jueves, 6 de octubre de 2016

6 de octubre

San Bruno



Fundador de los cartujos
1035-1101

Breve
Nació en Colonia, Alemania, hacia el año 1035. Estudió en Reims y en París. Fue ordenado sacerdote, y se dedicó a enseñar teología.

Fue canciller de la diócesis de Reims. En 1084 se retiró con 6 compañeros para fundar el monasterio de los monjes Cartujos, La Grande Chartreuse, cerca de Grenoble, en los Alpes franceses. Siguen estrictamente la regla benedictina.

El Papa beato Urbano II, quien había sido discípulo de San Bruno, lo llamó a Roma como consejero. Sin ser liberado totalmente de esa misión, fundó otra casa en Roma, La Torre de Calabria, donde más tarde se retiró.

Rehusó la sede de Reggio. Fue un gran exegeta bíblico, y escribió sobre los salmos y las cartas de San Pablo.

Murió en Squillace (Calabria) el año 1101.

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Una piadosa tradición, que la Orden de la Cartuja ha conservado siempre entre las suyas, hace partir la vocación de San Bruno al estado religioso del siguiente suceso: se celebraban en la Universidad de París los funerales de un famoso doctor llamado Raimundo, muy estimado por su saber, y apreciado por su gran fama de virtud y santidad.

Al llegar a cantarse la cuarta lección del oficio de difuntos, de labios del cadáver, allí presente, salió esta terrible confesión: "Por justo juicio de Dios he sido acusado".

Espantados los circunstantes, resolvieron aplazar la fúnebre ceremonia para el siguiente día. Al llegar, en el oficio, en el mismo pasaje, volvió a gritar el cadáver con voz más terrible: "Por justo juicio de Dios he sido juzgado".

Suspendido el acto y celebrado de nuevo por tercera vez, la muchedumbre, cada día más numerosa, quedó horrorizada al oír de boca del difunto la tremenda sentencia de su eterna condenación: "Por justo juicio de Dios he sido condenado".

Tal impresión causó en Bruno este hecho que le decidió a abandonar el mundo. Comunicó su pensamiento a algunos amigos y compañeros, que también lo habían presenciado, y seis de ellos se decidieron a seguirle: Lauduino, doctor teólogo, natural de Luca, en Toscana; Esteban de Bourg y Esteban de Die, ambos canónigos regulares de San Rufo, en Aviñón; Hugo, llamado el Capellán, y dos piadosos seglares llamados Andrés y Guerino.
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La soledad y el silencio forman el ambiente propio en el que se desenvuelve la vida de la Cartuja. Un silencio único en el que sólo se oyen los latidos de la naturaleza, y el susurro de las oraciones, el canto de los pájaros y la salmodia de los monjes, y en donde la campana conventual llama constantemente a los montes y a los ocasos a cantar las alabanzas de Dios y de María.
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Rodeado de uno de esos silencios maravillosos muere el santo fundador de la Cartuja el 6 de octubre del año 1101. Fue enterrado en su monasterio de Santa María del Yermo, en Calabria, el año decimoséptimo de su vida religiosa, y trasladado, al año siguiente, a la iglesia de San Esteban.

Y el agua, que tantas veces dió música a sus soledades con el murmullo y la risa de sus espumas, quiso también acompañarle en su sepulcro, brotando milagrosamente a su lado, en una fuente que tenía la virtud de curar a los enfermos que invocaban al Santo.

Recemos con San Bruno
      Oración atribuida a S. Bruno

  Tú, que eres mi Señor,
Tú, cuya voluntad prefiero a la mía.
No me es posible contentarme con palabras
al presentarte mi oración.
Escucha mi grito que te suplica
como un inmenso clamor...
  
   Tú, de quien me he constituido siervo:
Te ruego con perseverancia e insistiré en mi ruego,
hasta merecer alcanzar tu favor.
Pues no anhelo un bien de la tierra;
no pido más que lo que debo pedir:
sólo a Ti...
  
   ¡Ten piedad de mí!
Y pues inmensa es tu misericordia
y grande mi pecado, ten piedad de mí inmensamente
en proporción a tu misericordia.
  
   Entonces podré cantar tus alabanzas,
contemplándote, Señor.
Te bendeciré con una bendición
que perdurará a lo largo de los siglos;
te alabaré con la alabanza y la contemplación,
en este mundo y en el otro,
como María, de quien nos dice el Evangelio,
que ha escogido la parte mejor.
   Amén.
  
Oración Final: Ayúdanos Señor a poder siempre encontrar un momento de soledad y sosiego, como lo hizo San Bruno y sus compañeros, para que podamos adorarte y escuchar tus consejos y advertencias, y sentir tu Amor inefable. Por nuestro Señor Jesucristo que vive por siempre. Amén.


miércoles, 5 de octubre de 2016

5 de Octubre

Santa Faustina Kowalska


Apóstol de la Divina Misericordia
Alma Víctima

Visión del Purgatorio, del Infierno y del Cielo

Nacida el 25 de agosto de 1905
Muere el 5 de octubre de 1938

Canonizada el 30 de abril del 2000, año jubilar.

Breve
Santa Faustina nació en la aldea de Glogoviec, en Swinice Varckie, Polonia, el 25 de agosto de 1905. Fue bautizada dos días después con el nombre de Elena Kowalska, en la Iglesia de San Casimiro.

Sus padres tuvieron 8 hijos (Elena es la tercera), a quienes criaron con mucha disciplina, siendo gran ejemplo de vida espiritual. A muy temprana edad, Elena fue llamada a hablar con el cielo. Una indicación de este hecho fue un sueño que ella tuvo a la edad de 5 años. Su madre recuerda que en esa época Elena dijo a su familia. “Yo estuve caminando de la mano de la Madre de Dios en un jardín precioso”.

Alma Víctima
Durante su tercer año de noviciado le fue revelado lo que era ser Alma Víctima. Anota ella en su diario: "El sufrir es una gracia grande; a través del sufrimiento el alma se hace como la del Salvador; en el sufrimiento el amor se cristaliza, mientras más grande el sufrimiento más puro el amor". (57)

Sor Faustina se ofreció como víctima por los pecadores, y con este propósito experimentó diversos sufrimientos para salvar las almas a través de ellos.

Durante una hora particular de adoración, Dios le reveló a Santa Faustina todo lo que ella tendría que sufrir: falsas acusaciones, la pérdida del buen nombre, y mucho más. Cuando la visión terminó, un sudor frío bañó su frente. Jesús le hizo saber que aún cuando ella no diere su consentimiento a esto, ella se salvaría y El no disminuiría sus gracias, y seguiría manteniendo una relación íntima con ella. La generosidad de Dios no disminuiría para nada.

Consciente de que todo el misterio dependía de ella, consintió libremente al sacrificio en completo uso de sus facultades. Luego escribió lo siguiente en su diario: “De repente, cuando había consentido a hacer el sacrificio con todo mi corazón y todo mi entendimiento; la presencia de Dios me cubrió, me parecía que me moría de amor a la vista de su mirada”.

Durante la Cuaresma de ese mismo año, 1933, experimentó en su propio cuerpo y corazón la Pasión del Señor, recibiendo invisiblemente los estigmas. Únicamente su confesor lo conoció. Ella lo narra así: "Un día durante la oración, vi una gran luz, y de esta luz salían rayos que me envolvían completamente. De pronto sentí un dolor muy agudo en mis manos, en mis pies, y en mi costado, y sentí el dolor de la corona de espinas, pero esto fue sólo por un tiempo bien corto".

Tiempo más tarde, cuando Santa Faustina se enfermó de Tuberculosis, experimentó nuevamente los sufrimientos de la Pasión del Señor, repitiéndose todos los Viernes, y algunas veces cuando se encontraba con un alma que no estaba en estado de gracia. Aunque esto no era muy frecuente; los sufrimientos eran dolorosos y de corta duración, no los hubiera soportado sin una gracia especial de Dios.

Visión del Purgatorio
Mientras estaba en Skolimow, casi al final de su Postulantado, Santa Faustina le preguntó al Señor por quién mas debía orar, y la noche siguiente tuvo esta visión. "Esa noche vi a mi ángel de la Guarda, quien me pidió que lo siguiera. En un momento me vi en un lugar lleno de fuego y de almas sufrientes. Estaban orando fervientemente por sí mismas pero no era válido, solamente nosotras podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban no podían tocarme. Mi ángel de la guarda no me dejó sola ni por un momento. Yo pregunté a las almas que es lo que más las hacía sufrir. Ellas me contestaron que era el sentirse abandonadas por Dios...Vi a Nuestra Señora visitando a las almas del Purgatorio, la llamaban Estrella del Mar. Luego mi ángel guardián me pidió que regresáramos, al salir de esta prisión de sufrimiento, escuché la voz interior del Señor que decía: ‘Mi Misericordia no quiere esto, pero lo pide mi Justicia".

Visión del Infierno
Durante un retiro de ocho días en octubre de 1936, se le mostró a Sor Faustina el abismo del infierno con sus varios tormentos, y por pedido de Jesús ella dejó una descripción de lo que se le permitió ver: "Hoy día fui llevada por un Ángel al abismo del infierno. Es un sitio de gran tormento. ¡Cuán terriblemente grande y, extenso es!.

Las clases de torturas que vi:La primera es la privación de Dios;la segunda es el perpetuo remordimiento de conciencia;la tercera es que la condición de uno nunca cambiará;la cuarta es el fuego que penetra en el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es puramente fuego espiritual,-prendido por la ira de Dios.La quinta es una oscuridad continua y un olor sofocante y terrible. A pesar de la oscuridad, las almas de los condenados se ven entre ellos;la sexta es la compañía constante de Satanás;la séptima es una angustia horrible, odio a Dios, palabras indecentes y blasfemia.
Estos son los tormentos que sufren los condenados, pero no es el fin de los sufrimientos. Existen tormentos especiales destinados para algunas almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionado con el tipo de pecado que ha cometido.

Existen cavernas y fosas de tortura donde cada forma de agonía difiere de la otra. Yo hubiera fallecido a cada vista de las torturas si la Omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido.

Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma encuentre una excusa diciendo que no existe el infierno, o que nadie ha estado ahí y por lo tanto, nadie puede describirlo".

El Señor fue preparando de esta forma el corazón de Santa Faustina para que por medio de su intercesión se salvaran muchas almas.

Visión del Cielo
El 27 de noviembre de 1936, cuando la debilidad la llevó a la cama, escribió la siguiente visión del cielo: "Hoy día, estuve en el cielo en espíritu, y vi sus bellezas incomparables, y la felicidad que nos espera para después de la muerte. Cómo todas las criaturas alaban, y dan gracias a Dios sin cesar...Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero es siempre nueva, derramando felicidad para todas las criaturas. Dios me ha hecho entender que hay una cosa de un valor infinito a Sus ojos, y eso es, el amor a Dios; amor, amor y nuevamente amor, y nada puede compararse a un solo acto de amor a Dios.

Dios en su gran majestad, es adorado por los espíritus celestiales, de acuerdo a sus grados de gracias y jerarquías en que son divididas, no me causó temor ni susto; mi alma estaba llena de paz y amor; y mientras más conozco la grandeza de Dios, más me alegro de que Él sea Él que es. Me regocijo inmensamente en Su grandeza y me alegro de que soy tan pequeña, ya que siendo tan pequeña, Él me carga en Sus brazos y me aprieta a Su corazón" (777-780).

Al final de la Canonización de Santa Maria Faustina el Santo Padre, Juan Pablo II, el 30 de Abril de 2000, declaró el segundo domingo de Pascua como el “Domingo de la Misericordia Divina”, estableciendo la Fiesta de la Divina Misericordia que Jesús tanto pedía a Santa Faustina.

El Santo Padre dijo: “En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”.

Y después de su visita a Polonia en junio del 2002, “para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración, el mismo Sumo Pontífice ha establecido que el citado domingo se enriquezca con la indulgencia plenaria para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo, y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y, una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos”.

Podemos encontrar un paralelo entre los poderosos mensajes que Jesús revela a Santa Faustina: sobre la Divina Misericordia, y a Santa Margarita María Alacoque: sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. A través de ellas Dios nos manifestó, y nos dio a conocer Su Misericordia encerrada en Su Sagrado Corazón.

Santa Faustina fue canonizada el 30 de abril del 2000, siendo la primera canonización del año jubilar.


Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por intercesión de Santa Faustina, meditemos siempre en nuestro corazón la necesidad de conversión de nuestra Vida, a fin de poder nosotros sentir por Tí Misericordia ante tu Pasión y Muerte que se renueva en cada minuto, y así ser también merecedores de vuestra Misericordia. A Tí Señor que insuflaste tu Espíritu sobre los Apóstoles en la Pascua, y Les y Nos regalaste tu Misericordia, cuando Les y Nos dijiste: “A Quienes les perdonen sus pecados les serán perdonados en el Cielo, y a quienes les retengan les serán retenidos”. Amén.

martes, 4 de octubre de 2016

4 DE OCTUBRE

San Francisco de Asís 


(1182-1226 )

FUNDADOR DE LA ORDEN DE LOS FRAILES MENORES (OFM),
conocidos como los franciscanos

Breve
Nació en Asís el año 1182; después de una juventud frívola se convirtió, renunció a los bienes paternos, y se entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios.

Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa Sede. Inició también una nueva Orden de monjas, y un grupo de penitentes que vivían en el mundo, así como la predicación entre los musulmanes. Murió el año 1226.

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SAN FRANCISCO tenía un don especial para con las criaturas....
EL LOBO DE GUBBIO y otras historias
De Florecillas de San Francisco (capítulo XXI), siglo XIV, de autor anónimo.

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad.

Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él estando solo no podía defenderse. Era tal el terror, que nadie se aventuraba a salir de la ciudad.

San Francisco, movido a compasión de la gente del pueblo, quiso salir a enfrentarse con el lobo, desatendiendo los consejos de los habitantes, que querían a todo trance disuadirle. Y, haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros, puesta en Dios toda su confianza.

Como los compañeros vacilaran en seguir adelante, San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. Cuando he aquí que, a la vista de muchos de los habitantes, que habían seguido en gran número para ver este milagro, el lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:

¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios.

Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti, y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre ti y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Le dijo entonces San Francisco:

— Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesitas mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?

El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. San Francisco le dijo:

— Hermano lobo, quiero que me des fe de esta promesa, para que yo pueda fiarme de ti plenamente.

Le tendió San Francisco la mano para recibir la fe, y el lobo levantó la pata delantera, y la puso mansamente sobre la mano de San Francisco, dándole la señal de fe que le pedía. Luego le dijo San Francisco:

— Hermano lobo, te mando, en nombre de Jesucristo, que vengas ahora conmigo sin temor alguno; vamos a concluir esta paz en el nombre de Dios.

El lobo, obediente, marchó con él como manso cordero, en medio del asombro de los habitantes. Corrió rápidamente la noticia por toda la ciudad; y todos, grandes y pequeños, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, fueron acudiendo a la plaza para ver el lobo con San Francisco.

Cuando todo el pueblo se hubo reunido, San Francisco se levantó y les predicó, diciéndoles, entre otras cosas, cómo Dios permite tales calamidades por causa de los pecados; y que es mucho más de temer el fuego del infierno, que ha de durar eternamente para los condenados, y no la ferocidad de un lobo, que sólo puede matar el cuerpo; y si la boca de un pequeño animal infunde tanto miedo y terror a tanta gente, cuánto más de temer no será la boca del infierno.

— Volveos, pues, a Dios, carísimos, y haced penitencia de vuestros pecados, y Dios os librará del lobo al presente y del fuego infernal en el futuro.

Terminado el sermón, dijo San Francisco:

— Escuchad, hermanos míos: el hermano lobo, que está aquí ante vosotros, me ha prometido, y dado su fe de hacer paces con vosotros, y de no dañaros en adelante en cosa alguna si vosotros os comprometéis a darle cada día lo que necesita. Yo salgo fiador por él de que cumplirá fielmente por su parte el acuerdo de paz.

Entonces, todo el pueblo, a una voz, prometió alimentarlo continuamente. Y San Francisco dijo al lobo delante de todos:

— Y tú, hermano lobo, ¿me prometes cumplir para con ellos el acuerdo de paz, es decir, que no harás daño ni a los hombres, ni a los animales, ni a criatura alguna?. El lobo se arrodilló y bajó la cabeza, manifestando con gestos mansos del cuerpo, de la cola y de las orejas, en la forma que podía, su voluntad de cumplir todas las condiciones del acuerdo.

Añadió San Francisco:

— Hermano lobo, quiero que así como me has dado fe de esta promesa fuera de las puertas de la ciudad, vuelvas ahora a darme fe delante de todo el pueblo de que yo no quedaré engañado en la palabra que he dado en nombre tuyo. Entonces, el lobo, alzando la pata derecha, la puso en la mano de San Francisco. Este acto y los otros que se han referido produjeron tanta admiración y alegría en todo el pueblo, así por la devoción del Santo como por la novedad del milagro y por la paz con el lobo, que todos comenzaron a clamar al cielo, alabando y bendiciendo a Dios por haberles enviado a San Francisco, el cual, por sus méritos, los había librado de la boca de la bestia feroz.

El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros. Por fin, al cabo de dos años, el hermano lobo murió de viejo; los habitantes lo sintieron mucho, ya que, al verlo andar tan manso por la ciudad, les traía a la memoria la virtud y la santidad de San Francisco.

El milagro de la ovejita
San Buenaventura refiere que, cierto día, estando el Santo en el convento de Nuestra Señora de los Ángeles, una persona tuvo a bien regalarle una ovejita, y la recibió con mucho agradecimiento, porque le complacía ver en ella la imagen de la mansedumbre.

Después de recibida, mandó San Francisco a la ovejita que atendiese a las alabanzas que se tributaban a Dios, y no turbase la paz de los religiosos con sus balidos. El animal, como si hubiese entendido al siervo de Dios, observaba con fidelidad su mandato, pues tan pronto como oía el canto de las divinas alabanzas en el coro, se aquietaba, y si alguna vez se metía en la capilla, se quedaba inmóvil en un rinconcito sin causar la menor molestia.

Pero el prodigio era ver cómo después del rezo divino, si se celebraba el Santo Sacrificio de la Misa, al tiempo de elevar el sacerdote la Sagrada Hostia, la ovejita, sin ser enseñada de nadie, se ponía de pie e hincaba las rodillas en señal de reverencia a su Señor.

-Del libro Prodigios Eucarísticos de Fray Antonio Corredor Garcia, o.f.m.

Saludo de San Francisco de Asís a La Virgen María

¡Salve, Señora, Santa Reina, Santa Madre de Dios,
María, virgen convertida en templo,
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por Él con su santísimo
Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito;
que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia
y todo bien!

¡Salve, palacio de Dios!
Salve, tabernáculo de Dios!
¡Salve, casa de Dios!
¡Salve, vestidura de Dios!
¡Salve, esclava de Dios!
¡Salve, Madre de Dios!
¡Salve también todas vosotras,
santas virtudes, que, por la gracia
e iluminación del Espíritu Santo
sois infundidas en los corazones
de los fieles para hacerlos,
de infieles, fieles a Dios!

-San Francisco de Asís


Oración Final: Señor que por intercesión de San Francisco de Asís podamos siempre dominar el lobo que llevamos adentro, despojándonos de toda ira y deseos de venganza. Por Nuestro Señor Jesucristo que vive eternamente y nos aguarda en las moradas eternas que fué a prepararnos para estar con Él. Amén.

lunes, 3 de octubre de 2016

3 de octubre

SAN FRANCISCO DE BORJA S.J.


(1510-1572)

Superior General Jesuita

Descendiente de realeza, Duque de Gandía, gobernador, virrey de Cataluña, consejero del emperador Carlos I de España y V de Alemania, padre de familia, viudo y sacerdote,  tercer superior general de la Compañía de Jesús.

« ¡No serviré nunca más a un señor que pudiese morir!"»

Breve: Francisco de Borja nació en Gandía (Valencia), en 1510. Gran privado del emperador Carlos V y caballerizo de la emperatriz Isabel, vivió ejemplarmente en palacio. La vista del cadáver de la emperatriz lo impulsó a despreciar las vanidades de la corte.

Fue virrey de Cataluña y duque de Gandía. Después de la muerte de su esposa, en 1546, que acabó de desligarlo del mundo, entró en la Compañía de Jesús, de la que llegó a ser superior general.

Se distinguió, sobre todo, por su profunda humildad. Dio gran impulso a las misiones. Murió en Roma el 1 de octubre de 1572. Fue canonizado en 1671.

Resumen de su magnífica labor evangélica
San Francisco no era partidario de la Inquisición, y este tribunal no lo veía con buenos ojos, por lo que Felipe II tuvo que escuchar más de una vez las calumnias que los envidiosos levantaban contra el santo duque. Éste permaneció en Portugal hasta 1561, cuando el Papa Pío IV le llamó a Roma a instancias del P. Laínez, general de los jesuitas.

En Roma se le acogió cordialmente. Entre los que asistían regularmente a sus sermones se contaban el cardenal Carlos Borromeo, y el cardenal Ghislieri, quien más tarde fue Papa con el nombre de Pío V. Ahí se interiorizó más de los asuntos de la Compañía, y empezó a desempeñar cargos de importancia. En 1566, a la muerte del P. Laínez, fue elegido general, cargo que ejerció hasta su muerte.

Durante los siete años que desempeñó ese oficio, dio tal ímpetu a su orden en todo el mundo, que puede llamársele el segundo fundador. El celo con que propagó las misiones, y la evangelización del mundo pagano, inmortalizó su nombre. Y no se mostró menos diligente en la distribución de sus súbditos en Europa, para colaborar a la reforma de las costumbres. Su primer cuidado fue establecer un noviciado regular en Roma, y ordenar que se hiciese otro tanto en las diferentes provincias.

Durante su primera visita a la Ciudad Eterna, quince años antes, se había interesado mucho en el proyecto de fundación del Colegio Romano, y había regalado una generosa suma para ponerlo en práctica.

Como general de la Compañía, se ocupó personalmente de dirigir el Colegio, y de precisar el programa de estudios. Prácticamente fue él, quien fundó el Colegio Romano, aunque siempre rehusó el título de fundador, que se da ordinariamente a Gregorio XIII, quien lo restableció con el nombre de Universidad Gregoriana.

San Francisco construyó la iglesia de San Andrés del Quirinal, y fundó el noviciado en la residencia contigua; además, empezó a construir el Gesu, y amplió el Colegio Germánico, en el que se preparaban los misioneros destinados a predicar en aquellas regiones del norte de Europa, en las que el protestantismo había hecho estragos.

San Pío V tenía mucha confianza en la Compañía de Jesús, y gran admiración por su general, de suerte que San Francisco de Borja podía moverse con gran libertad. A él se debe la extensión de la Compañía de Jesús más allá de los Alpes, así como el establecimiento de la provincia de Polonia.

Valiéndose de su influencia en la corte de Francia, consiguió que los jesuitas fuesen bien recibidos en ese país, y fundasen varios colegios. Por otra parte reformó las misiones de la India, las del Extremo Oriente, y dio comienzo a las misiones de América.

Entre su obra legislativa hay que contar una nueva edición de las reglas de la Compañía, y una serie de directivas para los jesuitas dedicados a trabajos particulares.

A pesar del extraordinario trabajo que desempeñó durante sus siete años de generalato, jamás se desvió un ápice de la meta que se había fijado, ni descuidó su vida interior.

Un siglo más tarde escribió el P. Verjus: "Se puede decir con verdad que la Compañía de Jesús debe a San Francisco de Borja su forma característica y su perfección. San Ignacio de Loyola proyectó el edificio y echó los cimientos; el P. Laínez construyó los muros; San Francisco de Borja techó el edificio y arregló el interior y, de esta suerte, concluyó la gran obra que Dios había revelado a San Ignacio".

No obstante sus muchas ocupaciones, San Francisco encontraba tiempo todavía para encargarse de otros asuntos. Por ejemplo, cuando la peste causó estragos en Roma, 1566, el santo reunió limosnas para asistir a los pobres, y envió a sus súbditos, por parejas, a cuidar a los enfermos de la ciudad, no obstante el peligro al que los exponía.

Se le ofreció el cargo de cardenal, y tenía posibilidades de llegar a ser Papa, pero no lo aceptó.

En 1571, el Papa envió al cardenal Bonelli con una embajada a España, Portugal y Francia, y San Francisco de Borja le acompañó. Aunque la embajada fue un fracaso desde el punto de vista político, constituyó un triunfo personal de Francisco. En todas partes se reunían multitudes para "ver al santo duque" y oírle predicar; Felipe II, olvidando las antiguas animosidades, le recibió tan cordialmente como sus súbditos.

Pero la fatiga del viaje apresuró el fin de San Francisco. Su primo el duque Alfonso, alarmado por el estado de su salud, le envió desde Ferrara a Roma en una litera. Sólo le quedaban ya dos días de vida. Por intermedio de su hermano Tomás, San Francisco envió sus bendiciones a cada uno sus hijos y nietos y, a medida que su hermano le repetía los nombres de cada uno, oraba por ellos.

Tenía una profunda devoción a la Eucaristía y a la Virgen Santísima. Gravemente enfermo, cuando solo le quedaban dos días de vida, quiso visitar el Santuario Mariano de Loreto.

Cuando el santo perdió el habla, un pintor entró a retratarle. Al ver al pintor, San Francisco manifestó su desaprobación con la mirada y el gesto, y no se dejó pintar. Murió a la media noche del 30 de septiembre de 1572. Según la expresión del P. Brodrick fue "uno de los hombres más buenos, amables y nobles que había pisado nuestro pobre mundo".

La humildad
Un día confesó a los novicios que, durante los seis años que llevaba meditando la vida de Cristo, se había puesto siempre en espíritu a los pies de Judas; pero que recientemente había caído en la cuenta de que Cristo había lavado los pies del traidor y por ese motivo ya no se sentía digno de acercarse ni siquiera a Judas.

Francisco no se dejó engañar por el mundo. Sabiéndose nada confió todo en Jesucristo y logró la santidad.

Canonizado en 1671.

En mayo de 1931, su cuerpo, venerado en la casa religiosa de Madrid, fue quemado en el incendio que causaron los revolucionarios.


Oración: Te pedimos Señor que por los méritos de tu querido hijo, San Francisco de Borja, sepamos compartir nuestros dones con desinterés en pos de la evangelización de nuestra sociedad, sabiendo vivir con humildad y desapego de las riquezas y alabanzas de este mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, Ayer, Hoy y Siempre. Amén.

domingo, 2 de octubre de 2016

2 de octubre

LOS SANTOS ÁNGELES CUSTODIOS



Cuando se habla de los ángeles custodios nos referimos primariamente a los que ejercen la salvadora tutela de las personas individuales. Cada uno de nosotros tiene su ángel de la guarda. Dios quiere que todos los hombres se salven, y que lleguen al conocimiento de la verdad.

Al decir todos los hombres no excluimos a ninguno. Tenemos, por tanto, por más congruente a esta voluntad salvífica de Dios el extender con la misma universalidad el ministerio tutelar de los ángeles. Todas las almas han sido redimidas por Cristo, todas están en el camino de la salvación, todas son defendidas y protegidas por los ángeles.

Y muchas almas, nacidas en el paganismo, y misteriosamente salvadas por la iluminación de !a Fe, deben esto a los ángeles de su guarda. Lo sabremos el día en que se haga la cuenta universal del paso de los hombres por la tierra.

Pero lo vislumbramos ya, desde ahora, siguiendo el pensamiento de los teólogos sobre la salvación de los infieles negativos, que guardan la ley natural. El ministerio de los ángeles juega en ellos un papel principal.

Este ángel nuestro nos acompaña siempre, no nos abandona jamás en esta vida. En la otra, para quienes hayan alcanzado la gloria, aún quedan vinculados a su triunfo. Todos los hombres tienen su ángel custodio.

Pero, además, lo tienen los reinos v comarcas. De San Miguel, como ángel del pueblo de Dios, se habla en el libro del profeta Daniel. Y el pueblo gentil de los persas tenía su ángel. Así podemos aceptar la doctrina de San Jerónimo, que nos dice que, "cuando el Altísimo separaba a las razas y se constituían los términos de cada pueblo, numeraba los ángeles que les habían de custodiar".
Y si esto se dice de los pueblos, lo diremos, con tanta mayor razón, de la Iglesia católica, difundida de Oriente a Occidente, y de las Iglesias particulares, de las diócesis y colectividades religiosas.

Los ángeles custodios deben ser venerados e invocados.

Oración: ¡Oh Dios, que con inefable providencia te has dignado enviar a tus santos ángeles para nuestra guarda!, concede a los que te pedimos el vernos defendidos por su protección, y gozar eternamente de su compañía y amistad. Que el ángel custodio de nuestras naciones proteja y consuele a todos sus habitantes. Por Cristo nuestro Señor. Así sea.



1 de Octubre

SANTA TERESITA DEL NIÑO JESUS Y DE LA SANTA FAZ


(1873-1897)

"La Florecita", "Santa Teresita de Lisieux"

Patrona de las misiones
Doctora de la Iglesia

Breve
Nació en Alençon (Francia), el año 1873. Siendo aún muy joven, ingresó en el monasterio de carmelitas de Lisieux, ejerciéndose sobre todo en la humildad, la sencillez evangélica, y la confianza en Dios, virtudes que se esforzó en inculcar, de palabra y de obra, en las novicias.

A los 23 años enfermó de tuberculosis; murió un año más tarde en brazos de sus hermanas del Carmelo. En sus momentos postreros mantuvo correspondencia con dos padres misioneros, uno de ellos enviado a Canadá, y el otro a China, y les acompañó constantemente con sus oraciones. Por eso, Pío XII quiso asociarla, en 1927, a San Francisco Javier como patrona de las misiones.

Murió el día 30 de septiembre del año 1897, ofreciendo su vida por la salvación de las almas y por el incremento de la Iglesia. Es patrona de las misiones y doctora de la Iglesia. 

Sus Reflexiones
El centro de su espiritualidad fue la misericordia o amor de Dios. Por encima de todo enfatiza siempre la misericordia divina, ante la cual confía y nada hay que temer.

En el Carmelo vivió dos misterios: la infancia de Jesús y su pasión. Por ello, solicitó llamarse sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Se ofreció a Dios como su instrumento.

Comprendió que la vida cristiana no consiste en una serie de grandes empresas, sino de recorrer de buena gana, y con buen ánimo «el camino del niño que se duerme sin miedo en los brazos de su padre».

RECEMOS JUNTO A SANTA TERESITA
¡Santa Teresa del Niño Jesús!. Durante tu corta vida en la tierra llegaste a ser espejo de pureza angélica, de amor fuerte como la muerte, y de total abandono en manos de Dios. Ahora que gozas de las recompensas de tus virtudes, vuelve hacia mí tus ojos de misericordia, pues yo pongo toda mi confianza en ti.

Obtén para mí la gracia de guardar mi mente y corazón limpios como los tuyos, y que aborrezca sinceramente cuanto pueda de alguna manera empeñar la gloriosa virtud de la pureza, tan querida de nuestro Señor.

Encantadora rosa y reinecita, recuerda tus promesas, de que jamás dejarías sin atender ninguna petición que te hiciera, que enviarías una lluvia de rosas y vendrías a la tierra para hacer el bien.

Con la confianza que me inspira tu poder ante el Sagrado Corazón, imploro tu intercesión en mi provecho, y me concedas esta gracia que yo tanto deseo (Menciona lo que deseas para tí y tu familia).

Santa "Teresita", recuerda tu promesa de "hacer bien en la tierra", y que enviarías "lluvia de rosas" sobre quienes te invoquen. Obtén para mí de parte de Dios las gracias que quiero de su infinita bondad. Que yo experimente el poder de tus oraciones en cualquier necesidad.

Consuélame en todas las amarguras de la vida presente, en especial cuando me llegue la hora de la muerte, para que yo sea digno de tener parte en la felicidad eterna de que tú disfrutas en el cielo. Amén.

Oración final
Padre celestial, por medio de Santa Teresa del Niño Jesús, quieres recordar al mundo el amor misericordioso que llena tu Corazón, y que pongamos en Él nuestra confianza, como los niños en sus padres.

Humildemente te damos gracias por haber coronado de tanta gloria a tu hija Teresa, siempre fiel, y por haberle dado el admirable poder de acercar a ti, día tras día, a innumerables almas para que te alaben eternamente.


¡Oh Señor! Tú dijiste: "Si no vuelven a ser como niños no podrán entrar en el Reino de los Cielos" (Mt 18,3). Concédenos, te rogamos, seguir las huellas de tu virgen Teresa, con humildad y pureza de intención, para que podamos alcanzar los premios eternos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 

sábado, 1 de octubre de 2016

30 Septiembre

SAN JERÓNIMO


(347-420)

«Ignorar las escrituras es ignorar a Cristo»

Uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre de las ciencias bíblicas, y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato.

Breve:
Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente, y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma, y fue secretario del papa Dámaso. Fue en esta época cuando empezó su traducción latina de la Biblia.
También promovió la vida monástica. Más tarde, se estableció en Belén, donde trabajó mucho por el bien de la Iglesia. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura. Murió en Belén en el año 420.

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Benedicto XVI presenta la figura de san Jerónimo
Intervención durante la audiencia general
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 7 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles dedicada a presentar la figura de San Jerónimo.

No tenemos que olvidar nunca que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas vienen y se van. Lo que hoy es modernísimo, mañana será viejísimo. La Palabra de Dios, por el contrario, es Palabra de vida eterna, lleva en sí la eternidad, lo que vale para siempre. Al llevar en nosotros la Palabra de Dios, llevamos por lo tanto en nosotros la vida eterna

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy concentraremos nuestra atención en San Jerónimo, un padre de la Iglesia que puso en el centro de su vida la Biblia: la tradujo al latín, la comentó en sus obras, y sobre todo se comprometió a vivirla concretamente en su larga existencia terrena, a pesar de su conocido carácter difícil y fogoso que le dio la naturaleza.

Jerónimo nació en Estridón en torno al año 347 de una familia cristiana, que le dio una fina formación, enviándole a Roma para que perfeccionara sus estudios. Siendo joven sintió el atractivo de la vida mundana (Cf. Epístola 22,7), pero prevaleció en él el deseo y el interés por la religión cristiana.

Tras recibir el bautismo, hacia el año 366, se orientó hacia la vida ascética y, al ir a vivir a Aquileya, se integró en un grupo de cristianos fervorosos, definido por él como una especie de «coro de bienaventurados» (Chron. ad ann. 374) reunido alrededor del obispo Valeriano.

Se fue después a Oriente, y vivió como eremita en el desierto de Calcide, en el sur de Alepo (Cf. Epístolas 14,10), dedicándose seriamente al estudio. Perfeccionó el griego, comenzó a estudiar hebreo (Cf. Epístola 125,12), trascribió códigos y obras patrísticas (Cf. Epístolas 5, 2). La meditación, la soledad, el contacto con la Palabra de Dios maduraron su sensibilidad cristiana.

Sintió de una manera más aguda el peso de su pasado juvenil (Cf. Epístola 22, 7), y experimentó profundamente el contraste entre la mentalidad pagana y la cristiana: un contraste que se ha hecho famoso a causa de la dramática y viva «visión» que nos dejó en una narración. En ella le pareció sentir que era flagelado en presencia de Dios, porque era «ciceroniano y no cristiano» (Cf. Epístola 22, 30).

En el año 382 se fue a vivir a Roma: aquí, el Papa Dámaso, conociendo su fama de asceta, y su competencia como estudioso, le tomó como secretario y consejero; le alentó a emprender una nueva traducción latina de los textos bíblicos por motivos pastorales y culturales.

Algunas personas de la aristocracia romana, sobre todo mujeres nobles como Paula, Marcela, Asela, Lea y otras, que deseaban empeñarse en el camino de la perfección cristiana, y de profundizar en su conocimiento de la Palabra de Dios, le escogieron como su guía espiritual y maestro en el método de leer los textos sagrados. Estas mujeres también aprendieron griego y hebreo.

Después de la muerte del Papa Dámaso, Jerónimo dejó Roma en el año 385, y emprendió una peregrinación, ante todo a Tierra Santa, silenciosa testigo de la vida terrena de Cristo, y después a Egipto, tierra elegida por muchos monjes (Cf. «Contra Rufinum» 3,22; Epístola 108,6-14).

En el año 386 se detuvo en Belén, donde gracias a la generosidad de una mujer noble, Paula, se construyeron un monasterio masculino, uno femenino, y un hospicio para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, «pensando en que María y José no habían encontrado albergue» (Epístola 108,14).

Se quedó en Belén hasta la muerte, continuando una intensa actividad: comentó la Palabra de Dios; defendió la fe, oponiéndose con vigor a las herejías; exhortó a los monjes a la perfección; enseñó cultura clásica y cristiana a jóvenes; acogió con espíritu pastoral a los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Falleció en su celda, junto a la gruta de la Natividad, el 30 de septiembre de 419/420.

La formación literaria y su amplia erudición permitieron a Jerónimo revisar y traducir muchos textos bíblicos: un precioso trabajo para la Iglesia latina y para la cultura occidental. Basándose en los textos originales en griego y en hebreo, comparándolos con las versiones precedentes, revisó los cuatro evangelios en latín, luego los Salmos y buena parte del Antiguo Testamento.

Teniendo en cuenta el original hebreo y el griego de los Setenta, la clásica versión griega del Antiguo Testamento, que se remonta a tiempos precedentes al cristianismo, y de las precedentes versiones latinas, Jerónimo, ayudado después por otros colaboradores, pudo ofrecer una traducción mejor: constituye la así llamada «Vulgata», el texto «oficial» de la Iglesia latina, que fue reconocido como tal en el Concilio de Trento, y que después de la reciente revisión, sigue siendo el texto «oficial» de la Iglesia en latín.

Es interesante comprobar los criterios a los que se atuvo el gran biblista en su obra de traductor. Los revela él mismo cuando afirma que respeta incluso el orden de las palabras de las Sagradas Escrituras, pues en ellas, dice, «incluso el orden de las palabras es un misterio» (Epístola 57,5), es decir, una revelación.

Confirma, además, la necesidad de recurrir a los textos originales: «En caso de que surgiera una discusión entre los latinos sobre el Nuevo Testamento, a causa de las lecciones discordantes de los manuscritos, recurramos al original, es decir, al texto griego en el que se escribió el Nuevo Pacto.

Lo mismo sucede con el Antiguo Testamento, si hay divergencia entre los textos griegos y latinos, recurramos al texto original, el hebreo; de este modo, todo lo que surge del manantial lo podemos encontrar en los riachuelos» (Epístola 106,2).
Jerónimo, además, comentó también muchos textos bíblicos. Para él los comentarios tienen que ofrecer opiniones múltiples, «de manera que el lector prudente, después de haber leído las diferentes explicaciones, y de haber conocido múltiples pareceres --que tiene que aceptar o rechazar-- juzgue cuál es el más atendible y, como un experto agente de cambio, rechaza la moneda falsa» («Contra Rufinum» 1,16).

Confrontó con energía y vivacidad a los herejes, que no aceptaban la tradición y la fe de la Iglesia. Demostró también la importancia y la validez de la literatura cristiana, convertida en una auténtica cultura que para entonces ya era digna de ser confrontada con la clásica: lo hizo redactando «De viris illustribus», una obra en la que Jerónimo presenta las biografías de más de un centenar de autores cristianos.

Escribió biografías puras de monjes, ilustrando junto a otros itinerarios espirituales el ideal monástico; además, tradujo varias obras de autores griegos. Por último, en el importante Epistolario, auténtica obra maestra de la literatura latina, Jerónimo destaca por sus características de hombre culto, asceta y guía de las almas.

¿Qué podemos aprender de San Jerónimo?. Sobre todo me parece lo siguiente: amar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Dice san Jerónimo: «Ignorar las escrituras es ignorar a Cristo». Por ello es importante que todo cristiano viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, que se nos entrega en la Sagrada Escritura.

Este diálogo con ella debe tener siempre dos dimensiones: por una parte, tiene que darse un diálogo realmente personal, pues Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura, y tiene un mensaje para cada uno. No tenemos que leer la Sagrada Escritura como una palabra del pasado, sino como Palabra de Dios que se nos dirige también a nosotros, y tratar de entender lo que nos quiere decir el Señor.

Pero para no caer en el individualismo, tenemos que tener presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para edificar comunión, para unirnos en la verdad de nuestro camino hacia Dios.

Por tanto, a pesar de que siempre es una palabra personal, es también una Palabra que edifica la comunidad, que edifica a la Iglesia. Por ello tenemos que leerla en comunión con la Iglesia viva. El lugar privilegiado de la lectura y de la escucha de la Palabra de Dios es la liturgia, en la que al celebrar la Palabra, y al hacer presente en el Sacramento el Cuerpo de Cristo, actualizamos la Palabra en nuestra vida, y la hacemos presente entre nosotros.

No tenemos que olvidar nunca que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas vienen y se van. Lo que hoy es modernísimo, mañana será viejísimo. La Palabra de Dios, por el contrario, es Palabra de vida eterna, lleva en sí la eternidad, lo que vale para siempre. Al llevar en nosotros la Palabra de Dios, llevamos por tanto en nosotros la vida eterna.

Concluyo con una frase dirigida por San Jerónimo a San Paulino de Nola. En ella, el gran exegeta expresa precisamente esta realidad, es decir, en la Palabra de Dios recibimos la eternidad, la vida eterna. San Jerónimo dice: «Tratemos de aprender en la tierra esas verdades, cuya consistencia permanecerá también en el tiempo» (Epístola 53,10).

Oración: Señor mío y Dios mío, que por intercesión de San Jerónimo, concédenos tu gracia para interpretar de manera correcta tu Sagrada Palabra, y evitar caer en el espíritu de error, permisividad, y facilismo moral que inundan a los corazones hoy en día. Que además podamos imitar en nuestras vidas el espíritu de ascetismo y conversión de este maravilloso hermano nuestro, desprendiéndonos de tantas cosas inútiles, amándote sólo a Tí. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.