20 de Febrero 2026
Santa Jacinta Marto
Niña y vidente de
Fátima
En
Aljustrel, lugar cercano a Fátima, en Portugal, beata Jacinta Marto,
la cual, siendo aún niña de tierna edad, aceptó con toda
paciencia, la grave enfermedad que le aquejaba, y demostró siempre
una gran devoción a la Santísima Virgen María.
La Iglesia
ha meditado mucho, antes de elevarla a la gloria de los altares, no
porque tuviese ninguna duda sobre su vida cristalina, sino porque
importantes teólogos, buscaban ponerse de acuerdo, sobre una
cuestión de no poco peso: si a los 10 años no computa normalmente
la virtud, cómo podrían vivirse en «grado heroico», como
es necesario que ocurra en cualquier cristiano, que sea propuesto
para la veneración de los fieles como santo o beato.
Al
final toda duda se disipó, porque el buen Dios ha puesto más de una
firma (los milagros, requeridos para elevar a cualquiera a los
altares) sobre la santidad de esta niña.
Sin embargo, su
santidad no se le reconoce por haber experimentado seis apariciones
de la Virgen, sino que como éstas le han ayudado a alcanzar la
perfección cristiana, nosotros tenemos hoy la alegría de celebrar a
la beata Jacinta Marto, una de los tres «videntes de Fátima»,
que el Papa ha elevado a la gloria de los altares, junto a su
hermanito Francisco el 13 de mayo del 2000.
Todo se inicia
otro 13 de mayo, de 83 años antes, cuando la Virgen se apareció por
primera vez (Jacinta tiene sólo 7 años, porque nació el 11 de
marzo de 1910), mientras pastoreaba con su hermano Francisco, y su
prima Lucía. Esta última (muerta el 13 de febrero de 2005, a los
casi 98 años) declaró que Jacinta, hasta ese día era una niña
como cualquier otra: le gustaba jugar, como a todos los niños de esa
edad, es un poco delicada, pone mala cara por nada, y no se resigna
fácilmente a perder, le encanta bailar, y basta el sonido de un
rudimentario pífano, para hacer mover y girar su pequeño
cuerpo.
La Virgen irrumpe en su vida, y la cambia
radicalmente: medita mucho sobre la eternidad del infierno, y «toma
en serio los sacrificios por la conversión de los pecadores»;
se priva de la merienda, para ayudar a los niños necesitados de dos
familias; se enamora del Papa, a quien desea encontrar cara a cara; a
menudo sorprende en la oración, un arrebato de amor, sin duda
superior a su edad.
Cualquier sufrimiento, ofrecido por la
conversión de los pecadores, está siempre acompañado por un amor,
que se encuentra sólo en los grandes místicos.
El 23 de
diciembre de 1918, 14 meses después de la última aparición, ella y
Francisco se ven afectados por la "gripe española", pero
mientras que el segundo, se cura en pocos meses, para Jacinta se
vuelve un calvario, ya que le sobreviene una pleuresía purulenta,
que soporta y ofrece «para la conversión de los pecadores, y
para reparar los ultrajes que se realizan al Corazón Inmaculado de
María».
Se le pide un último gran sacrificio:
separarse de los suyos, y sobre todo de su prima Lucía, para pasar
un tiempo de recuperación, en un hospital de Lisboa, donde se prueba
todo, incluso una cirugía sin anestesia, para intentar arrancarla de
la muerte, pero donde la Virgen viene serenamente a tomarla, el 20 de
febrero de 1920, como había prometido.

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