domingo, 7 de enero de 2018

Sexta Feria, 5 de enero

San Simeón Estilita



(† 459)

Breve
Los estilitas, llamados también “ermitaños de columna”, eran místicos que vivían en la punta de una columna muy alta, alimentados en más de ocasión por las aves del cielo, que les llevaban comida, y guardaban el agua de lluvia en alforjas.

Tuvieron que vivir de esa manera, para resguardarse en un lugar aislado, y así poder vivir y orar, dada la inmensa multitud que acudía a verlos, para implorar curaciones, bendiciones y consejos. Sólo se podía acceder por una escalerilla, que bajaba el ermitaño cuando terminaba sus oraciones.

Más de un emperador Bizantino, tuvo que esperar humildemente varias horas al pie de esas columnas, para oír consejos y advertencias precisas, que les hacían llegar estos Santos por inspiración Divina.

Nosotros no podemos ni siquiera entender todo esto, acostumbrados a nuestro aire acondicionado, la televisión digital de alta definición, celulares de cuarta generación y la Internet, en donde muchas veces pasamos horas perdiendo el tiempo, hablando o viendo insensateces, y algunas más dedicados a actividades para nada santas.

En cambio estos Santos que nada poseían materialmente, se conectaban espiritualmente con el Maestro Universo, y con la propia Morada Divina, bajo un cielo estrellado y límpido como su corazón y mente.

J. FERNANDO ROIG

Los alrededores de Antioquía, en el extremo oriental del Mediterráneo, fueron durante los siglos V y VI, escenario de vida eremítica. Toda la región estaba poblada de monasterios, y habitada por anacoretas. El más popular de todos ellos fue San Simeón, llamado más tarde el Estilita, por lo que pronto veremos.

Nació Simeón al declinar el siglo IV en Sisán, pueblo situado entre los confines de Cilicia y Siria. De pequeño fue pastor, y al frente de un rebaño de ovejas, recorría las montañas vecinas. Era cristiano; pero de Dios sabía lo poco que le enseñaron sus padres, gente sencilla que vivía de la tierra y del pastoreo.

Un amanecer, al levantarse como de costumbre, vio todo nevado. No pudo salir con las ovejas aquella mañana, y se dirigió a una iglesia. Un monje estaba pronunciando las palabras del Evangelio: "Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados; bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios...". El zagal no acababa de comprender, y preguntó a un anciano: "¿Qué debo hacer para merecer la bienaventuranza?". "Lo más seguro - respondió el anciano - es dejarlo todo, y llevar vida de anacoreta".

En otra ocasión, estando también en la iglesia, rogaba a Dios Nuestro Señor, que le mostrase el camino en que podría servirle. Perseveró largo tiempo en esta petición, hasta que se durmió, y tuvo un sueño. Soñó que cavaba en la tierra, para poner el fundamento de un edificio: "Ya está" - pensó entre sí -; mas una voz decía: "Es precisó que ahondes más". El joven cavó profundamente. La advertencia se repitió por dos veces más, hasta que oyó: "Hay bastante; ahora podrás elevar el edificio con seguridad".

Despertó del sueño, se fue al monasterio más cercano, y pidió ser admitido. Tenía entonces unos catorce años. Allí aprendió de memoria el Salterio, para poder rezar, pues en aquella época los libros eran raros.

No pareciéndole bastante rigurosa aquella vida, al cabo de dos años, se fue cerca de Teleda, a una colonia de monjes que vivían bajo la obediencia del santo abad Heliodoro. Los otros compañeros pasaban días alternados sin comer nada. Al joven le pareció eso poca abstinencia, y sólo comía los domingos.

Habiendo hallado una cuerda rústica, tejida con mirto silvestre, se la enrolló estrechamente al cuerpo, y lo hizo con tanta violencia, que se le adhirió al cuerpo, y le llagó la carne hasta manar sangre. Eso fue la causa por la cual se descubrió tan áspera mortificación. El abad intervino. Los hermanos fueron despegando la cuerda con extrema dificultad, humedeciéndola. Una vez curado, el abad le despidió con buenas palabras, pues creyó que aquel fervor extremado, podría ser motivo de escándalo para otros más débiles.

Simeón dejó el lugar, y se internó en el monte. Anduvo indeciso hasta encontrar una cisterna abandonada y sin agua. Se bajó a ella, y se pasó cinco días en oración. Entre tanto, sus antiguos compañeros, arrepentidos de haber perdido tan ejemplar compañía, fueron en su busca, y guiados por unos pastores, pudieron dar con él. Le ayudaron a salir de la cisterna, y le rogaron que volviera al cenobio, con gran admiración del joven, que no comprendía por qué tenían con él, tales muestras de afecto, pues se consideraba un gran pecador.

Poco tiempo después, se dirigió a un monte cerca del pueblo de Telaniso, y allí emprendió vida de penitencia en absoluta soledad, y sin reservas. Esto sucedía hacia el año 412, cuando Simeón contaba unos veintitrés años de edad. Al llegar la Cuaresma, pensó que podría pasarla sin comer.

Pidió el parecer a un anciano sacerdote llamado Baso, que era guía espiritual de otros anacoretas. El anciano aprobó aquella santa locura, pero con la condición de que tuviese consigo agua y pan: no fuera a tentar a Dios. Simeón le dijo entonces: "Ponme, padre, diez panes y un jarro de agua; si mí cuerpo lo necesita, los tomaré".

Baso tapió la puerta del anacoreta con lodo, y le dejó. Simeón pasó los primeros días en pie; después rezaba el oficio divino sentado. Los últimos días era tanta su debilidad, que los pasó echado. Terminada la Cuaresma, su director fue a visitarle, y lo encontró exánime. Le avivó, mojándole los labios, y le hizo probar alimento.

Siempre insatisfecho, buscó un lugar más agreste, hacia el interior de los montes, más allá de Teleda. Se construyó con piedras un muro, a modo de reducida clausura, y se ató el pie a una gran roca, con una cadena. Allí, con toda libertad, bajo el azul del cielo, y fuera de las miradas humanas, se entregó a la contemplación. Mas el resultado fue contrario a lo que el Santo hubiera querido, pues por ese tiempo comenzó a trascender la fama de su santidad, y varias personas iban a visitarle.

Una de las visitas fue la del corepíscopo – prelado inspector - de Antioquía, llamado Melecio, el cual le reprendió cariñosamente, diciéndole que no tenía por qué encadenarse, como se hace con los irracionales, pues al hombre le basta la razón, junto con la gracia para sujetarse a unos límites, y no excederlos. El Santo obedeció sin más, y se dejó desatar.

Cundió la fama, y la gente acudía de todas partes, no sólo de las provincias cercanas, tales como persas, armenios, ismaelitas, árabes o georgianos, sino que la noticia llegó a Italia, a España y a Francia. Desde muy lejos llegaban peregrinos y curiosos; le pedían consejos, bendiciones, curaciones, milagros...

No contentos con verle y oírle, querían tocarle, y hacerse con recuerdos a costa de su andrajoso hábito. El joven anacoreta les atendía en lo posible. Sin embargo, para aislarse de los visitantes, ideó otro sistema de vivir. Hizo construir una columna o pilar, de seis codos al principio, más tarde de doce, de veinte, y al fin de treinta y seis codos (unos diecisiete metros).

El resto de su vida, treinta y siete años, los pasó en la columna, a cielo raso, y sin abrigo contra el sol, la lluvia o el viento. De vivir en esa columna (stilos en griego) le quedó el sobrenombre de estilita.

Se puede decir que no dormía, comía apenas (una sola vez por semana, poca cosa, y nada durante la Cuaresma). La mayor parte del día y de la noche, la pasaba en oración, ora postrado, ora en pie. Cuando rezaba en pie, hacía reverencias continuamente hasta llegar con la cabeza a los pies. En las grandes festividades, pasaba toda la noche en oración, con las manos levantadas, sin dar muestras de cansancio en una postura muy penosa. Nunca se le vio echado ni sentado.

Al llegar aquí se impone una aclaración, puesto que hay motivos para pensar si todo esto que venimos contando, no pasa de piadosa leyenda. La vida de San Simeón nos ha sido transmitida por Teodoreto, que también fue monje en aquella región, hasta que le sacaron del monasterio, para ocupar la sede episcopal de Ciro, diócesis vecina a la de Antioquía.

Conoció a San Simeón, cuando ambos eran monjes, y lo visitó varias veces en su columna. "Yo mismo – cuenta Teodoreto – le vi en la columna, aunque con notable peligro de mi parte; pues estando rodeada de extranjeros que iban a pedirle la bendición, en cuanto Simeón me vio, dijo a los presentes que pidieran la bendición a mí, que era sacerdote. Entonces aquella buena gente, se abalanzaron sobre mí con los brazos implorantes; agarraban mis vestidos hasta romperlos, y se asían a mis barbas, y de veras que ellos me hubiesen matado si el Santo desde la columna, no les diera voces para que me dejasen".

Evagrio, abogado de Antioquía, un siglo después, es un historiador fiel que también se ocupa de su compatriota San Simeón, y lo que cuenta de él, coincide con lo que escribió Teodoreto.

Confesamos que una vida de tanta austeridad, no sólo está por encima de lo corriente, sino que es difícil de explicar, sin una intervención de Dios Nuestro Señor. Había pasado la era de los mártires, y ahora los anacoretas ofrecían, una nueva forma de ser "mártires", o sea, testigos de Jesús.

El caso de San Simeón Estílita, es exponente de aquella forma de santidad, que nos describen las historias del monaquismo. También hemos de confesar, que no siempre hubo pureza de intención en aquellas penitencias horrorosas, extravagantes a veces, y en plan de competencia mutua que algunos hicieron, con el fin de granjearse popularidad, y sacar partido de ella. San Simeón no fue el único estilita, puesto que su ejemplo tuvo pronto imitadores.

A fines del siglo VI, el principal discípulo de nuestro santo, fue sin duda San Daniel, el cual hizo levantar su columna, no lejos de Constantinopla.

La parte superior terminaba con una pequeña balaustrada, a modo de púlpito. Gennades, obispo de Constantinopla, admirado de la penitencia de San Daniel, le ordenó sacerdote en la misma columna, y el emperador León, hizo construir junto a ella un pequeño monasterio para los discípulos.

Fueron modos de vivir que se nos antojan raros, porque no sincronizan con nuestro modo de pensar; pero que fueron de gran ejemplaridad en aquellos tiempos. Dios ha suscitado la santidad por innumerables caminos, según las necesidades de cada época.

Los estilitas escogieron el camino de la penitencia pública e integral: una predicación continuada. Se tenían por simples predicadores de la penitencia, sin pensar que fueran santos.

San Simeón nunca consiguió aislarse de la gente. Cuanto más se lo ingeniaba, más visitado fue por toda clase de personas. Dos veces al día, predicaba a los que esperaban al pie de su columna, y entre sermón y sermón, atendía las peticiones, respondía a preguntas, y componía pleitos.

Tan duro era consigo, como afable con los demás. Llama viva sobre el candelero que alumbraba a los buenos, encendía a los tibios, y removía la conciencia de los pecadores.

En cierta ocasión se presentaron dos grupos de extranjeros, cada uno con su filarco o capitán, y unos y otros pretendían que el Santo bendijera el suyo propio. Decían los primeros, que el filarco que presentaban era merecedor de bendición, y no el otro que era malo. "Razón de más - contestaban los otros -, pues si es malo, que lo bendiga el Santo para que sea bueno". Porfiaban y se impacientaban, hasta que el Santo logró que se calmaran, e hicieran las paces.

Unos tintoreros de Antioquía, maltratados por el prefecto de la ciudad, fueron a exponerle sus querellas, e implorar su intercesión. En otra ocasión, logró que los acreedores perdonaran deudas, a quienes no podían pagar.

Combatió desde la columna a los paganos, a los apóstatas y a los herejes; no para humillarlos, sino para atraerlos a la verdadera doctrina. Sus biógrafos aseguran, que convirtió a millares de persas, armenios, georgianos y sarracenos. Un famoso asesino, Antíoco de nombre, murió de dolor y arrepentimiento al pie de la columna, después de haber oído al Santo.

Desde su célebre columna recibió a príncipes, aconsejó a reyes, e intervino en los asuntos de la Iglesia. En las actas del concilio de Éfeso, se ha conservado una carta del emperador Teodosio II, en la cual pide a Simeón que ayude la causa de la Iglesia, y procure que Juan, patriarca de Antioquía, desista de sostener la herejía de Nestorio.

Años después, la emperatriz Eudoxia, viuda de aquel emperador, al ver que Eutiques acababa de ser condenado en el concilio de Calcedonia, mandó emisarios al Santo para pedirle consejo. Simeón le respondió con admirable libertad, y cierta galantería. Le dijo que el demonio, envidioso de ella, tan rica en buenas obras, quería despojaría de ellas minando su fe.

Del emperador Marciano, esposo de Santa Pulqueria, y sucesor de Teodosio II, se cuenta que para ver y oír al santo estilita con entera libertad, en más de una ocasión, dejó el vestido imperial, e iba a verle de incógnito. También le escribió el emperador León I, sucesor del anterior. Evagrio nos ha conservado otra carta, que el Santo escribió a Basilio de Antioquía, su propio prelado, para animarle a que siguiera las decisiones del concilio de Calcedonia.

Su humildad era manifiesta. Se tenía por el más despreciable de todos. En la carta a Basilio de Antioquía, que acabamos de mencionar, se llama a sí mismo "humilde y exiguo, aborto de monjes". Sabemos por Evagrio, que los solitarios vecinos estaban admirados de la humildad del Santo.

Mas como el demonio se mete entre las cosas más santas, quisieron probar si su intención era totalmente sincera y pura. Entonces despacharon a unos cuantos con indicaciones expresas. Esos tales se presentaron al pie de la columna, y comenzaron a reprenderle porque había abandonado el camino de santidad que tantos otros siguieron, y en el cual se habían santificado, para seguir en cambio los caprichos de su mente, y tomar un género de vida que nadie había seguido hasta entonces.

Al final le instaron, en nombre y representación de los demás anacoretas, a que descendiera de la columna, y se comportara como los demás. Nuestro Santo, oídas tales razones, pensó que realmente no estaba bien singularizarse, y puesto que Dios prefiere la Obediencia a los sacrificios, acto seguido pidió una escalera para bajarse. Entonces los emisarios dijeron: "Continúa en tu decisión, porque es voluntad de Dios".

Murió el 5 de enero del año 459, a los setenta años de edad aproximadamente. La muerte lo halló rezando, y quedó inclinado en la forma que tenía por costumbre al orar.

La noticia se divulgó rápidamente por Antioquía. Los restos del Santo tuvieron que ser guardados por soldados de la ciudad, pues los habitantes de otros pueblos querían llevárselos.

Su cuerpo fue colocado en la iglesia de San Casiano, y más tarde, en otra que levantaron en su honor, con el nombre de iglesia de la Penitencia. El emperador León, intentó trasladar las reliquias a Constantinopla, mas los habitantes de Antioquía se opusieron vivamente.

Su tumba fue durante muchos años, lugar de curaciones portentosas. En el lugar de la columna, se levantó un monasterio y un patio octogonal, al que dan cuatro basílicas. La columna quedó a la vista en el centro del patio. Era la edificación más monumental de todo el Oriente cristiano. Todavía se conserva, semiderruido, con las piedras que sirvieron de base a la famosa columna. Los beduinos llaman a aquel lugar, hoy solitario, Ka’at Simân (Castillo de Simeón).


Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos y la intercesión de San Simeón Estilita, podamos desprendernos de toda futilidad en nuestra Vida, y preservar lo único importante: nuestra Amistad contigo, mediante la Oración y Penitencia sincera. A Tí Señor que siempre preferiste la soledad para Orar al Padre, y tomar nuevas energías. Amén.
Quinta Feria 4 de Enero

Santa Dafrosa


Mártir y esposa del mártir San Flaviano, y Madre de Santa Viviana y Demetria

Mujer fuerte, cristiana de cuerpo entero. Esposa y madre de familia, que tiene bien grabado en su alma, el principio y fin de su estado y su función: ganar el cielo para ella y para los suyos. Madre de Santa Bibiana y Santa Demetria.

Su marido Flaviano, muere mártir en Roma. Por estar casada con un cristiano irreductible, ella es condenada al destierro. A su vuelta, el prefecto Aproniano la encarcela, porque sigue aferrada a su principio de no sacrificar incienso a los ídolos; el encarcelamiento es tan riguroso que casi se enferma de hambre.

El prefecto prepara las cosas para obligarla a casarse con un tal Fausto, con la esperanza de que la obligue a cambiar; pero resulta el cazador casado, porque Dafrosa lo instruye en la fe cristiana, lo bautiza el presbítero Juan, y acaba muriendo mártir.

Como su cuerpo fue expuesto a los perros, por la noche lo recoge Dafrosa, y le da sepultura cristiana. Esto la llevó definitivamente al martirio, el 4 de Enero del año 362, cuando era ya único emperador Juliano.

Cuando se narra la vida y muerte de Dafrosa, se habla de toda una familia mártir - también sus hijas Demetria y Bibiana murieron mártires en Roma, en el año 347- cuya fuente impulsora es la madre, firme, fuerte y muy capaz.


Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de Santa Dafrosa, San Flaviano, y sus hijas, puedan las familias que se dicen cristianas, ser siempre el faro de tu Luz, y cesen todas las disensiones en el seno de ellas. A Tí Señor que nos diste como ejemplo a la Sagrada Familia, y Vives y Reinas por los Siglos de los Siglos. Amén.

sábado, 6 de enero de 2018

Sábado, 6 de Enero

Epifanía


La manifestación del Señor

El Evangelio de San Mateo (2,1-12) relata la historia de los magos.

Epifanía significa "manifestación". Jesús se da a conocer. Aunque Jesús se dio a conocer en diferentes momentos, a diferentes personas, la Iglesia celebra como epifanías tres eventos:

Su Epifanía ante los Magos de Oriente: Manifestación a los paganos.

Su Epifanía del Bautismo del Señor: Manifestación a los judíos, por medio de San Juan Bautista.

Su Epifanía de las Bodas de Caná: Manifestación a Sus discípulos, y comienzo de Su vida pública, por intercesión de Su Madre María.

La Epifanía que mas celebramos en el Occidente es la de los Magos, la manifestación a los paganos. Esta debe ser causa particular de alegría y agradecimiento para nuestros pueblos, convertidos del paganismo.

Dios llama a todos los pueblos, de todas las razas, culturas, clases sociales y religiones. Pero la llamada requiere respuesta. Hay que salir de donde estamos, e ir al Señor, hasta encontrarlo en los brazos de María.

Reyes Magos
En aquella época, los persas llamaban "magos", al sacerdote u a hombres sabios. Más tarde la tradición les llamó "reyes", por alusión al salmo 72,10-11: "Los reyes de Occidente y de las islas, le pagarán tributo. Los reyes de Arabia y de Etiopía, le ofrecerán regalos. Ante Él se postrarán todos los reyes, y le servirán todas las naciones".

De Oriente: El oriente, para los judíos, era Arabia, Persia o Caldea.

La estrella que vieron, ha suscitado varias hipótesis. Antiguamente se dijo que fue un cometa. Pero estudios astronómicos, parecen indicar que fue la conjunción de los planetas Saturno y Júpiter. Sabemos por la Fe, que era una luz celestial, al igual que la que guió de noche a Israel, por el oscuro desierto durante cuarenta años. Es la misma luz que nos guía, en los momentos oscuros de nuestra vida. Se dice que en el Hemisferio Boreal, el 6-7 Enero, son los días en que la noche es más oscura.

Sus nombres y regalos
Sus nombres no aparecen en la Biblia, solo sabemos que vienen de Oriente. Pero la tradición les ha dado nombres:

Melchor, tradicionalmente un anciano blanco con barbas, trae como regalo oro, que representa la realeza de Cristo.

Gaspar, joven, de piel morena, trae incienso, representando la divinidad de Cristo.

Baltasar, de raza negra, ofrece al Niño Dios mirra - sustancia que se utiliza para embalsamar cadáveres - representando Su humanidad, el sufrimiento y la muerte del Señor.

Las tradiciones populares, han ido añadiendo detalles sobre lo que en verdad se conoce. Por ejemplo, se dice que los reyes eran, uno rubio, uno moreno, otro negro.

Muy posiblemente, los magos conocían algunas profecías mesiánicas de los judíos, porque estos residían en todos los países, por eso llegaron a Jerusalén, y acuden al palacio de Herodes, preguntando por el rey de los judíos, cuya estrella habían visto.

Los Padres de la Iglesia, reconocían en la adoración del Niño por los Reyes Magos, la aceptación de la divinidad de Jesucristo, por parte de los pueblos paganos. Los magos no eran parte del pueblo de Israel, pero supieron utilizar sus conocimientos – astronomía - para descubrir al Salvador. Se cumplió primero en ellos, la profecía de que por medio de Israel, Dios se manifestaría a todos los hombres. Jesús vino para salvar a todos, no solo los judíos.

Herodes descubre en el anuncio del nacimiento de un rey, una amenaza para sus intereses. Utiliza la mentira con intenciones criminales. No se sentía seguro en su trono, porque los judíos lo odiaban.

Era hijo del idumeo Antipatro, quien ayudó a los romanos a conquistar Palestina. Su título de rey se lo debía a los romanos, y los judíos no aceptaban que un extranjero fuese su rey. Herodes se había casado con una princesa judía, pero la mandó a asesinar, junto con los hijos que tuvo con ella.

Los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, por su parte, supieron informar a los Reyes Magos, sobre donde debía nacer el Mesías según las profecías (Miqueas 5,2): en Belén de Judá; sin embargo ellos mismos no fueron a adorarlo.
Los magos buscaban a Dios en las estrellas, pero éstas les guiaron para encontrarlo en la tierra, en la humildad, junto con María, Su Madre y San José.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que bendigas a todos los pueblos que aún no te conocen, que es la inmensa mayoría de la Humanidad, con la Luz de tu Sabiduría y Misericordia, a fin de todos te lleguen a amarte de verdad, con el corazón.

Te pedimos Perdón por todos nosotros que sí te conocemos, pero que por medio de nuestro escandaloso comportamiento como Iglesia, hemos alejado a muchos de Tí.

Ayúdanos a que por medio de la Penitencia, el Ayuno y la Oración, nos convirtamos de nuevo a Tí, y aceleremos de esa manera la llegada de tu Reino a la Tierra. Amén.

Quinta Feria 4 de enero

Santa Genoveva Torres Morales


Religiosa, virgen, fundadora de la Congregación de las Hnas del Sagrado Corazón de Jesús, y de los Santos Ángeles (Angélicas)

Sólo por la caridad y la mansedumbre llevaremos las almas a Dios

El tiempo corre hacia el sepulcro, y vivimos neciamente, si no vivimos para Dios

El Amor nunca dice basta”.
Carisma: aliviar la soledad de las personas, que por diferentes circunstancias, viven solas y necesitadas de cariño, de consuelo, de amor y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu.
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Nació en Almenara (Castellón), el día 3 de enero de 1870. Era de una familia de humildes labradores, y ella era las más pequeña de 2 varones y cuatro niñas. Su padre, José, murió cuando ella tenía un año. En el transcurso de seis años, ella, su madre y un hermano, vieron cómo morían los otros cuatro hermanos. La madre, Vicenta, murió cuando tenía ocho años.

Se quedó con su hermano el mayor, de dieciocho años, y ella tuvo que hacer desde niña, de “ama de casa”. Es así que maduró muy rápido.

No pudo asistir por muchos años a la escuela, pero sí a la catequesis parroquial. Fue confirmada en 1877. Para hacer la primera comunión, sin poder tener su traje, y sin darle importancia alguna a lo exterior, se confesó, se puso en la fila de las personas que iban a comulgar y recibió al Señor. Ya ahí le nació su profundo amor a la Eucaristía.

Ella y su hermano, pasaron gran estrechez económica. A sus diez años tomó afición por la buena lectura, leyó los libros que le había dejado su madre en casa. En uno de ellos leyó, que había que hacer siempre la voluntad de Dios, pues para eso estamos en este mundo. Y esta máxima, se le quedó grabada para toda su vida.

El trabajo, la mala alimentación, y los escasos cuidados le acarrearon un tumor maligno en la pierna izquierda, y al presentarse la gangrena, tuvo que serle amputada cuando tenía tan solo trece años. Fue operada en su misma casa, sobre la mesa de la cocina, con métodos casi rudimentarios, pues hasta se rompió el aparato para evitar la hemorragia. Tuvieron que atarle la pierna por el muslo, pero en forma tan deficiente que sería causa de dolores durante toda su vida. Todos esperaban ya su muerte, pero se repuso, y volvió a las tareas domésticas con la ayuda de dos muletas, ya siempre compañeras inseparables.

Por circunstancias familiares, fue internada en el orfanato “Casa de la Misericordia” de Valencia, donde pasó nueve años. Sentía una especial devoción a la Eucaristía y al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María, y a los Santos Ángeles. Ayudada por el capellán del centro, don Carlos Ferris, más adelante jesuita, allí progresó en su experiencia espiritual profunda, que le llevó a pedir su entrada en las Carmelitas de la Caridad, que regentaban la casa. Las veía, y le parecían “ángeles”. Pero no fue admitida por causa de su minusvalía. Desde ese momento, no cejó en buscar cuál era la voluntad de Dios sobre ella.

Se fijó en un acuciante problema que aquejaba a muchas mujeres, en los comienzos del siglo XX: la soledad. Por distintos motivos familiares, quedaban abandonadas. Ella, que estaba abierta a ver en los acontecimientos, la mano de Dios, captó esta necesidad, y empezó el embrión de lo que sería el futuro instituto religioso.

Comenzó con dos compañeras, difíciles de carácter, a recoger en la casa, a distintas personas necesitadas. Con su paciencia y caridad, Genoveva pudo soportar aquella situación, viviendo de su trabajo de costura y bordado. Enseguida se les quedó pequeña la casa, y tuvieron que ir buscando hogares más amplios, pues la necesidad era más grande, de lo que a primera vista podría parecer. Genoveva pensó entonces especialmente, en promover la vela de la adoración eucarística nocturna.

Desde su salida de la “Casa de Misericordia”, en 1894 hasta 1911, su vida podría compararse con la peregrinación por el desierto, en busca de la voluntad de Dios. “Me puse en las manos de Dios, para cuanto pudiera querer de mí, con voluntad firme de no resistirme en nada, de cuanto de mí exigiera, costara lo que costara”.

El día 2 de febrero de 1911 en Valencia, con la indicación del canónigo José Barbarrós, sobre unas señoras y señoritas solas y cargadas de sufrimiento, y con la consulta al Padre Martín Sánchez, S.J., que le dio su aprobación personal, fundó la primera “Casa Hogar”, constituyendo la Sociedad Angélica, que daría origen al instituto de Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles, con el carisma y misión de “aliviar la soledad de las personas, que por diferentes circunstancias, viven solas y necesitadas de cariño, de consuelo, de amor y de cuidados, en su cuerpo y en su espíritu”.

Genoveva fue nombrada directora. Así, remediaba un problema social: amparar la soledad. Pero sus fundaciones, no serían sólo “casas”, sino también “hogares”, para que las personas que vinieran, amueblaran la habitación a su gusto, con el fin de que su desarraigo fuera menor, ya que podían llevar consigo las cosas de mayor afecto personal.

La sociedad fue erigida como “Pía Unión” en 1912, y el primer reglamento data de 1914. En ese mismo año fundó otra casa en Zaragoza, en la calle del Pilar, aconsejándose del Padre Martín Sánchez, SJ; en 1914 en Madrid, y poco a poco, en Bilbao, Barcelona, Santander y Pamplona.

En 1925, la Pía Unión fue reconocida en Zaragoza, como Instituto religioso de derecho diocesano, por el Arzobispo Doménech, y emitieron ante él sus votos la Madre Genoveva, nombrada Superiora General, y otras dieciocho religiosas. El decreto de aprobación, como instituto religioso de derecho pontificio, sería dado por Pío XII en 1953.

En tiempos de la república y de la guerra civil, algunas de las casas tuvieron que padecer la persecución religiosa, quedando la mayoría devastadas, mientras que la Madre Genoveva, infundía paz y esperanza en todas sus Hermanas.

En las casas de Zaragoza y Valencia, se pudo dar protección a otras personas, miembros de institutos religiosos y seglares, puesto que la Madre Genoveva tenía un corazón abierto, para todas las personas y actividades de la Iglesia, con un espíritu de servicio asombroso. Fue reelegida Superiora General, en los capítulos de 1935, 1941 y 1947. Retirada de su cargo en 1954, supo convertirse en religiosa siempre obediente a la nueva Madre General.

Todas las casas empezaban por el “Sagrario”, “porque estando Jesús en casa nada temo” y de esta forma imprimió en sus religiosas, una nota característica de su espiritualidad: la adoración-reparación a la Eucaristía.

Desde ese fundamento las Angélicas desplegarían su apostolado con las tres notas que la Madre Genoveva dejó plasmadas en sus constituciones: espíritu de humildad y sencillez, que solo busca a Dios en todas las cosas; espíritu de obediencia, con la abnegación del propio juicio a la voluntad de Dios, en las disposiciones de los superiores, y espíritu de caridad, que engendra en las Hermanas, el ardor apostólico por la gloria de Dios, y la salvación de las almas. La palabra más repetida en sus escritos es “Amor”: “Que sólo el Amor me impulse a obrar”. “Que tu puro Amor mueva todas mis acciones”. “Nada es pesado para el que Ama”. “Dios merece ser servido con Fidelidad y Amor”. “El Amor nunca dice basta”.
A finales de 1955, su salud ya había decaído considerablemente. El 30 de diciembre, tuvo un ataque de apoplejía, y recibió los últimos sacramentos. Todavía pudo comulgar, en la madrugada del 4 de enero de 1956, y en esa mañana entró en coma. A los ochenta y seis años de edad, el 5 de enero de 1956, falleció en Zaragoza. El pueblo comenzó a llamarla “Ángel de la soledad”, y así sigue reconociéndola.
El Instituto de Hermanas, llamadas comúnmente “angélicas”, está extendida por España, Italia, México y Venezuela. Además trabajan apostólicamente en catequesis, Casas de ejercicios, Guarderías, y en la evangelización en parroquias y escuelas.

Fue beatificada en Roma, por el Papa Juan Pablo II, el día 29 de enero de 1995, sus reliquias reposan en la Casa Generalicia en Zaragoza, y su memoria litúrgica viene celebrándose el 4 de enero.

MAXIMAS DE SANTA GENOVEVA TORRES
  • Hay que amar a Dios, en todas las cosas agradables y desagradables: y si están envueltas en sufrimientos, tanto mejor. El amor sin sufrimiento, es sospechoso. El amor todo lo hace fácil.
  • Si miro a Jesucristo en la cruz, todo sufrimiento me será sabroso. Pediremos la gracia de llevar con valor y santa alegría, las cruces que a Dios le plazca enviarnos, y haremos esta petición en los momentos penosos a la naturaleza. Vayamos al pie de la cruz; si tenemos valor para ello, quejémonos.
  • El centro de la devoción al Corazón de Jesús, está en la Eucaristía. La práctica del amor a este Corazón, está en la oración, la penitencia, y en adorarle llevando almas por esos medios, para que le conozcan y le amen.
  • Siento que Jesús me llama desde el Sagrario; cuando por mis obligaciones no puedo acudir, procuro hallarle en las mismas obligaciones.
  • Debemos sacrificarnos mucho, practicando la caridad, que será reconocida por Dios nuestro Señor.
  • Si de veras amamos a Dios, su recuerdo nos hará volar en el sacrificio y en la abnegación, en aras de la caridad.
  • Revistámonos de los hechos de Jesús, que todos fueron de caridad, dulzura, amabilidad y sin distinción de personas.
  • Quien ama a María, procura imitar sus virtudes y obsequiarla siempre. Madre de Jesús y Madre mía, en penas y tribulaciones acudiré a Tí. Me mostrarás a tu Divino Hijo, y le amaré.
  • Seamos amables y cariñosas, con las que tengamos que tratar y servir. Lo que se hace por Dios, debe caracterizarlo las virtudes que Jesús practicó: humildad, paciencia, afabilidad, dulzura... darnos todas para ganarlas a todas.
  • Sólo por la caridad y la mansedumbre llevaremos las almas a Dios.
  • La base de la caridad y de la unión, es la humildad. Si somos humildes de corazón en todos nuestros actos, practicando la caridad por Dios, gozaremos de la paz del alma.
  • Darse a Dios de veras, es lo único que da paz verdadera. Lo demás todo pasa pronto.
    El tiempo corre hacia el sepulcro, y vivimos neciamente, si no vivimos para Dios.
  • Viviendo para Dios, seremos generosos con Él, y con el prójimo.
  • Ofrezco a Dios todo, venga lo que viniere, todo lo permite el Señor.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión de Santa Genoveva, puedan las personas encontrar siempre en la Iglesia, alivio para la soledad, una de las mayores pandemias de nuestra época, centradas principalmente en las grandes ciudades. A Tí Señor, que nos prometiste estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Amén.


viernes, 5 de enero de 2018

Cuarta Feria, 3 enero

Santa Genoveva


422-502
Se le invoca contra desastres, herpes, fiebre, sequía

Patrona de los fabricantes de velas y cirios, pues de acuerdo con una leyenda, el diablo habría querido apagarle su linterna, mientras visitaba enfermos, cosa que su ángel de la guarda habría evitado.

Etim: Genoveva, "ola o espuma blanca", en galés.
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En la iconografía aparece como pastora y con su cayado; o bien, como virgen, con el velo o toca de su consagración, y una linterna o vela en la mano, por atributo.

Nace en Nanterre, pequeño pueblo cerca de París, Francia. Según la leyenda, de joven fue pastora.

Cuando tenía solo siete años, un obispo la reconoció como futura santa. Con el permiso de sus padres, y respondiendo a su petición, el obispo la consagró a Cristo, y a la edad de 15 años, recibió el velo de la vida religiosa en París.

Se dedicó a practicar obras de piedad entre los pobres, aconsejar a sus vecinos, y llevar una intensa vida ascética.

Pocos años después, la ciudad de París estaba bajo asedio por el rey Childeric, rey de los francos. Al ver el sufrimiento del pueblo de París, Genoveva salió escondida de la ciudad, y regresó con alimentos y provisiones. Pero París pronto calló ante la fuerza superior de los francos.

Al descubrir el heroísmo de la joven, Childeric se entrevistó con ella. Impresionado por su santidad, accedió a establecer una iglesia en honor a San Denis de París.

Tenía 30 años cuando oyó que Atila se acercaba con 100,000 guerreros, a sitiar a Lutecia (París, 451 A.D.). La costumbre de este bárbaro, era arrasar todo. La gente se dispuso a huir, pero Genoveva los convenció de permanecer en oración. Casi la linchan, pero muchos le hicieron caso.

Atila, cuando ya venía llegando a París, cambió imprevistamente de rumbo, y se dirigió hacia Orleáns. Por el camino le salieron al encuentro los ejércitos cristianos, que lo derrotaron en la terrible batalla de los Campos Cataláunicos.

Así se cumplió lo que había anunciado Genoveva, que si el pueblo oraba con fe, la ciudad de Paris no sería atacada.

Su veneración se inició en el siglo VI, con peregrinaciones a su tumba, y aumentó aún más desde 1130, cuando con sus restos llevados en procesión, se conjuró una peste. El Papa Inocencio II aceptó su culto, y fiesta en este día.

Sus restos fueron profanados por la Revolución Francesa (21 de noviembre de 1793).

Oración: Te pedimos Señor, que los méritos e intercesión de Santa Genoveva, puedan erradicarse cualquier eventual pandemia en el mundo, muy especialmente la llamada gripe aviar, el sida y el ébola, así como toda otra enfermedad natural o sintetizada, o potenciada en los laboratorios militares, en el marco de una futura guerra bacteriológica.


Pero te pedimos especialmente, a que Santa Genoveva nos ayude a luchar contra la pandemia del pecado, que anida en nuestros corazones, por medio de la oración constante de cada día, permaneciendo en oración, para dominar el Atila que llevamos por dentro. A Tí Señor que curaste a tantos enfermos en tu paso visible sobre la Tierra, y lo sigues haciendo aún hoy en día. Amén.
Cuarta Feria, 3 de Enero

San José María Tomasi


Cardenal y Confesor. († 1713)

Breve
Insigne Cardenal de origen noble, procedente de Sicilia.

Políglota. Manejaba fluidamente el latín, griego y español. Luego aprendió etíope, sirio y el idioma caldeo.

Renunció a todos los honores, en tierras y fortuna en favor de su hermano, y abrazó la Orden de los Clérigos Regulares – la Orden de San Cayetano. Investigador de los antiguos códices en la Biblioteca Vaticana.

Confesor del Papa Clemente XI.
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Nota: Los códices son libros escritos a mano, previos a la invención de la imprenta, siendo los más ricos los procedentes de la Edad Media, por sus tradiciones, reglamentos, sabiduría, ascetismo, teología, oraciones en forma de cánticos de los salmos, y hasta dibujos que en muchos casos contenían profecías.

La vitalidad religiosa de la Edad Media fascinó a nuestro Cardenal, al igual que nos fascina ahora a nosotros su mística, música, danza, vestidos, y hasta torneos medievales, que se celebran con frecuencia en varias ciudades de Occidente.

Fué indudablemente, una época misteriosa, llena de Fe, y que merece ser redescubierta.

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En las Témporas de Adviento de 1673, fue ungido en la Ciudad Eterna, sacerdote del Señor, y la noche de Navidad, subió por vez primera, a un altar para celebrar las tres misas rituales, en el templo de San Andrés della Valle. Tenía veinticuatro años.

Al sentir realizado al primogénito de los príncipes Lampedusa, el ideal sacerdotal que entreviera en los suaves crepúsculos de Monteclaro, retoñaron, con nueva poderosa savia, sus antiguas aficiones litúrgicas, que marcaron la orientación definitiva de su vida, consagrándola totalmente al esplendor del culto divino, y al fomento las ciencias sagradas.

Se iniciaba un glorioso movimiento de restauración litúrgica, y podemos decir que en él, ocupa el padre Tomasi un puesto destacado en primera fila. Trasladado a la casa de San Silvestre del Quirinal, pese a su complexión delicadísima y enfermiza, continuamente atormentado por la pesada cruz de escrúpulos, y penas interiores, recogió la herencia del eximio cardenal Bona, para dedicarse totalmente a los estudios litúrgicos y bíblicos, y a la investigación de las sagradas antigüedades.

Se impuso una preparación eficiente y aprendió hebreo, caldeo, etíope, árabe y siríaco. Con afán apostólico, logró convertir a la fe de Cristo a su profesor de hebreo, el docto rabino Moisés de Cavi, que al bautizarse tomó el apellido Tomasi.

El padre Tomasi pasó su vida entera, escondido en bibliotecas y archivos de Roma, especialmente en la Vaticana, la Vallicelana, la de Cristina de Suecia, la San Pedro y la de San Pablo, que le franquearon sus tesoros bibliográficos, y sus ricos fondos documentales.

Con la abnegación de un santo, y el entusiasmo litúrgico de un teatino, laboraba silenciosamente, para desentrañar códices milenarios, y libar en amarillentos pergaminos, toda la potente vitalidad de la Iglesia en los siglos medievales. Fruto preciosísimo de sus afanes investigadores, el nutridísimo repertorio de sus obras litúrgicas, teológicas, bíblicas y ascéticas, que fue publicando desde 1679 hasta 1770.

Entre ellas cabe citar el Sacramentario Gelasiano, el Sacramentario Galicano, el Responsarial y Antifonario de San Gregorio, el Salterio con Cánticos, el Sacramentario Gregoriano, y las Instituciones teológicas de los Santos Padres.

Estas magníficas publicaciones tomasianas, en aquel momento histórico que vivía la Iglesia, fueron de una oportunidad portentosa.

Aportación valiosísima, al incipiente movimiento de investigación litúrgica y bíblica, constituyeron un arma poderosa para confundir a los herejes, los cuales clamaron en Holanda: ¡Cavete Thomasium!: "¡Guardaos de Tomasi!"

Por otra parte, sirvieron de base y punto de partida, para ulteriores estudios sobre liturgia antigua, ofreciendo aún actualmente un provechoso instrumento de trabajo, a los que a tales investigaciones se dedican.

Pero en Tomasi, el sabio, el investigador, están en función del sacerdote y del santo. No se engolfó en los estudios, a título de curiosidad o erudición, sino con el propósito de entender plenamente los ritos y preces, que como sacerdote, debía usar en el ejercicio del culto divino, y al propio tiempo, hacer partícipes al clero y a los fieles, del fruto de sus investigaciones, para lograr una mayor eficacia santificadora, en las funciones litúrgicas. En tal sentido, Tomasi es un precursor y abanderado del actual apostolado litúrgico.

Cultivador insigne de las virtudes religiosas y sacerdotales, sentía Tomasi una predilección marcadísíma por la humildad, base de todas ellas. Abroquelado en su vida de trabajo silencioso, procuraba pasar desapercibido, entre el fasto de la corte pontificia. Pero su virtud y su sabiduría, hicieron su nombre famoso en los círculos eclesiásticos de Roma, y de toda Europa.

Cuando el doctísimo Juan Mabillón, fue a Roma en viaje de estudios, tuvo necesidad de ir a ver al padre Tomasi, para que le sirviera de mentor en sus itinerarios científicos, y le hiciera partícipe de los felices hallazgos en la investigación litúrgica. Al ser nombrado el futuro cardenal Vallemani, secretario de la Sagrada Congregación de Ritos, fue en seguida a buscar al humilde teatino, para pedirle normas y orientaciones.

El papa Clemente XI, amigo y admirador de este hijo esclarecido de San Cayetano, le nombró consultor de la Sagrada Congregación de Ritos, y de la de Propaganda Fide, y calificador del Santo Oficio. Y en el Consistorio del 18 de mayo de 1712, le hizo cardenal presbítero de la Santa Romana Iglesia, asignándole el título de San Silvestre y San Martín in montibus.

Tras un dramático forcejeo con su humildad contrariada, Tomasi vino obligado a aceptar el capelo, en virtud de santa obediencia, y fue nombrado miembro de la misma Congregación de Ritos. En los ocho meses escasos de su cardenalato, desplegó en su Iglesia titular un sapientísimo apostolado litúrgico, dando el magnífico ejemplo de asistir con asiduidad a los oficios corales.

Demostró con gallardía, que sabía trasladar liturgia de los fríos códices milenarios, al calor del santuario, para proyectarla luego en derredor suyo, como una vida hecha culto, y un culto transformado en vida.

El día de Navidad del mismo año, al regresar de la solemne celebración en la capilla papal, en San Pedro, se sintió herido por una grave afección pulmonar, que le tuvo en cama ocho días. Recibidos con extraordinaria devoción los santos sacramentos, dictó su testamento, en el cual consignó su voluntad de ser enterrado en la cripta de su iglesia titular, ante el altar de la Virgen, gozo de los cristianos.

En la madrugada del 1 de enero de 1713, besando con ternura el crucifijo, voló su alma a cantar el eterno Magnificat, en las delicias de la liturgia celestial. Contaba sesenta y cuatro años.

Su confesor, el teatino padre Chiesa, aseguró que su alma no había perdido la inocencia bautismal.

Por la fama de sus virtudes, y el esplendor de sus milagros, se introdujo en la Curia Romana, en 1723, la causa de beatificación. El 29 de septiembre de 1803, fue beatificado por Pío VII en la Basílica Vaticana.

Por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, dado el 24 de mayo de 1958, se ha reanudado en la Curia, la causa para la solemne canonización de este egregio cardenal teatino, nacido en tierra española, a quien Cardella proclama, en sus Memorias históricas, príncipe y doctor de la liturgia de Occidente. 

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos y la intercesión de San José María Tomasi, puedas bendecirnos en todos los tiempos, con cristianos de tanta sabiduría y piedad, como la de este amado Cardenal, recuperando para la Iglesia a un clero piadoso y sabio, que desde el silencio, el ascetismo y el estudio, influyan poderosamente en la vitalidad de la Iglesia.


Te pedimos también Señor que habiendo sido el amado Cardenal procedente de Lampeduza, puedan los refugiados, que en su desesperación llegan a esa isla, tener el consuelo y protección de él. A Tí Señor, que eres el faro en este mundo enceguecido, ensordecido y embrutecido por el pecado. Amén.