viernes, 30 de marzo de 2018


Sexta Feria, 30 de Marzo

Viernes Santo


VÍA CRUCIS EN EL COLISEO

Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada

PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Colina del Palatino

Viernes Santo 10 de abril de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Al terminar el relato dramático de la Pasión, anota el evangelista San Marcos: «El centurión que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”» (Mc 15,39). No deja de sorprendernos la profesión de fe de este soldado romano, que había asistido al desarrollo de las diferentes fases de la crucifixión.

Cuando la oscuridad de la noche, estaba por caer sobre aquel Viernes único de la historia, cuando el sacrificio de la cruz ya se había consumado, y los que estaban allí, se apresuraban para poder celebrar la Pascua judía, a tenor de lo prescrito, las breves palabras, oídas de labios de un comandante anónimo de la tropa romana, resuenan en el silencio, ante aquella muerte tan singular.

Este oficial de la tropa romana, que había asistido a la ejecución de uno de tantos condenados a la pena capital, supo reconocer en aquel Hombre crucificado, al Hijo de Dios, que expiraba en el más humillante abandono. Su fin ignominioso, habría debido marcar el triunfo definitivo del odio y de la muerte, sobre el amor y la vida. Pero no fue así. En el Gólgota, se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el «Hijo de Dios», como confesó el centurión, «al ver cómo había expirado», en palabras del evangelista.

La profesión de fe de este soldado, se repite cada vez que volvemos a escuchar, el relato de la pasión según San Marcos. También nosotros esta noche, como él, nos detenemos a contemplar el rostro exánime del Crucificado, al final de este tradicional Vía Crucis, que ha congregado, gracias a la transmisión radiotelevisiva, a mucha gente de todas partes el mundo.

Hemos revivido el episodio trágico, de un Hombre único en la historia de todos los tiempos, que ha cambiado el mundo, no abatiendo a otros, sino dejando que lo mataran clavado en una cruz. Este Hombre, uno de nosotros, que mientras lo están asesinando, perdona a sus verdugos, es el «Hijo de Dios», que como nos recuerda el apóstol San Pablo, «no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo… se rebajó, hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8).

La pasión dolorosa del Señor Jesús, suscita necesariamente piedad hasta en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor de Dios, por cada uno de nosotros. Observa San Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16). Cristo murió en la cruz por amor.

A lo largo de los milenios, muchedumbres de hombres y mujeres, han quedado seducidos por este misterio, y le han seguido, haciendo al mismo tiempo de su vida, un don a los hermanos como Él, y gracias a su ayuda. Son los santos y los mártires, muchos de los cuales nos son desconocidos.

También en nuestro tiempo, cuántas personas, en el silencio de su existencia cotidiana, unen sus padecimientos a los del Crucificado, y se convierten en Apóstoles de una auténtica renovación espiritual y social.

¿Qué sería del hombre sin Cristo?. San Agustín señala: «Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido» (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué no acogerlo en nuestra vida?.

Detengámonos esta noche contemplando su rostro desfigurado: es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí, todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas, y en todas nuestras inquietudes.

Hermanos y hermanas, mientras se yergue la Cruz sobre el Gólgota, la mirada de nuestra fe, se proyecta hacia el amanecer del Día nuevo, y gustamos ya el gozo y el fulgor de la Pascua. «Si hemos muerto con Cristo –escribe San Pablo–, creemos que también viviremos con Él» (Rm 6,8).

Con esta certeza, continuamos nuestro camino. Mañana, Sábado Santo, velaremos en oración. Pero ya ahora oremos con María, la Virgen Dolorosa, oremos con todos los adolorados, oremos sobre todo, con los afectados por el terremoto de L’Aquila: oremos para que también brille para ellos en esta noche oscura, la estrella de la esperanza, la luz del Señor resucitado.

Desde ahora, deseo a todos una feliz Pascua, en la luz del Señor Resucitado.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana


Promesas Hechas por Nuestro Señor Jesucristo a los que meditan su Santa Pasión

1ª) Obtendrán el entero perdón de los pecados.
2ª) Conseguirán las fuerzas necesarias, para resistir a todas las tentaciones diabólicas.
3ª) En la hora de la muerte gozarán de una Paz Perfecta, y tendrán la seguridad de salvarse.


Oración: En esta noche dolorosa Señor, hacemos nuestro voto de meditar tu Santa Pasión, y así honrarte y acompañarte todos los Jueves de 23.00 a 24.00 hs, y todos los Viernes a las 15.00 horas, y así alcanzar la Gracia de tu Misericordia, en donde tu Sagrado Corazón se abre al nuestro, y nos sirve de refugio y consuelo. Amén.




jueves, 29 de marzo de 2018


Quinta Feria, 29 de Marzo

SOLEMNE MISA CRISMAL


HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Basílica de San Pedro
Jueves Santo 9 de abril de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

En el Cenáculo, la tarde antes de su pasión, el Señor oró por sus discípulos, reunidos en torno a Él, pero con la vista puesta al mismo tiempo, en la comunidad de los discípulos de todos los siglos, «los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17,20). En la plegaria por los discípulos de todos los tiempos, Él nos ha visto también a nosotros, y ha rezado por nosotros.

Escuchemos lo que pide para los Doce, y para los que estamos aquí reunidos: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como Tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos, yo me consagro, para que también se consagren ellos en la verdad» (17,17ss).

El Señor pide nuestra santificación, nuestra consagración en la verdad. Y nos envía para continuar su misma misión. Pero hay en esta súplica, una palabra que nos llama la atención, que nos parece poco comprensible. Dice Jesús: «Por ellos yo me consagro». ¿Qué quiere decir?. ¿Acaso Jesús no es de por sí «el Santo de Dios», como confesó Pedro, en la hora decisiva en Cafarnaún (cf. Jn 6,69)?. ¿Cómo puede ahora consagrarse, es decir, santificarse a sí mismo?

Para entender esto, hemos de aclarar antes de nada, lo que quieren decir en la Biblia, las palabras «santo» y «santificar/consagrar». Con el término «santo», se describe en primer lugar, la naturaleza de Dios mismo, su modo de ser del todo singular, divino, que corresponde sólo a Él. Sólo Él es el auténtico y verdadero Santo, en el sentido originario. Cualquier otra santidad, deriva de Él, es participación en su modo de ser. Él es la Luz purísima, la Verdad y el Bien sin mancha.

Por tanto, consagrar algo o alguno, significa dar en propiedad a Dios, algo o alguien, sacarlo del ámbito de lo que es nuestro, e introducirlo en su ambiente, de modo que ya no pertenezca a lo nuestro, sino enteramente a Dios.

Consagración es pues, un sacar del mundo, y entregarlo al Dios vivo. La cosa o la persona ya no nos pertenece, ni pertenece a sí misma, sino que está inmersa en Dios. Un privarse así de algo, para entregarlo a Dios, lo llamamos también sacrificio: ya no será propiedad mía, sino suya.

En el Antiguo Testamento, la entrega de una persona a Dios, es decir, su «santificación», se identifica con la Ordenación sacerdotal, y de este modo, se define también, en qué consiste el sacerdocio: es un paso de propiedad; un ser sacado del mundo, y entregado a Dios.

Con ello se subrayan ahora las dos direcciones, que forman parte del proceso de la santificación/consagración. Es un salir del contexto de la vida mundana, un «ser puestos aparte» para Dios. Pero precisamente por eso, no es una segregación. Ser entregados a Dios, significa más bien ser puestos para representar a los otros.

El sacerdote es sustraído de los lazos mundanos, y entregado a Dios, y precisamente así, a partir de Dios, debe quedar disponible para los otros, para todos. Cuando Jesús dice «Yo me consagro», Él se hace a la vez sacerdote y víctima. Por tanto, Bultmann tiene razón, traduciendo la afirmación «Yo me consagro» por «Yo me sacrifico». ¿Comprendemos ahora lo que sucede, cuando Jesús dice: «Por ellos me consagro yo»?. Éste es el acto sacerdotal, en el que Jesús —el hombre Jesús, que es una cosa sola con el Hijo de Dios— se entrega al Padre por nosotros. Es la expresión de que Él, es al mismo tiempo, sacerdote y víctima.

Me consagro, me sacrifico: esta palabra abismal, que nos permite asomarnos a lo íntimo del corazón de Jesucristo, debería ser una y otra vez, objeto de nuestra reflexión. En ella se encierra todo el misterio de nuestra redención. Y ella contiene también, el origen del sacerdocio de la Iglesia, de nuestro sacerdocio.

Sólo ahora podemos comprender a fondo, la súplica que el Señor ha presentado al Padre por los discípulos, por nosotros. «Conságralos en la verdad»: ésta es la inserción de los apóstoles, en el sacerdocio de Jesucristo, la institución de su sacerdocio nuevo, para la comunidad de los fieles de todos los tiempos.

«Conságralos en la verdad»: ésta es la verdadera oración de consagración, para los apóstoles. El Señor pide que Dios mismo los atraiga hacia sí, al seno de su santidad. Pide que los sustraiga de sí mismos, y los tome como propiedad suya, para que desde Él, puedan desarrollar el servicio sacerdotal para el mundo.

Esta oración de Jesús aparece dos veces, en forma ligeramente modificada. En ambos casos, debemos escuchar con mucha atención, para empezar a entender, al menos vagamente, la sublime realidad que se está operando aquí. «Conságralos en la verdad». Y Jesús añade: «Tu palabra es verdad».

Por tanto, los discípulos son sumidos en lo íntimo de Dios, mediante su inmersión en la palabra de Dios. La palabra de Dios es, por decirlo así, el baño que los purifica, el poder creador que los transforma en el ser de Dios. Y entonces, ¿cómo están las cosas en nuestra vida?.

¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios?. ¿Es ella en verdad, el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan, y las cosas de este mundo?. ¿La conocemos verdaderamente?. ¿La amamos?. ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra, hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida, y forma nuestro pensamiento?.

¿O no es más bien nuestro pensamiento, el que se amolda una y otra vez, a todo lo que se dice y se hace?. ¿Acaso no son con frecuencia las opiniones predominantes, los criterios que marcan nuestros pasos?. ¿Acaso no nos quedamos, a fin de cuentas, en la superficialidad de todo lo que frecuentemente se impone al hombre de hoy?. ¿Nos dejamos realmente purificar en nuestro interior por la palabra de Dios?.

Nietzsche se ha burlado de la humildad y la obediencia como virtudes serviles, por las cuales, se habría reprimido a los hombres. En su lugar, ha puesto el orgullo y la libertad absoluta del hombre.

Ahora bien, hay caricaturas de una humildad equivocada, y una falsa sumisión, que no queremos imitar. Pero existe también, la soberbia destructiva y la presunción, que disgregan toda comunidad, y acaban en la violencia. ¿Sabemos aprender de Cristo la recta humildad, que corresponde a la verdad de nuestro ser, y esa obediencia que se somete a la verdad, a la voluntad de Dios?

«Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad»: esta palabra de la incorporación en el sacerdocio, ilumina nuestra vida, y nos llama a ser siempre, nuevamente discípulos de esa verdad, que se desvela en la palabra de Dios.

En la interpretación de esta frase podemos dar un paso más todavía. ¿Acaso no ha dicho Cristo de sí mismo: «Yo soy la verdad» (cf. Jn 14,6)?. ¿Y acaso no es Él mismo, la Palabra viva de Dios, a la que se refieren todas las otras palabras?. Conságralos en la verdad, quiere decir, pues, en lo más hondo: hazlos una sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí. Ponlos dentro de mí. Y en efecto, en último término, hay un único sacerdote de la Nueva Alianza, Jesucristo mismo.

Por tanto, el sacerdocio de los discípulos, sólo puede ser participación en el sacerdocio de Jesús. Así pues, nuestro ser sacerdotes, no es más que un nuevo y radical modo de unión con Cristo. Éste se nos ha dado sustancialmente, para siempre, en el Sacramento. Pero este nuevo sello del ser, puede convertirse para nosotros en un juicio de condena, si nuestra vida no se desarrolla, entrando en la verdad del Sacramento.

A este propósito, las promesas que hoy renovamos, dicen que nuestra voluntad ha de ser orientada así: «Domino Iesu arctius coniungi et conformari, vobismetipsis abrenuntiantes». Unirse a Cristo supone la renuncia. Comporta que no queremos imponer nuestro rumbo y nuestra voluntad; que no deseamos llegar a ser esto o lo otro, sino que nos abandonamos a Él, donde sea, y del modo que Él quiera servirse de nosotros.

San Pablo decía a este respecto: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). En el «sí» de la Ordenación sacerdotal, hemos hecho esta renuncia fundamental, al deseo de ser autónomos, a la «autorrealización».

Pero hace falta cumplir día tras día este gran «sí», en los muchos pequeños «sí», y en las pequeñas renuncias. Este «sí» de los pequeños pasos, que en su conjunto constituyen el gran «sí», sólo se podrá realizar sin amargura y autocompasión, si Cristo es verdaderamente el centro de nuestra vida, si entramos en una verdadera familiaridad con Él.

En efecto, entonces experimentamos en medio de las renuncias, que en un primer momento pueden causar dolor, la alegría creciente de la amistad con Él; todos los pequeños, y a veces también grandes signos de su amor, que continuamente nos da. «Quien se pierde a sí mismo, se guarda». Si nos arriesgamos a perdernos a nosotros mismos por el Señor, experimentamos lo verdadera que es su palabra.

Estar inmersos en la Verdad, en Cristo, es un proceso que forma parte de la oración, en la que nos ejercitamos en la amistad con Él, y también aprendemos a conocerlo: en su modo de ser, pensar, actuar. Orar es un caminar en comunión personal con Cristo, exponiendo ante Él, nuestra vida cotidiana, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y alegrías: es un sencillo presentarnos a nosotros mismos delante de Él.

Pero para que eso, no se convierta en una autocontemplación, es importante aprender continuamente a orar, rezando con la Iglesia. Celebrar la Eucaristía quiere decir orar. Celebramos correctamente la Eucaristía, cuando entramos con nuestro pensamiento y nuestro ser, en las palabras que la Iglesia nos propone.

En ellas está presente la oración de todas las generaciones, que nos llevan consigo, por el camino hacia el Señor. Y como sacerdotes, en la celebración eucarística, somos aquellos, que con su oración, abren paso a la plegaria de los fieles de hoy.

Si estamos unidos interiormente a las palabras de la oración, si nos dejamos guiar y transformar por ellas, también los fieles tienen al alcance esas palabras. Y entonces, todos nos hacemos realmente «un solo cuerpo y una sola alma» con Cristo.

Estar inmersos en la verdad, y así, en la santidad de Dios, también significa para nosotros, aceptar el carácter exigente de la verdad; contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas, a la mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes; aceptar la fatiga de la verdad, para que su alegría más profunda, esté presente en nosotros. Cuando hablamos del ser consagrado en la verdad, tampoco hemos de olvidar que en Jesucristo, verdad y amor son una misma cosa.

Estar inmersos en Él, significa ahondar en su bondad, en el amor verdadero. El amor verdadero no cuesta poco, puede ser también muy exigente. Opone resistencia al mal, para llevar el verdadero bien al hombre. Si nos hacemos uno con Cristo, aprendemos a reconocerlo precisamente en los que sufren, en los pobres, en los pequeños de este mundo; entonces nos convertimos en personas que sirven, que reconocen a sus hermanos y hermanas, y en ellos encuentran a Él mismo.

«Conságralos en la verdad». Ésta es la primera parte de aquel dicho de Jesús. Pero luego añade: «Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad» (Jn 17,19), es decir, verdaderamente.

Pienso que esta segunda parte, tiene un propio significado específico. En las religiones del mundo, hay múltiples modos rituales de «santificación», de consagración de una persona humana. Pero todos estos ritos, pueden quedarse en simples formalidades.

Cristo pide para los discípulos la verdadera santificación, que transforma su ser, a ellos mismos; que no se quede en una forma ritual, sino que sea un verdadero convertirse en propiedad del mismo Dios. También podríamos decir: Cristo ha pedido para nosotros, el Sacramento que nos toca en la profundidad de nuestro ser. Pero también ha rogado, para que esta transformación en nosotros, día tras día, se haga vida; para que en lo ordinario, en lo concreto de cada día, estemos verdaderamente inundados de la luz de Dios.

La víspera de mi Ordenación sacerdotal, hace 58 años, abrí la Sagrada Escritura porque todavía quería recibir una palabra del Señor para aquel día, y mi camino futuro de sacerdote. Mis ojos se detuvieron en este pasaje: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es la Verdad». Entonces me dí cuenta: el Señor está hablando de mí, y está hablándome a mí. Y lo mismo me ocurrirá mañana.

No somos consagrados en último término por ritos, aunque haya necesidad de ellos. El baño en el que nos sumerge el Señor, es Él mismo, la Verdad en persona. La Ordenación sacerdotal, significa ser injertados en Él, en la Verdad. Pertenezco de un modo nuevo a Él, y por tanto, a los otros, «para que venga su Reino».

Queridos amigos, en esta hora de la renovación de las promesas, queremos pedir al Señor que nos haga hombres de verdad, hombres de amor, hombres de Dios. Roguémosle que nos atraiga cada vez más dentro de sí, para que nos convirtamos verdaderamente, en sacerdotes de la Nueva Alianza. Amén.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana
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Testimonio de la Eucaristía

La última misa del Padre Ragheed, mártir de la Iglesia caldea.
Lo asesinaron al salir de la misa en Mosul, Irak. 3 Junio, 2007. Fuente: Zenit

El padre Ragheed Keni, párroco de la iglesia del Espíritu Santo –en la ciudad irakí de Mosul-, y tres diáconos -Basman Youssef, Bassam y Ghassan- han sido asesinados a balazos por unos desconocidos.

Los diáconos acompañaban al sacerdote –de 31 años- cuando éste salía de la iglesia, después de haber celebrado la Santa Misa.

Los cuerpos de los cuatro asesinados permanecen ante la iglesia; han pasado las horas, y nadie se atreve a acercarse, ni siquiera la policía, para no correr la misma suerte.

"Sin domingo, sin Eucaristía, los cristianos en Irak no pueden vivir": el Padre Ragheed contaba así la esperanza de su comunidad, acostumbrada cada día, a ver a la muerte cara a cara; la misma muerte que ayer en la tarde ha afrontado él, regresando de la misa.

Después de haber nutrido a sus fieles con el cuerpo y la sangre de Cristo, ha donado también su propia sangre, su vida, por la unidad de Irak, y por el futuro de su Iglesia.

Con pleno conocimiento, este joven sacerdote había escogido permanecer junto a sus fieles, en su parroquia dedicada al Espíritu Santo, en Mosul, considerada la ciudad más peligrosa de Irak, después de Bagdad.

El motivo es simple: sin él, sin el pastor, la grey se habría descarriado. En la barbarie de los kamikazes y de las bombas, al menos una cosa era segura, y daba fuerza para resistir: "Cristo - decía Ragid - con su amor sin fin, desafía el mal, nos mantiene unidos, y a través de la Eucaristía, nos dona nuevamente la vida, que los terroristas buscan quitarnos".

Su testimonio, es el de una fe vivida con entusiasmo. Objetivo de repetidas amenazas y atentados desde el 2004, ha visto sufrir parientes, y desaparecer amigos; y sin embargo hasta el último, ha seguido recordando, que también ese dolor, esa carnicería, esa anarquía de la violencia, tenía un sentido: debía ofrecerse.

Después de un ataque a su parroquia, el pasado domingo de Ramos, 1º de abril, decía: "Nos hemos sentido como Jesús, cuando entra a Jerusalén, sabiendo que la consecuencia de Su amor por los hombres, será la Cruz. Así nosotros, mientras los proyectiles atravesaban los vidrios de la iglesia, hemos ofrecido nuestro sufrimiento, como signo de amor a Jesús".

También contaba hace pocas semanas: "Esperamos cada día el ataque decisivo, pero no dejaremos de celebrar la misa. Lo haremos incluso bajo tierra, donde estamos más seguros. En esta decisión, soy alentado por la fuerza de mis parroquianos. Se trata de una guerra, una guerra de verdad, pero esperamos llevar esta Cruz hasta el fin, con la ayuda de la Gracia divina".

Y entre las dificultades cotidianas, él mismo se maravillaba de llegar así a comprender, en modo más profundo, "el gran valor del domingo, día del encuentro con Jesús Resucitado, día de la unidad y del amor entre nosotros, del sostén y de la ayuda".

A pesar de todo Ragid, dijo: "Puedo equivocarme, pero tengo la certeza de que una cosa, una sola cosa es verdad siempre: que el Espíritu Santo, seguirá iluminando a algunas personas, para que trabajen por el bien de la humanidad, en este mundo tan lleno de mal".

San Agustín, en el siglo III, escribió: "Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar, lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó, y se entregó por nosotros".

Ragheed sacerdote mártir ha dado su vida por Cristo y su Iglesia.

Tu y yo, ¿Que hacemos?. ¿Hay pasión de amor por Cristo en nuestro corazón, lo suficiente para la entrega total?. ¿Nos dejamos agobiar por las pruebas?.

Lo mataron para herir a la Iglesia, pero la han enriquecido con un nuevo mártir.

Padre Ragheed, GRACIAS. Te necesitamos, y ahora como mártir, seguirás siendo un tesoro para la Iglesia. No olvidaremos tu testimonio. Ya nos estás edificando en el amor de Cristo. Amén.
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Oración: Te pedimos hoy Señor por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales, a fin de que aumente el número de los consagrados a Tí, y así pueda el mundo encontrar Tu Paz. Que seamos siempre parte de tu Cuerpo Místico. Amén.




Quinta Feria, 29 de marzo

San Eustaquio de Luxeüil, Abad


(† 625)

“Solo la santidad de un predicador, unida al Espíritu Santo, pueden convencer a los incrédulos y sediciosos”


Nació Eustaquio pasada la segunda mitad del siglo VI, en Borgoña.

Fue discípulo de San Columbano, monje irlandés, que pasó a las Galias buscando esconderse en la soledad, y que recorrió el Vosga, el Franco-Condado, y llegó hasta Italia. Fundó el monasterio de Luxeüil, a cuya sombra nacieron los célebres conventos de Remiremont, Jumieges, Saint-Omer, foteines etc.

Eustaquio tiene unos grandes deseos, de encontrar el lugar adecuado para la oración y la penitencia. Entra en Luxeüil, y es uno de sus primeros monjes. Allí lleva una vida, a semejanza de los monjes del desierto de Oriente.

Columbano se ve forzado, a condenar los graves errores de la reina Bruneguilda, y de su nieto, rey de Borgoña. Con esta actitud, por otra parte inevitable, en quien se preocupa por los intereses de la Iglesia, desaparece la calma que hasta el momento disfrutaban los monjes.

Eustaquio considera oportuno, en esa situación, autodesterrarse a Austrasia, reino fundado el 511, en el período merovingio, a la muerte de Clodoveo, y cuyo primer rey fue Tierry, donde reina Teodoberto, el hermano de Tierry. Allí se le reúne el abad Columbano. Predican por el Rhin, río arriba, bordeando el lago Constanza, hasta llegar a tierras suizas.

Columbano envía a Eustaquio al monasterio de Luxeüil después de nombrarle abad. Es en este momento -con nuevas responsabilidades- cuando la vida de Eustaquio, cobra dimensiones de madurez humana y sobrenatural insospechadas.

Arrecia en la oración y en la penitencia; trata con caridad exquisita a los monjes, es afable y recto; su ejemplo de hombre de Dios, cunde hasta el extremo de reunir en torno a él, dentro del monasterio, a más de seiscientos varones, de cuyos nombres hay constancia en los fastos de la iglesia.

Y el influjo espiritual del monasterio salta los muros del recinto monacal; ahora son las tierras de Alemania, las que se benefician de él, prometiéndose una época altamente evangelizadora.

Pero han pasado cosas en el monasterio de Luxeüil, mientras duraba la predicación por Alemania. Un monje llamado Agreste o Agrestino, que fue secretario del rey Tierry, ha provocado la relajación y la ruina de la disciplina.

Orgulloso y lleno de envidia, piensa y dice, que él mismo es capaz de realizar idéntica labor apostólica, que la que está realizando su abad; por eso abandona el retiro del que estaba aburrido hacía tiempo, y donde ya se encontraba tedioso; ha salido dispuesto a evangelizar paganos, pero no consigue los esperados triunfos de conversión.

Y es que no depende de las cualidades personales, ni del saber humano, la conversión de la gente; ha de ser la gracia del Espíritu Santo, quien mueva las inteligencias y voluntades de los hombres, y esto ordinariamente ha querido ligarlo el Señor, a la santidad de quien predica.

En este caso, el fruto de su misionar tarda en llegar, y con despecho, se precipita Agreste en el cisma.

Eustaquio quiere recuperarlo, pero se topa con el espíritu terco, inquieto y sedicioso de Agreste, que ha empeorado por los fracasos recientes, y está dispuesto a aniquilar el monasterio.

Eustaquio interviene enérgicamente entonces, y con un feliz desenlace, porque llega a convencer a los obispos reunidos, haciéndoles ver que estaban equivocados, por la sola y unilateral información, que les había llegado de parte de Agreste.

Restablecida la paz monacal, la unidad de dirección y la disciplina, cobra nuevamente el monasterio su perdida prestancia.

Sus grandes méritos se acrecentaron en la última enfermedad, con un mes entero de increíbles sufrimientos, que consumen su cuerpo sexagenario, el 29 de marzo del año 625.

Autor: Archidiócesis de Madrid

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de San Eustaquio, bendigas a todos los predicadores con una vida de santidad, y así se predique con el ejemplo, el mejor para llegar a los corazones. A Tí Señor, que con tu ejemplo de Vida, Pasión y Muerte, nos rescataste de nuestros vicios y de una vida autodestructiva. Amén.



miércoles, 28 de marzo de 2018


Cuarta Feria, 28 de marzo

Sixto III, 44ª Papa


(432-440)

Fue elegido papa a la muerte de San Celestino I, en el año 432, y ocupó la sede de Pedro por ocho años, que fueron muy difíciles.

Durante su vida se vio envuelto casi de modo permanente en la lucha doctrinal contra los pelagianos, siendo uno de los que primeramente detectó el mal, y combatió la herejía que había de condenar el papa Zósimo. (Ver al final la explicación del pelagianismo del Padre Jordi, y una reflexión y oración mía).

De hecho, Sixto escribió dos cartas sobre este asunto, enviándolas a Aurelio, obispo, que condenó a Celestio en el concilio de Cartago, y otra carta a San Agustín. Se libraba en la Iglesia la gran controversia sobre la Gracia sobrenatural, y su necesidad, tanto para realizar buenas obras, como para conseguir la salvación.

Pelagio fue un monje procedente de las islas Británicas. Vivió en Roma varios años, ganándose el respeto y la admiración de muchos por su vida ascética, y por su doctrina de tipo estoico, según la cual el hombre es capaz de alcanzar la perfección por el propio esfuerzo, con la ayuda de Dios solamente extrínseca - buenos ejemplos, orientaciones y normas disciplinares, etc.,- ¡era un voluntarista!.

Además, la doctrina pelagiana, llevaba aneja la negación del pecado original. Y consecuentemente, rechazaba la necesidad de la redención de Jesucristo. De ahí, se deriva la ineficacia sacramentaria de la comunión. Todo un monumental lío teológico, basado en principios falsos, que naturalmente Roma no podía permitir.

Y no fue sólo esto. El Nestorianismo, acaba de ser condenado en el concilio de Éfeso, en el 431, un año antes de ser elegido papa Sixto III; pero aquella doctrina equivocada sobre Jesucristo, había sido sembrada, y las consecuencias no desaparecerían con las resoluciones conciliares. Nestorio procedía de Antioquía, y fue obispo de Constantinopla.

Mantuvo Nestorio una cristología imprecisa en la terminología, y errónea en lo conceptual, afirmando que en Cristo hay dos personas, y negando la maternidad divina de la Virgen María; fue condenada su enseñanza, por contradecir la fe cristiana; depuesto de su sede, recluido y desterrado al monasterio de San Eutropio, en Antioquía, muriendo impenitente, fuera de la comunión de la Iglesia.

El papa Sixto III, intentó con notable esfuerzo reducirlo a la fe, sin conseguirlo, y a pesar de sus inútiles esfuerzos, tergiversaron los nestorianos sus palabras, afirmando que el papa no les era contrario.

Llovieron al papa las calumnias de sus detractores. El propio emperador Valentiniano, y su madre Plácida, impulsaron un concilio para devolverle la fama y el honor, que el Papa Sixto III tenía en entredicho.

Baso -uno de los principales promotores del alboroto, que privaba injustamente de la fama al Sumo Pontífice- muere tan arrepentido, que fue perdonado por el papa, quien lo atiende espiritualmente al final de su vida, y le reconforta con los sacramentos.

Como todo santo ha de ser piadoso, también se ocupó antes de su muerte, en el año 440 y en Roma, de reparar y ennoblecer, la antigua basílica de Santa María la Mayor, que mandó construir el papa Liberio; la de San Pedro y la de San Lorenzo.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión del Papa Sixto III, siempre tengamos conciencia del pecado original que llevamos en nuestro corazón, y nunca permitas que se haga carne en nosotros las doctrinas orientalistas, que hablan de la perfección humana sin tu intervención personal. Te necesitamos Señor, ya que Tú nos enseñaste, que somos como los sarmientos que deben permanecer unidos a la Vid Sagrada que eres Tú. Amén.

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Pelagio y pelagianismo
355-425
Padre Jordi Rivero

Pelagio es el iniciador del pelagianismo, una serie de herejías que surgieron en el siglo V.

Fue condenado en el Concilio de Cartago y Mileve, en el año 416, confirmado el año siguiente, por el Papa Inocente I. Pelagio engañó al próximo papa, Zozimo, quien al principio lo exoneró, pero pronto (418) el papa se retractó.

Herejías de Pelagio:
1: Adán hubiese muerto, aunque no hubiese pecado.
2: El pecado de Adán dañó solo a él. Sus descendientes solo recibieron mal ejemplo.
3: Los niños antes del bautismo, están en la misma condición que estuvo Adán antes de la caída.
4: La humanidad no muere por el pecado de Adán, ni resucita en el último día por la redención de Cristo.
5: El pecado de Adán solo le afectó a él, y no a su descendencia. Por lo tanto, los hijos de Adán nacen libre de culpa.
6: La ley del Antiguo Testamento, ofrece la misma oportunidad de salvación que el Evangelio.

San Agustín (De peccat. orig., XXIV) testifica, que Pelagio vivió en Roma “por largo tiempo”. Fue allí adonde comenzó a propagar sus ideas, durante el reinado del papa Atanasio (399-401).

Repudió la enseñanza de San Agustín, sobre la necesidad de la gracia, para permanecer casto, argumentando que ponía en peligro el libre albedrío.

El pelagianismo, que más tarde en su desarrollo, negó totalmente el orden sobrenatural, y la necesidad de la gracia para la salvación. La salvación depende solo de las obras, que siguen el ejemplo de Jesús.

Pelagio escribió en Roma varias obras: De fide Trinitatis libri III, ahora perdida, la cual fue elogiada por Gennadio, como "indispensable materia de lectura para los estudiantes"; Eclogarum ex divinis Scripturis liber unus, que es la principal colección de pasajes de la Biblia, basada en el Testimoniorum libri III de Cipriano y Commentarii in epistolas S. Pauli.

En la última, negó el estado primitivo del hombre en el paraíso y el pecado original; insistió en la naturalidad de la concupiscencia, y la muerte del cuerpo, y vinculó la existencia y universalidad actual del pecado, al mal ejemplo dado por Adán, al cometer el primer pecado.

Pelagio interpretaba la Biblia, basándose en ideas principalmente provenientes de la filosofía estoica, y otras antiguas filosofías paganas. Consideró que la fuerza moral de la voluntad humana (liberum arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, es suficiente en sí misma, para desear y conseguir la virtud.

Por lo tanto, consideró que el valor de la redención de Cristo, está limitado principalmente a la formación (doctrina), y al ejemplo (exemplum), que servían de contrapeso frente al mal ejemplo de Adán.

Por lo tanto, la naturaleza, según Pelagio, es capaz de someter el pecado, y ganar la vida eterna, sin la ayuda de la gracia. Según Pelagio, somos lavados de nuestros pecados por justificación, mediante la sola fe, pero este perdón (gratia remissionis) no implica una renovación interior del alma.

Reflexión Personal: que la naturaleza sea capaz de someter al pecado, y ganar la vida eterna sin la ayuda de la gracia, es una afirmación osada y tragicómica. Sabemos que hay niños muy malos y rebeldes, y que nunca tuvieron mal ejemplo de los padres, ni de los hermanos y compañeros de escuela, la famosa “oveja negra”.

Además es ignorar las terribles y temibles fuerzas destructivas que anidan en nuestro corazón, pese a que nos esforzamos día a día, en hacer el bien sin mirar a quién. Solo con la gracia, podemos avanzar a tientas en la búsqueda del buen camino, buscando la entrada de la puerta estrecha, que nos advirtió Jesús que es por donde entran los que se salvan.

Estoy convencido que los que accedan finalmente al Paraíso, llevarán a la vista de los ángeles, arcángeles, los tronos, las dominaciones, y de los que hubiesen sido creados en estado de pureza y santidad en el no Tiempo, la cicatriz horrenda del pecado original, como signo de que fueron los que vivieron la Gran Tribulación de cada Vida Personal, pero que no sucumbieron, gracias al Divino Cordero y al Espíritu Santo.

Con seguridad serán obedecidos y respetados, y Dios les encargará misiones complejas en los espacios increados. Lo que fue un signo de abominación, será el signo de gloria y reconocimiento en los cielos, al estilo de los veteranos de guerra, que son respetados por su valor y sus cicatrices de combate.

Por eso Jesús nos dijo: “Los primeros serán últimos y los últimos primeros”. Confiemos nuestra Vida al Gran General Jesucristo, y no desfallezcamos. Amén.

Oración final: Dios Todopoderoso y Eterno, ayúdanos a encontrar el camino de la puerta estrecha, y no permitas que sucumbamos a nuestras pasiones desordenadas, y haznos harina buena en el horno sagrado de tu Amor. Amén.


martes, 27 de marzo de 2018


Tercera Feria 27 de marzo

San Alejandro de Drizipara


Soldado y Mártir

Etimológicamente, Alejandro significa “protector de los hombres”. Viene de la lengua griega.

El Dios del Evangelio no quiere ni sufrimiento, ni angustia para nadie. Perdonado, reconciliado, tu corazón lleno de compasión, reza por el enemigo, atrévete a consolar a los que desfiguran tus propias intenciones. Tú mantente en las fuentes de la fe, y avanza.

Este joven mártir romano, dio muestras fehacientes, de lo que significa el perdón para todo ser humano, y para el creyente, con mayor razón todavía.

Era un militar a las órdenes del tribuno Tiberio, en tiempos del emperador Maximiliano (286-305).

Se celebraban en la ciudad imperial unas grandes fiestas, dedicadas al honor de Júpiter, el dios de los dioses.

Sabían que era cristiano. Entonces quisieron obligarle a que hiciera los sacrificios al dios. Como era natural, y consecuente con su fe en el Resucitado, se negó en rotundo.

Como era un militar afamado, lo llevaron ante el emperador. En su presencia, profesó abiertamente su fe. Consecuencia: le torturaron y le enviaron a Tracia, en donde le dieron fuertes castigos. Pero todo lo soportó con alegría por Jesús, perdonando a sus verdugos.

Lo trasladaron de un sitio para otro. Los interrogatorios continuos lo indignaban.

Cansados, lo transfirieron a Drizipara (actual Karistiran) en donde lo decapitaron.

Arrojaron su cuerpo al río, y cuatro perros lo rescataron, en presencia de su madre Pemenia.

El culto a Alejandro comenzó con mucho fervor en el siglo VI. Exaltaban el valor de la madre, dando sepultura a su hijo. Hicieron una bella iglesia en su honor.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

Autor: P. Felipe Santos

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de San Alejandro de Drizipara, podamos ser siempre tus fieles soldados, sabiendo soportar con entereza, cualquier intento del maligno, para apartarnos de tus enseñanzas. A Tí Señor, que nos advertiste que quienes perseveren, y permanezcan leales hasta el fin de sus días, serán salvos. Amén.


lunes, 26 de marzo de 2018


Segunda Feria, 26 de Marzo

San Braulio de Zaragoza


Obispo

(590-651)

Braulio significa: "espada de fuego"

Fue uno de los intelectuales más destacados de la España visigoda

“Parece que cuando está hablando, es el mismo Espíritu Santo, el que le va diciendo lo que él tiene que decir”

Fue discípulo y amigo del gran sabio San Isidoro de Sevilla, al cual le ayudó mucho en la corrección y edición de sus libros, ya que catalogó sus Etimologías, a las cuales puso títulos, y dividió en capítulos. Se conservan numerosas epístolas, que dan idea de la fecunda comunicación que mantuvieron.

Al morir su hermano Juan, que era obispo de Zaragoza, el clero y los fieles, lo eligieron para que lo reemplazara.

Como obispo, se preocupó mucho por tratar de que el pueblo se instruyera más en la religión, y por extirpar y acabar con los errores y herejías que se habían propagado, especialmente el arrianismo, una doctrina hereje, que negaba que Jesucristo sea Dios verdadero.

Tan grande era la elocuencia de San Braulio, y su capacidad para convencer a quienes le escuchaban sus sermones, que la gente decía: "Parece que cuando está hablando, es el mismo Espíritu Santo, el que le va diciendo lo que él tiene que decir".

Los obispos de España, lo encargaron de las relaciones episcopales con el Papa de Roma.

En la catedral, y en el famosísimo santuario de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, pasaba varias horas, cada día, rezando con especial fervor.

Aborrecía todo lo que fuera lujo y vanidad. Sus vestidos eran siempre pobres, y su comida, como la de un obrero de clase baja.

Todas las limosnas que le llegaban, las daba para ayudar a los pobres. Y se dedicaba con mucho esmero, a enseñar a los ignorantes.

Las gentes decían que era difícil encontrar en el país, uno que fuera más sabio que él. Y en sus cartas, se nota que había leído a muchos autores famosos. Había estudiado muy profundamente la Santa Biblia. Y su estilo es elegante, y lleno de bondad y de amabilidad. Firmaba: "Braulio, siervo inútil de los santos de Dios".

Los últimos años, tuvo que sufrir mucho por la falta de la vista, algo que para él que era tan gran lector, era un verdadero martirio. Pero aprovechaba su ceguera, para dedicarse a rezar y meditar.

Tuvo como alumno a otro gran santo: San Eugenio, obispo.

Poco antes de morir, le pareció escuchar aquellas palabras de Jesús: "Ven siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te pondré sobre lo mucho. Entra en el gozo de tu Señor". Y respondió entusiasmado: "Voy pronto, Señor, ya estoy listo". Y murió santamente. Era el año 651.

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (San Pablo).

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por la intercesión y los méritos de San Braulio Obispo, puedan nuestros pastores recibir la luz de tu sabiduría, paciencia y mansedumbre, y así llevar a tu rebaño, a abundantes pastos espirituales, y a beber de tu manantial inagotable de misericordia y paz. Amén.