jueves, 11 de octubre de 2018


Quinta Feria, 11 de Octubre

Santo Padre Papa Juan XXIII
(1881-1963)


Papa 259 en la sucesión desde San Pedro

Cuerpo Incorrupto

Angelo Giuseppe Roncalli. Nació en Sotto il Monte (Bergamo).

Elegido Papa el 28-X-1958, murió el 3-VI-1963.

Beatificación: 3 de septiembre de 2000 por San Juan Pablo II
Canonización: 27 de abril de 2014 por el papa Francisco

Con su bula “Humanae salutis” proclamó el 21º Concilio Ecuménico Vaticano II. (11-X-1962). Temas del concilio: vida litúrgica, relaciones sociales, la Iglesia y el mundo moderno.

Al morir, a su cuerpo se le realizó cierto tratamiento de embalsamamiento, para que soportara el velorio y las ceremonias, y hay testimonios del médico-científico que lo realizó. Sin embargo, es extraordinario el estado de preservación en que se encontró, cuando lo exhumaron décadas más tarde.

Beatificado el 3 de septiembre de 2000 por el Santo Padre Papa Juan Pablo II.
Canonizado el 27 de abril de 2014 por el Papa Francisco.

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SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS Y TRASLADO DE LA URNA CON EL CUERPO DEL PAPA JUAN XXIII

Homilía del Santo Padre, Juan Pablo II

Domingo 3 de junio de 2001

1. "Se llenaron todos de Espíritu Santo" (Hch 2, 4).
Así sucedió en Jerusalén, en Pentecostés. Hoy, congregados en esta plaza, centro del mundo católico, revivimos el clima de aquel día. En nuestro tiempo, al igual que en el Cenáculo de Jerusalén, la Iglesia está impulsada por un "viento impetuoso". Experimenta el soplo divino del Espíritu, que la abre a la evangelización del mundo.

Por una feliz coincidencia, en esta solemnidad, tenemos la alegría de acoger, junto al altar, los venerados restos mortales del beato Juan XXIII, que Dios modeló con su Espíritu, haciendo de él, un admirable testigo de su amor.

Este venerado predecesor mío, falleció hace treinta y ocho años, el 3 de junio de 1963, precisamente mientras en la plaza de San Pedro, oraba una gran multitud de fieles, reunidos espiritualmente en torno a su cabecera. A aquella plegaria, se une esta celebración, y a la vez que conmemoramos, la muerte de este beato Pontífice, alabamos a Dios, que lo dio a la Iglesia y al mundo.

Como sacerdote, como obispo, y como Papa, San Angelo Roncalli fue docilísimo a la acción del Espíritu, que lo guió por el camino de la santidad. Por eso, en la comunión viva de los santos, queremos celebrar la solemnidad de Pentecostés, en singular sintonía con él, recordando algunas de sus profundas reflexiones.

2. "La luz del Espíritu Santo, irrumpe desde las primeras palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles. (...) El viento impetuoso del Espíritu divino, precede y acompaña a los evangelizadores, penetrando en el alma de quienes los escuchan, y extendiendo la Iglesia católica, hasta los confines de la tierra, transcurriendo a través de todos los siglos de la historia" (Discursos, mensajes y coloquios de Su Santidad Juan XXIII, II, p. 398).

Con estas palabras, pronunciadas en Pentecostés de 1960, el Papa Juan XXIII, nos ayuda a captar el incontenible impulso misionero, propio del misterio que celebramos en esta solemnidad. La Iglesia nace misionera, porque nace del Padre, que envió a Cristo al mundo; nace del Hijo, que muerto y resucitado, envió a los Apóstoles a todas las naciones; y nace del Espíritu Santo, que infunde en ellos, la luz y la fuerza necesarias para cumplir esa misión.

También en su dimensión misionera originaria, la Iglesia es imagen de la Santísima Trinidad: refleja en la historia, la sobreabundante fecundidad propia de Dios, manantial subsistente de amor, que engendra vida y comunión. Con su presencia y su acción en el mundo, la Iglesia propaga entre los hombres este misterioso dinamismo, difundiendo el reino de Dios, que es "justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm 14, 17).

3. El Concilio Vaticano II, que el Papa Juan XXIII anunció, convocó e inauguró, fue consciente de esta vocación de la Iglesia. Se puede afirmar, que el Espíritu Santo fue el protagonista del Concilio, desde que el Papa lo convocó, declarando que había acogido como venida de lo alto, una voz íntima que escuchó en su corazón (cf. constitución apostólica Humanae salutis, 25 de diciembre de 1961, n. 6).

Aquella "brisa ligera", se convirtió en un "viento impetuoso", y el acontecimiento conciliar, tomó la forma de un nuevo Pentecostés. "Con la doctrina y el espíritu de Pentecostés, -afirmó el Papa Juan XXIII- es como el gran acontecimiento del Concilio ecuménico, cobra vida y vigor" (Discursos, mensajes y coloquios, p. 398).

Amadísimos hermanos y hermanas, si hoy recordamos ese tiempo singular de la Iglesia, es porque el gran jubileo del año 2000, se situó en continuidad con el concilio Vaticano II, recogiendo numerosos aspectos, tanto de doctrina como de método. Y el reciente consistorio extraordinario, ha reafirmado su actualidad y su riqueza, para las nuevas generaciones cristianas. Todo esto constituye para nosotros, un nuevo motivo de gratitud, con respecto al Santo Padre, el Papa Juan XXIII.

4. En el marco de esta celebración, que a Pentecostés añade un acto solemne de veneración, quisiera subrayar de modo particular, que el don más valioso que el Papa Juan XXIII, ha dejado al pueblo de Dios, es él mismo, es decir, su testimonio de santidad.

También puede aplicarse a su persona, lo que él mismo afirmó de los santos, a saber, que cada uno de ellos "es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo" (ib., p. 400).

Y al pensar en los mártires y en los Pontífices, enterrados en San Pedro, añadía palabras que conmueven, al volver a escucharlas hoy: "A veces las reliquias de sus cuerpos, se reducen de a poco, pero siempre palpita aquí su recuerdo y su oración". Y exclamaba: "¡Oh, los santos, los santos del Señor, que por doquier nos alegran, nos animan y nos bendicen!" (ib., p. 401).

Estas expresiones del Papa Juan XXIII, avaladas por el ejemplo luminoso de su vida, muestran muy bien la importancia de la elección de la santidad, como camino privilegiado de la Iglesia al comienzo del nuevo milenio (cf. Novo millennio ineunte, 30-31).

En efecto, la generosa voluntad de colaborar con el Espíritu, en la santificación propia, y en la de los hermanos, es condición previa e indispensable para la nueva evangelización.

5. La evangelización requiere la santidad, y ésta, a su vez, necesita la savia de la vida espiritual: la oración, y la unión íntima con Dios, mediante la Palabra y los Sacramentos; en suma, necesita la vida personal y profunda en el Espíritu.

A este propósito, ¡cómo no recordar también, la rica herencia espiritual, que nos dejó el Juan XXIII, en su Diario del alma!.

En sus páginas, se puede admirar de cerca, el esfuerzo diario con que él, ya desde los años del seminario, quiso corresponder plenamente a la acción del Espíritu Santo. Se dejó modelar por el Espíritu día a día, tratando con paciente tenacidad, de conformarse cada vez más a su voluntad. Aquí reside el secreto de la bondad, con que conquistó al pueblo de Dios, y a tantos hombres de buena voluntad.

6. Encomendándonos a su intercesión, queremos pedir hoy al Señor, que la gracia del gran jubileo, se irradie sobre el nuevo milenio, mediante el testimonio de santidad de los cristianos. Profesamos con confianza, que esto es posible. Es posible por la acción del Espíritu Paráclito, que según la promesa de Cristo, permanece siempre con nosotros.

Animados por una firme esperanza, digamos con las palabras del Papa Juan XXIII: "Oh, Espíritu Santo Paráclito, (...) haz fuerte y continua la oración, que elevamos en nombre del mundo entero; apresura para cada uno de nosotros, el tiempo de una profunda vida interior; impulsa nuestro apostolado, que quiere llegar a todos los hombres, y a todos los pueblos. (…). Mortifica nuestra presunción natural, y llévanos a las regiones de la santa humildad, del verdadero temor de Dios, y de la generosa valentía. Que ningún vínculo terreno, nos impida cumplir nuestra vocación; que ningún interés, por nuestra indolencia, disminuya las exigencias de la justicia; y que ningún cálculo reduzca los espacios inmensos de la caridad, en las estrecheces de los pequeños egoísmos. Que en nosotros todo sea grande: la búsqueda y el culto de la verdad; la disposición al sacrificio hasta la cruz y la muerte; y por último, que todo corresponda a la extrema oración del Hijo al Padre celestial; y a la efusión que de ti, oh Espíritu Santo de amor, el Padre y el Hijo quisieron hacer sobre la Iglesia, y sobre sus instituciones, sobre cada alma, y sobre los pueblos" (Discursos, mensajes y coloquios, IV, p. 350).
¡Veni, Sancte Spiritus, veni!. Amén

Oración: Señor mío y Dios mío, que por los méritos y la intercesión de tu hijo, el amado Papa Juan XXIII, podamos siempre saber renovar santamente nuestra vida, cambiando nuestras concepciones y aspiraciones mundanas, por tus divinas inspiraciones. Por nuestro Señor Jesucristo, Vivo y Santo. Amén.


miércoles, 10 de octubre de 2018


Cuarta Feria, 10 de Octubre

San Daniel Comboni
(1831-1881)


Obispo, Pionero de un nuevo plan para la misión en África. Políglota.

Fundador de una gran obra Misionera, muy devoto de los Corazones de Jesús y María, y de la Santa Cruz

“Labora sicut bonus miles Christi” (Trabaja como buen soldado de Cristo)

Nació en Limone sul Guarda, Brescia (Italia), el 15 de marzo de 1831, y fue bautizado el día siguiente. Sus padres, Luigi y Domenica, eran pobres. Él era jardinero, y ella empleada doméstica. Daniel fue el único que sobrevivió de ocho hijos.

A la edad de 17 años, siendo estudiante de filosofía, hace voto ante su superior, de consagrar su vida al apostolado en África central. Se concentra en el estudio de los idiomas. Aprende hebreo, árabe, español, francés, inglés. Más tarde  también el alemán, portugués, y llegará a aprender 13 dialectos árabes, y algunas lenguas africanas.

El 17 de diciembre de 1854, es ordenado diácono y presbítero, el 31 del mismo mes. Dos años más tarde su superior, don Mazza, lo incluye en la expedición misionera al África. Solo le preocupaba de dejar a sus padres, en muy mala situación económica. Pero los ejercicios espirituales, y la dirección espiritual del Padre Marani le dan paz, y se confía en Dios y en María

A los 27 años llega a Egipto. Desde Asiut (la antigua Licópolis), les escribe a sus padres sobre sus primeras impresiones del viaje, y concluye diciendo: “Les agradezco vivamente, el haberme dado el generoso consentimiento, para recorrer la carrera de la Misión;…Adiós querido padre, querida mamá; ustedes están y viven siempre en mi corazón. Los amo…, porque supieron hacer una obra heroica, que los grandes del siglo, y los héroes del mundo no saben hacer. Ustedes han obtenido una victoria, que les asegurará la felicidad eterna”.

Los misioneros se exponen a muchos peligros, entre ellos las enfermedades. En poco tiempo, mueren tres de los que llegaron con él, y algunos que trabajaban en África desde hace tiempo, entre ellos el Pro-vicario apostólico Padre Ignazio Knoblecher. El mismo Comboni, estuvo varias veces a punto de morir, a causa de la fiebre. Por esta razón, recibe la orden de regresar a Verona.

De regreso en Verona, apenas recuperado, el Padre Mazza le encargó la educación de algunos jóvenes negros, que había acogido el Instituto. Continuó preocupándose por el pueblo africano.

Un nuevo plan de evangelización por inspiración de Santa Margarita
El 15 de septiembre del 1864, tiene la oportunidad de asistir, al triduo para la beatificación de Santa Margarita María de Alacoque, en la Basílica de San Pedro, Roma. El primer día del triduo le viene a la mente “como un rayo”, dice él, “el pensamiento de proponer un nuevo plan, para la cristianización de los pobres pueblos negros, cuyos puntos me vinieron de lo alto como una inspiración”.

La idea fundamental de este plan, consistía esencialmente en evangelizar África con los mismos africanos, y esta evangelización debía ir unida, a la promoción humana y cultural.

Al mismo tiempo, esta obra no se confiaba a una nación en particular, sino que debía “ser católica, no ya española, o francesa, o alemana o italiana. Todos los católicos deben ayudar a los pobres Negros, porque una nación sola, no alcanza a socorrer a la raza negra” [Carta a don Goffredo Noecker, 9 Nov. de 1864.]

La Santa Sede se mostró muy interesada en este plan. El 18 de septiembre, lo presenta al Cardenal Alessandro Barnabo, (Prefecto de Propaganda Fide), y al día siguiente, el Papa Pío IX, recibió a Daniel Comboni en una audiencia, y lo alentó a presentar el plan en París, a la Pía Opera de la Propagación de la Fe, prometiéndole de su parte la aprobación.

Las últimas palabras del Santo Padre, fueron para él una bendición y un aliento: “Labora sicut bonus miles Christi” (Trabaja como buen soldado de Cristo). Inmediatamente, sigue los consejos del Papa, y viaja a Turín, Lyon, París, Colonia y Londres, para dar a conocer este proyecto.

Nueva Fundación: Los Misioneros Combonianos
Comprende que debe crear una organización específica, dedicada a la evangelización de África, ayudado por los propios africanos. El 1 de Junio de 1867, funda en Verona, su Instituto de los Misioneros para el África (Misioneros Combonianos), como parte de la Sociedad del Buen Pastor, una Asociación misionera internacional.

En noviembre, funda en El Cairo dos Institutos (uno masculino y otro femenino), según la línea trazada en el plan. Dos años después, abre una tercera casa en El Cairo, destinada a ser escuela con maestras africanas. Mientras, siguen los viajes en Francia, Alemania, Austria e Italia, dando testimonio de las dificultades de la misión, y de los horrores de la esclavitud en Sudán.

Sin embargo, dos años después de entrar en África, tuvo que regresar a Italia. Se había dado cuenta, del mayor problema para evangelizar a ese continente: el clima y las enfermedades.

El europeo duraba poco en África, y el africano no resistía el frío, o la vida europea, sin desarraigarse. Ideó entonces el “Plan para la regeneración de África”, que consistía en establecer misiones, escuelas, hospitales y universidades en lugares estratégicos, a lo largo de la costa africana, rodeando todo el continente; lugares templados donde los europeos, pudiesen convivir con los africanos.

En esos centros, se formarían los futuros cristianos: maestros, enfermeras, religiosas y sacerdotes nativos, que luego se internarían en el continente, para evangelizar las poblaciones, y promover su desarrollo.

El Episcopado
El 8 de julio de 1877, el Papa Pío IX, lo nombra Vicario del África central, y el 12 de agosto, es consagrado obispo.

Siempre la Cruz
En sus escritos, especialmente hacia el final de su vida, Comboni hace una referencia continua a la Cruz, no solamente respecto a las dificultades materiales de la misión, como el clima, la pobreza, y las enfermedades, sino más aún a las incomprensiones, malentendidos y calumnias de que fue objeto, provenientes de sus más cercanos colaboradores.

A esto se sumaba, el dolor por la muerte de algunos laicos y sacerdotes misioneros, entre ellos a quien había designado como su vicario general. En una de sus últimas cartas escribe: “¡Mi Dios!. ¡Siempre la Cruz!. Pero Jesús, dándonos la Cruz, nos ama; todas estas cruces pesan terriblemente sobre mi corazón, pero nos aumentan la fuerza y el coraje, en el combate de las batallas del Señor, porque las Obras de Dios, nacieron y crecieron siempre así; así prosperaron; así se consolidaron, y prosiguieron en medio de las muertes, del sacrificio, y a la sombra del salutífero árbol de la Cruz” [Khartum, 3 de octubre de 1881].

De este modo, Dios iba completando “Su obra”, asociando a Su Hijo Crucificado, un hombre que en la soledad y dureza de la misión, le entregaba sus últimas fuerzas. Después de haber consumido su vida por anunciar a Cristo, y salvar así a su tan querida África, muere extenuado de cansancio en Khartum, el 10 de octubre 1881, a los 50 años de edad.

Casi 90 años después de su muerte, el Concilio Vaticano II, en el decreto Ad Gentes [Decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia, cap IV, pto. 24.], daba las características que debe tener el misionero: “El que anuncia el Evangelio entre los gentiles, dé a conocer con libertad el misterio de Cristo, cuyo legado es, de suerte que se atreva a hablar de Él como conviene, no avergonzándose del escándalo de la cruz.

Siguiendo las huellas de su Maestro, manso y humilde de corazón, manifieste que su yugo es suave, y su carga ligera. Dé testimonio de su Señor, con su vida enteramente evangélica, con mucha paciencia, con longanimidad, con suavidad, con caridad sincera; y si es necesario, hasta con la propia sangre.

Dios le concederá valor y fuerza, para que vea la abundancia de gozo que se encierra, en la experiencia intensa de la tribulación y de la absoluta pobreza. Esté convencido de que la obediencia, es la virtud característica del ministro de Cristo, quien redimió al mundo con Su Obediencia”.

Monseñor Comboni fue beatificado por S.S. Juan Pablo II, el 17 de marzo de 1996, en la Basílica de San Pedro en Roma. Canonización: 5 de octubre de 2003; por el Papa Juan Pablo II.

Roguemos al San Comboni para que nos alcance la gracia de vivir a pleno nuestra consagración “tesoro escondido, cuya adquisición no admite lamentos por haber renunciado a todo”[JPII, 10 de Nov. de 1978], para que como él, también nosotros, nos animemos a las más grandes empresas, confiados solo en Cristo, “y Cristo siempre, y Cristo en todo, y Cristo en todos, y Cristo Todo” (Constituciones N.7).

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Santo Tomás de Villanueva
(1486 - 1555)
Obispo



Aun cuando sus padres, vivieron en Villanueva de los Infantes, Tomás nació en Fuenllana, en el año 1486. Estudió en la universidad de Alcalá, de la que más tarde, fue maestro preclaro, dada su gran preparación, en las ciencias humanas y sagradas.

Nombrado arzobispo de Valencia, fue un verdadero modelo de buen pastor, sobresaliendo por su caridad, pobreza, prudencia y celo apostólico.

Murió el 8 de septiembre de 1555, y fue canonizado el año 1658.

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Santidad e integridad de vida, virtudes indispensables del buen prelado
De un sermón de santo Tomás de Villanueva, sobre el evangelio del buen Pastor

Nuestro Redentor, viendo la excelencia de las almas, y el precio de su propia sangre, no quiso dejar el cuidado de los hombres, que tantos sufrimientos le causaron, al solo cuidado de nuestra prudencia, sino que quiere actuar con nosotros.

Por eso, dio a los fieles unos pastores, revistiéndolos de unos méritos que no tenían: entre ellos me encuentro yo, sostenido en mi indignidad, por su infinita misericordia.

Cuatro son las condiciones que debe reunir el buen pastor.

En primer lugar, el amor: fue precisamente la caridad, la única virtud que el Señor exigió a Pedro, para entregarle el cuidado de su rebaño.

Luego, la vigilancia, para estar atento a las necesidades de las ovejas.

En tercer lugar, la doctrina, con el fin de poder alimentar a los hombres, hasta llevarlos a la salvación.

Y finalmente, la santidad e integridad de vida. Ésta es la principal de las virtudes.

En efecto, un prelado, por su inocencia, debe tratar con los justos y con los pecadores, aumentando con sus oraciones, la santidad de unos, y solicitando con lágrimas el perdón de los otros.

En cualquier caso, por los frutos, se descubrirán siempre las condiciones indispensables del buen pastor.

Oración Final: Señor mío y Dios mío. Que por los méritos y la intercesión de San Daniel Comboni, podamos todos asumir como propia, la tarea de la evangelización, en el lugar que nos toque, ya sea en la familia, escuela y lugares de trabajo, fundamentalmente basados en nuestra vida coherente y comprometida con tus enseñanzas.

Y también, que por los méritos de Santo Tomás Villanueva, nos envíes muchos sacerdotes sabios y puros de corazón como él, y tu Divino Hijo. Por los corazones de Jesús y María, por siempre. Amén.

martes, 9 de octubre de 2018


Tercera Feria, 9 de Octubre

San Abraham


Patriarca, Profeta, Sacerdote

Abraham se abandonó completamente a la Voluntad Divina

El abandono, nos libera de los hombres y de nosotros mismos, deseando complacer sólo a Dios.

Breve
Abraham es para la religión judía, cristiana e islámica, el primero de los patriarcas postdiluvianos del pueblo de Israel.

El nombre de «Abraham» significa padre de muchos pueblos, y según el relato del Génesis, Dios se lo impuso a un hombre llamado «Abrán» (o «Abram»), en el momento de establecer un pacto con él, que incluía su deseo de convertirlo, en el origen de un pueblo del que sería su Dios, y al que le daría la tierra de Canaán, como posesión perpetua.

En Génesis 14, Abraham procura obtener el Sacerdocio de Dios, uno de sus mayores anhelos, y quien representa el Sacerdocio, según el Orden de Jehová, o Sacerdocio del Dios Altísimo, es Melquisedec, rey de Salem, quien es Sumo Sacerdote, y éste le confiere el sacerdocio; aparentemente Lot parece recibirlo también. Con esta investidura, Abraham refuerza su relación con Dios, quien le bendice sobre maneramente.

Cuando Abraham tiene noventa y nueve años de edad, el Señor se le aparece de nuevo, y confirma su pacto con Él: Sarai dará a luz a un hijo, que será llamado Isaac, y la casa de Abraham deberá, a partir de entonces, circuncidarse.

Entonces le dice que no se llamará Abram, sino Abraham, y dirigiéndose a Sarai, le dice que ya no se llamará mas así, sino que su nombre será Sara. Finalmente, y en cuanto a Ismael, dice que engendrará doce príncipes, que se convertirán en una gran nación.

Un rasgo recurrente de la historia de Abraham, son los convenios entre él y Dios, que se reiteran y reafirman varias veces. Cuando a Abraham se le dice, que abandone la ciudad de Ur Casdim, el Señor promete «Yo haré de ti un gran pueblo».

El personaje de Abraham, es conocido por el relato del sacrificio de su hijo Isaac a Dios (Génesis 22:1-19).

Algún tiempo después del nacimiento de Isaac, el Señor ordenó a Abraham, que le ofreciera a su hijo en sacrificio, en la región de Moriah.

El patriarca viajó durante tres días, hasta que encontró el túmulo que Dios le mostró. Ordenó al siervo que esperara, mientras que él e Isaac, subían solos a la montaña. Isaac iba llevando la leña, en la que sería sacrificado.

A lo largo del camino, Isaac pregunta una y otra vez a Abraham, dónde estaba el animal para el holocausto. Abraham respondía, que el Señor proporcionaría uno. Justo cuando Abraham iba a sacrificar a su hijo, se lo impidió un ángel, y en ese lugar, le dio un carnero, que sacrificó en lugar de su hijo.

Por eso se dice, «El monte de Yavé provee». Como recompensa por su obediencia, recibió otra promesa, de una numerosa descendencia y prosperidad. Abraham se abandonó completamente a la Voluntad Divina.

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Reflexionemos junto a San Abraham respecto al Abandono de la Propia Voluntad, camino de Comunión con Dios

El Santo Abandono, es el acto mas perfecto de amor a Dios, que un alma pueda producir... El que da a Dios su voluntad, se da así mismo, y da todo... Esta es la manera más noble, más perfecta y más pura de amar... Mas si el abandono perfecciona las virtudes, perfecciona también la unión del alma con Dios...”[1]

I. Naturaleza:
“Consiste en una amorosa, entera y entrañable sumisión y concordia, de nuestra voluntad con la de Dios, en todo cuanto disponga, o permita de nosotros. Cuando es perfecta, se le conoce como Santo abandono.” [2]

El abandono en las manos del Señor, requiere de sufrimiento, pero debe ser llevado con amor, y con la confianza, de que Dios nos esta purificando, para unirnos a Él.

Esta unión con Él, no puede darse si no nos despegamos de nosotros mismos, sino curamos nuestro orgullo, y no nos sometemos a Él, con espíritu dócil y con decisión firme, a abandonar nuestra voluntad, para que Él pueda gobernar nuestra vida.

San Ambrosio dice, "el que tiene su participación en Dios, no debe tener otro cuidado, que el de aplicarse a Él, y todo cuanto se emplea en otra cosa, es un robo que se hace al servicio y culto que se le debe”.[3] Este abandono tiene su fundamento en la caridad.

II. Excelencia:
“Lo que constituye la excelencia del Santo Abandono, es la incomparable eficacia que posee, para remover todos los obstáculos que impiden la acción de la gracia, para hacer practicar con perfección, las más excelsas virtudes, y para establecer el reinado absoluto de Dios”.[4]

El Santo Abandono, es el que después de todo nuestro crecimiento, en la vida de virtud, acabará de purificar y de despegar nuestra alma, para dirigirla completamente a Dios.

III. Necesidad:
La necesidad de entrar por esta vía, puede demostrarse por una triple razón:

1. El derecho Divino: a) Somos siervos de Dios. No nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios. b) Somos hijos y amigos de Dios. El hijo debe estar sometido a su Padre, por amor, y la amistad produce la concordia de voluntades.
2. Nuestra utilidad: por la gran eficacia santificadora de esta vía.
3. El ejemplo de Cristo: Toda la vida de Cristo en la tierra, consistió en cumplir la voluntad del Padre”.[5]

“La perfección consiste, en hacer su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos”.[6] Nuestro grado de perfección, depende del grado de nuestra conformidad con la voluntad divina. La Fe nos hace conocer a Dios, y nos muestra la bajeza de nuestra condición humana; más la conformidad a la voluntad de Dios, une aún mas directamente e íntimamente, nuestra voluntad con la de Él, poniendo el alma al servicio completo del Soberano Dueño.

“Esta es la vía que mas glorifica a Dios, la que más santifica al alma, la menos sujeta a ilusiones, la que proporciona mayor paz al alma, la que mejor hace practicar las virtudes, la más a propósito, para adquirir el espíritu de oración, la más parecida al martirio e inmolación de sí mismo, y la que asegura en la hora de la muerte”.[7]

IV. La Voluntad de Dios se manifiesta de dos maneras:
1- “La Voluntad de Signo: los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, los consejos, las inspiraciones de la gracia, y por lo que toca a las comunidades, las Constituciones y las Reglas”.[8]

2-“La Voluntad de Beneplácito: Consiste en someterse a todos los acontecimientos providenciales, queridos o permitidos por Dios, para nuestro mayor provecho y santificación”.[9]

V- Grados de conformidad con la voluntad de Dios
“San Bernardo distingue tres grados, los correspondientes a la perfección Cristiana:
1- El incipiente: Movidos por el temor, lleva la cruz de Cristo pacientemente
2- El proficiente: movido por la esperanza, la lleva con cierta alegría.
3- El perfecto: consumado en la Caridad, se abraza con ella ardientemente”.[10]

VI- Frutos del Santo Abandono

1- Intimidad con Dios. Es el primer fruto que produce el abandono, fundada en una confianza, llena de humildad en Dios. Al depositarnos confiadamente como un niño, en las manos de su madre, Él no nos abandonará, pues Él mismo lo dijo en (Mt 19, 14): “Dejad que los niños vengan a mí, y de los que se les asemejan, es el reino de los cielos”.

“Cuando el hombre está muy penetrado del amor de Dios, y aspira al Señor con toda la extensión de sus deseos, no repara en las cosas visibles, y tiene continuamente delante de los ojos de su alma, de día y de noche, al acostarse y al levantarse, la imagen de aquel objeto amado, que quiere y desea”. [11] S. Juan Crisóstomo­

El Santo abandono nos hace reconocer nuestra nada, y esperarlo todo de Él, dejando que sea Él, quien conduzca nuestra vida, y que sea Él quien nos lleve a la santidad.

2- Sencillez y libertad. El alma que se abandona a la voluntad de Dios, es sencilla, ya esté enferma o sana, con tiempo o esté ocupada, sea alagada o humillada, lo recibe todo venido de las manos de Dios.

"Grande fuerza alcanza el verdadero amor, y el que es perfectamente amado, se apodera de toda la voluntad del amante: nada manda tanto como la caridad. Nosotros, si de veras amamos a Cristo, si nos acordamos de que estamos redimidos con su sangre, ya no debemos querer, ni hacer, sino lo que sabemos que Él quiere”.[12] S. Paulino

El alma encuentra su libertad en cumplir, y aceptar lo que Dios le mande. Ya que su libertad, consiste en querer todo lo que Dios quiere, sin inclinarse voluntariamente a otro lado, sin detenerse a considerar sus propios deseos, consiente de antemano, en todo lo que le acontezca, de manera que llega un punto en que su voluntad, esta tan unida a la de Dios, que acepta con gran libertad, todo lo que es venido de su parte.

El abandono nos libera de los hombres y de nosotros mismos, deseando complacer sólo a Dios.

3- Constancia y sinceridad. "El que ama verdaderamente a Dios, debe conservar inviolable­mente este amor, en cualquier estado que se halle... Cierto que sería muy poco amor, el que solo durase el tiempo, que Dios os colma de toda especie de beneficios”. [13] S. Ambrosio

Llegando el alma a confiar tanto en Dios, no se engríe si hay triunfos, no se abate si hay derrota, pues teniendo todo como venido de Dios, se lanza con espíritu fuerte, a realizar la voluntad de Dios.

Es vivir la vida en un auténtico desprendimiento, como lo dice San Francisco de Sales: No pedir nada, ni rehusar nada.

4- Paz y alegría. La paz y la alegría, constituyen aquí en la tierra la verdadera felicidad, y es proporcionada al alma que se abandona completamente a Dios. El alma, al estar conforme a la voluntad de Dios, encuentra reposo, y aunque esté pasando por numerosas pruebas, el alma es semejante a un río caudaloso, en que no se turba por muy dura que sea la prueba, pues está consciente que todo proviene de las manos de Dios.

El hecho de saber el alma que está cumpliendo con la voluntad de Dios, la llena de mucha paz y alegría, que solo el alma misma puede comprender. El Santo Cura de Ars decía, “La cruz es quien ha dado la paz al mundo; es ella quien ha de traerla a nuestros corazones. Todas nuestras miserias, vienen de que no la amamos...”[14]

5- Muerte santa y valimiento cerca de Dios. El Santo abandono, nos asegura una buena muerte, pues como dice Santa Teresita del Niño Jesús: “Yo no he dado a Dios sino mi amor. Él me devolverá amor. Él cumplirá todos mis deseos en el cielo, porque yo no he hecho jamás mi voluntad en la tierra”. [15]

El alma abandonada a la voluntad de Dios, espera la muerte, como el momento en que su alma reposará para siempre, en los brazos de su Dueño. Abandonada en Dios, acepta este momento, sin temor de que el Señor la desamparará.

“San Ignacio de Loyola, se derretía en lágrimas, cada vez que pensaba que la muerte, le abriría las puertas del cielo. Tenía tal deseo de unirse a Dios, que en su última enfermedad, los médicos le prohibieron pensar en la muerte; porque este pensamiento le enardecía tanto, que le hacía palpitar violentamente su corazón, poniendo en peligro su vida”.[16]

Bibliografía

[1] El Santo abandono, Lehodey, pág. 508-509.
[2] Royo Marín Teo. De la Perfección Cristiana. pág. 768
[3] Sentencias de los Santos Padres tomo I pág.78
[4] Teo. De la Perfección Cristiana Royo Marín pág. 771
[5] Teo. De la Perfección Cristiana Royo Marín pág. 771
[6] Santa Teresa del Niño Jesús Historia de un Alma, pág. 15 cap. I
[7] Royo Marín Teo. de la Perfección Cristiana. pág 771
[8] Compendio de la Teología Ascética y Mística Ad. Tanquerey pág. 260
[9] Compendio de la Teología Ascética y Mística Ad. Tanquerey pág. 263
[10] Compendio de la Teología Ascética y Mística Ad. Tanquerey pág. 267
[11] Sentencias de los Santos Padres tomo I pág.10
[12] Sentencias de los Santos Padres tomo I pág.31
[13] Sentencias de los Santos Padres tomo I pág.30
[14] El Santo abandono, Lehodey, pág 533
[15] El Santo abandono, Lehodey, pág 544
[16] Teología de la Salvación, Royo Marín. Pág. 267

Oración Final: Señor mío y Dios mío, que por los méritos y la intercesión de San Abraham, podamos siempre abandonarnos a tu Santa Voluntad, con alegría y desprendimiento, comprendiendo que sólo seremos verdaderamente libres, siendo esclavos de tu Santa Voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, que Vive y Reina por siempre. Amén.

lunes, 8 de octubre de 2018


Segunda Feria, 8 de octubre

SANTA THAIS, LA PENITENTE


(Siglo IV)

"Aquí descansa Thais, la bienaventurada"

Breve
Santa Thais, fue una cortesana egipcia, convertida al cristianismo, que vivió en la Alejandría romana, y en el desierto egipcio; actualmente venerada como santa por coptos, católicos y ortodoxos.

Fray Justo Pérez de Urbel, nos relata lo siguiente:
El calendario nos presenta en este día, a la inocencia nunca perdida, luchando en el amor a Cristo, y en el afán de penitencia, con la inocencia recobrada.

Por un lado, la santa escandinava Brígida de Suecia, gloria de la corte de San Olaf, princesa por la sangre, reina por el espíritu, sediento de lejanías terrenas y celestes, peregrina infatigable, que después de encerrar a su marido en un claustro, para trasladarle desde allí a la gloria, baja de las nieves septentrionales, recorre la Europa central, llega hasta el fin de la tierra, para visitar el sepulcro de Santiago; tuerce de dirección y penetra en el Oriente, siguiendo los caminos de su divino Crucificado; vuelve a fijar su residencia en Roma, y sigue la corte de los pontífices, dejando volar a la vez su espíritu, por los infinitos espacios de la teología y de la mística, en maravillosas revelaciones, cuyo relato trae hasta nosotros, el varonil aliento de aquella alma inquieta y apasionada (1302-1372).

Pero al lado de Brígida, margarita perenne entre los hielos del Norte, aparece la rosa de Alejandría, que después de marchitarse, al contacto abrasador de los fuegos del desierto, vuelve a renacer más bella, bajo la caricia de los aires de la gracia. Es Thais, la bella pecadora, que despertaba gérmenes de tentación, hasta en los carcomidos anacoretas de la Tebaida.

Su nombre, ilustra las hagiografías antiguas, y el siglo décimo, siglo de hierro y de oscuridad, una monja alemana, Roswita, hacía de ella la protagonista de una de sus producciones dramáticas, y frente a ella, colocaba la figura austera del santo anacoreta, galán afortunado, que logró dominar aquel veleidoso corazón.

Serapión estaba triste, al ver las almas que caían, en las redes de la cortesana alejandrina; pero he aquí que deja su túnica de piel de oveja, y su cilicio metálico, se lava por primera vez, desde hace muchos años, derrama sobre su cabeza, el bálsamo hecho de resinas y flores maceradas, cubre su cuerpo con una brillante túnica de escarlata, se echa al cuello una cadena de oro, y apoyándose en su bastón de puño de marfil, emprende la marcha en dirección a la ciudad.

Thais vive en la inmensa plaza, donde se juntan las dos calles principales, de sesenta metros de anchura. Su casa es elegante y señorial: pórtico de columnas y capiteles, amplio peristilo, en cuyo centro se esconden, entre palmeras, deliciosos rincones, adornados y perfumados por los rosales, los terebintos y los miosotis; largos senderos de mullidas alfombras polícromas, lo más exquisito de las fábricas de Egipto y Capadocia.

Serapión los pisa confiado, como si no hubiera pasado lo mejor de su vida, lejos del contacto con los hombres. Una fuerza interior le guía. No ha dudado, ni ha temblado siquiera, cuando poco antes de pisar los umbrales, unos muchachos le han ponderado, la seducción irresistible de la cortesana.

Hele al fin, delante de la mujer terrible. La mira sin vacilar, clavando en los ojos de ella sus ojos profundos, acostumbrados a las lejanías de los cielos y de los desiertos. Por vez primera, Thais se acobarda delante de un hombre.

—¿Quién es este desconocido enigmático? dice, volviendo la mirada, con un gesto de turbación, y desprecio a la vez.
—Soy un hombre que te ama—dice el falso galán.
—¡Bah!—musita ella—; eso mismo me dicen todos.
—Pero sólo yo, te lo digo sin engaño. ¡Oh Thais, Thais! ¡Qué viaje tan largo he tenido que hacer, sólo por tener la dicha de hablar contigo; de verte, de gozar este momento único!.

Estas palabras habían despertado, una gran curiosidad en la bella alejandrina. Este hombre, pensaba, no es un hombre vulgar; tal vez un príncipe lejano; tal vez un poeta famoso, peregrino de aventuras...

Ella, que despreciaba a los hombres, no importándole más que su dinero y su adulación, preguntaba ahora casi vencida:

—Pero ¿quién eres tú?. ¿Cuál es el secreto de tu vida?
—Bien dices—respondió el solitario—; tengo cosas muy íntimas que decirte.

Y como en este momento, se oyese allí cerca, el rumor que levantaba el ir y venir de los esclavos, añadió:

—¿No podríamos ir a otro lugar más retirado?
—Ven—dijo Thais levantándose, y cogiendo a su huésped del brazo—; aquí tengo una salita muy mona y recogida, que sólo dos conocemos: Dios y yo.

—¡Dios! ¿Pero tú crees que Dios la conoce también?.
—Así debe ser, pues dicen que no se le oculta nada.
—No entiendo; pero si Dios lo ve todo, debe importarle muy poco lo que hacen los hombres, bueno o malo.
—Precisamente los filósofos y los obispos, enseñan todo lo contrario.

Por estas palabras, comprendió el solitario, toda la inconsciencia de aquella mujer, y el verdadero estado de su alma. La suya se llenó de angustia y compasión, y no pudo retener un grito, que salía de lo más profundo de su alma.

—¡Oh Cristo!—exclamó—. ¡Cuán grande, es la benignidad de tu paciencia con nosotros!. Ves pecar a los que te conocen, y sin embargo, aguardas, aguardas para no perdernos.

Había cambiado de color, su voz temblaba, y sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¡Desgraciada!—continuó—. Tu locura me da miedo. Lloro tu perdición. Sabes todas esas cosas, y no cesas de arrastrar las almas a la muerte.

—Pero ¿tú quién eres?. ¿A qué has venido aquí?. ¿Por qué me atormentas?.

Así preguntaba la pobre mujer, sin acabar de comprender todavía. Temblaba, vacilaba. Serapión la veía próxima a rendirse; y continuó su obra, más esperanzado, hablando del miedo del infierno, de las dulzuras del amor de Dios, de la vanidad de los bienes terrenos.

Su voz pasaba de las blandas inflexiones del amor, a los terribles apóstrofes de la indignación. Sus ojos relampagueaban, al describir las sendas dolorosas del pecado.

La pecadora no pudo resistir. Deshecha en lágrimas, temblando como una hoja, cayó a sus pies exclamando:

—Tú eres un enviado de Dios; habla, dime lo que tengo que hacer...
—Huir—dijo el solitario—, hacer penitencia, esconderte de tus amadores.
—Huiré, haré cuanto dices; pero déjame una hora, para disponer de estas riquezas.

—No te preocupes por ellas; ya habrá quien las recoja.
—No es que quiera recogerlas, o dárselas a los amigos; ni los pobres mismos deben participar de ellas, porque son el precio del pecado.

Poco después, la gran ciudad, acostumbrada a todas las novedades, veía el más extraño espectáculo. En la gran plaza, se alzaba una inmensa pira. Sedas de la India, púrpuras y espejos de la Fenicia, ánforas de Cádiz y Sagunto, tapices de Siria, alhajas, pulseras, anillos, muebles de maderas preciosas, collares de perlas y brillantes, alfileres y ajorcas de oro, clámides y muselinas, estatuas y pinturas, todo ardía, pintando el azul del cielo, de rojizos resplandores.

Los curiosos se aglomeraban alrededor de las llamas, diciendo burlones:
—La famosa cortesana se ha vuelto loca.

Entretanto, Thais entraba en un trirreme, y se alejaba de Alejandría, siguiendo el curso del Nilo. Allá, en el fondo de la Tebaida, conocía Serapión un convento de mujeres, adonde no llegaban los ruidos mundanos. En él, dejó a la bella alejandrina, meditando sólo ideas de penitencia.

Abrió en el muro de la basílica un agujero, al que volvió a tapiar, y allí dejó a su discípula, sin más que un pequeño ventanillo, para comunicarse con el mundo, que ella tanto había amado.

La pobre mujer, acostumbrada a la libertad y a los regalos, temblaba al entrar en aquella cárcel oscura, pero tan firme había sido su resolución, que ni el recuerdo de los placeres perdidos, ni la perspectiva de la espantosa soledad, pudieron hace vacilar, ni por un momento, su espíritu.

Allí quedó abandonada a su tristeza, y a la misericordia de Dios. Su alma estaba en llagas, por efecto de la contrición. Sus ojos eran dos fuentes de lágrimas. El sueño huía de ellos, ahuyentado por las alas negras del cuervo de la inquietud.

Ya no le importaba lo que había dejado y quemado: sólo su felicidad eterna la preocupaba. Lloraba y rezaba, sin atreverse a levantar aquellos ojos, que lanzaran flechas de fuego por las calles de la ciudad. Su oración era siempre la misma. Dolorida, humilde, temblorosa, clamaba sin cesar: "¡Oh Tú, que me criaste, ten compasión de mí!".

La misma incertidumbre atormentaba a Serapión en su choza lejana. Muchas veces pensaba en su cautiva. ¿Qué será de ella?. ¿Habrá lavado ya las manchas de sus pecados?. Pero he aquí, que llega un discípulo suyo, y dice:

—Padre, he tenido una visión. Había en el Cielo un lecho adornado de paños blanquísimos. Cerca de él, y como guardándole, estaban cuatro vírgenes hermosísimas. Encima, una claridad apacible, de la cual yo no podía apartar los ojos, "Nadie más digno de esta gloria, decía yo en mi interior, que Serapión, mi padre y maestro".

--No, hijo mío—dijo el anacoreta—, tu padre no es digno de tanta ventura. Estoy oyendo una voz que me dice: Esa gloria la destina Dios a Thais, la meretriz...

Habían pasado tres años, tres años de lágrimas y penitencias, cuando una tarde, la reclusa oyó que la decían desde fuera:

—Thais, hija mía; ábreme el ventanillo, que quiero hablarte.
—¿Quién es?. ¿Quién se acuerda de mí?.
—Soy Serapión, tu padre; vengo a que me hables de la historia de tu vida, y del fervor de tu arrepentimiento.

—Sólo sé decir, que no he hecho nada digno de Dios. Recogía como en un ramillete, mis innumerables pecados, y los ponía delante de mis ojos, pensando en los suplicios del infierno.

—Y Dios te ha perdonado, hija mía.

Dijo el monje con tal seguridad estas palabras, que la santa emparedada, tuvo súbitamente la certidumbre del perdón divino.

Su frente se iluminó, una oleada de agradecimiento inundó su mirada, y su corazón se ensanchaba, con una felicidad que no había sentido, en los días de sus mayores triunfos.

Tan grande fue la alegría, que aquel cuerpo gastado por la penitencia, y por el tormento interior, de la lucha del espíritu consigo mismo, ya no pudo resistir más. Los labios de la santa, purificados ya por el fuego de las jaculatorias, pudieron aún repetir una vez más, su oración favorita: "¡Oh, Tú que me creaste, ten compasión de mí!"'

No lejos del Nilo, en los alrededores de Antinoé, la ciudad del emperador Adriano, se encontró a principios de este siglo, la tumba de Serapión, el anacoreta. Su momia aparecía cubierta del tosco sayal oscuro, y acompañado de las pesadas cadenas, con que quiso martirizarse en vida. Del cuello, le colgaba un feo collar de hierro, sosteniendo una cruz.

Bajo una bóveda cercana, reposaba la momia de una mujer. La durmiente había querido presentarse a Cristo, con los mejores atavíos de los días de fiesta, guiada por aquel mismo pensamiento, que hacía decir a San Macario: "Guardo mi vestido nuevo, para comparecer delante del Señor".

Viste una túnica inferior de lino, guarnecida en los bordes de una banda de terciopelo azul, con dibujos de flores, de un color pálido oscuro. Sobre la túnica, un manto de lana amarillo, adornado de franjas de seda con medallones, arabescos, y hojas estilizadas de tonos mortecinos.

Los pies se esconden, en pequeñas sandalias de cuero, con realces de filigranas doradas, entre las cuales campea la cruz, y los cabellos en una amplia gasa de color carmín, que cuelga holgadamente por la espalda.

Cubriendo el rostro de la yacente, había un canastillo de mimbre, que nos recuerda la costumbre primitiva, de colocar la Sagrada Eucaristía en los sepulcros, según aquellas palabras de San Jerónimo: "Nadie es más dichoso, que aquel que guarda el cuerpo del Señor, en un cestillo de mimbres".

Sus manos sostenían una rosa de Jericó, la anastásica, la flor que resucita como Jesús, símbolo de la inmortalidad.

Unas tablitas de madera y de marfil, taladradas con muchos agujeros, descansaban sobre el pecho. Era un instrumento, para llevar la cuenta exacta, de las oraciones: un rosario.

Cerca de ellas, una cruz ansada, que en el viejo Egipto era una figura de la vida y del eterno renacimiento; y bajo cada uno de los brazos, tocando la frente con las extremidades, dos palmas, símbolo clásico de gloria y de renovación.

A un lado del nicho, se leía esta inscripción en letras rojas:
"Aquí descansa Thais, la bienaventurada"

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que a imitación y por intercesión de Santa Thais, la bienaventurada, podamos despojarnos de todos los deleites del mundo, que nos alejan de tu presencia, y así pueda nuestro corazón reposar en la Paz del tuyo. A Tí Señor, que nuestro corazón solo descansará cuando se sumerja dentro del tuyo. Amén.