viernes, 27 de noviembre de 2020

 20 de Noviembre

Beata Ángeles Loret Martí y compañeras

Mártires de la Guerra Civil Española

(+1936)

«Al borde de la muerte, se encuentra la verdadera vida»

«Vale más hablar con Dios, que hablar de Dios»

«Entra en el gozo de tu Señor»

Breve
La beata Ángeles Lloret Martí y compañeras, pertenecieron al Instituto de Hermanas de la Doctrina Cristiana. Sus vidas fueron un ejemplo vivo, de confianza en su Padre Dios, y de sencillez y disponibilidad evangélicas. Fieles a la misión de su instituto, enseñaron la doctrina cristiana, con la palabra y el ejemplo.

En la persecución religiosa que se dio en España, en la guerra civil de 1936, se mantuvieron fieles a su consagración, y a las exigencias de su vida comunitaria. Fueron martirizadas, dos el 26 de septiembre, y quince, el 20 de noviembre de 1936.

-------------------------------------------------------------------

VIDA CONSAGRADA

Cuando el agua bautismal fue echando raíces, y dando fruto en el corazón de sus vidas jóvenes, y ante el atractivo de la figura de Jesús, reformularon para ellas mismas, la pregunta del joven rico del Evangelio: «Maestro, ¿qué es lo que tengo que hacer, para alcanzar la vida eterna?. » Haciendo la opción de los elegidos, asumieron la respuesta de Jesús: «Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres, y después ven y sígueme».

Llevadas por la mano de la Providencia, cristalizaron su vocación religiosa, en el Instituto de Hermanas de la Doctrina Cristiana. Durante su larga vida de consagración a Dios, vivieron la misión del instituto, con decisión y entrega, según el sentir de la fundadora, la Sierva de Dios, Micaela Grau: «Pensándolo en Dios, nada me ha parecido más del divino agrado, más útil a los fieles y la Iglesia, que la enseñanza de la doctrina cristiana, a los niños y adultos, pues a no dudarlo, muchos de los males que experimentamos, son debidos a la falta de instrucción cristiana, en todas las clases sociales, y en todas las edades...»

Todas ellas, tomaron como tarea fundamental, la enseñanza del catecismo, y se mantuvieron en esta decisión, contra viento y marea, en las difíciles circunstancias sociales, que se sucedieron en España, desde 1880, fecha de la fundación del instituto, hasta 1936, año en que las beatas fueron martirizadas.

Madre Ángeles, dando pruebas del espíritu profético, que siempre la caracterizó, escribía a las comunidades en 1936: «No olviden que nuestra misión es la enseñanza del catecismo, y por lo mismo, nuestros entusiasmos deben dirigirse a cumplir, tan noble como hermoso ministerio. Procuren por todos los medios, que su amor a Dios, les sugiera infundir en el corazón de los niños, la piedad y el santo amor y temor de Dios».

Guiadas por el carisma del instituto, supieron estar en la brecha; sintonizaron con uno de los grandes problemas emergentes en su tiempo: la evangelización. Es el problema que hoy sufre la humanidad, en su propia carne. La necesidad perenne de la evangelización, aún de los ya bautizados, viene urgida por el fenómeno actual de la increencia, que ha pasado del reducto de las minorías intelectuales, a ser patrimonio de masas.

La Beata Ángeles y sus 16 compañeras, son hoy testimonio, de cómo la gracia de Dios, halla su respuesta en el corazón que la acoge; de cómo el Espíritu Santo, siempre ha dado fuerzas a los bautizados, para ser fieles al amor de Dios y al prójimo, hasta la muerte.

TESTIMONIO DE VIDA

Pero el carisma evangelizador fructifica de verdad, cuando se apoya en el testimonio. La Beata Ángeles y compañeras, hicieron vida propia, a las palabras de San Juan: «Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos, los unos a los otros».

Siendo muy distintas en su historia personal, edad, tareas, responsabilidades y talentos, todas ellas entendieron, que lo esencial es el Amor, y que todos los dones, deben ser puestos al servicio del bien común.

Vivieron una espiritualidad, que las liberó del individualismo egoísta, y así pudieron descubrir la persecución, la pobreza y el sufrimiento, como caminos por los que llegar a Dios, y demostrar el amor fraterno. No sólo su muerte, sino toda su vida, estuvo marcada por la disponibilidad, y la entrega amorosa.

Cuando el 19 de julio de 1936, tuvieron que abandonar la casa general, la madre Ángeles Lloret Martí, y sus consejeras, madres Sufragio y María de Montserrat, junto con varias hermanas ancianas, que vivían con ellas, y otras que llegaron de diversas comunidades, y que por distintas circunstancias, no pudieron reunirse con sus familiares, constituyeron una única comunidad.

MARTIRIO

En la ruptura del diálogo social, y la confusión y crispación, que caracterizó especialmente la tercera década del siglo XX, las siervas de Dios, se vieron en el reto, de dar testimonio de la fe, desde su condición de religiosas evangelizadoras.

Habían seguido a Cristo pobre, en el «ser uno de tantos», viviendo en las mismas condiciones, que los pobres del pueblo, pasando necesidad económica con frecuencia, y trabajando duro, por aliviar las penas de los necesitados.

Su amor abierto a todos, fue concreto: «Dulzura en las palabras, mansedumbre en el trato, buenas formas siempre. Sea la amabilidad, el sello que las caracterice  decía madre Ángeles , y hallen siempre en nosotras, los pobres y los desgraciados, el corazón tierno y compasivo, de una madre cariñosa y solícita».

De la correspondencia que mantuvieron, durante los años 1931 a 1936, y que se intensificó en los últimos meses, se deduce que eran conscientes, de los acontecimientos del momento en que vivían, y del peligro en que se hallaban.

Las sostenía su fe, y el ánimo que mutuamente se daban. Algunas de ellas, hubieran podido salvar la vida, refugiándose entre sus familiares, que tanto les insistían, pero no lo hicieron. La caridad, las mantuvo unidas a sus hermanas.

La oración continua, la confianza en Dios, el animarse mutuamente, la angustia de los «registros» casi diarios, las abundantes cartas de ánimo, a las hermanas dispersas, las tristes noticias..., fueron el Getsernaní personal, ante la muerte que se avecinaba.

Habiendo hecho cada vez más suyas, las palabras y el ejemplo del Señor, su último servicio fue trabajar la ropa, y tejer los jerseys, de aquellos que consumaron la ejecución de sus vidas. Éste fue el testimonio de amor humano, y específicamente cristiano, perfectamente documentados, que nos dieron durante los cuatro largos meses, que precedieron a su muerte martirial.

El 20 de noviembre, un microbús fue a recogerlas a la calle Maestro Chapí, nª 7, de Valencia, para su último viaje.

Desconocían el destino, pero lo sospechaban. Salieron de casa animándose, rezando y perdonando. Madre Ángeles, había alertado ya a sus compañeras, para el momento supremo:«Todos los males y los bienes están pesados, medidos y contados, por quien puede servirse de ellos, para nuestro bien».« Ni nos pondrá más carga, que la que podamos sobrellevar, ni nos dejará llevar solas, el peso de la tribulación». « Ayudémonos mutuamente, en los angustiosos momentos que atravesamos, y si es voluntad del que todo lo puede, que no nos volvamos a ver acá abajo, que nos unamos, en abrazo eterno en el cielo»

La fe, la esperanza y el amor, que Dios había puesto en la madre Ángeles, y en sus compañeras, el día de su bautismo, habían crecido y dado fruto, según los talentos que cada una había recibido.

Por eso, en aquel anochecer del 20 de noviembre de 1936, además de las ásperas órdenes del pelotón, oyeron la voz amorosa del Padre, que les decía: «Entra en el gozo de tu Señor».

La madre Sufragio, última en morir, recogiendo el sentir comunitario, dio el último grito, glorificando a Dios, y diciendo: «Viva Cristo Rey». (Similar grito en los miles de ejecutados, bajo la tiranía castrista).

Fue la última «buena noticia», que daba al mundo en tinieblas, desde los primeros destellos de la luz del reino. Las balas acallaron sus labios, pero desde entonces, su muerte grita para siempre, la fuerza del Evangelio. Sus cuerpos cayeron al suelo, en el picadero de Paterna, Valencia.

En solitario vivieron su prisión, la madre Amparo Rosat, y la hermana María del Calvario, en la cárcel de Carlet, hasta que en la noche del 26 de septiembre, dieron su vida, como testimonio de su fe. Fueron fusiladas, en el Barranco de los Perros, en las cercanías de Llosa de Ranes (Valencia).

LAS DIECISIETE MÁRTIRES

El Apocalipsis, cuando habla de las gentes misteriosas, que se le aparecieron al vidente, vestidas de túnicas rojas encharcadas por la sangre, se preguntaba dramáticamente, que quiénes eran esas gentes, y que de dónde estaban viniendo.

De Villajoyosa (Alicante), viene la madre Ángeles (Francisca Lloret Martí), la del gesto, quizás único en la historia de la Iglesia, de haberse ofrecido con sus hermanas, a trabajar por quienes las perseguían.

Tenía mucho talento, un carácter recto, un gran corazón, y mucha caridad en él. Nació el 16 de enero de 1875. Le alcanzó la muerte, siendo superiora general. Los años que le correspondió gobernar, estuvieron llenos de angustia y confusión, de desconfianza y agresividad.

Por eso, le correspondió tomar decisiones rápidas. Se preocupó sobre todo, de poner a salvo, a todas las hermanas que pudo, y para las restantes, había buscado piso, en la calle del Maestro Chapí, número 7, pues habían sido expulsadas de sus residencias habituales.

De Altea (Alicante), es María del Sufragio (Antonia María del Sufragio Orts Baldó) por nacimiento, pero de Benidorm por raíces. Durante el camino hacia el martirio, pese a ser una de las más jóvenes del grupo, iba exhortando a todas, a ofrecer la vida por Dios, y perdonar a los verdugos.

Ya desde joven, demostró ser una mujer de mucha caridad, gran mortificación, inteligente y muy alegre. Fue superiora del colegio de la Sagrada Familia de Valencia, donde hermanas y alumnas, la quisieron con pasión.

Se desvivió siempre por las hermanas, y en los últimos años, fue un apoyo muy valioso, en el gobierno general. Aprovechaba cualquier circunstancia para animar, y así encontramos, estas palabras escritas en sus últimos días: Las joyas de los enamorados de la tierra, son de oro y pedrería; las del enamorado del cielo, son de sangre». Nació el 9 de febrero de 1888. Era vicaria general, y maestra de novicias. Todas sus novicias, regresaron al noviciado, en el año 1939.

Nacida en Molins de Rei (Barcelona), es María de Montserrat (María Dolores Llimona Planas), mujer inteligente, muy dada a Dios, muy dispuesta siempre a hacer del Evangelio, el libro de la calle, para ella y para todos.

Fue secretaria de la madre Micaela (fundadora), y a su lado, fue aprendiendo los entresijos de una vocación y carisma, que se estaba definiendo. Nació el 2 de noviembre de 1860. Fue superiora general por espacio de 33 años, desde 1892 hasta 1931. En el año 1936, era consejera general.

En Benifaió de Espioca (Valencia), vio la luz del sol, Teresa de San José (Ascensión Duart y Roig), el 20 de mayo de 1876. Sin cesar, ofreció a Dios las flores del campo, para que se gozara el Creador, de la belleza de sus propias obras, y penetrada de un sentido teologal, repetía «que es mucho mejor, hablar con Dios que hablar de Dios». Fue una excelente pintora. Había sido maestra de novicias, y era superiora local de la casa generalicia, cuando estalló la revolución del año 1936.

De Vilanova y la Geltrú (Barcelona), es Isabel Ferrer Sabriá, cofundadora. A los 28 años, se unió a madre Micaela, y Esperanza García, en la fundación del instituto, viviendo todas las vicisitudes de los comienzos. Su sencillez, la convirtió en una criatura que sirvió para todo, porque se entregó a todos. Su cordialidad ha sido proverbial: le interesaban los más pobres, los marginados, los analfabetos. Nació el 15 Noviembre de 1852.

En Ulldecona (Tarragona), nació María de la Asunción (Josefa Mangoché Homs), el 12 de julio de 1859. De responsabilidad comunitaria acendrada, admirada por su trabajo callado y sencillo. Por su tierna y profunda devoción a María, llegó a recitar de memoria, muchos párrafos de las «Glorias de María», que repetía y degustaba amorosamente. Era especialista en la costura, y de tal forma, que en sus últimos días, esperaba la llegada del Señor, aguja en mano.

Carlet (Valencia) tiene el orgullo de contar entre los suyos, a María de la Concepción (Emilia Martí Lacal), nacida el 9 de noviembre de 1861.

De su conciencia delicada y frágil, supo especialmente la juventud de Sollana, para la que fue una excelente maestra de la oración. Sus alumnas cuentan, que les enseñó a orar, que las hizo gustar largos minutos de silencio con el Señor, y que les abrió el apetito, hacia la lectura espiritual provechosa, además de beneficiarse de sus habilidades, como maestra de corte y confección. Permaneció muchos años en Sollana, y fue muy querida.

En Turís tiene una placeta, María Gracia de San Antonio. Nació pobre, muy pobre, en el hospital de Valencia, el 1 de junio de 1869. Pero los de Turís fueron testigos, de que María Gracia (Paula de San Antonio), sabía bien lo que era vivir, y por eso ayudaba a tantos, a aprovechar hasta el último momento de la vida, «al borde de la muerte  decía  se encuentra la verdadera vida».

Se sabía en el pueblo, que todo el mundo, podía encontrar en sor Gracia una sonrisa, una ayuda, una asistencia fraterna. Era humilde, bulliciosa, pero respetuosa con todo y con todos; no quería llamar la atención de nadie, pero casi nadie dejaba de fijarse en ella. «Hay que pedir, hay que rogar, hay que aconsejar,  repetía . Estaba dedicada a la enseñanza, pero tenía predilección por los enfermos y los pobres. Su recuerdo en Turís es imborrable.

De Valencia, y bautizada en la colegiata de San Bartolomé, es María del Sagrado Corazón (María Purificación Gómez Vives). Las tradiciones del instituto, hablan de que: los horarios los cumplía a rajatabla; que en la capilla era de un recogimiento hermoso y contagioso, que guardaba el silencio escrupulosamente, y que era muy buena.

De su bondad y discreción, nos hablan también, los que la conocieron, especialmente sus alumnas. En el año 1936, se encontraba en el colegio, que en Molins de Rei tenía el instituto, y se trasladó a Valencia, cuando por la fuerza, tuvieron que salir del mismo. Había nacido el 6 de febrero de 1881.

Nacida en San Martín de Provenoais (Barcelona), el 13 de 1885, María del Socorro, (Teresa Jiménez Baldoví), fue bautizada en Santa María del Mar.

Por la pérdida de la madre, la encontramos acogida, en la casa de misericordia, de las Carmelitas de la Caridad, en donde fue creciendo en todos los aspectos.

En 1907, a sus veintidós años, ingresó en el noviciado, de las hermanas de la Doctrina Cristiana, y en el año 1936, formaba parte de la comunidad de Mislata.

Era tierna, caritativa, sobre todo con las personas de la casa, que es una de las formas más difíciles, de ejercer la caridad humilde. Sus mejores esfuerzos, los dedicó a la educación de los niños, los parvulillos, que estaban pasando ellos también, por el mismo trance de orfandad, que ella misma había vivido.

Huérfana, María de los Dolores (Gertrudis Suris Brusola), nace en Barcelona, el 17 de enero de 1899. Bautizada en la catedral de Barcelona, recibe la formación, primero en el colegio de las religiosas francesas, y luego en la Escuela Normal de Barcelona. Pasaba los veranos con los tíos, que la habían acogido, en Cabrera de Mar.

Allí conoció, a las hermanas de la Doctrina Cristiana, y en el año 1918, se encontró con la maestra de novicias pintora, que repetía: «Vale más hablar con Dios, que hablar de Dios». Dieciocho años después, las dos le oyeron decir: «... Si el grano de trigo no muere, él solo queda; mas si muere, lleva mucho fruto ... »

Además, los de Ondara, supieron que sus clases, fueron siempre excelentes; y que no se ciñó simplemente, a la explicación del catecismo, y cualquier otra materia, sino que daba también un repaso de actualidad, en cualquiera de sus enseñanzas. Al final, al llegar a Valencia, dijo: «Mi suerte será, la de todas mis hermanas».

En la parroquia de San Antonio de Valencia, fue bautizada en 1862, Ignacia del Santísimo Sacramento (Josefa Pascual Pallardó). Nunca se movió de Sollana; allí se supo de su santa sencillez, de su lúcida inocencia.

Le encantaba a sor Ignacia, estar al servicio inmediato, de la subsistencia de la comunidad. Sabía que en la cocina podía y debía, encontrar la dignidad y la elegancia espiritual, como en cualquier otro oficio. Hizo siempre con esmero, el trabajo sencillo y escondido, que se le había solicitado.

Y desde el tiempo lejano del noviciado, en San Vicente dels Horts, dejaba traslucir un gozo interior contagioso, que era la alegría, de cuantos se le acercaban. En el año 1936, las sacaron por la fuerza, de la comunidad de Sollana, y sor Ignacia se dirigió a la calle Maestro Chapí, donde se encontraban sus otras hermanas.

De Sueca (Valencia) es María del Rosario, (Catalina Calpe Ibáñez), y fue bautizada en la parroquia de San Pedro Apóstol. Eran su pasión los libros de espiritualidad y de historia.

Cuentan que lo que más le tentaba eran la lectura, y las escapadas, para visitar a la Virgen de los Desamparados. Con la tormenta del 1936, dejó el colegio de la Sagrada Familia de Valencia, de cuya comunidad formaba parte, y pasó a la comunidad de la calle Maestro Chapí, donde perfumó la casa, con sus jaculatorias, hasta el día 20 de noviembre, día en que llegaría a la plenitud de la vida. Había nacido el 25 de noviembre de 1855.

Nunca sabremos cuándo escribió María de la Paz (Isabel López García), nacida en Turís (Valencia), al dorso de aquella estampa, que guardaba en uno de sus libros, y que rezaba: «Señor, hacedme digna de ser mártir, por vuestro amor».

Por supuesto, una plegaria que sonaba, como a temblor y suspiro. Sor Paz se educó en el colegio, que las hermanas de la Doctrina Cristiana, tenían en Turís, y se enamoró de la obra de la madre Micaela, cuyos pasos quiso seguir. Hasta el final de sus días, puso en práctica su nombre, pues sembró de paz y de servicios, la estancia de las hermanas, en la comunidad de Valencia. Había nacido el 12 de agosto de 1885.

De Albacete, posiblemente del pueblo de La Roda, es Marcela de Santo Tomás (Áurea Navarro). Sor Marcela, fue la más afortunada de las novicias, de la madre Sufragio.

Las otras novicias, a finales de julio, madre Ángeles y madre Sufragio, vieron necesario, el que regresaran a casa de sus padres, ante las perspectivas sombrías que se avecinaban. La pobre Marcela, sin noticias desde hacía tiempo de sus familiares, tuvo que quedarse con las hermanas. ¿Pobre?. Fue su gran oportunidad. Así, la última de las novicias, se enriqueció con la palma del martirio.

De Carlet (Valencia), es María del Calvario (Josefa Romero Clariana). Había nacido el 11 de abril de 1871. Tuvo muchas dificultades, por parte de la familia, para ingresar en el instituto. Pero Josefa, tenía tomada la decisión con mucha fuerza, y a los veintiún años, ingresó en el noviciado. Ya profesa, formó parte de las comunidades de San Vicente dels Horts, Tabernes de Valldigna, Guadasuar, Carlet.

Aquí se encontraba el 18 de julio, cuando tuvieron que salir a toda velocidad del colegio. Se refugió en casa de su hermana, en donde se encontraban escondidas, dos sobrinas, también religiosas de la Doctrina Cristiana.

Ocho días estuvo en la cárcel de Carlet, y el 26 de septiembre fue fusilada, en el Barranco de los Perros, del término de Llosa de Ranes. Sor Calvario, junto con la madre Amparo, precedieron en el martirio, a las otras quince mártires, de la comunidad de Valencia.

Finalmente, la madre Amparo (Teresa Rosat Balasch), había nacido en Mislata, (Valencia), el 15 de octubre de 1873. En el instituto, la encontramos ya en el año 1896. Y en 1906, había pronunciado sus votos perpetuos. Fue superiora de las comunidades de Tabernes de Valldigna, Molins de Rei, Cabrera de Mar, Cornellá y Carlet, de cuya comunidad formaba parte, en el año 1936.

Como todas, tuvo que encontrar un lugar adonde ir, y lo hizo en casa de una familia amiga, Filomena García Cubel, pero a los pocos días, la encontramos en la cárcel de Carlet, de donde salió la misma lóbrega noche, que sacaron a sor Calvario. Las dos corrieron la misma suerte. Era el 26 de septiembre de 1936. la Madre Amparo era hija única, y al morir, dejó a su madre, una mujer mayor y enferma. Al finalizar la guerra, las hermanas de la Doctrina Cristiana, la acogieron hasta sus últimos días.

Éste fue el curso de su existencia, el lema de su vida consagrada: habían enseñado a leer a los niños; habían ofrecido letras a los analfabetos; habían curado las heridas de las gentes más abandonadas; a todos habían tratado de infundir las enseñanzas del Maestro.

Al final, un sencillo perdón  sin condiciones  para sus enemigos. Todas esperaban con la firmeza y la seguridad, de quienes sabían, que al amanecer de aquel día, vendría el Esposo de Sangre, con quien cada una de las hermanas, se había desposado.

La hermosa página del Apocalipsis, se sigue editando, cada vez que hay grupos de gentes, sacrificadas en la tribulación. Lo que pasa, es que esa página de los mártires, con túnicas de sangre, es una página que tiene nombres propios, biografías de tierra, y medidas de años.

Los nombres propios de nuestras 17 mártires, quedaron inscritas en el Libro de la Vida, el 1 de octubre de 1995, día en que el papa Juan Pablo II, las declaró oficialmente beatas.

Bibliografía

E. T. GIL DE MURO: Con la palma sobre el pecho (Crónica de amor y testimonio). Monte Carmelo. Burgos; A. LLIN CHACER: Memoria y profecía. Ed. Hermanas de la Doctrina Cristiana.

ORACIÓN.  Dios y Señor nuestro, que manifiestas tu fuerza en nuestra debilidad, al celebrar con alegría, el precioso martirio de tus siervas Ángeles y compañeras, concédenos que fortalecidos, con el Espíritu de tu Amor, permanezcamos fieles a Tí, en todas las circunstancias de la vida. ¡Que España vuelva a vibrar por Tí, de todo corazón!. A Tí que Vives y Reinas por Siempre, por los Siglos de los Siglos. Amén.

jueves, 26 de noviembre de 2020

 26 de Noviembre

SAN JUAN BERCHMANS

Religioso

( + 1621)

Patrón de monaguillos y servidores del altar, novicios oblatos, jóvenes

Defensor de la Inmaculada Concepción

Breve

San Juan Bermanchs, de la Compañía de Jesús. Un joven belga, trasplantado al jardín del paraíso, sin haber ajado la flor de su inocencia, a los veintidós años de edad, Malinas (Bélgica). 1599-1621. Defensor de la Inmaculada Concepción.

-------------------------------------

San Juan Berchmans, nació en Diest, pequeña villa de Flandes, Bélgica, en el año 1599. Nació el 13 de marzo, y murió otro 13, el de agosto.

Su padre Juan, curtidor de pieles, y su madre Isabel, eran buenos cristianos. Tuvieron cinco hijos, de los cuales tres se consagraron al Señor. Murió pronto la madre, y al final, el padre se ordenó sacerdote.

Juan fue el ángel del hogar, fiel ayudante de su madre. Inició sus estudios en el Seminario de Malinas, luego entró en el Noviciado de los Jesuitas, de la misma ciudad. Más tarde pasó a Roma. En el Seminario y en el Noviciado, se distinguió por su candor, estudio y piedad.

Su devoción a la Virgen era proverbial. Sentía hacia ella, un cariño tierno, profundo, confiado y filial. "Si amo a María, decía, tengo segura mi salvación; perseveraré en la vocación, alcanzaré cuanto quisiere, en una palabra seré todopoderoso". A ella dedicó su Coronita de las doce estrellas.

Pululaban por entonces, los errores de Bayo, catedrático de Escritura en Lovaina, quien afirmaba que María, había sido concebida en pecado. Los teólogos Belarmino y Francisco de Toledo, intervienen para esclarecer la verdad.

Es curioso notar, que el gran teólogo español, Juan de Lugo, atribuye el movimiento a favor de la Inmaculada, a las oraciones de Berchmans. El mismo Lugo insiste, en que el decreto del 24 de mayo de 1622, se ha conseguido, por la influencia sobrenatural de Juan Berchmans.

En él, se confirman las constituciones de Sixto VI, Alejandro VI, San Pío V, y Pablo V. Se ordena severamente, que nadie, ni de palabra ni por escrito, se atreva a afirmar que la Santísima Virgen María, fue concebida en pecado, y se solemniza la fiesta de la Inmaculada.

En el último año de su vida, Juan se había comprometido, firmando con su propia sangre, a "afirmar y defender, dondequiera que se encontrase, el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María".

Los santos han practicado, en grado heroico, todas las virtudes. Pero suelen distinguirse, en alguna de ellas. ¿Cuál es la virtud característica de Berchmans?. Él deseaba practicarlas a todas por igual.

Su obsesión, su locura de santo, era la fidelidad, en observar perfectamente sus obligaciones, sin excusas ni escapismos. "La virtud más eminente, es hacer sencillamente, lo que tenemos que hacer", decía Pemán en El Divino Impaciente.

Aparentemente, en su vida no había hecho nada importante, nada llamativo. Pero vivió "apasionado por la gloria de Dios". "Quiere trabajar, sin perder la más pequeña parte de su tiempo". Aprovecha las cruces de la vida diaria: "Mi mayor penitencia, es la vida común". "Quiero ser santo sin espera alguna".

Hacía cada cosa en su momento, y sobrenaturalizando la intención. Cuando hay que orar, decía, ora con todo amor. Cuando hay que estudiar, estudia con toda ilusión. Cuando hay que practicar deporte, practícalo con todo entusiasmo. Y siempre con más amor, en cada instante del programa diario, bajo la dulce mirada maternal de la Virgen María. Estudiaba, con la mirada puesta en el futuro apostolado, en las almas que se le encomendarían. 

Mi mayor consuelo, decía al morir joven, es no haber quebrantado nunca en mi vida religiosa, regla alguna, ni orden de mis superiores, a sabiendas y advertidamente, y el no haber cometido nunca un pecado venial. Alto y recio mensaje. Es patrono de los que se preparan para el sacerdocio. Murió el 13 de agosto de 1621. Sus últimas palabras fueron: Jesús, María.

Testimonio Personal: En el día de este querido Santo, pude concluir exitosamente el pago módico a mi favor, de un larguísimo juicio de defensa marcaria – 13 años - que tuve que encarar, por la apropiación inaceptable, por parte de una empresa de Telecomunicaciones de mi país. Los costos fueron cuantiosos, pero la marca fue restituida. Recibí y sentí el consuelo de este Santo, en ese día, en donde me decía que no me preocupara, que todo había sido pesado y medido en el cielo.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de San Juan Berchmans, podamos vivir con pureza nuestra vida, evitando toda situación próxima de pecado, como películas, conversaciones y amistades inconvenientes; así como perder el tiempo, en tantas cosas inútiles que sobreabundan en este mundo. A Tí Señor, que Vives y Reinas por Siempre, por los Siglos de los Siglos. Amén.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

 25 de Noviembre

Santa Catalina de Alejandría

Virgen y Mártir +306

Patrona de las mujeres solteras, estudiantes, secretarias y maestros

Santa Catalina, era una mujer bien educada del siglo IV. Después de su conversión, a la edad de 18 años, predicó el Evangelio en Alejandría, Egipto.

Mientras estaba encarcelada por el emperador Maximus, convirtió a la emperadora, y al jefe de las fuerzas armadas – el coronel Porfirio -, a doscientos soldados, y a los cincuenta sabios, designados por el emperador, que contendieron con ella. A consecuencia de ello, todos fueron martirizados.

Antes de ser decapitada, la pusieron entre dos ruedas con ganchos, con el propósito de destrozarla. Pero las ruedas se quebraron, al contacto de su cuerpo virginal.

Después de su muerte, fue llevada por los ángeles al Monte Sinaí, lugar de peregrinación en Tierra Santa. Se dice que Santa Juana de Arco, escuchó su voz.

Se le venera en el Este, desde el siglo IX. Es protectora de esposas, vírgenes, niños, y los que trabajan con ruedas y cuchillos.

Dos Iglesias romanas, Santa Catalina de Funari y Santa Catalina de la Rota, llevan su nombre. También tiene una capilla, en Santa María Maggiore, y San Clemente.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión, de Santa Catalina de Alejandría, puedas suscitar en el mundo, la existencia de muchos varones y mujeres piadosos e inteligentes, cuyo perfume angélico, llenen de gozo y de paz, a los corazones de la Humanidad. Que ella también pueda interceder, para convencer a los sabios y científicos del mundo, a buscar tu Reino Celeste. Te lo pedimos a Tí, que Vives y Reinas, por los Siglos de los Siglos. Amén.

martes, 24 de noviembre de 2020

 24 de Noviembre

Santa Flora y Santa María


Mártires mozárabes en Córdoba (+851)


Los martirologios de Adón, Usuardo, Maurolico, del obispo Equilino y el Romano, hacen memoria de estas dos vírgenes, mártires de Córdoba, lo que hace pensar, en la repercusión que debió tener el doble martirio, en toda la España del siglo IX, y explicar la rápida difusión de su culto.

Flora es hija de madre cristiana, y padre musulmán. Fue educada por su madre, desde pequeña, en el amor a Jesucristo, y aprendió de sus labios, el valor relativo de las cosas de este mundo. Tiene un hermano —musulmán fanático— que la denuncia como cristiana, en presencia del cadí. Allí es azotada cruelmente, para hacerla renegar, pero se mantiene firme en la fe.

El cadí, la pone bajo la custodia de su hermano, a fin de que la instruya, en la fe musulmana, y así la haga cambiar de actitud. Santa Flora se somete a dicha tutela, durante algún tiempo, pero finalmente llega a la conclusión, de la fortaleza y paz profunda de la Fe cristiana, y huye en la noche.

María es hija de cristianos. Sus padres han puesto a su hijo Walabonso, bajo la custodia de un sacerdote, con el encargo de educarlo en un monasterio, mientras ella, entra en el cenobio de Cuteclara. Muerto mártir su hermano, se dirige ahora a la iglesia de San Acisclo, después de haber tomado, una firme resolución.

Las dos jóvenes, coinciden a los pies de San Acisclo. El saludo de la paz, les ha facilitado abrirse mutuamente las almas, y se encuentran en comunión de sentimientos, deseos y resoluciones. Se juran amistad para siempre, una caridad que dura hasta el Cielo.

Flora decide presentarse al cadí, a fin de evitar más problemas familiares con su hermano, que la estaba buscando. María la acompaña. Se encaminan con valentía al palacio del cadí, y hacen ante él, pública profesión de fe cristiana.

Encarceladas, son condenadas por los jueces a morir decapitadas, no sin el consuelo, ánimo y bendición de San Eulogio, que las conoció y bendijo. Hecha la señal de la cruz, primero será la cabeza de Flora, la cortada por el alfanje, después rueda la de María.

Sus cuerpos quedan expuestos, para disuasión de cristianos, y demostración del poder musulmán, a las aves y los perros. Al día siguiente, los arrojaron al Guadalquivir.

Sus cabezas se depositaron en la iglesia de San Acisclo.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión, de Santa Flora y María, cesen las persecuciones religiosas, y se establezca una real amistad entre todos los credos, en el espíritu de la Reunión de Asís, donde el Papa Juan Pablo II, y todas las confesiones religiosas, dialogaron y acordaron mantenerse unidas, luchando en común, por hacer accesibles a todos los hombres, los tesoros del cielo.

Que podamos recordar que Tú, no rechazaste dialogar con los Samaritanos, y enviaste al amado Apóstol San Pablo, a predicar la Fe a los pueblos paganos, sin violencia de ninguna clase. A Tí Señor, que Vives y Reinas por Siempre, por los Siglos de los Siglos. Amén.

lunes, 23 de noviembre de 2020

 23 Noviembre

SAN CLEMENTE I


(San Clemente Romano)

Tercer Sucesor de Pedro (Cuarto Papa)

Padre Apostólico, mártir c.97AD

San Clemente subraya, que la Iglesia tiene una estructura sacramental, y no una estructura política.

Humildad y Amor Fraterno”

Cuarto Papa. Tercer sucesor de San Pedro, como obispo de Roma, y vicario de Cristo. Escribió una importante carta a los corintios, carta que tenía por objeto, restablecer entre ellos, la paz y la concordia.

Nacido en Roma, fue elegido en el año 88, y murió mártir en el año 97.

Restableció el uso de la Confirmación, según el rito de San Pedro. Empieza a usarse en las ceremonias religiosas, la palabra Amén.

Escribe como obispo de Roma, a la Iglesia de Corinto, en referencia a la desobediencia de algunos fieles hacia los presbíteros (C. 95AD). Su intervención en un asunto particular de otra Iglesia, indica la preeminencia de Roma.

Exiliado por el emperador Trajano hacia el Ponto, fue arrojado en el mar con un áncora al cuello.

-------------------------------------------------------------

S.S. Benedicto XVI, sobre el Papa Clemente Romano

Audiencia, 7 marzo de 2007

San Clemente, obispo de Roma, en los últimos años del siglo I, es el tercer sucesor de Pedro, después de Lino y Anacleto. El testimonio más importante sobre su vida, es el de San Ireneo, obispo de Lyón, hasta el año 202.

Él atestigua que Clemente, «había visto a los Apóstoles», «se había encontrado con ellos» y «todavía resonaba en sus tímpanos su predicación, y tenía ante los ojos su tradición» («Adversus haereses» 3, 3, 3). Testimonios tardíos, entre los siglos IV y VI, atribuyen a Clemente, el título de mártir.

La autoridad y el prestigio de este obispo de Roma, eran tales que se le atribuyeron varios escritos, pero su única obra segura es la «Carta a los Corintios».

Eusebio de Cesarea, el gran «archivero» de los orígenes cristianos, la presenta con estas palabras: «Nos ha llegado una carta de Clemente, reconocida como auténtica, grande y admirable. Fue escrita por él, de parte de la Iglesia de Roma, a la Iglesia de Corinto. Sabemos que desde hace mucho tiempo, y todavía hoy, es leída públicamente durante la reunión de los fieles » (Historia Eclesiástica, 3,16).

A esta carta, se le atribuía un carácter casi canónico.

Al inicio de este texto, escrito en griego, Clemente se lamenta por el hecho, de que «las imprevistas calamidades, acaecidas una después de otra» (1,1), le hayan impedido una intervención más inmediata. Estas «adversidades», han de identificarse con la persecución de Domiciano: por ello la fecha de composición de la carta, hay que remontarla a un tiempo inmediatamente posterior, a la muerte del emperador, y al final de la persecución, es decir, inmediatamente después del año 96.

La intervención de Clemente –estamos todavía en el siglo I– era solicitada, por los graves problemas, por los que atravesaba la Iglesia de Corinto: los presbíteros de la comunidad, de hecho, habían sido confrontados después, por algunos jóvenes contestadores.

La penosa situación es recordada una vez más, por San Ireneo, que escribe: «Bajo Clemente, al surgir un gran choque entre los hermanos de Corinto, la Iglesia de Roma, envió a los corintios una carta importantísima, para reconciliarles en la paz, renovar su fe y anunciar la tradición, que desde hace poco tiempo, ella había recibido de los Apóstoles» («Adversus haereses» 3, 3, 3).

Podríamos decir que esta carta, constituye un primer ejercicio del Primado Romano, después de la muerte de San Pedro. La carta de Clemente, retoma temas muy sentidos por San Pablo, que había escrito dos grandes cartas a los corintios, en particular la dialéctica teológica, perennemente actual, entre indicativo de la salvación, e imperativo del compromiso moral.

Ante todo, está el alegre anuncio de la gracia que salva. El Señor nos previene, y nos da el perdón; nos da su amor, la gracia de ser cristianos, hermanos y hermanas suyos. Es un anuncio, que llena de alegría nuestra vida, y que da seguridad a nuestro actuar: el Señor nos previene siempre con su bondad, y ésta es siempre más grande, que todos nuestros pecados.

Es necesario, sin embargo, que nos comprometamos de manera coherente, con el don recibido, y que respondamos al anuncio de la salvación, con un camino generoso y valiente de conversión.

Respecto al modelo de San Pablo, la novedad está en que Clemente, da continuidad a la parte doctrinal, y a la parte práctica, que conformaban todas las cartas de Pablo, con una «gran oración», en la que prácticamente concluye la carta.

La oportunidad inmediata de la carta, abre al obispo de Roma, la posibilidad de exponer ampliamente, la identidad de la Iglesia y de su misión. Si en Corinto se han dado abusos, observa Clemente, el motivo hay que buscarlo, en la debilitamiento de la caridad, y de otras virtudes cristianas indispensables.

Por este motivo, invita a los fieles, a la humildad y al amor fraterno, dos virtudes que forman parte verdaderamente, del ser en la Iglesia. «Somos una porción santa», exhorta, «hagamos, por tanto, todo lo que exige la santidad» (30, 1).

En particular, el obispo de Roma, recuerda que el mismo Señor, «estableció donde y por quien quiere, que los servicios litúrgicos sean realizados, para que todo, cumplido santamente, y con su beneplácito, sea aceptable a su voluntad… Porque el sumo sacerdote, tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas, tienen encomendados sus propios servicios; mientras que el laico, está sometido a los preceptos del laico» (40, 1-5: obsérvese que en esta carta, de finales del siglo I, aparece por primera vez, en la literatura cristiana, el término «laikós», que significa «miembro del laos», es decir, «del pueblo de Dios»). 

De este modo, al referirse a la liturgia del antiguo Israel, Clemente revela su ideal de Iglesia. Ésta es congregada, por el «único Espíritu de gracia, infundido sobre nosotros», que sopla en los diversos miembros del Cuerpo de Cristo, en el que todos, unidos sin ninguna separación, son «miembros los unos de los otros» (46, 6-7).

La neta distinción entre «laico» y la jerarquía, no significa para nada una contraposición, sino sólo esta relación orgánica de un cuerpo, de un organismo, con las diferentes funciones. La Iglesia, de hecho, no es un lugar de confusión y de anarquía, donde cada uno puede hacer lo que quiere; en todo momento: cada quien en este organismo, con una estructura articulada, ejerce su ministerio, según su vocación recibida.

Por lo que se refiere, a los jefes de las comunidades, Clemente explicita claramente, la doctrina de la sucesión apostólica. Las normas que la regulan, se derivan, en última instancia del mismo Dios. El Padre ha enviado a Jesucristo, quien a su vez ha enviado a los Apóstoles.

Éstos luego, mandaron a los primeros jefes de las comunidades, y establecieron que a ellos, les sucedieran otros hombres dignos. Por tanto, todo procede «ordenadamente de la voluntad de Dios» (42). Con estas palabras, con estas frases, San Clemente subraya, que la Iglesia tiene una estructura sacramental, y no una estructura política.

La acción de Dios, que sale a nuestro encuentro en la liturgia, precede a nuestras decisiones e ideas. La Iglesia es sobre todo, don de Dios, y no una criatura nuestra, y por ello esta estructura sacramental, no garantiza sólo el ordenamiento común, sino también la precedencia del don de Dios, del que todos tenemos necesidad.

Finalmente, la «gran oración», confiere una apertura cósmica, a los argumentos precedentes. Clemente alaba y da gracias a Dios, por su maravillosa providencia de amor, que ha creado el mundo, y que sigue salvándolo y santificándolo.

Particular importancia asume, la invocación para los gobernantes. Después de los textos del Nuevo Testamento, representa la oración más antigua por las instituciones políticas.

De este modo, tras la persecución, los cristianos, aunque sabían que continuarían las persecuciones, no dejan de rezar por esas mismas autoridades, que les habían condenado injustamente. El motivo es, ante todo de carácter cristológico: es necesario rezar por los perseguidores, como lo hizo Jesús en la cruz.

Pero esta oración, tiene también una enseñanza que orienta, a través de los siglos, la actitud de los cristianos, ante la política y el Estado.

Al rezar por las autoridades, Clemente reconoce la legitimidad de las instituciones políticas, en el orden establecido por Dios; al mismo tiempo, manifiesta la preocupación, de que las autoridades sean dóciles a Dios, y «ejerzan el poder que Dios les ha dado, con paz, mansedumbre y piedad» (61, 2).

César no lo es todo. Emerge otra soberanía, cuyo origen y esencia, que no son de este mundo, sino «de lo alto»: es la de la Verdad, que tiene el derecho ante el Estado, de ser escuchada.

De este modo, la carta de Clemente afronta numerosos temas, de perenne actualidad. Es aún más significativa, pues representa desde el siglo I, la solicitud de la Iglesia de Roma, que preside en la caridad, a todas las demás Iglesias.

Con el mismo Espíritu, elevemos también nosotros, las invocaciones de la «gran oración», allí donde el obispo de Roma, asume la voz del mundo entero: «Sí, Señor, haz que resplandezca en nosotros tu rostro, con el bien de la paz; protégenos con tu mano poderosa… Nosotros te damos gracias, a través del Sumo Sacerdote, y guía de nuestras almas, Jesucristo, por medio del cual, sea gloria y alabanza a Tí, ahora, y de generación en generación, por los siglos de los siglos. Amén» (60-61).

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de San Clemente, Papa y Mártir, pueda la Iglesia conservarse siempre como parte de tu Divino Cuerpo Celeste, no buscando nunca reconocimiento político, sino predicar siempre, la Penitencia y el Arrepentimiento a todos los corazones, tal como lo pide siempre la Santísima Virgen, en todas sus intervenciones. Te lo pedimos a Tí, que Vives y Reinas por siempre, por los Siglos de los Siglos. Amén.

 22 de Noviembre

Santa Cecilia


Virgen, mártir de la Iglesia primitiva

(año 230)

Patrona de los músicos

Cuerpo Incorrupto

Santos Valeriano, Tiburcio y Máximo

Breve: El culto de Santa Cecilia, bajo cuyo nombre, fue construida en Roma una basílica en el siglo V, se difundió ampliamente, a causa del relato de su martirio, en el que es ensalzada, como ejemplo perfectísimo de la mujer cristiana, que abrazó la virginidad, y sufrió el martirio por amor a Cristo.

-----------------------------------

Durante más de mil años, Santa Cecilia ha sido una de las mártires de la primitiva Iglesia, más veneradas por los cristianos. Su nombre, figura en el canon de la misa. Las "actas" de la Santa afirman, que pertenecía a una familia patricia de Roma, y que fue educada en el cristianismo.

Solía llevar un vestido de tela muy áspera, bajo la túnica propia de su dignidad; ayunaba varios días por semana, y había consagrado a Dios su virginidad. Pero su padre, que veía las cosas de un modo diferente, la casó con un joven patricio, llamado Valeriano.

El día de la celebración del matrimonio, en tanto que los músicos tocaban, y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón, a cantar a Dios en su corazón, y a pedirle que la ayudase.

Cuando los jóvenes esposos, se retiraron a sus habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo: "Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor, vela por mí. Si me tocas, como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá, y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará, como me ama a mí".

Valeriano replicó: "Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides". Cecilia le dijo: "Si crees en el Dios vivo y verdadero, y recibes el agua del bautismo, verás al ángel". Valeriano accedió, y fue a buscar al obispo Urbano, quien se hallaba entre los pobres, cerca de la tercera mojonera de la Vía Apia. Urbano le acogió con gran gozo.

Entonces se acercó un anciano, que llevaba un documento, en el que estaban escritas las siguientes palabras: "Un solo Señor, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todo, y en nuestros corazones".

Urbano preguntó a Valeriano: "¿Crees esto?". Valeriano respondió que sí, y Urbano le confirió el bautismo. Cuando Valeriano regresó a donde estaba Cecilia, vio a un ángel de pie, junto a ella. El ángel colocó sobre la cabeza de ambos, una guirnalda de rosas y lirios.

Poco después, llegó Tiburcio, el hermano de Valeriano, y los jóvenes esposos, le ofrecieron una corona inmortal, si renunciaba a los falsos dioses. Tiburcio se mostró incrédulo al principio, y preguntó: "¿Quién ha vuelto de más allá de la tumba, a hablarnos de esa otra vida?". Cecilia le habló largamente de Jesús. Tiburcio recibió el bautismo, y al punto vio muchas maravillas.

Desde entonces, los dos hermanos se consagraron a la práctica de las buenas obras. Ambos fueron arrestados, por haber sepultado los cuerpos de los mártires.

Almaquio, el prefecto ante el cual comparecieron, empezó a interrogarlos. Las respuestas de Tiburcio, le parecieron desvaríos de loco. Entonces, volviéndose hacia Valeriano, le dijo que esperaba, que le respondería en forma más sensata. Valeriano replicó, que tanto él como su hermano, estaban bajo el cuidado del mismo médico, Jesucristo, el Hijo de Dios, quien les dictaba sus respuestas.

En seguida comparó, con cierto detenimiento, los gozos del cielo con los de la tierra; pero Almaquio le ordenó que cesase de disparatar, y dijese a la corte, si estaba dispuesto a hacer sacrificios a los dioses, para obtener la libertad.

Tiburcio y Valeriano, replicaron juntos: "No, no sacrificaremos a los dioses, sino al único Dios, al que diariamente ofrecemos sacrificio". El prefecto les preguntó, si su Dios se llamaba Júpiter. Valeriano respondió: "Ciertamente no. Júpiter era un libertino infame, un criminal y un asesino, según lo confiesan vuestros propios escritores".

Valeriano se regocijó, al ver que el prefecto los mandaba azotar, y hablaron en voz alta, a los cristianos presentes: "¡Cristianos romanos, no permitáis que mis sufrimientos, os aparten de la verdad!. ¡Permaneced fieles al Dios único, y pisotead los ídolos, de madera y de piedra que Almaquio adora!".

A pesar de aquella declaración, el prefecto tenía aún la intención, de concederles un respiro para que reflexionasen, pero uno de sus consejeros, le dijo que emplearían el tiempo, en distribuir sus posesiones entre los pobres, con lo cual impedirían que el Estado las confiscase. Así pues, fueron condenados a muerte.

La ejecución se llevó a cabo, en un sitio llamado Pagus Triopius, a seis kilómetros de Roma. Con ellos, murió un cortesano llamado Máximo, el cual, viendo la fortaleza de los mártires, se declaró cristiano.

Cecilia sepultó los tres cadáveres. Después fue llamada, para que abjurase de la fe. En vez de abjurar, convirtió a los que la inducían a ofrecer sacrificios. El Papa Urbano, fue a visitarla en su casa, y bautizó ahí a 400 personas, entre las cuales se contaba a Gordiano, un patricio, quien estableció en casa de Cecilia, una iglesia, que Urbano consagró más tarde a la santa.

Durante el juicio, el prefecto Almaquio, discutió detenidamente con Cecilia. La actitud de la Santa le enfureció, pues ésta se reía de él en su cara, y le atrapó con sus propios argumentos.

Finalmente, Almaquio la condenó a morir sofocada, en el baño de su casa. Pero por más que los guardias, pusieron en el horno, una cantidad mayor de leña, Cecilia pasó en el baño, un día y una noche, sin recibir daño alguno.

Entonces el prefecto, envió a un soldado a decapitarla. El verdugo, descargó tres veces la espada sobre su cuello, y la dejó tirada en el suelo. Cecilia pasó tres días entre la vida y la muerte.

En ese tiempo, los cristianos acudieron a visitarla, en gran número. La santa legó su casa a Urbano, y le confió el cuidado de sus servidores. Fue sepultada, junto a la cripta pontificia, en la catacumba de San Calixto.

El Papa San Pascual I (817-824), trasladó las reliquias de Santa Cecilia, junto con las de los Santos Tiburcio, Valeriano y Máximo, a la iglesia de Santa Cecilia in Transtévere.

En 1599, el cardenal Sfondrati restauró la iglesia, en honor a la Santa en Transtévere, y volvió a enterrar las reliquias de los cuatro mártires. Según se dice, el cuerpo de Santa Cecilia estaba entero e incorrupto, por más que el Papa Pascual, había separado la cabeza del cuerpo, ya que entre los años 847 y 855, la cabeza de Santa Cecilia, formaba parte de las reliquias de los Cuatro Santos Coronados.

Se cuenta que en 1599, se permitió ver el cuerpo de Santa Cecilia, al escultor Maderna, quien esculpió una estatua de tamaño natural, muy real y conmovedora. "No estaba de espaldas como un cadáver en la tumba," dijo más tarde el artista, “sino recostada del lado derecho, como si estuviese en la cama, con las piernas un poco encogidas, en la actitud de una persona que duerme".

La estatua se halla actualmente, en la iglesia de Santa Cecilia, bajo el altar, próximo al sitio, en el que se había sepultado nuevamente el cuerpo, en un féretro de plata.

Sobre el pedestal de la estatua, puso el escultor la siguiente inscripción: "He aquí a Cecilia, virgen, a quien yo vi incorrupta en el sepulcro. Esculpí para vosotros, en mármol, esta imagen de la santa, en la postura en que la vi".

De Rossi determinó el sitio, en que la santa había estado originalmente sepultada, en el cementerio de Calixto, y se colocó en el nicho, una réplica de la estatua de Maderna.

Santa Cecilia es muy conocida en la actualidad, por ser la patrona de los músicos. Sus actas cuentan, que en el día de su matrimonio, en tanto que los músicos tocaban, Cecilia cantaba a Dios en su corazón. Al fin de la Edad Media, empezó a representarse a la Santa, tocando el órgano y cantando.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de Santa Cecilia y San Valeriano, así como de los Santos Tiburcio y Máximo, sea considerado siempre el matrimonio, como unión sagrada, espiritual y eterna entre los esposos, muy por encima de cualquier apetencia carnal, recuperando para nuestra Sociedad y nuestra Cultura, el carácter de pilar incorruptible que siempre tuvo. Por nuestro Señor Jesucristo, que Vive y Reina contigo por Siempre. Amén.