viernes, 24 de febrero de 2017

Sexta Feria, 24 de febrero

San Modesto, Obispo († 486)


Latin: "Modestus". Medus: medida. El que observa la medida justa

Breve
Obispo penitente. Alentó al pueblo en medio de la devastación de la guerra, y corrigió la indisciplina del clero. Logró muchas conversiones.

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Archidiocesis de Madrid

Su apelativo bien pronunciado indica al poseedor de una virtud altamente costosa de conseguir, y dice mucho con relación a la templanza que ayuda al perfecto dominio de sí. Buen servicio hizo esta virtud al santo que la llevó en su nombre.

El pastor de Tréveris – Oeste de Alemania - trabaja y se desvive por los fieles de Jesucristo, allá por el siglo V. Lo presentan los escritos narradores de su vida adornado con todas las virtudes que debe llevar consigo un Obispo.,

Al leer el relato, uno va comprobando que, con modalidades diversas, el hombre continúa siendo el mismo a lo largo de la historia. No cambia en su esencia, no son distintos sus vicios, y ni siquiera se puede decir que no sea un indigente de los mismos remedios ayer que hoy.

Precisamente en el orden de la sobrenatural, las necesidades corren parejas por el mismo sendero, las virtudes a adquirir son siempre las mismas, y los medios disponibles son idénticos. Fueron inventados hace mucho tiempo, y el hombre ha cambiado poco y siempre por fuera.

Modesto es un buen obispo que se encuentra con un pueblo invadido, y su población asolada por los reyes francos Merboco y Quildeberto.

A su gente le pasa lo que suele suceder como consecuencia del desastre de las guerras. Soportan todas las consecuencias del desorden, del desaliento, del dolor de los muertos y de la indigencia. Están descaminados los usos y costumbres de los cristianos; abunda el vicio, el desarreglo y el libertinaje.

Para colmo de males, si la comunidad cristiana está deshecha, el estado en que se encuentra el clero es aún más deplorable. En su mayor parte, están desviados, sumidos en el error y algunos nadan en la corrupción.

El obispo está al borde del desaliento; lleno de dolor y con el alma encogida por lo que ve y oye. Es muy difícil poner de nuevo en tal desierto la semilla del Evangelio. Humanamente la tarea se presenta con dificultades que parecen insuperables.

Reacciona haciendo cada día más suyo el camino que bien sabía habían tomado con éxito los santos. Se refugia en la oración; allí gime en la presencia de Dios, pidiendo y suplicando que aplaque su ira.

Apoya el ruego con generosa penitencia; llora los pecados de su pueblo, y ayuna. Sí, son muchas las horas pasadas con el Señor como confidente y recordándole que, al fin y al cabo, las almas son suyas.

No deja otros medios que están a su alcance, y que forman parte del ministerio. También predica. Va poco a poco en una labor lenta; comienza a visitar las casas, y a conocer en directo a su gente. Sobre todo, los pobres se benefician primeramente de su generosidad. En esas conversaciones de hogar instruye, anima, da ejemplo y empuja en el caminar.

Lo que parecía imposible se realiza. Hay un cambio entre los fieles que supo ganar con paciencia y amabilidad. Ahora es el pueblo quien busca a su Obispo, porque quiere gustar más de los misterios de la fe. Ya estuvieron sobrado tiempo siendo rudos, ignorantes y groseros.

Murió -y la gente decía que era un santo el que se iba- el 24 de febrero del año 486.

El relato reafirma juntamente la pequeñez del hombre -el de ayer y el de hoy- y su grandeza.
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Otros santos San Modesto

Hay varios santos con este nombre:
San Modestus, maestro de S. Vitus, martir bajo Diocleciano (c. AD 304)
San Modestus, diácono, mártir. Quemado en 303 AD
San Modesto, obispo de Trier, †489
San Modestus de Jerusalem †634
Santos Tiberio y Modestus, mártires bajo Diocleciano; venerado en Montpellier.

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San Modestus de Jerusalén

Obispo, Restaurador y Mártir


634

Restauró los templos de lugares santos de Jerusalén después de la invasión persa. El rey de Persia, Cosroes, en el año 600, invadió a Palestina y devastó la Iglesia, tanto a las personas como a las construcciones. Mató a millares de cristianos, a otros los vendió como esclavos, otros, entre ellos al arzobispo de Jerusalén, San Zacarías, los desterró.

El emperador Heráclito de Constantinopla derrotó a Cosroes, y le quitó la Santa Cruz que se habían robado los persas de Jerusalén, y quiso él mismo ir a la ciudad santa para restaurarla. Al ver la devastación, el emperador lloró.

Habiendo muerto San Zacarías en el destierro, Modesto, superior de un convento de Palestina, fue escogido como sucesor. Se dedicó con todas sus fuerzas a restaurar los templos, poniendo atención a conservar lo original.

Lo primero que reconstruyó fue el templo del Santo Sepulcro, y luego el de Getsemaní o el Huerto de los Olivos, y la Casa de la Última Cena, o Cenáculo. Después siguieron centenares de otras iglesias y capillas.

Una de las grandes contribuciones fue la del Arzobispo de Alejandría en Egipto, que le envió mil cargas de harina para los obreros, mil trabajadores, mil láminas de hierro y mil bestias de carga.

Un 18 de diciembre, mientras llevaba un valioso cargamento de ayudas para la restauración de los santos lugares, fue envenenado para poder robarle los tesoros que llevaba.

Oración: Te pedimos Señor, que a imitación de tus santos siervos San Modesto, podamos nosotros guardar siempre la justa medida en todos los pensamientos, deseos y actos de nuestra vida, buscando sólo la Gloria de tu Santo Nombre. A Tí Señor que transformaste al Agua en Vino con la medida justa en las bodas de Caná, haz lo mismo con nuestro espíritu. Amén.


jueves, 23 de febrero de 2017

Quinta Feria, 23 febrero

San Policarpo

Obispo de Esmirna, mártir


69-c.155

Padre Apostólico

Tiene un importante vínculo con el Apóstol San Juan, con San Ireneo, San Ignacio y otros padres de la Iglesia

Estad interiormente preparados, y servid al Señor con temor y con verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo

Breve:
Policarpo, discípulo de los apóstoles y obispo de Esmirna, dio hospedaje a Ignacio de Antioquía. Hizo un viaje a Roma para tratar con el papa Aniceto la cuestión de la fiesta de la Pascua. Sufrió el martirio hacia el año 155, siendo quemado vivo en el estadio de la ciudad.

Las obras y fuentes sobre San Policarpo: (1) Las epístolas de San Ignacio; (2) La epístola de Policarpo a los Filipenses; (3) algunos pasajes de San Ireneo; (4) La carta a los de Smirna sobre el martirio de San Policarpo.
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Vida de San Policarpo
San Policarpo fue uno de los más famosos entre aquellos obispos de la Iglesia primitiva, a quienes se les da el nombre de "Padres Apostólicos", por haber sido discípulos de los Apóstoles, y directamente instruidos por ellos.

Policarpo fue discípulo de San Juan Evangelista, y los fieles le profesaban una gran veneración. Entre sus muchos discípulos y seguidores, se encontraban San Ireneo y Papías.

Cuando Florino, que había visitado con frecuencia a San Policarpo, empezó a profesar ciertas herejías, San Ireneo le escribió: "Esto no era lo que enseñaban los obispos, nuestros predecesores. Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba a sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan, y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Pues bien, puedo jurar ante Dios que si el santo obispo hubiese oído tus errores, se habría tapado las orejas, y habría exclamado, según su costumbre: “¡Dios mío!, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes cosas?”. Y al punto habría huido del sitio en que se predicaba tal doctrina".

La tradición cuenta que, habiéndose encontrado San Policarpo con Marción en las calles de Roma, el hereje le increpó; y al ver que no parecía advertirle, le preguntó: '¿Qué, no me-conoces?" "Sí, -le respondió Policarpo-, sé que eres el primogénito de Satanás". El santo obispo había heredado este aborrecimiento hacia las herejías que tenía su maestro San Juan Evangelista, quien salió huyendo de los baños, al ver a Cerinto. Ellos comprendían el gran daño que hace la herejía.

San Policarpo besó las cadenas de San Ignacio, cuando éste pasó por Esmirna, camino del martirio, y San Ignacio a su vez, le recomendó que velara por su lejana Iglesia de Antioquía, y le pidió que escribiera en su nombre a las Iglesias de Asia, a las que él no había podido escribir.

San Policarpo escribió poco después a los Filipenses una carta que se conserva todavía, y que alababa mucho a San Ireneo, San Jerónimo, Eusebio y otros. Dicha carta, que en tiempos de San Jerónimo se leía públicamente en las iglesias, merece toda admiración por la excelencia de sus consejos, y la claridad de su estilo.

Policarpo emprendió un viaje a Roma para aclarar ciertos puntos con el Papa San Aniceto, especialmente la cuestión de la fecha de la Pascua, porque las Iglesias de Asia diferían de las otras en este particular. Como Aniceto no pudiese convencer a Policarpo ni éste a aquél, convinieron en que ambos conservarían sus propias costumbres, y permanecerían unidos por la caridad.

Para mostrar su respeto por San Policarpo, Aniceto le pidió que celebrara la Eucaristía en su Iglesia. A esto se reduce todo lo que sabemos sobre San Policarpo, antes de su martirio.

El año sexto de Marco Aurelio, según la narración de Eusebio, estalló una grave persecución en Asia, en la que los cristianos dieron pruebas de un valor heroico. Germánico, quien había sido llevado a Esmirna con otros once o doce cristianos se señaló entre todos, y animó a los pusilánimes a soportar el Martirio.

En el anfiteatro, el procónsul le exhortó a no entregarse a la muerte en plena juventud, cuando la vida tenía tantas cosas que ofrecerle, pero Germánico provocó a las fieras para que le arrebataran cuanto antes la vida perecedera. Pero también hubieron cobardes: un frigio, llamado Quinto, consintió en hacer sacrificios a los dioses antes que morir. 

La multitud no se saciaba de la sangre derramada y gritaba: "¡Mueran los enemigos de los dioses!. ¡Muera Policarpo!".

Los amigos del santo le habían persuadido de que se escondiera, durante la persecución, en un pueblo vecino. Tres días antes de su martirio tuvo una visión en la que aparecía su almohada envuelta en llamas; esto fue para él una señal de que moriría quemado vivo como lo predijo a sus compañeros. Cuando los perseguidores fueron a buscarle, cambió de refugio, pero un esclavo, a quien habían amenazado si no le delataba, acabó por entregarle.

Los autores de la carta de la que tomamos estos datos, condenan justamente la presunción de los que se ofrecían espontáneamente al martirio, y explican que el martirio de San Policarpo fue realmente evangélico, porque el santo no se entregó, sino que esperó a que le arrestaran los perseguidores, siguiendo el ejemplo de Cristo. 

Herodes, el jefe de la policía, mandó por la noche a un piquete de caballería a que rodeara la casa en que estaba escondido Policarpo; éste se hallaba en la cama, y rehusó escapar, diciendo: "Hágase la voluntad de Dios".

Descendió, pues, hasta la puerta, ofreció de cenar a los soldados, y les pidió únicamente que le dejasen orar unos momentos. Habiéndosele concedido esta gracia, Policarpo oró de pie durante dos horas, por los cristianos y por toda la Iglesia. Hizo esto con tal devoción, que algunos de los que habían venido a aprehenderle se arrepintieron de haberlo hecho.

Montado en un asno fue conducido a la ciudad. En el camino se cruzó con Herodes y el padre de éste, Nicetas, quienes le hicieron venir a su carruaje, y trataron de persuadirle de que no "exagerase" su cristianismo: "¿Qué mal hay -le decían- en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?".

Hay que notar que la palabra "Señor" implicaba en aquellas circunstancias el reconocimiento de la divinidad del César. El obispo permaneció callado al principio; pero, como sus interlocutores le instaran a hablar, respondió firmemente: "Estoy decidido a no hacer lo que me aconsejáis". Al oír esto, Herodes y Nicetas le arrojaron del carruaje con tal violencia, que se fracturó una pierna.

El santo se arrastró calladamente hasta el sitio en que se hallaba reunido el pueblo. A la llegada de Policarpo, muchos oyeron una voz que decía: "Sé fuerte, Policarpo, y muestra que eres hombre".

El procónsul le exhortó a tener compasión de su avanzada edad, a jurar por el César y a gritar: "¡Mueran los enemigos de los dioses!"

El santo, volviéndose hacia la multitud de paganos reunida en el estadio, gritó: "¡Mueran los enemigos de Dios!" El procónsul repitió: "Jura por el César y te dejaré libre; reniega de Cristo". "Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quieres que reniegue de mi Dios y Salvador?. Si lo que deseas es que jure por el César, he aquí mi respuesta: Soy cristiano. Y si quieres saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame".

El procónsul dijo: "Convence al pueblo". El mártir replicó: "Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión enseña a respetar a las autoridades, si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa". En efecto, la rabia que consumía a la multitud le impedía prestar oídos al santo.

El procónsul le amenazó: "Tengo fieras salvajes". "Hazlas venir -respondió Policarpo-, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues sólo es justo convertirse del mal al bien". El procónsul replicó: "Puesto que desprecias a las fieras te mandaré quemar vivo".

Policarpo le dijo: "Me amenazas con fuego que dura un momento, y después se extingue; eso demuestra que ignoras el juicio que nos espera, y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras".

Durante estos discursos, el rostro del santo reflejaba tal gozo y confianza, y su actitud tenía tal gracia, que el mismo procónsul se sintió impresionado. Sin embargo, ordenó que un heraldo gritara tres veces desde el centro del estadio:¡Policarpo se ha confesado cristiano!".

Al oír esto, la multitud exclamó: "¡Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses, que enseña al pueblo a no sacrificarles ni adorarles!".

Como la multitud pidiera al procónsul que condenara a Policarpo a los leones, aquél respondió que no podía hacerlo, porque los juegos habían sido ya clausurados. Entonces gentiles y judíos pidieron que Policarpo fuera quemado vivo.

En cuanto el procónsul accedió a su petición, todos se precipitaron a traer leña de los hornos, de los baños y de los talleres. Al ver la hoguera prendida, Policarpo se quitó los vestidos y las sandalias, cosa que no había hecho antes porque los fieles se disputaban el privilegio de tocarle. Los verdugos querían atarle, pero él les dijo: "Permitidme morir así. Aquél que me da su gracia para soportar el fuego, me la dará también para soportarlo inmóvil".

Los verdugos se contentaron pues, con atarle las manos a la espalda. Alzando los ojos al cielo, Policarpo hizo la siguiente oración: "¡Señor Dios Todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de Ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación, y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia!. ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos, en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires, y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo!. ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable!. ¡Yo te alabo y te bendigo, y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote Eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a Ti y al Espíritu, sea dada toda gloria ahora y siempre!. ¡Amén!".

No bien había acabado de decir la última palabra, cuando la hoguera fue encendida. "Pero he aquí que entonces aconteció un milagro ante nosotros, que fuimos preservados para dar testimonio de ello -escriben los autores de esta carta-: las llamas, encorvándose como las velas de un navío empujadas por el viento, rodearon suavemente el cuerpo del mártir, que entre ellas parecía no tanto un cuerpo devorado por el fuego, cuanto un pan o un metal precioso en el horno; y un olor como de incienso perfumó el ambiente". Los verdugos, recibieron la orden de atravesar a Policarpo con una lanza; al hacerlo, brotó de su cuerpo una paloma, y tal cantidad de sangre, que la hoguera se apagó.

Nicetas aconsejó al procónsul que no entregara el cuerpo a los cristianos, no fuera que estos, abandonando al Crucificado, adorasen a Policarpo. Los judíos habían sugerido esto a Nicetas, "sin saber -dicen los autores de la carta- que nosotros no podemos abandonar a Jesucristo ni adorar a nadie, porque a Él le adoramos como Hijo de Dios, y a los mártires les amamos simplemente como discípulos e imitadores suyos, por el amor que muestran a su Rey y Maestro".

Viendo la discusión provocada por los judíos, el centurión redujo a cenizas el cuerpo del mártir. "Más tarde -explican los autores de la carta- recogimos nosotros los huesos, más preciosos que las más ricas joyas de oro, y los depositamos en un sitio dónde Dios nos concedió reunirnos, gozosamente, para celebrar el nacimiento de este mártir". Esto escribieron los discípulos y testigos. Policarpo recibió el premio de sus trabajos, a las dos de la tarde del 23 de febrero de 155, o 166, u otro año.

Vida de los Santos, Butler pgs. 172-175

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Del oficio de lectura, 23 de Febrero, San Policarpo, Obispo y mártir
Como un sacrificio enjundioso y agradable
De la carta de la Iglesia de Esmirna sobre el martirio de San Policarpo
(Cap. 13, 2-15, 2: Funk 1, 297-299)

Preparada la hoguera, Policarpo se quitó todos sus vestidos, se desató el ceñidor, e intentaba también descalzarse, cosa que antes no acostumbraba a hacer, ya que todos los fieles competían entre sí por ser los primeros en tocar su cuerpo; pues, debido a sus buenas costumbres, aun antes de alcanzar la palma del martirio, estaba adornado con todas las virtudes.

Policarpo se encontraba en el lugar del tormento, rodeado de todos los instrumentos necesarios para quemar a un reo. Pero, cuando le quisieron sujetar con los clavos, les dijo:

«Dejadme así, pues quien me da fuerza para soportar el fuego, me concederá también permanecer inmóvil en medio de la hoguera, sin la sujeción de los clavos».

Por tanto, no le sujetaron con los clavos, sino que lo ataron.

Ligadas las manos a la espalda, como si fuera una víctima insigne seleccionada de entre el numeroso rebaño para el sacrificio, como ofrenda agradable a Dios, mirando al cielo, dijo:

«Señor, Dios todopoderoso, Padre de nuestro amado y bendito Jesucristo, Hijo tuyo, por quien te hemos conocido; Dios de los ángeles, de los arcángeles, de toda criatura y de todos los justos que viven en tu presencia: te bendigo, porque en este día y en esta hora me has concedido ser contado entre el número de tus mártires, participar del cáliz de Cristo y, por el Espíritu Santo, ser destinado a la resurrección de la vida eterna en la incorruptibilidad del alma y del cuerpo. ¡Ojalá que sea yo también contado entre el número de tus santos, como un sacrificio enjundioso y agradable, tal como lo dispusiste de antemano, me lo diste a conocer y ahora lo cumples, oh Dios veraz e ignorante de la mentira!. Por esto te alabo, te bendigo y te glorifico en todas las cosas, por medio de tu Hijo amado Jesucristo, eterno y celestial Pontífice. Por Él a Tí, en unión con él mismo y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y en el futuro, por los siglos de los siglos. Amén».

Una vez que acabó su oración, y hubo pronunciado su «Amén», los verdugos encendieron el fuego.

Cuando la hoguera se inflamó, vimos un milagro; nosotros fuimos escogidos para contemplarlo, con el fin de que lo narrásemos a la posteridad. El fuego tomó la forma de una bóveda, como la vela de una nave henchida por el viento, rodeando el cuerpo del mártir que, colocándose en medio, no parecía un cuerpo que está abrasándose, sino como un pan que está cociéndose, o como el oro o la plata que resplandecen en la fundición. Finalmente, nos embriagó un olor exquisito, como si se estuviera quemando incienso o algún otro preciado aroma.
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Oficio de Lectura, XXVI domingo del Tiempo Ordinario
Estáis salvados por la Gracia
Así comienza la carta de San Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
1,1-2,3

Policarpo y los presbíteros que están con él a la Iglesia Dios que vive como forastera en Filipos: Que la misericordia y la paz, de parte de Dios todopoderoso y de Jesucristo, nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud.

Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad, y de que les asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor.

Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy, y produce abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte.

No lo veis, y creéis en él con un gozo inefable y transfigurado, gozo que muchos desean alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por su gracia, y no se debe a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.

Por eso, estad interiormente preparados y servid al Señor con temor y con verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo, y creyendo en aquel que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria, colocándolo a su derecha; a Él le fueron sometidas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, y a Él obedecen todos cuantos tienen vida, pues Él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en Él.

Aquel que lo resucitó de entre los muertos, nos resucitará también a nosotros, si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que Él amó, y absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando más bien aquellas palabras del Señor, que nos enseña: “No juzguéis, y no os juzgarán; perdonad, y seréis perdonados; compadeced, y seréis compadecidos. La medida que uséis con otros la usarán con vosotros. Y: Dichosos los pobres y los perseguidos, porque de ellos es el reino de Dios”.

Oración: Dios de todas las criaturas, que te has dignado agregar a San Policarpo, tu obispo, al número de los mártires concédenos, por su intercesión, a mantenernos firmes juntos a Tí, en todo momento y lugar, y bajo cualquier circunstancia, sabiendo dar el provecho justo a los bienes terrestres en pos de la salvación de muchos, y así merecer habitar tus moradas eternas. A Tí Señor que nos consuelas y te regocijas en habitar en nuestro corazón. Amén.


Cuarta Feria, 22 de Febrero

La cátedra del Apóstol San Pedro



La festividad de la Cátedra de San Pedro se celebraba en Roma ya en el siglo IV, en este día, para poner de manifiesto la unidad de la Iglesia, fundada en la persona del Apóstol.

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La Iglesia de Cristo se levanta sobre la firmeza de la fe de San Pedro
De los sermones de San León Magno, papa
(Sermón 4 en el aniversario de su consagración episcopal, 2-3: PL 54, 149-151)

De todos se elige a Pedro, a quien se pone al frente de la misión universal de la Iglesia, de todos los Apóstoles y los Padres de la Iglesia; y aunque en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos pastores, a todos los gobierna Pedro, aunque todos son regidos eminentemente por Cristo.

La bondad divina ha concedido a este hombre una excelsa y admirable participación de su poder, y todo lo que tienen de común con Pedro los otros jerarcas, les es concedido por medio de Pedro.

El Señor pregunta a sus Apóstoles qué es lo que los hombres opinan de él, y en tanto coinciden sus respuestas, en cuanto reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana.

Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, es el primero en confesar al Señor aquel que es primero en la dignidad apostólica. A las palabras de Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, le responde el Señor: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Es decir: «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado aquel de quien soy el Hijo único».

Y añade: Ahora te digo yo, esto es: «Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo». Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. «Sobre esta fortaleza –quiere decir– construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo, y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro».

El poder del infierno no podrá con esta profesión de fe, ni la encadenarán los lazos de la muerte, pues estas palabras son palabras de vida. Y del mismo modo que lleva al cielo a los confesores de la fe, igualmente arroja al infierno a los que la niegan.

Por esto dice al bienaventurado Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros Apóstoles, y se transmite a todos los Obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno o que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de todos los pastores de la Iglesia.

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Benedicto XVI explica el significado de la «cátedra» de Pedro
Intervención en la audiencia general del miércoles
22 de febrero de 2006

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 22 febrero 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles, fiesta de la cátedra de San Pedro.

¡Queridos hermanos y hermanas!
La liturgia latina celebra hoy la fiesta de la cátedra del San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, testimoniada en Roma desde finales del siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión confiada al Apóstol Pedro y a sus sucesores.

La «cátedra», literalmente, quiere decir la sede fija del obispo, colocada en la iglesia madre de una diócesis, que por este motivo es llamada «catedral», y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular, de su «magisterio», es decir, de la enseñanza evangélica que él, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a custodiar y transmitir a la comunidad cristiana.

Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido confiada, con la mitra y el báculo, se sienta en su cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles, en la fe, en la esperanza y en la caridad.

¿Cuál fue, entonces, la «cátedra» de san Pedro?. Él, escogido por Cristo como «roca» sobre la cual edificar la Iglesia (Cf. Mateo 16,18), comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés.

La primera «sede» de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en aquella sala, donde también María, la Madre de Jesús, rezó junto a los discípulos, se reservara un puesto especial a Simón Pedro.

Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquía, ciudad situada en el río Oronte, en Siria, hoy en Turquía, en aquellos tiempos la tercera ciudad del imperio romano después de Roma y de Alejandría de Egipto. De aquella ciudad, evangelizada por Bernabé y Pablo, en la que «por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de \"cristianos\"» (Hechos 11, 26), Pedro fue el primer obispo.

De hecho, el Martirologio Romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de Pedro en Antioquía. Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma.

Por tanto, nos encontramos con el camino que va de Jerusalén, Iglesia naciente, a Antioquía, primer centro de la Iglesia, que agrupaba a paganos, y todavía unida también a la Iglesia proveniente de los judíos.

Después, Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, símbolo del «Orbis» --la «Urbs» que expresa el «Orbis», la tierra-- donde concluyó con el martirio su carrera al servicio del Evangelio. Por este motivo, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recibió también la tarea confiada por Cristo a Pedro, de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el Pueblo de Dios.

La sede de Roma, después de estas migraciones de San Pedro, fue reconocida como la del sucesor de Pedro, y la «cátedra» de su obispo representó la del Apóstol encargado por Cristo de apacentar a todo su rebaño.

Lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, como por ejemplo, San Ireneo, obispo de Lyón, pero que era originario de Asia Menor, quien en su tratado «Contra las herejías» describe a la Iglesia de Roma como la «más grande y más antigua conocida por todos;… fundada y constituida en Roma por los dos gloriosos apóstoles Pedro y Pablo» y añade: «Con esta Iglesia, por su eximia superioridad, debe estar en acuerdo la Iglesia universal, es decir, los fieles que están por doquier» (III, 3, 2-3).

Poco después, Tertuliano, por su parte, afirma: «¡Esta Iglesia de Roma es bienaventurada!. Los apóstoles le derramaron con su sangre toda la doctrina» («Prescripciones contra todas las herejías», 36). La cátedra del obispo de Roma representa, por tanto, no sólo su servicio a la comunidad romana, sino también su misión de guía de todo el Pueblo de Dios.

Celebrar la «cátedra» de Pedro, como hoy lo hacemos, significa, por tanto, atribuir a ésta un fuerte significado espiritual, y reconocer en ella un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere reunir a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación.

Entre los numerosos testimonios de los Padres, quisiera ofrecer el de San Jerónimo, tomado de una carta suya escrita al obispo de Roma, particularmente interesante, porque menciona explícitamente la «cátedra» de Pedro, presentándola como puerto seguro de verdad y de paz.

Así escribe Jerónimo: «He decidido consultar a la cátedra de Pedro, donde se encuentra esa fe, que la boca de un Apóstol ha ensalzado; vengo ahora a pedir alimento para mi alma allí, donde recibí el vestido de Cristo. No sigo otro primado sino el de Cristo; por esto me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia» («Las cartas» I, 15,1-2).

Queridos hermanos y hermanas, en el ábside de la basílica de San Pedro, como sabéis, se encuentra el monumento a la cátedra del Apóstol, obra de Bernini en su madurez, realizada en forma de gran trono de bronce, sostenida por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de occidente, San Agustín y San Ambrosio, y dos de oriente, San Juan Crisóstomo y San Atanasio.

Os invito a deteneros ante esta obra sugerente, que hoy es posible admirar, adornada con velas, y a rezar particularmente por el ministerio que Dios me ha confiado. Al elevar la mirada ante el vitral de alabastro que se encuentra precisamente ante la cátedra, invocad al Espíritu Santo, para que sostenga siempre con su luz y su fuerza, mi servicio cotidiano a toda la Iglesia. Por esto y por vuestra deferente atención, os doy las gracias de corazón.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit Al final de la audiencia, el Papa saludo a los peregrinos en castellano. Estas fueron sus palabras:]

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos la fiesta de la Cátedra de San Pedro, que expresa la misión que Cristo le confió a él, y a sus sucesores: apacentar su rebaño con la predicación del Evangelio.

Después del Cenáculo de Jerusalén y de Antioquía, Pedro se estableció en Roma, donde culminó su vida con el martirio. Por esto, la sede de Roma no está sólo al servicio de la comunidad romana, sino también de las demás Iglesias. Así lo afirma el Padre de la Iglesia San Jerónimo: «Yo no sigo más primado que el de Cristo; por eso estoy en comunión con tu beatitud, esto es, con la cátedra de Pedro. Yo sé que sobre esta piedra ha sido edificada la Iglesia».
Esta celebración de hoy significa reconocer un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno, que quiere reunir a su Iglesia y guiarla a la salvación. Por esto, os invito a rezar de modo particular por el ministerio que Dios me ha confiado, pidiendo al Espíritu Santo que, con su luz y su fuerza, me sostenga en el servicio cotidiano a toda la Iglesia.

Saludo cordialmente a los visitantes venidos de España y de Latinoamérica, de modo especial a los peregrinos de la parroquia de Matamorosa (Santander), al Colegio San José Obrero de Hospitalet (Barcelona) y al grupo de la Universidad Cardenal Herrera, de Moncada (Valencia), así como a los peregrinos de Chile. Gracias de corazón por vuestras oraciones y por vuestra atención.
(22 de febrero de 2006) © Innovative Media Inc.

Oración: Te pedimos Señor, que por los méritos y el martirio de San Pedro, puedan todos los pontífices guardar con rectitud el rebaño que le has sido confiado, sintiendo su paternal protección, y enseñando con profundo celo las enseñanzas vertidas en el Evangelio. A Tí Señor que eres cabeza de la Iglesia Universal y Vives por los Siglos de los Siglos. Amén.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Tercera Feria 21 de febrero
 
SAN PEDRO DAMIÁN


CARDENAL, OBISPO Y DOCTOR
(† ca.1072)
 
Tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá”

Breve
Insigne Cardenal y Doctor. Intervino en muchas luchas internas de la Iglesia, ayudando eficazmente a erradicar la simonía – venta de cargos eclesiásticos – y el concubinato de muchos sacerdotes.

También intervino en los asuntos externos relativos al Sacro Imperio Romano Germánico, defendiendo a la independencia de la Iglesia y del Papa ante el emperador germano Enrique IV, y en lo referente a su propio pedido de divorcio lo que le fué denegado de manera enérgica.

El ejemplo de austeridad y santidad de este Cardenal, hicieron retroceder en sus intenciones al propio emperador, lo que es un recordatorio de lo poderoso que es predicar con el ejemplo.

Como siempre, es muy interesante leer completa la crónica, que nos narra lo intrincada de la situación política y social a los inicios del segundo milenio, de Europa y de la Iglesia.
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BERNARDINO LLORCA, S. I.

San Pedro Damián fue, indudablemente, uno de los hombres que más intensamente trabajaron en el siglo XI para fomentar el espíritu de consagración absoluta a Dios, y de la más austera vida de soledad y penitencia, al lado de San Romualdo, San Juan Gualberto y San Nilo.

Mas, forzado por la necesidad de los tiempos, y en particular por la obediencia al Romano Pontífice, trabajó también incansablemente por la reforma eclesiástica en multitud de legaciones, y en otras difíciles empresas, con todo lo cual debe ser considerado, al lado de San Gregorio VII, como uno de los hombres más insignes y beneméritos de la Iglesia en el siglo XI.

Nacido en Ravena en 1007, Pedro era el último de los hijos de una familia pobre y numerosa, y después de muchas privaciones, habiendo quedado huérfano en la más tierna edad, fue educado con dureza por uno de sus hermanos mayores.

Tratado como un esclavo, iba con los pies desnudos y vestido de andrajos, y ya en su temprana edad fue ocupado en apacentar los animales. Mas, compadecido de él otro hermano suyo, llamado Damián, hombre piadoso y de buen corazón, lo tomó a su cargo e hizo de padre con él.

De este modo, Pedro pudo adquirir una sólida formación sucesivamente en Ravena, Faenza y Parma, y en agradecimiento a su hermano, se llamó en adelante Pedro Damián. Más aún: con sus extraordinarias cualidades, a los veinticinco años era profesor en Parma, y más tarde en Ravena.

Pero ya desde entonces se sintió atraído de un modo irresistible hacia Dios. Empezó a ejercitarse en rigurosos ayunos, vigilias y oraciones; se ciñó un cilicio debajo de sus vestidos, para defenderse contra las tentaciones de la carne, y daba todo lo que podía a los pobres y necesitados, y sintiendo que Dios le exigía más todavía, se decidió a abandonar el mundo, y abrazar la vida monástica en el más absoluto apartamiento.

Mientras se entretenía él con estos pensamientos, se le presentaron dos monjes del desierto de Fonte-Avellana, donde Landolfo, discípulo de San Romualdo, había fundado un monasterio.

Con su mediación, se dirigió Pedro a esta soledad, donde comenzó inmediatamente a ejercitarse en las prácticas de la vida monástica. Los ermitaños de Fonte-Avellana vivían de a pares en celdas separadas, se ocupaban sobre todo a la oración y lectura espiritual, y llevaban una vida de gran austeridad.

Pedro se entregó de lleno a este género de vida, por la cual fue pronto admitido a la profesión. Sintiéndose entonces como en su centro, y movido de su abrasado amor de Dios, se ejercitó en las mayores austeridades; pero el resultado fue que experimentó fuertes dolores de cabeza, y gran debilidad en su salud.

Esto le hizo comprender que debía moderar aquellos excesos, y en efecto, así lo hizo en adelante, procurando aprovechar esta enseñanza en la dirección espiritual de los demás. Todo esto le ofreció ocasión oportuna para entregarse al estudio de la Sagrada Escritura, que utilizó siempre en sus instrucciones a los monjes. Al mismo tiempo, se preparó de esta manera para la composición de las importantes obras que más tarde escribió.

Con su vida ejemplar, y con los conocimientos que fue adquiriendo, se constituyó bien pronto en el verdadero maestro de los ermitaños reunidos en Fonte-Avellana. La fama del monasterio atrajo cada día a nuevos discípulos. Pedro Damián fue algún tiempo ecónomo, y a la muerte del prior fue elegido él para sucederle en el cargo. Se organizó en las proximidades otro monasterio llamado Nuestra Señora de Sitria, y asimismo se fundaron otros cuatro centros de ermitaños, cuya dirección mantenía Pedro Damián.

La forma de vida de los camaldulenses tomó algunas características especiales, que constituyen la obra de San Pedro Damián, cuyo centro principal era Fonte-Avellana. No nos dejó el Santo ninguna regla completa; mas, con lo que podemos ver en sus escritos, aparecen los rasgos más característicos.

Se observaba el más absoluto silencio, y aunque no se habla de trabajo manual, sabemos que éste constituía una de las bases de la vida de los ermitaños. Por otra parte, él mismo les dirigía frecuentes instrucciones, y les inspiró desde un principio un amor filial a la Santísima Virgen.

En realidad, pues, San Pedro Damián puede ser incluido en el número de los fundadores de este nuevo género de vida religiosa, mezcla de vida solitaria y de comunidad, que tanto fruto reportó a la Iglesia.

Entre sus discípulos sobresalieron algunos por sus altos cargos y por sus virtudes, como Santo Domingo Loricatus y San Juan de Lodi, sucesor suyo como superior, quien escribió su vida, y más tarde fue obispo de Gubbio.

Pero su celo por la gloria de Dios y el bien de las almas, no se limitó a estos monasterios, que estaban bajo su dirección. Todavía durante esta primera etapa de su vida, en que se nos presenta como gran asceta cristiano, como fundador de monasterios, y maestro de aquella vida austera de soledad y penitencia, mantuvo contacto con diversos monasterios o religiosos de otras órdenes, y aun con eminentes seglares, como aparece en algunas de sus cartas y otros escritos.

Pero debemos observar que este contacto con el mundo exterior no tenía otro objeto que la exaltación de la vida de austeridad y penitencia, y en corregir los vicios y la corrupción, que tantos estragos hacían en todas partes.

De este modo se preparaba San Pedro Damián para lo que debía ocuparlo durante la segunda parte de su vida, que era el servicio de la Iglesia con importantes cargos y legaciones, es decir, con una vida apostólica de intensa actividad, tan contraria a su inclinación espiritual a la soledad y penitencia.

Aunque apartado por completo del mundo, Pedro Damián conocía perfectamente la triste situación de la Iglesia hacia el año 1044, durante el pontificado del tristemente célebre Benedicto IX (1032-1044). Por otro lado, sabía muy bien el profundo arraigo que tenían en la Iglesia los dos vicios fundamentales como fueron el de la simonía y el concubinato.

Por esto saludó con transportes de alegría el advenimiento de Gregorio VI (1045-1046), quien, lleno de los mejores deseos, fue el primero en echar mano del gran Hildebrando, el futuro Gregorio VII. Luego, en 1046, asistió en San Pedro de Roma a la coronación del emperador Enrique III, quien providencialmente ponía término al estado irregular de la Iglesia, y en 1047, y en el concilio de Letrán, en que fueron promulgados importantes decretos de reforma.

Pedro Damián se volvió entonces a su retiro de Fonte-Avellana, decidido a seguir la vida de soledad y penitencia. Pero entonces precisamente era necesario poner al servicio inmediato de la Iglesia, y del Papado, su elevado espíritu y el gran prestigio de santidad de que gozaba.

Por esto, el noble emperador Enrique III, que tanto estimaba sus virtudes, lo decidió a intervenir. Así pues, Pedro Damián, impulsado por Enrique III, compuso, y dirigió una célebre carta a Clemente II (1048), en la que lo exhortaba a dar un impulso más eficaz a la reforma eclesiástica.

Pero la muerte del Papa impidió se tomara ninguna medida en este punto. Fue León IX (1048-1054) quien inició con mano enérgica la nueva campaña contra la simonía y relajación eclesiástica, para lo cual nombró cardenal-diácono a Hildebrando, quien fue en adelante el alma del movimiento reformador.

Por su parte, Pedro Damián, que sólo ansiaba el mejoramiento de la Iglesia, publicó entonces su célebre obra Libro Gomorriano, como si dijéramos, Libro de los incontinentes, que dedicó al papa León IX. Su realismo vivo, y a veces algo exagerado, va encaminado a convencer a los Papas, y a todos los dirigentes, a poner remedio a tanto mal.

León IX reconoció la buena intención de Pedro Damián; pero no creyó prudente proceder con tanto rigor. De hecho, mientras Hildebrando desarrollaba una intensa actividad reformadora durante este pontificado, Pedro Damián no tuvo apenas intervención en ningún asunto público. Lo mismo sucedió durante el pontificado siguiente de Víctor II (1055-1057), si bien se conservan cartas sumamente interesantes, dirigidas por él durante este tiempo a ambos Papas.

Pero desde el pontificado de Esteban IX (1057~1058) cambió por completo la situación. El nuevo Papa decidió crearlo cardenal-obispo de Ostia, y sólo utilizando los medios extremos de amenaza de excomunión, logró vencer la resistencia de su profunda humildad. Él mismo, personalmente, puso en su dedo el anillo episcopal.

Pero la muerte prematura de este Papa frustró los vastos planes de reforma que proyectaba, con la ayuda de Pedro Damián. Hubo entonces un conato de cisma, y Damián se retiró algún tiempo a Fonte-Avellana; mas, con la elección de Nicolás II (1059-1061), Pedro Damián volvió de nuevo a su campo de batalla, y precisamente los años siguientes significan el período de su mayor actividad por medio de las más importantes legaciones.

En efecto, ya el año 1059 recibió del Romano Pontífice su primera legación a Milán, que se hallaba en una situación desesperada, sobre todo por la simonía y la incontinencia de los clérigos. Pedro Damián y Anselmo de Lucca, designados como legados pontificios, celebraron inmediatamente un sínodo, y tras enconadas luchas, se restableció el orden.

El pontificado de Alejandro II (1061-1072) dio de nuevo ocasión a Damián para prestar extraordinarios servicios a la Iglesia, y ejercitar su celo apostólico. Al ser nombrado el antipapa, Pedro Damián compuso una de sus más célebres obras, dirigida a la asamblea de Augsburgo de 1062, que contribuyó eficazmente a la solución del cisma.

En 1063 desempeñó otra legación, acompañado de Hugón de Cluny, en favor de la abadía de Bourgogne, y de otras abadías cluniacenses frente a Drogón, obispo de Macón. El resultado fue enteramente favorable.

Asimismo visitó Limoges, y trabajó por la reforma de la abadía de San Marcial; estuvo en Sauvigny, donde fue ocasión de un milagro de San Odilón de Cluny. Por todo ello, los cluniacenses le quedaron sumamente agradecidos. Finalmente intervino con el joven rey alemán Enrique IV, a quien dirigió luego una excelente carta en defensa de los derechos pontificios.

Después de todo esto, se le renovaron sus ansias de soledad y de oración, por lo cual suplicó a Alejandro II le permitiera renunciar a todas sus dignidades. Hildebrando, que apreciaba en lo justo la fuerza de su virtud y ejemplo para la realización de las empresas que se le encomendaban, le opuso toda clase de dificultades, diciéndole al fin con su buen humor que, si se empeñaba en ello, le imponía una penitencia de cien años. A esto repuso Damián que aceptaba la penitencia y, en efecto, se retiró a Fonte-Avellana.

Vuelto a su amado retiro, se entregó de nuevo con alma joven a la vida de austeridad y oración, que él tanto amaba. Renovó los ayunos, vigilias y toda clase de mortificaciones. En el capítulo, después de dirigir alentadoras exhortaciones a todos, se acusaba de sus propias faltas, como pudiera hacerlo el más sencillo novicio, y tomando la disciplina, se flagelaba sin compasión. Tan precioso ejemplo sirvió para renovar el espíritu de todos los monjes.

Todavía tuvo que abandonar su amada soledad en servicio de la Iglesia. En 1066 acudió a Montecasino, donde pasó veinte días, dando los mejores ejemplos a todos sus moradores.

El mismo año fue a Florencia, enviado por Alejandro II, para terminar un conflicto con los monjes de Valleumbrosa. Algo más tarde se vio de nuevo forzado a emprender, en nombre del Papa, un viaje a Alemania para tratar con Enrique IV el asunto de su divorcio, y en un concilio hizo triunfar los derechos de la moral cristiana.

Finalmente, poco antes de su muerte, a principios de 1072, desempeñó una última legación en la que logró reconciliar a los habitantes de Ravena con el Romano Pontífice.

Precisamente cuando volvía de prestar este último servicio a la Iglesia, y se dirigía a Ronta a dar cuenta del resultado de su misión, se sintió en Faenza atacado por la fiebre, se retiró al monasterio de Nuestra Señora de los Angeles, y allí murió el 12 de febrero de 1072, en presencia de gran número de monjes.

Su muerte fue, en verdad, digna de una vida de piedad y servicio de Dios y de su Iglesia. San Pedro Damián fue un precursor de la gran obra reformadora que completó Gregorio VII (el antiguo Hildebrando) desde su elevación al Pontificado en 1073.

Sus exhortaciones y sermones están llenos de la más cristiana elocuencia. Sus voluminosos escritos, que le han merecido el título de Doctor de la Iglesia, están llenos de gran erudición, y con su vehemencia característica, ensalzan la belleza y elevación de la vida monástica, o descubren las horribles lacras de la corrupción y relajación de su tiempo. 

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, suscita en nuestros Obispos y Cardenales el espíritu de Amor, Celo y Disciplina en la Glorificación de tu Sagrado Nombre, haciendo de su ejemplo de vida una predicación constante de tu Palabra. A Tí Señor, que fundaste mediante tu sacrificio en la Cruz, un pueblo sacerdotal en tu Sagrada Iglesia como parte de tu Cuerpo Místico. Amén.