viernes, 3 de mayo de 2019

Sexta Feria, 3 de Mayo

Santos Felipe y Santiago el Menor


Apóstoles y Mártires

Ven y los Verás”. San Felipe, Apóstol y Mártir

"Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras, está muerta" (St 2, 26). "Si el Señor lo quiere". Santiago el Menor, Apóstol y Mártir

Felipe era de Betsaida. Fue el que anunció a Natanael, que había encontrado al Mesías. Interviene en el episodio de los peregrinos griegos, gentiles piadosos, que desean ver a Jesús. Es también el que pide al Señor, en el cenáculo, que le muestre al Padre.

Santiago el Menor, Apóstol y Mártir
Apóstol, pariente de Jesús. Llamado "el Menor", para distinguirlo del otro Apóstol Santiago, el hermano de Juan. Fue el primer obispo de Jerusalén, y desarrolló una intensa actividad misionera. Murió mártir en Jerusalén, hacia el año 62. Es autor de una de las Epístolas Católicas que lleva su nombre.
--------------------------------------------------
Anunciado el descubrimiento de la tumba de San Felipe
En Pamukkale, antigua Hierápolis (Turquía), donde falleció el apóstol

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 28 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Los arqueólogos aseguran, que se trata de la tumba del apóstol Felipe, uno de los 12 discípulos que acompañaron a Jesús de Nazaret.

El descubrimiento, ha tenido lugar en Pamukkale, la antigua Hierápolis, en Anatolia Occidental (Turquía), ciudad en la que murió Felipe, tras haber predicado en Grecia y Asia Menor.

El descubrimiento ha sido realizado, por la misión arqueológica italiana, emprendida en 1957, compuesta hoy por un equipo internacional, dirigido desde el año 2000, por Francesco D’Andria, profesor de la Universidad de Salento.

Un resultado importante, en la búsqueda de la tumba de San Felipe, recuerda “L'Osservatore Romano”, ya se había logrado en 2008, cuando el equipo sacó a la luz, la calle procesional que recorrían los peregrinos, para llegar al sepulcro del Apóstol. Ahora se ha logrado esta nueva meta.

Junto al Martyrion (edificio de culto octogonal, construido en el lugar en el que fue martirizado San Felipe), hemos encontrado una basílica del siglo quinto, de tres naves”, explica el director de la misión.

Esta iglesia, fue construida en torno a una tumba romana del siglo primero, que evidentemente gozaba de la máxima consideración, dado que más tarde, se decidió edificar a su alrededor, una basílica. Se trata de una tumba en forma de nicho, con una cámara funeraria”.

Poniendo en relación éstos, y otros muchos elementos, “hemos llegado a la certeza, de haber encontrado la tumba del Apóstol Felipe, que era la meta de la peregrinación a ese lugar”, afirma D'Andria.

En el siglo IV, Eusebio de Cesarea, escribió que dos estrellas brillan en Asia: Juan, sepultado en Éfeso, y Felipe “que descansa en Hierápolis”.

La cuestión ligada a la muerte del Apóstol, ha suscitado controversia. Según una tradición antigua, de hecho, no murió martirizado, mientras que los evangelios no canónicos, cuentan que sufrió el martirio bajo los romanos.

ZS11072806 - 28-07-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40043?l=spanish
--------------------------------------------------------

6-Septiembre-2006 -- ZENIT.org Servicios de Noticias
BENEDICTO XVI PRESENTA AL APÓSTOL FELIPE



Intervención en la audiencia general del miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 6 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI, durante la audiencia general de este miércoles, celebrada en la plaza de San Pedro, dedicada a presentar la figura del apóstol Felipe.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Al seguir trazando el semblante de los diferentes apóstoles, como hacemos desde unas semanas, nos encontramos hoy con Felipe. En la lista de los doce, siempre aparece en el quinto lugar (en Mateo 10, 3; Marcos 3, 18; Lucas 6, 14; Hechos 1, 13), es decir, fundamentalmente entre los primeros. Si bien Felipe era de origen judío, su nombre es griego, como el de Andrés, lo que constituye un pequeño gesto de apertura cultural, que no hay que infravalorar.

Las noticias que nos llegan de él, proceden del Evangelio de Juan. Era del mismo lugar del que procedían Pedro y Andrés, es decir, Betsaida (Cf. Juan 1, 44), una pequeña ciudad, que pertenecía a la tetrarquía, de uno de los hijos de Herodes el Grande, quien también se llamaba Felipe (Cf. Lucas 3, 1).

El cuarto Evangelio, cuenta que después de haber sido llamado por Jesús, Felipe se encuentra con Natanael, y le dice: «Ése, del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret» (Juan 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael --«¿De Nazaret puede haber cosa buena?»--, Felipe no se rinde, y responde con decisión: «Ven y lo verás» (Juan, 1, 46).

Con esta respuesta, seca pero clara, Felipe demuestra las características del auténtico testigo: no se contenta, con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo, haga la experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos, cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a Él, para preguntarle dónde vive: Jesús respondió: «Venid y lo veréis» (Cf. Juan 1,38-39).

Podemos pensar que Felipe, nos interpela con esos dos verbos, que suponen una participación personal. También a nosotros, nos dice lo que le dijo a Natanael: «Ven y lo verás». El Apóstol nos compromete a conocer a Jesús de cerca. De hecho la amistad, conocer verdaderamente al otro, requiere cercanía, es más, en parte vive de ella.

De hecho, no hay que olvidar, que según escribe Marcos, Jesús escogió a los doce, con el objetivo primario de que «estuvieran con Él» (Marcos 3, 14), es decir, de que compartieran su vida, y aprendieran directamente de Él, no sólo el estilo de su comportamiento, sino ante todo, quién era Él realmente. Sólo así, participando en su vida, podían conocerle y anunciarle.

Más tarde, en la carta de Pablo a los Efesios, puede leerse que lo importante es, «el Cristo que vosotros habéis aprendido» (4, 20), es decir, lo importante no es sólo, ni sobre todo, escuchar sus enseñanzas, sus palabras, sino conocerle a Él personalmente, es decir su humanidad y divinidad, el misterio de su belleza.

Él no es sólo un Maestro, sino un Amigo, es más, un Hermano. ¿Cómo podríamos conocerle, si estamos lejos de Él?. La intimidad, la familiaridad, la costumbre, nos hacen descubrir la verdadera identidad de Jesucristo. Esto es precisamente, lo que nos recuerda el apóstol Felipe. Por eso, nos invita a «venir» y a «ver», es decir, a entrar en un contacto de escucha, de respuesta, y de comunión de vida con Jesús, día tras día.

Con motivo de la multiplicación de los panes, recibió de Jesús una petición precisa, bastante sorprendente: dónde era posible comprar el pan, que se necesitaba para dar de comer, a toda la gente que le seguía (Cf. Juan 6, 5). Entonces, Felipe respondió con mucho realismo: «Doscientos denarios de pan no bastan, para que cada uno tome un poco» (Juan 6, 7).

Aquí se pueden ver el realismo, y el espíritu práctico del Apóstol, que sabe juzgar las implicancias de una situación. Sabemos qué es lo que pasó después. Sabemos que Jesús tomó los panes, y tras haber rezado, los distribuyó. De este modo, realizó la multiplicación de los panes.

Pero es interesante el hecho, de que Jesús se dirigiera precisamente a Felipe, para tener una primera impresión, sobre la solución del problema: signo evidente, de que formaba parte del grupo restringido que lo rodeaba.

En otro momento, muy importante para la historia futura, antes de la Pasión, algunos griegos se encontraban en Jerusalén, con motivo de la Pascua, «se dirigieron a Felipe… y le rogaron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús» (Juan 12, 20-22). Una vez más, nos encontramos ante el indicio de su prestigio particular, dentro del Colegio Apostólico.

En este caso en particular, realiza las funciones de intermediario, entre la petición de algunos griegos --probablemente hablaba griego, y pudo hacer de intérprete-- y Jesús; si bien se une a Andrés, el otro apóstol de nombre griego, de todos modos los extranjeros se dirigen a él. Esto nos enseña, a estar también nosotros dispuestos, tanto a acoger las peticiones e invocaciones, vengan de donde vengan, como a orientarlas hacia el Señor, pues sólo Él puede satisfacerlas plenamente.

Es importante de hecho, saber que no somos nosotros, los destinatarios últimos de las peticiones de quien se nos acerca, sino el Señor: tenemos que orientar hacia Él, a quien se encuentre en dificultad. ¡Cada uno de nosotros, tiene que ser un camino abierto hacia Él!

Hay otra oportunidad, sumamente particular, en la que interviene Felipe. Durante la Última Cena, después de que Jesús afirmase, que conocerle a Él, significa también conocer al Padre (Cf. Juan 14,7), Felipe, casi ingenuamente, le pidió: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta» (Juan 14, 8). Jesús le respondió, con un tono de benévolo reproche: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me conoces Felipe?».

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?. ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí? […] Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí» (Juan 14, 9-11). Son unas de las palabras más sublimes, del Evangelio de Juan. Contienen una auténtica revelación. Al final del «Prólogo» de su Evangelio, Juan afirma: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Juan 1, 18).

Pues bien, esa declaración, que es del evangelista, es retomada y confirmada por el mismo Jesús. Pero con un detalle. De hecho, mientras el «Prólogo» de Juan, habla de una intervención explicativa de Jesús, a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe, Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender, que sólo se le puede comprender, a través de lo que dice, es más, a través de lo que es Él.

Para darnos a entender, utilizando la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente a partir de ahora, si realmente queremos conocer el rostro de Dios, ¡sólo nos queda contemplar el rostro de Jesús!. ¡En su rostro, vemos realmente quién es Dios, y cómo es Dios!.

El evangelista no nos dice, si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto, es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores («Hechos de Felipe» y otros), nuestro Apóstol, habría evangelizado en un primer momento en Grecia, y después en Frigia, y allí habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que algunos mencionan como crucifixión, y otros lapidación.

Queremos concluir nuestra reflexión, recordando el objetivo, hacia el que debe orientarse nuestra vida: encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en Él al mismo Dios, Padre celestial.

Si falta este compromiso, nos encontraremos sólo con nosotros mismos, como en un espejo, ¡y cada vez nos quedaremos más solos!. Felipe nos invita en cambio, a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con Él, y a compartir esta compañía indispensable. De este modo, viendo, encontrando a Dios, podemos encontrar la verdadera vida.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas.

En inglés, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
El apóstol Felipe, natural de Betsaida como Pedro y Andrés, nos manifiesta las características del verdadero testimonio, cuando en su diálogo con Natanael, no sólo le habla de Cristo, sino que le invita a conocerlo de cerca. En efecto, sólo podremos descubrir la identidad de Jesús, en una relación de amistad con Él.

En otras ocasiones, podemos ver, cómo Felipe gozaba de un cierto prestigio, dentro del Colegio Apostólico. Así, con ocasión de la multiplicación de los panes, Jesús se dirige precisamente a este Apóstol, para tener una primera indicación, sobre cómo resolver aquella necesidad.

También, antes de la Pasión, algunos griegos se acercaron a Felipe, porque querían ver a Jesús. Esto nos enseña a estar siempre dispuestos, a acoger a los demás con sus inquietudes, y a orientarlos hacia el Señor, el único que puede satisfacerlas en plenitud.

En la última Cena, una pregunta de Felipe, dio ocasión a Jesús, para hacer una importante revelación sobre su persona, afirmando que: «quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Es decir, de ahora en adelante, si de verdad queremos conocer el rostro de Dios, no tenemos más que contemplar el rostro de Jesús.

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial a los de Logroño, con el Señor Cardenal, Eduardo Martínez Somalo; a la peregrinación diocesana de Huelva, y a los diversos grupos parroquiales de España. Saludo también a los peregrinos de Colombia, Chile, y de otros Países Latinoamericanos. Os animo, como el apóstol Felipe, a dejaros conquistar por el Señor, invitando también a otros, a participar de su vida y de su amor. ¡Que Dios os bendiga!
[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

----------------------------------------------------------
BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 28 de junio de 2006
Santiago el Menor


Queridos hermanos y hermanas:
Al lado de Santiago "el Mayor", hijo de Zebedeo, del que hablamos el miércoles pasado, en los Evangelios aparece otro Santiago, que se suele llamar "el Menor".

También él forma parte, de las listas de los doce Apóstoles, elegidos personalmente por Jesús, y siempre se le califica como "hijo de Alfeo" (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 15; Hch 1, 13). A menudo, se le ha identificado con otro Santiago, llamado "el Menor" (cf. Mc 15, 40), hijo de una María (cf. ib.), que podría ser la "María de Cleofás" presente, según el cuarto evangelio, al pie de la cruz, juntamente con la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25).

También él era originario de Nazaret, y probablemente pariente de Jesús (cf. Mt 13, 55; Mc 6, 3), del cual, según el estilo semítico, es llamado "hermano" (cf. Mc 6, 3; Ga 1, 19). El libro de los Hechos, subraya el papel destacado que desempeñaba este último Santiago, en la Iglesia de Jerusalén. En el concilio apostólico, celebrado en la ciudad santa, después de la muerte de Santiago el Mayor, afirmó juntamente con los demás, que los paganos podían ser aceptados en la Iglesia, sin tener que someterse a la circuncisión (cf. Hch 15, 13).

San Pablo, que le atribuye una aparición específica del Resucitado (cf. 1 Co 15, 7), con ocasión de su viaje a Jerusalén, lo nombra incluso antes que a Cefas-Pedro, definiéndolo "columna" de esa Iglesia, al igual que él (cf. Ga 2, 9).

Seguidamente, los judeocristianos, lo consideraron su principal punto de referencia. A él se le atribuye también la Carta, que lleva el nombre de Santiago, y que está incluida en el canon del Nuevo Testamento. En dicha carta, no se presenta como "hermano del Señor", sino como "siervo de Dios, y del Señor Jesucristo" (St 1, 1).

Entre los estudiosos, se debate la cuestión, de la identificación de estos dos personajes, que tienen el mismo nombre, Santiago hijo de Alfeo, y Santiago "hermano del Señor". Las tradiciones evangélicas, no nos han conservado ningún relato, ni sobre uno ni sobre el otro, por lo que se refiere al tiempo, de la vida terrena de Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles, en cambio, nos muestran que un "Santiago", como ya hemos dicho, desempeñó un papel muy importante, después de la resurrección de Jesús, dentro de la Iglesia primitiva (cf. Hch 12, 17; 15, 13-21; 21, 18).

El acto más notable que realizó, fue la intervención en la cuestión de la difícil relación, entre los cristianos de origen judío, y los de origen pagano: contribuyó, juntamente con Pedro, a superar, o mejor, a integrar la dimensión judía originaria del cristianismo, con la exigencia, de no imponer a los paganos convertidos, la obligación de someterse a todas las normas de la ley de Moisés.

El libro de los Hechos de los Apóstoles, nos ha conservado la solución de compromiso, propuesta precisamente por Santiago, y aceptada por todos los Apóstoles presentes, según la cual, a los paganos que creyeran en Jesucristo, sólo se les debía pedir, que se abstuvieran de la costumbre idolátrica, de comer la carne de los animales, ofrecidos en sacrificio a los dioses, y de la "impureza", término que probablemente aludía, a las uniones matrimoniales no permitidas. En la práctica, debían atenerse sólo a unas pocas prohibiciones, consideradas importantes, de la ley de Moisés.

De este modo, se lograron dos resultados significativos y complementarios, que siguen siendo válidos: por una parte, se reconoció la relación inseparable que existe, entre el cristianismo y la religión judía, su matriz perennemente viva y válida; y por otra, se permitió a los cristianos de origen pagano, conservar su identidad sociológica, que hubieran perdido, si se les hubiera obligado a cumplir, los así llamados "preceptos ceremoniales", establecidos por Moisés; esos preceptos ya no debían considerarse obligatorios, para los paganos convertidos.

En pocas palabras, se iniciaba una praxis de recíproca estima y respeto, que a pesar de las dolorosas incomprensiones posteriores, tendía por su propia naturaleza, a salvaguardar, lo que era característico de cada una de las dos partes.

La más antigua información sobre la muerte de este Santiago, nos la ofrece el historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades judías (20, 201 s), escritas en Roma a finales del siglo I, nos cuenta que la muerte de Santiago fue decidida, con iniciativa ilegítima, por el sumo sacerdote Anano, hijo del Anás que aparece en los Evangelios, el cual aprovechó el intervalo entre la destitución de un Procurador romano (Festo), y la llegada de su sucesor (Albino), para decretar su lapidación, en el año 62.

Además del no canónico Protoevangelio de Santiago, que exalta la santidad y la virginidad de María; la Madre de Jesús, está unida a este Santiago, en especial la Carta que lleva su nombre. En el canon del Nuevo Testamento, ocupa el primer lugar entre las así llamadas "Cartas católicas", es decir, no destinadas a una sola Iglesia particular —como Roma, Éfeso, etc.—, sino a muchas Iglesias. Se trata de un escrito muy importante, que insiste mucho, en la necesidad de no reducir la propia fe, a una pura declaración oral o abstracta, sino de manifestarla concretamente con obras de bien.

Entre otras cosas, nos invita a la constancia, en las pruebas aceptadas con alegría, y a la oración confiada, para obtener de Dios el don de la sabiduría, gracias a la cual, logramos comprender, que los auténticos valores de la vida, no están en las riquezas transitorias, sino más bien, en saber compartir nuestros bienes, con los pobres y los necesitados (cf. St 1, 27).

Así, la carta de Santiago, nos muestra un cristianismo muy concreto y práctico. La fe debe realizarse en la vida, sobre todo en el amor al prójimo, y de modo especial, en el compromiso en favor de los pobres. Sobre este telón de fondo, se debe leer también la famosa frase: "Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras, está muerta" (St 2, 26).

A veces esta declaración de Santiago, se ha contrapuesto a las afirmaciones de San Pablo, según el cual somos justificados por Dios, no en virtud de nuestras obras, sino gracias a nuestra fe (cf. Ga 2, 16; Rm 3, 28).

Con todo, las dos frases, aparentemente contradictorias con sus diversas perspectivas, en realidad, si se interpretan bien, se completan. San Pablo se opone al orgullo del hombre, que piensa que no necesita del amor de Dios, que nos previene, y se opone al orgullo de la autojustificación, sin la gracia dada simplemente, y que no se merece. Santiago, en cambio, habla de las obras como fruto normal de la fe: "Todo árbol bueno da frutos buenos" (Mt 7, 17). Y Santiago lo repite, y nos lo dice a nosotros.

Por último, la carta de Santiago, nos exhorta a abandonarnos, en las manos de Dios, en todo lo que hagamos, pronunciando siempre las palabras: "Si el Señor lo quiere" (St 4, 15). Así, nos enseña a no tener la presunción, de planificar nuestra vida, de modo autónomo e interesado, sino a dejar espacio a la inescrutable voluntad de Dios, que conoce cuál es nuestro verdadero bien. De este modo, Santiago es un maestro de vida, siempre actual para cada uno de nosotros.

Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial a los formadores, y alumnos de varios seminarios españoles, a las parroquias, grupos escolares y asociaciones, así como a los peregrinos de Puerto Rico, y de otros países latinoamericanos. Os animo a vivir con esperanza firme, manifestando vuestra fe en el Señor, con obras de caridad, para testimoniar en el mundo, la belleza del amor de Dios. ¡Gracias por vuestra visita!

(En polaco)
Mañana celebraremos la solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo. Estos dos grandes Apóstoles, están unidos por el celo, en el anuncio del Evangelio, el testimonio de fe y la muerte en el martirio. Que la visita a sus sepulcros, fortalezca vuestra comunión con Cristo y con la Iglesia.

(En húngaro)
En la víspera de la fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, recordemos el martirio de estos dos príncipes de los Apóstoles, tan queridos por nosotros. Pidiendo su intercesión, os imparto de corazón, la bendición apostólica.

(En italiano)
(A los participantes en el encuentro organizado por la Familia de don Orione)
Queridos amigos, os agradezco vuestra presencia, y el amor que queréis manifestar, al Sucesor de Pedro, con esta iniciativa. Seguid con fidelidad los pasos de vuestro fundador, y testimoniad el evangelio de la vida, mediante vuestras instituciones y vuestras actividades, especialmente al servicio de las personas débiles y de las que sufren, recordando, como decía don Orione, que "en el más pobre de los hermanos, resplandece la imagen de Dios".

Saludo, como de costumbre, a los jóvenes, a los enfermos, y a los recién casados. Ya hemos entrado en el verano, tiempo de vacaciones y de descanso. Queridos jóvenes, aprovechadlo para útiles experiencias sociales y religiosas; y vosotros, queridos recién casados, para profundizar vuestra misión en la Iglesia, y en la sociedad. Que a vosotros, queridos enfermos, no os falte, tampoco en este tiempo de verano, la cercanía de vuestros familiares.
 
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

--------------------------------------------------
Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que suscitaste a San Felipe, y a Santiago el menor, el deseo de profundizar en el conocimiento de tu Hijo Jesucristo, concédenos el mismo fuego espiritual, y así poder conservarlo en nuestro corazón por toda la Eternidad. A Tí Señor, que eres Camino, Verdad y Vida. Amén.

jueves, 2 de mayo de 2019


Quinta Feria, 2 de mayo

San Atanasio

Doctor de la Iglesia

(297-373)

Obispo de Alejandría (Egipto)

Principal opositor al arrianismo. Padre de la Ortodoxia. Aclamado doctor, en el año 1568, por el Papa Pio V.


Icono de San Atanasio con San Cirilo de Alejandría

Atanasio significa "inmortal"

Breve
Nació en Egipto, Alejandría, en el año 295. Estudió derecho y teología. Se retiró por algún tiempo a la vida solitaria, haciendo amistad con los ermitaños del desierto. Regresando a la ciudad, se dedicó totalmente al servicio de Dios.

En su tiempo, Arrio, clérigo de Alejandría, propagaba la herejía, de que Cristo no era Dios por naturaleza. Para enfrentarlo, se celebró el primero de los concilios ecuménicos en Nicea, ciudad del Asia Menor.

Atanasio, que era entonces diácono, acompañó a este concilio a Alejandro, obispo de Alejandría. Con doctrina recta y gran valor, sostuvo la verdad católica, y refutó a los herejes. El concilió excomulgó a Arrio, y condenó su doctrina arriana.

Pocos meses después de terminado el concilio, murió San Alejandro, y San Atanasio fue elegido patriarca de Alejandría. Los arrianos no dejaron de perseguirlo, hasta que lo desterraron de la ciudad, e incluso de Oriente. Cuando la autoridad civil, quiso obligarlo a que recibiera de nuevo a Arrio en la Iglesia, a pesar de que éste se mantenía en la herejía, Atanasio, cumpliendo con gran valor su deber, rechazó tal propuesta, y perseveró en su negativa, por lo que el emperador Constantino, en el año 336, lo desterró a Tréveris.

Durante dos años, permaneció Atanasio en esta ciudad, al cabo de los cuales, al morir Constantino, pudo regresar a Alejandría, entre el júbilo de la población. Inmediatamente renovó con energía, la lucha contra los arrianos, y por segunda vez, en el año 342, sufrió el destierro que lo condujo a Roma.

Ocho años más tarde, se encontraba de nuevo en Alejandría, con la satisfacción de haber mantenido en alto, la verdad de la doctrina católica. Pero sus adversarios, enviaron un batallón para prenderlo. Providencialmente, Atanasio logró escapar, y refugiarse en el desierto de Egipto, donde le dieron asilo durante seis años los anacoretas, hasta que pudo volver a reintegrarse a su sede episcopal; pero a los cuatro meses, tuvo que huir de nuevo.

Después de un cuarto retorno, se vio obligado, en el año 362, a huir por quinta vez. Finalmente, pasada aquella furia, pudo vivir en paz en su sede.

Falleció el 2 de mayo del año 373. Escribió numerosas obras.

-----------------------------------------------
Oficio de Lectura, XXIII Sábado del Tiempo Ordinario
Renueva los tiempos pasados
San Atanasio, Sermón sobre la encarnación del Verbo, 10

El Verbo de Dios, Hijo del mejor Padre, no abandonó la naturaleza humana corrompida. Con la oblación de su propio cuerpo, destruyó la muerte, castigo en que había incurrido el género humano. Trató de corregir su descuido, adoctrinándolo, y restauró todas las cosas humanas, con su eficacia y poder.

Estas afirmaciones de los teólogos, hallan apoyo en el testimonio de los discípulos del Salvador, como se lee en sus escritos: Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que si uno murió por todos, todos murieron. Murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos, nuestro Señor Jesucristo.

Y en otro pasaje: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora, coronado de gloria y honor, por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos.

Más adelante, la Escritura prueba, que el único que debía hacerse hombre, era el Verbo de Dios, cuando dice: Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos, al guía de su salvación. Con estas palabras, da a entender, que el único que debía librar al hombre de su corrupción, era el Verbo de Dios, el mismo que lo había creado desde el principio.

Prueba además, que el Verbo mismo tomó un cuerpo, precisamente con el fin de ofrendarse, por los que tenían cuerpos semejantes. Y así lo dice: Los hijos de una familia, son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Él; así que muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Ya que al inmolar su propio cuerpo, acabó con la ley que pesaba contra nosotros, y renovó el principio de vida, con la esperanza de la resurrección.

Como la muerte había cobrado fuerza contra los hombres, de los mismos hombres, se logró la victoria sobre la muerte, y la resurrección para la vida, por el mismo Verbo de Dios, hecho hombre para los hombres, y así pudo decir muy bien, aquel hombre lleno de Cristo: Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Y lo demás que pone a continuación: Así que no morimos ya para ser condenados, sino para ser resucitados de entre los muertos. Esperamos la común resurrección de todos. A su tiempo nos la dará Dios, que la hace y la comunica.
--------------------------------------------------
Oficio de lectura, Viernes I del tiempo Ordinario

Todo por el Verbo, compone una armonía verdaderamente divina

Del sermón de San Atanasio, Obispo, contra los gentiles
Núms. 42-43

Ninguna cosa de las que existen o son hechas, empezó a ser sino en Él y por Él, como nos enseña el evangelista teólogo, cuando dice: En el principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada.

Así como el músico, con la lira bien templada, ejecuta una armonía, combinando con los recursos del arte, los sonidos graves con los agudos y los intermedios, así también la Sabiduría de Dios, teniendo en sus manos el universo como una lira, une las cosas de la atmósfera, con las de la tierra, y las del cielo con las de la atmósfera, y las asocia todas unas con otras, gobernándolas con su voluntad y beneplácito.

De este modo, produce un mundo unificado, hermoso y armoniosamente ordenado, sin que por ello el Verbo de Dios, deje de permanecer inmutable junto al Padre, mientras pone en movimiento todas las cosas, según le place al Padre, con la invariabilidad de su naturaleza. Todo en definitiva, vive y se mantiene por donación suya, según su propio Ser, y por Él, compone una armonía admirable, y verdaderamente divina.

Tratemos de explicar esta verdad tan profunda, por medio de una imagen: pongamos el ejemplo de un coro numeroso. Un coro está compuesto de variedad de personas; de niños, mujeres, hombres maduros y adolescentes, cada uno, bajo la batuta del director, canta según su naturaleza y sus facultades: el hombre con voz de hombre, el niño con voz de niño, la mujer con voz de mujer, el adolescente con voz de adolescente, y sin embargo, de todo el conjunto, resulta una armonía.

Otro ejemplo: nuestra alma pone simultáneamente en movimiento, todos nuestros sentidos, cada uno según su actividad específica; y así, en presencia de algún estímulo exterior, todos a la vez se ponen en movimiento: el ojo ve, el oído oye, la mano toca, el olfato huele, el gusto gusta, y también sucede con frecuencia, que actúan los demás miembros corporales, por ejemplo, los pies se ponen a andar.

De manera semejante, acontece en la creación en general. Ciertamente, los ejemplos aducidos, no alcanzan a dar una idea adecuada de la realidad, y por esto es necesaria, una más profunda comprensión de la verdad, que quieren ilustrar.

Es decir, que todas las cosas son gobernadas, a un solo mandato del Verbo de Dios, de manera que ejerciendo cada ser su propia actividad, del conjunto resulta un orden perfecto.
----------------------------------------------
Oficio de lectura, 2 de Mayo, San Atanasio
De la encarnación del Verbo
De los sermones de San Atanasio, obispo
Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9

El Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, vino a nuestro mundo, aunque tampoco antes se hallaba lejos, pues nunca parte alguna del universo, se hallaba vacía de Él, sino que lo llenaba todo en todas partes, ya que está junto a su Padre.

Pero Él vino por su benignidad hacia nosotros, y en cuanto se nos hizo visible, tuvo piedad de nuestra raza, y de nuestra debilidad, y compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil, la obra de su Padre al crear al hombre; y por esto tomó para sí, un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo, ni tampoco en hacerse simplemente visible.

En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir, un cuerpo más excelente; pero Él tomó nuestro mismo cuerpo.

En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo habiendo tomado un cuerpo, semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte, en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna, para ensañarse con los demás hombres, semejantes a Él; con ello también, hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de la muerte a la vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido, y con el poder de su resurrección, del mismo modo, que la paja es consumida por el fuego.

Por esta razón, asumió un cuerpo mortal, para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisfaciera por todos, la deuda contraída con la muerte; para que por el hecho de habitar el Verbo en Él, no sucumbiera a la corrupción; y finalmente para que en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya, todos libres de la corrupción.

De ahí que el cuerpo que Él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia, y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento, la muerte de todos los hombres, a los que Él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.

De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y así el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad, a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa, por su cuerpo semejante al de ellos.

Es verdad, puesto que la corrupción de la muerte, no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo que habita entre ellos, por su encarnación.

-------------------------------------------------
El Credo de San Atanasio
También se conoce por sus primeras palabras de la versión latina: "Quicumque".

Se le llama de San Atanasio, no porque él lo escribiera, sino porque recoge sus expresiones e ideas. Algunos piensan que fue escrito por San Ambrosio.

Texto del Credo Atanasiano:
"Todo el que quiera salvarse, ante todo, es menester que mantenga la Fe Católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre.

Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas, ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre y el Hijo, y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, tienen una sola divinidad, gloria igual, y coeterna majestad.

Cual el Padre, tal el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo.

Y sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente.

Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios; Así, Señores el Padre, Señor es el Hijo, Señor (también) el Espíritu Santo; y sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad, somos compelidos a confesar como Dios y Señor, a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores.

El Padre, por nadie fue hecho, ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado.

Hay consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí, coeternas y coiguales, de suerte que como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo, la unidad de la Trinidad, que la Trinidad en la unidad. El que quiera pues salvarse, así ha de sentir a la Trinidad.

Pero es necesario para la eterna salvación, creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Es pues la fe recta que creemos y confesamos, que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre, antes de los siglos; y es hombre nacido de la madre en el siglo: perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana; igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad.

Mas aún, cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo, no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne, es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo.

El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre Omnipotente; desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos, y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno.

Esta es la fe católica, y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse".

Oración: Dios todopoderoso y Eterno, que hiciste de tu obispo San Atanasio, un preclaro defensor de la divinidad de tu Hijo, concédenos, en tu bondad, que fortalecidos con su doctrina y protección, te conozcamos y te amemos cada vez más, en la mayor plenitud. A Tí Señor, a quien debemos nuestra creación, y nuestro destino eterno en el Reino de los Cielos. Amén.


Sexta Feria, 19 de abril

SAN LEÓN IX, 152ª PAPA Y CONFESOR
(† 1054)


Vencer el mal por medio del bien: tal era el secreto que aprendió del divino Maestro, y que él tomó como lema de toda su actuación

Breve
Fue elegido libremente, por el clero y el pueblo romano.

Llegado a Roma, quiso entrar a pies descalzos, como signo de humildad.

Luchó para evitar el Gran Cisma, entre las iglesias de Oriente y Occidente, el cual sucedió tras su muerte.

Convocó numerosos sínodos, para reformar el clero. Combatió la simonía, y el concubinato de los sacerdotes.

Condenó la herejía de Berengario, quien negaba la conversión del pan y del vino, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, durante la consagración de la Eucaristía.

Se involucró personalmente en campañas militares, contra los invasores normandos, y fue hecho prisionero por ellos en batalla.

Se le denomina confesor, porque tiene el rango de mártir, debido a los sufrimientos por los que pasó durante su pontificado.
----------------------------------------------------------
BERNARDINO LLORCA, S. I.
León IX (1048-1054) es indudablemente, uno de los más insignes papas. Su gloria principal consiste, además de la santidad y virtudes personales, que le distinguían desde su juventud, en haber sacado a la Iglesia del estado de decadencia general, en que se encontraba a mediados del siglo XI, y haber iniciado el movimiento de reforma, que culminó poco después, con Gregorio VII (1073-1085), y los papas que le siguieron.

Se llamaba Bruno, de la familia de los condes de Alsacia, y estaba emparentado con los emperadores alemanes Conrado II y Enrique III. Nacido en junio de 1002, estudió en la escuela episcopal de Toul, al lado de su primo Adalberon, que fue largo tiempo obispo de Metz.

Ya en su juventud, dio pruebas de las excelentes cualidades de su espíritu, y después de una enfermedad, cuya curación atribuyeron todos, a un milagro de San Benito, decidió entregarse de lleno, al servicio de Dios en el estado eclesiástico.

Cursados brillantemente, y con extraordinario fruto los estudios eclesiásticos, bien pronto se ganó la confianza del nuevo obispo Hermann de Toul, y ya desde entonces, comenzó a manifestar, la gran estima que tenía de la obra reformadora, realizada por los cluniacenses y las Ordenes monásticas.

Con el ascendiente de su familia ante el emperador Conrado II, se obtuvo sin dificultad para él, un alto cargo eclesiástico en la corte imperial; pero él por su parte, lejos de dejarse llevar de ninguna clase de ambiciones, encontraba su complacencia en los empleos más humildes, y ansiaba ponerse al servicio de la iglesia más pobre. Su sencillez, amabilidad y virtud, le conquistaron rápidamente una gran popularidad, por lo cual era comúnmente llamado el buen Bruno.

Pero Dios, le tenía destinado para las más elevadas dignidades. Al morir, poco tiempo después el obispo Hermann, los eclesiásticos y el pueblo, reclamaron a Bruno para sucederle. Así pues, sin dificultad alguna, fue nombrado obispo de Toul, dignidad que él aceptó, por tratarse de una iglesia pobre, donde él podía ejercitar su celo apostólico.

Así lo hizo, en efecto, desde un principio, entregándose con su alma joven, y de ardiente amor por Dios, a fomentar en todas partes la reforma eclesiástica. Siendo como era, un hombre de acción, y con las excelentes cualidades que le adornaban, se ganó rápidamente las simpatías de todos.

Su humildad y paciencia, unidas a su energía de carácter, y decisión en sus empresas, se manifestaron en multitud de ocasiones. Así supo defender con firmeza, pero sin herir susceptibilidades, los derechos de su iglesia, frente a su metropolitano de Worms. Vencer el mal por medio del bien: tal era el secreto que aprendió del divino Maestro, y que él tomó como lema de toda su actuación.

Sobre estas bases, se fue desarrollando su gobierno, desde el año 1026 en que fue consagrado obispo, hasta el año 1048, en que fue elevado al solio pontificio. Sabemos que celebró con gran fruto, diversos sínodos diocesanos; que se mantuvo en íntima unión con los obispos vecinos, y que asistió a los concilios provinciales de Tréveris, de 1030 y 1037; que promovió con energía los estudios eclesiásticos, y sobre todo, fue en todas partes, el más decidido impulsor de la reforma eclesiástica.

En íntima relación con esto, debe ponerse el interés que mostró siempre, en mantener buenas relaciones con las Ordenes monásticas. Así, ya desde el principio de su gobierno, manifestó sus sentimientos favorables a Cluny, procurando que se le agregaran, las dos abadías de Saint-Mansuy y Moyenmontier.

De este modo, ya durante estos años, mantenía relaciones, y trabajaba en íntima colaboración, con los prohombres del movimiento reformador de la Iglesia, por lo cual, se había conquistado un renombre de gran prelado, y gran amigo de la reforma. Por esto, no es de sorprender que el año 1048, en momentos bien decisivos para la Iglesia, fuera él escogido para gobernarla desde Roma.

En efecto, después de resuelto el cisma que desgarraba a la Iglesia, en el año 1046, Clemente II (1046-1047) apenas tuvo tiempo para iniciar la obra reformadora, que entonces se necesitaba, y su sucesor Dámaso II (1047-1048) fue rápidamente arrebatado por la muerte.

En estas circunstancias, se presentó ante el emperador Enrique III una embajada de Roma, con la súplica, de que fuera elevado al solio pontificio, el arzobispo Halinard, de Lyon; pero éste rechazó decididamente la propuesta.

Entonces pues, Enrique III el Negro, reunió una Dieta en Worms, en diciembre de 1048, donde fue proclamado Bruno de Toul, que había acudido a la misma.

Sorprendido, y profundamente contrariado ante esta elección, pidió Bruno que se le concedieran tres días para dar su respuesta definitiva; pero una vez transcurridos éstos, viendo en ello claramente expresada la voluntad de Dios, aceptó aquella dignidad, que él consideraba como la mayor carga que podían imponerle, pero añadiendo como expresa condición, que no consideraría como válida aquella elección, hasta que fuera confirmada por el clero y pueblo de Roma.

En efecto, llegado a Roma, y presentado en la basílica de San Pedro, por el metropolitano de Tréveris, como el candidato del emperador, fue aclamado de nuevo por el clero y pueblo allí presentes. Ante una manifestación tan evidente de la voluntad divina, Bruno se inclinó humildemente, y tomó el nombre de León IX.

Y en verdad, León IX, hombre de eminentes cualidades personales, dotado de gran energía de voluntad, partidario decidido de la reforma, e inflamado en todos sus actos, del más vivo amor de Dios y de la Iglesia, era indudablemente el Papa que ésta necesitaba en aquellos momentos.

Uno de sus principales méritos, fue el haberse mantenido desde el principio, en contacto con los más insignes promotores de la reforma, y haber llamado junto a sí, a los más importantes entre ellos. Así se mantuvo siempre unido con San Hugo de Cluny, y con él tuvo a su disposición, el vigoroso movimiento cluniacense.

Asimismo, con el poderoso arzobispo Halinard de Lyon, uno de los mejores representantes de las corrientes reformadoras de Francia, y con San Pedro Damiano, que aunque se hallaba en el retiro de Fonte-Avellana, ya había comenzado a llamar la atención, por sus valientes escritos polémicos, y sus exhortaciones a la reforma, dirigidas a Clemente II.

Pero no contento con esto, teniendo presente, que en la curia romana hacían falta hombres eminentes y decididos, se rodeó rápidamente de los que con más eficacia, le podían servir. Así, llamó ante todo al valiente y decidido Hildebrando, quien desde la muerte de Gregorio VI, cuyo secretario había sido, quedaba enteramente libre.

León IX le consagró como archidiácono, y le elevó al rango de secretario pontificio. Igualmente creó cardenal obispo de Silva Cándida, al monje borgoñón Humberto, al monje Hugo Cándido, procedente del monasterio de Remiremont, de la Lorena, y asimismo a otros varios. De este modo, el Colegio Cardenalicio alcanzó un carácter universal, y fue en adelante, un instrumento eficaz y dócil en manos del Papa.

Apoyado en estas fuerzas, y en estos hombres eminentes, desarrolló León IX una maravillosa actividad, enderezada a sanar a la Iglesia, de las dos llagas que la corroían: la simonía, y el concubinato de los eclesiásticos.

El primer medio que empleó, fue el que le ofrecía la costumbre eclesiástica, entonces en uso, es decir los sínodos y concilios. Comenzando por la Pascua de 1049, comenzó a celebrar en Roma con gran solemnidad, los sínodos cuaresmales, y rápidamente procuró que se celebraran otros semejantes, en diversas provincias eclesiásticas.

En todos ellos, se renovaban y proclamaban, con la mayor decisión, las disposiciones contra la simonía y el concubinato de los eclesiásticos, señalándolos como los abusos fundamentales, de los que dependían los demás.

Movido del más ardiente celo de la gloria de Dios, y del bien de las almas, emprendió una vida de peregrinación, de un territorio a otro, por Italia, Alemania y Francia, celebrando sínodos, y alentando en todas partes, a las fuerzas de la reforma.

De esta manera, se ha podido afirmar que León IX, llegó a hacer comprender prácticamente a todo el mundo cristiano, que el Papa era quien gobernaba la Iglesia. El Papado, que hasta entonces, era sólo un concepto más o menos elevado, se convirtió en una fuerza eficaz y tangible.

Particularmente significativa, fue la campaña o peregrinación emprendida por León IX en 1049, el primer año de su pontificado, que tuvo como coronamiento, los dos grandes concilios presididos por él, en Reims y en Maguncia.

Después de celebrar el sínodo de Roma, en la dominica de Quasimodo, y otro en Pavía, en Pentecostés, donde proclamó las bases de la reforma, atravesó Ios Alpes, y se reunió con el emperador Enrique III, pariente e íntimo amigo suyo, y junto con él, se dirigió a Colonia, donde celebró la fiesta de San Pedro y San Pablo.

De allí pasó, con el mismo Enrique III, a Aquisgrán y Maguncia, y luego se detuvo en su amada diócesis de Toul, donde fue objeto de la más cariñosa acogida. El 14 de septiembre, celebró en su catedral, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

Entretanto, se había anunciado el gran sínodo, que debía celebrarse próximamente en Reims, y no obstante las dificultades que fue oponiendo el rey de Francia Enrique I, el 14 de septiembre publicaba desde Toul, una encíclica, por la que convocaba el gran concilio.

Efectivamente, el 29 de septiembre, llegaba el Papa a Reims: el 1º de octubre consagraba la iglesia abacial de San Remigio, y al día siguiente, daba comienzo al gran concilio, uno de los más célebres, en la historia de la Iglesia de Francia y de Europa.

En nombre del Papa, su canciller Hildebrando, anunciaba a Francia y al mundo, que la intención del Papa, era procurar un remedio eficaz a los males de la Iglesia: "a la simonía; a la usurpación por los laicos de los cargos y rentas eclesiásticas; al desprecio de las más sagradas leyes del matrimonio, etc. Él invitaba a todos a reflexionar, delante de Dios, acerca de los diversos artículos del programa que les proponía".

El efecto de esta intimación pontificia, fue en realidad grandioso. Naturalmente, ya en el concilio, y sobre todo después de él, tropezó con la enconada oposición de muchos, que no se avenían a entrar por el camino de la reforma. Pero el Papa, uniendo la energía, con la habilidad y prudencia, y contando siempre con la ayuda de Dios, cuya causa sostenía, logró en este concilio, y después de él, innumerables éxitos.

Terminado el concilio de Reims, se encaminó de nuevo a Alemania, pasando por Verdún y Metz, donde consagró sendas iglesias, y llegó a Maguncia, donde celebró otro gran sínodo, en que renovó la proclamación realizada en Reims.

Hecho esto, atravesando de nuevo la Alsacia, y luego Ausburgo y Constanza, celebró las Navidades en Verona. A primeros de 1050, se hallaba de vuelta en Roma. Semejantes peregrinaciones por el sur y norte de Italia, y por el centro de Europa, las repitió durante los años siguientes.

Indudablemente, la actividad eclesiástica de León IX, fue beneficiosa y muy significativa para la Iglesia, en la que se observa, durante su pontificado, un principio de resurgimiento. Y aunque es verdad, que debe atribuirse una parte importante del cambio iniciado, a su archidiácono Hildebrando, y a los demás colaboradores del Papa, debe reconocerse que el mérito principal, recae sobre la egregia figura de León IX.

Sin embargo, no fue tan afortunado en los asuntos temporales, y en el desarrollo de la cuestión oriental. Efectivamente, a principios del siglo XI, los normandos se habían fijado en el sur de Italia, y en sus luchas contra los griegos y los musulmanes, habían ido extendiendo progresivamente, el área de sus dominios, destruyendo en su avance iglesias y monasterios, y devastando los territorios eclesiásticos.

El Papa intentó primero, entenderse con los griegos, para oponerse al avance de tan terribles enemigos; mas como fracasara en este intento, acudió entonces a Enrique III, en demanda de socorro. Este exigió algunas concesiones del Papa, y en efecto, envió un fuerte socorro, mas por diversas circunstancias, la mayor parte de las tropas auxiliares, enviadas por Enrique III, se vieron obligadas a retirarse y volver a Alemania.

Esto no obstante, se decidió el Papa a proseguir su campaña contra los normandos; pero bien pronto, el 18 de junio de 1053, sus fuerzas fueron completamente aniquiladas en Civitate, y el mismo León IX quedaba prisionero.

El resultado fue que para resolver tan delicada situación, el Papa entregó a los normandos, aquellos territorios en calidad de feudos, y obtuvo su libertad; pero, consumido de tantos trabajos y emociones, murió poco después en Roma, en abril de 1054.

No fue más afortunado, en el asunto de las Iglesias orientales, pues en su tiempo, se maduró y realizó la separación definitiva de Roma, de aquellas Iglesias.

Indudablemente, el odio a los occidentales, del patriarca Miguel Cerulario, y la falta de táctica de los legados pontificios, sobre todo del cardenal Humberto, tuvieron una culpa decisiva en la separación definitiva, pero ciertamente no puede decirse, que la debilidad del Romano Pontífice, o la situación de decadencia de los papas, hubiera sido la causa u ocasión del cisma.

Porque siendo así, que durante todo el siglo X y principios del XI, en que llegó el Papado y la Iglesia occidental a su mayor depresión y abatimiento, no se verificó tal separación; vino ésta a realizarse, cuando en el pontificado de León IX, la Iglesia y el Papado, habían realizado ya un avance notabilísimo en su reforma y rehabilitación.

La verdadera causa, fue la oposición latente desde antiguo, de la Iglesia oriental frente a la occidental, que fue constantemente en aumento, y así bastó una ocasión, para que estallara en la forma violenta del cisma.

El mismo resurgimiento de la Iglesia occidental, promovido por la reforma cluniacense, y la enérgica actividad de León IX, aumentó la oposición existente, de la que se aprovechó el patriarca Miguel Cerulario, para realizar aquella separación, que le colocaba a él, a la cabeza de la Iglesia griega.

León IX no pudo impedir el curso de los acontecimientos, que entristecieron los últimos momentos de su vida, y tres meses después de su muerte, se realizó la separación definitiva (16 de julio de 1054).

Durante los últimos meses de su vida, sintiéndose herido de muerte, dio los más insignes ejemplos de piedad, y de resignación cristiana. El pueblo romano, que le profesaba un amor entrañable, sintió profundamente su muerte, ocurrida en la plenitud de su edad viril, contando solamente con cincuenta y dos años. Sobre su tumba se esculpió este epitafio:

Roma vencedora, está dolida al quedar viuda de León IX,
segura de que entre muchos, no tendrá un padre como él.
Su pontificado fue realmente pleno.
Por su celo infatigable, y su incesante actividad,
movida por el más puro amor de Dios,
inició eficazmente aquel movimiento de reforma,
que luego continuó hasta llegar, a su más perfecto desarrollo.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión del Papa San Leon IX, pueda siempre la Iglesia permanecer unida, y preservar en su corazón, el dogma de la transustanciación del pan y del vino, en el Cuerpo y la Sangre de Jesuscristo. A Tí Señor, que nos dejaste ese inmenso regalo, mandato y misterio en la Última Cena, para alimento ESPIRITUAL y MATERIAL del mundo. Amén.

miércoles, 1 de mayo de 2019


Cuarta Feria, 1 de mayo

SAN JEREMÍAS, PROFETA y MÁRTIR
(Antiguo Testamento)


"Antes que te formara yo en las entrañas maternas, te conocí..., te consagré, y te designé para profeta de naciones"

Representación del Profeta Jeremías, hecha por Miguel Ángel

Jeremías significa "Yahvé eleva", o "elevación de Yahvé"

Tu palabra hierve dentro de mí, como fuego abrasador

Breve
Fue un Profeta hebreo, hijo del sacerdote Hilcías, perteneciente a una casta tradicional de sacerdotes. Jeremías vivió entre el 650-586 antes de Cristo, en Judá, Jerusalén, Babilonia y Egipto. Vivió en la misma época que el profeta Ezequiel, y fue antecesor de Daniel.
-----------------------------------------------
MIGUEL MELENDRES
"Tú me sedujiste, ¡oh Yahvé, y yo me dejé seducir. Tú eres el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo el día, la irrisión y la burla de todo el mundo. Siempre que hablo, tengo que gritar: "¡Ruina, devastación!". Y aunque me dije: "No volveré a hablar en su nombre", su palabra hierve dentro de mí, como fuego abrasador”.

Si la historia de la humanidad, es la historia de Dios entre los hombres, el forcejeo del cielo con la tierra, de Yahvé con Jacob, indiscutiblemente Jeremías, dibuja su colosal figura en las cumbres más altas. Los judíos del tiempo de Jesús, dirán del Maestro: "¡Es Jeremías, que ha resucitado!".

Hijo de Helcías sacerdote, ya desde niño le sedujo Yahvé. Las auras de Jerusalén, conservaban aún su perfume de incienso, al llegar a Anatot, la ciudad del profeta, a una hora de Sión, y mientras él crecía, el Señor iba realizando, uno de los significados del nombre Jeremías: "Yahvé eleva", o "elevación de Yahvé".

Le seducía entonces por sí mismo: por su infinita majestad, por la belleza de su Ley. "Teth. Bueno es el Señor para los que esperan de Él, para el alma que le busca", recordará en medio del llanto, en una de sus lamentaciones.

Pero es que pronto, le sedujo también para aceptar sobre sus hombros, la misión de profeta. Como hiciera Moisés, él protesta muy bien, "que no es experto en el hablar, que es todavía un niño". Pero Yahvé tiene palabras convincentes: "Antes que te formara yo, en las entrañas maternas, te conocí..., te consagré y te designé, para profeta de naciones". Tiende la mano, toca su boca, y le da poder de hierro y bronce sobre pueblos y reinos, "para arrancar, arruinar y asolar; para levantar, edificar y plantar".

Más de una vez, los labios del profeta apaleado, encepado, medio muerto, recordaron a Dios, con angustiosa queja, y tremenda fuerza lírica, mejor que la de Job, el contraste excesivo, entre la dura realidad y tan bellas palabras.: "¡Maldito sea el día en que nací!. ¿Por qué no me mató Yahvé, en el seno de mi madre, y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna en sus entrañas?".

Cuesta al hombre de hoy, con veinte siglos de Revelación, sopesar bien la santidad, allá en el siglo séptimo, antes de que el Verbo se humanizara. No es lo mismo adorar y acatar al Señor, dentro de un marco de siete sacramentos, de comunión frecuente, inmolación incruenta, vida interior, magisterio ordinario e infalible, y serenidad de culto, que ante balsas de sangre, de reses desolladas en honor del Dios de los ejércitos, blasfemos apedreados, pitonisas, colegios de "hijos de profetas" y nabíes, profesionales de lo religioso, que se aprestaban a la "inspiración", al compás de tambores, flautas y arpas, gesticulando y bailoteando como fuera de sí, y sobreexcitando a los demás con oscuras palabras, y frenéticos hurras, como vemos aún hoy entre ciertos derviches. Y ello en medio de cultos idolátricos de los pueblos vecinos, y de los mismos yaveístas.

A pesar de sus fuertes protestas momentáneas, Jeremías acepta con la mayor fidelidad, materialmente incluso, el yugo del Señor, del que se considera un simple servidor, “el pobre de Yahvé.".

No es un romántico de la pobreza como tal, sino un siervo de Dios, un sometido a la divinidad, con total dedicación y absoluta confianza. La novedad impresionante de este profeta, de familia más bien acomodada, es el amor y el deseo de un Israel cualitativo —“el Israel de Dios"—: la nación en que Yahvé tendrá su ley escrita, no en piedra solamente, sino en los corazones.

Por algo Jeremías, que como Amós, Oseas y Ezequiel, no hizo probablemente ni un solo milagro, es tenido por muchos Santos Padres, principalmente San Jerónimo, por una esplendorosa figura de Jesús.

Jesús nace en Belén, y es cerca de Belén, donde comienza Jeremías su misión de profeta. Como Jesús, ha de luchar contra los sacerdotes que contradicen su predicación, y quieren suprimirle, en un procedimiento tumultuoso, al imputarle por sus profecías, la intención de destruir el Templo.

Como al Mesías, se le lleva a un tribunal civil, para acusarle de subversión política, sin aludir al tema religioso, y él se comporta allí serena y dignamente. Nadie como él, ha dibujado al futuro hijo pródigo, cuando invita a Efraím, el hijo amado y desviado, a que se plante piedras miliarias, y se coloque hitos y considere las calzadas, y los caminos de la perdición, para la hora del retorno.

"Vuélvete, ¡oh virgen de Israel!, regresa a estas tus ciudades. ¿Hasta cuándo has de permanecer lejos, oh hija renegada?". Su vida íntima, es también una pálida sombra de la del Redentor: célibe hasta la muerte, sabe de horas de oración y soledad como en Getsemaní; se le derrumba el alma, previendo la ruina de la querida ciudad santa, y vuelca el corazón, intercediendo por sus enemigos.

Dura misión la de un profeta: ser la boca de Yahvé, en un pueblo vuelto casi siempre de espaldas a la Ley; gritar contra los cultos idolátricos, y las infiltraciones de prácticas paganas; llenar de espíritu los ritos; desenmascarar vicios, venalidades, opresiones, a la par que instruir sobre la verdadera naturaleza del Altísimo, y sus misteriosos atributos; y sobre todo, preparar las pupilas oscuras, para la luz creadora de los tiempos mesiánicos, renovadores de la faz del mundo.

Sin innovar ni revolucionar, restaurar, restablecer y tutelar, los permanentes intereses de Yahvé en la religión, en la moral, e incluso en la política, de un pueblo teocrático. La misión del profeta de los truenos fue dura, entre las más difíciles.

Él no sólo anunció, sino que presenció, las tremendas ruinas de Sión, así como las tres deportaciones de su pueblo. Corrió a sus pies, como ríos desbordados, la sangre de los suyos, y sobre las murallas a punto de ceder, el hambre de las madres, se sació cerca de él, en la carne caliente de los hijos.

En su ciudad natal le quisieron matar. El rey Joaquín, hizo quemar los rollos de sus terribles vaticinios. Fue encerrado en una cisterna, para hacerle morir. Ninguno de los reyes que él viera entronizar, atendió sus consejos. En el pleito político de asirios derrotados, egipcios aliados, y medos vencedores, él predicaba lealtad a la dominadora Babilonia, y no alianzas con los faraones, ni con los restos de la vieja Asur. Y nadie le escuchaba.

Sin embargo, cuando el representante del rey Nabucodonosor, sabiendo de su fidelidad, le ofreció un puesto honroso en Babilonia, él prefirió quedarse a llorar la ignominia, junto a las ruinas de Sión, con los pobres deshechos de su pueblo.

La paz no era su lugar. ¿Cómo si no, habría tenido el mundo, en el tesoro inmenso de las Lamentaciones, el cálido torrente de palabras y lágrimas que inundará, y traducirá magistralmente hasta el fin de los siglos, el humano dolor?.

También ante la esfinge precursora de Jesús, si su primera intervención profética, tuvo lugar junto a Belén, fue su última en Egipto. Luego, ya un gran silencio, ahoga la voz de hierro y bronce, del más potente oráculo de Yahvé, que Tertuliano y San Jerónimo, siguiendo una leyenda, que recoge igualmente el Calendario Romano, dicen muerto a pedradas en los muros de Tafnis.

Isaías, el primero de los cuatro profetas llamados mayores, por el volumen de su obra, acabó su ministerio hacia el año 702. Probablemente, Jeremías comenzó el suyo hacia el 614, y durante cuarenta años —los veintitrés primeros de palabra tan sólo, y después, inaugurando esta modalidad, por escrito también—, fue en medio de Judá, "como una flecha de excepción", fúlgida y recta, en el carcaj de Yahvé. También comienza en él, lo que podríamos llamar la “literatura de las confesiones", al describir el dramatismo, de la íntima lucha del profeta con Dios.

Después de haber vivido agonizando, en una de las épocas más importantes, y convulsivas de la historia de Oriente, y la más dolorosa de Judá, Yahvé premió a Jeremías, con la corona del descanso eterno.

Sólo entonces el pueblo amó, de veras a su gran profeta. Él había cantado, con la garganta rota de dolor, el paso hacia el exilio, a nueve kilómetros de Sión, de los judíos aherrojados: “Se oye una voz en Ramá... Mucho gemido y mucho llanto. Raquel llora a sus hijos, y no se quiere ser consolada, porque no están". Judá lloró al profeta de sus llantos; pero el coloso tampoco estaba ya.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que conociste antes de su concepción a San Jeremías, y lo elevaste como Profeta de las Naciones, concédenos por los méritos de sus sufrimientos, a que conozcamos a cabalidad nuestro propio carisma personal, y nos ayudes y bendigas a desarrollarlo y brindarlo a nuestro prójimo, hasta nuestro último aliento, en este valle de lágrimas. A Tí Señor, que nos insuflaste el Espíritu Santo sobre nuestras cabezas, y Vives y Reinas por los Siglos de los Siglos. Amén.