miércoles, 4 de abril de 2018


Cuarta Feria, 4 de abril

Benito el Negro, monje


(1526-1589)

Cuerpo Incorrupto

Santo patrón de los Afroamericanos

Benito de San Filadelfo, llamado el Negro o el Moro, porque era hijo de padres africanos y esclavos -quizás nubios- que trabajaban en una propiedad, cercana a Messina. Siciliano de nacimiento, nació también como ellos, en la esclavitud, y se sabe que de niño fue pastor.

Su amo le dio la libertad; compró un par de bueyes con sus ahorros, y trabajó por su cuenta.

A los veintitantos años, se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces, en un fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís.

Por razones no muy claras para la historia, aquel grupo se dispersó en torno al año 1564, y dependiendo del biógrafo que se lea, Benito funda, o llama a las puertas de un convento. Sea lo que fuere, se le ve hecho todo un franciscano, en el convento llamado Monte-Pellegrino, a poca distancia de Palermo. Eso sí, como no ha aprendido a leer ni a escribir, trabaja en la cocina de los frailes como hermano lego.

En todas las épocas, sucede que al hombre le gustó la buena mesa, y disfrutar de manjares suculentos, y los frailes no son especiales para eso. Es verdad que la disciplina franciscana, regula el disfrute de los alimentos, y recorta apetencias nobles en honor de la virtud, y en procura de méritos para el fraile, y para la Iglesia; pero, por lo que cuentan, no estaba el convento a la altura de esas exigencias, en aquel tiempo.

Fue Benito un cocinero especial. ¿Qué bien condimentados guisos, saldrían del anafe del fraile negro?. ¿Qué exquisitos postres angélicos, preparó la cocina del repostero de color del carbón?. ¿Qué deleitables menúes, saldrían de las manos recias y teñidas del cocinero lego?.

La historia culinaria, no hace memoria de ello. La singularidad de Benito estriba en que además de ser buen cocinero, es admirable por su piedad, por su humildad, y por las curaciones milagrosas que prodigaba.

En el año 1578, los frailes le eligen superior del convento, a pesar de ser sólo lego, y no tener conocimientos de letras, ni experiencia en el gobierno. El hecho tiene su importancia, y da idea de por donde iban las ideas y la vida del fraile, que fue en un tiempo esclavo, y sigue siendo analfabeto.

Desde luego, no fue elegido para el cargo, por los buenos platos que preparó cuando era guisandero; algo más debieron ver y buscar, aquellos buenos frailes en la persona del lego.

Costó mucho convencerle para que aceptara, y quizá luego más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque llegó a establecer, la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde, pasó a ser maestro de novicios, y según cuentan, otra vez cocinero, que era lo que él amaba. Fue en el sentido más estricto, un santo entre pucheros.

¿Qué importa el color?. La gente enferma, asaltaba la cocina conventual, la del Negro, para pedirle la curación, por su rezo infalible, y su gesto de taumaturgo entre los humos del fogón, los olores de las ollas, el vaho de las cacerolas, y las mondas del día. Fue un hombre de una bondad extraordinaria, y de una oración sublime.

Benito fue beatificado por el Papa Benedicto XIV en 1743, y canonizado en 1807, por el Papa Pio VII. Su cuerpo fue encontrado incorrupto, cuando fue exhumado pocos años después.

Santo patrón de los Afroamericanos, Benito es recordado por su paciencia y entendimiento, cuando se enfrentaba a prejuicios raciales.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de San Benito de Palermo, nunca falte comida en todos los hogares de la Familia Humana, y que siempre demos gracias por tu Bondad y Providencia. Protege y Bendice a la comunidad afroamericana, en todo el continente Americano, y a todos los Africanos, y personas de color en todo el mundo. A Tí Señor, que no hiciste distinción entre judíos y galileos, o sirios o egipcios, con quienes pasaste tu primera infancia. Amén.



Tercera Feria 3 de abril

San Ricardo de Chichester


Obispo

(† 1253)

Condenó los abusos de poder, y los vicios de la época, con extraordinaria energía

A finales del siglo XII nace Ricardo, en Wyche, en una familia de trabajadores del campo. Choca la austeridad y dureza permanente de su vida, con el estilo de los grandes de su tiempo.

Los obispos son "lores", y amantes de los cuidados humanos; los monjes abundan en la prosperidad y el lujo; los nobles son ambiciosos, y en el trono se aprecia una corriente fuertemente regalista.

La clase baja del pueblo es pobre, y está sumida en la ignorancia, y en la superstición. Ricardo es enérgico e intransigente, cuando se tratan asuntos en los que está presente la injusticia, la inmoralidad, o la avaricia. Posiblemente esta condición natural en él, sea lo que le lleva a un distanciamiento, cuando no de rechazo, hacia los poderosos.

El caso es que la austeridad vivida en casa de sus padres -cuando fue niño- debió prepararle para la misión, que había de desempeñar de adulto.

Se marcha a estudiar a Oxford, donde tiene buenos maestros franciscanos y dominicos; y como los recursos económicos le eran escasos, pasó hambre y frío. Una corta estancia en París, y vuelta a Oxford, graduándose en Artes. En Bolonia, aprende durante siete años los cánones, haciendo lo que hoy llamaríamos la carrera de Derecho.

Cuando vuelve a Oxford, es nombrado Canciller de la Universidad, Canciller del arzobispado de Canterbury, y también de Lincoln, donde estaba de obispo, su antiguo amigo y profesor Grosseteste. Ejerce la docencia en Orleáns, por dos años, y allí se ordena sacerdote.

El Arzobispo de Canterbury, lo nombra obispo de Chichester, a la muerte del obispo Ralph Neville. Y aquí comienza, una etapa de dificultades mayores y de vigoroso testimonio.

El rey Enrique III, que se apodera por decreto, de los beneficios eclesiásticos vacantes, se opone rotundamente a esta elección. Además, prefiere para la sede libre, a Roberto Passelewe por razones de "erario real".

Interviene el papa Inocencio IV, que está presidiendo en este tiempo, el concilio de Lyon, confirmando el nombramiento de Ricardo, y consagrándolo personalmente, el 5 de marzo de 1245.

Pero esto pone peor las cosas. Y es que el alto prestigio adquirido por el papado, desde el siglo IX, se ha venido a menos desde que se hundió la Casa de Hohenstaufen, y los papas se han inclinado hacia Francia; la rivalidad existente entre Inglaterra y Francia, provoca de rebote, reacciones contra Roma, que se manifiestan en un fuerte nacionalismo inglés, en la resistencia del trono a aceptar las decisiones del Papa, y en intransigencias e intromisiones en las materias mixtas. Hasta los legados pontificios son mal recibidos, si no ignorados, en la corte inglesa.

En estas circunstancias, el nombramiento de Ricardo ha caído, humanamente, en mal momento. El rey ha mandado cerrarle físicamente, las puertas del palacio episcopal, y ha prohibido darle cobijo y dinero.

El temor de la gente a la venganza real, lleva a que se vea a Ricardo obispo, vagabundeando por su legítima diócesis; haciendo de obispo misionero, viajando a pie y desprovisto de servicio. Debía ser una estampa curiosa, en la época en que los obispos eran "lores", y jamás trabajaban sin séquito.

Visita las casas de los pescadores, y catequiza a los humildes, con quienes comparte alimento. ¡Todo un escándalo para altos eclesiásticos, que gustan de fastuosidades, y de monjes que disfrutan de buena mesa!.

Condena los abusos de poder y los vicios de la época, con extraordinaria energía; de modo especial, presenta una defensa a ultranza del derecho, frente a la arbitrariedad y el abuso de poder; predica la doctrina evangélica frente al nepotismo reinante.

Fueron ocho años de obispo en que supo mantenerse, con fortaleza, libre de presiones. De hecho, nadie se explica, cómo fue posible reunir una y otra vez a su Cabildo, para sacar adelante las Constituciones, que son de esa época y sientan los modos de proceder en adelante, señalando una praxis pastoral distinta, y más adecuada a los principios evangélicos.

Murió en la casa-asilo -"Mas-Dieu"- para sacerdotes pobres y peregrinos, a los 55 años de edad.

Navegar contra corriente tiene sabor de Evangelio, pero precisa rectitud, austeridad y disposición para aceptar el sufrimiento.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que infundiste el vigor espiritual a San Ricardo de Chichester, te pedimos que bendigas a todos los Obispos del mundo, infundiéndoles el espíritu de Pobreza y Valentía, frente a los poderes terrenales, en defensa de tu rebaño. A Tí Señor, que nos dijiste que todos los cabellos en nuestra cabeza están contados uno a uno. Amén.

martes, 3 de abril de 2018


Segunda Feria, 2 de Abril

San Francisco de Paula


Ermitaño, Resucitador y Taumaturgo

(+ 1507)

“Convertíos con sinceridad”

Como taumaturgo, convirtió ante el rey de Nápoles, Fernando I el Bastardo (1458-1494), las monedas de oro en sangre, para simbolizarle que era dinero robado a los pobres, mediante la imposición de injustos impuestos.

Breve
Nacido en Paula, Calabria, en el año 1416, fundó una congregación de vida eremítica, que después se transformó en la Orden de los Mínimos, y que fue aprobada por la Santa Sede, en el año 1506. Murió en Tours, Francia, en el año 1507. Asiste a Santa Juana de Valois, como consejero espiritual.

Como taumaturgo, convirtió ante el rey de Nápoles, Fernando I el Bastardo (1458-1494), las monedas de oro en sangre, para simbolizarle que era dinero robado a los pobres, mediante la imposición de injustos impuestos.

En la campiña de Calabria, restituyó la vida a varias personas.

También calmó una tempestad, en el Golfo de Lyon.
-------------------------------------------------------
Santiago y Viena eran pobres, y vivían con la pena de no tener hijos. Por fin, después de mucha oración, y por la intercesión de San Francisco de Asís, les nace un niño, a quien pusieron el nombre del Santo.

En compañía de sus padres, realizó algunas peregrinaciones. Entre ellas, resaltó en su vida, la visita al monasterio benedictino de Monte Casino. También él amaba la soledad, como medio para entregarse al Señor.

Pidió permiso a sus padres, y a los catorce años, se retiró a una cueva no lejana de Paula, junto a Cosenza, y más tarde, a un lugar aún más solitario. Su vida de penitencia y oración, pronto se conoció. Se multiplican los discípulos que querían imitar su vida. Otros vienen por sus muchos milagros. Así nació una nueva familia religiosa, la de los Ermitaños de Paula (1474), que se convertiría en la Orden de los Mínimos (1493). Construye varios monasterios.

El Papa Sixto IV aprueba su Orden, con el nombre de Ermitaños de Calabria, y nombra a Francisco de Paula, superior general perpetuo, por una Bula del 23 de mayo de 1474. Su fama se extiende por todas partes.

Le llaman de Sicilia. Debe embarcar, y no dispone de medios para pagar la barca. ¿Qué hacer?. Arroja el manto pardo sobre las olas, se coloca sobre él, y haciendo de vela, atraviesa el estrecho, ante el asombro de la multitud que le contempla. Un milagro similar al de San Raimundo de Peñafort (7-Enero). Ocurrió este milagro al mediodía, a la vista de muchísima gente.

La resonancia de las maravillas, obradas por el santo calabrés, llegó hasta Roma, en donde el Papa Pablo II, quiso verle (1467). Más tarde, el Papa Sixto IV, le envió como legado ante el rey de Francia Luis Xl (1482). Francisco fijó su residencia en Plesis-les-Tours, en donde moraba el rey, y nuevamente los ermitaños vinieron a someterse a su disciplina.

Lleno de méritos, y viendo ya su obra consolidada, muere el 2 de abril de 1507, en el Viernes Santo. Tenía noventa y un años de edad, y un gran renombre como taumatúrgico y penitencial. Seis años después, el Papa León X lo beatificaba.
---------------------------------------------------
Oficio de lectura, 2 de Abril, San Francisco de Paula
Convertíos con sinceridad
De las cartas de San Francisco de Paula
Carta del año 1486: A. Galuzzi, Origini dell´Ordine dei Minismi, Roma 1967, pp. 121-122

Que nuestro Señor Jesucristo, que remunera con suma esplendidez, os dé la recompensa de vuestras fatigas.

Huid del mal, rechazad los peligros. Nosotros, y todos nuestros hermanos, aunque indignos, pedimos constantemente a Dios Padre, a su Hijo Jesucristo, y a la Virgen María, que estén siempre a vuestro lado, para salvación de vuestras almas y vuestros cuerpos.

Hermanos, os exhorto vehementemente, a que os preocupéis con prudencia y diligencia, de la salvación de vuestras almas. La muerte es segura, y la vida es breve, y se desvanece como el humo.

Centrad vuestro pensamiento, en la pasión de nuestro Señor Jesucristo, que por el amor que nos tenía, bajó del cielo para redimirnos; que por nosotros sufrió, toda clase de tormentos de alma y cuerpo, y tampoco evitó suplicio alguno. Con ello, nos dejó un ejemplo soberano de paciencia y amor. Debemos pues, tener paciencia en las adversidades.

Deponed toda clase de odio y de enemistades; tened buen cuidado, de que no salgan de vuestra boca palabras duras, y si alguna vez salen, no seáis perezosos, en pronunciar aquellas palabras, que sean el remedio saludable para las heridas que ocasionaron vuestros labios: por tanto perdonaos mutuamente, y olvidad para siempre, la injuria que se os ha hecho.

El recuerdo del mal recibido es una injuria, complemento de la cólera, conservación del pecado, odio a la justicia, flecha oxidada, veneno del alma, destrucción del bien obrar, gusano de la mente, motivo de distracciones en la oración, anulación de las peticiones que hacemos a Dios, enajenación de la caridad, espina clavada en el alma, iniquidad que nunca duerme, pecado que nunca se acaba, y muerte cotidiana.

Amad la paz, que es el mayor tesoro que se puede desear. Ya sabéis que nuestros pecados, provocan la ira de Dios; arrepentíos para que os perdone por su misericordia. Lo que ocultamos a los hombres, es manifiesto a Dios; convertíos, pues, con sinceridad. Vivid de tal manera que obtengáis la bendición del Señor, y la paz de Dios nuestro Padre, esté siempre con vosotros.

Oración: Señor mío y Dios mío, grandeza de los humildes, que has elevado a San Francisco de Paula a la gloria de tus santos, concédenos, por su intercesión y a imitación suya, convertirnos con sinceridad, y abrazar con devoción, el camino de la cruz, a fin de poder salvarnos de nosotros mismos, y de las acechanzas del Enemigo. A Tí Señor, que nos enseñaste que sin nacer de nuevo, no veremos el Reino de los Cielos. Amén.

lunes, 2 de abril de 2018


Domingo 1 de Abril

San Hugo, Obispo


1152- +1132

Abad de Cluny 1109

Protector de la Orden Cartuja

Cuerpo Incorrupto

Hugo: "inteligente"

Nacido en Francia. Su padre Odilón, entró a la Cartuja siendo viudo. San Hugo, ya como obispo, le dio la unción de los enfermos, antes de morir. Siendo laico, su obispo lo llevó como asistente a un sínodo, y allí lo exhortaron a que fuese ordenado sacerdote.

Enseguida lo llevaron a Roma, y el Papa Gregorio VII, lo ordenó obispo para la diócesis de Grenoble, Francia, a los 28 años de edad.

Lo que más le preocupaba a Hugo era su timidez, su convicción de que no era digno de ser obispo, y las tentaciones de malos pensamientos que sufría. El Papa le animó diciéndole, que "cuando Dios da un cargo o una responsabilidad, se compromete a darle a la persona las gracias, o ayudas que necesita, para lograr cumplir bien con esa obligación".

En Grenoble encontró una situación terrible. La simonía -pagar dinero por los cargos eclesiásticos- era común. Los sacerdotes no vivían el celibato. Se había abandonado la catequesis, y cundía la ignorancia.

Quiso renunciar al obispado, para retirarse a la oración. Una noche de 1084, siete estrellas resplandecieron en el sueño de San Hugo, Obispo de Grenoble.

Esta visión iluminada anunciaba la llegada de 7 hombres, buscando la soledad alpestre, deseosos de alabar a Dios, lejos del mundo y su clamor. Poco tiempo después, le visitó San Bruno, con 5 amigos para pedirle poder fundar un convento para vida ascética, de mortificación, ayuno y profunda devoción, con silencio perpetuo. Ahí comprendió que el séptimo hombre, era él mismo.

Tenían por guía a Bruno de Colonia, quien a la edad de 54 años, deseaba huir del alboroto del siglo. Entonces San Hugo, los condujo por un laberinto de montañas escarpadas, hasta un desierto de rocas y de pinos, llamado Chartreuse, o Cartuja, siendo el inicio de la orden de los Cartujos.

Ahí construyeron cabañas de madera, llamadas Casalibus, y un oratorio de piedra. Un pobre refugio, de donde nació la Grande Chartreuse. Desde hace unos 9 siglos, en ese mismo lugar, su presencia se eleva como el incienso.

Al construir el monasterio, no había agua, pero San Hugo, recordando a Moisés, golpeó la roca, y de ella brotó agua en abundancia. San Bruno fue el director espiritual del obispo Hugo, hasta el final de su vida.

Con frecuencia Hugo visitaba la cartuja, como su oasis de oración. Sufrió mucho a manos de sus sacerdotes, pues muchos de ellos resentían su pastoreo santo.

Sufrió un dolor de cabeza continuo por más de 40 años, y eso solo lo sabía su director espiritual, pues mantenía un semblante siempre alegre, y de buen humor. También sufría el ataque de malos pensamientos.

Antes de predicar, se dedicaba a la oración, por lo que sus homilías estaban llenas del Espíritu Santo. Los pecadores lloraban, y habían muchas conversiones.
Al final de su vida sufría mucho de artritis, pero los disimulaba, y los ofrecía por los pecadores.

Poco antes de su muerte perdió la memoria, y lo único que recordaba eran los Salmos y el Padrenuestro. Y pasaba sus días repitiendo salmos, y rezando Padres Nuestros.

Murió a los 80 años, el 1 de abril de 1132. El Papa Inocencio II lo declaró santo, dos años después de su muerte.

Su cuerpo, depositado en una caja de plata, quedó expuesta a la veneración de los fieles durante 4 siglos. En junio de 1562, durante las Guerras de Religión, su cuerpo fue quemado por el Baron de Adrets, y por los Hugonotes en la plaza de Notre-Dame en Grenoble.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de tu Obispo, San Hugo de Grenoble, bebamos siempre del manantial sagrado de tu Agua, y sepamos compartirla con todos los que la pidan. A Tí Señor que nos das del Agua, para nunca más tener sed. Amén.




Sábado 31 de marzo

San Amós, profeta


(s. VIII a.C.)

Protestó contra la injusticia social, y la falsa seguridad, depositada por sus contemporáneos, en los ritos religiosos que estaban vacíos, porque no llevaban a tomar compromisos personales

Breve
Leer al profeta Amós es traer al presente, las injusticias sociales que ya existían en el siglo VIII aC. Parecen escritas hoy mismo.

Es de temer las consecuencias que sobrevendrán, teniendo en cuenta lo que pasó entonces: la terrible invasión de Senaquerib, rey de Asiria, que arrasó con todos los palacios, se apropió de todas sus riquezas, y se llevó prisioneros a todos quienes habitaban el Reino Norte de Israel, dejando solo en libertad a los más pobres de la región, para que cultiven la tierra en su propio beneficio.

Lo mismo pasó luego con Nabuconodosor, rey de Caldea, respecto al Reino de Judá - zona sur del país- , décadas después. Solo dejó a los mas pobres, para que cultiven en paz las tierras, y se llevó especialmente al destierro, a los más poderosos y ricos de Judá a Babilonia.

Sabemos por la Fe, que todo esto sucedió porque Dios mismo juró, que levantaría su mano en contra de su propio pueblo elegido, como escarmiento y signo para las demás naciones.
---------------------------------------------------------------
Amós era pastor de Tecoa, al límite del desierto de Judá. No era miembro de los clubs de profetas de Israel, ni de ninguna escuela profética. Simplemente Dios le llama, sacándolo de sus labores pastoriles, y lo manda a profetizar a Israel.

El marco en que desempeña su ministerio profético, está situado junto al santuario de Betel.

Y la época particular de su función, para “hablar en nombre de otro” -en este caso, de Dios- es en el reinado de Jeroboán II (783-743 a. C.). Es uno de los momentos gloriosos del pueblo de Israel, consideradas las cosas desde el punto de vista humano; se vive en paz y tranquilidad, el Reino del Norte se extiende y enriquece, hasta el punto que el lujo de los grandes y poderosos, es un insulto para la miseria en que la está sumido el pueblo. Incluso el esplendor del culto -con inusitado boato- encubre la ausencia de una religión verdadera.

Con un estilo sencillo y tan rudo, como cabe esperar de un pastor, que pasa su vida entre los animales que cuida en soledad, condena la vida corrompida de las ciudades, se indigna por las desigualdades sociales que claman al cielo, como grito de injusticia, y protesta por la falsa seguridad depositada por sus contemporáneos, en los ritos religiosos que están vacíos, porque no llevan a compromisos personales.

Dios castigará a los poderosos -clase dirigente- de Samaria, que pecan maltratando a los pequeños del pueblo. Critica las idolatrías, violencias, injusticias, disolución y universal corrupción, en la que está sumido el rebaño elegido.

Por primera vez emplea dos expresiones, que luego serán utilizadas ampliamente en la literatura profética posterior. Habla del “día de Yahwéh”, cargado de acentos terribles, para designar el momento, en que Dios tomará justas decisiones reivindicativas; en medio de las tinieblas, como pasó con Egipto a la salida de Moisés, Yahwéh castigará a Israel por sus maldades, utilizando a un pueblo, que en la mente del profeta Amós es Asiria, sin llegar a mencionar su nombre.

Otra expresión novedosa, es “el resto”, término con el que se quiere designar a una porción de israelitas fieles al yawismo puro, en quienes reposará la esperanza, de una perspectiva de salvación posterior.

Desde siempre ambicionó el hombre las riquezas, para poseer el poder, para dominar a los demás, y la gloria para alimentar su soberbia; esto trae como directa consecuencia, el oscurecimiento y el eclipse de Dios. Amós, profeta, dijo en su nombre que Él mira, y valora lo de "dentro".

Cumplió con valentía, el encargo dificultoso de hablar claro y sin tapujos, para clarificar actitudes, aunque le llevaran a sufrir las acusaciones de Amasías, sacerdote de Betel, y la persecución de su hijo Ozías.

¿Verdad que a pesar de tantos años, aún no se aprendió la lección?.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos y la intercesión de San Amós, profeta, puedan nuestros líderes civiles, militares y eclesiásticos, estar a la altura de tu Santo Nombre, y jamás transigir con el Mal, la Corrupción, o la Violencia contra los más débiles. Que ninguno de ellos sean pastores mudos, que no sean capaces de dar aviso del peligro, ni enfrentar a las fieras que viene a devorar al rebaño. Amén.


Sexta Feria, 30 de marzo

SAN JUAN CLÍMACO


(† 600)

Beato es aquel que ha mortificado su propia voluntad hasta el final, y que ha confiado el cuidado de su persona, a su maestro en el Señor: será colocado a la derecha del Crucificado

Como guía y regla de todas las cosas, después de Dios, debemos seguir a nuestra conciencia

Que esta escala te enseñe la disposición espiritual de las virtudes

San Juan Clímaco (Siria?, c. 575 - 30 de marzo de 649?) —también conocido como Juan el Escolástico, y Juan el Sinaíta—, fue un monje cristiano ascético, anacoreta, y maestro espiritual entre los siglos sexto y séptimo, abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí (Monasterio de la Transfiguración). Célebre por su escrito Scala Paradisi, o La escala al Paraíso, del cual derivaría su apodo (del griego klimax, escalera); obra de carácter ascético y místico.

Se puede bajar el texto de la Escala al Paraíso en http://orthodoxmadrid.com/wp-content/uploads/2011/03/La-Santa-Escala.pdf

--------------------------------------------------------

San Juan Clímaco
Autor de la "Escala del Paraíso", siglo VI
Audiencia de Benedicto XVI, 11 de febrero de 2009 (ZENIT.org)

Benedicto nos explica el valor de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad, escalas finales de la Escala al Paraíso

Queridos hermanos y hermanas:
Después de veinte catequesis dedicadas al Apóstol Pablo, quisiera retomar hoy, la presentación de los grandes escritores de la Iglesia de Oriente y Occidente en la Edad Media.

Y propongo la figura de Juan llamado Clímaco, transliteración latina del término griego klímakos, que significa de la escala (klímax). Se trata del título de su obra principal, en la que describe la escalada de la vida humana hacia Dios.

Nació hacia el 575. Su vida tuvo lugar en los años en que Bizancio, capital del Imperio romano de Oriente, conoció la mayor crisis de su historia. De repente el cuadro geográfico del imperio cambió, y el torrente de las invasiones bárbaras, hizo desplomarse todas sus estructuras.

Quedó sólo la estructura de la Iglesia, que en esos tiempos difíciles, continuó con su acción misionera, humana y sociocultural, especialmente a través de la red de los monasterios, en los que operaban grandes personalidades religiosas, como era precisamente la de Juan Clímaco.

Entre las montañas del Sinaí, donde Moisés encontró a Dios, y Elías oyó su voz, Juan vivió y narró sus experiencias espirituales. Se han conservado noticias de él, en una breve Vida (PG 88, 596-608), escrita por el monje Daniel de Raito: a los dieciséis años, Juan, monje en el monte Sinaí, se hizo discípulo del abad Martirio, un "anciano", es decir, un "sabio".

Hacia los veinte años, eligió vivir como eremita, en una gruta a los pies de un monte, en la localidad de Tola, a ocho kilómetros a los pies, del actual monasterio de Santa Catalina. Pero la soledad, no le impidió encontrar a personas deseosas de tener una guía espiritual, ni de visitar algunos monasterios cerca de Alejandría.

Su retiro eremítico, de hecho, lejos de ser una huida del mundo y de la realidad humana, le condujo a un amor ardiente por los demás (Vida 5), y por Dios (Vida 7).

Tras cuarenta años de vida eremítica, vivida en el amor de Dios y por el prójimo, años durante los cuales lloró, rezó, y luchó contra los demonios, fue nombrado higúmeno (superior, n.d.t.) del gran monasterio del monte Sinaí, y volvió así a la vida cenobítica, en el monasterio. Pero algunos años antes de su muerte, nostálgico de la vida eremítica, pasó al hermano, monje del mismo monasterio, la guía de la comunidad.

Murió después del año 650. La vida de Juan se desarrolla entre dos montañas, el Sinaí y el Tabor, y verdaderamente se pude decir de él, que irradia la luz que vio Moisés en el Sinaí, y que contemplaron los Apóstoles en el Tabor.

Se hizo famoso, como ya he dicho, por su obra "La Escala" (klímax), llamada en Occidente Escala del Paraíso (PG 88,632-1164). Compuesta por las insistentes peticiones del higúmeno del cercano monasterio de Raito, cerca del Sinaí, la Escala, es un tratado completo de la vida espiritual, en el que Juan describe el camino del monje desde la renuncia al mundo, hasta la perfección del amor.

Es un camino que --según este libro-- tiene lugar a través de treinta escalones, cada uno de los cuales está unido con el siguiente. El camino puede resumirse en tres fases sucesivas: la primera muestra la ruptura con el mundo, con el fin de volver al estado de infancia evangélica. Lo esencial, por tanto, no es la ruptura, sino la unión con lo que Jesús ha dicho, la vuelta a la verdadera infancia en sentido espiritual, el llegar a ser como niños.

Juan comenta: un buen fundamento, es el formado por tres bases y tres columnas: inocencia, ayuno y castidad. Todos los recién nacidos en Cristo (cfr 1 Cor 3,1) deben comenzar por estas cosas, tomando ejemplo de los recién nacidos físicamente" (1,20; 636). El alejamiento voluntario de las personas y lugares queridos, permite al alma entrar en comunión más profunda con Dios.

Esta renuncia desemboca en la obediencia, que es el camino a la humildad, a través de las humillaciones -que no faltarán nunca- por parte de los hermanos. Juan comenta: "Beato es aquel que ha mortificado su propia voluntad hasta el final, y que ha confiado el cuidado de su persona, a su maestro en el Señor: será colocado a la derecha del Crucificado" (4,37; 704).

La segunda fase del camino está constituida por el combate espiritual contra las pasiones. Cada escalón de la escala, está unido con una pasión principal, que es definida y diagnosticada, indicando además la terapia, y proponiendo la virtud correspondiente. El conjunto de estos escalones constituye, sin duda, el más importante tratado de estrategia espiritual que poseemos.

La lucha contra las pasiones, se reviste de positividad -no se ve como una cosa negativa- gracias a la imagen del "fuego" del Espíritu Santo: "Todos aquellos que emprenden esta hermosa lucha (cfr 1 Tm 6,12), dura y ardua, [...], deben saber que han venido a arrojarse a un fuego, si verdaderamente desean que el fuego inmaterial habite en ellos" (1,18; 636).

El fuego del Espíritu Santo, que es el fuego del amor y de la verdad. Sólo la fuerza del Espíritu Santo, asegura la victoria. Pero según Juan Clímaco, es importante tomar conciencia de que las pasiones no son malas en sí mismas; lo son por el uso malo, que de ellas hace la libertad del hombre.

Si son purificadas, las pasiones abren al hombre el camino hacia Dios, con energías unificadas por la ascética y la gracia, y "si han recibido del Creador un orden y un principio..., el límite de la virtud no tiene fin" (26/2,37; 1068).

La última fase del camino, es la perfección cristiana que se desarrolla en los últimos siete peldaños de la Escala. Estos son los estadios más altos de la vida espiritual, experimentables por los "esicasti", los solitarios, que han llegado a la quietud y a la paz interior; pero son estadios accesibles también a los cenobitas más fervientes.

De los tres primeros -sencillez, humildad y discernimiento- Juan, en línea con los Padres del desierto, considera más importante este último, es decir, la capacidad de discernir. Todo comportamiento, debe someterse al discernimiento, todo depende de hecho de motivaciones profundas, que es necesario explorar.

Aquí se entra en lo profundo de la persona, y se trata de despertar en el eremita, en el cristiano, la sensibilidad espiritual y el "sentido del corazón", dones de Dios: "Como guía y regla de todas las cosas, después de Dios, debemos seguir a nuestra conciencia" (26/1,5;1013). De esta forma, se llega a la tranquilidad del alma, la esichía, gracias a la cual, el alma puede asomarse al abismo de los misterios divinos.

El estado de quietud, de paz interior, prepara al esicasta a la oración, que en Juan es doble: la "oración corpórea" y la "oración del corazón". La primera, es propia de quien debe hacerse ayudar por posturas del cuerpo: extender las manos, emitir gemidos, golpearse el pecho, etc. (15,26; 900); la segunda es espontánea, porque es efecto del despertar de la sensibilidad espiritual, don de Dios, a quien se dedica a la oración corpórea.

En Juan ésta toma el nombre de "oración de Jesús" (Iesoû euché), y está constituida por la invocación del nombre de Jesús, una invocación continua como la respiración: "La memoria de Jesús, se hace una con tu respiración, y entonces descubrirás la verdad de la esichía", de la paz interior (27/2,26; 1112).

Al final, la oración se hace algo muy sencillo, simplemente la palabra "Jesús", se convierte en una sola cosa con nuestra respiración.

El último peldaño de la escala (30), lleno de la "sobria ebriedad del Espíritu" se dedica a la suprema "trinidad de las virtudes": la fe, la esperanza, y sobre todo la caridad.

De la caridad, Juan habla también como éros (amor humano), figura de la unión matrimonial del alma con Dios.

Y elige una vez más la imagen del fuego, para expresar el ardor, la luz, la purificación del amor por Dios. La fuerza del amor humano, puede ser reorientada hacia Dios, como sobre el olivastro, puede injertarse el olivo bueno (cfr Rm 11,24) (15,66; 893). Juan está convencido de que una experiencia intensa de este éros, hace avanzar al alma, más que la dura lucha contra las pasiones, porque es grande su poder. Prevalece por tanto, la positividad de nuestro camino.

Pero la caridad, se ve también en relación estrecha con la esperanza: "La fuerza de la caridad es la esperanza: gracias a ella esperamos la recompensa de la caridad... la esperanza es la puerta de la caridad... la ausencia de la esperanza, anonada la caridad: a ella están vinculadas nuestras fatigas, por ella nos sostenemos en nuestros problemas, y gracias a ella, estamos rodeados por la misericordia de Dios" (30,16; 1157).

La conclusión de la Escala, contiene la síntesis de la obra, con palabras que el autor hace proferir al mismo Dios: "Que esta escala te enseñe la disposición espiritual de las virtudes. Yo estoy en la cima de esta escala, como dijo aquel gran iniciado mío (San Pablo): Ahora permanecen, por tanto estas tres cosas: fe, esperanza y caridad, la más grande de todas es la caridad (1 Cor 13,13)!" (30,18; 1160)”.

En este punto, se impone una última pregunta: la Escala, obra escrita por un monje eremita, vivido hace mil cuatrocientos años, ¿puede decirnos algo a nosotros hoy?. El itinerario existencial de un hombre, que vivió siempre en la montaña del Sinaí, en un tiempo tan lejano, ¿puede ser de actualidad para nosotros?

En un primer momento, parecería que la respuesta debiera ser "no", porque Juan Clímaco está muy lejos de nosotros. Pero si observamos un poco más de cerca, vemos que aquella vida monástica, es sólo un gran símbolo de la vida bautismal, de la vida del cristiano.

Muestra, por así decirlo, en letras grandes, lo que nosotros escribimos cada día, con letra pequeña. Se trata de un símbolo profético, que revela lo que es la vida del bautizado, en comunión con Cristo, con su muerte, y su resurrección.

Para mí, es particularmente importante, el hecho de que el culmen de la escala, los últimos peldaños, sean al mismo tiempo, las virtudes fundamentales iniciales más sencillas: la fe, la esperanza, y la caridad. No son virtudes accesibles sólo a los héroes morales, sino que son don de Dios, para todos los bautizados: en ellas también crece nuestra vida.

El inicio es también el final, el punto de partida es también el punto de llegada: todo el camino va hacia una realización, cada vez más radical, de la fe, la esperanza y la caridad. En estas virtudes está presente la escala.

Fundamentalmente es la Fe, porque esta virtud implica que yo renuncie a la arrogancia, a mi pensamiento, a la pretensión de juzgar por mí mismo, sin confiarme a otros. Este camino hacia la humildad, hacia la infancia espiritual es necesario: es necesario superar la actitud de arrogancia, que hace decir: yo soy mejor, en este tiempo mío del siglo XXI, de lo que sabían, los que vivían entonces.

Es necesario, en cambio, confiarse solamente a la Sagrada Escritura, a la Palabra del Señor, asomarse con humildad al horizonte de la fe, para entrar así, en la enorme vastedad del mundo Universal, del mundo de Dios. De esta forma, nuestra alma crece, crece la sensibilidad del corazón hacia Dios. Justamente dice Juan Clímaco, que sólo la esperanza nos hace capaces de vivir la caridad.

La Esperanza en la que trascendemos las cosas de cada día, no esperamos el éxito en nuestros días terrenos, sino que esperamos finalmente la revelación de Dios mismo. Sólo en esta extensión de nuestra alma, en esta autotrascendencia, nuestra vida se engrandece, y podemos soportar los cansancios y desilusiones de cada día, podemos ser buenos con los demás, sin esperar recompensa. Solo si Dios existe, esta gran esperanza a la que tiendo, puedo cada día dar los pequeños pasos de mi vida, y así aprender la caridad.

En la Caridad, se esconde el misterio de la oración, del conocimiento personal de Jesús: una oración sencilla, que sólo tiende a tocar el corazón del divino Maestro. Y así se abre el propio corazón, se aprende de Él su misma bondad, su amor. Usemos por tanto esta "escala" de la fe, de la esperanza y de la caridad, y llegaremos así a la vida verdadera.

Nota Personal: Quisiera agregar que la Fe nos invita a comprender que solo vemos la punta del témpano de lo que acontece realmente, ya que “lo esencial es invisible a los ojos”. Somos como ciegos que vamos buscando, tanteando apenas los bordes del Infinito Amor de Dios.

La Esperanza es evitar pensar que nuestra vida fué inútil, que a nadie le importa lo que hayamos construido, y que todo lo que dejemos tras nosotros cuando nos vayamos, a nadie le servirá. Es aceptar que no estamos solos, que el mundo no está solo, y que nuestros pensamientos y acciones de Amor por Dios y el Prójimo, y nuestra Pasión por la Verdad, revelada por Jesucristo y los Apóstoles, quedarán anotadas en una biblioteca cósmica con letras de molde.

La Caridad es trabajar sin esperar recompensa material ni social, y a veces ni siquiera familiar. A veces incluso conviene hasta condonar deudas o intereses, de ser necesario, si el deudor ha demostrado haber hecho, el suficiente esfuerzo para pagarla.

Exigir nuestro salario es muy justo, pero todos sabemos que los maestros, médicos, enfermeros, policías, militares, sacerdotes y amas de casa, siempre recibirán la parte final de la cosecha material.

Debemos estar muy seguros, que ante los ojos de Dios nada se escapa, y Él nos devolverá el ciento por uno, cuando lo crea oportuno.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos por los méritos y la intercesión de San Juan Clímaco, volver en nuestras Vidas a ser Tus Niños, alejando de nosotros toda arrogancia, y saber confiar en tu Poderoso Brazo, y así poder sortear con éxito, los embates de la vida cotidiana. A Tí Señor, que nos advertiste que si no volvíamos a nacer en Espíritu, y ser como niños, nunca veríamos el Reino de los Cielos. Amén.

domingo, 1 de abril de 2018


Domingo 1 de Abril

SANTA MISA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI


Domingo de Pascua, 12 de abril de 2009

“Ya no más malicia y perversidad en nuestro corazón”

Queridos hermanos y hermanas:

«Ha sido inmolado Cristo, nuestra Pascua» (1 Co 5,7). Resuena en este día, la exclamación de San Pablo, que hemos escuchado en la segunda lectura, tomada de la primera Carta a los Corintios. Un texto que se remonta a veinte años apenas, después de la muerte y resurrección de Jesús, y que no obstante, contiene en una síntesis impresionante —como es típico de algunas expresiones paulinas— la plena conciencia de la novedad cristiana.

El símbolo central de la historia de la salvación — el cordero pascual — se identifica aquí con Jesús, llamado precisamente «nuestra Pascua». La Pascua judía, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, prescribía el rito de la inmolación del cordero, un cordero por familia, según la ley mosaica.

En su pasión y muerte, Jesús se revela como el Cordero de Dios «inmolado» en la cruz, para quitar los pecados del mundo; fue muerto justamente en la hora, en que se acostumbraba a inmolar los corderos, en el Templo de Jerusalén. El sentido de este sacrificio suyo, lo había anticipado Él mismo durante la Última Cena, poniéndose en el lugar —bajo las especies del pan y el vino— de los elementos rituales de la cena de la Pascua.

Así, podemos decir que Jesús, realmente, ha llevado a cumplimiento la tradición de la antigua Pascua, y la ha transformado en su Pascua.

A partir de este nuevo sentido de la fiesta pascual, se comprende también la interpretación de San Pablo sobre los «ázimos». El Apóstol se refiere a una antigua costumbre judía, según la cual en la Pascua, había que limpiar la casa hasta de las migajas de pan fermentado. Eso formaba parte del recuerdo de lo que había pasado con los antepasados, en el momento de su huida de Egipto: teniendo que salir a toda prisa del país, llevaron consigo solamente panes sin levadura.

Pero al mismo tiempo, «los ázimos» eran un símbolo de purificación: eliminar lo viejo, para dejar espacio a lo nuevo. Ahora, como explica San Pablo, también esta antigua tradición, adquiere un nuevo sentido, precisamente a partir del nuevo «éxodo», que es el paso de Jesús, de la muerte a la vida eterna. Y puesto que Cristo, como el verdadero Cordero, se ha sacrificado a sí mismo por nosotros, también nosotros, sus discípulos, —gracias a Él y por medio de Él— podemos y debemos ser «masa nueva», «ázimos», liberados de todo residuo del viejo fermento del pecado: ya no más malicia y perversidad en nuestro corazón.

«Así pues, celebremos la Pascua... con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad». Esta exhortación de San Pablo, con que termina la breve lectura que se ha proclamado hace poco, resuena aún más intensamente, en el contexto del Año Paulino.

Queridos hermanos y hermanas, acojamos la invitación del Apóstol; abramos el corazón a Cristo muerto y resucitado, para que nos renueve, para que nos limpie del veneno del pecado y de la muerte, y nos infunda la savia vital del Espíritu Santo: la Vida Divina y Eterna.

En la secuencia pascual, como haciendo eco a las palabras del Apóstol, hemos cantado: «Scimus Christum surrexisse / a mortuis vere» —sabemos que estás resucitado, la muerte en Tí no manda.

Sí, éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe; éste es hoy el grito de victoria que nos une a todos. Y si Jesús ha resucitado, y por tanto está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él?. ¿Quién podrá privarnos de su Amor, que ha vencido al odio, y ha derrotado la muerte?.

Que el anuncio de la Pascua se propague por el mundo, con el jubiloso canto del aleluya. Cantémoslo con la boca, cantémoslo sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de vida «ázimo», simple, humilde y fecundo de buenas obras. «Surrexit Christus spes mea: / precedet vos in Galileam» — ¡Resucitó de veras mi esperanza!. Venid a Galilea, el Señor allí aguarda. El Resucitado nos precede, y nos acompaña, por las vías del mundo. Él es nuestra esperanza, Él es la verdadera paz del mundo. Amén.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

Oración: Ven Jesús a nuestro corazón y revívelo, para que pueda iluminar al mundo. Amén.