lunes, 30 de julio de 2018


Domingo 29 de julio

Santa Marta


Yo soy la resurrección y la vida. Todo el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. ¿Crees esto?”

Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa” - San Agustín

Breve
Etim.: Marta: "señora; jefe de hogar".
La pregunta de Jesús, nos interpela a nosotros hoy mismo, como lo hizo con Santa Marta. En las prioridades de nuestra vida, tendremos la respuesta sincera.

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Marta es hermana de María y de Lázaro, y vivía en Betania, pequeña población, distante unos cuatro kilómetros de Jerusalén, en las cercanías del Monte de los Olivos.

Jesús, Nuestro Señor, vivía en Galilea, pero cuando visitaba Jerusalén, acostumbraba hospedarse en la casa de estos tres discípulos en Betania, que tal vez, habían cambiado también su morada de Galilea, por la de Judea. Marta se esforzó en servirle lo mejor que pudo, y más tarde, con sus oraciones, impetró la resurrección de su hermano.

San Juan nos dice que "Jesús amaba a Marta, y a su hermana María y Lázaro" (Jn 11:5).

Lucas añade:
"Yendo ellos de camino, entró en un pueblo, y una mujer llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo?. Dile pues que me ayude»”  -Lucas 10:38-40.

No podemos estar seguros, de la motivación de Marta al hacer su petición al Señor, pero todo parece indicar que se quejaba contra su hermana. Nuestro Señor aprecia el servicio de Marta, pero al mismo tiempo sabía que era imperfecto.

Muchas veces nuestro servicio, aunque sea con buena intención, está mezclado con el afán de sobresalir, la compulsión por ser protagonistas, la competencia para sentirnos que somos los mejores. Es entonces que salen las comparaciones. “¿Por qué la otra no hace nada, y soy yo la que trabajo?”.

El Señor corrige a Marta, penetra en su corazón afanado y dividido, y establece prioridades:
«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.»  -Lucas 10: 41-42

Esa única cosa de la que hay necesidad, es de poner todo el corazón en amar a Dios, atender lo que Jesús que nos dice, para elevarnos de nuestra miseria.

Toda vida activa debe surgir de la contemplación. La vida activa sin contemplación, lleva al alma a dispersarse. y perder de vista el fin. La vida contemplativa, se concentra en Dios, y se une a Él por la Adoración y el Amor.

La vida contemplativa, es una especie de noviciado del cielo, pues la contemplación, es la ocupación de los bienaventurados del paraíso. Por ello, Cristo alabó la elección de María, y afirmó: "sólo una cosa es necesaria". Eso significa que la salvación eterna, debe ser nuestra única preocupación.

Si contemplamos como van las cosas en cualquier Iglesia, podremos ver muchas actividades, programas, ideas... Es relativamente fácil hacer cosas por Jesús, pero ¡ cuánto nos cuesta estar en silencio ante su Presencia !. En seguida, pensamos en cosas que hacer. No comprendemos que lo primero y más importante, es atenderlo a Él directamente, por medio de la oración.

Jesús encontró más digna de alabanza, la actitud contemplativa de María. Cuanto quisiera El Señor que todos, como María, nos sentáramos ante Él para escucharle. Ella se consagraba a la única cosa realmente importante, que es la atención del alma en Dios. También el Padre nos pide que, ante todo, escuchemos a Su Hijo (Mt 17-5).

Entonces, ¿no es necesario trabajar?. Claro que sí lo es. Pero para que el trabajo dé fruto, debe hacerse después de haber orado. El servicio de Marta es necesario, pero debe estar subordinado al tiempo del Señor. Hay que saber el momento de dejar las cosas, por importantes que parezcan, y sentarse a escuchar al Señor. Esto requiere aceptar, que somos criaturas limitadas. No podemos hacerlo todo. No podemos siquiera hacer nada bien, sin el Señor.

San Agustín escribe: "Marta, tú no has escogido el mal; pero María ha escogido mejor que tú". San Basilio y San Gregorio Magno, consideran a la hermana María, modelo evangélico de las almas contemplativas, y su santidad no está en duda, sin embargo, es curioso que de los tres hermanos, solo Marta aparece en el santoral universal.

La resurrección de Lázaro
El capítulo 11 de San Juan, narra el gran milagro de la resurrección de Lázaro. En aquella ocasión, vuelve a hablarse de Marta. Lázaro se agravó de muerte, mientras Jesús estaba lejos. Las dos hermanas le enviaron un empleado, con este sencillo mensaje: "Señor, aquel que tú amas, está enfermo". Es un mensaje de confianza, en que Jesús va actuar a su favor.

Pero Jesús, que estaba al otro lado del Jordán, continuó su trabajo sin moverse de donde estaba. A los Apóstoles les dice: "Esta enfermedad, será para gloria de Dios". Y luego les añade: "Lázaro nuestro amigo ha muerto. Y me alegro de que esto haya sucedido, sin que yo hubiera estado allí, porque ahora vais a creer".

A los cuatro días de muerto Lázaro, dispuso Jesús dirigirse hacia Betania; la casa estaba llena de amigos y conocidos, que habían llegado a dar el pésame a las dos hermanas. Tan pronto Marta supo que Jesús venía, salió a su encuentro, y le dijo: "Oh Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; pero aún ahora, yo sé que cuánto pidas a Dios te lo concederá".

Jesús le dice: "Tu hermano resucitará".

Marta le contesta: "Ya sé que resucitará el último día, en la resurrección de los muertos".

Jesús añadió: "Yo soy la resurrección y la vida. Todo el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. ¿Crees esto?".

Marta respondió: "Sí Señor, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".

Jesús dijo: "¿Dónde lo han colocado?". Y viendo llorar a Marta, y a sus acompañantes, Jesús también empezó a llorar. Y las gentes comentaban: "Mirad cómo lo amaba".

Y fue al sepulcro que era una cueva, con una piedra en la entrada. Dijo Jesús: "Quiten la piedra". Le responde Marta: "Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que está enterrado". Le dice Jesús: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?". Quitaron la piedra, y Jesús dijo en voz alta: "Lázaro ven afuera". Y el muerto salió, llevando el sudario, y las vendas en sus manos.

El Banquete
Marta aparece también en un banquete, en el que participa también Lázaro, poco después de su resurrección: también esta vez aparece Marta como la mujer ocupada en el servicio, pero puede ser que para entonces, ya lo sabía someter al Señor con mas amor, sin quejarse ni compararse.

De los años siguientes de la santa, no tenemos ningún dato históricamente seguro, aunque según la leyenda de la Provenza, Marta fue con su hermana a Francia, y evangelizó Tarascón. Ahí se dice que encontraron, en 1187, sus pretendidas reliquias, que todavía se veneran en su santuario.

Los primeros en dedicar una celebración litúrgica a Santa Marta, fueron los franciscanos en 1262, el 29 de julio, es decir, ocho días después de la fiesta de Santa María Magdalena, impropiamente identificada con su hermana María.

Santa Marta es la patrona de los hoteleros, porque sabía atender muy bien.

Bibliografía:
Salesman, P. Eliécer,  Vidas de los Santos # 3
Sgarbossa, Mario y Luigi Giovannini - Un Santo Para Cada Día

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Del oficio de lectura, 29 de Julio, Santa Marta

Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa

De los sermones de San Agustín, Obispo
Sermón 103, 1-2,6

Las palabras del Señor nos advierten, que en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender.

Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no dejemos de tender hacia ella, porque sólo así, podremos un día llegar a término.

Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por su parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas le servían durante su vida mortal, con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera.

Pero en este caso, era una servidora que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una criatura al Creador. Le dio hospedaje para alimentar corporalmente a Aquel, que la había de alimentar con su Espíritu.

Porque el Señor quiso tomar la condición de esclavo, para así ser alimentado por los esclavos, y ello no por necesidad, sino por condescendencia, ya que fue realmente una condescendencia, el permitir ser alimentado. Su condición humana, lo hacía capaz de sentir hambre y sed.

Así pues, el Señor fue recibido en calidad de huésped, Él, que vino a su casa, y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, adoptando a los siervos, y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos, y convirtiéndolos en coherederos.

Pero que nadie de vosotros diga: «Dichosos han sido los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa». No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo, en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: “Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

Por lo demás, tú, Marta –dicho sea con tu venia, y bendita seas por tus buenos servicios–, buscas el descanso como recompensa de tu trabajo. Ahora estás ocupada en los mil detalles de tu servicio; quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero, ¿por ventura, cuando llegues a la patria celestial, hallarás peregrinos a quienes hospedar, hambrientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz, muertos a quienes enterrar?.

Todo esto allí ya no existirá; allí sólo habrá lo que María ha elegido: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí alcanzará su plenitud y perfección, lo que aquí ha elegido María, la que recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá?. Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Oración: Dios todopoderoso y Eterno, ya que tu Hijo aceptó la hospitalidad de Santa Marta, y se albergó en su casa; concédenos por intercesión de esta santa mujer, servir fielmente a Cristo en nuestros hermanos, y que nuestro corazón sea una morada digna de tu realeza, y así poder ser recibidos, como premio, en tu casa del cielo. A Tí Señor, que nos prometiste que te ibas para preparar en el cielo, las mansiones que nos tienes reservadas. Amén.


Domingo 29 de julio

Santa Beatriz de Nazaret

(1200-1269)

'Mi deseo es morir y estar con Cristo'

Transverberación - Corazón Traspasado

Etimológicamente significa “la que hace feliz”. Viene de la lengua latina.

Atributos: Flecha transverberando su corazón. Una pluma en su mano.

Santa Beatriz de Nazaret (n. 1200, Tirlemont, Bélgica. † 1269), era la última de seis hermanos. Nació en la ciudad de Tirlemont, Bélgica. Era hija del beato Bartolomé, fundador de un monasterio cistercience, después de fallecer su esposa. Beatriz ingresó al monasterio a los 17 años.

Escribió un tratado en estilo flamenco medieval, en el que resume las siete maneras de amar santamente, según ella. Cuenta la tradición que el Señor Jesús se le apareció, y transverberó (traspasó) su corazón con una flecha.

Falleció en el año de 1269. La devoción a esta santa es tradicional, no incluida en el Martirologio.

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Todo ser humano ha sido llamado para amar al mundo. La respuesta que Dios nos pide, es que seamos contemplativos. Cualquier creyente, que vive una vida estrechamente unida a la Eucaristía, es un contemplativo.

Había la costumbre, en los monasterios belgas del siglo XI, de admitir para el coro, a las chicas de buenas familias, de la alta burguesía. Las otras, incultas, entraban solamente en calidad de conversas.

Existía – como ocurre hoy –, la necesidad de nuevas vocaciones, y por tanto, había que abrir los monasterios, a otro tipo de actuaciones distintas.

Esta idea la llevaban ya a cabo los cistercienses. Recibían la ayuda de familias importantes, como los Brabantes o Tirlemont. Beatriz era hija de esta última familia. Vino al mundo en el año 1200.

Su padre, el Beato Bartolomé, ingresó como lego cisterciense, al fallecer su mujer. Ayudó a construir otros tres Monasterios de Monjas, como el Oplinter, y el de Nazaret.

A los 17 años, Beatriz ingresó en este último, cerca de Lier en Brabant, siendo después la superiora durante muchos años. Pero no porque fuera hija del padre del fundador del monasterio, sino porque brillaba ante todos, por su virtud, su piedad, y su generosidad sin límites.

Se habla de que en sus primeros años, le sucedió como a San Bernardo, entregándose a penitencias, más para admirar que para imitar, cosa frecuente en los principiantes, quienes al meditar la pasión de Cristo, que dio su vida por nosotros en la cruz, entre indecibles tormentos, se suscita en ellos un ansia de inmolarse por amor a Él.

San Bernardo, lamentará más tarde tales excesos de juventud, pues toda la vida tendrá que luchar para mantenerse en pie. Igual le pasó a Beatriz: se entregó a severas austeridades, entre ellas usando un cinturón de espinas, y comprimiendo su cuerpo con cuerdas, y más tarde, pagaría el coste de aquellas penitencias indiscretas.

Luego de profesar, la enviaron al monasterio de La Ramee, para que se perfeccionase en la caligrafía e iluminación de manuscritos (coloreado), habiendo resultado una excelente maestra, en el arte de iluminar pergaminos.

Allí se encontró con una santa religiosa - Ida de Nivelles -, la cual le serviría de maestra y como madre espiritual, gracias a su perfecta preparación, y experiencia en los caminos de Dios, de que estaba adornada.

Se dio cuenta Beatriz, que esta religiosa se esmeraba demasiado en atenderla, y como le preguntara, cómo era que dedicaba tanto tiempo a ayudarla espiritualmente; su contestación fue porque veía claro que Dios la había elegido para grandes cosas. Palabras proféticas que se cumplirían con creces.

Beatriz se esmeró en seguir de cerca los pasos de su maestra, viviendo una espiritualidad centrada toda ella en el amor. Fijándose en dos textos de San Juan: "El amor procede de Dios", es decir, el amor pertenece a la razón, a la afectividad y a la voluntad, siendo Dios mismo el sujeto en el obrar, y a la vez, "Dios es amor", el amor entendido como medio, por el cual Dios se manifiesta a la criatura, y a quien ésta puede contestar.

Esto dio, como resultado de esta experiencia mística, la obra preciosa titulada: "De siete modos de practicar el amor", la cual según quienes la han estudiado a fondo, es un tratado que contiene una belleza singular. "Su estilo es sobrio, y sus frases muy elegantes; su exposición neta y clara; la prosa es dulce y ágil, con lindas asonancias, y rimas muy naturales.

La autora posee una inteligencia excepcional, logra expresar magistralmente en el plano de la forma y del pensamiento, sus experiencias místicas extraordinarias. El tratado es muy sintético, cada palabra tiene su peso y su valor... dejándonos seducir por su mensaje, a través de la belleza literaria del texto, que más que toda otra cosa, expresa la belleza de su alma, y es testimonio de su búsqueda absoluta del Amor".

Las tres experiencias activas son el amor purificante, el amor devorante y amor elevante, a las que siguen cuatro pasivas: amor infuso, amor vulnerado, amor triunfante y amor eterno.

Escribió otras obras. Sus lecturas preferidas eran la Biblia, y los tratados sobre la Santísima Trinidad. Sus restos hubo que esconderlos, para que los calvinistas no los profanaran.
Se cuenta que le apareció Nuestro Señor, y le perforó el corazón con una flecha incandescente.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que la flecha incandescente de tu Amor, atraviese nuestros corazones, para que así podamos ofrecértelo, en Ofrenda Pura y Consagrada, quedando en la palma de tus manos todas las penas, dolores y pecados de nuestra Vida, y así podamos sentir que ya no nos pertenecemos, sino que somos tuyos para siempre. Amén.

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Un resumen de los "Siete modos de vivir el Amor"

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Siete modos de Santo Amor
Hay siete modos de vida en el amor. Vienen del Supremo, y vuelven al Altísimo.

Gentileza de la revista Cistercium
Traducción para CISTERCIUM de Ana María Schlüter Rodés.

NOTA DE LA TRADUCTORA: He traducido, a partir de la transcripción al neerlandés actual, que ha hecho Rob Faesen SJ (Beatrijs van Nazareth: Seven manieren van minne, Uitgeverij Pelckmans, Kapellen 1999), recurriendo a menudo al texto original que publica conjuntamente.

Como señala dicho autor, la palabra central es "minne", amor. Se refiere aquí al amor entre Dios y el ser humano; pero a la vez en muchas ocasiones, al divino Amado mismo, pues el alma experimenta en el amor, una vida abismal y trascendente, por la que participa en el mismo movimiento de amor entre el Espíritu Santo (eternidad de amor), el Hijo (sabiduría incomprensible), y el Padre (altura silenciosa y profundidad abismal), como lo expresa Beatriz de Nazareth, en el séptimo modo de amor. A pesar de esto, siempre he puesto amor en minúscula, siguiendo la transcripción y el original.

He traducido "manieren", en la transcripción al neerlandés actual "wijzen", por "modos" siguiendo el criterio de R. Faesen, el cual considera menos acertado traducir por clases, grados, aspectos o peldaños, pues se trata de modos de vivir el amor o modos de amar.

En el primer modo, Beatriz de Nazareth expresa el anhelo de vivir de acuerdo a la imagen según la cual ha sido creada, y esta imagen es Cristo.

Los místicos no sólo hablan de una primera venida de Cristo en carne y debilidad, y de una segunda, al final de los tiempos, en gloria y majestad, sino además de una venida intermedia en espíritu y fuerza. Esta tiene lugar en el corazón humano.

De ello, se toma conciencia de un modo especial en el siglo XII. Se realza la relación amorosa entre Dios y cada ser humano, como eje central de la vida. Sobresalen en este sentido San Bernardo, y también las "mulieres religiosae", especialmente las beguinas, con las que Beatriz de Nazareth se formó en algún momento. Mientras que el clero masculino, debido a la influencia aristotélica en las universidades, en general se apartó de esta corriente, la siguieron cultivando sobre todo las mujeres. De ello da cumplida cuenta esta obra de "Los siete modos de Santo Amor" de Beatriz de Nazareth.

El primer modo de Amor
El primer modo, es un anhelo provocado por el amor. Este anhelo tiene que reinar mucho tiempo en el corazón, para poder llegar a expulsar totalmente al enemigo, y tiene que actuar con fortaleza y circunspección, y tener valor para avanzar en este estado.

Este modo, es un anhelo que nace sin duda del amor, es decir, de un alma buena, que quiere servir fielmente a nuestro Señor, seguirle con valor y amarlo de verdad. Esta alma se mueve, por el deseo de alcanzar la pureza, la libertad y la nobleza, de las que le ha dotado su creador, al crearla a su imagen y semejanza, y permanecer ahí, algo que es especialmente digno de ser amado y cuidado. En esto desea emplear su vida.

En esto, desea colaborar para crecer y ascender, a una nobleza de amor más sublime aún, y a un conocimiento más cercano de Dios, hasta alcanzar la madurez plena, para la que ha sido creada y llamada por Dios. En esto está, desde la mañana hasta la noche. A esto se ha entregado totalmente.

Sólo una cosa pide a Dios, una sola cosa quiere saber, una sola cosa reclama, en una sola cosa piensa: cómo poder alcanzar esto, y cómo conseguir la mayor semejanza con el amor, con todo el tesoro de belleza de las virtudes que lo acompañan, así como la pureza y nobleza sublimes del amor.

Esta alma, a menudo examina seriamente lo que es, y lo que podría ser, lo que tiene, y lo que aún falta a su anhelo. Con celo muy grande, con gran empeño, y tan dispuesta como le es posible, se esfuerza por evitar todo aquello que distrae su atención de esto, o que pudiera impedirlo. Su corazón nunca está tranquilo; nunca descansa en esta búsqueda, reclamo y discernimiento, en este tomar a pecho, y conservar lo que le pudiera ayudar, y lo que la pudiera hacer crecer en el amor.

En esto consiste la dedicación principal del alma, que ha llegado a este estado - y en esto ha de trabajar y esforzarse, con gran dedicación y fidelidad, hasta que reciba de Dios, el que en adelante, pueda servir al amor con claro entendimiento, y sin verse impedida por errores pasados.

Un anhelo tal, tan puro y tan noble, nace sin duda del amor, y no del miedo. El miedo lleva a trabajar y padecer, a hacer y dejar de hacer, por temor a que nuestro Señor pueda estar enojado. Lo cual además conlleva espanto, ante el juicio del Juez justo, o al castigo eterno, o a penas temporales.

El amor, en cambio, actúa exclusivamente con la mirada puesta en la pureza, y en la sublime nobleza, que ella es, en lo más profundo, cuando es ella misma, que ella tiene, y que ella disfruta.

Actuando así, ella enseña lo mismo, a quienes tienen trato con ella.

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El segundo modo de amor
A veces el alma también vive otro modo de amor.

(Nota: Es la longanimidad del amor. Es un amor generoso y fiel. Me atrevo a introducir estas notas, para mejorar la precisión, que los verdaderos místicos no pueden hacer, dado el estado de éxtasis que los embarga. Santa Beatriz escribe desde una altura mística elevadísima, y se hace difícil comprenderla en su totalidad).

Este se da, cuando se dedica a servir a nuestro Señor gratuitamente, sin más, sólo por amor, sin tener a la vista ningún motivo, o recompensa de gracia o gloria.

Como una joven doncella, que sirve a su señor con gran amor, sin perseguir ninguna recompensa - le basta poderle servir, y que a él le plazca que le sirve -, así el alma desea, poder servir al amor con un amor sin medida, inmenso, más allá de toda racionalidad y cálculo humano, con todos los servicios que su fidelidad le inspira.

Cuando el alma se encuentra en este estado, ¡cómo arde su anhelo!. Está dispuesta a cualquier servicio. ¡Cuán ligeras le parecen las cargas!. ¡Con qué facilidad soporta los sinsabores!. ¡Cómo se alegra, cuando las cosas se ponen difíciles!. ¡Qué alegría tan grande, cuando descubre algo que puede hacer o sufrir, para servir al amor por su honor!.

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El tercer modo de amor

(Nota: Es la constancia en el amor. No es un amor errático, caprichoso, voluble. No admite inconstancias. Permanece firme e inclaudicable).

A veces ocurre que el alma buena, aún vive otro modo de amor, el cual le produce mucho dolor y sufrimiento.

Se da, cuando intenta responder al amor enteramente, cuando desea seguirle totalmente, con todas las muestras de respeto y servicio, con todas las formas de obediencia y sumisión por amor.

Este anhelo se convierte, de vez en cuando, en un auténtico tormento para el alma. Ansiosamente se propone hacer todo, imitarle en todos los sufrimientos, padecerlos y soportarlos, y seguir el amor con obras de una manera total, sin ahorrar ningún esfuerzo, sin medida.

En este estado, está verdaderamente dispuesta a cualquier servicio, está presta y animada a cualquier trabajo y sufrimiento.

Pero no queda satisfecha. Nada de lo que hace, le parece suficiente. Sin embargo, lo que más la entristece, es ver que le es imposible responder al amor plenamente, según le inspira su gran anhelo, y ver que siempre le falta tanto para amar del todo.

Sabe bien que esto supera la capacidad humana, y rebasa sus fuerzas. Lo que anhela es algo imposible, por esencia impropio de una criatura. Pues ella sola, quisiera llevar a cabo, todo lo que todos los seres humanos en la tierra, todos los espíritus del cielo, todas las criaturas en lo alto y en lo bajo, e innumerables seres más, pudieran hacer en servicio del amor, según corresponde al honor y a la dignidad del amor.

Quiere conseguir lo que le falta, para un servicio tal. Lo ansía con todas sus fuerzas, y con voluntad ardiente. Pero todo esto no es capaz de dejarla satisfecha.

Sabe muy bien que satisfacer este deseo, rebasa por completo sus fuerzas, que supera toda comprensión y entendimiento humano. Pero a pesar de esto, no es capaz de mitigar, dominar o calmar su anhelo. Hace todo lo que puede.

Agradece y alaba el amor, trabaja y se afana por él, suspira y ansía el amor, está totalmente entregada al amor. Pero nada de ello la deja tranquila. Le resulta un gran sufrimiento, no poder dejar de anhelar, lo que no puede alcanzar. Por esto, tiene que permanecer en el dolor de su corazón, y vivir en la insatisfacción. Le parece que muere estando viva, y que así muriendo, experimenta el sufrimiento del infierno.

Lleva una vida infernal. Todo es padecimiento e insatisfacción, debido a ese anhelo terrible y temeroso, que no puede satisfacer, que no puede calmar ni saciar. En este dolor ha de permanecer, hasta el momento en que nuestro Señor, la consuela trasladándola a otro modo de amar y anhelar, y a un conocimiento más profundo de sí. Y entonces tendrá que esforzarse, según lo que en ese momento reciba de nuestro Señor.

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El cuarto modo de amor

(Nota: Es la fusión del amor con la persona amada. Es cuando ya no somos nosotros, sino totalmente de Dios. “En Él vivimos, nos movemos y existimos”, diría San Pablo).

Pues nuestro Señor, suele conceder todavía otro modo de amar, a veces acompañado de gran felicidad, a veces de gran dolor, lo cual queremos exponer ahora.

A veces ocurre, que el amor despierta en el alma de un modo dulce, y que surge alegremente instalándose en el corazón, sin intervención de actividad humana alguna. El corazón entonces siente, un toque tan delicado de amor, se siente tan atraído por el amor, se ve conmovido tan apasionadamente por el amor, tan fuertemente subyugado por el amor, y tan suavemente abrazado por el amor, que el alma queda vencida totalmente por el amor.

En este estado, experimenta una gran presencia de Dios, una claridad de comprensión. y un bienestar maravilloso, una noble libertad, una intensa dulzura, un sentirse fuertemente abrazada por el amor, y una plenitud rebosante de gran gozo.

Experimenta que todos sus sentidos, se han unificado en el amor, y que su propia voluntad se ha convertido en amor, que ha quedado abismada y absorbida, en el hondón del amor, convirtiéndose ella misma totalmente en amor.

La belleza del amor la ha engullido, la fuerza del amor la ha consumido; la dulzura del amor la ha hecho desfallecer; la grandeza del amor la ha devorado; la nobleza del amor la ha abrazado; la pureza del amor la ha adornado; la excelencia del amor la ha elevado e unificado en el amor, de modo que ha de pertenecer totalmente al amor, y ya no puede tratar más que con el amor.

Cuando se siente tan colmada de bienestar, y tan rebosante en su corazón, su espíritu empieza a hundirse en el amor, y su cuerpo empieza a sustraérsele; su corazón empieza a derretirse, y desfallecen sus potencias. De tal manera es vencida por el amor, que a duras penas puede dominarse, y a veces pierde el dominio de sus miembros y sentidos.

Como un recipiente lleno a rebosar, se derrama inmediatamente en cuanto se toca; así esta alma, cuando se siente tocada de repente, y vencida por la gran plenitud de su corazón, muchas veces sale fuera de sí, sin poderlo remediar.

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El quinto modo de amor
(Nota: Es la potencia del amor. Es el momento de las inspiraciones, de una fuerza arrolladora personal que sentimos; es cuando viene Nuestro Pentecostés. Sentimos que los límites se difuminaron, y que nuestro ser, es parte de la energía Sagrada del Espíritu Santo, y puede planear sobre el océano del mundo. Nos sentimos en la cresta de una inmensa ola, como en un tsunami, y todo avanza en nuestro interior de manera vertiginosa).

A veces también ocurre, que el amor se despierta en el alma de un modo vigoroso, y surge impetuosamente con gran vehemencia y apasionamiento, como si fuera a partir violentamente el corazón, y sacar el alma fuera de sí, más allá de sí, en las obras de amor y en los fallos de amor.

Se ve absorbida valientemente, por el anhelo de cumplir las grandes y puras obras del amor, y de responder a las múltiples exigencias del amor. Pues anhela encontrar descanso, en el dulce abrazo del amor, en la apetecible enajenación y en la posesión gozosa del amor. Su corazón y todos sus sentidos lo ansían; sólo en eso se empeñan, sólo eso pretenden apasionadamente.

Cuando se encuentra en este estado, es tan poderosa de espíritu, tan emprendedora en su corazón, en su cuerpo tan fuerte y valiente, tan diligente y dispuesta en su trabajo, interior y exteriormente tan activa, que tiene la impresión que toda ella está activa, aunque por fuera, no se esté moviendo.

A la vez, siente con mucha claridad, su pereza interior así como una gran atracción del amor. Se siente inquieta a causa de esta ansia, y siente dolor debido a una gran insatisfacción. Pero otras veces siente dolor intenso, al experimentar el amor mismo, de manera pura y gratuita, o por reclamar con mucha insistencia el amor, y sentirse insatisfecha, al no poder disfrutar de él.

De vez en cuando, el amor se vuelve tan inmenso y desbordante en el alma - al tocarla con tanta fuerza, e ímpetu en el corazón -, que tiene la impresión, que su corazón queda dolorosamente herido de múltiples maneras. Las heridas, parecen abrirse de nuevo cada día, volviéndose cada vez más dolorosas; es un dolor intenso que siente cada vez de nuevo.

Le parece que sus venas van a estallar, que su sangre arde, que su médula se consume, que sus huesos se debilitan, su pecho arde y su garganta se seca, de modo que todo lo exterior y sus miembros, perciben el ardor interior, del ansia enloquecida de amor.

Muchas veces entonces, siente como una flecha que atraviesa su corazón, pasando por la garganta hasta el cerebro, como si se fuera a volver loca.

Como un fuego devorador, que se apodera de todo lo que puede engullir y vencer, así experimenta el amor, que actúa en su interior de una manera rabiosa, despiadadamente, sin medida, apoderándose de todo y arrasándolo.

Esto la deja muy herida. Su corazón se debilita, sus fuerzas ceden. Su alma recibe alimento, y su amor cuidados, y su espíritu se ve sacado fuera de sí, pues el amor está tan por encima de todo entendimiento, que ella no puede de ninguna manera gustarlo.

Debido a este dolor, quisiera romper el lazo, aunque no destrozar la unidad del amor. Sin embargo, está tan dominada por el lazo del amor, y tan vencida por la inmensidad del amor, que no es capaz de moderación, ni de ordenar sus actividades sensatamente, o de cuidarse, o de limitarse a lo que la razón le presenta como posible.

Cuanto más recibe de lo alto, más reclama. Y cuanto más apetecible se le presenta, tanto más ansía acercarse a la luz de la verdad, de la pureza y de la nobleza, y disfrutar del amor.

Constantemente se ve incitada y seducida, pero no satisfecha ni saciada. Y precisamente lo que más la duele y hiere, es lo que más la sana y cura. Lo que le produce la herida más honda, sólo esto le proporciona salud.

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El sexto modo de amor
(Nota: Es la seguridad del amor. Ya no tememos lanzarnos del “borde del acantilado”, de nuestras propias limitaciones, porque estamos seguros que habrá una poderosa mano, que nos sostendrá en el vuelo).

Cuando la esposa de nuestro Señor ha avanzado más, y ha ascendido a una mayor heroicidad, experimenta todavía otro modo de amar, siente un estado de mayor presencia, y un conocimiento más elevado.

Se da cuenta, que el amor ha vencido todas sus resistencias interiores, ha corregido sus deficiencias, y ha subyugado su ser más profundo. El amor la ha dominado totalmente, ya no hay oposición. El amor posee su corazón con seguridad serena, puede descansar en él gozosamente, y ha de actuar con total libertad.

Cuando el alma se encuentra en este estado, le parece poco, todo lo que ha de hacer por la gran dignidad del amor, le resulta fácil hacer y dejar de hacer, padecer y soportar. Y por lo tanto, vive con suavidad, su entrega al amor.

Experimenta una fuerza vital divina, una pureza clara, una dulzura espiritual, una libertad envidiable, una sabiduría perspicaz, una dichosa igualdad con Dios.

Ahora es como una mujer, que ha administrado bien su casa, que la ha dispuesto sensatamente, la ha gobernado con sabiduría, la ha ordenado con pulcritud, la ha asegurado con previsión, y trabaja con entendimiento. Mete y saca, hace y deshace, según ella misma quiere.

Así ocurre con el alma en este estado. Ella es amor; el amor gobierna en ella, soberano y fuerte, trabajando y descansando, haciendo y deshaciendo, tanto externa como internamente, según ella quiere.

Como el pez que nada en la gran corriente, y descansa en su profundidad, y como el pájaro que vuela valientemente, en la anchura y altura del espacio, así ella siente que su espíritu se mueve libremente, en la anchura y profundidad, en la espaciosidad y altura del amor.

La fuerza soberana del amor, ha atraído el alma hacia sí, la ha guiado, cuidado y protegido. Le ha dado el entendimiento, la sabiduría, la dulzura y la fortaleza del amor.

Sin embargo, ha ocultado al alma su fuerza soberana, hasta que llegue el momento, en que haya ascendido a mayor altura, y hasta que haya conseguido liberarse completamente de sí misma, y el amor reine en ella, con más vigor todavía.

Entonces el amor, la hace tan valiente y libre, que no teme ni a hombres ni a demonios, ni a ángeles ni a santos, ni al mismo Dios, en todo lo que hace o deja de hacer, en el trabajo o en el descanso.

Se da claramente cuenta, que el amor está muy despierto y activo en su interior, tanto si descansa su cuerpo, como cuando trabaja mucho. Sabe y percibe claramente, que en quienes reina el amor, éste no está supeditado a la actividad o al dolor.

Pero todos aquellos que desean llegar al amor, han de buscarlo con respeto, seguirlo con fidelidad, y vivirlo con un gran deseo. No pueden llegar a él, si se retraen cuando se trata de trabajar duro, padecer mucho dolor y molestias, o sufrir desprecios.

Deben prestar mucha atención a cualquier detalle, hasta que el amor llegue a realizar, en su dominio, las grandes obras del amor, haciendo fácil todo, ligero todo trabajo, dulce todo dolor, y borrando toda culpa.

Esto es libertad de conciencia, dulzura de corazón, bondad de sentimientos, nobleza del alma, altura de espíritu, y base y fundamento de la vida eterna.

Esto es ya ahora, una vida como la de los ángeles. Le sigue la vida eterna, que Dios, en su bondad, nos conceda a todos.

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El séptimo modo de amor
(Nota: Es la quietud del amor. Es el momento en el que el tiempo y el espacio desaparecen. Ya no tenemos prisa por nuestros anhelos mundanos. Solo nos importa la vida sobrenatural. Entramos en una quietud profunda, como cuando estamos dentro de un gran avión, a enorme altitud, que cruza el inmenso océano de la eternidad...).

El alma dichosa, todavía tiene otro modo de amar más elevado, que le proporciona no poco trabajo interior.

Consiste en que trascendiendo su humanidad, es introducida en el amor, y que trascendiendo todo sentir y razonar humano, toda actividad de nuestro corazón, es introducida, sólo por el amor eterno, en la eternidad del amor, en la sabiduría incomprensible, y en la altura silenciosa y profundidad abismal de la divinidad, la cual es todo en todo, siempre incognoscible y más allá de todo, inmutable, la cual es todo, puede todo, abarca todo, y obra todopoderosamente.

En este estado, el alma dichosa, se ve tan delicadamente sumergida en el amor, y tan intensamente introducida en el anhelo, que su corazón está fuera de sí, e interiormente inquieto. Su alma se derrama y derrite de amor. Su espíritu es todo en él, anhelo.

Todas sus potencias la empujan en una misma dirección: ansía gozar del amor. Lo reclama con insistencia a Dios. Lo busca apasionadamente en Dios. Esta sola cosa anhela, sin poder remediarlo. Pues el amor, ya no la deja reposar, ni descansar, ni estar en paz.

El amor la levanta y la derriba. El amor de pronto la acaricia, y en otro momento la atormenta. El amor le da muerte, y le devuelve la vida, da salud, y vuelve a herir. La vuelve loca, y luego de nuevo sensata.

Obrando así, el amor eleva el alma a un estado superior. De esta manera, el alma ha subido - en lo más alto de su espíritu - por encima del tiempo, a la eternidad.

Por encima de los regalos del amor, ha sido elevada a la eternidad del mismo amor, donde no hay tiempo. Está por encima de los modos humanos de amar, por encima de su propia naturaleza humana, en el anhelo de estar ahí arriba.

Allí está toda su vida y voluntad, su anhelo y su amor: en la seguridad y la claridad diáfana, en la noble altura, y en la belleza radiante, en la dulce compañía de los espíritus más excelsos, que rebosan amor desbordante, y que se encuentran en un estado de conocimiento claro, de posesión y disfrute del amor.

A veces ahí arriba, vive su relación anhelante, especialmente en compañía de los ardientes serafines; en la gran divinidad y en la sublime Trinidad, tiene su amable descanso, y su dichosa morada.

Ella lo busca en su majestad, Le sigue allí, y Lo contempla con su corazón, y con su espíritu. Lo conoce, Lo ama, Le desea tanto, que es incapaz de prestar atención a santos o seres humanos, a ángeles o criaturas, a no ser en el amor a Él, que lo abarca todo, y en el que lo ama todo.

Sólo a Él ha elegido por amor, por encima de todo, por debajo de todo, en todo, de tal modo que con el anhelo de su corazón, y con todas las potencias de su espíritu, desea verlo, poseerlo y disfrutarlo.

Por esto la vida terrena para ella, es un verdadero destierro, una dura cárcel, y un gran dolor. Desprecia el mundo, la tierra le pesa, y lo terreno no es capaz de satisfacerla, ni contentarla.

Le resulta un gran dolor tener que estar tan lejos, y vivir como exiliada. No es capaz de olvidar que vive en el destierro. Su anhelo no puede ser calmado. Su ansia la tortura lastimosamente. Lo vive como un camino de pasión y de tormento, sin medida, sin gracia.

Por esto, siente un ansia grande y un anhelo ardiente, de ser liberada de este destierro, y poder desprenderse de este cuerpo. Con un corazón herido, dice lo mismo que dijo el Apóstol: Cupio dissolvi et esse cum Christo, es decir: 'Mi deseo es morir y estar con Cristo'.

Así pues, el alma se encuentra en un ansia ardiente, y en una inquietud dolorosa de ser liberada, y vivir con Cristo. La razón de ello, no es que la vida actual le entristezca, ni que tenga miedo a los sinsabores que la esperan. No, debido sólo a un amor santo y eterno, languidece en ansias, y se derrite en el anhelo de poder llegar a la patria eterna, y a la gloria del gozo.

El anhelo en ella es grande y fuerte; su inconstancia le pesa mucho, y el dolor que sufre por este anhelo, es indescriptible. A pesar de todo, no tiene más remedio que vivir en la esperanza; y es precisamente esta esperanza, la que le hace ansiar y padecer tanto.

Oh santo deseo de amor, ¡qué grande es tu fuerza, en el alma que ama!. Es un dichoso sufrimiento, un tormento agudo, un dolor que dura demasiado, una muerte traidora, y un vivir muriendo.

No puede llegar allí arriba y aquí abajo, no puede encontrar descanso ni reposo. Su anhelo le hace insoportable pensar en Él, y prescindir de Él, hace sufrir de anhelo su corazón. Así pues, ha de vivir con gran incomodidad.

Y así es que no puede, ni quiere ser consolada, como dice el profeta: Renuit consolari anima mea, etcetera, que quiere decir: 'Mi alma rehúsa ser consolada'. Rehúsa toda consolación, a menudo incluso de Dios, y de sus criaturas. Porque toda alegría que esto podría comportar, intensifica su amor, y aviva su anhelo de un estado superior.

Esto renueva su ansia por poner en práctica su amor, permanecer en el goce del amor, y vivir sin consuelo en el destierro. De esta manera, sigue insaciable e insatisfecha en todo lo que recibe, por tener que carecer de la presencia real de su amor.

Es una dura vida de padecimiento, por no querer ser consolada, mientras no reciba lo que busca sin descanso.

El amor la ha seducido, la ha guiado y enseñado a andar por su camino, y ella lo ha seguido fielmente.

A menudo en trabajo costoso y muchas obras; en gran ansia y fuerte anhelo; en inquietud de muchas clases y gran insatisfacción; en alegría y dolor, y mucho sufrimiento, buscando y reclamando, careciendo y teniendo, saliendo fuera de sí; en el seguimiento y el ansia, en agobio y pena, en miedo y preocupaciones, derritiéndose y sucumbiendo; en gran confianza y mucha desconfianza, en lo bueno y en lo malo - en todo esto está dispuesta a sufrir. En la muerte y en la vida, quiere dedicarse al amor; en el sentimiento de su corazón sufre mucho dolor; por el amor anhela llegar a la patria.

Cuando en este destierro lo ha probado todo, todo su refugio es la gloria. Esto es verdaderamente, la obra del amor: anhelar la forma de vida que más conecta con el amor, en que mejor se puede dedicar al amor, y seguir esta forma de vida.

Por esto, siempre quiere seguir al amor, conocer el amor, y gozar del amor. En este destierro, esto no lo consigue. Por esto, quiere partir hacia su patria, en donde ha construido su morada, hacia donde ha dirigido su anhelo, y donde descansa con amor.

Pues esto lo sabe muy bien: allí en su patria, quedará libre de todos los obstáculos, y será recibida con amor por su Amado.

Allí contemplará ardientemente, al haber amado tan delicadamente. Su recompensa eterna será poseerle a Él, a quien ha servido tan fielmente.

Gozará plenamente satisfecha de Él, a quien tantas veces ha abrazado, llena de amor en su interior. Allí entrará en la alegría del Señor, como dice San Agustín: Qui in te intrat, intrat in gaudium domini sui etcetera, lo cual quiere decir: 'Quien entra en Ti, entra en la alegría de su Señor'. No le tendrá miedo, sino que lo poseerá - morando como amada en el Amado.

Allí el alma se une a su esposo, se hace un solo espíritu con Él, en fidelidad inquebrantable, y amor eterno.

Quien se haya empleado activamente en esto, en el tiempo de gracia, lo gozará en el tiempo de la gloria, cuando ya no se haga otra cosa, más que alabar y amar. Que Dios nos conduzca allí a todos. Amén.