jueves, 2 de mayo de 2019


Quinta Feria, 2 de mayo

San Atanasio

Doctor de la Iglesia

(297-373)

Obispo de Alejandría (Egipto)

Principal opositor al arrianismo. Padre de la Ortodoxia. Aclamado doctor, en el año 1568, por el Papa Pio V.


Icono de San Atanasio con San Cirilo de Alejandría

Atanasio significa "inmortal"

Breve
Nació en Egipto, Alejandría, en el año 295. Estudió derecho y teología. Se retiró por algún tiempo a la vida solitaria, haciendo amistad con los ermitaños del desierto. Regresando a la ciudad, se dedicó totalmente al servicio de Dios.

En su tiempo, Arrio, clérigo de Alejandría, propagaba la herejía, de que Cristo no era Dios por naturaleza. Para enfrentarlo, se celebró el primero de los concilios ecuménicos en Nicea, ciudad del Asia Menor.

Atanasio, que era entonces diácono, acompañó a este concilio a Alejandro, obispo de Alejandría. Con doctrina recta y gran valor, sostuvo la verdad católica, y refutó a los herejes. El concilió excomulgó a Arrio, y condenó su doctrina arriana.

Pocos meses después de terminado el concilio, murió San Alejandro, y San Atanasio fue elegido patriarca de Alejandría. Los arrianos no dejaron de perseguirlo, hasta que lo desterraron de la ciudad, e incluso de Oriente. Cuando la autoridad civil, quiso obligarlo a que recibiera de nuevo a Arrio en la Iglesia, a pesar de que éste se mantenía en la herejía, Atanasio, cumpliendo con gran valor su deber, rechazó tal propuesta, y perseveró en su negativa, por lo que el emperador Constantino, en el año 336, lo desterró a Tréveris.

Durante dos años, permaneció Atanasio en esta ciudad, al cabo de los cuales, al morir Constantino, pudo regresar a Alejandría, entre el júbilo de la población. Inmediatamente renovó con energía, la lucha contra los arrianos, y por segunda vez, en el año 342, sufrió el destierro que lo condujo a Roma.

Ocho años más tarde, se encontraba de nuevo en Alejandría, con la satisfacción de haber mantenido en alto, la verdad de la doctrina católica. Pero sus adversarios, enviaron un batallón para prenderlo. Providencialmente, Atanasio logró escapar, y refugiarse en el desierto de Egipto, donde le dieron asilo durante seis años los anacoretas, hasta que pudo volver a reintegrarse a su sede episcopal; pero a los cuatro meses, tuvo que huir de nuevo.

Después de un cuarto retorno, se vio obligado, en el año 362, a huir por quinta vez. Finalmente, pasada aquella furia, pudo vivir en paz en su sede.

Falleció el 2 de mayo del año 373. Escribió numerosas obras.

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Oficio de Lectura, XXIII Sábado del Tiempo Ordinario
Renueva los tiempos pasados
San Atanasio, Sermón sobre la encarnación del Verbo, 10

El Verbo de Dios, Hijo del mejor Padre, no abandonó la naturaleza humana corrompida. Con la oblación de su propio cuerpo, destruyó la muerte, castigo en que había incurrido el género humano. Trató de corregir su descuido, adoctrinándolo, y restauró todas las cosas humanas, con su eficacia y poder.

Estas afirmaciones de los teólogos, hallan apoyo en el testimonio de los discípulos del Salvador, como se lee en sus escritos: Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que si uno murió por todos, todos murieron. Murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos, nuestro Señor Jesucristo.

Y en otro pasaje: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora, coronado de gloria y honor, por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos.

Más adelante, la Escritura prueba, que el único que debía hacerse hombre, era el Verbo de Dios, cuando dice: Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos, al guía de su salvación. Con estas palabras, da a entender, que el único que debía librar al hombre de su corrupción, era el Verbo de Dios, el mismo que lo había creado desde el principio.

Prueba además, que el Verbo mismo tomó un cuerpo, precisamente con el fin de ofrendarse, por los que tenían cuerpos semejantes. Y así lo dice: Los hijos de una familia, son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Él; así que muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Ya que al inmolar su propio cuerpo, acabó con la ley que pesaba contra nosotros, y renovó el principio de vida, con la esperanza de la resurrección.

Como la muerte había cobrado fuerza contra los hombres, de los mismos hombres, se logró la victoria sobre la muerte, y la resurrección para la vida, por el mismo Verbo de Dios, hecho hombre para los hombres, y así pudo decir muy bien, aquel hombre lleno de Cristo: Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Y lo demás que pone a continuación: Así que no morimos ya para ser condenados, sino para ser resucitados de entre los muertos. Esperamos la común resurrección de todos. A su tiempo nos la dará Dios, que la hace y la comunica.
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Oficio de lectura, Viernes I del tiempo Ordinario

Todo por el Verbo, compone una armonía verdaderamente divina

Del sermón de San Atanasio, Obispo, contra los gentiles
Núms. 42-43

Ninguna cosa de las que existen o son hechas, empezó a ser sino en Él y por Él, como nos enseña el evangelista teólogo, cuando dice: En el principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada.

Así como el músico, con la lira bien templada, ejecuta una armonía, combinando con los recursos del arte, los sonidos graves con los agudos y los intermedios, así también la Sabiduría de Dios, teniendo en sus manos el universo como una lira, une las cosas de la atmósfera, con las de la tierra, y las del cielo con las de la atmósfera, y las asocia todas unas con otras, gobernándolas con su voluntad y beneplácito.

De este modo, produce un mundo unificado, hermoso y armoniosamente ordenado, sin que por ello el Verbo de Dios, deje de permanecer inmutable junto al Padre, mientras pone en movimiento todas las cosas, según le place al Padre, con la invariabilidad de su naturaleza. Todo en definitiva, vive y se mantiene por donación suya, según su propio Ser, y por Él, compone una armonía admirable, y verdaderamente divina.

Tratemos de explicar esta verdad tan profunda, por medio de una imagen: pongamos el ejemplo de un coro numeroso. Un coro está compuesto de variedad de personas; de niños, mujeres, hombres maduros y adolescentes, cada uno, bajo la batuta del director, canta según su naturaleza y sus facultades: el hombre con voz de hombre, el niño con voz de niño, la mujer con voz de mujer, el adolescente con voz de adolescente, y sin embargo, de todo el conjunto, resulta una armonía.

Otro ejemplo: nuestra alma pone simultáneamente en movimiento, todos nuestros sentidos, cada uno según su actividad específica; y así, en presencia de algún estímulo exterior, todos a la vez se ponen en movimiento: el ojo ve, el oído oye, la mano toca, el olfato huele, el gusto gusta, y también sucede con frecuencia, que actúan los demás miembros corporales, por ejemplo, los pies se ponen a andar.

De manera semejante, acontece en la creación en general. Ciertamente, los ejemplos aducidos, no alcanzan a dar una idea adecuada de la realidad, y por esto es necesaria, una más profunda comprensión de la verdad, que quieren ilustrar.

Es decir, que todas las cosas son gobernadas, a un solo mandato del Verbo de Dios, de manera que ejerciendo cada ser su propia actividad, del conjunto resulta un orden perfecto.
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Oficio de lectura, 2 de Mayo, San Atanasio
De la encarnación del Verbo
De los sermones de San Atanasio, obispo
Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9

El Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, vino a nuestro mundo, aunque tampoco antes se hallaba lejos, pues nunca parte alguna del universo, se hallaba vacía de Él, sino que lo llenaba todo en todas partes, ya que está junto a su Padre.

Pero Él vino por su benignidad hacia nosotros, y en cuanto se nos hizo visible, tuvo piedad de nuestra raza, y de nuestra debilidad, y compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil, la obra de su Padre al crear al hombre; y por esto tomó para sí, un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo, ni tampoco en hacerse simplemente visible.

En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir, un cuerpo más excelente; pero Él tomó nuestro mismo cuerpo.

En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo habiendo tomado un cuerpo, semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte, en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna, para ensañarse con los demás hombres, semejantes a Él; con ello también, hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de la muerte a la vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido, y con el poder de su resurrección, del mismo modo, que la paja es consumida por el fuego.

Por esta razón, asumió un cuerpo mortal, para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisfaciera por todos, la deuda contraída con la muerte; para que por el hecho de habitar el Verbo en Él, no sucumbiera a la corrupción; y finalmente para que en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya, todos libres de la corrupción.

De ahí que el cuerpo que Él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia, y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento, la muerte de todos los hombres, a los que Él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.

De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y así el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad, a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa, por su cuerpo semejante al de ellos.

Es verdad, puesto que la corrupción de la muerte, no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo que habita entre ellos, por su encarnación.

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El Credo de San Atanasio
También se conoce por sus primeras palabras de la versión latina: "Quicumque".

Se le llama de San Atanasio, no porque él lo escribiera, sino porque recoge sus expresiones e ideas. Algunos piensan que fue escrito por San Ambrosio.

Texto del Credo Atanasiano:
"Todo el que quiera salvarse, ante todo, es menester que mantenga la Fe Católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre.

Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas, ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre y el Hijo, y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, tienen una sola divinidad, gloria igual, y coeterna majestad.

Cual el Padre, tal el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo.

Y sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente.

Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios; Así, Señores el Padre, Señor es el Hijo, Señor (también) el Espíritu Santo; y sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad, somos compelidos a confesar como Dios y Señor, a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores.

El Padre, por nadie fue hecho, ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado.

Hay consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí, coeternas y coiguales, de suerte que como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo, la unidad de la Trinidad, que la Trinidad en la unidad. El que quiera pues salvarse, así ha de sentir a la Trinidad.

Pero es necesario para la eterna salvación, creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Es pues la fe recta que creemos y confesamos, que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre, antes de los siglos; y es hombre nacido de la madre en el siglo: perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana; igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad.

Mas aún, cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo, no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne, es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo.

El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre Omnipotente; desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos, y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno.

Esta es la fe católica, y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse".

Oración: Dios todopoderoso y Eterno, que hiciste de tu obispo San Atanasio, un preclaro defensor de la divinidad de tu Hijo, concédenos, en tu bondad, que fortalecidos con su doctrina y protección, te conozcamos y te amemos cada vez más, en la mayor plenitud. A Tí Señor, a quien debemos nuestra creación, y nuestro destino eterno en el Reino de los Cielos. Amén.


Sexta Feria, 19 de abril

SAN LEÓN IX, 152ª PAPA Y CONFESOR
(† 1054)


Vencer el mal por medio del bien: tal era el secreto que aprendió del divino Maestro, y que él tomó como lema de toda su actuación

Breve
Fue elegido libremente, por el clero y el pueblo romano.

Llegado a Roma, quiso entrar a pies descalzos, como signo de humildad.

Luchó para evitar el Gran Cisma, entre las iglesias de Oriente y Occidente, el cual sucedió tras su muerte.

Convocó numerosos sínodos, para reformar el clero. Combatió la simonía, y el concubinato de los sacerdotes.

Condenó la herejía de Berengario, quien negaba la conversión del pan y del vino, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, durante la consagración de la Eucaristía.

Se involucró personalmente en campañas militares, contra los invasores normandos, y fue hecho prisionero por ellos en batalla.

Se le denomina confesor, porque tiene el rango de mártir, debido a los sufrimientos por los que pasó durante su pontificado.
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BERNARDINO LLORCA, S. I.
León IX (1048-1054) es indudablemente, uno de los más insignes papas. Su gloria principal consiste, además de la santidad y virtudes personales, que le distinguían desde su juventud, en haber sacado a la Iglesia del estado de decadencia general, en que se encontraba a mediados del siglo XI, y haber iniciado el movimiento de reforma, que culminó poco después, con Gregorio VII (1073-1085), y los papas que le siguieron.

Se llamaba Bruno, de la familia de los condes de Alsacia, y estaba emparentado con los emperadores alemanes Conrado II y Enrique III. Nacido en junio de 1002, estudió en la escuela episcopal de Toul, al lado de su primo Adalberon, que fue largo tiempo obispo de Metz.

Ya en su juventud, dio pruebas de las excelentes cualidades de su espíritu, y después de una enfermedad, cuya curación atribuyeron todos, a un milagro de San Benito, decidió entregarse de lleno, al servicio de Dios en el estado eclesiástico.

Cursados brillantemente, y con extraordinario fruto los estudios eclesiásticos, bien pronto se ganó la confianza del nuevo obispo Hermann de Toul, y ya desde entonces, comenzó a manifestar, la gran estima que tenía de la obra reformadora, realizada por los cluniacenses y las Ordenes monásticas.

Con el ascendiente de su familia ante el emperador Conrado II, se obtuvo sin dificultad para él, un alto cargo eclesiástico en la corte imperial; pero él por su parte, lejos de dejarse llevar de ninguna clase de ambiciones, encontraba su complacencia en los empleos más humildes, y ansiaba ponerse al servicio de la iglesia más pobre. Su sencillez, amabilidad y virtud, le conquistaron rápidamente una gran popularidad, por lo cual era comúnmente llamado el buen Bruno.

Pero Dios, le tenía destinado para las más elevadas dignidades. Al morir, poco tiempo después el obispo Hermann, los eclesiásticos y el pueblo, reclamaron a Bruno para sucederle. Así pues, sin dificultad alguna, fue nombrado obispo de Toul, dignidad que él aceptó, por tratarse de una iglesia pobre, donde él podía ejercitar su celo apostólico.

Así lo hizo, en efecto, desde un principio, entregándose con su alma joven, y de ardiente amor por Dios, a fomentar en todas partes la reforma eclesiástica. Siendo como era, un hombre de acción, y con las excelentes cualidades que le adornaban, se ganó rápidamente las simpatías de todos.

Su humildad y paciencia, unidas a su energía de carácter, y decisión en sus empresas, se manifestaron en multitud de ocasiones. Así supo defender con firmeza, pero sin herir susceptibilidades, los derechos de su iglesia, frente a su metropolitano de Worms. Vencer el mal por medio del bien: tal era el secreto que aprendió del divino Maestro, y que él tomó como lema de toda su actuación.

Sobre estas bases, se fue desarrollando su gobierno, desde el año 1026 en que fue consagrado obispo, hasta el año 1048, en que fue elevado al solio pontificio. Sabemos que celebró con gran fruto, diversos sínodos diocesanos; que se mantuvo en íntima unión con los obispos vecinos, y que asistió a los concilios provinciales de Tréveris, de 1030 y 1037; que promovió con energía los estudios eclesiásticos, y sobre todo, fue en todas partes, el más decidido impulsor de la reforma eclesiástica.

En íntima relación con esto, debe ponerse el interés que mostró siempre, en mantener buenas relaciones con las Ordenes monásticas. Así, ya desde el principio de su gobierno, manifestó sus sentimientos favorables a Cluny, procurando que se le agregaran, las dos abadías de Saint-Mansuy y Moyenmontier.

De este modo, ya durante estos años, mantenía relaciones, y trabajaba en íntima colaboración, con los prohombres del movimiento reformador de la Iglesia, por lo cual, se había conquistado un renombre de gran prelado, y gran amigo de la reforma. Por esto, no es de sorprender que el año 1048, en momentos bien decisivos para la Iglesia, fuera él escogido para gobernarla desde Roma.

En efecto, después de resuelto el cisma que desgarraba a la Iglesia, en el año 1046, Clemente II (1046-1047) apenas tuvo tiempo para iniciar la obra reformadora, que entonces se necesitaba, y su sucesor Dámaso II (1047-1048) fue rápidamente arrebatado por la muerte.

En estas circunstancias, se presentó ante el emperador Enrique III una embajada de Roma, con la súplica, de que fuera elevado al solio pontificio, el arzobispo Halinard, de Lyon; pero éste rechazó decididamente la propuesta.

Entonces pues, Enrique III el Negro, reunió una Dieta en Worms, en diciembre de 1048, donde fue proclamado Bruno de Toul, que había acudido a la misma.

Sorprendido, y profundamente contrariado ante esta elección, pidió Bruno que se le concedieran tres días para dar su respuesta definitiva; pero una vez transcurridos éstos, viendo en ello claramente expresada la voluntad de Dios, aceptó aquella dignidad, que él consideraba como la mayor carga que podían imponerle, pero añadiendo como expresa condición, que no consideraría como válida aquella elección, hasta que fuera confirmada por el clero y pueblo de Roma.

En efecto, llegado a Roma, y presentado en la basílica de San Pedro, por el metropolitano de Tréveris, como el candidato del emperador, fue aclamado de nuevo por el clero y pueblo allí presentes. Ante una manifestación tan evidente de la voluntad divina, Bruno se inclinó humildemente, y tomó el nombre de León IX.

Y en verdad, León IX, hombre de eminentes cualidades personales, dotado de gran energía de voluntad, partidario decidido de la reforma, e inflamado en todos sus actos, del más vivo amor de Dios y de la Iglesia, era indudablemente el Papa que ésta necesitaba en aquellos momentos.

Uno de sus principales méritos, fue el haberse mantenido desde el principio, en contacto con los más insignes promotores de la reforma, y haber llamado junto a sí, a los más importantes entre ellos. Así se mantuvo siempre unido con San Hugo de Cluny, y con él tuvo a su disposición, el vigoroso movimiento cluniacense.

Asimismo, con el poderoso arzobispo Halinard de Lyon, uno de los mejores representantes de las corrientes reformadoras de Francia, y con San Pedro Damiano, que aunque se hallaba en el retiro de Fonte-Avellana, ya había comenzado a llamar la atención, por sus valientes escritos polémicos, y sus exhortaciones a la reforma, dirigidas a Clemente II.

Pero no contento con esto, teniendo presente, que en la curia romana hacían falta hombres eminentes y decididos, se rodeó rápidamente de los que con más eficacia, le podían servir. Así, llamó ante todo al valiente y decidido Hildebrando, quien desde la muerte de Gregorio VI, cuyo secretario había sido, quedaba enteramente libre.

León IX le consagró como archidiácono, y le elevó al rango de secretario pontificio. Igualmente creó cardenal obispo de Silva Cándida, al monje borgoñón Humberto, al monje Hugo Cándido, procedente del monasterio de Remiremont, de la Lorena, y asimismo a otros varios. De este modo, el Colegio Cardenalicio alcanzó un carácter universal, y fue en adelante, un instrumento eficaz y dócil en manos del Papa.

Apoyado en estas fuerzas, y en estos hombres eminentes, desarrolló León IX una maravillosa actividad, enderezada a sanar a la Iglesia, de las dos llagas que la corroían: la simonía, y el concubinato de los eclesiásticos.

El primer medio que empleó, fue el que le ofrecía la costumbre eclesiástica, entonces en uso, es decir los sínodos y concilios. Comenzando por la Pascua de 1049, comenzó a celebrar en Roma con gran solemnidad, los sínodos cuaresmales, y rápidamente procuró que se celebraran otros semejantes, en diversas provincias eclesiásticas.

En todos ellos, se renovaban y proclamaban, con la mayor decisión, las disposiciones contra la simonía y el concubinato de los eclesiásticos, señalándolos como los abusos fundamentales, de los que dependían los demás.

Movido del más ardiente celo de la gloria de Dios, y del bien de las almas, emprendió una vida de peregrinación, de un territorio a otro, por Italia, Alemania y Francia, celebrando sínodos, y alentando en todas partes, a las fuerzas de la reforma.

De esta manera, se ha podido afirmar que León IX, llegó a hacer comprender prácticamente a todo el mundo cristiano, que el Papa era quien gobernaba la Iglesia. El Papado, que hasta entonces, era sólo un concepto más o menos elevado, se convirtió en una fuerza eficaz y tangible.

Particularmente significativa, fue la campaña o peregrinación emprendida por León IX en 1049, el primer año de su pontificado, que tuvo como coronamiento, los dos grandes concilios presididos por él, en Reims y en Maguncia.

Después de celebrar el sínodo de Roma, en la dominica de Quasimodo, y otro en Pavía, en Pentecostés, donde proclamó las bases de la reforma, atravesó Ios Alpes, y se reunió con el emperador Enrique III, pariente e íntimo amigo suyo, y junto con él, se dirigió a Colonia, donde celebró la fiesta de San Pedro y San Pablo.

De allí pasó, con el mismo Enrique III, a Aquisgrán y Maguncia, y luego se detuvo en su amada diócesis de Toul, donde fue objeto de la más cariñosa acogida. El 14 de septiembre, celebró en su catedral, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

Entretanto, se había anunciado el gran sínodo, que debía celebrarse próximamente en Reims, y no obstante las dificultades que fue oponiendo el rey de Francia Enrique I, el 14 de septiembre publicaba desde Toul, una encíclica, por la que convocaba el gran concilio.

Efectivamente, el 29 de septiembre, llegaba el Papa a Reims: el 1º de octubre consagraba la iglesia abacial de San Remigio, y al día siguiente, daba comienzo al gran concilio, uno de los más célebres, en la historia de la Iglesia de Francia y de Europa.

En nombre del Papa, su canciller Hildebrando, anunciaba a Francia y al mundo, que la intención del Papa, era procurar un remedio eficaz a los males de la Iglesia: "a la simonía; a la usurpación por los laicos de los cargos y rentas eclesiásticas; al desprecio de las más sagradas leyes del matrimonio, etc. Él invitaba a todos a reflexionar, delante de Dios, acerca de los diversos artículos del programa que les proponía".

El efecto de esta intimación pontificia, fue en realidad grandioso. Naturalmente, ya en el concilio, y sobre todo después de él, tropezó con la enconada oposición de muchos, que no se avenían a entrar por el camino de la reforma. Pero el Papa, uniendo la energía, con la habilidad y prudencia, y contando siempre con la ayuda de Dios, cuya causa sostenía, logró en este concilio, y después de él, innumerables éxitos.

Terminado el concilio de Reims, se encaminó de nuevo a Alemania, pasando por Verdún y Metz, donde consagró sendas iglesias, y llegó a Maguncia, donde celebró otro gran sínodo, en que renovó la proclamación realizada en Reims.

Hecho esto, atravesando de nuevo la Alsacia, y luego Ausburgo y Constanza, celebró las Navidades en Verona. A primeros de 1050, se hallaba de vuelta en Roma. Semejantes peregrinaciones por el sur y norte de Italia, y por el centro de Europa, las repitió durante los años siguientes.

Indudablemente, la actividad eclesiástica de León IX, fue beneficiosa y muy significativa para la Iglesia, en la que se observa, durante su pontificado, un principio de resurgimiento. Y aunque es verdad, que debe atribuirse una parte importante del cambio iniciado, a su archidiácono Hildebrando, y a los demás colaboradores del Papa, debe reconocerse que el mérito principal, recae sobre la egregia figura de León IX.

Sin embargo, no fue tan afortunado en los asuntos temporales, y en el desarrollo de la cuestión oriental. Efectivamente, a principios del siglo XI, los normandos se habían fijado en el sur de Italia, y en sus luchas contra los griegos y los musulmanes, habían ido extendiendo progresivamente, el área de sus dominios, destruyendo en su avance iglesias y monasterios, y devastando los territorios eclesiásticos.

El Papa intentó primero, entenderse con los griegos, para oponerse al avance de tan terribles enemigos; mas como fracasara en este intento, acudió entonces a Enrique III, en demanda de socorro. Este exigió algunas concesiones del Papa, y en efecto, envió un fuerte socorro, mas por diversas circunstancias, la mayor parte de las tropas auxiliares, enviadas por Enrique III, se vieron obligadas a retirarse y volver a Alemania.

Esto no obstante, se decidió el Papa a proseguir su campaña contra los normandos; pero bien pronto, el 18 de junio de 1053, sus fuerzas fueron completamente aniquiladas en Civitate, y el mismo León IX quedaba prisionero.

El resultado fue que para resolver tan delicada situación, el Papa entregó a los normandos, aquellos territorios en calidad de feudos, y obtuvo su libertad; pero, consumido de tantos trabajos y emociones, murió poco después en Roma, en abril de 1054.

No fue más afortunado, en el asunto de las Iglesias orientales, pues en su tiempo, se maduró y realizó la separación definitiva de Roma, de aquellas Iglesias.

Indudablemente, el odio a los occidentales, del patriarca Miguel Cerulario, y la falta de táctica de los legados pontificios, sobre todo del cardenal Humberto, tuvieron una culpa decisiva en la separación definitiva, pero ciertamente no puede decirse, que la debilidad del Romano Pontífice, o la situación de decadencia de los papas, hubiera sido la causa u ocasión del cisma.

Porque siendo así, que durante todo el siglo X y principios del XI, en que llegó el Papado y la Iglesia occidental a su mayor depresión y abatimiento, no se verificó tal separación; vino ésta a realizarse, cuando en el pontificado de León IX, la Iglesia y el Papado, habían realizado ya un avance notabilísimo en su reforma y rehabilitación.

La verdadera causa, fue la oposición latente desde antiguo, de la Iglesia oriental frente a la occidental, que fue constantemente en aumento, y así bastó una ocasión, para que estallara en la forma violenta del cisma.

El mismo resurgimiento de la Iglesia occidental, promovido por la reforma cluniacense, y la enérgica actividad de León IX, aumentó la oposición existente, de la que se aprovechó el patriarca Miguel Cerulario, para realizar aquella separación, que le colocaba a él, a la cabeza de la Iglesia griega.

León IX no pudo impedir el curso de los acontecimientos, que entristecieron los últimos momentos de su vida, y tres meses después de su muerte, se realizó la separación definitiva (16 de julio de 1054).

Durante los últimos meses de su vida, sintiéndose herido de muerte, dio los más insignes ejemplos de piedad, y de resignación cristiana. El pueblo romano, que le profesaba un amor entrañable, sintió profundamente su muerte, ocurrida en la plenitud de su edad viril, contando solamente con cincuenta y dos años. Sobre su tumba se esculpió este epitafio:

Roma vencedora, está dolida al quedar viuda de León IX,
segura de que entre muchos, no tendrá un padre como él.
Su pontificado fue realmente pleno.
Por su celo infatigable, y su incesante actividad,
movida por el más puro amor de Dios,
inició eficazmente aquel movimiento de reforma,
que luego continuó hasta llegar, a su más perfecto desarrollo.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión del Papa San Leon IX, pueda siempre la Iglesia permanecer unida, y preservar en su corazón, el dogma de la transustanciación del pan y del vino, en el Cuerpo y la Sangre de Jesuscristo. A Tí Señor, que nos dejaste ese inmenso regalo, mandato y misterio en la Última Cena, para alimento ESPIRITUAL y MATERIAL del mundo. Amén.

miércoles, 1 de mayo de 2019


Cuarta Feria, 1 de mayo

SAN JEREMÍAS, PROFETA y MÁRTIR
(Antiguo Testamento)


"Antes que te formara yo en las entrañas maternas, te conocí..., te consagré, y te designé para profeta de naciones"

Representación del Profeta Jeremías, hecha por Miguel Ángel

Jeremías significa "Yahvé eleva", o "elevación de Yahvé"

“Tu palabra hierve dentro de mí, como fuego abrasador”

Breve
Fue un Profeta hebreo, hijo del sacerdote Hilcías, perteneciente a una casta tradicional de sacerdotes. Jeremías vivió entre el 650-586 antes de Cristo, en Judá, Jerusalén, Babilonia y Egipto. Vivió en la misma época que el profeta Ezequiel, y fue antecesor de Daniel.
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MIGUEL MELENDRES
"Tú me sedujiste, ¡oh Yahvé, y yo me dejé seducir. Tú eres el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo el día, la irrisión y la burla de todo el mundo. Siempre que hablo, tengo que gritar: "¡Ruina, devastación!". Y aunque me dije: "No volveré a hablar en su nombre", su palabra hierve dentro de mí, como fuego abrasador”.

Si la historia de la humanidad, es la historia de Dios entre los hombres, el forcejeo del cielo con la tierra, de Yahvé con Jacob, indiscutiblemente Jeremías, dibuja su colosal figura en las cumbres más altas. Los judíos del tiempo de Jesús, dirán del Maestro: "¡Es Jeremías, que ha resucitado!".

Hijo de Helcías sacerdote, ya desde niño le sedujo Yahvé. Las auras de Jerusalén, conservaban aún su perfume de incienso, al llegar a Anatot, la ciudad del profeta, a una hora de Sión, y mientras él crecía, el Señor iba realizando, uno de los significados del nombre Jeremías: "Yahvé eleva", o "elevación de Yahvé".

Le seducía entonces por sí mismo: por su infinita majestad, por la belleza de su Ley. "Teth. Bueno es el Señor para los que esperan de Él, para el alma que le busca", recordará en medio del llanto, en una de sus lamentaciones.

Pero es que pronto, le sedujo también para aceptar sobre sus hombros, la misión de profeta. Como hiciera Moisés, él protesta muy bien, "que no es experto en el hablar, que es todavía un niño". Pero Yahvé tiene palabras convincentes: "Antes que te formara yo, en las entrañas maternas, te conocí..., te consagré y te designé, para profeta de naciones". Tiende la mano, toca su boca, y le da poder de hierro y bronce sobre pueblos y reinos, "para arrancar, arruinar y asolar; para levantar, edificar y plantar".

Más de una vez, los labios del profeta apaleado, encepado, medio muerto, recordaron a Dios, con angustiosa queja, y tremenda fuerza lírica, mejor que la de Job, el contraste excesivo, entre la dura realidad y tan bellas palabras.: "¡Maldito sea el día en que nací!. ¿Por qué no me mató Yahvé, en el seno de mi madre, y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna en sus entrañas?".

Cuesta al hombre de hoy, con veinte siglos de Revelación, sopesar bien la santidad, allá en el siglo séptimo, antes de que el Verbo se humanizara. No es lo mismo adorar y acatar al Señor, dentro de un marco de siete sacramentos, de comunión frecuente, inmolación incruenta, vida interior, magisterio ordinario e infalible, y serenidad de culto, que ante balsas de sangre, de reses desolladas en honor del Dios de los ejércitos, blasfemos apedreados, pitonisas, colegios de "hijos de profetas" y nabíes, profesionales de lo religioso, que se aprestaban a la "inspiración", al compás de tambores, flautas y arpas, gesticulando y bailoteando como fuera de sí, y sobreexcitando a los demás con oscuras palabras, y frenéticos hurras, como vemos aún hoy entre ciertos derviches. Y ello en medio de cultos idolátricos de los pueblos vecinos, y de los mismos yaveístas.

A pesar de sus fuertes protestas momentáneas, Jeremías acepta con la mayor fidelidad, materialmente incluso, el yugo del Señor, del que se considera un simple servidor, “el pobre de Yahvé.".

No es un romántico de la pobreza como tal, sino un siervo de Dios, un sometido a la divinidad, con total dedicación y absoluta confianza. La novedad impresionante de este profeta, de familia más bien acomodada, es el amor y el deseo de un Israel cualitativo —“el Israel de Dios"—: la nación en que Yahvé tendrá su ley escrita, no en piedra solamente, sino en los corazones.

Por algo Jeremías, que como Amós, Oseas y Ezequiel, no hizo probablemente ni un solo milagro, es tenido por muchos Santos Padres, principalmente San Jerónimo, por una esplendorosa figura de Jesús.

Jesús nace en Belén, y es cerca de Belén, donde comienza Jeremías su misión de profeta. Como Jesús, ha de luchar contra los sacerdotes que contradicen su predicación, y quieren suprimirle, en un procedimiento tumultuoso, al imputarle por sus profecías, la intención de destruir el Templo.

Como al Mesías, se le lleva a un tribunal civil, para acusarle de subversión política, sin aludir al tema religioso, y él se comporta allí serena y dignamente. Nadie como él, ha dibujado al futuro hijo pródigo, cuando invita a Efraím, el hijo amado y desviado, a que se plante piedras miliarias, y se coloque hitos y considere las calzadas, y los caminos de la perdición, para la hora del retorno.

"Vuélvete, ¡oh virgen de Israel!, regresa a estas tus ciudades. ¿Hasta cuándo has de permanecer lejos, oh hija renegada?". Su vida íntima, es también una pálida sombra de la del Redentor: célibe hasta la muerte, sabe de horas de oración y soledad como en Getsemaní; se le derrumba el alma, previendo la ruina de la querida ciudad santa, y vuelca el corazón, intercediendo por sus enemigos.

Dura misión la de un profeta: ser la boca de Yahvé, en un pueblo vuelto casi siempre de espaldas a la Ley; gritar contra los cultos idolátricos, y las infiltraciones de prácticas paganas; llenar de espíritu los ritos; desenmascarar vicios, venalidades, opresiones, a la par que instruir sobre la verdadera naturaleza del Altísimo, y sus misteriosos atributos; y sobre todo, preparar las pupilas oscuras, para la luz creadora de los tiempos mesiánicos, renovadores de la faz del mundo.

Sin innovar ni revolucionar, restaurar, restablecer y tutelar, los permanentes intereses de Yahvé en la religión, en la moral, e incluso en la política, de un pueblo teocrático. La misión del profeta de los truenos fue dura, entre las más difíciles.

Él no sólo anunció, sino que presenció, las tremendas ruinas de Sión, así como las tres deportaciones de su pueblo. Corrió a sus pies, como ríos desbordados, la sangre de los suyos, y sobre las murallas a punto de ceder, el hambre de las madres, se sació cerca de él, en la carne caliente de los hijos.

En su ciudad natal le quisieron matar. El rey Joaquín, hizo quemar los rollos de sus terribles vaticinios. Fue encerrado en una cisterna, para hacerle morir. Ninguno de los reyes que él viera entronizar, atendió sus consejos. En el pleito político de asirios derrotados, egipcios aliados, y medos vencedores, él predicaba lealtad a la dominadora Babilonia, y no alianzas con los faraones, ni con los restos de la vieja Asur. Y nadie le escuchaba.

Sin embargo, cuando el representante del rey Nabucodonosor, sabiendo de su fidelidad, le ofreció un puesto honroso en Babilonia, él prefirió quedarse a llorar la ignominia, junto a las ruinas de Sión, con los pobres deshechos de su pueblo.

La paz no era su lugar. ¿Cómo si no, habría tenido el mundo, en el tesoro inmenso de las Lamentaciones, el cálido torrente de palabras y lágrimas que inundará, y traducirá magistralmente hasta el fin de los siglos, el humano dolor?.

También ante la esfinge precursora de Jesús, si su primera intervención profética, tuvo lugar junto a Belén, fue su última en Egipto. Luego, ya un gran silencio, ahoga la voz de hierro y bronce, del más potente oráculo de Yahvé, que Tertuliano y San Jerónimo, siguiendo una leyenda, que recoge igualmente el Calendario Romano, dicen muerto a pedradas en los muros de Tafnis.

Isaías, el primero de los cuatro profetas llamados mayores, por el volumen de su obra, acabó su ministerio hacia el año 702. Probablemente, Jeremías comenzó el suyo hacia el 614, y durante cuarenta años —los veintitrés primeros de palabra tan sólo, y después, inaugurando esta modalidad, por escrito también—, fue en medio de Judá, "como una flecha de excepción", fúlgida y recta, en el carcaj de Yahvé. También comienza en él, lo que podríamos llamar la “literatura de las confesiones", al describir el dramatismo, de la íntima lucha del profeta con Dios.

Después de haber vivido agonizando, en una de las épocas más importantes, y convulsivas de la historia de Oriente, y la más dolorosa de Judá, Yahvé premió a Jeremías, con la corona del descanso eterno.

Sólo entonces el pueblo amó, de veras a su gran profeta. Él había cantado, con la garganta rota de dolor, el paso hacia el exilio, a nueve kilómetros de Sión, de los judíos aherrojados: “Se oye una voz en Ramá... Mucho gemido y mucho llanto. Raquel llora a sus hijos, y no se quiere ser consolada, porque no están". Judá lloró al profeta de sus llantos; pero el coloso tampoco estaba ya.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que conociste antes de su concepción a San Jeremías, y lo elevaste como Profeta de las Naciones, concédenos por los méritos de sus sufrimientos, a que conozcamos a cabalidad nuestro propio carisma personal, y nos ayudes y bendigas a desarrollarlo y brindarlo a nuestro prójimo, hasta nuestro último aliento, en este valle de lágrimas. A Tí Señor, que nos insuflaste el Espíritu Santo sobre nuestras cabezas, y Vives y Reinas por los Siglos de los Siglos. Amén.


martes, 30 de abril de 2019


Tercera Feria, 30 de abril

SAN PIO V, 225ª Papa


 (1566-1572)

"Si tú haces algo por la Virgen María, la Virgen hará mucho por ti"

"No fueron las técnicas, no fueron las armas, las que nos consiguieron la victoria. Fue la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios", fue el mensaje de San Pío V, luego de la batalla de Lepanto, que marcó un punto de inflexión en la historia de los tiempos modernos.

“A Cristo le siguen más de cerca, aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte”.

Breve
Antonio Michele Ghislieri, nació cerca de Alejandría (Italia), en el año 1504. Ingresó en la Orden de los Dominicos, y fue profesor de teología.

Consagrado obispo y elevado al cardenalato, fue finalmente elegido papa en el año 1566. Continuó con gran decisión, la reforma comenzada por el Concilio de Trento, y promovió la propagación de la fe y la liturgia.

Humilde y piadoso Papa. Propagador de la devoción a la Virgen María, como Auxiliadora de los Cristianos. Organizador de la defensa de Europa, contra el Imperio Otomano en Lepanto.

Historia
Pío significa: el piadoso, que cumple bien sus deberes con Dios. Se llama Quinto, porque antes de él, hubo otros cuatro Pontífices, que llevaron el nombre de Pío.

Nació en un pueblo llamado Bosco, en Italia, en 1504. Sus padres eran muy piadosos, pero muy pobres. Aunque era un niño muy inteligente, tuvo hasta los 14 años, que dedicarse a cuidar ovejas en el campo, porque los papás no tenían con qué costearle los estudios.

Pero la vida retirada en la soledad del campo, le sirvió de mucho, para dedicarse a la piedad y a la meditación, y la gran pobreza de la familia, le fue muy útil para adquirir gran fortaleza, para soportar los sufrimientos de la vida. Más tarde, será también Pastor de toda la Iglesia.

Una familia rica, notó que su hijo Antonio, se comportaba mejor desde que era amigo de nuestro santo, y entonces se dispuso a costearle los estudios, para que acompañara a Antonio, y le ayudara a ser mejor.

Y así pudo irse a estudiar con los Padres Dominicos, y llegar a ser religioso de esa comunidad. Nunca olvidará el futuro Pontífice, este gran favor de tan generosa familia. En la comunidad, le fueron dando cargos de mucha importancia: Maestro de novicios, Superior de varios conventos. Y muy pronto el Sumo Pontífice, el Papa Pío IV, lo nombró obispo. Tenía especiales cualidades para gobernar.

Como el protestantismo estaba invadiendo todas las regiones, y amenazaba con quitarle la verdadera fe, a muchísimos católicos, el Papa nombró a nuestro santo, como encargado de la asociación, que en Italia defendía a la verdadera religión.

Y él, viajando casi siempre a pie, y con gran pobreza, fue visitando pueblos y ciudades, previniendo a los católicos, contra los errores de los evangélicos y luteranos, y oponiéndose fuertemente, a todos los que querían atacar a nuestra religión.

Muchas veces, estuvo en peligro de ser asesinado, pero nunca se dejaba vencer por el temor. Con los de buena voluntad, era sumamente bondadoso y generoso, pero para con los herejes, demostraba su gran ciencia y sus dotes oratorias, y los iba confundiendo y alejando, de los sitios a donde llegaba.

El Papa, para premiarle sus valiosos servicios, y para tenerlo cerca de él, como colaborador en Roma, lo nombró Cardenal, y encargado de dirigir toda la lucha de la Iglesia Católica, en defensa de la fe, y contra los errores de los protestantes.

Al morir el Papa Pío IV, San Carlos Borromeo, les dijo a los demás cardenales, que el candidato más apropiado para ser elegido Papa, era este santo cardenal. Y lo eligieron, y tomó el nombre de Pío Quinto.

Se acostumbraba, que al posesionarse del cargo un nuevo Pontífice, se diera un gran banquete a los embajadores, y a los jefes políticos y militares de Roma. Pío Quinto ordenó, que todo lo que se iba a gastar en ese banquete, se empleara en darles ayudas a los pobres, y en llevar remedios para los enfermos más necesitados de los hospitales.

Cuando recién posesionado, iba en procesión por Roma, vio en una calle al antiguo amigo Antonio, aquel cuyos papás, le habían costeado a él los estudios, y lo llamó, y lo nombró gobernador del Castillo Santángelo, que era el cuartel general del Papa. La gente se admiró, al saber que el nuevo Pontífice, había sido un niño muy pobre, y comentaban, que había llegado al más alto cargo en la Iglesia, siendo de una de las familias más pobres del país.

Pío Quinto, parecía un verdadero monje en su modo de vivir, de rezar y de mortificarse. Comía muy poco. Pasaba muchas horas rezando. Tenía tres devociones preferidas: La Eucaristía, - celebraba la Misa con gran fervor, y pasaba largos ratos de rodillas, ante el Santísimoo Sacramento-; El Rosario, que recomendaba a todos los que podía; y la Santísima Virgen, por la cual sentía una gran devoción y mucha confianza, y de quien obtuvo maravillosos favores.

Las gentes comentaban admiradas: “Este sí, que era el Papa que la gente necesitaba". Lo primero que ordenó, fue que todo obispo y que todo párroco, debía vivir en el sitio para donde habían sido nombrado, ya que existía la dañosa costumbre, de que se iban a vivir a las ciudades, y descuidaban la diócesis o la parroquia, para la cual los habían nombrado.

Prohibió la pornografía. También hizo perseguir y poner presos, a los centenares de bandoleros, que atacaban y robaban a la gente, en los alrededores de Roma.

Visitaba frecuentemente hospitales y casas de pobres, para ayudar a los necesitados. Puso tal orden en Roma, que los enemigos le decían, que él quería convertir a Roma en un monasterio; pero los amigos proclamaban que en 300 años, no había habido un Papa tan santo como él. Las gentes obedecían sus leyes, porque le profesaban una gran veneración.

En las procesiones con el Santísimo Sacramento, los fieles se admiraban, al verlo llevar la custodia, con los ojos fijos en la Santa Hostia, y recorriendo a pie las calles de Roma, con gran piedad y devoción. Parecía estar viendo a Nuestro Señor.

Publicó un Nuevo Misal, y una nueva edición de La Liturgia de Las Horas, o sea los 150 Salmos, que los sacerdotes deben rezar. Publicó también un Catecismo Universal. Dio gran importancia, a la enseñanza de las doctrinas de Santo Tomás de Aquino en los seminarios, porque por no haber aprendido esas enseñanzas, muchos sacerdotes se habían vuelto protestantes.

Aunque era flaco, calvo, de barba muy blanca, y bastante pálido, las gentes comentaban: "El Papa tiene energía para diez años, y planes de reformas para mil años más".

Los mahometanos amenazaban con invadir a toda Europa, y acabar con la Religión Católica. Venían desde Turquía, destruyendo a sangre y fuego, todas las poblaciones católicas que encontraban. Y anunciaron que convertirían la Basílica de San Pedro, en pesebre para sus caballos. Ningún rey se atrevía a salir a combatirlos.

Pío Quinto con la energía y el valor que lo caracterizaban, impulsó y buscó insistentemente la ayuda, de los jefes más importantes de Europa. Por su cuenta, organizó una gran armada, con barcos dotados de lo mejor, que en aquel tiempo se podía desear para una batalla.

Obtuvo que la república de Venecia, le enviara todos sus barcos de guerra, y que el rey de España, Felipe II, colaborara con todas sus naves de combate. Y así organizó una gran flota, para ir a detener a los turcos, que venían a tratar de destruir la religión de Cristo. Y con su bendición, los envió a combatir en defensa de la religión.

Puso como condición, para estar seguros de obtener de Dios la victoria, que todos los combatientes deberían ir bien confesados, y habiendo todos comulgado. Hizo llegar una gran cantidad de frailes capuchinos, franciscanos y dominicos, para confesar a los marineros, y antes de zarpar, todos oyeron misa y comulgaron.

Mientras ellos iban a combatir en las aguas del mar, el Papa y las gentes piadosas de Roma, recorrían las calles, descalzos, rezando el rosario para pedir la victoria.

Los mahometanos los esperaban en el lejano mar, con 60 grandes barcos de guerra, 220 barcos medianos, 750 cañones, 34.000 soldados especializados, 13.000 marineros, y 43.000 esclavos que iban remando. El ejército del Papa, estaba dirigido por don Juan de Austria, hermano del rey de España. Los católicos, eran muy inferiores en número a los mahometanos. Los dos ejércitos se encontraron en el golfo de Lepanto, cerca de Grecia.

El Papa Pío Quinto, oraba por largos ratos con los brazos en cruz, pidiendo a Dios, la victoria de los cristianos. Los jefes de la armada católica, hicieron que todos sus soldados rezaran el rosario, antes de empezar la batalla. Era el 7 de octubre de 1571, al mediodía.

Todos combatían con admirable valor, pero el viento soplaba en dirección contraria a las naves católicas, y por eso había que emplear muchas fuerzas para remar, y mantener el rumbo. Y he aquí que de un momento a otro, misteriosamente, el viento cambió de dirección, y entonces los católicos, soltando los remos, y se lanzaron todos al ataque. Uno de esos soldados católicos, era Miguel de Cervantes, el que escribió El Quijote.

Don Juan de Austria con los suyos, atacaron la nave capitana de los mahometanos, donde estaba su supremo Almirante Alí; le dieron muerte a éste, e inmediatamente los demás empezaron a retroceder espantados. En pocas horas, quedaron prisioneros diez mil mahometanos. De sus barcos, fueron hundidos 111, y 117 quedaron en poder de los vencedores; 12.000 esclavos que estaban remando en poder de los turcos, quedaron libres.

En aquel tiempo, las noticias tardaban mucho en llegar, y Lepanto quedaba muy lejos de Roma. Pero Pío Quinto, que estaba tratando asuntos con unos cardenales, de pronto se asomó a la ventana, miró hacia el cielo, y les dijo emocionado: "Dediquémonos a darle gracias a Dios, y a la Virgen Santísima, porque hemos conseguido la victoria". Varios días después, llegó desde el lejano Golfo de Lepanto, la noticia del enorme triunfo.

El Papa en acción de gracias, mandó que cada año, se celebre el 7 de octubre, la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y que en las letanías, se colocara esta oración "María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros".

Así que este Papa, fué el propagador del título de Auxiliadora; fué este Pontífice nacido en un pueblecito llamado Bosco. Más tarde, un sacerdote llamado San Juan Bosco, será el mayor propagandista de la devoción a María Auxiliadora.

San Pío Quinto, murió el 1 de mayo de 1572, a los 68 años de edad, y fue declarado santo por el Papa Clemente XI, en 1712.
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Oficio de lectura, 30 de Abril. San Pío Quinto, Papa

La Iglesia está fundada, sobre la piedra que confesó Pedro

De los tratados de San Agustín, obispo, sobre el evangelio de San Juan
Tratado 124, 5

Dios, además de otros consuelos, que no cesa de conceder al género humano, cuando llegó la plenitud de los tiempos, es decir, en el momento que Él tenía determinado, envió a su Hijo unigénito, por quien creó todas las cosas, para que permaneciendo Dios, se hiciera hombre, y fuese el mediador entre Dios y los hombres; el hombre Cristo Jesús.

Y ello, para que cuantos creyeran en Él, limpios por el bautismo de todo pecado, fuesen liberados de la condenación eterna, y viviesen en la fe, la esperanza y la caridad; peregrinando en este mundo, y caminando, en medio de penosas tentaciones y peligros, ayudados por los consuelos espirituales y corporales de Dios, hacia su encuentro, siguiendo el camino, que es el mismo Cristo.

Y a los que caminan en Cristo, aunque no se encuentran sin pecados, que nacen de la fragilidad de esta vida, les concedió el remedio saludable de la limosna, como apoyo de aquella oración, en la que Él mismo nos enseñó a decir: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Esto es lo que hace la Iglesia, dichosa por su esperanza, mientras dura esta vida llena de dificultades. El apóstol Pedro, por la primacía de su apostolado, representaba de forma figurada, la totalidad de la Iglesia.

Pues Pedro, por lo que se refiere a sus propiedades personales, era un hombre por naturaleza, un cristiano por la gracia, un Apóstol, y el primero de ellos, por una gracia mayor; pero cuando se le dice: Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo, representaba a toda la Iglesia, que en este mundo es batida por diversas tentaciones, como si fuesen lluvias, ríos y tempestades, pero que no cae, porque está fundamentada sobre la piedra, término de donde le viene el nombre a Pedro.

Y el Señor dice: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, porque Pedro había dicho: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. «Sobre esta piedra que tú has confesado, edificaré mi Iglesia». Porque la piedra era Cristo, Él es el cimiento, sobre el cual el mismo Pedro ha sido edificado, pues nadie puede poner otro cimiento, fuera del ya puesto, que es Jesucristo.

La Iglesia, que está fundamentada en Cristo, ha recibido en la persona de Pedro, las llaves del reino de los cielos, es decir, el poder de atar y desatar los pecados. La Iglesia, amando y siguiendo a Cristo, se libera de los males. Pero a Cristo, le siguen más de cerca, aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que nos concedas por los méritos e intercesión del Papa San Pío Quinto, confiar siempre nuestra vida en las manos de la Santísima Virgen María, y así poder navegar sin desvío alguno, hacia los puertos celestiales de tu morada eterna. A Tí Señor, que nos dejaste a tu Madre, como Madre nuestra, al pie de la Cruz. Amén.