miércoles, 31 de julio de 2019


Segunda Feria 29 de julio

San Olaf de Noruega


Mártir

(1030 d. C.)

Breve
Etimológicamente significa “legado de los antepasados”. Viene de la lengua alemana.

En Nídaros (hoy Trondheim), ciudad de Noruega, San Olaf, mártir, que siendo rey de su pueblo, lo liberó de la idolatría, y propagó con gran diligencia, la fe cristiana que había conocido en Inglaterra, pero finalmente, atacado por sus enemigos, murió asesinado.

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Autor: P. Felipe Santos
Olaf era hijo de un señor noruego, llamado Harold Grenske. Después de practicar su padre, el pillaje y la piratería, durante ocho años, en 1015, Olaf lo sucedió en el gobierno del señorío, cuando tenía veinte años de edad.

En aquella época, la mayor parte de Noruega, se hallaba en manos de los daneses y los suecos. Tras efectuar la reconquista de sus feudos, Olaf se dedicó a trabajar, por la evangelización del reino, pues el arzobispo Roberto, le había conferido el bautismo en Rouen.

Aunque ya se había iniciado la evangelización, eran muy pocos sus progresos, porque según parece, los métodos misionales de Haakón el Bueno, y de Olaf Trygvason, eran bastante salvajes. En 1013, Olaf Haroldsson, el santo de que nos ocupamos, había ido a Inglaterra a ayudar al rey Etelredo, en la lucha contra los daneses.

Así pues, cuando se trató de evangelizar su propio reino, pidió ayuda a los ingleses. Cierto número de monjes y sacerdotes ingleses, se trasladaron a Noruega. Entre ellos, iba el monje Grimkel, quien fue elegido obispo de Nidaros, la capital del feudo de Olaf. Éste siguió el consejo del prelado, promulgó muchos decretos benéficos, y abolió las leyes y costumbres, que se oponían al Evangelio.

Desgraciadamente, como San Vladimiro de Rusia, y otros príncipes, que quisieron convertir a sus súbditos, no se contentó con emplear la persuasión, sino que se dejó llevar de un celo indiscreto, y recurrió a la violencia. Era verdaderamente implacable con sus enemigos, y por otra parte, sus decretos no eran bien mirados, en todo el reino.

Finalmente sus enemigos, se levantaron en armas, y con la ayuda de Canuto, rey de Inglaterra y Dinamarca, le derrotaron, y le expulsaron del país. San Olaf volvió con refuerzos suecos, a reconquistar su reino, pero pereció a manos de sus belicosos e infieles súbditos, en la batalla de Stiklestad, el 29 de julio de 1030.

Fue sepultado en el sitio en que murió, en un profundo banco de arena, a orillas del río Nid. En su sepulcro, brotó una fuente, a cuyas aguas, atribuyó el pueblo, propiedades milagrosas.

Al año siguiente, el obispo Grimkel, mandó erigir ahí una capilla, y se empezó a venerarle como mártir.

Los milagros se multiplicaron en el santuario, y cuando Magno, el hijo de Olaf, recuperó el trono, el culto del mártir, se popularizó mucho. En 1075, se sustituyó la capilla por una catedral, dedicada a Cristo y a San Olaf, que con el tiempo, se transformó en la catedral de Nidaros (Trondheim). El santuario, se convirtió en un importante centro de peregrinación.

En la Edad Media, el culto del "perpetuo rey de Noruega", se extendió a Suecia, Dinamarca, Inglaterra y otros países. Los noruegos le consideran todavía, como patrono y héroe nacional.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, te pedimos por las naciones escandinavas, para que las bendigas con generosidad, y para que puedan volver al seno de la familia católica, y así enriquecerla, con sus maravillosos dones de inteligencia, perseverancia, prudencia y tolerancia, a toda nuestra familia romana. A Tí Señor, que nos legaste la autoridad de San Pedro, como roca viviente para nuestra Fe. Amén.

martes, 30 de julio de 2019


Tercera Feria 30 de julio

San Pedro Crisólogo
(400-450)


Crisólogo: "orador áureo, excelente".
Arzobispo de Ravenna, Italia. Doctor de la Iglesia
Famoso por su prédica ungida

“Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos, como hostia viva”

Breve
Nació alrededor del año 380, en Imola, en la Emilia, y entró a formar parte del clero de aquella población. En el año 424, fue elegido obispo de Ravena, e instruyó a su grey, de la que era pastor celosísimo, con abundantes sermones y escritos. Murió hacia el año 450.

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Butler, Vida de los Santos, editado con datos adicionales, SCTJM

SAN PEDRO nació en Imola, en la Emilia oriental. Estudió las ciencias sagradas, y recibió el diaconado de manos de Cornelio, obispo de Imola, de quien habla con la mayor veneración y gratitud. Cornelio formó a Pedro en la virtud, desde sus primeros años, y le hizo comprender, que en el dominio de las pasiones, y de sí mismo, residía la verdadera grandeza, y que era éste el único medio, de alcanzar el espíritu de Cristo.

Elegido Obispo de Ravena - 433 AD.
Según la leyenda, San Pedro Crisólogo fue elevado a la dignidad episcopal, de la manera siguiente: Juan, el arzobispo de Ravena, murió hacia el año 433. El clero y el pueblo de la ciudad, eligieron a su sucesor, y pidieron a Cornelio de Imola, que encabezase la embajada que iba a Roma, a pedir al Papa San Sixto III, que confirmase la elección. Cornelio llevó consigo a su diácono Pedro.

Según se cuenta, el Papa había tenido la noche anterior, una visión de San Pedro y San Apolinar, primer obispo de Ravena, que había muerto por la fe, quienes le ordenaron que no confirmase la elección. Así pues, Sixto III, propuso para el cargo a San Pedro Crisólogo, siguiendo las instrucciones del cielo.

Los embajadores acabaron por doblegarse. El nuevo obispo, recibió la consagración, y se trasladó a Ravena, donde el pueblo le recibió con cierta frialdad. Es muy poco probable, que San Pedro haya sido elegido en esta forma, ya que el emperador Valentiniano III y su madre, Gala Placidia, residían entonces en Ravena, y San Pedro gozaba de su estima y confianza, así como de las del sucesor de Sixto III, San León Magno.

Cuando San Pedro llegó a Ravena, aún había muchos paganos en su diócesis, y abundaban los abusos entre los fieles. El celo infatigable del santo, consiguió extirpar el paganismo, y corregir los abusos.

Se distinguió por la inmensa caridad, e incansable vigilancia, con que atendió a su grey, exponiéndoles con suma claridad doctrinal, la palabra de Dios. Escuchaba con igual condescendencia y caridad, tanto a los humildes, como a los poderosos.

En la ciudad de Clasis, que era entonces el puerto de Ravena, San Pedro construyó un bautisterio, y una iglesia dedicada a San Andrés.

Sermones
En el siglo IX, se escribió una biografía de San Pedro, que da muy pocos datos sobre él. Alban Butler llenó esa laguna, con citas de los sermones del santo. Se conservan 176 homilías, de estilo popular, y muy expresivas. Son todas muy cortas, pues temía fatigar a sus oyentes.

Explican el Evangelio, el Credo, el Padre Nuestro, y citas de santos, para imitación y exaltación de las virtudes del verdadero cristiano. En una homilía, define al avaro como "esclavo del dinero", mientras que para el misericordioso, el dinero es "siervo".

Sus sermones, al lector moderno, no le parecerán modelos de elocuencia. Pero la vehemencia y la emoción con que predicaba, a veces le impedía seguir hablando. Aunque el estilo oratorio de San Pedro, no sea perfecto, es sin embargo, según Butler "exacto, sencillo y natural". Una vez más se demuestra, que la capacidad persuasiva de los santos, no depende de la elocuencia natural, sino en la fuerza del Espíritu Santo, que toca, por medio de ellos, a los corazones.

San Pablo escribió: "Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación, no tuvieron nada, de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración, del Espíritu y del Poder, para que vuestra Fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios". (I Corintios 2:3-5).

San Pedro, predicó en favor de la comunión frecuente, y exhortó a los cristianos, a convertir la Eucaristía, en su alimento cotidiano. Sus sermones, le valieron el apelativo "crisólogo" (hombres de palabras de oro"), y movieron a Benedicto XIII a declarar al santo, doctor de la Iglesia, en 1729.

Sumisión a la Fe
Eutiques, archimandrita de un monasterio de Constantinopla, escribió una circular, a los prelados más influyentes, entre ellos a San Pedro Crisólogo. Les hacía una apología, sobre la doctrina monofisita, en la víspera del Concilio de Calcedonia.

(Nota: la doctrina monofisita, afirmaba la sola naturaleza divina en Cristo, quedando su naturaleza humana, disuelta en la primera. El dogma ortodoxo de la Iglesia Católica, sostiene que en Cristo existen dos naturalezas, la divina y la humana «sin separación» y «sin confusión», según el símbolo Niceno-Constantinopolitano)

San Pedro le contestó, que había leído su carta con la pena más profunda, porque así como la pacífica unión de la Iglesia, alegra a los cielos, así las divisiones los entristecen.

Y añadió, que por inexplicable que sea el misterio de la Encarnación, nos ha sido revelado por Dios, y debemos creerlo con sencillez. Exhorta a Eutiques, a dirigirse al Papa León, puesto que "en el interés de la paz y de la fe, no podemos discutir sobre cuestiones relativas a la fe, sin el consentimiento del obispo de Roma". Eutiques fue condenado por San Flavio, en el año 448.

Final de su vida
Ese mismo año, San Pedro Crisólogo, recibió con grandes honores en Ravena, a San Germán de Auxerre; el 31 de julio, ofició en los funerales del santo francés, y conservó como reliquias, tanto su capucha, como su camisa de pelo.

San Pedro Crisólogo, no sobrevivió largo tiempo a San Germán. Habiendo tenido una revelación, sobre su muerte próxima, volvió a su ciudad natal de Imola, donde regaló a la Iglesia de San Casiano, varios cálices preciosos.

Después de aconsejar, que se procediese con diligencia, a elegir a su sucesor, murió en Imola, el 31 de julio del 451, (otras fuentes: el 3 de diciembre del 450), y fue sepultado, en la iglesia de San Casiano.

Bibliografía
Butler; Vida de los Santos
Sálesman, Sálesman; Vidas de los Santos # 3 -
Sgarbossa, Mario - Luigi Giovannini; Un santo para cada día 

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Del oficio de lectura, 30 de Julio

El misterio de la encarnación
De los sermones de San Pedro Crisólogo, Obispo y Doctor de la Iglesia

El hecho de que una virgen conciba, y continúe siendo virgen en el parto, y después del parto, es algo totalmente insólito y milagroso; es algo que la razón no se explica, sin una intervención especial, del poder de Dios; es obra del Creador, no de la naturaleza; se trata de un caso único, que se sale de lo corriente; es cosa divina, no humana.

El nacimiento de Cristo, no fue un efecto necesario de la naturaleza, sino obra del poder de Dios; fue la prueba visible del amor divino, la restauración de la humanidad caída.

Él mismo, que sin nacer, había hecho al hombre del barro intacto, tomó al nacer, la naturaleza humana de un cuerpo, también intacto; la mano que se dignó tomar barro para plasmarnos, también se dignó tomar carne humana, para salvarnos.

Por tanto, el hecho de que el Creador esté en su criatura, de que Dios esté en la carne, es un honor para la criatura, sin que ello signifique, afrenta alguna para el Creador.

Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales, a los ojos de Dios?. ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios?. ¿Por qué te preguntas tanto, de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho?. ¿Por ventura, todo este mundo que ves con tus ojos, no ha sido hecho precisamente, para que sea tu morada?.

Para ti ha sido creada esta luz, que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida, la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado, con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada, con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada, la admirable multitud de seres vivos, que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad, no ensombreciera, el gozo del mundo que empezaba.

Y el Creador, encuentra el modo de acrecentar aún más tu dignidad: pone en ti su imagen, para que de este modo, hubiera en la tierra una imagen visible, de su Hacedor invisible, y para que hicieras en el mundo, sus veces, a fin de que un dominio tan vasto, no quedara privado, de alguien que representara a su Señor.

Más aún, Dios, por su clemencia, tomó en sí, lo que en ti; había hecho por sí, y quiso ser visto realmente en el hombre, en el que antes, sólo había podido ser contemplado en imagen, y concedió al hombre ser en verdad, lo que antes había sido solamente, en semejanza.

Nace pues Cristo, para restaurar con su nacimiento, la naturaleza corrompida; se hace niño y consiente ser alimentado; recorre las diversas edades, para instaurar la única edad perfecta, permanente, la que él mismo había hecho; carga sobre sí al hombre, para que no vuelva a caer; lo había hecho terreno, y ahora lo hace celeste; le había dado un principio de vida humana, ahora le comunica, una vida espiritual y divina.

De este modo, lo traslada a la esfera de lo divino, para que desaparezca todo lo que había en él, de pecado, de muerte, de fatiga, de sufrimiento, de meramente terreno; todo ello por el don y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, ahora y siempre, y por los siglos inmortales. Amén.

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Oficio de lectura, Tercera Feria, IV semana de pascua
Se tú mismo el sacrificio, y el sacerdote de Dios
De los sermones de San Pedro Crisólogo, Obispo
Sermón 108

Os exhorto, por la misericordia de Dios, nos dice San Pablo. Él nos exhorta, o mejor dicho, Dios nos exhorta, por medio de Él. El Señor se presenta como quien ruega, porque prefiere ser amado mas que temido, y le agrada más mostrarse como Padre, que aparecer como Señor. Dios, pues, suplica por misericordia, para no tener que castigarnos con rigor.

Escucha cómo suplica el Señor: «Mirad y contemplad en Mí, vuestro mismo cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si ante lo que es propio de Dios, teméis, ¿por qué no amáis al contemplar, lo que es de vuestra misma naturaleza?. Si teméis a Dios como Señor, por qué no acudís a Él, como Padre?».

Pero quizá sea la inmensidad de mi Pasión, cuyos responsables fuisteis vosotros, lo que os confunde. No temáis. Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en Mí, el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos; lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz, os acoge con un seno más dilatado, pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre, no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio.

Venid pues, retornad y comprobaréis, que soy un Padre, que devuelvo bien por mal, amor por injurias, inmensa caridad, como paga de las muchas heridas».

Pero escuchemos ya, lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así, el Apóstol eleva a todos los hombres, a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es a la vez, sacerdote y víctima!. El cristiano, ya no tiene que buscar fuera de sí, la ofrenda que debe inmolar a Dios: la lleva consigo, y en sí mismo, lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote, permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio, no podría matar esta víctima.

Misterioso sacrificio, en que el cuerpo es ofrecido, sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece, sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos, como hostia viva.

Este sacrificio, hermanos, es como una imagen de la de Cristo, que permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo, por la vida del mundo: Él hizo efectivamente de su cuerpo, una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida.

Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida, y cuando en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos, como una hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo”.

Hombre, procura pues, ser tú mismo el sacrificio, y el sacerdote de Dios. No desprecies, lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente; que en tu pecho more el conocimiento, de los misterios de Dios; que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos, la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad.

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Oficio de lectura, 4 de julio, Santa Isabel de Portugal
Dichosos los que trabajan por la paz
De un sermón atribuido a San Pedro Crisólogo, Obispo

Dichosos los que trabajan por la paz –dice el evangelista, amadísimos hermanos–, porque ellos se llamarán, los hijos de Dios. Con razón, cobran especial lozanía, las virtudes cristianas, en Aquel que posee la armonía de paz cristiana, y no se llega a la denominación, de hijo de Dios, si no es a través, de la práctica de la paz.

La paz, amadísimos hermanos, es la que despoja al hombre, de su condición de esclavo, y le otorga el nombre de libre, y cambia su situación ante Dios, convirtiéndolo de criado en hijo, de siervo en hombre libre. La paz entre los hermanos, es la realización de la voluntad divina, el gozo de Cristo, la perfección de la santidad, la norma de la justicia, la maestra de la doctrina, la guarda de las buenas costumbres, la que regula convenientemente, todos nuestros actos.

La paz, recomienda nuestras peticiones ante Dios, y es el camino más fácil, para que obtengan su efecto, haciendo así que se vean colmados, todos nuestros deseos legítimos. La paz es madre del Amor; el vínculo de la concordia, es el indicio manifiesto, de la pureza de nuestra mente; ella alcanza de Dios, todo lo que quiere, ya que su petición es siempre eficaz.

Cristo, el Señor, nuestro rey, es quien nos manda conservar esta paz, ya que Él ha dicho: «La paz os dejo, mi paz os doy», lo que equivale a decir: «Os dejo en paz, y quiero encontraros en paz»; lo que nos dio al marchar, quiere encontrarlo en todos, cuando vuelva.

El mandamiento celestial, nos obliga a conservar, esta paz que se nos ha dado, y el deseo de Cristo, puede resumirse en pocas palabras: volver a encontrar lo que nos ha dejado. Plantar y hacer arraigar la paz, es cosa de Dios; arrancarla de raíz es cosa del enemigo. En efecto, así como el amor fraterno, procede de Dios, así el odio procede del demonio; por esto, debemos apartar de nosotros, toda clase de odio, pues dice la Escritura: El que odia a su hermano, es un homicida.

Veis pues, hermanos muy amados, la razón por la que hay que procurar, y buscar la paz y la concordia; estas virtudes, son las que engendran y alimentan la caridad. Sabéis, como dice San Juan, que el Amor es de Dios; por consiguiente, el que no tiene este Amor, vive apartado de Dios.

Observemos por tanto hermanos, estos mandamientos de vida; trabajemos por mantenernos unidos, en el amor fraterno, mediante los vínculos de una paz profunda, y el nexo saludable de la caridad, que cubre la multitud de los pecados.

Todo vuestro afán, ha de ser la consecución de este Amor, capaz de alcanzar todo bien, y todo premio. La paz es la virtud, que hay que guardar con más empeño, ya que Dios está siempre rodeado, de una atmósfera de paz.

Amad la paz, y hallaréis en todo, la tranquilidad del espíritu; de este modo, aseguráis vuestro premio, y vuestro gozo, y la Iglesia de Dios, fundamentada en la unidad de la paz, se mantendrá fiel, a las enseñanzas de Cristo.

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El Verbo, sabiduría de Dios, se hizo hombre

De los sermones de San Pedro Crisólogo, Obispo
Sermón 117

El apóstol San Pablo nos dice, que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su obrar; totalmente iguales por el número, y orden de sus miembros, pero totalmente distintos por su respectivo origen.

Dice en efecto la Escritura: El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.

Aquel primer Adán, fue creado por el segundo, de quien recibió el alma, con la cual empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo, y fue su propio autor, pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el Único, de quien procede la vida de todos.

Aquel primer Adán, fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en Éste, la carne llega a ser Dios.

Y, ¿qué más podemos añadir?. Este es aquel Adán, que cuando creó al primer Adán, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza, y adoptara su mismo nombre, para que aquel, a quien había formado a su misma imagen, no pereciera.

El primer Adán es en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último, es realmente, también el primero, como Él mismo afirma: «Yo soy el primero, y yo soy el último».

«Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque ciertamente, no tengo fin. No es primero lo espiritual –dice–, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El espíritu no fue lo primero –dice–, primero vino la vida, y después el espíritu».

Sin duda, es la tierra antes que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa, como el fruto; aquélla exige lágrimas y trabajo, éste en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con razón, el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: “Nuestra tierra ha dado su fruto”. ¿Qué fruto?. Aquel que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas, lo pondré sobre tu trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.

Igual que el terreno, son los hombres terrenos; igual que el celestial, son los hombres celestiales. ¿Cómo pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial, llegaron a ser de esta naturaleza, y no permanecieron, tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la condición, en que habían renacido?.

Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del Espíritu, el cual fecunda con su luz, el seno materno de la fuente virginal, para que aquellos, a quienes el origen terreno de su raza, da a luz en condición terrena y miserable, vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes, a su mismo Creador.

Por tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realicemos lo que nos dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del hombre celestial.

Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza, la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a Él corresponde, sino siendo su imagen, por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas, por las que el Señor, se ha dignado hacerse uno de nosotros, y ser semejante a nosotros.

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JUEVES SEGUNDO DE ADVIENTO, Lecturas de la liturgia de las horas
PRIMERA LECTURA
Del Libro del Profeta Isaías 26, 7-21

SEGUNDA LECTURA
De los Sermones de San Pedro Crisólogo, Obispo
(Sermón 147: PL 52, 594-595)

El amor desea ver a Dios

Al ver Dios, que el temor arruinaba el mundo, trató inmediatamente, de volverlo a llamar con Amor, de invitarlo con su gracia, de sostenerlo con su caridad, de vinculárselo con su afecto.

Por eso purificó la tierra, afincada en el mal, con un diluvio vengador, y llamó a Noé, padre de la nueva generación, persuadiéndolo con suaves palabras, ofreciéndole una confianza familiar, al mismo tiempo, que lo instruía piadosamente sobre el presente, y lo consolaba con su gracia, respecto al futuro.

Y no le dio ya órdenes, sino que con el esfuerzo de su colaboración, encerró en el arca, las criaturas del todo el mundo, de manera que el amor que surgía de esta colaboración, acabase con el temor de la servidumbre, y se conservara con el amor común, lo que se había salvado, con el común esfuerzo.

Por eso, también llamó a Abrahán, de entre los gentiles; engrandeció su nombre; lo hizo padre de la Fe; lo acompañó en el camino; lo protegió entre los extraños; le otorgó riquezas; lo honró con triunfos; se le obligó con promesas; lo libró de injurias; se hizo su huésped bondadoso; lo glorificó con una descendencia, de la que ya desesperaba; todo ello para que rebosante de tantos bienes, seducido por tamaña dulzura, de la caridad divina, aprendiera a amar a Dios, y no a temerlo; a venerarlo con amor, y no con temor.

Por eso, también consoló en sueños a Jacob, en su huida, y a su regreso, lo incitó a combatir; y lo retuvo con el abrazo del luchador, para que amase al padre de aquel combate, y no lo temiese.

Y así mismo, interpeló a Moisés, en su lengua vernácula; le habló con paterna caridad, y le invitó a ser el libertador de su pueblo.

Pero así que la llama del Amor Divino, prendió en los corazones humanos, y toda la ebriedad del amor de Dios, se derramó sobre los humanos sentidos, satisfecho el espíritu, por todo lo que hemos recordado, los hombres, comenzaron a querer contemplar a Dios, con sus ojos carnales.

Pero la angosta mirada humana, ¿cómo iba a poder abarcar a Dios, al que no abarca todo el mundo creado?. La exigencia del amor, no atiende a lo que va a ser, o a lo que debe, o puede ser.

El amor ignora el juicio, carece de razón, no conoce la medida. El amor no se inquieta ante lo imposible, no se acobarda con la dificultad. El amor es capaz de matar al amante, si no puede alcanzar lo deseado; va a donde se siente arrastrado, no a donde debe ir.

El amor engendra el deseo, se crece con el ardor, y por el ardor, tiende a lo inalcanzable. ¿Y qué más?. El amor no puede quedarse, sin ver lo que ama: por eso lo santos, tuvieron en poco, todos sus merecimientos, si no iban a poder ver a Dios.

Moisés se atreve por ello a decir: «Si he obtenido tu favor, enséñame tu gloria». Y otro dice también: «Déjame ver tu figura». Incluso los mismos gentiles, modelaron sus ídolos, para poder contemplar con sus propios ojos, lo que veneraban, en medio de sus errores.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que hiciste de tu Obispo, San Pedro Crisólogo, un insigne predicador de la Palabra encarnada, concédenos, por sus méritos y su intercesión, ser vuestros sacerdotes, y portaestandartes de la Paz, por el ofrecimiento de nuestro cuerpo, a tus Divinos Deseos. A Tí Señor, que eres Sacerdote Eterno, y Príncipe de la Paz. Amén.



lunes, 29 de julio de 2019


Segunda Feria, 29 de julio

BEATO URBANO II
159ª Papa


(† 1099)

Breve
Gran reformista del clero, continuó con el trabajo del insigne Papa Gregorio VII. Supo mantener la autoridad de la Iglesia, en un período de enorme oscuridad, violencia extrema, y decadencia de las costumbres en Europa.

Su llamado a la primera cruzada, fué aclamada en ese tiempo por la Europa Cristina, pero las reflexiones posteriores, muchos siglos después, viendo las horrendas consecuencias humanas, entre la población musulmana, motivó al Papa Juan Pablo II, a hacer una fuerte declaración, el 12 de marzo de 2000, durante la Jornada del día de Perdón, por todo lo actuado en ese entonces, “especialmente por los cristianos del segundo milenio”. Al final de este texto, podemos leer sus palabras al respecto.

Los príncipes cristianos, se comportaron como verdaderos criminales, y hasta entraron en disputa, con el propio emperador bizantino, ya que éste temió ser a su vez invadido. Las consecuencias de las cruzadas, las estamos viviendo hasta el día de hoy, ya que incluso no cesó la intervención de Occidente, en esa región hasta nuestros días.

Esto nos enseña, sobre la falibilidad de las decisiones humanas de los pontífices, lo que hace patente, que sin el auxilio del Espíritu Santo, nadie puede vislumbrar el camino verdadero, ni siquiera el Sumo Pontífice.

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BERNARDINO LLORCA, S. I.

El Beato Urbano II, (1040-1099) es indudablemente, uno de los papas más insignes de la Edad Media, cuyo mérito principal consiste, aparte de la santidad de su vida, en haber hecho progresar notablemente, y llevado adelante la reforma eclesiástica, ampliamente emprendida por San Gregorio VII (1073-1085). El resultado brillante de sus esfuerzos, aparece bien de manifiesto, en los grandes sínodos de Piacenza y de Clermont, de 1095, y en la primera Cruzada, iniciada en este último concilio (1095-1099).

Nacido de una familia noble, en la diócesis de Soissons, en el año 1040, llamábase Eudes u Otón; tuvo por maestro en Reims, al fundador de los cartujos, San Bruno: fue allí mismo canónigo, y el año 1073, entró en el monasterio de Cluny, donde se apropió plenamente, del espíritu de la reforma cluniacense, entonces en su apogeo.

De esta manera, se modeló su carácter suave y humilde, pero al mismo tiempo, entusiasta y emprendedor. Por esto, llegó fácilmente a la convicción, de que el espíritu de la reforma cluniacense, que iba penetrando en todos los sectores de la Iglesia, era el destinado por Dios para realizar la transformación, a que aspiraban los hombres, de más elevado criterio eclesiástico. Por esto, ya desde el principio, de la gran campaña reformadora, emprendida por Gregorio VII, Otón fue uno de sus más decididos partidarios.

Estaba entonces, al frente de la abadía de Cluny, el gran reformador San Hugón, a cuya propuesta, Gregorio VII, elevó en 1078 al monje Otón, al obispado de Ostia. Bien pronto, pudo éste dar claras pruebas, de sus extraordinarias cualidades de gobierno, pues enviado por el Papa como legado a Alemania, supo allí defender victoriosamente, los derechos de la Iglesia, frente a las arbitrariedades, del emperador Enrique IV. Al volver de esta legación, acababa de morir Gregorio VII.

La situación de la Iglesia, era en extremo delicada. Al desaparecer el gran Papa, personificación de la reforma eclesiástica, dejaba tras de sí, a un ejército de hombres eminentes, discípulos, o admiradores de sus ideas. Frente a ellos, estaban sus adversarios, entre los cuales se hallaban, el violento Enrique IV, y el antipapa puesto por él, Clemente III.

En estas circunstancias, fue elegido el papa Víctor III (1086-1087), antiguo abad de Montecasino, gran amigo de las letras, pero indeciso, reconciliador, y poco partidario de las medidas violentas. Pero muerto inesperadamente, al año de su pontificado, fue elegido entonces, nuestro Otón de Ostia, quien tomó el nombre de Urbano II.

Era indudablemente, el hombre más adecuado, el hombre providencial en aquellas circunstancias. Dotado de las más eximias virtudes cristianas, era un amante y entusiasta decidido, de la reforma eclesiástica, de que ya había dado muestras suficientes.

Precisamente por esto, su elección fue considerada por todos, como el mayor triunfo de las ideas gregorianas, y rápidamente recobraron todo su influjo, los elementos partidarios de la reforma eclesiástica. Así lo entendieron también Enrique IV, el antipapa Clemente III, y todos los adversarios de la reforma, los cuales se aprestaron, a la lucha más encarnizada.

Ya desde el principio, quiso el nuevo Papa, dar muestras inequívocas de su verdadera posición. En diferentes cartas, dirigidas a los obispos alemanes y franceses, escritas en los primeros meses de su pontificado, expresó claramente su decisión, de renovar en todos los frentes, la campaña de reforma gregoriana.

Así lo manifestó, en el concilio Romano de la cuaresma de 1089, y sobre todo, así lo proclamó en el concilio de Melfi, de septiembre del mismo año, en el que se renovaron las disposiciones, contra la simonía – el cobro para acceder a cargos eclesiásticos -, contra el concubinato, y contra la investidura laica, y que constituye el programa, que Urbano II se proponía realizar en su gobierno.

Mas, por otra parte, con su carácter más flexible y diplomático, unido a su espíritu de longanimidad y mansedumbre, siguió un camino diverso, del que se había seguido anteriormente, y con él obtuvo mejores resultados. Inflexible en los principios, y genuino representante de la reforma gregoriana, sabía acomodarse a las circunstancias, procurando sacar de ellas, el mayor partido posible.

Símbolo de su modo de proceder, son Felipe I de Francia, vicioso y afeminado, pero hombre en el fondo de buena voluntad, y Enrique IV de Alemania, bien conocido por sus veleidades, y mala fe. Del primero, procuró sacar lo que pudo, con concesiones y paternales amonestaciones. Con el segundo, ni siquiera lo intentó, manteniendo frente a él, los principios de reforma, y alentando siempre a los partidarios de la misma.

Con clara visión, sobre la necesidad de intensificar el ambiente general de reforma, fomentó e impulsó los trabajos de los apologistas. Movidos por este impulso pontificio, muchos y acreditados escritores, lanzaron al público, importantes obras, que contribuyeron eficazmente a que ganaran terreno, y se afianzaran las ideas de reforma.

Así Gebhardo de Salzburgo, compuso una carta, dirigida a Hermann de Metz, típico representante de la oposición a la reforma, en la que defiende con valiente argumentación, la justicia del Papa. Bernardo de Constanza dirigió a Enrique IV, un tratado, en el que establece como base, la expresión de San Mateo (18, 17): "El que rehúsa escuchar a la Iglesia, sea para ti, como un pagano y un publicano"; y poco después publicó una verdadera apologética de la reforma.

Otro escritor insigne, Anselmo de Lucca, redactó una obra contra Guiberto, es decir, el antipapa Clemente III. Indudablemente, este movimiento literario, impulsado por Urbano II, fue un arma poderosa y eficaz, para la realización de la reforma.

Así pues, mientras con prudentes concesiones, y convenios ventajosos para la Iglesia, Urbano II logró robustecer su influjo en Francia, España, Inglaterra y otros territorios, en Alemania, siguió la lucha abierta y decidida con Enrique IV.

En Francia, mantuvo con energía, la santidad del matrimonio cristiano, frente al divorcio realizado por el rey, al separarse de la reina Berta, llegando en 1094 a excomulgarlo; mas, por otra parte, en la cuestión de la investidura laica, por la que los príncipes defendían, su derecho de nombramiento de los obispos, llegó a un acuerdo, que fue luego la base de la solución final y definitiva: el rey renunciaba a la investidura con anillo y báculo, dejando a los eclesiásticos la elección canónica; pero se reservaba la aprobación de la elección, que iba acompañada de la investidura, de las insignias temporales.

También en Inglaterra, tuvo que mantenerse enérgico Urbano II, frente al rey Guillermo, quien a la muerte de Lanfranco, no quería reconocer ni a Urbano Il, ni al antipapa Clemente III; pero al fin, se llegó a una especie de reconciliación.

El resultado, fue un robustecimiento extraordinario del prestigio pontificio, y de la reforma eclesiástica por él defendida. El espíritu religioso, aumentaba en todas partes. Los cluniacenses, se hallaban en el apogeo de su influjo, y por su medio, la reforma penetraba, en todos los medios sociales. El estado eclesiástico iba ganando extraordinariamente, por lo cual se formaban, en muchas ciudades, grupos de canónigos regulares, de los cuales, el mejor exponente, fueron los premonstratenses, fundados poco después.

Es cierto, que durante casi todo su pontificado, Urbano II se vio obligado a vivir fuera de Roma, pues Enrique IV mantenía allí al antipapa Clemente III. Pese a esto, no obstante, desplegó una actividad extraordinaria, y fue constantemente ganando terreno. En una serie de sínodos, celebrados en el sur de Italia, renovó las prescripciones reformadoras, proclamadas al principio de su gobierno.

Pero donde apareció más claramente, el éxito y la significación del pontificado de Urbano II, fue en los dos grandes concilios de Piacenza y de Clermont, celebrados en 1095.

En el gran concilio de Piacenza, celebrado en el mes de marzo, ante más de cuatro mil clérigos, y treinta mil laicos reunidos, proclamó de nuevo, los principios fundamentales de la reforma.

Pero en este concilio, se presentaron los embajadores del emperador bizantino, en demanda de socorro, frente a la opresión de los cristianos en Oriente. Así pues, Urbano II trató de mover al mundo occidental, a enviar al Oriente el auxilio necesario, para defender los Santos Lugares. Fue el principio de las Cruzadas; mas como se trataba de un asunto de tanta trascendencia, se determinó dar la respuesta definitiva, en otro concilio que se celebraría en Clermont.

Efectivamente, se dedicaron inmediatamente, gran número de predicadores del temple de Pedro de Amiéns, llamado también Pedro el Ermitaño, a predicar la Cruzada, en todo el centro de Europa. Urbano II, con su elocuencia extraordinaria, y el fervor que le comunicaba, su espíritu ardiente y entusiasta, contribuyó eficazmente, a mover a gran número de príncipes y caballeros, de la más elevada nobleza.

El resultado fue el gran concilio de Clermont, de noviembre de 1095, en el que en presencia de catorce arzobispos, doscientos cincuenta obispos, cuatrocientos abades, y un número extraordinario de eclesiásticos, de príncipes y caballeros cristianos, se proclamaron de nuevo, los principios de la reforma, y la Tregua de Dios.

Después de esto, a las ardientes palabras que dirigió Urbano II, en las que describió con los más vivos colores, la necesidad de prestar auxilio a los cristianos de Oriente, y rescatar los Santos Lugares, respondieron todos con el grito de ¡Dios lo quiere!, que fue en adelante, el santo y seña de los cruzados. De este modo, se organizó inmediatamente, la primera Cruzada, cuyo principal impulsor fue indudablemente, el papa Urbano Il.

Después de tan gloriosos acontecimientos, mientras Godofredo de Bouillón, Balduino, y los demás héroes de la primera Cruzada, realizaban tan arriesgada empresa, Urbano II continuaba, su intensa actividad reformadora.

En las Navidades de 1096, pudo finalmente entrar en Roma, donde celebró una gran asamblea o sínodo, en Letrán. En enero de 1097, celebró otro importante concilio en Roma; otro de gran trascendencia en Bari, en octubre de 1088; pero el de más significación de estos últimos años, fue el de la Pascua, celebrado en Roma en 1099, donde en presencia de ciento cincuenta obispos, proclamó de nuevo, los principios de reforma, y la prohibición de la investidura laica.

Poco después, en julio del mismo año 1099, moría el santo papa Urbano II, sin conocer todavía la noticia, del gran triunfo final de la primera Cruzada, con la toma de Jerusalén, ocurrida quince días antes.

En realidad, el Beato Urbano Il, fue digno sucesor en la Sede Pontificia, de San Gregorio VII, y digno representante de los intereses de la Iglesia, en la campaña iniciada, de la más completa renovación eclesiástica. En ella, tuvo más éxito que su predecesor, logrando transformar en franco triunfo, y en resultados positivos, la labor iniciada por sus predecesores.

Esta impresión de avance y de triunfo, aparece plenamente confirmada y enaltecida, con el principio, de una de las más sublimes epopeyas de la Iglesia, y de la Edad Media cristiana, que son las Cruzadas, y con el éxito final de la primera, que es la conquista de Tierra Santa, y la formación del reino de Jerusalén, con que termina este glorioso pontificado. Por eso, la memoria de Urbano II, va inseparablemente unida a la primera Cruzada, la única plenamente victoriosa.

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Recordamos con Amor y Agradecimiento a otro pontífice:


-San Félix II, papa. (355 dc), Romano e hijo de Anastasio, según el testimonio de San Dámaso. Gobernó la Iglesia un año y tres meses. Reunió un concilio en Roma, y condenó al emperador Constancio y a los arrianos. Estos herejes le quitaron la vida en el año 359. Sus sagradas cenizas, juntamente con las de los mártires Abundio y Abundancio, fueron halladas en la diaconía de San Cosme y San Damián, en 1582, y colocadas en la iglesia de la Compañía de Jesús.

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HOMILÍA Del PAPA JUAN PABLO II

SANTA MISA DE LA JORNADA DEL PERDÓN DEL AÑO SANTO 2000

Primer domingo de Cuaresma, 12 de marzo

1. "En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!. A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él" (2 Co 5, 20-21).

La Iglesia relee estas palabras de San Pablo cada año, el miércoles de Ceniza, al comienzo de la Cuaresma. Durante el tiempo cuaresmal, la Iglesia desea unirse de modo particular a Cristo, que impulsado interiormente por el Espíritu Santo, inició su misión mesiánica, dirigiéndose al desierto, donde ayunó, durante cuarenta días y cuarenta noches (cf. Mc 1, 12-13).

Al término de ese ayuno, fue tentado por Satanás, como narra sintéticamente, en la liturgia de hoy, el evangelista San Marcos (cf. Mc 1, 13). San Mateo y San Lucas, en cambio, tratan con mayor amplitud, ese combate de Cristo en el desierto, y su victoria definitiva, sobre el tentador: "Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto"" (Mt 4, 10).

Quien habla así, es Aquel "que no conoció pecado" (2 Co 5, 21), Jesús, "el Santo de Dios" (Mc 1, 24).

2. "A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros" (2 Co 5, 21). Acabamos de escuchar, en la segunda lectura, esta afirmación sorprendente del Apóstol. ¿Qué significan estas palabras?. Parecen una paradoja, y efectivamente lo son. ¿Cómo pudo Dios, que es la santidad misma, "hacer pecado" a su Hijo unigénito, enviado al mundo?.

Sin embargo, esto es precisamente lo que leemos, en el pasaje de la segunda carta de San Pablo a los Corintios. Nos encontramos ante un misterio: misterio que a primera vista, resulta desconcertante, pero que se inscribe claramente, en la Revelación Divina.

Ya en el Antiguo Testamento, el libro de Isaías, habla de ello con inspiración profética, en el cuarto canto, del Siervo de Yahveh: "Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y el Señor descargó sobre Él, la culpa de todos nosotros" (Is 53, 6).

Cristo, el Santo, a pesar de estar absolutamente sin pecado, acepta tomar sobre sí, nuestros pecados. Acepta para redimirnos; acepta cargar con nuestros pecados, para cumplir la misión recibida del Padre, que como escribe el evangelista San Juan, "tanto amó al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él (…), tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

3. Ante Cristo, que por Amor, cargó con nuestras iniquidades, todos estamos invitados, a un profundo examen de conciencia. Uno de los elementos característicos del gran jubileo, es el que he calificado, como "purificación de la memoria" (Incarnationis mysterium, 11).

Como Sucesor de Pedro, he pedido que "en este año de misericordia, la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su Señor, se postre ante Dios, e implore perdón, por los pecados pasados y presentes, de sus hijos" (ib.). Este primer domingo de Cuaresma, me ha parecido la ocasión propicia, para que la Iglesia, reunida espiritualmente, en torno al Sucesor de Pedro, implore el perdón divino, por las culpas de todos los creyentes. ¡Perdonemos y pidamos perdón!.

Esta exhortación, ha suscitado en la comunidad eclesial, una profunda y provechosa reflexión, que ha llevado a la publicación, en días pasados, de un documento de la Comisión Teológica Internacional, titulado: "Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado".

Doy las gracias, a todos los que han contribuido, a la elaboración de este texto. Es muy útil, para una comprensión y aplicación correctas, de la auténtica petición de perdón, fundada en la responsabilidad objetiva, que une a los cristianos, en cuanto miembros del Cuerpo Místico, y que impulsa a los fieles de hoy a reconocer, además de sus culpas propias, las de los cristianos de ayer, a la luz de un cuidadoso discernimiento histórico y teológico.

En efecto, "por el vínculo que une a unos y otros, en el Cuerpo Místico, y aun sin tener responsabilidad personal, ni eludir el juicio de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores, y de las culpas de quienes nos han precedido" (Incarnationis mysterium, 11). Reconocer las desviaciones del pasado, sirve para despertar nuestra conciencia, ante los compromisos del presente, abriendo a cada uno, el camino de la conversión.

4. ¡Perdonemos y pidamos perdón!. A la vez que alabamos a Dios, que en su Amor Misericordioso, ha suscitado en la Iglesia, una cosecha maravillosa de santidad, de celo misionero, y de entrega total a Cristo y al prójimo, no podemos menos de reconocer, las infidelidades al Evangelio, que han cometido algunos de nuestros hermanos, especialmente durante el segundo milenio.

Pidamos perdón, por las divisiones que han surgido entre los cristianos, por el uso de la violencia, que algunos de ellos hicieron al servicio de la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad, adoptadas a veces, con respecto a los seguidores de otras religiones.

Confesemos, con mayor razón, nuestras responsabilidades de cristianos, por los males actuales. Frente al ateísmo, a la indiferencia religiosa, al secularismo, al relativismo ético, a las violaciones del derecho a la vida, al desinterés por la pobreza de numerosos países, no podemos menos de preguntarnos, cuáles son nuestras responsabilidades.

Por la parte que cada uno de nosotros, con sus comportamientos, ha tenido en estos males, contribuyendo a desfigurar el rostro de la Iglesia, pidamos humildemente perdón.

Al mismo tiempo que confesamos nuestras culpas, perdonemos las culpas, cometidas por los demás contra nosotros. En el curso de la historia, los cristianos han sufrido muchas veces atropellos, prepotencias y persecuciones, a causa de su fe. Al igual que perdonaron a las víctimas de dichos abusos, así también perdonemos nosotros.

La Iglesia de hoy y de siempre, se siente comprometida, a purificar la memoria de esos tristes hechos, de todo sentimiento de rencor o venganza. De este modo, el jubileo, se transforma para todos, en ocasión propicia de profunda conversión al Evangelio. De la acogida del perdón divino, brota el compromiso, de perdonar a los hermanos, y de reconciliación recíproca.

5. Pero, ¿qué significa para nosotros, el término "reconciliación"?. Para captar su sentido y su valor exactos, es necesario ante todo, darse cuenta de la posibilidad de la división, de la separación. Sí, el hombre es la única criatura en la tierra, que puede establecer una relación de comunión, con su Creador, pero también es la única que puede separarse de Él. De hecho, por desgracia, con frecuencia, se aleja de Dios.

Afortunadamente muchos, como el hijo pródigo, del que habla el evangelio de San Lucas (cf. Lc 15, 13), después de abandonar la casa paterna, y disipar la herencia recibida, al tocar fondo, se dan cuenta, de todo lo que ha perdido (cf. Lc 15, 13-17). Entonces, emprenden el camino de vuelta: « Me levantaré, iré a mi padre y le diré: "Padre, pequé..." » (Lc 15, 18).

Dios, bien representado por el padre de la parábola, acoge a todo hijo pródigo, que vuelve a Él. Lo acoge por medio de Cristo, en quien el pecador, puede volver a ser "justo", con la justicia de Dios. Lo acoge, porque hizo pecado por nosotros, a su Hijo Eterno. Sí, sólo por medio de Cristo, podemos llegar a ser justicia de Dios (cf. 2 Co 5, 21).

6. "Dios tanto amó al mundo, que dio a su Hijo único". ¡Éste es en síntesis, el significado, del misterio de la redención del mundo!. Hay que darse cuenta plenamente, del valor del gran don, que el Padre nos ha hecho en Jesús. Es necesario, que ante la mirada de nuestra alma, se presente Cristo, el Cristo de Getsemaní, el Cristo flagelado, coronado de espinas, con la cruz a cuestas, y por último, crucificado. Cristo tomó sobre Sí, el peso de los pecados, de todos los hombres; el peso de nuestros pecados, para que en virtud de su sacrificio salvífico, pudiéramos reconciliarnos con Dios.

Saulo de Tarso, convertido en San Pablo, se presenta hoy, ante nosotros, como testigo: él experimentó, de modo singular, la fuerza de la cruz, en el camino de Damasco.

El Resucitado se le manifestó, con todo el esplendor de su poder: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (...) ¿Quién eres, Señor? (...) Yo soy Jesús, a quien tú persigues" (Hch 9, 4-5). San Pablo, que experimentó con tanta fuerza, el poder de la cruz de Cristo, se dirige hoy a nosotros, con una ardiente súplica: "Os exhortamos, a que no recibáis en vano, la gracia de Dios". San Pablo insiste, en que esta gracia, nos la ofrece Dios mismo, que nos dice hoy a nosotros: "En el tiempo favorable te escuché, y en el día de salvación, te ayudé" (2 Co 6, 2).

María, Madre del perdón, ayúdanos a acoger la gracia del perdón, que el jubileo nos ofrece abundantemente. Haz que la Cuaresma, de este extraordinario Año Santo, sea para todos los creyentes, y para cada hombre, que busca a Dios, el momento favorable, el tiempo de la reconciliación, el tiempo de la salvación.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, ayúdanos a perdonar, para así ser perdonados; ayúdanos a ser compasivos para obtener compasión; ayúdanos a permitir, que seamos ayudados y aconsejados por nuestro prójimo. Que la reconciliación y la conversión hacia Tí, se restablezca en toda la Tierra, y podamos recibir así tu Paz, en nuestros corazones Amén.