miércoles, 27 de junio de 2018


Cuarta Feria, 27 de junio

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro


Icono oriental antiguo de origen desconocido

Patrona de los Padres Redentoristas y de Haití

Breve
El icono original está en el altar mayor de la Iglesia de San Alfonso, muy cerca de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.

Ver también: Detalles sobre el ícono desde redentoristas.org

El icono de la Virgen, pintado sobre madera, de 21 por 17 pulgadas, muestra a la Madre con el Niño Jesús. El Niño observa a dos ángeles, que le muestran los instrumentos de su futura pasión. Se agarra fuerte con las dos manos de su Madre Santísima, quien lo sostiene en sus brazos.

El cuadro nos recuerda la maternidad divina de la Virgen, y su cuidado por Jesús, desde su concepción hasta su muerte. Hoy la Virgen, cuida de todos sus hijos, que a ella acuden con plena confianza.

Historia
En el siglo XV un comerciante acaudalado de la isla de Creta, en el Mar Mediterráneo, tenía la bella pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Era un hombre muy piadoso, y devoto de la Virgen María. Cómo habrá llegado a sus manos dicha pintura, no se sabe. ¿Se le habría confiado por razones de seguridad, para protegerla de los sarracenos?. Lo cierto es que el mercader estaba resuelto a impedir que el cuadro de la Virgen se destruyera, como tantos otros, que ya habían corrido con esa suerte.

Por protección, el mercader decidió llevar la pintura a Italia. Empacó sus pertenencias, arregló su negocio, y abordó un navío dirigiéndose a Roma. En ruta se desató una violenta tormenta, y todos a bordo esperaban lo peor. El comerciante tomó el cuadro de Nuestra Señora, lo sostuvo en lo alto, y pidió socorro. La Santísima Virgen respondió a su oración con un milagro. El mar se calmó, y la embarcación llegó a salvo al puerto de Roma.

Cae la pintura en manos de una familia
Tenía el mercader, un amigo muy querido en la ciudad de Roma, así que decidió pasar un rato con él, antes de seguir adelante. Con gran alegría le mostró el cuadro, y le dijo que algún día, el mundo entero le rendiría homenaje a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Pasado un tiempo, el mercader se enfermó de gravedad. Al sentir que sus días estaban contados, llamó a su amigo a su lecho, y le rogó que le prometiera, que después de su muerte, colocaría la pintura de la Virgen, en una iglesia digna o ilustre, para que fuera venerada públicamente. El amigo accedió a la promesa, pero no la llegó a cumplir por complacer a su esposa, que se había encariñado con la imagen. 

Pero la Divina Providencia, no había llevado la pintura a Roma, para que fuese propiedad de una familia, sino para que fuera venerada por todo el mundo, tal y como había profetizado el mercader. Nuestra Señora se le apareció al hombre en tres ocasiones, diciéndole que debía poner la pintura en una iglesia, de lo contrario, algo terrible sucedería.

El hombre discutió con su esposa, para cumplir con la Virgen, pero ella se le burló, diciéndole que era un visionario.

El hombre temió disgustar a su esposa, por lo que las cosas quedaron igual. Nuestra Señora, por fin, se le volvió a aparecer, y le dijo que para que su pintura saliera de esa casa, él tendría que irse primero. De repente, el hombre se puso gravemente enfermo, y en pocos días murió. La esposa estaba muy apegada a la pintura, y trató de convencerse a sí misma, de que estaría más protegida en su propia casa. Así, día a día, fue aplazando el deshacerse de la imagen.

Un día, su hijita de seis años vino hacia ella apresurada, con la noticia de que una hermosa y resplandeciente Señora, se le había aparecido mientras estaba mirando la pintura. La Señora le había dicho, que le dijera a su madre y a su abuelo, que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, deseaba ser puesta en una iglesia; y que si no, todos los de la casa morirían.

La mamá de la niñita estaba espantada, y prometió obedecer a la Señora. Una amiga, que vivía cerca, oyó lo de la aparición. Fue entonces a ver a la señora, y ridiculizó todo lo ocurrido. Trató de persuadir a su amiga, de que se quedara con el cuadro, diciéndole que si fuera ella, no haría caso de sueños y visiones. Apenas había terminado de hablar, cuando comenzó a sentir unos dolores tan terribles, que creyó que se iba a morir.

Llena de dolor, comenzó a invocar a Nuestra Señora para que la perdonara, y la ayudara. La Virgen escuchó su oración. La vecina tocó la pintura, con corazón contrito, y fue sanada instantáneamente. Entonces procedió a suplicarle a la viuda, para que obedeciera a Nuestra Señora, de una vez por todas.

Accede la viuda a entregar la pintura
Se encontraba la viuda preguntándose, en qué iglesia debería poner la pintura, cuando el cielo mismo le respondió. Volvió a aparecérsele la Virgen a la niña, y le dijo que le dijera a su madre, que quería que la pintura fuera colocada en la iglesia que queda, entre la basílica de Santa María la Mayor, y la de San Juan de Letrán. Esa iglesia era la de San Mateo, el Apóstol.

La señora se apresuró a entrevistarse con el superior de los Agustinos, quienes eran los encargados de la iglesia. Ella le informó acerca de todas las circunstancias relacionadas con el cuadro. La pintura fue llevada a la iglesia en procesión solemne, el 27 de marzo de 1499.

En el camino de la residencia de la viuda hacia la iglesia, un hombre tocó la pintura, y le fue devuelto el uso de un brazo que tenía paralizado. Colgaron la pintura sobre el altar mayor de la iglesia, en donde permaneció casi trescientos años.

Amada y venerada por todos los de Roma, como una pintura verdaderamente milagrosa, sirvió como medio de incontables milagros, curaciones y gracias.

En 1798, Napoleón y su ejército francés, tomaron la ciudad de Roma. Sus atropellos fueron incontables, y su soberbia, satánica. Exilió al Papa Pío VII, y con el pretexto de fortalecer las defensas de Roma, destruyó treinta iglesias, entre ellas la de San Mateo, la cual quedó completamente arrasada.

Junto con la iglesia, se perdieron muchas reliquias y estatuas venerables. Uno de los Padres Agustinos, justo a tiempo, había logrado llevarse secretamente el cuadro. 

Cuando el Papa, que había sido prisionero de Napoleón, regresó a Roma, le dio a los agustinos el monasterio de San Eusebio, y después la casa y la iglesia de Santa María en Posterula. Una pintura famosa de Nuestra Señora de la Gracia, estaba ya colocada en dicha iglesia, por lo que la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, fue puesta en la capilla privada de los Padres Agustinos, en Posterula. Allí permaneció sesenta y cuatro años, casi olvidada.

Hallazgo de un sacerdote Redentorista
Mientras tanto, a instancias del Papa, el Superior General de los Redentoristas, estableció su sede principal en Roma, donde construyeron un monasterio, y la iglesia de San Alfonso.

Uno de los Padres, el historiador de la casa, realizó un estudio, acerca del sector de Roma en que vivían. En sus investigaciones, se encontró con múltiples referencias a la vieja Iglesia de San Mateo, y a la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Un día, decidió contarle a sus hermanos sacerdotes sobre sus investigaciones: La iglesia actual de San Alfonso, estaba construida sobre las ruinas de la de San Mateo, en la que durante siglos, había sido venerada públicamente, una pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Entre los que escuchaban, se encontraba el Padre Michael Marchi, el cual se acordaba de haber servido muchas veces, en la Misa de la capilla de los Agustinos de Posterula, cuando era niño. Ahí en la capilla, había visto la pintura milagrosa.

Un viejo hermano lego, que había vivido en San Mateo, y a quien había visitado a menudo, le había contado muchas veces, relatos acerca de los milagros de Nuestra Señora, y solía añadir: "Ten presente, Michael, que Nuestra Señora de San Mateo, es la de la capilla privada. No lo olvides". El Padre Michael les relató todo lo que había oído, de aquel hermano lego.

Por medio de este incidente, los Redentoristas supieron de la existencia de la pintura, no obstante, ignoraban su historia, y el deseo expreso de la Virgen, de ser honrada públicamente en la iglesia.

Ese mismo año, a través del sermón inspirado de un jesuita, acerca de la antigua pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, conocieron los Redentoristas la historia de la pintura, y del deseo de la Virgen de que esta imagen suya, fuera venerada, entre la Iglesia de Santa María la Mayor, y la de San Juan de Letrán.

El santo Jesuita, había lamentado el hecho de que el cuadro, que había sido tan famoso por milagros y curaciones, hubiera desaparecido, sin revelar ninguna señal sobrenatural, durante los últimos sesenta años. A él le pareció que se debía, a que ya no estaba expuesta públicamente, para ser venerada por los fieles. Les imploró a sus oyentes, que si alguno sabía dónde se hallaba la pintura, le informaran al dueño lo que deseaba la Virgen.

Los Padres Redentoristas, soñaban con ver que el milagroso cuadro, fuera nuevamente expuesto a la veneración pública, y que de ser posible, sucediera en su propia Iglesia de San Alfonso.

Así que instaron a su Superior General, para que tratara de conseguir el famoso cuadro para su Iglesia. Después de un tiempo de reflexión, decidió solicitarle la pintura al Santo Padre, el Papa Pío IX. Le narró la historia de la milagrosa imagen, y sometió su petición.

El Santo Padre escuchó con atención. Él amaba dulcemente a la Santísima Virgen, y le alegraba que fuera honrada. Sacó su pluma, y escribió su deseo de que el cuadro milagroso de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, fuera devuelto a la Iglesia que estaba, entre Santa María la Mayor, y San Juan de Letrán. También encargó a los Redentoristas, de que hicieran que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera conocida en todas partes.

Aparece y se venera, por fin, el cuadro de Nuestra Señora
Ninguno de los Agustinos de ese tiempo, había conocido la Iglesia de San Mateo. Una vez que supieron la historia, y el deseo del Santo Padre, gustosos complacieron a Nuestra Señora.

Habían sido sus custodios, y ahora se la devolverían al mundo, bajo la tutela de otros custodios. Todo había sido planeado por la Divina Providencia, en una forma verdaderamente extraordinaria.

A petición del Santo Padre, los Redentoristas obsequiaron a los Agustinos, una linda pintura, que serviría para reemplazar a la milagrosa.

La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, fue llevada en procesión solemne, a lo largo de las vistosas y alegres calles de Roma, antes de ser colocado sobre el altar, construido especialmente para su veneración en la Iglesia de San Alfonso.

La dicha del pueblo romano era evidente. El entusiasmo de las veinte mil personas que se agolparon en las calles, llenas de flores para la procesión, dio testimonio de la profunda devoción hacia la Madre de Dios.

A toda hora del día, se podía ver un número de personas de toda clase, delante de la pintura, implorándole a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que escuchara sus oraciones, y que les alcanzara misericordia. Se reportaron diariamente, muchos milagros y gracias.

Hoy en día, la devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, se ha difundido por todo el mundo. Se han construido iglesias y santuarios en su honor, y se han establecido archicofradías. Su retrato es conocido y amado en todas partes.

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Signos de la imagen de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro - conocida en el Oriente bizantino, como el icono de la Madre de Dios de la Pasión.

Aunque su origen es incierto, se estima que el retrato fue pintado durante el decimotercero o decimocuarto siglo. El icono parece ser copia, de una famosa pintura de Nuestra Señora que fuera, según la tradición, pintada por el mismo San Lucas.

La original se veneraba en Constantinopla por siglos, como una pintura milagrosa, pero fue destruida en 1453 por los Turcos, cuando capturaron la ciudad.

Fue pintada en un estilo plano, característico de los íconos orientales, y tiene una calidad primitiva. Todas las letras son griegas. Las iniciales al lado de la corona de la Madre, la identifican como la “Madre de Dios”.

Las iniciales al lado del Niño “ICXC” significan “Jesucristo”. Las letras griegas en la aureola del Niño: owu significan “El que es”, mientras las tres estrellas sobre la cabeza, y los hombros de María Santísima, indican su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto.

Las letras más pequeñas, identifican al ángel a la izquierda, como “San Miguel Arcángel”; el arcángel sostiene la lanza y la caña, con la esponja empapada de vinagre, instrumentos de la pasión de Cristo. El ángel a la derecha, es identificado como “San Gabriel Arcángel”, sostiene la cruz y los clavos. Nótese que los ángeles, no tocan los instrumentos de la pasión con las manos, sino con el paño que los cubre.

Cuando este retrato fue pintado, no era común pintar aureolas. Por esta razón, el artista redondeó la cabeza y el velo de la Madre, para indicar su santidad. Los halos y coronas doradas, fueron añadidas mucho después. El fondo dorado, símbolo de la luz eterna, da realce a los colores más bien vivos de las vestiduras.

Para la Virgen, “el maforion” (velo-manto) es de color púrpura, signo de la divinidad, a la que ella se ha unido excepcionalmente, mientras que el traje es azul, indicación de su humanidad. En este retrato, la Madona, está fuera de proporción con el tamaño de su Hijo, porque es -María- a quien el artista quiso enfatizar.

Los encantos del retrato son muchos, desde la ingenuidad del artista, quien quiso asegurarse, que la identidad de cada uno de los sujetos se conociera, hasta la sandalia que cuelga del pie del Niño. El Niño divino, siempre con esa expresión de madurez, que conviene a un Dios eterno en su pequeño rostro, está vestido, como solían hacerlo en la antigüedad, los nobles y filósofos: túnica ceñida por un cinturón, y manto echado al hombro.

El pequeño Jesús, tiene en el rostro una expresión de temor, y con las dos manitas, aprieta la derecha de su Madre, que mira ante sí con actitud recogida y pensativa, como si estuviera recordando en su corazón, la dolorosa profecía que le hiciera Simeón, el misterioso plan de la redención, cuyo siervo sufriente, Isaías, ya había presentado.

En su doble denominación, esta bella imagen de la Virgen, nos recuerda el centralismo salvífico de la pasión de Cristo y de María, y al mismo tiempo, la socorredora bondad de la Madre de Dios y Madre Nuestra.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, asístenos por medio de la Virgen, en su advocación del Perpetuo Socorro, en las tempestuosas aguas de nuestra Vida personal, familiar y comunitaria, y así poder llegar al puerto seguro en tu Divina Gloria. A Tí Señor, que calmaste las aguas del mar de Galilea. Amén.

martes, 26 de junio de 2018


Tercera Feria, 26 de junio

SANTOS JUAN Y PABLO


Legionarios. Mártires

 († ca. 362)

Breve
Legionarios romanos, de la famosa legión Jovia.

Entregaron sus vidas, y con este sacrificio, sellaron definitivamente la suerte del paganismo en Roma, y de toda Italia, de su último intento de resurgimiento.
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IGNACIO DE OÑATIBIA ALIRELA
Los peregrinos medievales que llegaban a Roma, a venerar los sepulcros de los mártires, empezaban preguntando por la basílica de los Santos Juan y Pablo, en el monte Celio. Era de rigor comenzar por ella, el recorrido de los santuarios romanos.

Era la única iglesia erigida sobre tumba de mártires, dentro del recinto de la ciudad. Los demás mártires, habían sido enterrados en las afueras, por aquella ley de las Doce Tablas, que prohibía la sepultura en el interior de la ciudad. "Dios, que había rodeado a Roma, con una gloriosa corona de tumbas de mártires —cantaba un prefacio antiguo—, quiso esconder en las entrañas mismas de la ciudad, los miembros victoriosos de los Santos Juan y Pablo".

El guía que orientaba a los peregrinos, a través de los santos lugares, advertía además, que “la basílica que guardaba tan preciadas reliquias, era la propia casa de los mártires, convertida en iglesia después de su martirio".

A pocos metros del Coliseo, arrancaba un suave repecho, el Clivus Scauri, que les llevaba rápidamente al espacioso atrio, que abría sus pórticos delante de la basílica.

Debía de ser muy fuerte la emoción de los peregrinos, al poner los pies en la "casa de los mártires".

En torno a la figura de aquellos mártires, y con retazos de procedencia diversa, el tiempo había tejido, ya para el año 500, una leyenda sugestiva. Resulta difícil hoy señalar el núcleo de verdad, que acaso contenga la leyenda, y separar el filón de la leyenda que le cubre. No faltan en ella, ciertamente, incongruencias y contradicciones históricas.

Por eso, la mayor parte de los críticos, se inclinan hoy a negar todo crédito a las actas, que nos refieren el martirio de Juan y Pablo. Pero está la voz de los monumentos, que nos cuentan a su manera, con su lenguaje de piedra y de pinturas, la historia de unos mártires, que no pueden ser sino los mismos que la leyenda desfiguró.

Según las Actas, Juan y Pablo fueron oficiales del ejército, acaso legionarios de la famosa legión Jovia. Pasaron luego a la corte, como gentiles hombres de cámara, al servicio del emperador Constantino, y más tarde, de su hijo Constancio. La hija de Constantino, les dejó en herencia cuantiosas riquezas. Cuando Juliano ocupó el trono imperial, e hizo pública su apostasía, los dos oficiales palatinos, fervientes cristianos, abandonaron la corte en señal de protesta, y se retiraron a su casa del Celio, en Roma.

Conocemos hoy perfectamente, las características de la casa a que alude la tradición. Excavaciones realizadas bajo el pavimento de la basílica celimontiana, nos han revelado la disposición interior de aquella casa romana, y gran parte de su decoración. Se trataba de un inmueble de vastas proporciones, que ocupaba una superficie de 2250 metros cuadrados, y treinta metros de fachada. En el monte Celio, famoso en aquel entonces, por la suntuosidad de sus edificios, la grandiosa "casa de los mártires", encajaba perfectamente.

Encontramos en ella, la misma distribución y el mismo gusto por la decoración, que distinguían a las casas patricias romanas. La parte noble del edificio, destinada a habitaciones de los señores y de sus huéspedes, con sus amplias salas, lujosamente decoradas con estatuas, revestimiento de mármoles, mosaicos y grandes pinturas murales, contrasta con la estrechez de los dormitorios de los esclavos.

Muy espaciosas eran las salas de baño. En las bodegas, se han desenterrado gran número de ánforas, cántaros, y otras, vasijas donde se guardaban las provisiones de la casa. Dos de las ánforas, llevan grabado el monograma de Cristo. Trece aposentos conservan todavía, mejor o peor, la decoración antigua. No serán obras de arte, pero denotan un gusto bastante depurado. Los temas mitológicos, se combinan con paisajes y motivos ornamentales.

Allí puede contemplarse, el cuadro más grande que se conserva de la Roma antigua, pintado al fresco, sin que el color haya perdido todavía su viveza. Representa a Proserpina que vuelve del averno, acompañada de Ceres y de Baco. Una mano cristiana, en el siglo IV, extendió sobre la escena una capa de estuco.

En otra sala, pintados al encáustico, diez efebos de tamaño natural, poco menos que desnudos, y tocados con guirnaldas, sostienen con gracia un festón de hojas, mientras pavos reales, cisnes y otras aves, se mueven entre sus pies, y gran número de pájaros revolotean sobre su cabeza. Completa la decoración de la sala, una inmensa cepa, que cubre la parte superior y toda la bóveda, y en cuyas volutas se encaraman geniecillos desnudos, que van recogiendo racimos.

No faltan en la casa de Celio, pinturas de inspiración cristiana, que demuestran que sus moradores en el siglo IV, eran cristianos. En una de las salas, en medio de figuras de apóstoles, y escenas alegóricas de vida pastoril, se levanta espléndida la Orante, vestida de dalmática amarilla, con un velo verde sobre la cabeza, y los brazos extendidos en actitud de oración.

Una escalera de piedra, ponía en comunicación la planta baja con los pisos superiores. La casa, alcanzaba una altura de quince metros. Desde sus amplios ventanales, podía gozarse de uno de los espectáculos más maravillosos de Roma.

A pocos metros extendía sus grandes arcos de travertino, el templo erigido en honor del emperador Claudio. Más allá, el Coliseo, los templos y edificios públicos del Palatino, del Foro y del Capitolio, y las termas de Trajano y de Tito, desplegaban al sol sus mármoles fulgurantes. Y por encima de edificios y murallas, la mirada se perdía en las líneas onduladas de las colinas del Lacio, y en los anchurosos horizontes del mar.

En aquella casa, esperaban pasar Juan y Pablo, los últimos años de su vida. Pero bien pronto, empezaron a llegar noticias alarmantes, de la actitud hostil del nuevo emperador. Su odio se ensañaba, particularmente, con los que habían servido más de cerca a su predecesor.

Era además conocida su codicia por el dinero. Trataba de apoderarse, por todos los medios, de las riquezas de los cristianos. En carta a Scévola, escribía él mismo, con ironía, que la admirable ley de los cristianos, quiere que sean éstos exonerados de las cosas de aquí abajo, a fin de “estar más ágiles para subir al cielo", y que por eso, se dedicaba él a facilitarles el viaje, despojándoles de sus bienes. Cuidaba mucho el Apóstata, de que los cristianos fueran condenados siempre como enemigos públicos, evitando que en la sentencia se reflejaran los motivos verdaderos.

No tardó en llegar a oídos del emperador, la noticia de que Juan y Pablo, socorrían todos los días en su casa del Celio, a gran número de cristianos pobres, a cuenta de las riquezas que habían heredado de la hija de Constantino. Les hizo llamar a la corte repetidas veces, con promesas lisonjeras. Mas ellos se negaron a servir a un emperador renegado, que perseguía a los cristianos.

Juliano pasó entonces de las promesas a las amenazas. Les conminó con la muerte, como a enemigos públicos, si en el plazo de diez días no renunciaban a su fe cristiana, y volvían a los oficios de la corte.

Juan y Pablo se dispusieron a morir por Cristo. Como primera medida, distribuyeron todas sus riquezas entre los pobres, y se entregaron a obras de religión y piedad. Pasados los diez días de plazo, a la hora de cenar, se presentó en la casa del Celio, Terenciano, capitán de cohorte, con un puñado de soldados. Dicen las Actas, que encontró a nuestros héroes en oración.

En nombre del emperador, les instó por última vez, a adorar una pequeña estatua de Júpiter, que traían consigo. Era la estatua que los legionarios de la legión Jovia, veneraban en sus cuarteles. Juan y Pablo se negaron resueltamente.

Al filo de la medianoche, Terenciano los hizo decapitar en un rincón oscuro de la misma casa. Y para evitar que fueran luego venerados como mártires, mandó abrir una zanja a toda prisa, en el fondo de uno de los corredores, debajo de la escalera principal. Allí ocultaron los cadáveres. Ocurría esto en la noche del 26 al 27 de junio del año 362.

A la mañana siguiente, Terenciano hizo correr en Roma, la voz de que Juan y Pablo habían salido de la ciudad, desterrados por orden del emperador.

Exactamente un año más tarde, el mismo día, y a la misma hora en que caían al suelo las cabezas de nuestros mártires, moría asesinado en Maronsa, cerca de Bagdad, Juliano el Apóstata.

En Roma, un grupo de iluminados, entre ellos el hijo único de Terenciano, comenzaron a revelar a voz en cuello, la muerte de Juan y Pablo. Terenciano se vio obligado a indicar el lugar del entierro, y los detalles del glorioso martirio.

Las Actas terminan, con la historia de la transformación de la "casa de los mártires” en Iglesia, por obra de los senadores Bizante y Pammaquio. Bizante es un personaje poco conocido en la historia de Roma.

Sería él, probablemente, quien abrió al culto, parte de la casa del monte Celio, después de convertir la planta baja en un pequeño santuario. Levantó un tabique, frente al lugar de la sepultura, para protegerla de la devoción indiscreta de los visitantes. Pero dejó abiertas unas pequeñas ventanas, o fenestrellae, para que los devotos pudieran contemplar la tumba, y tocarla con retazos y otros objetos, que luego conservarían como preciadas reliquias.

Decoró las paredes de aquel sagrado recinto, con pinturas alusivas a los mártires. En el puesto de honor, mandó pintar la figura de uno de ellos, en actitud de paz, a la entrada del paraíso, y a sus pies, venerándole, dos fieles postrados en tierra.

Entre otras composiciones, dos escenas de martirio, llaman poderosamente la atención. Una de ellas, nos muestra a tres personajes, dos varones y una mujer, en el momento de ser conducidos a la presencia del juez, bajo la vigilancia de dos guardianes.

La otra nos hace asistir a la ejecución de los mártires. Están los tres personajes de rodillas, los ojos vendados, y las manos atadas a la espalda, esperando con la cabeza inclinada el golpe de la espada. El verdugo está detrás de ellos, y junto a él, otro personaje que parece estar presidiendo la escena. Es ésta una de las más antiguas, y más dramáticas escenas del martirio que se conservan.

El pequeño santuario fue muy visitado por los devotos. Algunos dejaron en las paredes sus nombres y sus ruegos, grabados con punta de hierro. La afluencia de visitantes fue creciendo, y bien pronto aquel santuario resultó insuficiente. Se decidió erigir, en aquel mismo lugar, un santuario digno de la celebridad de que gozaban ya los santos mártires, Juan y Pablo.

Costeó las obras el senador Pammaquio, personaje muy conocido en la Roma de fines del siglo IV. Pertenecía a la noble familia de los Furios. Fue amigo de San Jerónimo. Estudiaron juntos en Roma, y se profesaron toda la vida mutuo afecto. San Paulino de Nola y San Agustín, alabaron en sendas cartas, la fe y piedad de Pammaquio. Solía éste acudir al Senado en hábito de monje. Se hizo célebre, sobre todo, por sus obras de caridad. Distribuyó íntegramente, entre los pobres, la herencia que le dejara su mujer Paulina. Fundó en Ostia, el famoso xenodochium, abierto a los peregrinos que llegaban a Roma por mar.

La basílica que levantó en el Celio, hizo también honor a su munificencia. Fueron abatidos los tabiques interiores, de los dos pisos superiores. Se rellenó de escombros toda la planta baja, a excepción del locus martyrii. Y sobre veinticuatro columnas de granito negro, apoyaron la espaciosa nave, bañada en la cálida luz que tamizaban, setenta ventanas convenientemente distribuidas. Los mapas medievales, la señalaban como "basílica grande y muy hermosa". El pavimento, y parte de los muros, estaban revestidos de mármol blanco.

A derecha e izquierda, a lo largo de toda la nave central, se sucedían escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, que cantaban el triunfo del culto del Dios verdadero, sobre el culto pagano.

Aquellos cuadros, reflejaban las preocupaciones de una época, que acababa de asistir al fracaso de la última tentativa de restaurar el paganismo. Pero eran, al mismo tiempo, un elogio a los héroes de la fe, que con su martirio, aseguraron la victoria del cristianismo.

La basílica de los Santos Juan y Pablo, representa en Roma, que tantos monumentos singulares atesora, un ejemplar único de continuidad. Podemos seguir allí, las transformaciones sucesivas, de un palacio pagano del siglo segundo, que al abrazar sus dueños el cristianismo, se convierte en morada cristiana.

La sangre de los mártires, hizo de ella centro de peregrinación. Fue primero un humilde santuario, que la afluencia siempre creciente de devotos, obligó a transformar en una basílica, toda reluciente de mármoles y mosaicos. Cada generación, ha ido dejando después en aquellos muros, el testimonio de su piedad.

Sin preocuparse excesivamente, del signo de interrogación que la crítica ha puesto, a los detalles que nos suministran las Actas, el pueblo cristiano seguirá venerando en el monte Celio, a los mártires, cuyos nombres recuerda la Iglesia Romana, todos los días en el canon de la misa, entre los testigos más gloriosos de nuestra fe.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos que por los méritos e intercesión de los legionarios Juan y Pablo del Monte Celio, podamos nosotros perseverar en la Fe, y siempre estar atentos a cualquier resurgimiento del paganismo en nuestro corazón, comportándonos como fieles legionarios tuyos. A Tí Señor, que nos insuflaste el Espíritu Santo sobre nuestras cabezas, y nos acompañas hasta el fin de los tiempos. Amén.

lunes, 25 de junio de 2018


Segunda Feria, 25 de junio

San Próspero de Aquitania


Seglar († c. a. 455)

Breve
Discípulo de San Agustín de Hipona. Gran erudito, quien se convirtió en secretario privado del Papa León I. Luchó en sus escritos contra los pelagianos, quienes negaban la existencia del Pecado Original.

Herejías de Pelagio:
1: Adán hubiese muerto, aunque no hubiese pecado.
2: El pecado de Adán, lo dañó solo a él. Sus descendientes solo recibieron mal ejemplo.
3: Los niños antes del bautismo, están en la misma condición que estuvo Adán antes de la caída.
4: La humanidad no muere por el pecado de Adán, ni resucita en el último día por la redención de Cristo.
5: El pecado de Adán, solo le afectó a él, y no a su descendencia. Por lo tanto los hijos de Adán nacen libre de culpa.
6: La ley del Antiguo Testamento, ofrece la misma oportunidad de salvación que el Evangelio.

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Si no fuera por sus escritos, todos marcados por la controversia semipelagiana, y por el testimonio del historiador Gennadio, no sabríamos gran cosa de su vida, que destaca por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia, y por el apasionamiento por la verdad.

Parece ser que era natural de Aquitania, y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria, y vió la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación, y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes, que estaban en el monasterio de San Víctor, en Marsella, al sur de Francia.

Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar, y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa», en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial, e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento, y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad, por negar algún autor de peso, la autoría del poema.

Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V, por la desviada enseñanza de Pelagio, contraria al pensar cristiano, poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de San Agustín, con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos, no se hizo esperar en defensa de la fe, y la sanción de los concilios de Cartago, en los años 416 y 418, con la posterior aceptación del Papa, parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así, y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.

Los monjes de San Víctor en Marsella, empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado, que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones», que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por San Agustín, y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes, que depende del hombre la primera elección, que en términos teológicos, se denominará desde entonces el «initium fidei».

Este es el pensamiento teológico, que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, discute, visita, y escribe a San Agustín, propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de alto nivel.

Como es laico, y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica, y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe, al mismo Papa Celestino I, que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones, y escribió a los obispos galos, pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia, recogido de San Agustín.

Se trataba de intrincadas cuestiones, que en sus matices, son para especialistas teólogos, y en las que los incautos, son fácil presa al engaño. En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención, y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa lo que estaba sobre el tapete.

Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluto respeto por la libertad del hombre, que es un ser dependiente, y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia.

Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana, se llegaba al extremo inaceptable, de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe, era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.

Muerto Casiano, y fallecido también San Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile, y tuvo que ser el laico o seglar Próspero, quien mantuviera firme y alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».

Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario, nada menos que del papa San León Magno, y hasta se piensa, que pudo poner su aportación en la Epístola Dogmática escrita a los Orientales, para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo, contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques, y los monofisitas de las dos naturalezas de Cristo.

Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud, la fecha de su muerte, en el actual estado de investigación.

Da gusto ver en el siglo V, la entrega de un laico sabio y santo, responsable de su misión, y puesto en la Iglesia, sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época, no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios, y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.
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Hoy también recordamos con Amor y Agradecimiento a:

-San Máximo, Obispo de Turín, doctor insigne y apologista. Asistió al concilio de Milán de 450, y al de Roma de 465, donde firma después del papa San Hilario. Murió hacia 465. Tenemos de él Homilías sobre el nacimiento de Cristo, Cuaresma, Pasión, Santos, y diversos asuntos morales; exposición de los Evangelios, tres tratados sobre el Bautismo, y dos contra los judíos y paganos; y un tratado de los nombres de los doce Apóstoles.

-San Guillermo (de Vercelli) de Monte Virgine, 1142.
-San Sosípatro, discípulo. de San Pablo, Berea (Asia Menor), s. I.
-Santa Lucía y veintidós compañeros mártires, Roma.
-San Galicano, mártir, Alejandría, 362.
-Santa Febronia, virgen y mártir, Sibaple (Siria), 304.
- San Antido, mártir, Besançon (Francia), s. IV.
-San Adalberto, discípulo de San Willibrordo, Holanda, s. VIII.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, recibe a quienes nos precedieron, y se encuentran camino al Paraíso, y a todos nosotros, en tu Mansión Celestial, mirando siempre nuestra naturaleza fragmentada y mutilada por el pecado original, y no tanto nuestra falta de Fe, de Amor y de Constancia, en el servicio a tu Santo Nombre y a nuestros Hermanos. Amén.



domingo, 24 de junio de 2018


Sábado 24 de junio

LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA


San Juan Bautista Niño - Pintura de Murillo

La voz del que clama en el desierto

Precursor del nacimiento y de la muerte de Cristo

Precursor, Profeta y Bautista

Martirio de San Juan: 29 de agosto
Hijo de Zacarías e Isabel, pariente de la Virgen María, es el precursor de Jesucristo. En esta misión, se entrega totalmente viviendo en penitencia, austeridad y celo por las almas.

Bautizó a Jesús en el Jordán. Es el último, y más grande de los profetas del Antiguo Testamento, ya que es puente con el Nuevo Testamento. Murió Mártir.

  Antes de la venida de Jesús, Juan proclamaba un bautismo de arrepentimiento [Hechos 13:24]. Juan fue enviado a cumplir la profecía de Malaquías [Mal. 3:1; Lk. 1:76; Lk. 3:15-8; Mk. 1:4; Acts 19:4]

La humildad de Juan, hizo posible que Dios hiciera grandes cosas, por medio de él, Cf.  Hechos 13:25.

"Conviene que Él (Jesús) crezca, y que yo disminuya" -San Juan Bautista.

Leemos en el Catecismo:

717 "Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. (Juan 1, 6). Juan fue "lleno del Espíritu Santo, ya desde el seno de su madre" (Lucas 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo, que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La "visitación" de María a Isabel, se convirtió así en "visita de Dios a su pueblo" (Lucas 1, 68).

718 Juan es "Elías que debe venir" (Mateo 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita, y le hace correr delante [como "precursor"] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de "preparar al Señor, un pueblo bien dispuesto" (Lc 1, 17).

719 Juan es "más que un profeta" (Lucas 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el "hablar por los profetas". Juan termina el ciclo de los profetas, inaugurado por Elías (cf. Mateo 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la "voz" del Consolador que llega (Juan 1, 23; cf. Isaías 40, 1-3).

Como lo hará el Espíritu de Verdad, "vino como testigo, para dar testimonio de la luz" (Juan 1, 7;cf. Juan 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así, las "indagaciones de los profetas", y la ansiedad de los ángeles (1 Pedro 1, 10-12): "Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu, y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo ... Y yo lo he visto, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios ... He ahí el Cordero de Dios" (Juan 1, 33-36).

720 En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre, la "semejanza" divina. El bautismo de Juan era, para el arrepentimiento, el del agua, y del Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).

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Hoy renovemos juntos nuestras promesas bautismales con fervor:

¿Renunciamos a Satanás, esto es:
al pecado, como negación de Dios;
al mal, como signo del pecado en el mundo;
al error, como ofuscación de la verdad;
a la violencia, como contraria a la caridad;
al egoísmo, como falta de testimonio del amor?

R/. ¡Sí, renunciamos!.

¿Renunciamos a sus obras, que son:
sus envidias y odios;
sus perezas e indiferencias;
sus cobardías y complejos;
sus tristezas y desconfianzas;
sus materialismos y sensualidades;
sus injusticias y favoritismos;
sus faltas de fe, de esperanza y de caridad?

R/. ¡Sí, renunciamos!.

¿Renunciamos a todas sus seducciones, como pueden ser:
el creerse superiores;
el estar muy seguros de vosotros mismos;
el creer que ya están convertidos del todo?

R/. ¡Sí, renunciamos!.

¿Renunciamos a los criterios y comportamientos materialistas que consideran:
el dinero, como la aspiración suprema de la vida;
el placer ante todo;
el negocio como valor absoluto;
el propio bien, por encima del bien común?

R/. ¡Sí, renunciamos!.

¿Creemos en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?

R/. ¡Sí, creemos!.

¿Creemos en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos, y está sentado a la derecha del Padre?

R/. ¡Sí, creemos!.

¿Creemos en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos, y en la vida eterna?

R/. ¡Sí, creemos!.

Ésta es nuestra fe, ésta es la fe de la Iglesia, la que nos gloriamos de profesar en Jesucristo nuestro Señor.

R/. ¡Amén!.

Oración Final: Dios Todopoderoso y Eterno, que cuando éramos niños, e hicimos la primera afirmación consciente de las promesas bautismales, dadas en primera instancia por nuestros padres y padrinos, pensábamos que era sencillo cumplirlas, pero ahora sabemos por la experiencia de vida, que ellas nos llevan inexorablemente a la exclusión, en muchos ámbitos sociales y laborables, incluso hasta nuestro linchamiento social, de manera abierta o solapada, incluso dentro de la propia Iglesia, y que hasta puede concluir con nuestro martirio, si ocupamos cargos públicos o privados de relevancia, dános las fuerzas de tu Espíritu Santo para reafirmarlas, una y otra vez con vuestra Fortaleza, Ciencia y Consejo todos los días de nuestra Vida. A Tí Señor, por quien se abrieron los Cielos en tu Bautismo, ábrenos el Camino de nuestra Iluminación y Purificación Interior. Amén.


Sábado 24 de junio - LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA - La voz del que clama en el desierto - Precursor del nacimiento y de la muerte de Cristo - Precursor, Profeta y Bautista - Renovemos nuestras promesas Bautismales.