domingo, 27 de mayo de 2018


Sábado 26 de Mayo

San Felipe Neri


1515-1595

Cuerpo Incorrupto

Un hombre sin oración, es un animal sin razón”

El que quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios”

Apóstol de Roma. Patrón de educadores y humoristas

Con frecuencia, experimentaba el éxtasis durante la misa, y se le observó levitando en algunas ocasiones

Breve
El hombre busca la felicidad, pero nada en este mundo puede dársela. La felicidad es el fruto sobrenatural de la presencia de Dios en el alma. Es la felicidad de los santos.

Ellos la viven en las más adversas circunstancias, y nada ni nadie, se las puede quitar. San Felipe Neri, ilustra admirablemente la felicidad de la santidad. Dispuesto a todo por Cristo, logró maravillas en su vida, y la gloria del cielo.

San Felipe pidió los dones del Espíritu Santo, y recibió un corazón que se consumía de gozo. Experimentaba un constante Pentecostés.

Se hallaba en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Vía Appia, cuando ahí precisamente, en la víspera de Pentecostés de 1544, cuando estaba pidiendo los dones del Espíritu Santo, vio venir del cielo un globo de fuego, que penetró en su boca, y se dilató en su pecho.

El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle; cayó al suelo, como derribado, y exclamó con acento de dolor: “¡Basta, Señor, basta!. ¡No puedo soportarlo más!". Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo un bulto del tamaño de un puño, pero jamás le causó dolor alguno.

El cuerpo incorrupto de San Felipe, está en la iglesia de Santa María en Vallicella, bajo un hermoso mosaico de su visión de la Virgen María, de 1594.

Patrón de educadores y humoristas. Fundador del oratorio en Roma
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Nació en Florencia, Italia, en 1515, uno de cuatro hijos del notario Francesco y Lucretia Neri. Muy pronto perdieron a su madre, pero la segunda esposa de su padre, fue para ellos una verdadera madre.

Desde pequeño, Felipe era afable, obediente, y amante de la oración. En su juventud, le gustaba visitar a los padres dominicos del Monasterio de San Marco, y según su propio testimonio, estos padres le inspiraron a la virtud.

A los 17 años, lo enviaron a San Germano, cerca de Monte Casino, como aprendiz de Romolo, un mercante primo de su padre. Su estancia ahí no fue muy prolongada, ya que al poco tiempo tuvo Felipe la experiencia mística que él llamaría, más tarde, su "conversión", y desde ese momento dejaron de interesarle los negocios.

Partió a Roma sin dinero, y sin ningún proyecto, confiado únicamente en la Providencia. En la Ciudad Eterna, se hospedó en la casa de un aduanero florentino, llamado Galeotto Caccia, quien le cedió una buhardilla, y le dio lo necesario para comer, a cambio de que educase a sus hijos, los cuales -según el testimonio de su propia madre y de una tía - se portaban como ángeles, bajo la dirección del santo. Felipe no necesitaba gran cosa, ya que sólo se alimentaba una vez al día, y su dieta se reducía a pan, aceitunas y agua. En su habitación, no había más que una cama, una silla, unos cuantos libros, y una cuerda para colgar la ropa.

Fuera del tiempo que consagraba a la enseñanza, Felipe vivió como un anacoreta, los dos primeros años que pasó en Roma, entregado día y noche a la oración. Fue ese un período de preparación interior, en el que se fortaleció su vida espiritual, y se confirmó en su deseo de servir a Dios. Al cabo de esos dos años, Felipe hizo sus estudios de filosofía y teología en la Sapienza, y en Sant'Agostino.

Era muy devoto al estudio, sin embargo, le costaba concentrarse en ellos, porque su mente se absorbía en el amor de Dios, especialmente al contemplar el crucifijo. Él comprendía que Jesús, fuente de toda la sabiduría, de la filosofía y teología, le llenaba el alma, en el silencio de la oración.

A los tres años de estudio, cuando el tesón y el éxito con que había trabajado, le abrían ante él una brillante carrera, Felipe abandonó súbitamente los estudios. Movido probablemente por una inspiración divina, vendió la mayor parte de sus libros, y se consagró al Apostolado.

La vida religiosa del pueblo de Roma, dejaba mucho que desear; graves abusos abundaban en la Iglesia; todo el mundo lo reconocía, pero muy poco se hacía para remediarlo.

En el Colegio cardenalicio gobernaban los Medici, de suerte que muchos cardenales, se comportaban más bien como príncipes seculares, que como eclesiásticos. El renacimiento de los estudios clásicos, había sustituido los ideales cristianos por los paganos, con el consiguiente debilitamiento de la fe, y el descenso del nivel moral.

El clero había caído en la indiferencia, cuando no en la corrupción; la mayoría de los sacerdotes no celebraba la misa sino rara vez, dejaban arruinarse las iglesias, y se desentendían del cuidado espiritual de los fieles. El pueblo, por ende, se había alejado de Dios. La obra de San Felipe, habría de consistir en re evangelizar la ciudad de Roma, y lo hizo con tal éxito, que un día se le llamaría "el Apóstol de Roma".

Los comienzos fueron modestos. Felipe iba a la calle o al mercado, y empezaba a conversar con las gentes, particularmente con los empleados de los bancos, y las tiendas del barrio de Sant'Angelo. Como era muy simpático, y tenía un buen sentido del humor, no le costaba trabajo entablar conversación, en el curso de la cual dejaba caer alguna palabra oportuna, acerca del amor de Dios, o del estado espiritual de sus interlocutores. Así fue logrando, poco a poco, que numerosas personas cambiasen de vida.

El santo acostumbraba saludar a sus amigos con estas palabras: "Y bien, hermanos, ¿cuándo vamos a empezar a ser mejores?". Si éstos le preguntaban, qué debían hacer para mejorar, el santo los llevaba consigo a cuidar a los enfermos de los hospitales, y a visitar las siete iglesias, que era una de sus devociones favoritas.

Felipe consagraba el día entero al apostolado; pero al atardecer, se retiraba a la soledad, para entrar en profunda oración, y con frecuencia, pasaba la noche en el pórtico de alguna iglesia, o en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Vía Appia.

Se hallaba ahí, precisamente, la víspera de Pentecostés del año 1544, pidiendo los dones del Espíritu Santo, cuando vio venir del cielo un globo de fuego, que penetró en su boca, y se dilató en su pecho.


El santo se sintió poseído por un amor tan intenso de Dios, que parecía ahogarle; cayó al suelo, corno derribado, y exclamó con acento de dolor: “¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!". Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo un bulto del tamaño de un puño, pero jamás-le causó dolor alguno.

A partir de entonces, San Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. A menudo tenía que descubrirse el pecho, para aliviar un poco el ardor que lo consumía, y rogaba a Dios, que mitigase sus consuelos, para no morir de gozo.

Tan fuertes era las palpitaciones de su corazón, que otros podían oírlas y sentirlas, especialmente años más tarde, cuando como sacerdote, celebraba la Santa Misa, confesaba o predicaba.

Había también un resplandor celestial, que desde su corazón emanaba calor. Tras su muerte, la autopsia del cadáver del santo, reveló que tenía dos costillas rotas, y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón.

San Felipe, habiendo recibido tanto, se entregaba plenamente a las obras corporales de misericordia. En el año 1548, con la ayuda del Padre Persiano Rossa, su confesor, que vivía en San Girolamo della Carita, y unos 15 laicos, San Felipe fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, conocida como la cofradía de los pobres, que se reunía para los ejercicios espirituales, en la iglesia de San Salvatore in Campo.

Dicha cofradía, se encargaba de socorrer a los peregrinos necesitados, y ayudó a San Felipe, a difundir la devoción de las cuarenta horas (adoración Eucarística), durante las cuales solía dar breves reflexiones, llenas de amor, que conmovían a todos.

Dios bendijo el trabajo de la cofradía, ya que pronto se fundó el célebre hospital de Santa Trinita dei Pellegrini; en el año jubilar de 1575, los miembros de la cofradía atendieron ahí a 145.000 peregrinos, y se encargaron, más tarde, de cuidar a los pobres durante la convalecencia. Así pues, a los treinta y cuatro años de edad, San Felipe había hecho ya grandes cosas.

Sacerdote
Su confesor estaba persuadido, de que Felipe haría cosas todavía mayores, si recibía la ordenación sacerdotal. Aunque el santo se resistía a ello, por humildad, acabó por seguir el consejo de su confesor.

El 23 de mayo de 1551 recibió las órdenes sagradas. Tenía 36 años. Fue a vivir con el Padre Rossa, y otros sacerdotes, a San Girolamo della Carita. A partir de ese momento, ejerció el apostolado sobre todo en el confesionario, en el que se sentaba desde la madrugada hasta mediodía, algunas veces hasta las horas de la tarde, para atender a una multitud de penitentes de toda edad, y condición social.

El santo tenía el poder de leer el pensamiento de sus penitentes, y logró numerosas conversiones. Con paciencia analizaba cada pecado, y con gran sabiduría prescribía el remedio. Con gentileza y gran compasión, guiaba a los penitentes en el camino de la santidad. Enseñó a sus penitentes, el valor de la mortificación, y las prácticas que ayudasen a crecer en humildad.

Algunos recibían de penitencia mendigar por alimentos, u otras prácticas de humillación. Uno de los beneficios de la guerra contra el ego, es que abre la puerta a la oración.

Decía: "Un hombre sin oración es un animal sin razón". Enseñaba la importancia de llenar la mente con pensamientos santos, y pensaba que para lograrlo, se debía hacer lectura espiritual, especialmente de los santos. Celebraba con gran devoción la misa diaria, algo que muchos sacerdotes habían abandonado.

Con frecuencia, experimentaba el éxtasis durante la misa, y se le observó levitando en algunas ocasiones. Para no llamar la atención, trataba de celebrar la última misa del día, en la que había menos personas.

Conversaciones espirituales
Consideraba que era muy importante la formación. Para ayudar en el crecimiento espiritual, organizaba conversaciones espirituales, en las que se oraba y se leían, las vidas de los santos y misioneros. Terminaban con una visita al Santísimo Sacramento, en alguna iglesia, o con la asistencia a las vísperas.

Eran tantos los que asistían a las conversaciones espirituales, que en la iglesia de San Girolamo, se construyó una gran sala para las conferencias de San Felipe, y varios sacerdotes empezaron a ayudarle en la obra.

El pueblo los llamaba "los Oratorianos", porque tocaban la campana, para llamar a los fieles a rezar en su oratorio. Las reuniones fueron tomando estructura con oración mental, lectura del Evangelio, comentario, lectura de los santos, historia de la Iglesia y música. Músicos, incluso Giovanni Palestrina, asistieron y escribieron música para las reuniones. Los resultados fueron extraordinarios. Muchos miembros prominentes de la curia, asistieron a lo que se llamaba "el oratorio".

El ejemplo de la vida y muerte heroicas de San Francisco Javier, movió a San Felipe, a ofrecerse como voluntario para las misiones; quiso irse a la India, y unos veinte compañeros del oratorio, compartían la idea.

En 1557 consultó con el Padre Agustín Ghettini, un santo monje cisterciense. Después de varios días de oración, el patrón especial del Padre Ghettini, San Juan Evangelista, se le apareció, y le informó que la India de Felipe sería Roma. El santo se atuvo a su consejo, poniendo en Roma toda su atención.

Una de sus preocupaciones eran los carnavales, en que con el pretexto de "prepararse" para la cuaresma, se daban al libertinaje. San Felipe propuso la santa diversión, de visitar siete iglesias de la ciudad, una peregrinación de unas doce millas, orando, cantando, y con un almuerzo al aire libre.

San Felipe tuvo muchos éxitos, pero también gran oposición. Uno de estos fue el del cardenal Rosario, vicario del Papa Pablo IV. El santo fue llamado ante el cardenal, acusado de formar una secta. Se le prohibió confesar, y tener más reuniones o peregrinaciones. Su pronta y completa obediencia, edificó a sus simpatizantes. El santo comprendía, que era Dios quien le probaba, y que la solución era la oración.

El cardenal Rosario murió repentinamente. El santo no guardó ningún resentimiento hacia el cardenal, ni permitía la menor crítica contra éste.

La Congregación del Oratorio (Los oratorianos)
En 1564, el Papa Pío IV, pidió a San Felipe que asumiera la responsabilidad por la Iglesia de San Giovanni de los Florentinos. Fueron entonces ordenados tres de sus propios discípulos, quienes también fueron a San Juan. Vivían y oraban en comunidad, bajo la dirección de San Felipe. El santo, redactó una regla muy sencilla para sus jóvenes discípulos, entre los cuales se contaba el futuro historiador Baronio.

Con la bendición del Papa Gregorio XII, San Felipe y sus colaboradores, adquirieron en el año 1575, su propia Iglesia, Santa María de Vallicella. El Papa aprobó formalmente la Congregación del Oratorio.

Era única, ya que los sacerdotes son seculares que viven en comunidad, pero sin votos. Los miembros retenían sus propiedades, pero debían contribuir en los gastos de la comunidad. Los que deseaban tomar votos, estaban libres para dejar la Congregación, para unirse a una orden religiosa. El instituto tenía como fin la oración, la predicación y la administración de los sacramentos.

Es de notar que aunque la congregación florecía a la sombra del Vaticano, no recibió el reconocimiento final de sus constituciones, hasta 17 años después de la muerte de su fundador, en el año 1612.

La Iglesia de Santa María in Vallicella estaba en ruinas, y resultaba demasiado pequeña. San Felipe fue además avisado en una visión, que la Iglesia estaba a punto del derrumbe, siendo sostenida por la Virgen. El santo decidió demolerla, y construir una más grande. Resultó que los obreros, encontraron que la viga principal estaba desconectada de todo apoyo.

Bajo la dirección de San Felipe, la excavación comenzó en el lugar, donde una antigua fundación yacía escondida. Estas ruinas proveyeron la necesaria fundación para una porción de la nueva Iglesia, y suficiente piedra para el resto de la base. En menos de dos años, los padres se mudaron a la "Chiesa Nuova".

El Papa, San Carlos Borromeo, y otros distinguidos personajes de Roma, contribuyeron a la obra con generosas limosnas. San Felipe tenía por amigos a varios cardenales y príncipes. Lo estimaban por su gran sentido del humor, y por su humildad, virtud que buscaba inculcar en sus discípulos.

Aparición de la Virgen y curación
San Felipe Neri fue siempre de salud delicada. En cierta ocasión, la Santísima Virgen se le apareció, y le curó de una enfermedad de la vesícula. El suceso aconteció así: el santo había casi perdido el conocimiento, cuando súbitamente se incorporó, abrió los brazos, y exclamó: "¡Mi hermosa Señora!. ¡Mi santa Señora!". El médico que le asistía le tomó por el brazo, pero San Felipe le dijo: "Dejadme abrazar a mi Madre, que ha venido a visitarme".

Después, cayó en la cuenta de que había varios testigos, y escondió el rostro entre las sábanas, como un niño, pues no le gustaba que le tomasen por santo.

Dones extraordinarios
San Felipe tenía el don de curación, devolviéndoles la salud a muchos enfermos. También, en diversas ocasiones, predijo el porvenir. Vivía en estrecho contacto con lo sobrenatural, y experimentaba frecuentes éxtasis. Quienes lo vieron en éxtasis, dieron testimonio de que su rostro brillaba con una luz celestial.

Últimos años
Durante sus últimos años, fueron muchos los cardenales que lo tenían como consejero. Sufrió varias enfermedades, y dos años antes de morir, logró renunciar a su cargo de superior, siendo sustituido por Baronio.

Obtuvo permiso de celebrar diariamente la misa, en el pequeño oratorio que estaba junto a su cuarto. Como frecuentemente era arrebatado en éxtasis durante la misa, los asistentes acabaron por tomar la costumbre, de retirarse al "Agnus Dei". El acólito hacía lo mismo.

Después de apagar los cirios, encender una lamparilla, y colgar de la puerta un letrero para anunciar que San Felipe estaba celebrando todavía; dos horas después volvía el acólito, encendía de nuevo los cirios, y la misa continuaba.

El día de Corpus Christi, 25 de mayo de 1595, el santo estaba desbordante de alegría, de suerte que su médico le dijo que nunca le había visto tan bien, durante los últimos diez años. Pero San Felipe, sabía perfectamente que había llegado su última hora.

Confesó durante todo el día, y recibió, como de costumbre, a los visitantes. Pero antes de retirarse, dijo: "A fin de cuentas, hay que morir". Hacia medianoche, sufrió un ataque tan agudo, que se convocó a la comunidad.

Baronio, después de leer las oraciones de los agonizantes, le pidió que se despidiese de sus hijos, y los bendijese. El santo, que ya no podía hablar, levantó la mano para dar la bendición, y murió un instante después. Tenía entonces ochenta años, y dejaba tras de sí una obra imperecedera.

San Felipe fue canonizado en 1622

El cuerpo incorrupto de San Felipe, está en la iglesia de Santa María en Vallicella, bajo un hermoso mosaico, de su visión de la Virgen María de 1594.

DICHOS DE SAN FELIPE
"Quien quiera algo que no sea Cristo,
no sabe lo que quiere;
quien pida algo que no sea Cristo,
no sabe lo que pide;
quien no trabaje por Cristo,
no sabe lo que hace" 

 -San Felipe Neri

"Como es posible que alguien que cree en Dios
pueda amar algo fuera de Él".
  -San Felipe Neri

"¿Oh Señor que eres tan adorable
y me has mandado a amarte,
por qué me diste tan solo un corazón
y este tan pequeño?"  -
San Felipe Neri

Bibliografía
Butler, Vida de los Santos, Vol II
PP. Louis Poncelle y Louis Bourdet, St. Philip Neri and teh Roman Society of his times.
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Oficio de lectura, 26 de mayo, San Felipe Neri, Presbítero

Estad siempre alegres en el Señor

De los sermones de San Agustín, obispo
Sermón 171, 1-3, 5

El Apóstol nos manda alegrarnos, pero en el Señor, no en el mundo. Pues, como afirma la Escritura: El que quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios. Pues del mismo modo que un hombre, no puede tener dos señores, tampoco puede alegrarse en el mundo, y en el Señor.

Que el gozo en el Señor sea el triunfador, mientras se extingue el gozo en el mundo. El gozo en el Señor, siempre debe ir creciendo, mientras que el gozo en el mundo, ha de ir disminuyendo, hasta que se acabe. No afirmamos esto como si no debiéramos alegrarnos, mientras estamos en este mundo, sino en el sentido, de que debemos alegrarnos en el Señor, también cuando estamos en este mundo.

Pero alguno puede decir: «Estoy en el mundo, por tanto, si me alegro, me alegro allí donde estoy». ¿Pero es que por estar en el mundo, no estás en el Señor?

Escucha al apóstol San Pablo, cuando habla a los atenienses, según refieren los Hechos de los Apóstoles, y afirma de Dios, Señor y creador nuestro: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”. Él, que está en todas partes, ¿en dónde no está?. ¿Acaso no nos exhortaba precisamente a esto?. El Señor está cerca; nada os preocupe.

Gran cosa es ésta: el mismo que asciende sobre todos los cielos, está cercano a quienes se encuentran en la tierra. ¿Quién es éste, lejano y próximo, sino aquel que por su benignidad, se ha hecho próximo a nosotros?.

Aquel hombre que cayó en manos de unos bandidos, que fue abandonado medio muerto, que fue desatendido por el sacerdote y el levita, y que fue recogido, curado y atendido por un samaritano que iba de paso, representa a todo el género humano. Así pues, como el Justo e Inmortal estuviese lejos de nosotros, de los pecadores y mortales, bajó hasta nosotros para hacerse cercano, quien estaba lejos.

No nos trata como merecen nuestros pecados, pues somos hijos suyos. ¿Cómo lo probamos?. El Hijo unigénito murió por nosotros, para no ser el único hijo. No quiso ser único, quien único, murió por todos. El Hijo único de Dios, ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado, para acoger a los réprobos; vendido para redimirnos; deshonrado para honrarnos; muerto para vivificarnos.

Por tanto, hermanos, estad alegres en el Señor, no en el mundo: es decir, alegraos en la verdad, no en la iniquidad; alegraos con la esperanza de la eternidad, no con las flores de la vanidad. Alegraos de tal forma, que sea cual sea la situación en la que os encontréis, tengáis presente que el Señor está cerca; nada os preocupe.

Oración
Dios Todopoderoso y Eterno, que haz bendecido a San Felipe Neri con el fuego del Espíritu Santo, haz que muchos católicos reciban con prontitud el sacramento de la Confirmación, y así podamos ser todos tus fieles testigos y soldados en medio del mundo. A Tí Señor que nos insuflaste el Espíritu Santo sobre nuestras cabezas, en la octava de Tu Resurrección. Amén.

sábado, 26 de mayo de 2018


Sexta Feria, 25 de mayo

SAN GREGORIO VII


157ª Papa
(† 1085)

He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro”

Mejor es para nosotros, arrostrar la muerte que nos den los tiranos, que hacernos cómplices de la impiedad, con nuestro silencio”

Breve
Su nombre de nacimiento: Hildebrando, nombre que en Alemán significa "Espada del batallador". Su nombre como papa "Gregorio", significa: "el que vigila". Nació pobre en Toscana, Italia, hacia el año 1028. Murió desterrado en Salerno, en el año 1085.

Luchó con firmeza contra la corrupción dentro de la Iglesia, afianzando con sus acciones, a que posteriormente se afirmara la independencia temporal de los Pontífices.
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ANTONIO ONA DE ECHAVE
Había obtenido la Iglesia, en su primera época, el triunfo de su existencia, a pesar de las persecuciones sangrientas, a la inconmovible constancia de sus mártires.

Echó de sí, más tarde, a los enemigos internos que la enturbiaban, y veía correr por todos los cauces, su santa doctrina, que asimiló y educó a los bárbaros, hasta formar con ellos, las grandes naciones cristianas.

Pero cuando a lo largo de la Edad Media, se propuso impregnar de espíritu cristiano toda la vida pública y privada, un gran obstáculo le salió al paso: el de no haber sido todavía establecidas las relaciones, por Dios ordenadas, entre la potestad civil y la eclesiástica; el de hallarse la Cabeza de la Iglesia, el Vicario de Cristo en la tierra, en peligrosa dependencia del Estado, del señor temporal.

El santoral nos presenta en la fecha de hoy, al coloso que removió tamaña dificultad, al gran artífice en la empresa, de la independencia de la Iglesia del Estado: Hildebrando, llamado más tarde, San Gregorio VII.

Nació en Soana, provincia de Siena, hacia el año 1020. Su padre, Bonizo o Bonizone, era hombre, al parecer, de condición humilde. Carpintero, según unos; según otros, cabrero.

Hildebrando, pequeño de estatura, y de grácil de constitución, fue educado en la disciplina eclesiástica, desde su niñez, en el monasterio de Santa María, en el Aventino (Roma), donde hizo grandes progresos en la ciencia y en la virtud, hasta el punto de que Juan Graziano - posteriormente papa Gregorio VI - llegó a decir, que nunca había conocido una inteligencia igual; y de que el emperador Enrique III manifestó, cuando le oyó predicar, siendo joven todavía, que ninguna palabra le había conmovido como aquélla.

De regreso a Roma, después de algún tiempo de estancia en Francia, mereció la plena confianza de los papas. Fue el sabio y prudente consejero de cinco pontífices consecutivos, y tomó parte en decisivas actuaciones de la Iglesia empeñada en la reforma, como la reunión del concilio de Lyón (Francia), para deponer a varios obispos simoníacos; la presidencia del concilio de Tours, en que Berengario abjuró de sus errores; y la legación en Ratisbona, con el fin de que la corte de Germania aprobara la elección de Esteban IX.

Durante veinticinco años, rehusó aceptar personalmente el Pontificado: pero, a la muerte de Alejandro II, hubo de someterse a la Providencia, que le deparaba la suprema dignidad. Presidiendo como arcediano en los funerales, quedó atónito cuando la multitud —clero y pueblo— prorrumpió en un grito unánime: "¡Hildebrando, Papa!".

Se precipitó hacia el ambón, para neutralizar las aclamaciones; pero llegó antes Hugo el Blanco, cuyo panegírico sobre Hildebrando, fue rubricado por cardenales, obispos, sacerdotes y clérigos, que pronunciaron con entusiasmo la consabida fórmula: "¡San Pedro ha escogido Papa a Hildebrando!".

El pueblo se apoderó de él, casi a la fuerza, y lo entronizó. Como prudente medida de paz y buen gobierno —y entonces por última vez— se dio aviso a la corte imperial, al objeto de recabar su aprobación. Ordenado primeramente de presbítero —pues no era más que diácono—, fue consagrado el 30 de junio de 1073, a los cincuenta años de edad, llamándose Gregorio VII.

La evolución de los hechos históricos en diversos países, había convertido a la Esposa de Cristo, en sierva del Estado. Los príncipes temporales, habían sustraído a la Iglesia la designación de los obispados, y de casi todos los beneficios eclesiásticos, y la ejercían por medio de la "investidura", palabra consagrada por el lenguaje jurídico del siglo XI, para el acto de dar posesión de un cargo, o de un bien cualquiera cuando se verificaba, según antigua costumbre, mediante la entrega simbólica de un objeto; una llave, para la transmisión de una casa; un terrón con hierba, para la de un campo.

Los príncipes temporales, para la entrega de un obispado o una abadía, utilizaban el báculo y el anillo pastoral, quedando suprimidas la elección regular, y la confirmación canónica hechas por el metropolitano, único medio previsto por la Iglesia, para la designación de los obispos.

De ese indignante tráfico de funciones sagradas, y de la dudosa conducta de los que eran honrados con ellas, como consecuencia casi inevitable, surgieron la simonía y la incontinencia en el clero. No se daban los beneficios eclesiásticos a los que los merecían, sino a los que los compraban, por lo que llegaron a ser considerados como propiedad del Estado, los bienes feudales, y las propiedades privadas del obispado, quienes recibían el beneficio eclesiástico, se juzgaban obligados a pagar un reconocimiento a quienes se lo daban.

Esta injusticia, y la índole de quienes se brindaban a obtener, por medios tan nefandos, los beneficios eclesiásticos, provocaron en el campo de la Iglesia, el salpullido de unos clérigos de conciencia tan ofuscada, y de espíritu tan oscurecido, que invocando falsamente en su favor textos de concilios, palabras del Evangelio, y hasta imposiciones de la naturaleza, quebrantaron el celibato eclesiástico, hasta el extremo de celebrar solemnemente sus bodas, y preparar un ambiente en que hacer hereditarios los beneficios.

Con el alma inflamada, por el ideal del reinado de Dios en la tierra, después de escribir muchas cartas a sus amigos, en demanda de oraciones y protección moral, Gregorio VII, el gobernador sabio, piadoso y enérgico, se enfrentó con esa caótica situación.

Como base de reforma de la Iglesia, convocó concilios en Roma, bajo su presidencia, y en otros países católicos, mediante legados suyos, y se decretó en frecuentes sínodos, que los clérigos no se unieran a sus esposas, que no se confiriera el sacramento del Orden, sino a los que hubiesen hecho profesión de celibato perpetuo, y que nadie asistiese a las misas de los sacerdotes que tuviesen mujer, "para que los que no se corrigen por el amor de Dios, y la dignidad de su ministerio, se arrepientan, al menos, por la vergüenza del siglo y por la repulsa del pueblo".

Dispuso contra la simonía, que los clérigos que hubiesen obtenido, mediante precio, algún grado u oficio de las sagradas órdenes, no ejercieran, en lo sucesivo, su ministerio eclesiástico, y que los que recibieran de los laicos la investidura de la Iglesia, y los laicos mismos que la dieran, fuesen castigados con el anatema.

El ataque directo a las investiduras simoníacas, se cristalizó en un decreto del sínodo romano de la Cuaresma del año 1075, excomulgando a todo emperador, rey, duque, marqués, conde, o persona seglar, que tuviese la pretensión de conferir cualquier dignidad eclesiástica.

Estas disposiciones, con que el Vicario de Jesucristo tomaba el azote, como en otro tiempo su Maestro, para arrojar del templo a los vendedores, y el paso de los legados pontificios, por toda la cristiandad para hacerlos cumplir, provocó una protesta general, y una sublevación violenta en todas partes, pero de modo especial en Alemania.

Hasta en Roma, se opuso al Papa el partido contrario a la reforma, capitaneado por Censio, que había estado condenado a muerte. Organizó un grupo de conjurados, que en la vigilia de Navidad, mientras Gregorio VII celebraba la Santa Misa, en Santa María la Mayor, se arrojó armado sobre el Pontífice, hiriéndole, derribándole, y arrastrándole, hasta recluirlo en una torre.

Cuando el pueblo reaccionó, y la torre estaba a punto de caer en manos de los libertadores, Cencio, al creerse perdido, se echó a los pies del Papa, que paternalmente le otorgó el perdón, tan angustiosamente suplicado, y calmó a la multitud ansiosa de venganza.

En Alemania, el emperador Enrique IV, declaró abiertamente la guerra a Gregorio VII, reuniendo en el año 1076, un conciliábulo en Worms, con objeto de deponer al Papa.

Mucho sufría el Santo Padre. En el año anterior, había escrito a San Hugo, abad de Cluny: "Si finalmente miro dentro de mí, me siento tan abrumado por el peso de mi propia vida, que no me queda esperanza de salud, sino en la misericordia de Jesucristo".

A pesar de todo ello, la fortaleza de Gregorio VII no declinaba. Combatió en Francia, los desórdenes de Felipe Augusto; luchó en Inglaterra por medio del arzobispo Lanfranco; en España —donde la campaña emprendida en 1056 por el concilio de Compostela, y continuada en 1068 por los concilios de Gerona, Barcelona y Lérida, habían subvenido ya a la posible necesidad de reforma— introdujo la liturgia romana, y alentó la campaña de Alfonso de Castilla contra los sarracenos, y actuó en las más apartadas regiones del norte, y del oriente asiático, pensando por primera vez, en una cruzada, que había de terminar dos lustros más tarde con la conquista de Jerusalén.

Su heroica fortaleza, a juzgar por lo que aconsejaba en carta, a la condesa Matilde —la gran defensora de la Santa Sede—, se alimentaba "en la recepción del cuerpo de Cristo, y en una confianza ciega en su Madre".

A raíz del conciliábulo de Worms, el emperador dirigió al Pontífice una insolente carta, que fue recibida precisamente cuando en la basílica de Letrán, se celebraba un concilio, que por unanimidad, declaró haberse hecho Enrique acreedor en sumo grado a la excomunión. La pronunció, en efecto, el Pontífice, y en una bula al mundo católico, explicó sus motivos y el alcance de la condenación.

Envió a su vez una carta, "a todos sus hermanos en Cristo" en Alemania, diciéndoles: "Os suplicamos, como a hermanos muy amados, os consagréis a despertar en el alma del rey Enrique, los sentimientos de una verdadera penitencia, a arrancarle del poder del demonio, a fin de que podamos reintegrarle en el seno de nuestra común Madre".

Despreció Enrique todos los anatemas, y se alió con todas las furias del averno. El Papa contaba con la justicia, con la compañía de la piadosa y abnegada condesa Matilde, y con la espada del esforzado Roberto Guiscardo.

Los alemanes se disponían a deponer inmediatamente a Enrique, pero éste, considerándose perdido, y conociendo la magnanimidad de Gregorio VII, se decidió a poner la causa en sus manos, llegando en la mañana del 25 de enero de 1077, al castillo de Matilde, en Canosa, donde a la sazón se hallaba el Papa.

Nevaba copiosamente, y el frío se enseñoreaba del ambiente, cuando descalzos sus pies, su larga melena al aire, y cubriéndose con la ropa de los penitentes, golpeaba las puertas de la fortaleza un peregrino, que no era otro que el mismo Enrique IV. Tres días esperó, gimiendo, llorando, implorando el perdón, sin probar bocado, y posando sus plantas en el hielo. Ya perdía la esperanza, al anochecer del tercer día, cuando se decidió a entrar en una cercana ermita.

Precisamente oraban en ella la condesa Matilde y Hugo, el abad de Cluny, Se conmovieron éstos, ante sus súplicas de intercesión por él ante el Papa. Y Gregorio VII, aun cuando su sagacidad le dictaba, que era todo fingimiento e hipocresía en Enrique, que no buscaba más que mantener su trono, sucumbió a la bondad de su corazón, accediendo a los ruegos de tan piadosos intercesores.

Como tenía que suceder, volvieron a producirse los conciliábulos, las excomuniones y las hipocresías, y el Pontífice tuvo que oponer su indomable firmeza, a los ejércitos imperiales que llegaron hasta Roma, donde sus habitantes, ganados por las larguezas del emperador Enrique, terminaron por entregarle la ciudad.

Gregorio VII se refugió en el castillo de Sant-Angelo, donde renovó la sentencia de excomunión. Esquivó Enrique el golpe, haciendo entronizar en la basílica de San Pedro, al antipapa Guiberto. La Providencia salió al paso: la consternación se impuso de súbito, ante el rumor de que Roberto Guiscardo, estaba a las puertas de la ciudad, con un formidable ejército de normandos.

Ante la vacilación de los romanos, por él comprados con dinero, y viendo a sus tropas fatigadas por la larga campaña, y diezmadas por la epidemia, Enrique, avergonzado, huyó precipitadamente de Roma; y los romanos, asesinados a millares o vendidos como esclavos, expiaron su traición ante los normandos, que incendiaban y saqueaban la ciudad.

Abandonó Gregorio VII la urbe en ruinas, dolorido por tanta destrucción, y se refugió en Montecasino, de donde pasó a Salerno, haciendo a la Iglesia universal este supremo llamamiento: "Por amor de Dios, todos los que seáis verdaderos cristianos, venid en socorro de vuestro Padre San Pedro, y de vuestra Madre, la Santa Iglesia, si queréis obtener la gracia en este mundo, y la vida eterna en el otro".

Como otro Moisés, sin permitirle la Providencia, contemplar la perfecta realización de su ideal sagrado, aunque estaba a sus puertas, moría en Salerno, el 25 de mayo de 1085. pronunciando estas palabras: "He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro".

Muerte de antemano aceptada, cuando ya en el año 1076, escribía a los obispos de Alemania esta frase, que revela la energía de su temperamento, y su sinceridad apostólica: "Mejor es para nosotros arrostrar la muerte que nos den los tiranos, que hacernos cómplices de la impiedad con nuestro silencio".

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que dotaste al amado Pontífice San Gregorio VII, con la indomable energía, en defensa de tu Santo Nombre, haz que nosotros sepamos honrarte todos los días de nuestra Vida, con nuestras acciones en favor de la Justicia y la Paz, y nuestras omisiones de acercarnos a toda ocasión próxima de pecado. A Tí Señor, que nos insuflaste el Espíritu Santo sobre nuestras cabezas. Amén.


viernes, 25 de mayo de 2018


Quinta Feria, 24 de Mayo

San SIMEÓN el ESTILITA el JOVEN


Anacoreta

SAN SIMEÓN el ESTILITA, el JOVEN (521-592), nació y murió en Antioquía, Siria, la actual Antakya, Turquía. Es un santo anacoreta, que pasó gran parte de su vida haciendo penitencia en lo alto de una columna, aunque en su caso fueron tres de ellas.

San Simeón el Estilita, el Joven, lleva este sobrenombre para distinguirlo de San Simeón el Estilita el Anciano, quien vivió un siglo antes, y fue uno de los principales modelos cuyo ejemplo, siguió este santo anacoreta.

Fue hijo de una mujer llamada Marta, a la que se le atribuye un aura de santidad; lo mismo que a otras dos mujeres cercanas a él, Susana y Marciana, con quienes San Simeón aparece en un icono ruso.

Desde niño, Simeón mostraba una conducta peculiar; al fallecer su padre, decidió abandonar su aldea, y así ingresó entonces, en un pequeño convento, en las montañas. Ahí quedó bajo la tutela de San Juan Estilita, de quien aprendió, a los siete años de edad, a vivir en lo alto de una columna.

En el año 554, fue ordenado sacerdote, en lo alto de esa primera columna. Su fama de poder obrar milagros, se había extendido para entonces, y todos los días, una multitud se presentaba con intenciones de hablar con él.

En busca de la soledad, dos años más tarde, en la llamada escala “Samandag”, o “Montaña de los Milagros”, donde erigió una segunda columna, más alta todavía, para vivir ahí. Pero al poco tiempo, eran tantos los seguidores a su alrededor, que con ayuda de la madre de Simeón, se fundó ahí mismo un convento, estableciendo como punto central la columna del estilita.

Por tercera, y definitiva ocasión, subió San Simeón el Joven, a una nueva columna en el año 566, y de ahí no habría de bajarse hasta su muerte. Mucha gente llegaba en peregrinación a verlo, incluso de lugares tan lejanos como Georgia.

San Simeón tenía fama de sanar enfermos, predecir el futuro, y conocer los pensamientos íntimos de quienes lo visitaban. El santo escribía prédicas, epístolas y algunos himnos, parte de los cuales, se siguen cantando todavía en ritos de la Iglesia Ortodoxa.

Tras la muerte de San Simeón, su columna siguió siendo sitio de peregrinaje. Siguiendo el modelo de San Simeón el Estilita, el Anciano, en Qal’at Sim’an, en el sitio cerca de Antioquía, se irguieron una iglesia y un convento, que en la actualidad se conservan en parte.

La idea de vivir todo el tiempo, en lo alto de una columna, obedece a la piadosa intención de así estar más cerca del cielo, y por lo tanto de Dios.

SAN SIMEÓN EL ESTILITA EL JOVEN, nos ofrece un ejemplo de santidad, alcanzada por vías de un misticismo, en condiciones extremas.

Esto nos deja como enseñanza a priorizar la oración, la meditación y la penitencia, para agradar de veras a Dios.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que inspiraste a San Simeón, a vivir cerca de tu trono en la Tierra, concédenos a nosotros saber hacer lo mismo, desprendiéndonos de tantas posesiones materiales, que en nada nos ayudan a progresar en la Fe, y en la Alabanza a tu Divino Nombre. A Tí Señor que nos enseñaste a que la vida del Hombre y la Mujer, no depende de la cantidad de bienes materiales. Amén.

jueves, 24 de mayo de 2018


Quinta Feria, 24 de Mayo

SANTA MARIA AUXILIADORA


Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; él te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar

Fiesta Instituida por el Papa San Pío V, en conmemoración de la victoria naval en Lepanto, contra el Imperio Otomano

Patrona de los los Salesianos, comunidad fundada por San Juan Bosco

"El objetivo principal, es promover la veneración al Santísimo Sacramento, y la devoción a María Auxilio de los Cristianos. Este título parece agradarle mucho, a la augusta Reina del Cielo" -San Juan Bosco

Los cristianos desde los primeros siglos, llamaron a la Santísima Virgen "Auxiliadora", en griego: "Boetéia". 

San Juan Crisóstomo obispo de Constantinopla n.345 AD, la llama "Auxilio Potentísimo".

Proclo, 476 AD dice: "La Madre de Dios es nuestra auxiliadora, porque nos trae auxilios de lo alto".

San Sabas de Cesarea, 532 AD, la llama "Auxiliadora de los que sufren". y narra la recuperación de un enfermo grave, ante una imagen de Nuestra Señora "Auxiliadora de los enfermos", la cual se hizo muy popular en aquel siglo.

El poeta griego Romano Melone, en el año 518, la llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus, y ayuda de los que somos débiles", y recomienda que recemos, para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan", y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante", y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien".

San Sofronio, Obispo de Jerusalén, dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra, y la alegría de los que ya están en el cielo".

San Juan Damasceno, en el año 749, es el primero en propagar la jaculatoria: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". Dice: "La Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte".

San Germán, Arzobispo de Constantinopla, en el año 733: "Oh María, Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos, para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes, para que nos consigan el bienestar. Auxiliadora del pueblo humilde, que necesita de tu ayuda".

San Juan Bosco tomó a María Auxiliadora, por madre y protectora de los salesianos. A través de ellos, se ha propagado su devoción por todo el mundo.

En el Oriente, se celebra la fiesta de María Auxiliadora el 1º de octubre desde el primer milenio. En el Occidente la fiesta es el 24 de mayo.

Fiesta Instituida por el Papa San Pío V, en conmemoración de la victoria naval en Lepanto, contra el Imperio Otomano. "María Auxiliadora rogad por nosotros"

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, ayúdanos a saber invocar el auxilio a nuestra Madre Celestial, y con un corazón puro y decidido a perseverar en todo lo relacionado a tu Reino, y así poder discernir adecuadamente tus divinos designios. Las batallas más poderosas son las que se libran en nuestro corazón. A Tí Señor, que nos dejaste a la Santísima Virgen María como Madre y Maestra al pie de Tu Cruz. Amén.


miércoles, 23 de mayo de 2018


Cuarta Feria, 23 de Mayo

San Juan Bautista Rossi, Confesor


1698 – 1764

Antes yo me preguntaba, cuál sería el camino para lograr llegar al cielo, y salvar muchas almas. He descubierto que la ayuda que yo puedo dar, a los que se quieren salvar, es confesarlos. Es increíble el gran bien que se puede hacer en la confesión”

Breve
De todas partes lo invitaban para que fuera a confesar enfermos, presos y gentes que deseaban convertirse. A muchos sitios tenía que ir a predicar, y obtenía del cielo numerosas conversiones. En los hospitales, era estimadísimo confesor, y consolador de los enfermos.
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Nació en 1698, cerca de Génova, Italia. Cuando tenía diez años, fue a su pueblo de veraneo un matrimonio muy piadoso. Ellos notaron la piedad del joven, por lo que pidieron permiso a sus padres, para llevarlo a su casa en Génova, para educarlo allá.

A la casa de este matrimonio, iban frecuentemente de visita padres capuchinos, a pedir ayuda para los pobres. Estos religiosos, recomendaron al joven ante el Padre Provincial. Éste hizo arreglos para que estudiase en Roma.

En el Colegio Romano, hizo estudios con gran aplicación, ganándose la simpatía de sus profesores y compañeros. Fue ordenado sacerdote a los 23 años.

Leyó un libro algo exagerado, que recomendaba hacer penitencias muy fuertes, y se dedicó a mortificarse en el comer, en el beber y en el dormir, tan exageradamente, que le sobrevino una depresión nerviosa, que lo dejó varios meses sin poder hacer nada.

Logró rehacer sus fuerzas, pero de ahí en adelante tuvo siempre que luchar contra su mala salud. Aprendió que la mejor mortificación, es aceptar los sufrimientos y trabajos de cada día, hacer bien en cada momento lo que tenemos que hacer, y tener paciencia con las personas y las molestias de la vida.

Desde cuando era seminarista, sentía una gran predilección por los pobres, los enfermos y los abandonados. El Sumo Pontífice, había fundado un albergue para recibir a las personas que no tenían en dónde pasar la noche, y allá fue por muchos años el joven Juan Bautista, a atender a los pobres y necesitados, a enseñarles el catecismo, y prepararlos para recibir los sacramentos. Se llevaba varios compañeros más, sobre los cuales él ejercía una gran influencia.

También le agradaba irse por las madrugadas al mercado, donde llegaban los campesinos a vender sus productos. Allí enseñaba catecismo a los niños, y a los mayores, y preparó a muchos para hacer la confesión, y recibir la Primera Comunión.

Los primeros años de su sacerdocio, no se atrevía casi a confesar, porque le parecía que no sabría dar los debidos consejos. Pero un día, un santo obispo le pidió que se dedicara por algún tiempo, a confesar en su diócesis. Allí descubrió Juan Bautista, que éste era el oficio para el cual Dios lo tenía destinado.

Al volver a Roma le dijo a un amigo: "Antes yo me preguntaba, cuál sería el camino para lograr llegar al cielo, y salvar muchas almas. He descubierto que la ayuda que yo puedo dar, a los que se quieren salvar, es confesarlos. Es increíble el gran bien que se puede hacer en la confesión".

Se fue a ayudar a un sacerdote en un templo, adonde acudían muy pocas personas. Pero desde que comenzó Rossi a confesar allí, el templo se vio frecuentado por centenares y centenares de penitentes, que venían a ser absueltos de sus pecados. Cada penitente le traía otras personas, para que se confesaran con él, y las conversiones que se obraban eran admirables.

El Sumo Pontífice le encomendó el oficio de ir a confesar, y a predicar, a los presos en las cárceles, y a los empleados que dirigían las prisiones. Y allí consiguió muchas conversiones.

De todas partes, lo invitaban para que fuera a confesar enfermos, presos y gentes que deseaban convertirse. A muchos sitios tenía que ir a predicar, y obtenía del cielo numerosas conversiones. En los hospitales, era estimadísimo confesor y consolador de los enfermos.

Sus amigos de siempre fueron los pobres, los desamparados, los enfermos, los niños de la calle, y los pecadores que deseaban convertirse. Para ellos vivió, y por ellos desgastó totalmente su vida. Él se mantenía siempre humilde, y listo a socorrer a todo el que le fuera posible.

El 23 de mayo del año 1764, sufrió un ataque al corazón, y murió a la edad de 66 años. Su pobreza era tal, que el entierro tuvieron que costeárselo de limosna. A su funeral asistieron 260 sacerdotes, un Arzobispo, muchos religiosos, e inmenso gentío. La misa de réquiem, la cantó el coro pontificio de la Basílica de Roma.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión de San Juan Bautista Rossi, concédenos la conversión de nuestro corazón, a tus Divinos Designios. A Tí Señor, que nos dejaste tu Sagrado Corazón, traspasado por la lanza de nuestros pecados, para unirte al nuestro, y que nos enseñaste que debíamos nacer de nuevo, para llegar al Reino de los Cielos. Amén.