sábado, 26 de diciembre de 2020

 26 de diciembre

San Esteban

Protomartir

Patrono de los talladores de piedra

Su legado es que la caridad, y el anuncio del Evangelio, van siempre juntos. La Cruz ocupa siempre un lugar central, en la vida de la Iglesia, y también debe hacerlo en nuestra vida personal”. Benedicto XVI

«Estoy viendo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre, que está de pie a la diestra de Dios»

«Todos los del tribunal, al observarlo, vieron que su rostro brillaba, como el de un ángel»

Breve

Esteban era de origen judío. Su nombre significa: "coronado" (Esteb: corona). Dió honra a su nombre, coronando su vida con el martirio. Se le llama "protomartir", porque tuvo el honor de ser el primer mártir, que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.

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Se desconoce por completo su conversión al cristianismo. La Santa Biblia se refiere a él, por primera vez, en los Hechos de los Apóstoles. Narra que en Jerusalén, hubo una protesta de las viudas helenistas (de origen griego).

Las viudas decían, que en la distribución de la ayuda diaria, se les daba más preferencia a los que eran de Israel, que a los pobres del extranjero. Cuando esa comunidad creció, los Apóstoles, para no dejar su labor de predicar, confiaron el servicio de los pobres, a siete ministros de la caridad, llamados diáconos (que significa "ayudante", "servidor", grado inmediatamente inferior al sacerdote).

Estos fueron elegidos por voto popular, por ser hombres de buena conducta, llenos del Espíritu Santo, y de reconocida prudencia. Los elegidos fueron Esteban, Nicanor y otros.  

Esteban, además de ser administrador de los bienes comunes, no renunciaba a anunciar la buena noticia. La palabra del Señor se difundió, y el número de discípulos, se multiplicó extraordinariamente en Jerusalén; también un gran número de sacerdotes judíos, se convirtieron.

Esteban hablaba de Jesucristo, con un espíritu tan sabio, que ganaba los corazones, y los enemigos de la fe, no podían hacerle frente. Al ver los ancianos, la influencia que ejercía sobre el pueblo, lo llevaron ante el Tribunal Supremo de la nación, llamado Sanedrín, y recurriendo a testigos falsos, lo acusaron de blasfemia contra Moisés y contra Dios.

Éstos afirmaron que Jesús iba a destruir el templo, y a acabar con las leyes, puesto que Jesús de Nazaret, las había sustituido por otras. Todos los del tribunal, al observarlo, vieron que su rostro brillaba como el de un ángel. Por esa razón, lo dejaron hablar, y Esteban pronunció un poderoso discurso, recordando la historia de Israel.

Contenido del discurso de Esteban: (Hechos 7, 2-53)

Demostró que Abraham, el padre y fundador de su nación, había dado testimonio, y recibido los mayores favores de Dios, en tierra extranjera; que a Moisés se le mandó hacer un tabernáculo, pero se le vaticinó también, una nueva ley, y el advenimiento de un Mesías; que Salomón construyó el templo, pero nunca imaginó que Dios, quedase encerrado en casas, hechas por manos de hombres.

Afirmó que tanto el Templo, como las leyes de Moisés, eran temporales y transitorias, y debían cederle el lugar, a otras instituciones mejores, establecidas por Dios mismo, al enviar al mundo al Mesías.

Demostró no haber blasfemado contra Dios, ni contra Moisés, ni contra la ley o el templo; que Dios se revela también fuera del Templo. Confrontó a sus acusadores con estas palabras: (Hch 7, 51-54).

¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos!. ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo!. ¡Como vuestros padres, así vosotros!. ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres?. Ellos mataron, a los que anunciaban de antemano, la venida del Justo, de Aquel a quien vosotros, ahora habéis traicionado y asesinado; vosotros que recibisteis la Ley, por mediación de ángeles, y no la habéis guardado”.

La reacción de Esteban y sus enemigos, pone en relieve, que se trata de una batalla espiritual, cada bando con sus características propias: Dios y el demonio (54-60)

Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia, y rechinaban sus dientes contra él. Pero él (Esteban), lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo, y vio la gloria de Dios y a Jesús, que estaba de pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre, que está de pie, a la diestra de Dios

Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos, y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad, y empezaron a apedrearle. Los testigos, pusieron sus vestidos, a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» Después dobló las rodillas, y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y diciendo esto, se durmió.


Martirio de San Esteban

Bernardo Daddi

La violencia contra Esteban, se propagó contra toda la Iglesia (Hch 8,1-3)

Saulo aprobaba su muerte. Aquel día, se desató una gran persecución, contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, a excepción de los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria.

Unos hombres piadosos, sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Entretanto, Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza a hombres y mujeres, y los metía en la cárcel.

Las circunstancias del martirio, indican que la lapidación de San Esteban, no fue un acto de violencia de la multitud, sino una ejecución judicial. De entre los que estaban presentes, consintiendo su muerte, estaba uno llamado Saulo, el futuro Apóstol de los Gentiles, quien supo aprovechar posteriormente, la semilla de sangre, que sembró aquel primer mártir de Cristo.

Los restos de Esteban, fueron encontrados por el sacerdote Luciano, en Gamala de Palestina, en diciembre del año 415. El hallazgo suscitó gran conmoción, en el mundo cristiano. Las reliquias se distribuyeron por todo el mundo, lo cual contribuyó a propagar el culto de San Esteban, obrando Dios numerosos milagros, por la intercesión del protomártir.

San Evodio, obispo de Uzalum en África, y San Agustín, dejaron descripción de muchos de los milagros. San Agustín dijo en un sermón: "Bien está, que deseemos obtener por su intercesión, los bienes temporales, de suerte que imitando al mártir, consigamos finalmente los bienes eternos".

Ciertamente, la misión principal del Mesías, no es remediar los males temporales, pero a pesar de ello, durante su vida mortal, Jesús sanó a los enfermos, liberó a los posesos, y socorrió a los miserables, a fin de darnos pruebas sensibles de su amor, y de su poder divino. Las sanaciones físicas son además, una señal de la obra de sanación espiritual, que Jesús hace. Sabemos que, aunque no otorgue una sanación física, siempre sana los corazones que a Él se abren.

La fiesta de San Esteban, siempre fue celebrada inmediatamente después de la Navidad, para que el protomártir fuese lo más cercano, a la manifestación del Hijo de Dios.

Antiguamente se celebraba una segunda fiesta de San Esteban, el 3 de agosto, para conmemorar el descubrimiento de sus reliquias, pero por un Motu Propio de Juan XXIII, fechado el 25 de julio de 1960, esta segunda fiesta fue suprimida del Calendario Romano.

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San Esteban
Benedicto XVI, 10 enero 2007 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas: 

Después de las fiestas, volvemos a nuestras catequesis. Había meditado con vosotros, en las figuras de los doce Apóstoles, y de San Pablo. Después habíamos comenzado a reflexionar, en otras figuras de la Iglesia naciente. De este modo, hoy queremos detenernos, en la persona de San Esteban, festejado por la Iglesia, el día después de Navidad. San Esteban, es el más representativo de un grupo de siete compañeros.

La tradición ve en este grupo, el germen del futuro ministerio de los «diáconos»; si bien hay que destacar, que esta denominación, no está presente en el libro de los «Hechos de los Apóstoles». La importancia de Esteban, en todo caso, queda clara, por el hecho de que Lucas, en este importante libro, le dedica dos capítulos enteros.

La narración de Lucas, comienza constatando una subdivisión, que tenía lugar dentro de la Iglesia primitiva de Jerusalén: estaba formada totalmente por cristianos de origen judío, pero entre éstos, algunos eran originarios de la tierra de Israel, y eran llamados «hebreos», mientras que otros procedían de la fe judía en el Antiguo Testamento de la diáspora, de lengua griega, y eran llamados «helenistas».

De este modo, comenzaba a perfilarse el problema: los más necesitados entre los helenistas, especialmente las viudas, desprovistas de todo apoyo social, corrían el riesgo de ser descuidadas, en la asistencia de su sustento cotidiano.

Para superar estas dificultades, los Apóstoles, reservándose para sí mismos, la oración y el ministerio de la Palabra, como su tarea central, decidieron encargar a «a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu, y de sabiduría» para que cumplieran con el encargo de la asistencia (Hechos 6, 2-4), es decir, del servicio social caritativo.

Con este objetivo, como escribe San Lucas, por invitación de los Apóstoles, los discípulos eligieron siete hombres. Tenemos sus nombres. Son: «Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los Apóstoles, y habiendo hecho oración, les impusieron las manos» (Hechos 6,5-6). 

El gesto de la imposición de las manos, puede tener varios significados. En el Antiguo Testamento, el gesto tiene sobre todo, el significado de transmitir un encargo importante, como hizo Moisés con Josué (Cf. Números 27, 18-23), designándolo así como a su sucesor.

Siguiendo esta línea, también la Iglesia de Antioquía, utilizará este gesto, para enviar a Pablo y Bernabé, en misión a los pueblos del mundo (Cf. Hechos 13, 3). A una análoga imposición de las manos sobre Timoteo, para transmitir un encargo oficial, hacen referencia las dos cartas, que San Pablo le dirigió (Cf. 1 Timoteo 4, 14; 2 Timoteo 1, 6).

El hecho de que se tratara de una acción importante, que había que realizar después de un discernimiento, se deduce de lo que se lee, en la primera carta a Timoteo: «No te precipites en imponer a nadie las manos; no te hagas partícipe de los pecados ajenos» (5, 22). Por tanto, vemos que el gesto de la imposición de las manos, se desarrolla en la línea de un signo sacramental. En el caso de Esteban y sus compañeros, se trata ciertamente de la transmisión oficial, por parte de los Apóstoles, de un encargo, y al mismo tiempo, de la imploración de una gracia para ejercerlo.

Lo más importante, es que además de los servicios caritativos, Esteban desempeña también, una tarea de evangelización entre sus compatriotas, los así llamados «helenistas». San Lucas, de hecho, insiste en el hecho de que él, «lleno de gracia y de poder» (Hechos 6, 8), presenta en el nombre de Jesús, una nueva interpretación de Moisés, y de la misma Ley de Dios, relee el Antiguo Testamento, a la luz del anuncio de la muerte, y de la resurrección de Jesús.

Esta relectura del Antiguo Testamento, relectura cristológica, provoca las reacciones de los judíos, que interpretan sus palabras como una blasfemia (Cf. Hechos 6, 11-14). Por este motivo, es condenado a la lapidación. Y San Lucas, nos transmite el último discurso del santo, una síntesis de su predicación. 

Como Jesús había explicado a los discípulos de Emaús, que todo el Antiguo Testamento habla de Él, de su cruz y de su resurrección, de este modo, San Esteban, siguiendo la enseñanza de Jesús, lee todo el Antiguo Testamento en clave cristológica.

Demuestra que el misterio de la Cruz, se encuentra en el centro de la historia de la salvación; narrada en el Antiguo Testamento; muestra realmente que Jesús, el crucificado y resucitado, es el punto de llegada de toda esta historia. Y demuestra por tanto, que el culto del templo también ha concluido, y que Jesús, el resucitado, es el nuevo y auténtico «templo».

Precisamente este «no» al templo y a su culto, provoca la condena de San Esteban, quien en ese momento --nos dice San Lucas--, al poner la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús a su derecha. Y mirando al cielo, a Dios y a Jesús, San Esteban dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está de pie, a la diestra de Dios» (Hechos 7, 56).

Le siguió su martirio, que de hecho se conforma, con la pasión del mismo Jesús, pues entrega al «Señor Jesús» su propio espíritu, y reza para que el pecado de sus asesinos, no les sea tenido en cuenta (Cf. Hechos 7,59-60).

El lugar del martirio de San Esteban, en Jerusalén, se sitúa tradicionalmente, algo más afuera de la Puerta de Damasco, en el norte, donde ahora se encuentra precisamente, la iglesia de Saint- Étienne, junto a la conocida «École Biblique» de los dominicos.

Al asesinato de Esteban, primer mártir de Cristo, le siguió una persecución local, contra los discípulos de Jesús (Cf. Hechos 8, 1), la primera que se verificó en la historia de la Iglesia. Constituyó la oportunidad concreta, que llevó al grupo de cristianos hebreo-helenistas, a huir de Jerusalén y a dispersarse.

Expulsados de Jerusalén, se transformaron en misioneros itinerantes. «Los que se habían dispersado, iban por todas partes, anunciando la Buena Nueva de la Palabra» (Hechos 8, 4). La persecución y la consiguiente dispersión, se convierten en misión. El Evangelio se propagó de este modo en Samaria, en Fenicia y en Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde según San Lucas, fue anunciado por primera vez, también a los paganos (Cf. Hechos 11, 19-20), y donde resonó por primera vez, el nombre de «cristianos» (Hechos 11,26). 

En particular, San Lucas especifica que los que lapidaron a Esteban, «pusieron sus vestidos, a los pies de un joven, llamado Saulo» (Hechos 7, 58); el mismo que de perseguidor, se convertiría en Apóstol insigne del Evangelio.

Esto significa que el joven Saulo, tenía que haber escuchado la predicación de Esteban, y conocer los contenidos principales. Y San Pablo, se encontraba con probabilidad, entre quienes, siguiendo y escuchando este discurso, «tenían los corazones consumidos de rabia, y rechinaban sus dientes contra él» (Hechos 7, 54).

Podemos ver así, las maravillas de la Providencia divina: Saulo, adversario empedernido de la visión de Esteban, después del encuentro con Cristo resucitado, en el camino de Damasco, reanuda la interpretación cristológica del Antiguo Testamento, hecha por el primer mártir, la profundiza y completa, y de este modo se convierte, en el «Apóstol de las gentes».

La ley se cumple, enseña él, en la cruz de Cristo. Y la fe en Cristo, la comunión con el amor de Cristo, es el verdadero cumplimiento de toda la Ley. Este es el contenido de la predicación de Pablo. Él demuestra así, que el Dios de Abraham, se convierte en el Dios de todos. Y todos los creyentes en Cristo Jesús, como hijos de Abraham, se convierten en partícipes de las promesas. En la misión de San Pablo, se cumple la visión de Esteban.

La historia de San Esteban, nos dice mucho. Por ejemplo, nos enseña que no hay que disociar nunca, el compromiso social de la caridad, del anuncio valiente de la fe.

Era uno de los siete que estaban encargados, sobre todo de la caridad. Pero no era posible disociar, caridad de anuncio. De este modo, con la caridad, anuncia a Cristo crucificado, hasta el punto de aceptar incluso el martirio. Esta es la primera lección, que podemos aprender de la figura de San Esteban: caridad y anuncio, van siempre juntos.

San Esteban, nos habla sobre todo de Cristo, de Cristo crucificado y resucitado, como centro de la historia, y de nuestra vida. Podemos comprender, que la Cruz ocupa siempre un lugar central, en la vida de la Iglesia, y también en nuestra vida personal.

En la historia de la Iglesia, no faltará nunca la pasión, la persecución. Y precisamente la persecución se convierte, según la famosa fase de Tertuliano, fuente de misión para los nuevos cristianos.

Cito sus palabras: «Nosotros nos multiplicamos, cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla» («Apologetico» 50,13: «Plures efficimur quoties metimur a vobis: semen est sanguis christianorum»). Pero también en nuestra vida, la cruz que no faltará nunca, se convierte en bendición.

Y aceptando la cruz, sabiendo que se convierte y es bendición, aprendemos la alegría del cristiano, incluso en momentos de dificultad. El valor del testimonio es insustituible, pues el Evangelio lleva hacia Él, y de Él se alimenta la Iglesia. San Esteban nos enseña a aprender estas lecciones; nos enseña a amar la Cruz, pues es el camino, por el que Cristo, se hace siempre presente de nuevo, entre nosotros. 

[© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
ZS07011005

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión del amado San Esteban, puedan nuestros corazones liberarse de todo odio, resentimiento y deseos de venganza, y cuidarnos mucho de prejuzgar a nadie, por pensar distinto a como pensamos nosotros, y así evitar ser partícipes de ningún crimen o lapidación social, contra la reputación de nadie. A Tí Señor, que nos enseñaste, que ninguna palabra pronunciada en vano, quedará sin su castigo. Amén.


viernes, 25 de diciembre de 2020

 25 de diciembre

LA FIESTA DE NAVIDAD

Gloria a Dios en las alturas, y paz sobre la tierra, a los hombres amados de Dios”

El mundo no sabe que acaba de realizarse, el más grande acontecimiento de la Historia

Sus almas sin doblez, se abrieron a las palabras del ángel, sus ojos a las claridades del cielo

El mensajero del eterno consejo, sale del seno de la Virgen, como el sol de una estrella; sol que no tiene ocaso, estrella que nos alumbra con vivo resplandor, siempre más pura.

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FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL, O.S.B.

Para cumplir el decreto de Augusto, para inscribirse en los registros públicos, José el carpintero, acompañado de María, su esposa, abandona su casita de Nazareth. Cuatro días de marcha, desde las montañas de Zabulón, hasta el corazón de la Judea. azotado el rostro por el afilado viento del Líbano; heridos los pies, por la aspereza de los caminos helados.

Primero las llanuras de Esdrelón, que les dejaba en los límites de Samaria; después En-Gannim, Siquem..Pasan al lado de las torres de Sión, y algo después, divisaban las primeras casas de Belén, la ciudad de David. Allí se dirigían los dos nazarenos, porque ambos eran "de la casa y familia de David”, que mil años antes, había apacentado sus rebaños en los campos betlemitas.

Atravesaron el valle fértil, donde estuvo en otro tiempo, el dominio de Booz y de Jessé, subieron una colina blanca y suave, y en el momento en que agonizaba la tarde, se detuvieron delante del Khan, un edificio rodeado de soportales, con un gran patio central, donde se amontonaban las caballerías.

La gente gritaba, discurría ligera de un lado a otro, se saludaba a voz en cuello, cantaba, bromeaba. José se abrió paso entre la multitud, no sin prever una desagradable acogida. "María, encinta— pensaba—; y esto parece atestado de extranjeros". Y así fue; una y otra vez le dijeron, "que no había lugar para ellos". Insistió, suplicó; todo inútil.

Allí, cerca de la posada, abierta en la montaña calcarea, le señalaron una gruta, que estaba habilitada para establo. Es el único refugio que pudieron encontrar, los dos viajeros de Nazareth. En él, desprovista de toda asistencia, en una noche de invierno, entre el mirar asustadizo de las mansas bestias, le llegó a María la hora de dar a luz, y al filo de la medianoche, de una noche fría y oscura, nació el que es "la luz del mundo".

Un albergue pobre, destartalado y lleno de telarañas, fue el primer palacio de Jesús en la tierra; un pesebre sucio, su primera cuna; un asno y un buey, según la vieja tradición, los que le calentaron con su aliento. "Y María —dice San Lucas---le envolvió en pañales, y le reclinó en un pesebre."

Y adoró a su hijo, como a Dios. No conoció en su parto, las miserias de las hijas de Adán. Dió a luz sin sentir el dolor, consecuencia del pecado. y sin perder privilegio de su virginidad intacta. Jesús, dice San Jerónimo, se desprendió de ella, como el fruto maduro, se separa de la rama que le ha comunicado su savia: sin esfuerzo, sin angustia, sin agotamiento. "Virgen antes del parto, en el parto y después del parto", dice San Agustín.

El mundo no sabe que acaba de realizarse, el más grande acontecimiento de la Historia. Es el Cielo quien viene a decírselo, y a poner una luz ultraterrena, en aquel nacimiento humilde.

Al oriente de Belén, camino del mar Muerto, se extiende una verde llanura, donde antaño se elevaba "la torre del rebaño", junto a la cual plantó su tienda Jacob, para llorar a su amada Raquel. Por aquellos campos, espigaba Ruth. Ahora, una iglesia escondida entre olivos, señala allí el lugar, sobre el cual se abrieron las nubes, para dejar ver una nueva luz.

"Un grupo de pastores—dice San Lucas—guardaba sus ganados, y velaba durante la noche. De pronto, el ángel del Señor se les apareció, la gloria del Señor les rodeó de luz, y fueron poseídos de un santo temor". Un hijo de Israel, no podía ver un rayo de gloria que caía del cielo, sin recordarle los rayos de Jehová, a quien no se podía ver sin morir.

Pero el ángel les tranquilizó, diciendo: "No temáis; os anuncio una gran alegría para vosotros, y para todo el pueblo. Cerca de aquí, en la ciudad de David, acaba de naceros un Salvador, el Cristo, el Señor, y ésta es la señal que os doy: encontraréis un niño envuelto en pañales, y reclinado en un pesebre".

La noticia era extraña; el Mesías que aguardaba Israel, recostado en el heno; el descendiente de David, abrigado en una caverna. En el segundo siglo de nuestra era, decía el hereje Marción: "Quitadme esos lienzos vergonzosos, y ese pesebre indigno del Dios a quien yo adoro".

En vano contestará Tertuliano, "que nada es más digno de Dios, que salvar al hombre, y pisotear las grandezas transitorias, juzgándolas indignas de Sí, y de los hombres". De siglo en siglo, hombres soberbios, repetirán el grito del padre de los gnósticos, ante la humillación del Verbo encarnado.

Pero no era a los potentados de Jerusalén, ni a los doctores del templo, a quienes se dirigía el mensaje divino, sino a los pobres, a los sencillos, a los aldeanos. Sus almas sin doblez, se abrieron a las palabras del ángel; sus ojos a las claridades del cielo.

Pronto se dieron cuenta, de que el mensajero no estaba sólo: un coro de espíritus resplandecientes, le rodeaba cantando el himno, cuyo eco resuena en todas las basílicas del mundo: "Gloria a Dios en las alturas, y paz sobre la tierra, a los hombres amados de Dios”. Maravillados por el misterioso concierto, los pastores miraban hacia la altura, y cuando los últimos ecos se perdieron en la lejanía, echaron a andar diciendo: "Vayamos a Belén, y veamos este prodigio que el Señor nos anuncia”.

Y a la escasa luz del establo, vieron a un hombre alegre y apenado, recogido y silencioso; y una mujer bella y joven, que con solicitud amorosa, se inclinaba sobre su Hijito; y un Niño que les miraba con sus profundos ojos abiertos, y ofrecía a sus besos, sus carnes rosadas, delicadas y temblorosas.

Era el signo que les había dado el ángel. Ellos le reconocieron, y su fe se manifestó, en transportes de gozo; contaron una y otra vez, lo que les había acontecido en la majada, "y todos se admiraban al oír su relato", porque la gruta empezaba a llenarse de gente.

Después de ofrecer lo poco que tenían: los blancos donativos del pastoreo, la leche. el queso, la lana y el cordero, que el amor y la fe hacían más preciosos, que todos los tesoros del mundo, "se volvieron alabando y glorificando a Dios, de todas las cosas que habían oído y visto, según les fuera anunciado".

En medio de aquel ingenuo alborozo, que se reproduce cada año, en la más pura de las alegrías del mundo, la madre de Jesús callaba. "María guardaba todas estas cosas, conservándolas en su corazón", hasta el día en que se las cuente a San Lucas, su pintor, su evangelista. Porque es ella, sin duda, quien le inspiró este relato, sobrio y tierno a la vez, donde se descubre la mano de una virgen, y el corazón de una madre.

Conservaba todas estas cosas, y las revolvía en su corazón. ¿Quién sino María, puede haber descubierto esta dulce intimidad?. Sin embargo, es la actitud normal de una madre, en presencia del hijo que le acaba de nacer.

Aunque guarde un silencio, al parecer, indiferente, lo oye todo, lo ve todo. Con su mirada intuitiva, ha tomado posesión del pequeñuelo, y en el fondo de su alma, está ya tejiendo la cadena de alegrías y tristezas, que van a formar aquella vida palpitante, que acaba de traer al mundo.

Es Lucas, el médico, quien ha puesto de relieve, esta nota característica de toda maternidad. En torno de toda cuna, se alaban las gracias del recién nacido, se examinan sus rasgos, se felicita a la madre. Esto mismo sucedió en el pesebre de Belén.

También los pastores, en medio de su rudeza, conocían ese vocabulario de diminutivos graciosos, de palabras amables, que brotan sin esfuerzo del corazón, en presencia de un niño que acaba de nacer.

Las generaciones cristianas, celebrarán con músicas, pastorelas y villancicos, los encantos del "pequeñuelo", que había anunciado Isaías. San Francisco invitará a cantar a sus frailes, y dará en este día, doble pienso a la mula y al buey; Santa Teresa bailará con sus monjas, en torno a su nacimiento, al son de las castañuelas. Pero el primer villancico resonó en Belén.

Navidad es la fiesta de un Rey que llega; es una marcha triunfal; es una grandiosa epopeya, y la historia viviente de un reino, que se realiza sin cesar; es en una palabra, el drama de la verdadera luz.

"La exaltación—dice una secuencia antigua—estalla en el corazón de los creyentes. ¡Alleluya!. Nuestro Rey sale de la puerta intacto. ¡Alleluya!. Porque el mensajero del eterno consejo, sale del seno de la Virgen, como el sol de una estrella; sol que no tiene ocaso, estrella que nos alumbra con vivo resplandor, siempre más pura"

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que conserves nuestro cuerpo como morada digna de tu Realeza, como lo hizo la Virgen María, liberándolo de todo pecado y concupiscencia, y así poder ser dignos de brindarte una morada en nuestro interior, y poder alcanzar luego las moradas eternas en el Cielo. A Tí Señor, que llenas el Universo creado e increado con tu Poder, Amor, Gloria y Misericordia. Amén.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

 23 de Diciembre

San Juan Cancio (de Kenti)


Sacerdote. Decano. El Padre de los Pobres.

+1473

"Combatimos el pecado, pero amamos al pecador. Atacamos el error, pero no queremos violencia contra nadie; la violencia siempre hace daño, en cambio la paciencia y la bondad, abren las puertas de los corazones"

Breve

Decano de filosofía y profesor de teología, en la Universidad de Cracovia. Conocido por su austeridad, humildad y caridad para con los pobres. Uno de los Patrones de Polonia.

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Nace en Kanty, cerca de Auschwitz, Polonia (al oeste de Cracovia).

Sus compañeros de estudio, le criticaban por ayunar y abstenerse de comer carne. Le decían que estaba dañando su salud. Él respondía que los monjes ayunaban, y se abstenían de carne, y muchas veces llegaban hasta los ochenta años, con salud física y mental.

En una ocasión, regaló su almuerzo a un hombre hambriento, que vió junto a la puerta. Sintió entonces una alegría tan grande, al recordar que quien atiende al pobre, atiende a Cristo, tanto que cuando llegó a ser profesor de la universidad, todos los días le dará almuerzo a un pobre.

Cuando alguien le decía: "Ya viene el pobre", él añadía: "Ya viene Jesucristo", porque recordaba lo que dijo Jesús: "Yo les diré: tuve hambre y me dieron de comer. Porque todo favor que han hecho, a cualquiera de estos, mis humildes hermanos, yo lo recibo, como si me lo hubieran hecho a Mí, en persona" (Mt. 25, 40).

Al llegar a la Universidad, Juan ponía fin a una educación, que pudiéramos llamar casi campesina. Había nacido en el seno de una familia patriarcal, y se había educado cristianísimamente, con una orientación ortodoxa, sólida y segura.

Incorporado a la Universidad, después de algunas duras pruebas, que él supo sobrellevar con firmeza, se dedicó con tal entusiasmo a los estudios, que su figura pronto destacó.

Siendo joven sacerdote, lo nombraron profesor de la universidad. Pero unos envidiosos, hicieron que lo nombraran como párroco, lejos de la universidad. Allá se hizo querer tanto, que el día que lo trasladaron otra vez hacia la capital, centenares de feligreses, lo acompañaron por varios kilómetros, dando grandes demostraciones de tristeza.

Él se despidió de ellos, con estas palabras: "La tristeza no es provechosa. Si algún bien les he hecho en estos años, canten un himno de acción de gracias a Dios, pero vivan siempre alegres y contentos, que así lo quiere Dios".

Nuevamente lo nombraron profesor, de la Universidad de Cracovia (Polonia), y durante muchos años, enseñó la Sagrada Escritura.

En el año 1417, obtuvo el doctorado en Filosofía, y poco después en Teología. Ordenado de sacerdote, nombrado canónigo de Cracovia, obtuvo una cátedra de teología en la Universidad, y continuó residiendo en el mismo Colegio Mayor, en que había residido, mientras fue estudiante. Fuera de su estancia universitaria, en una parroquia y de sus viajes, no conocerá Juan ninguna otra residencia.

La estampa que nos ha llegado de él, a través de los siglos, es la de un profesor universitario, verdaderamente ejemplar; sin faltar jamás a clase; enteramente al servicio de los estudiantes; consagrando largas horas al estudio; explicando con claridad y humildad; viviendo intensamente la vida universitaria.

Sus méritos le llevarán hasta el mismo rectorado, y durante muchos siglos, la toga morada, que él había ostentado mientras fue rector, servirá también a quienes le sucedan en el cargo, como una consigna de superación y de fidelidad.

Los ratos libres, los dedicaba a visitar pobres y enfermos. Lo que ganaba, estaba a disposición de los pobres de la ciudad, que muchas veces, lo dejaron en la ruina.

En las discusiones, repetía lo que decía San Agustín: "Combatimos el pecado, pero amamos al pecador. Atacamos el error, pero no queremos violencia contra nadie; la violencia siempre hace daño, en cambio la paciencia y la bondad, abren las puertas de los corazones".

Cuando predicaba acerca del pecado, lloraba al recordar la ingratitud de los pecadores hacia Dios, y la gente al verlo llorar, se conmovía y cambiaba de conducta.

A sus alumnos, les repetía estos consejos: "Cuídense de ofender, que después es difícil hacer olvidar la ofensa. Eviten murmurar, porque después resulta muy difícil, devolver la fama que se ha quitado".

Sus alumnos y sus beneficiados, recordaron con gratitud su nombre, por muchos años. Fueron centenares, los sacerdotes formados espiritualmente por él. La gente lo llamaba: "el padre de los pobres".

Se dice que un día que iba a la iglesia, en Olkusz, encontró un pobre agachado en la nieve, temblando de frío; el sacerdote se sacó su capa, y se la puso al mendigo, y lo llevó a la iglesia, donde lo cuidó y lo reconfortó. Poco después que el pobre se hubo marchado, la Virgen se apareció a Juan Cancio, y le retornó la capa.

Vuelto del peregrinaje a Roma, fue asaltado por unos bandoleros, que le robaron todo lo que vieron. Al acabar, le preguntaron si llevaba alguna otra cosa, que se hubiesen dejado: les dijo que no, y se marcharon.

Entonces recordó que todavía tenía unas piezas de oro, cosidas a la capa: corrió hasta que llegó donde estaban los bandoleros, y les ofreció las monedas; los ladrones, confusos y avergonzados, le devolvieron todo lo que le habían robado.

El 24 de diciembre de 1473, rodeado por sus amados profesores de la universidad, y después de recibir los santos sacramentos, murió santamente.

En su sepulcro se obraron tantos milagros, y por su intercesión se consiguieron tan admirables favores, que los Sumos Pontífices – Clemente X (beatificación 1676) y Clemente XIII (canonización 1767) - lo declararon santo.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de San Juan Cancio, puedan los claustros universitarios, ser foco irradiador de la Verdad, el Camino y la Vida, conservándose siempre el espíritu innovador, y de sana alegría. A Tí Señor, que eres la fuente innagotable de la Ciencia, la Alegría y la Sabiduría, y gobiernas el Universo, por los Siglos de los Siglos. Amén.


martes, 22 de diciembre de 2020

 22 de diciembre

SANTA FRANCISCA JAVIERA CABRINI


Fundadora del Instituto “Misionera del Sagrado Corazón de Jesús”

(1850 - 1917)

"Trabajemos, trabajemos. Luego tendremos toda una eternidad para descansar"

"Si Cristóbal Colón descubrió América, la madre Cabrini ha descubierto, a todos los italianos en América"

Breve

Misionera Italiana. Asistió principalmente a sus connacionales, que emigraron a Norteamérica, y luego al resto de América. Faro de luz, en medio de una oscuridad muy profunda, que siempre trae el desarraigo.

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JAVIER PÉREZ DE SAN ROMAN
Los biógrafos de la Santa, nos cuentan que solía jugar de niña en un arroyuelo, haciendo barquitos de papel, en los que colocaba unas violetas. "¡A China!", les decía. Un día, se cayó en el riachuelo, y desde entonces tuvo un miedo muy grande al agua, la mujer que en su vida, recorrería diecinueve veces el Océano.

En las violetas que viajaban en sus barquitos de papel, alguien ha querido ver a las misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, que más tarde fundaría. ¡China!. Al amor de la lumbre, leían en el hogar al caer la tarde, las vidas de los santos, y los anales de la Propagación de la Fe.

Francisca Cabrini vino al mundo, el 15 de julio de 1850. Fue la penúltima de once hermanos. En su casa conoció la virtud tradicional, de unos honestos y sobrios trabajadores de la tierra. Nació en Italia, en Sant'Angelo Logidiano, pequeño pueblo de la feraz Lombardía.

Su padre Agustín, era un modesto propietario. Su madre, Stela Oldini, era modelo de madre, tierna y hacendosa. La muerte irá llevando, poco a poco, a sus hermanitos. Vivirán únicamente Rosa, Juan Bautista y Francisca. Ésta va creciendo débil y delicada. Su hermana Rosa, que le lleva quince años, ayudará a su madre, en la educación de nuestra Santa.

Rosa es severa; tiene un rígido sentido del deber. Quiso ser religiosa, mas las necesidades de la casa, se lo impidieron. Pero en los planes divinos, contribuiría a forjar una santa. De su madre, heredó Francisca la ternura de Rosa, y un sentido de responsabilidad extraordinario.

Francisca, a los ocho años, recibe el sacramento de la confirmación, que la hace auténtico soldado de Cristo. La firmeza y su espíritu sobrenatural, caracterizaron toda su vida y toda su obra.

Al año siguiente, recibe la primera comunión. Débil, tímida, abstraída, cuando llega la hora, su timidez se cambiará, en la franca libertad de la mujer fuerte. A los once años, ofrece al Señor su virginidad. Renovará el holocausto a los diecinueve años, aunque a la sazón, las circunstancias no fueran muy favorables, para ser acogida en un Instituto religioso.

Teniendo trece años, oye hablar a un misionero, y decide ser religiosa. Su hermana Rosa la humilla: "¡Tan pequeña, tan ignorante, y soñando con ser misionera!".

A los dieciocho años, consigue en la Escuela Normal de Lodi, el título de maestra. Es de entendimiento despierto, y tiene un afán enorme por conocer. Con la muerte de sus padres - ambos mueren en el espacio de once meses - cuando Francisca tenía veinte años, se cierra ese período de vida familiar, tan rico en alegrías íntimas, y de tan felices recuerdos. Su hermana Rosa acompañará a Juan Bautista, cuando éste emigre a Argentina.

Para Francisca, el Magisterio es un sacerdocio. Por consejo de su padre espiritual, va a Vidardo, a suplir por quince días, se pensaba, a una maestra enferma, y permanece en este puesto durante dos años.

Su labor en este pueblo, es eminentemente apostólico y social. Por esta época, un vómito de sangre, le cierra las puertas de dos Institutos religiosos. Será una prueba providencial, que alargará su permanencia en el mundo, para lograr mayor experiencia de las personas y de las cosas.

El reverendo Serrati, párroco de Vidardo, es trasladado a la parroquia de Codoño. En este pueblo de 8.000 habitantes, existe el Hospicio de la Providencia, muy necesitado de orden y de cuidado.

El nuevo párroco de Codoño, sabe muy bien que Francisca, a pesar de sus veintitrés años, es capaz de poner las cosas en su sitio, gobernando una institución, en la que un grupo de mujeres mal avenidas, hacían gala de piadosas, y tenían una responsabilidad, para la cual no estaban preparadas. Cabrini va por obediencia. Es el 12 de agosto de 1874.

Cuatro años antes, este grupo de mujeres se había constituido en Instituto religioso. Vistieron el hábito, y emitieron los tres votos. Francisca Cabrini emite los votos en este Instituto, en el año 1877, y el 30 de agosto del mismo año, es nombrada superiora del Hospicio de la Providencia.

Después vienen los enfados, las disensiones, las incomprensiones, los dramas íntimos. Las lágrimas que sorberá la Santa en silencio, serán rocío que vivificará esta rosa, que nace entre las espinas. Pequeñas y grandes perfidias, envidias, sarcasmos. La respuesta es: paciencia.

El señor obispo disuelve el Instituto. El vino nuevo, se colocará en odres nuevos. El prelado llama a Cabrini: "Tienes deseos de hacerte misionera: no conozco ningún Instituto de misioneras: funda uno". Francisca Cabrini tiene treinta años, cuando escucha estas palabras.

El 10 de noviembre de 1880, se firma en Codoño la compra de un edificio, y a los cuatro días, tiene lugar la consagración de Francisca Cabrini, y de sus siete primeras hijas.

Preside el instituto, la imagen del Sagrado Corazón, como en todas las casas, que erigirá el nuevo Instituto, que se llamará “Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús”. El día 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier, lo celebran con gran fervor. Desde esta fecha, Francisca se llamará Francisca Javier. También ella sueña con China

En 1881, obtiene la aprobación diocesana, y en 1901 logrará la pontificia. El cardenal Vives y Tutó, prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, afirmó en esta ocasión: “Si en todo el período de mi prefectura, solamente hubiera firmado este decreto, tendría bastante de qué gloriarme”.

El pensamiento de la Santa, corre ahora hacia China, como aquellos barquitos de papel, que llevaban violetas, mecidas por la corriente del arroyuelo de su infancia.

El grano de mostaza, empieza a expandirse. La madre Cabrini morirá a los sesenta y siete años, después de haber fundado personalmente 67 casas. En los comienzos, figura la de Milán, residencia para las muchachas, que emigran de los pueblos a la ciudad, por razón de estudios. Con idéntico fin, fundará otra en Roma poco después, y más tarde en Génova.

El papa León XIII, que dió el sello al Instituto, le marcará también el camino. Cabrini buscaba China, los países salvajes. No quería para sus hijas, la comodidad de la civilización, que entibiaría su espiritu. Pero...

Por aquel entonces, regía la diócesis de Piacenza, un santo y celoso prelado, monseñor Scalabrini. Hacía unos años que había fundado una asociación de misioneros, que tenía por finalidad asistir, principalmente en América, a millares de emigrados italianos, que vivían en una deplorable situación moral y religiosa.

Pero a todos ellos, les faltaba la delicadeza y la ternura de una madre. Propuso la idea a Santa Francisca Javier. A la madre Cabrini, no se le presentaba todavía, esta labor en toda su grandeza. No por falta de celo ni de espíritu, sino porque no en balde, había acariciado la idea del Oriente durante treinta años.

León XIII conocía muy bien, la triste situación de los emigrados italianos en ultramar. Hacía poco tiempo, que había lanzado, un conmovedor grito de socorro, a los obispos americanos, para que vinieran en su ayuda. Cuando la madre Cabrini va a exponer al Santo Padre, la proposición de monseñor Scalabrini, recibe una orden explícita perentoria: "¡Al Oriente, no; al Occidente!".

Cristo ha hablado por boca de su Vicario. China desaparece como nube arrebolada, herida por el sol.

Bastaba recorrer el andén de Turín, o asomarse a los puertos de Génova y Nápoles, para ver el espectáculo: maletas, fardos pesados, y sobre ellos sentados, hombres, mujeres y niños. Muchos analfabetos. Todos sin orientación, sin rumbo fijo, sin ninguna asistencia.

Han de buscar en otros horizontes, lo que en su patria no encuentran. Victimas de engaños, sin recursos económicos, van a regar con su sudor y con su sangre, los campos, las minas, las industrias de ultramar.

Marchan a los grandes desiertos, a las enormes ciudades. A un mundo distinto y extraño, fundidos entre los nativos, entre los franceses, españoles, portugueses, irlandeses, en una mezcolanza impresionante de ideas, de credos y de razas.

Frente a una lucha a muerte, contra todo lo que se opusiera, al logro de sus legítimos deseos de mejorar, o de vivir. Sin asistencia espiritual, sin colegios, sin asilos, sin orfanatos, sin hospitales, sin solidaridad nacional, sin recíproca comprensión, vivían o malvivían a la sazón en América, cerca de un millón de italianos.

Después, este número ha crecido extraordinariamente. Faltaba una asistencia amorosa y paciente, que conservara íntegra su fe, mantuviera su esperanza, diera a su camino áspero y duro, un sentido noble de misión, e hiciera consciente tanto dolor, como medio de superación y elevación personal y colectiva.

Faltaba una cultura, que de suyo constituye siempre, una gran fuerza moral, y brinda oportunidad para triunfar Tan lamentable espectáculo, hizo decir a monseñor Scalabrini: "Se me enciende el rostro de vergüenza. Me siento humillado, en mi doble condición de sacerdote, y de italiano".

El 13 de julio de 1888, había partido para América, el primer grupo de misioneros de monseñor Scalabrini: siete sacerdotes y tres legos. Llevaban un crucifijo, y la bendición de León XIII. El 21 de marzo de 1889, el navío Bourgogne sale de El Havre, llevando a Francisca Javier. Va a Nueva York, para hacer su primera fundación.

En el camino, se cruza un telegrama del arzobispo de Nueva York, en el que le anuncia, que desiste de sus propósitos de fundar un orfanato, por haber fallado sus planes.

Por eso, al llegar, las recibe únicamente la estatua de la Libertad. Van la madre y seis religiosas. El saludo de monseñor Carrigan es: "Me parece que la mejor solución, es que regresen a Italia". Este comienzo, es el pórtico de una vida llena de penalidades.

Alguien ha dicho: "Si Cristóbal Colón descubrió América, la madre Cabrini ha descubierto, a todos los italianos en América". Y es verdad. Fue a su encuentro, y los halló en los barrotes de la cárcel, en el campo de trabajo, en la orilla de los ríos, en los muelles de los puertos, en las tabernas, en las buhardillas. Dondequiera que un alma de su tierra, sufría y lloraba, allí llegó la madre Cabrini.

Con su sonrisa ancha, con afán de servicio, con la ilusión de renovar el follaje seco, injertándolo en el árbol perenne, siempre fresco de la Iglesia. "Trabajemos, trabajemos. Luego tendremos toda una eternidad para descansar", decía constantemente.

A los cuatro meses vuelve a Italia. ¿Cómo relatar ahora, en tan breve espacio, los diecinueve viajes que realizó a través del Océano?. Fundó en Italia, en Francia, en Inglaterra, y en España. Creó personalmente hospitales, preventorios, orfanatos, colegios y asilos en Nueva York, Nueva Orleáns, Denver, Los Angeles, Chicago, Seattle, Filadelfia, etc., etc.

En la América Central, los fundó en Costa Rica, en Panamá y en Nicaragua.

De la bahía de Costa Rica, es esta anécdota: el barco ha fondeado cerca de la costa. En una barquita, se acercan las religiosas a tierra para comulgar. Como preparación van cantando.

De improviso unas aves, en ordenado vuelo, se colocan encima del esquife. La madre dice: "Son las jóvenes americanas, que ingresarán en el Instituto". Una religiosa le dice: "¿No serán las almas, que por nuestro sacrificio se salvarán?". La respuesta es inmediata. Millares de aves acuáticas levantan el vuelo, y giran en torno de la embarcación.

Este doble presagio se cumplirá: a la muerte de la madre Cabrini, el Instituto contaba ya con dos mil religiosas. ¿Y quién podrá contar las almas que se han salvado, y se salvarán por su mediación?. ¿Quién podrá describir su paso por la cordillera de los Andes, sobre una mula, y el encuentro con los icebers frente a Terranova, y las terribles tempestades, tras las cuales, sobre el lomo del mar pacificado, se veían innumerables restos de veleros hundidos, y sus viajes de siete días y siete noches en tren, con altas fiebres?. ¿Cómo enumerar las contradicciones de los nativos y connacionales, las estrecheces, las dificultades que surgieron, por parte de las autoridades civiles y eclesiásticas, la guerra que le hicieron los masones, los liberales, las sectas anticatólicas?

Hizo fundaciones en Buenos Aires, Rosario de Santa Fe, Mendoza. En el Brasil abre colegios en San Pablo, y en Río de Janeiro.

El papa León XIII la recibía, aun estando las audiencias suspendidas. El venerable anciano, con admiración de los presentes, le ponía su cansada mano sobre la cabeza, acariciándola mientras decía: "La Iglesia abraza al Instituto". Y añadía: "Trabajemos, trabajemos, que después será muy hermoso el paraíso". Después repetiría la Santa: "Tengo asegurado el paraíso. Me lo ha dicho el Santo Padre".

El día 22 de diciembre de 1917, la madre Cabrini entraba en el paraíso prometido. Moría en Chicago.

En la oración fúnebre, el obispo de Seattle decía: "Fue una mujer extraordinaria, no solamente en la historia de América, sino en la historia del mundo entero".

El comisario de la Emigración en América, afirmó: "La madre Cabrini ha hecho por los emigrantes, mucho más que el Ministerio de Asuntos Exteriores".

Pío XI la inscribió en el catálogo de los beatos, el día 13 de noviembre de 1938. El papa Pío XII, decretó su canonización, el día 20 de junio de 1943.

Y el papa Pío XII, el gran papa de los emigrantes, el día de su canonización, destacó en un precioso discurso, lo fundamental, el impulso interno que animó todas sus obras: era un alma ricamente dotada por la naturaleza, y por la gracia.

En ella, se dieron cita la audacia y el valor, la previsión y la vigilancia, la perspicacia y la constancia. La desconfianza en sí misma, se tradujo en confianza inmensa en Dios. Fue misionera del Corazón de Jesús, al que hizo conocer, adorar, amar y servir.

Pío XII recordó la frase de la Santa: "Yo siento que el mundo entero, es demasiado pequeño para satisfacer mis deseos". Y a continuación, hacía hablar Su Santidad a Porcia, el personaje de Shakespeare, símbolo de la mujer estéril y aburrida: "Mi pequeño cuerpo está cansado de este gran mundo".

¡Qué contraste!. Fue humilde de corazón, obediente, desprendida y virginal. Vivió una vida de unión íntima, con el Corazón de Jesús, autor de la gracia, y con el Corazón de María, Madre de todas las gracias.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de la Madre Cabrini, sean aliviados los dolores de todos los inmigrantes del Mundo, cualquiera sea su raza o creencias, y siempre cuenten con su auxilio maternal, en todo momento. Con especial énfasis, te pedimos por los inmigrantes de Centro América, Siria, y de tantos desplazados por el guerra y el autoritarismo. A Tí Señor que Eres Camino, Verdad y Vida. Amén.