiembre del 1864, tiene la oportunidad de asistir al triduo para la beatificación de Margarita María de Alacoque en la Basílica de San Pedro, Roma. El primer día del triduo le viene a la mente “como un rayo”, dice él, “el pensamiento de proponer un nuevo plan para la cristianización de los pobres pueblos negros, cuyos puntos me vinieron de lo alto como una inspiración”.
La idea fundamental de este plan consistía esencialmente en evangelizar África con los mismos africanos, y esta evangelización debía ir unida a la promoción humana y cultural. Al mismo tiempo esta obra no se confiaba a una nación en particular sino que debía “ser católica, no ya española o francesa o alemana o italiana. Todos los católicos deben ayudar a los pobres Negros, porque una nación sola no alcanza a socorrer la raza negra” [Carta a don Goffredo Noecker, 9 Nov. de 1864.]

La Santa Sede se mostró muy interesada en este plan. El 18 de septiembre lo presenta al Cardenal Alessandro Barnabo (Prefecto de Propaganda Fide) y al día siguiente el Papa Pío IX, recibió a D. Comboni en una audiencia y lo alentó a presentar el plan en París, a la Pía Opera de la Propagación de la Fe, prometiéndole de su parte la aprobación . Las últimas palabras del Santo Padre fueron para él una bendición y un aliento: “Labora sicut bonus miles Christi” (Trabaja como buen soldado de Cristo). Inmediatamente sigue los consejos del Papa, y viaja a Turín, Lyon, París, Colonia y Londres para dar a conocer este proyecto.

Nueva Fundación: Los Misioneros Combonianos
Comprende que debe crear una organización específica, dedicada a la evangelización de África ayudado por los propios africanos. El 1 de Junio de 1867 funda en Verona su Instituto de los Misioneros para el África (Misioneros Combonianos) como parte de la Sociedad del Buen Pastor, una Asociación misionera internacional.

En noviembre funda en El Cairo dos Institutos (uno masculino y otro femenino), según la línea trazada en el plan. Dos años después abre una tercera casa en El Cairo destinada a ser escuela con maestras africanas. Mientras, siguen los viajes en Francia, Alemania, Austria e Italia dando testimonio de las dificultades de la misión y de los horrores de la esclavitud en Sudán.

Sin embargo 2 años después de entrar en África tuvo que regresar a Italia. Se había dado cuenta del mayor problema para evangelizar a ese continente: el clima y las enfermedades. El europeo duraba poco en África y el africano no resistía el frío o la vida europea sin desarraigarse. Ideó entonces el “Plan para la regeneración de África” que consistía en establecer misiones, escuelas, hospitales y universidades en lugares estratégicos a lo largo de la costa africana, rodeando todo el continente; lugares templados donde los europeos pudiesen convivir con los africanos.

En esos centros se formarían los futuros cristianos: maestros, enfermeras, religiosas y sacerdotes nativos que luego se internarían en el continente para evangelizar las poblaciones y promover su desarrollo.

El Episcopado
El 8 de julio de 1877 el Papa Pío IX lo nombra Vicario del África central y el 12 de agosto es consagrado obispo.

Siempre la Cruz
En sus escritos, especialmente hacia el final de su vida, Comboni, hace una referencia continua a la Cruz, no solamente respecto a las dificultades materiales de la misión (clima, pobreza, enfermedades) sino más aun a las incomprensiones, malentendidos y calumnias de que fue objeto, provenientes de sus más cercanos colaboradores. 

A esto se sumaba el dolor por la muerte de algunos laicos y sacerdotes misioneros, entre ellos quien había designado como su vicario general. En una de sus últimas cartas escribe: “¡Mi Dios! ¡Siempre Cruz! Pero Jesús, dándonos la Cruz, nos ama; todas estas cruces pesan terriblemente sobre mi corazón; pero nos aumentan la fuerza y el coraje en el combate de las batallas del Señor, porque las Obras de Dios nacieron y crecieron siempre así; así prosperaron; así se consolidaron, y prosiguieron en medio de las muertes, del sacrificio, y a la sombra del salutífero árbol de la Cruz” [Khartum, 3 de octubre de 1881].

De este modo Dios iba completando “Su obra” asociando a Su Hijo Crucificado, un hombre que en la soledad y dureza de la misión le entregaba sus últimas fuerzas. Después de haber “gastado” su vida por anunciar a Cristo y salvar así su tan querida África, muere extenuado de cansancio en Khartum el 10 de octubre 1881 a los 50 años de edad.

Casi 90 años después de su muerte, el Concilio Vaticano II, en el decreto Ad Gentes [Decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia, cap IV, pto. 24.] daba las características que debe tener el misionero: “El que anuncia el Evangelio entre los gentiles dé a conocer con libertad el misterio de Cristo, cuyo legado es, de suerte que se atreva a hablar de El como conviene, no avergonzándose del escándalo de la cruz. Siguiendo las huellas de su Maestro, manso y humilde de corazón, manifieste que su yugo es suave y su carga ligera. Dé testimonio de su Señor con su vida enteramente evangélica, con mucha paciencia, con longanimidad, con suavidad, con caridad sincera y si es necesario, hasta con la propia sangre. Dios le concederá valor y fuerza para que vea la abundancia de gozo que se encierra en la experiencia intensa de la tribulación y de la absoluta pobreza. Esté convencido de que la obediencia es la virtud característica del ministro de Cristo, quien redimió al mundo con Su obediencia”.

Monseñor Comboni fue beatificado por S.S. Juan Pablo II el 17 de marzo de 1996 en la Basílica San Pedro en Roma.

Roguemos al Beato Comboni que nos alcance la gracia de vivir a pleno nuestra consagración “tesoro escondido cuya adquisición no admite lamentos por haber renunciado a todo”[JPII, 10 de Nov. de 1978], para que como él, también nosotros nos animemos a las más grandes empresas confiados solo en Cristo, “y Cristo siempre, y Cristo en todo, y Cristo en todos, y Cristo Todo” (Constituciones N.7).

Santo Tomás de Villanueva
Obispo
(1486 - 1555)


Aun cuando sus padres vivieron en Villanueva de los Infantes, Tomás nació en Fuenllana, el año 1486. Estudió en la universidad de Alcalá, de la que, más tarde, fue maestro preclaro, dada su gran preparación en las ciencias humanas y sagradas. Nombrado arzobispo de Valencia, fue un verdadero modelo de buen pastor, sobresaliendo por su caridad, pobreza, prudencia y celo apostólico.
Murió el 8 de septiembre de 1555, y fue canonizado el año 1658.

Santidad e integridad de vida, virtudes indispensables del buen prelado
De un sermón de santo Tomás de Villanueva sobre el evangelio del buen Pastor
Nuestro Redentor, viendo la excelencia de las almas y el precio de su propia sangre, no quiso dejar el cuidado de los hombres, que tantos sufrimientos le causaron, al solo cuidado de nuestra prudencia, sino que quiere actuar con nosotros. Por eso, dio a los fieles unos pastores, revistiéndolos de unos méritos que no tenían: entre ellos me encuentro yo, sostenido en mi indignidad por su infinita misericordia.

Cuatro son las condiciones que debe reunir el buen pastor.
En primer lugar, el amor: fue precisamente la caridad la única virtud que el Señor exigió a Pedro para entregarle el cuidado de su rebaño. Luego, la vigilancia, para estar atento a las necesidades de las ovejas. En tercer lugar, la doctrina, con el fin de poder alimentar a los hombres, hasta llevarlos a la salvación. Y, finalmente, la santidad e integridad de vida. Ésta es la principal de las virtudes. En efecto, un prelado, por su inocencia, debe tratar con los justos y con los pecadores, aumentando con sus oraciones la santidad de unos y solicitando con lágrimas el perdón de los otros.
En cualquier caso, por los frutos se descubrirán siempre las condiciones indispensables del buen pastor.


Oración Final: Señor mío y Dios mío. Que por intercesión de San Daniel Comboni podamos todos asumir como propia la tarea de evangelización, en el lugar que nos toque, ya sea en la familia, escuela y lugares de trabajo, fundamentalmente basados en nuestra vida coherente y comprometida con tus enseñanzas. Que por los méritos de Santo Tomás Villanueva nos envíes muchos sacerdotes sabios y puros de corazón como tu Divino Hijo. Por los corazones de Jesús y María. Amén.

viernes, 9 de octubre de 2015

Viernes 9 de Octubre
San Abraham
Patriarca, Profeta, Sacerdote


Breve
Abraham es, para la religión judía, cristiana e islámica, el primero de los patriarcas postdiluvianos del pueblo de Israel.
El nombre de «Abraham» significa padre de muchos pueblos y, según el relato del Génesis, Dios se lo impuso a un hombre llamado «Abrán» (o «Abram») en el momento de establecer un pacto con él que incluía su deseo de convertirlo en el origen de un pueblo del que sería su Dios y al que le daría la tierra de Canaán como posesión perpetua.
En Gen 14, Abraham procura obtener el Sacerdocio de Dios, uno de sus mayores anhelos, y quien representa el Sacerdocio según el Orden de Jehová o Sacerdocio del Dios Altísimo es Melquisedec, rey de Salem, quien es Sumo Sacerdote y este le confiere el sacerdocio, aparentemente Lot parece recibirlo también. Con esta investidura, Abraham refuerza su relación con Dios quien le bendice de sobremanera.
Cuando Abraham tiene noventa y nueve años de edad, el Señor se le aparece de nuevo y confirma su pacto con él: Sarai dará a luz a un hijo que será llamado Isaac y la casa de Abraham deberá, a partir de entonces, circuncidarse. Entonces le dice que no se llamará Abram sino Abraham y, dirigiéndose a Sarai, le dice que ya no se llamará así más, sino que su nombre será Sara. Finalmente, y en cuanto a Ismael, dice que engendrará doce príncipes, que se convertirán en una gran nación.
Un rasgo recurrente de la historia de Abraham son los convenios entre él y Dios, que se reiteran y reafirman varias veces. Cuando a Abraham se le dice que abandone la ciudad de Ur Casdim, el Señor promete «Yo haré de ti un gran pueblo».
El personaje de Abraham es conocido por el relato del sacrificio de su hijo Isaac a Dios (Génesis 22:1-19).
Algún tiempo después del nacimiento de Isaac, el Señor ordenó a Abraham que le ofreciera a su hijo en sacrificio en la región de Moriah.
El patriarca viajó durante tres días hasta que encontró el túmulo que Dios le mostró. Ordenó al siervo que esperara mientras que él e Isaac subían solos a la montaña, Isaac llevando la leña en la que sería sacrificado.
A lo largo del camino, Isaac pregunta una y otra vez a Abraham dónde estaba el animal para el holocausto. Abraham respondía que el Señor proporcionaría uno. Justo cuando Abraham iba a sacrificar a su hijo, se lo impidió un ángel y en ese lugar le dio un carnero que sacrificó en lugar de su hijo. Así se dice, «El monte de Yavé provee». Como recompensa por su obediencia recibió otra promesa de una numerosa descendencia y prosperidad. Abraham se abandonó completamente a la Voluntad Divina.

Reflexionemos junto a San Abraham respecto al Abandono de la Propia Voluntad, camino de Comunión con Dios

El Santo Abandono es el acto mas perfecto de amor a Dios que un alma pueda producir... El que da a Dios su voluntad se da así mismo y da todo... Esta es la manera más noble, más perfecta y más pura de amar... Más si el abandono perfecciona las virtudes, perfecciona también la unión del alma con Dios...”[1]

I. Naturaleza:
Consiste en una amorosa, entera y entrañable sumisión y concordia de nuestra voluntad con la de Dios en todo cuanto disponga o permita de nosotros. Cuando es perfecta se le conoce como Santo abandono.” [2]

El abandono en las manos del Señor requiere de sufrimiento, pero debe ser llevado con amor y la confianza que Dios nos esta purificando, para unirnos a El. Esta unión con El no puede darse sino nos despegamos de nosotros mismos, sino curamos nuestro orgullo y no nos sometemos a El con espíritu dócil y con decisión firme a abandonar nuestra voluntad para que El pueda gobernar nuestra vida.

San Ambrosio dice, "el que tiene por su porción a Dios, no debe tener otro cuidado que el de aplicarse a él, y todo cuanto se emplea en otra cosa es un robo que se hace al servicio y culto que se le debe.”[3] Este abandono tiene su fundamento en la caridad.

II. Excelencia:
Lo que constituye la excelencia del santo abandono es la incomparable eficacia que posee para remover todos los obstáculos que impiden la acción de la gracia, para hacer practicar con perfección las más excelsas virtudes y para establecer el reinado absoluto de Dios.”[4]

El Santo abandono es el que después de todo nuestro crecimiento en la vida de virtud, el que acabará de purificar y de despegar nuestra alma para dirigirla completamente a Dios.

III. Necesidad:
La necesidad de entrar por esta vía puede demostrarse por una triple razón:
1. El derecho Divino: a) Somos siervos de Dios. No nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios. b) Somos hijos y amigos de Dios. El hijo debe estar sometido a su Padre, por amor, y la amistad produce la concordia de voluntades.
2. Nuestra utilidad: por la gran eficacia santificadora de esta vía.
3. El ejemplo de Cristo: Toda la vida de Cristo en la tierra consistió en cumplir la voluntad del Padre.”[5]

La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que El quiere que seamos”[6] Nuestro grado de perfección depende del grado de nuestra conformidad con la voluntad divina. La Fe nos hace conocer a Dios y nos muestra la bajeza de nuestra condición humana, más la conformidad a la voluntad de Dios une aún mas directamente e íntimamente nuestra voluntad con la de El, poniendo el alma al servicio completo del Soberano Dueño.

Esta es la vía que mas glorifica a Dios, la que más santifica al alma, la menos sujeta a ilusiones, la que proporciona mayor paz al alma, la que mejor hace practicar las virtudes, la más a propósito para adquirir el espíritu de oración, la más parecida al martirio e inmolación de si mismo y la que asegura en la hora de la muerte.”[7]

IV. La Voluntad de Dios se manifiesta de dos maneras:
1- “La Voluntad de Signo: los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, los consejos, las inspiraciones de la gracia, y, por lo que toca a las comunidades, las Constituciones y las Reglas.”[8]

2-“La Voluntad de Beneplácito: Consiste en someterse a todos los acontecimientos providenciales queridos o permitidos por Dios para nuestro mayor provecho y santificación.”[9]

V- Grados de conformidad con la voluntad de Dios
San Bernardo distingue tres grados, los correspondientes a la perfección Cristiana:
1- El incipiente: Movidos por el temor, lleva la cruz de Cristo pacientemente
2- El proficiente: movido por la esperanza, la lleva con cierta alegría.
3- El perfecto: consumado en la Caridad, se abraza con ella ardientemente.”[10]

VI- Frutos del Santo Abandono
1- Intimidad con Dios. Es el primer fruto que produce el abandono, fundada en una confianza llena de humildad en Dios. Al depositarnos confiadamente como un niño en las manos de su madre, El no nos abandonará, pues El mismo lo dijo en (Mt 19, 14): “Dejad que los niños vengan a mi, y de los que se les asemejan es el reino de los cielos.”

Cuando el hombre está muy penetrado del amor de Dios, y aspira al Señor con toda la extensión de sus deseos, no repara en las cosas visibles, y tiene continuamente delante de los ojos de su alma, de día y de noche, al acostarse y al levantarse, la imagen de aquel objeto amado que quiere y desea.”[11] S. Juan Crisóstomo­

El Santo abandono nos hace reconocer nuestra nada y esperarlo todo de El , dejando que sea El quien conduzca nuestra vida y El que nos lleve a la santidad.

2- Sencillez y libertad. El alma que se abandona a la voluntad de Dios es sencilla, ya este enferma o sana, con tiempo o este ocupada, sea alagada o humillada, lo recibe todo venido de las manos de Dios.

"Grande fuerza alcanza el verdadero amor y el que es perfecta­mente amado, se apodera de toda la voluntad del amante: nada manda tanto como la caridad. Nosotros, si de veras amamos a Cristo, si nos acordamos de que estamos redimidos con su sangre, ya no debemos querer, ni hacer sino lo que sabemos que El quiere.”[12] S. Paulino

El alma encuentra su libertad en cumplir y aceptar lo que Dios le mande. Ya que su libertad consiste en querer todo lo que Dios quiere, sin inclinarse voluntariamente a otro lado, sin detenerse a considerar sus propios deseos, consiente de ante mano en todo lo que le acontezca, de manera que llega un punto en que su voluntad esta tan unida a la de Dios que acepta con gran libertad todo lo que es venido de su parte. El abandono nos libera de los hombres y de nosotros mismos, deseando complacer sólo a Dios.

3- Constancia y sinceridad. "El que ama verdaderamente a Dios debe conservar inviolable­mente este amor en cualquier estado que se halle... Cierto que sería muy poco amor el que solo durase el tiempo que Dios os colma de toda especie de beneficios.”[13] S. Ambrosio

Llegando el alma a confiar tanto en Dios no se engríe si hay triunfos no se abate si hay derrota, pues teniendo todo como venido de Dios se lanza con espíritu fuerte a realizar la voluntad de Dios.

Es vivir la vida en un auténtico desprendimiento, como lo dice San Francisco de Sales No pedir nada, ni rehusar nada.

4- Paz y alegría. La paz y la alegría constituyen aquí en la tierra la verdadera felicidad, y es proporcionada al alma que se abandona completamente a Dios. El alma al estar conforme a la voluntad de Dios encuentra reposo, y aunque este pasando por numerosas pruebas el alma es semejante a un río caudaloso, en que no se turba por muy dura que sea la prueba pues esta consciente que todo es venido de las manos de Dios.

El hecho de saber el alma que esta cumpliendo la voluntad de Dios, la llena de mucha paz y alegría que solo el alma misma puede comprender. El Santo Cura de Ars decia, “La cruz es quien ha dado la paz al mundo, es ella quien ha de traerla a nuestros corazones. Todas nuestras miserias vienen de que no las amamos...”[14]

5- Muerte santa y valimiento cerca de Dios. El Santo abandono nos asegura una buena muerte pues como dice santa Teresita del Niño Jesús: “Yo no he dado a Dios sino mi amor. El me devolverá amor. El cumplirá todos mis deseos en el cielo, porque yo no he hecho jamás mi voluntad en la tierra.”[15]

El alma abandonada a la voluntad de Dios espera la muerte como el momento en que su alma reposará para siempre en los brazos de su Dueño. Abandonada en Dios acepta este momento, sin temor de que el Señor la desamparará.

San Ignacio de Loyola se derretía en lágrimas cada vez que pensaba que la muerte le abriría las puertas del cielo. Tenía tal deseo de unirse a Dios, que, en su última enfermedad, los médicos le prohibieron pensar en la muerte; porque este pensamiento le enardecía tanto, que le hacía palpitar violentamente su corazón, poniendo en peligro su vida”.[16]

Bibliografía

[1] El Santo abandono, Lehodey, pág. 508-509.
[2] Royo Marín Teo. De la Perfección Cristiana. pág. 768
[3] Sentencias de los Santos Padres tomo I pág.78
[4] Teo. De la Perfección Cristiana Royo Marín pág. 771
[5] Teo. De la Perfección Cristiana Royo Marín pág. 771
[6] Santa Teresa del Niño Jesús Historia de un Alma, pág. 15 cap. I
[7] Royo Marín Teo. de la Perfección Cristiana. pág 771
[8] Compendio de la Teología Ascética y Mística Ad. Tanquerey pág. 260
[9] Compendio de la Teología Ascética y Mística Ad. Tanquerey pág. 263
[10] Compendio de la Teología Ascética y Mística Ad. Tanquerey pág. 267
[11] Sentencias de los Santos Padres tomo I pág.10
[12] Sentencias de los Santos Padres tomo I pág.31
[13] Sentencias de los Santos Padres tomo I pág.30
[14] El Santo abandono, Lehodey, pág 533
[15] El Santo abandono, Lehodey, pág 544
[16] Teología de la Salvación, Royo Marín. Pág. 267

Oración Final: Señor mío y Dios mío, que por los méritos de San Abraham podamos siempre abandonarnos a tu Santa Voluntad con alegría y desprendimiento, comprendiendo que sólo seremos verdaderamente libres siendo esclavos de tu Santa Voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, que vive por siempre. Amén.


jueves, 8 de octubre de 2015

Jueves 8 de octubre
SANTA THAIS, LA PENITENTE
(Siglo IV)


Breve
Santa Thais fue una cortesana egipcia, convertida al cristianismo, que vivió en la Alejandría romana y en el desierto egipcio, actualmente venerada como santa por coptos, católicos y ortodoxos.

Fray Justo Pérez de Urbel nos relata lo siguiente:
El calendario nos presenta en este día a la inocencia nunca perdida luchando en el amor a Cristo y en el afán de penitencia con la inocencia recobrada.
Por un lado, la santa escandinava Brígida de Suecia, gloria de la corte de San Olaf, princesa por la sangre, reina por el espíritu sediento de lejanías terrenas y celestes, peregrina infatigable, que después de encerrar a su marido en un claustro para trasladarle desde allí a la gloria, baja de las nieves septentrionales, recorre la Europa central, llega hasta el fin de la tierra para visitar el sepulcro de Santiago, tuerce de dirección y penetra en el Oriente, siguiendo los caminos de su divino Crucificado, vuelve a fijar su residencia en Roma y sigue la corte de los pontífices, dejando volar a la vez su espíritu por los infinitos espacios de la teología y de la mística en maravillosas revelaciones, cuyo relato trae hasta nosotros el varonil aliento de aquella alma inquieta y apasionada (1302-1372).
Pero al lado de Brígida, margarita perenne entre los hielos del Norte, aparece la rosa de Alejandría, que después de marchitarse al contacto abrasador de los fuegos del desierto, vuelve a renacer más bella bajo la caricia de los aires de la gracia. Es Thais, la bella pecadora, que despertaba gérmenes de tentación hasta en los carcomidos anacoretas de la Tebaida.
Su nombre ilustra las hagiografías antiguas y los X, siglo de hierro y de oscuridad, una monja alemana, Roswita, hacía de ella la protagonista de una de sus producciones dramáticas, y frente a ella colocaba la figura austera del santo anacoreta, galán afortunado, que lograba dominar aquel veleidoso corazón.
Serapión estaba triste al ver las almas que caían en las redes de la cortesana alejandrina; pero he aquí que deja su túnica de piel de oveja y su cilicio metálico, se lava por primera vez desde hace muchos años, derrama sobre su cabeza el bálsamo hecho de resinas y flores maceradas, cubre su cuerpo con una brillante túnica de escarlata, se echa al cuello una cadena de oro, y apoyándose en su bastón de puño de marfil, emprende la marcha en dirección a la ciudad.
Thais vive en la inmensa plaza donde se juntan las dos calles principales, de sesenta metros de anchura. Su casa es elegante y señorial: pórtico de columnas y capiteles, amplio peristilo, en cuyo centro se esconden, entre palmeras, deliciosos rincones adornados y perfumados por los rosales, los terebintos y los miosotis; largos senderos de mullidas alfombras polícromas, lo más exquisito de las fábricas de Egipto y Capadocia.
Serapión los pisa confiado, como si no hubiera pasado lo mejor de su vida lejos del contacto con los hombres. Una fuerza interior le guía. No ha dudado, ni ha temblado siquiera, cuando poco antes de pisar los umbrales, unos muchachos le han ponderado la seducción irresistible de la cortesana.
Hele, al fin delante de la mujer terrible. La mira sin vacilar, clavando en los ojos de ella sus ojos profundos, acostumbrados a las lejanías de los cielos y de los desiertos. Por vez primera, Thais se acobarda delante de un hombre.
¿Quién es este desconocido enigmático? dice, volviendo la mirada, con un gesto de turbación y desprecio a la vez.
Soy un hombre que te ama—dice el falso galán.
¡Bah!—musita ella—; eso mismo me dicen todos.
Pero sólo yo te lo digo sin engaño. ¡Oh Thais, Thais! ¡Qué viaje tan largo he tenido que hacer sólo por tener la dicha de hablar contigo; de verte, de gozar este momento único!
Estas palabras habían despertado una gran curiosidad en la bella alejandrina. Este hombre, pensaba, no es un hombre vulgar; tal vez un príncipe lejano; tal vez un poeta famoso, peregrino de aventuras...
Ella, que despreciaba a los hombres, no importándole más que su dinero y su adulación, preguntaba ahora casi vencida:
Pero ¿quién eres tú? ¿Cuál es el secreto de tu vida?
Bien dices—respondió el solitario—; tengo cosas muy íntimas que decirte.
Y como en este momento se oyese allí cerca el rumor que levantaba el ir y venir de los esclavos, añadió:
¿No podríamos ir a otro lugar más retirado?
Ven—dijo Thais levantándose y cogiendo a su huésped del brazo—; aquí tengo una salita muy mona y recogida, que sólo dos conocemos: Dios y yo.
¡Dios! ¿Pero tú crees que Dios la conoce también?
Así debe ser, pues dicen que no se le oculta nada.
No entiendo; pero si Dios lo ve todo, debe importarle muy poco lo que hacen los hombres, bueno o malo.
Precisamente los filósofos y los obispos enseñan todo lo contrario.
Por estas palabras comprendió el solitario toda la inconsciencia de aquella mujer y el verdadero estado de su alma. La suya se llenó de angustia y compasión, y no pudo retener un grito que salía de lo más profundo de su alma.
¡Oh Cristo!—exclamó—. ¡Cuán grande es la benignidad de tu paciencia con nosotros! Ves pecar a los que te conocen, y sin embargo, aguardas, aguardas para no perdernos.
Había cambiado de color, su voz temblaba y sus ojos estaban llenos de lágrimas.
¡Desgraciada!—continuó—. Tu locura me da miedo. Lloro tu perdición. Sabes todas esas cosas, y no cesas de arrastrar las almas a la muerte.
Pero ¿tú quién eres? ¿A qué has venido aquí? ¿Por qué me atormentas?
Así preguntaba la pobre mujer, sin acabar de comprender todavía. Temblaba, vacilaba. Serapión la veía próxima a rendirse; y continuó su obra, más esperanzado, hablando del miedo del infierno, de las dulzuras del amor de Dios, de la vanidad de los bienes terrenos.
Su voz pasaba de las blandas inflexiones del amor a los terribles apóstrofes de la indignación. Sus ojos relampagueaban al describir las sendas dolorosas del pecado. La pecadora no pudo resistir. Deshecha en lágrimas, temblando como una hoja, cayó a sus pies exclamando:
Tú eres un enviado de Dios; habla, dime lo que tengo que hacer...
Huir—dijo el solitario—, hacer penitencia, esconderte de tus amadores.
Huiré, haré cuanto dices; pero déjame una hora para disponer de estas riquezas.
No te preocupes por ellas; ya habrá quien las recoja.
No es que quiera recogerlas o dárselas a los amigos; ni los pobres mismos deben participar de ellas, porque son el precio del pecado.
Poco después, la gran ciudad, acostumbrada a todas las novedades, veía el más extraño espectáculo. En la gran plaza se alzaba una pira inmensa. Sedas de la India, púrpuras y espejos de la Fenicia, ánforas de Cádiz y Sagunto, tapices de Siria, alhajas, pulseras, anillos, muebles de maderas preciosas, collares de perlas y brillantes, alfileres y ajorcas de oro, clámides y muselinas estatuas y pinturas, todo ardía, pintando el azul del cielo de rojizos resplandores. Los curiosos se aglomeraban alrededor de las llamas, diciendo burlones:
La famosa cortesana se ha vuelto loca.
Entretanto, Thais entraba en un trirreme y se alejaba de Alejandría siguiendo el curso del Nilo. Allá, en el fondo de la Tebaida, conocía Serapión un convento de mujeres adonde no llegaban los ruidos mundanos. En él dejó a la bella alejandrina meditando sólo ideas de penitencia.
Abrió en el muro de la basílica un agujero le volvió a tapiar, y allí dejó a su discípula, sin más que un pequeño ventanillo para comunicarse con el mundo que ella tanto había amado.
La pobre mujer, acostumbrada a la libertad y a los regalos, temblaba al entrar en aquella cárcel oscura, pero tan firme había sido su resolución, que ni el recuerdo de los placeres perdidos ni la perspectiva de la espantosa soledad, pudieron hace vacilar un momento su espíritu.
Allí quedó abandonada a su tristeza y a la misericordia de Dios. Su alma estaba en llagas por efecto de la contrición. Sus ojos eran dos fuentes de lágrimas. El sueño huía de ellos, ahuyentado por las alas negras del cuervo de la inquietud. Ya no le importaba lo que había dejado y quemado: sólo su felicidad eterna la preocupaba. Lloraba y rezaba, sin atreverse a levantar aquellos ojos que lanzaran flechas de fuego por las calles de la ciudad. Su oración era siempre la misma. Dolorida, humilde, temblorosa, clamaba si cesar: "¡Oh Tú que me criaste, ten compasión de mi!"
La misma incertidumbre atormentaba a Serapión en su choza lejana. Muchas veces pensaba en su cautiva ¿Qué será de ella? ¿Habrá lavado ya las manchas de sus pecados? Pero he aquí que llega un discípulo suyo y dice:
Padre, he tenido una visión. Había en el Cielo un lecho adornado de paños blanquísimos. Cerca de él, y como guardándole, estaban cuatro vírgenes hermosísimas. Encima, una claridad apacible, de la cual yo no podía apartar los ojos, "Nadie más digno de esta gloria, decía yo en mi interior, que Serapión, mi padre y maestro."
--No, hijo mío—dijo el anacoreta—, tu padre no es digno de tanta ventura. Estoy oyendo una voz que me dice: Esa gloria la destina Dios a Thais, la meretriz...
Habían pasado tres años, tres años de lágrimas y penitencias, cuando, una tarde, la reclusa oyó que la decían desde fuera:
Thais, hija mía; ábreme el ventanillo, que quiero hablarte.
¿Quién es? ¿Quién se acuerda de mí?
Soy Serapión, tu padre; vengo a que me hables de la historia de tu vida y del fervor de tu arrepentimiento.
Sólo sé decir que no he hecho nada digno de Dios. Recogía como en un ramillete mis innumerables pecados, y los ponía delante de mis ojos, pensando en los suplicios del infierno.
Y Dios te ha perdonado, hija mía.
Dijo el monje con tal seguridad estas palabras, que la santa emparedada tuvo súbitamente la certidumbre del perdón divino.
Su frente se ilumino, una oleada de agradecimiento inundó su mirada, y su corazón se ensanchaba con una felicidad que no había sentido en los días de sus mayores triunfos.
Tan grande fue la alegría que aquel cuerpo gastado por la penitencia y por el tormento interior de la lucha del espíritu consigo mismo ya no pudo resistir más. Los labios de la santa purificados ya por el fuego de las jaculatorias, pudieron aún repetir una vez más su oración favorita "¡Oh Tú que me creaste, ten compasión de mi!"'
No lejos del Nilo, en los alrededores de Antinoé, la ciudad del emperador Adriano, se encontró a principios de este siglo la tumba de Serapión el anacoreta. Su momia aparecía cubierta del tosco sayal oscuro y acompañado de las pesadas cadenas con que quiso martirizarse en la vida.
Del cuello le colgaba un feo collar de hierro sosteniendo una cruz. Bajo una bóveda cercana reposaba la momia de una mujer. La durmiente había querido presentarse a Cristo con los mejores atavíos de los días de fiesta, guiada por aquel mismo pensamiento que hacía decir a San Macario: "Guardo mi vestido nuevo para comparecer delante del Señor."
Viste una túnica inferior de lino, guarnecida en los bordes de una banda de terciopelo azul con dibujos de flores de un color pálido oscuro. Sobre la túnica, un manto de lana amarillo, adornado de franjas de seda con medallones, arabescos y hojas estilizadas de tonos mortecinos.
Los pies se esconden en pequeñas sandalias de cuero, con realces de filigranas doradas, entre las cuales campea la cruz, y los cabellos en una amplia gasa de color carmín, que cuelga holgadamente por la espalda.
Cubriendo el rostro de la yacente había un canastillo de mimbre, que nos recuerda la costumbre primitiva de colocar la sagrada Eucaristía en los sepulcros, según aquellas palabras de San Jerónimo: "Nadie es más dichoso que aquel que guarda el cuerpo del Señor en un cestillo de mimbres."
Sus manos sostenían una rosa de Jericó, la anastásica, la flor que resucita como Jesús, símbolo de la inmortalidad. Unas tablitas de madera y de marfil, taladradas con muchos agujeros, descansaban sobre el pecho. Era un instrumento para llevar la cuenta exacta, de las oraciones: un rosario. Cerca de ellas, una cruz ansada, que en el viejo Egipto era una figura de la vida y del eterno renacimiento; y bajo cada uno de los brazos, tocando la frente con las extremidades, dos palmas, símbolo clásico de gloria y de renovación. A un lado del nicho se leía esta inscripción en letras rojas:
"Aquí descansa Thais, la bienaventurada."

FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL