miércoles, 5 de junio de 2019


Cuarta Feria, 5 de junio

SAN BONIFACIO


Obispo y mártir
(† 751)

Apóstol de Alemania. Evangelizó también a Holanda. Reorganizó la Iglesia en Francia.

En una ocasión, derribó con un hacha un gran árbol, que era objeto de idolatría. Solía reemplazar los lugares de idolatría, con iglesias.

Breve
"Bonifacio" significa bienechor.

Nace en Wessex, Inglaterra C. 680AD. Es educado, en el monasterio benedictino de Exeter, Inglaterra, y es ordenado sacerdote en el año 716. Va a Roma, a pedirle al Papa ser misionero, y recibe su bendición. Es misionero en Alemania, en el año 719. Trabaja incansablemente, con la ayuda de San Albinus, San Abel y Santa Agata.

En una ocasión, derribó con un hacha un gran árbol, que era objeto de idolatría. Solía reemplazar los lugares de idolatría, con iglesias.

El papa lo nombra obispo, y después arzobispo de Mainz. Ordenó a San Sola.

Funda o restablece las diócesis de Bavaria, Thuringgia y Franconia. Evangelizó en Holanda. Fue allí, que después de haber bautizado a miles, se preparaba el día de Pentecostés, para impartir la confirmación, cuando fue masacrado, con 52 de sus feligreses. Había ya cumplido 80 años.

San Bonifacio está enterrado en Fulda, uno de los monasterios que él fundó.
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BERNARDINO LLORCA, S. I.
Bonifacio o Winfrido, es justamente designado como apóstol de Alemania, si bien es verdad, que ya antes de él, otros misioneros habían predicado el Evangelio, en diversas regiones de este territorio, y a pesar de que algunas de estas regiones, como Baviera y Turingia, constituían ya importantes núcleos de cristiandad.

A él se debe, en efecto, en primer lugar, el haber generalizado y sistematizado, mucho más que los anteriores misioneros, la evangelización de la mayor parte de Alemania, y por otra parte, el haber organizado de una manera definitiva, la jerarquía de estos vastos territorios, procediendo en toda esta labor, en inteligencia con los Romanos Pontífices.

Mas con todo, este trabajo de evangelización de Alemania, y organización de sus iglesias, no se agotó la actividad, de este gran apóstol. Ésta comprende una segunda parte, a la que suelen atender menos los historiadores, pero que tuvo extraordinaria importancia, en la vida de San Bonifacio. Es la regeneración y reorganización de la Iglesia de los Francos, que se hallaba en gran decadencia. Así, pues, San Bonifacio es apóstol de Alemania, y reorganizador de la Iglesia Franca.

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Llamábase Winfrido, y nació hacia el año 680, según todas las probabilidades, en el territorio de Wessex, de una familia profundamente cristiana. Contando sólo cinco años, atraído por el ejemplo, y las palabras de unos monjes, manifestó a sus padres el deseo de seguirlos, y después de vencer su persistente oposición, pudo dirigirse a la escuela del monasterio de Exeter.

Contaba entonces sólo siete años, y durante otros siete, pudo poner los más sólidos fundamentos, a su formación humanística y sacerdotal. A los catorce años, se trasladó al monasterio de Nursling, de la diócesis de Winchester, donde ingresado en la Orden, recorrió los estudios superiores del llamado Trivio, y Cuatrivio, en los que salió tan aventajado, que bien pronto pudo ser, allí mismo, renombrado maestro. De ello, nos dejó una excelente prueba, en una gramática latina, que compuso en este tiempo.

Pero mucho más que en los estudios profanos, que constituían la base de la formación humanística y filosófica, se aventajó Winfrido, en los eclesiásticos, que más directamente, debían servirle para los ideales apostólicos, que ya entonces acariciaba en su interior.

Por esto, consta que estudió de un modo especial, la Sagrada Escritura, y la dogmática o teología, tal como entonces se proponía, al mismo tiempo que realizaba, los primeros ensayos de predicación, entre la gente humilde y sencilla del pueblo. Todo esto, unido a un espíritu profundamente religioso, a la práctica de todas las virtudes monásticas, y a un abrasado amor de Dios y del prójimo, le prepararon convenientemente, para la gran obra, a que Dios lo destinaba.

Precisamente entonces, eran frecuentes las salidas de Inglaterra, de monjes misioneros, que partían para el centro y norte de Europa, donde se entregaban con toda su alma, a la evangelización de aquellos territorios, todavía paganos.

Se hallaba entonces, en la región de Frisia, (la actual Holanda), el gran apóstol San Willibrordo, y continuamente llegaban a los monasterios de Inglaterra e Irlanda, voces en demanda de nuevos misioneros. Winfrido pues, que se hallaba a la sazón en la plenitud de su vida, se sintió llamado por Dios, a este inmenso campo de apostolado, y después de obtener, tras largas luchas, el permiso de su abad, partió para el Continente, junto con otros dos compañeros, en el año 716.

Mas no había llegado todavía, la hora de Dios. La situación del norte de Europa era insegura, por lo cual, Winfrido se convenció, de que su labor apostólica sería inútil. Así pues, se volvió a su monasterio de Nursling, donde a la muerte del abad Wimbert, trataron los monjes de elegirlo a él.

No sin mucho esfuerzo consiguió, al fin, verse libre de esta dignidad, pues su única obsesión era volver al Continente, para entregarse de lleno, a su evangelización. Convencido pues, de que para dar verdadera eficacia a su labor, era necesario recibir, una comisión directa del Papa, se dirigió en el año 718, a Roma.

Era el primer viaje que hacía a la Ciudad Eterna. El papa San Gregorio II, le recibió con muestras de extraordinaria satisfacción, le cambió su nombre de Winfrido por el de Bonifacio; le instruyó ampliamente, sobre el modo de introducir en los pueblos germanos, la doctrina cristiana, la liturgia y administración romana, y en la primavera del año 719, le dio una comisión especial, para los pueblos del centro de Europa.

Atravesando pues Bonifacio, la Baviera y el centro de Alemania, se dirigió a Frisia, donde providencialmente, había muerto su rey Radbod, y su sucesor, unido con los francos, se mostraba favorable, a la predicación del Evangelio. Allí pues, al lado del veterano apóstol San Willibrordo, pasó el novel misionero Bonifacio, tres años. Este aprendizaje, fue de grandísima utilidad para él.

Sin embargo, resistiendo a las instancias de San Willibrordo, quien ya anciano, deseaba nombrarle sucesor suyo, y siguiendo las instrucciones del Papa, se dirigió a Hesse, donde inició su primera gran campaña de predicación. En este tiempo, se le juntó, uno de sus más fieles colaboradores, llamado Gregorio. Para dar más firmeza y regularidad, al trabajo misionero, estableció pronto su primer monasterio en Amöneburg. El resultado de sus primeros trabajos, fueron millares de conversiones, y el establecimiento de numerosas cristiandades.

Ante las primeras noticias de los éxitos obtenidos, el Papa le llamó a Roma, donde bien informado de su espíritu, y de sus métodos de predicación, así como también, de los nuevos campos que se abrían al Evangelio, le consagró obispo el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, del año 722.

A esta dignidad, que tanto ascendiente debía dar a Bonifacio, añadió el Papa una carta especial, para Carlos Martel, con el objeto de que obtuviera de éste, su apoyo oficial, para tan importante empresa, y asimismo gran cantidad de reliquias, el Código oficial canónico, y otras cosas que contribuían, a dar mayor autoridad al misionero.

Armado pues Bonifacio, de su nueva autoridad episcopal, y de todas estas nuevas armas, se dirigió a Carlos Martel, quien a la vista de la carta pontificia, puso al servicio del misionero, todo el apoyo de su poder. En esta forma, entró de nuevo Bonifacio en Alemania, y se dispuso a continuar la obra, comenzada en Hesse.

Para ello, realizó entonces, una de las más sublimes hazañas de su vida misionera, con el objeto de deshacer, la superstición pagana, que constituía el principal obstáculo del Evangelio. Efectivamente, en un día señalado con anticipación, para hacerlo en presencia, de una gran multitud de paganos, dio con sus propias manos, algunos golpes de hacha, y luego hizo derribar la encina sagrada de Geismar, a la que los gentiles profesaban gran veneración.

Al ver pues los paganos, que sus dioses no hacían nada, para vengar aquel ultraje, reconocieron su impotencia, y a partir de este hecho, se mostraron mejor dispuestos, para recibir el Evangelio. Con la madera de aquella encina, hizo Bonifacio, construir una iglesia, dedicada a San Pedro, y a corta distancia de ella, levantó el monasterio de Fritzlar, que fue en adelante, uno de los puntos de apoyo, de su obra misionera.

Puesta ya en marcha la misión de Hesse, en el año 725, pasó a Turingia, donde ya anteriormente, había sido introducido, pero no había arraigado el cristianismo, y allí continuó desarrollando su actividad apostólica. En todas partes, encontraba al pueblo, dispuesto a escuchar la palabra de Dios. Lo único que faltaban eran misioneros. Por esto, insistió constantemente a los monasterios ingleses, en demanda de nuevas fuerzas, y en efecto, fueron llegando muchos monjes misioneros, durante los años siguientes.

Bien pronto, fundó en Turingia, cerca de Gotha, el monasterio de Ordruf, que fue su base de operaciones, en aquel territorio. Entre los nuevos misioneros, son dignos de mención San Lull, que fue el sucesor de San Bonifacio, en la sede de Maguncia, y San Esteban, su futuro compañero de martirio.

Llegaron asimismo religiosas, que iniciaron la rama femenina del monacato, en Turingia y Hesse. Entre ellas, se distinguieron Santa Tecla, Santa Walburga, y sobre todo, la prima del mismo San Bonifacio, Santa Lioba.

Cerca de diez años hacía, que trabajaba en estas regiones de Hesse y Turingia, alentado siempre por San Gregorio II, cuando este gran Papa, murió en el año 731.

Su sucesor, San Gregorio III (731-741), conociendo perfectamente, el celo y la santidad de San Bonifacio, le envió en el año 732, el palio arzobispal, constituyéndole metropolitano, de toda la Alemania, al otro lado del Rhin, a lo que añadía una amplia facultad, para fundar nuevos obispados, en todos aquellos territorios.

Algunos años más tarde, en el año 737, hizo su tercer viaje a Roma, con el objeto de tratar detenidamente, con el Romano Pontífice, acerca de la organización definitiva de las iglesias germanas.

Entonces recibió de Gregorio III, el nombramiento de legados apostólicos, con poder general, sobre todos aquellos territorios, y en Montecassino, obtuvo uno de sus mejores auxiliares, el monje San Willibald, y otros misioneros.

Con estos nuevos poderes, y nuevos auxiliares, se dirigió, ante todo, a Baviera, cuyas cristiandades reorganizó, e introdujo una plena jerarquía, con los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising, Passau y otros.

Una vez organizada la iglesia de Baviera, volvió a su campo de operaciones, de Hesse y Turingia, donde creó los obispados de Erfurt para Turingia, Buraburg para Hesse, y Wurzburgo para Franconia; algo más tarde, organizó el obispado de Eichstätt. El el año 741, mientras realizaba esta obra, fundamental para la estabilización de aquellas iglesias, fundó la abadía de Fulda, tan célebre en lo sucesivo, y donde debían luego descansar, sus restos mortales.

Este mismo año 741, entró San Bonifacio, en un nuevo campo de su actividad, al que tal vez, han prestado menos atención los historiadores, y que da una idea completa, de la magnitud de la obra apostólica de San Bonifacio.

En efecto, su encendido amor de Dios, y su celo por las almas, no se contentó con la evangelización, y organización de las iglesias germanas, sino que realizó también, una completa regeneración y reorganización, de la Iglesia en Francia.

Ésta se encontraba, en efecto, en un estado de general decadencia. Muerto en el año 741 Carlos Martel, su hijo Carlomán, heredó los territorios orientales de Austrasia, y Pipino los occidentales de Neustria. Entonces, pues, el piadoso Carlomán, que conocía perfectamente, el celo apostólico de San Bonifacio, le invitó para que acudiera a sus dominios, con el fin de reformar la disciplina eclesiástica.

Aceptó Bonifacio la invitación, y comenzó al punto su tarea. Ésta se dirigió principalmente, a los elementos eclesiásticos, los clérigos, obispos y monasterios. Mas, para dar mayor eficacia a su acción reformadora, apoyada siempre por Carlomán, y más tarde por Pipino, celebró una serie de concilios, célebres en la historia de la Iglesia de Francia. El primero tuvo lugar en Austrasia, en el año 742. Es el primer concilio germánico.

Del resultado que con él obtuvo, San Bonifacio puede juzgarse, por las disposiciones reformadoras que se tomaron. Se atacó a la raíz del mal, ordenando la devolución de los bienes eclesiásticos. Se urgió el derecho de los obispos, y se dieron severas disposiciones, contra los vicios de simonía, e incontinencia del clero. Todas estas disposiciones, fueron luego proclamadas como leyes del Estado. En el año 743, se celebraron otros dos sínodos, en Austrasia.

El año siguiente, solicitó también Pipino, la intervención de San Bonifacio, en los territorios de Neustria, donde se celebraron dos sínodos, y se introdujeron todas las normas reformadoras de Austrasia. El el año 745, se pudo celebrar ya, un concilio general para ambos territorios. El resultado fue a todas luces visible. A los cinco años de labor de San Bonifacio, la Iglesia franca, quedaba completamente regenerada.

El concilio general germano del año 747, fue la mejor confirmación, de los resultados obtenidos, por la grandiosa obra de San Bonifacio. En él, todo el episcopado franco, firmó la llamada Carta, de la verdadera profesión de fe, y de la unidad católica, y la mandaron a Roma. De este modo, toda la Germania y toda Francia, quedaban por la obra de San Bonifacio, íntimamente unidas con Roma.

Pero esto mismo, señala otro punto culminante de la vida de San Bonifacio. Hasta este tiempo, poseía una comisión general, para todos aquellos territorios. El nuevo papa Zacarías, juzgó llegado el tiempo de nombrar a San Bonifacio, arzobispo de Maguncia, constituyendo esta sede, como primada de Alemania y Francia. De este modo, se completaba la unidad, de la obra de San Bonifacio.

Apenas realizado esto, perdió el mismo año 747 a su principal apoyo, Carlomán, quien se retiró a un monasterio. Pero su hermano Pipino el Breve, que unió entonces toda Francia, continuó prestándole el mismo apoyo. La obra de Bonifacio, continuó produciendo los más sazonados frutos, no obstante los disturbios promovidos, por algunos caracteres turbulentos.

Pero entretanto, San Bonifacio, ya de avanzada edad, obtuvo el nombramiento de su discípulo y colaborador Lull, como sucesor suyo en la sede de Maguncia. Pero su ardiente espíritu misionero, no encontraba mejor descanso, que el campo de sus primeros trabajos apostólicos.

Se dirigía pues entonces, a la región de Frisia (Holanda), donde con aliento juvenil, se entregó de lleno, al trabajo misionero entre los gentiles, todavía numerosos en aquel territorio.

Los primeros éxitos de esta nueva, y última campaña del veterano Apóstol, le rejuvenecieron extraordinariamente. Se sentía allí, como en su propio elemento. Organizaron las cosas, para celebrar una confirmación en el campo de Dokkum; y el 5 de junio de 754, cuando esperaba a los nuevos cristianos, para administrarles este sacramento, cayeron sobre él unos gentiles fanáticos, y le martirizaron junto con cincuenta y dos compañeros. Enterrado primero en Utrecht, más tarde fue trasladado a Maguncia, y luego a Fulda.

Con justicia, se le ha dado el título de apóstol de Alemania, en el más amplio sentido de la palabra. San Bonifacio, es uno de los más excelentes ejemplos, de los grandes misioneros de la Iglesia católica, de todos los tiempos. Su encendido amor de Dios, y de las almas, le comunicó la fuerza necesaria, para vencer las mayores dificultades, y trabajar hasta derramar su sangre por la fe que predicaba. El resultado de su obra apostólica, verdaderamente admirable, se extendió a toda Alemania y a Francia.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que infundas a todos los misioneros en el mundo, el celo apostólico que infundiste a San Bonifacio, así como la valentía necesaria, y la perseverancia de su conducta personal. Danos también a nosotros esos dones, para dar testimonio de nuestra Fe, en todos los ámbitos que nos debamos desempeñar. A Tí Señor, que antes de subir a los cielos, nos ordenaste ir a evangelizar, y bautizar a todos los rincones del planeta. Amén.



Domingo 2 de junio

Santos Marcelino y Pedro


Marcellinus & Petrus

Mártires (+304)

"Marcelino y Pedro, poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".

Marcelino: Sacerdote muy estimado en Roma
San Pedro: Piadoso cristiano, con el don de liberación de demonios.

Ambos, fueron encarcelados por su fe. Allí se dedicaron a predicar, y convirtieron al carcelero, a su familia, y a varios presos. Esto causó, que se les decretase pena de muerte.

Los llevaron al bosque llamado "la selva negra", y los decapitaron, enterrándolos secretamente. Pero el verdugo, se convirtió al cristianismo, por el ejemplo de santidad de estos mártires. Él informó a los cristianos, el lugar del entierro, y ellos les dieron honrosa sepultura.

El emperador Constantino, construyó una basílica sobre la tumba de los dos mártires, y quiso que en ese sitio, fuera sepultada su santa madre, Santa Elena.

Según crónicas antiguas, ante los restos de los Santos Marcelino y Pedro, ocurrieron numerosos milagros.

La gente oraba: "Marcelino y Pedro, poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos a todos los cristianos católicos y ortodoxos, la fortaleza espiritual que concediste a San Marcelino y San Pedro, mártires, para difundir tu mensaje, ayudando a mantener en lo alto, la antorcha de la Fe en tu Divino Hijo. A Tí Señor, que nos enseñaste, que una lámpara no debe ser guardada bajo un cajón, sino puesta en lo alto, para irradiar tu Luz. Amén.


martes, 4 de junio de 2019


Tercera Feria, 4 de Junio

San Quirino de Tivoli

San Quirino, en un grabado de Durero de 1517

Obispo y Mártir
+308 - Hungría

Protector contra la gota, y los dolores de pies

He confesado al verdadero Dios en Siscia, y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro”

Breve
En Sabaria, lugar de Panonia, ejercía como Obispo de Siscia, y fué martirizado, bajo el emperador Diocleciano, por la fe en Cristo.

Fué arrojado a un río, con una rueda de molino atada al cuello.
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Entre los muchos mártires que ofrendaron su vida, en las provincias del Danubio, durante el reinado de Diocleciano, uno de los más célebres, fue San Quirino, cuyas alabanzas escribieron San Jerónimo, Prudencia y Fortunato.

Las «Actas» en las que se registró su proceso, sus sufrimientos y su muerte, son esencialmente auténticas, a pesar de que estuvieron sujetas a ampliaciones, e intercalaciones de los copistas.

Quirino fue obispo de Siscia, población de la Croacia, que ahora se llama Sisak. Cuando recibió noticias, de que habían llegado las órdenes para aprehenderlo, huyó de la ciudad, pero fue capturado tras una corta persecución, y entonces se le condujo ante el magistrado Máximo.

Éste comenzó por interrogarle, sobre su intento de fuga, que el acusado explicó sencillamente, al indicar que sólo había obedecido el consejo de su Señor Jesucristo, el verdadero Dios, quien dijo: «Cuando te veas perseguido en una ciudad, huye a otra».

-¿No sabías que el poder del Emperador, te habría encontrado en cualquier parte?, inquirió el magistrado-. A ése que tú llamas, el verdadero Dios, ¿no le puedes pedir que te ayude ahora, una vez que el Emperador te ha atrapado, como vas a comprobarlo en seguida, en carne propia?.

-Dios está siempre con nosotros, y puede ayudarnos en cualquier momento -repuso humildemente, y con entera serenidad el obispo-. Estaba conmigo cuando me atraparon, y está conmigo ahora. Es Él quien me fortalece, y el que habla por mi boca.

-¡Hablas demasiado, por lo visto!, cortó Máximo con cierta impaciencia. Y con tanta charla, hace que te olvides, de obedecer los mandatos de nuestro soberano. ¡Lee los edictos, y haz lo que te ordenan!.

Entonces se irguió Quirino para contestar resueltamente, que nunca consentiría, en hacer lo que ordenaban los edictos, puesto que lo consideraba como un sacrilegio.

-¡Los dioses que tú adoras no son nada! -exclamó con vehemencia-. Mi Dios, al que yo sirvo, está en el cielo, en la tierra, y en el mar, pero se encuentra por encima de todo, porque todas las cosas, están contenidas en Él, todas las cosas fueron creadas por Él, y sólo por Él existen.

-Tú debes ser tan simple como un niño, para creer en esas fábulas -declaró el juez en tono despectivo-; acepta el incienso que te ofrecen mis hombres, quémalo ante los dioses, y serás bien recompensado; pero si te niegas, te sujetaremos a las torturas, y recibirás una muerte horrible.

Sin alterarse en lo más mínimo, Quirino repuso, que aceptaba los dolores y la muerte, como una gloria para él, y a continuación, Máximo ordenó que le apalearan. Mientras los soldados, descargaban los golpes sobre el cuerpo del anciano, el magistrado le aconsejaba, que ofreciera sacrificios, y le prometía hacerlo sacerdote de Júpiter, si accedía.

-Aquí, ahora mismo, ejerzo mi sacerdocio, al ofrecerme a Dios -clamó el mártir sin doblegarse. Te agradezco los golpes; no me hacen daño. Con gusto soportaría un tratamiento peor, a fin de dar ánimos, a todos aquellos, que son de mi rebaño, para que me sigan por este atajo, hacia la vida eterna.

Como Máximo no tenía la autoridad, para dictar sentencia de muerte, dispuso que el reo fuera enviado a Amancio, el gobernador de la provincia de Pannonia, Prima.

Los esbirros condujeron al obispo, a través de varias ciudades sobre el Danubio, hasta llegar a Sabaria (la actual Szombothely en Hungría), que pocos años más tarde, sería la cuna de San Martín. Ahí compareció ante Amancio, quien luego de leer en voz alta, el informe sobre el juicio previo, preguntó al acusado, si lo encontraba correcto.

Éste repuso afirmativamente, y agregó:
-He confesado al verdadero Dios en Siscia, y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro. A Él lo llevo en el corazón, y no hay hombre sobre la tierra, que pueda separarlo de mí.

Amancio admitió, que se sentía inclinado a perdonar; que no deseaba someter a la tortura, ni mandar matar a un anciano tan venerable, como el acusado, y rogó encarecidamente al obispo, que cumpliese con los requisitos que le exigían, para tener la dicha, de acabar sus días en paz. Pero en vista de que ni los halagos, ni las promesas, ni las amenazas surtieron efecto, el gobernador no tuvo otra alternativa, que la de condenar al reo.

La sentencia de muerte consistía, en atar una piedra al cuello del obispo, y arrojarlo al río Raab. Así se hizo, en presencia de numerosos espectadores, pero el cuerpo del anciano tardó en hundirse, y todos los presentes pudieron oírle rezar, y pronunciar palabras de aliento para su grey, antes de que desapareciera bajo la corriente.

A corta distancia, río abajo, los cristianos rescataron el cadáver. A principios del siglo quinto, los fugitivos que huían de Pannonia, invadida por los bárbaros, llevaron las reliquias de San Quirino a Roma. Ahí quedaron guardadas, en la Catacumba de San Sebastián, hasta el año de 1140, cuando se las trasladó a Santa María en Trastévere.

Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

El texto de la pasión fue impreso por Ruinart en las Acta Sanctorum, junio, vol. I. Gran interés se despertó en torno a San Quirino, a raíz de las investigaciones de Monseñor de Waal en la región de Panonia, donde se descubrieron, los restos de una gran inscripción, en honor del santo. Ver la monografía de de Waal Die Apostelgruft ad Catacombas, impresa como un suplemento al Rómische Quartalschrift (1894); véase también a Duchesne, en La Memoria de los Apóstoles de la Via Apia, en sus Memorie della Pontificia Academia romana di Archeologia, vol. I (1923), pp. 8-10; junto con Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, p. 303.

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También celebramos hoy la veneración de otro mártir del mismo nombre. Su cuerpo fue enterrado, en las catacumbas de San Ponciano, una vez que lo sacaron del río Tíber, a donde lo habían arrojado.
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Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, te pedimos que nos infundas la misma fortaleza espiritual, que concediste a los mártires Quirino, adorándote y sirviéndote sólo a Tí, con devoción, todos los días de nuestra Vida. A Tí Señor, que nos dejaste a San Moisés ese mandato, al pie del Monte Sinaí, con las Tablas de la Ley. Amén.


lunes, 3 de junio de 2019


Domingo 2 de Junio

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


La ascensión es la fiesta de la entronización de Cristo

«He aquí, que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

La Ascensión del Señor, se celebra el jueves de la VI semana de pascua, en algunas diócesis, es transferido al Domingo VII de Pascua.

Homilía - P. Jordi Rivero

Hoy recordamos el día, que Jesús ascendió al cielo. Él dijo que nos prepararía un lugar, para estar todos con Él. El cielo, es estar perfectamente unidos a Dios, por medio de Cristo.

¿De verdad queremos ir al cielo?. Si entendemos que ir al cielo, es ir a Jesús, dependerá de cuanto amamos a Jesús. Cuando me despido de personas, que posiblemente, no vuelva a ver en este mundo, suelo decirles: "espero que nos encontremos en el cielo”.

Ellos suelen responder algo así: "¡Espero que no sea pronto!". La verdad, es que muy pocas personas desean ir al cielo. Si les damos a escoger, entre cielo o infierno, dicen que prefieren el cielo. Pero prefieren aún mas, su vida en la tierra.

El problema, es que conocemos poco a Jesús, y por eso lo amamos poco. Hay muchas cosas que anteponemos a Él. No digo que despreciemos este mundo. Los santos deseaban ir al cielo, y por eso vivían aquí con tanto amor. Porque en el cielo, se vive el amor, y se comienza a amar aquí.

Cuanto más deseamos a Jesús, (estar con Él en el cielo), más vamos a apreciar, nuestra vida en la tierra. Él nos da el Espíritu Santo, para que podamos amar, a todos y todas las cosas, en Cristo. Es como una novia, que anhela por casarse con su novio. Cuanto más lo anhela, mas goza el noviazgo, con toda la preparación.

No podemos imaginarnos el cielo, porque está fuera, de nuestras categorías de conocimiento. No puede una persona, completamente ciega de nacimiento, imaginarse los colores.

El cielo no es tanto un lugar, como un estado de vida, muy superior al nuestro. En el cielo, no hay tiempo ni espacio. Solo podemos anticipar el cielo, basado en el amor. ¡En el cielo, todo se conjuga en el amor!. En la tierra empezamos a amar, pero todavía tras velos y límites. En el cielo, estaremos en la plenitud del amor. Por eso, la ascensión, NO es una fiesta triste y melancólica.

Al partir hacia el cielo, Cristo comienza a comunicar el Espíritu Santo, a sus Apóstoles, y los frutos son inmediatos: Jesús los reviste de fortaleza, como les había prometido (cf. Evangelio de hoy). Ellos “se postraron ante Él (adoración), y se volvieron con gran alegría, y estaban siempre en el templo, bendiciendo a Dios (alabanza)." (cf. Evangelio de hoy). Son hombres nuevos, llenos de convicción, sobre la realidad de Cristo, llenos de propósito.

La ascensión, es la fiesta de la entronización de Cristo. Sube al cielo, y se sienta en Su trono, a la derecha del Padre. Significa que Jesús, ha transcendido a todas las limitaciones de este mundo, y está con Dios. Significa que en Jesús, todos los hombres que creen, transcienden también, porque somos su Cuerpo.

Jesucristo ejercita ahora, soberanía sobre los suyos, dándoles la gracia para llevar a cabo, su misión en este mundo. A través de ellos, su presencia se hace presente en la tierra. Esta verdad, es el fundamento de la nueva vida de los Apóstoles.

Esta misma experiencia del Señorío de Jesús, es expresada por Pablo, quien nos dice, que Cristo se elevó por encima de todo. Señor “Kyrios”. “puso todas las cosas bajo sus pies”. Frente a Cristo, debe doblarse toda rodilla: en los cielos, en la tierra, y lo que está bajo la tierra (Cf. Flp. 2,9).

Jesús, lejos de separarse de nosotros, nos ha unido a Él para siempre. En Cristo, nuestra humanidad, es elevada hasta Dios. Nosotros somos miembros de su Cuerpo, unidos a la Cabeza. Ya desde la tierra, somos de su reino, y no del mundo.

«He aquí que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo».

En la tierra, podemos estar unidos a Cristo, pero hay diferentes capacidades de unidad. Un novio conoce a su novia, y ambos se aman ya. Pero anhelan el día de la boda. Nosotros conocemos a Jesús, pero vivimos en la esperanza firme del cielo. Si no tuviésemos ya los primeros frutos, no anhelaríamos la plenitud.

Ir al cielo significa ir a estar "con Cristo" (Fi. 1,23)

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que siempre permanezcas a nuestro lado, en medio de tantas dificultades y tentaciones, y ayúdanos a seguir siendo parte de tu fiel rebaño. A Tí Señor, que te elevaste hasta el Cielo, llevando al Padre, todos nuestros anhelos y esperanzas, y también el deseo de estar siempre contigo. Amén.
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PRIMERA LECTURA

Lo vieron levantarse

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús, fue haciendo y enseñando, hasta el día, en que dio instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas, de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les recomendó:

-«No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua; dentro de pocos días, vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»

Ellos lo rodearon preguntándole:
-«Señor, ¿es ahora, cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

Jesús contestó:
-«No os toca a vosotros, conocer los tiempos y las fechas, que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo, descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines del mundo.»

Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube, se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres, vestidos de blanco, que les dijeron:

-«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?. El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse. »

Palabra de Dios.
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Salmo responsorial Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9 (R.: 6)

R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra. R.

Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. R.

Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado. R.
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SEGUNDA LECTURA

Lo sentó a su derecha en el cielo

Lectura de la carta del apóstol San Pablo, a los Efesios 1, 17-23

Hermanos:

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación, para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis, cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria, que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos, y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba, todo en todos.

Palabra de Dios.

Aleluya Mt 28, 19. 20

Id y haced discípulos de todos los pueblos -dice el Señor-; yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
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EVANGELIO

Se me ha dado pleno poder, en el cielo y en la tierra

+ Conclusión del santo evangelio según San Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
-«Se me ha dado pleno poder, en el cielo y en la tierra.

Id y haced discípulos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar, todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Palabra de Dios

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sábado, 1 de junio de 2019


Sábado 1 de Junio

San Justino
c. 100-165


Padre de la Iglesia, mártir

"El más importante, entre los Padres apologistas del segundo siglo" -Benedicto XVI

Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad la justicia, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda

«Tú ante todo reza, para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo, no le conceden la comprensión»

San Justino, fue un gran filósofo. Nacido en Nablus, Palestina, de padres paganos, se convirtió al cristianismo leyendo las Sagradas Escrituras, y siendo testigo del heroísmo de los mártires. Tenía unos 30 años.

Sus dos libros: Apología por la Religión Cristiana, y Diálogo con el Judío Tripo, se consideran entre los más importantes del siglo II.

Fue decapitado en Roma, con otros cristianos. Se conservan los archivos de su juicio.
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Benedicto XVI presenta a San Justino, filósofo y mártir
20 marzo 2007, audiencia general del miércoles. ZENIT.org

Queridos hermanos y hermanas:

En estas catequesis, estamos reflexionando, sobre las grandes figuras de la Iglesia naciente. Hoy hablamos de San Justino, filósofo y mártir, el más importante, de los padres apologistas del siglo II.

La palabra «apologista», hace referencia, a esos antiguos escritores cristianos, que se proponían defender la nueva religión, de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana, de una manera adaptada a la cultura de su tiempo.

De este modo, entre los apologistas, se da una doble inquietud: la propiamente apologética, defender el cristianismo naciente, («apologhía» en griego significa precisamente «defensa»); y la de proposición «misionera», que busca exponer los contenidos de la fe, en un lenguaje y con categorías de pensamiento, comprensibles a los contemporáneos.

Justino había nacido, en torno al año 100, en la antigua Siquem, en Samaría, en Tierra Santa; buscó durante mucho tiempo la verdad, peregrinando por las diferentes escuelas, de la tradición filosófica griega. Por último, como él mismo cuenta, en los primeros capítulos de su «Diálogo con Trifón», misterioso personaje, un anciano, con el que se había encontrado en la playa del mar, primero entró en crisis, al demostrarle la incapacidad del hombre, para satisfacer únicamente con sus fuerzas, la aspiración a lo divino.

Después le indicó en los antiguos profetas, a las personas a las que tenía que dirigirse, para encontrar el camino de Dios, y la «verdadera filosofía». Al despedirse, el anciano le exhortó a la oración, para que se le abrieran las puertas de la luz.

La narración simboliza, el episodio crucial de la vida de Justino: al final de un largo camino filosófico, de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana. Fundó una escuela en Roma, donde iniciaba gratuitamente, a los alumnos en la nueva religión, considerada como la verdadera filosofía. En ella, de hecho, había encontrado la verdad. y por tanto, el arte de vivir de manera recta. Por este motivo, fue denunciado y decapitado, en torno al año 165, bajo el reino de Marco Aurelio, el emperador filósofo, a quien Justino había dirigido su «Apología».

Las dos «Apologías», y el «Diálogo con el judío Trifón», son las únicas obras que nos quedan de él. En ellas, Justino pretende ilustrar ante todo, el proyecto divino de la creación, y de la salvación que se realiza en Jesucristo, el «Logos», es decir, el Verbo Eterno, la Razón Eterna, la Razón creadora.

Cada hombre, como criatura racional, participa del «Logos», lleva en sí una «semilla», y puede vislumbrar la verdad. De esta manera, el mismo «Logos», que se reveló como figura profética, a los judíos en la Ley antigua, también se manifestó parcialmente, como con «semillas de verdad», en la filosofía griega.

Ahora, concluye Justino, dado que el cristianismo, es la manifestación histórica y personal del «Logos» en su totalidad, «todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos» (Segunda Apología 13,4). De este modo, Justino, si bien reprochaba a la filosofía griega sus contradicciones, orienta con decisión hacia el «Logos», cualquier verdad filosófica, motivando desde el punto de vista racional, la singular «pretensión» de verdad, y de universalidad de la religión cristiana.

Si el Antiguo Testamento, tiende hacia Cristo, al igual que una figura, se orienta hacia la realidad que significa, la filosofía griega, tiende a su vez a Cristo y al Evangelio, como la parte que tiende a unirse con el todo. Y dice que estas dos realidades, el Antiguo Testamento y la filosofía griega, son como dos caminos, que guían a Cristo, al «Logos».

Por este motivo, la filosofía griega, no puede oponerse a la verdad evangélica, y los cristianos, pueden recurrir a ella con confianza, como si se tratara de un propio bien.

Por este motivo, mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, definió a Justino, como «un pionero del encuentro positivo, con el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento»: pues Justino, «conservando después de la conversión, una gran estima por la filosofía griega, afirmaba con fuerza y claridad, que en el cristianismo había encontrado, “la única filosofía segura y provechosa” («Diálogo con Trifón» 8,1)» («Fides et ratio», 38).

En su conjunto, la figura y la obra de Justino, marcan la decidida opción de la Iglesia antigua, por la filosofía, por la razón, en lugar de la religión de los paganos. Con la religión pagana, de hecho, los primeros cristianos rechazaron acérrimamente todo compromiso.

La consideraban como una idolatría, hasta el punto de correr el riesgo, de ser acusados de «impiedad», y de «ateísmo». En particular, Justino, especialmente en su «Primera Apología», hizo una crítica implacable de la religión pagana, y de sus mitos, por considerarlos como «desorientaciones» diabólicas, en el camino de la verdad.

La filosofía representó, sin embargo, el área privilegiada del encuentro entre paganismo, judaísmo y cristianismo, precisamente a nivel de la crítica a la religión pagana, y a sus falsos mitos. «Nuestra filosofía…»: con estas palabras explícitas, llegó a definir la nueva religión, otro apologista contemporáneo a Justino, el obispo Melitón de Sardes («Historia Eclesiástica», 4, 26, 7).

De hecho, la religión pagana, no seguía los caminos del «Logos», sino que se empeñaba en seguir los del mito, a pesar de que éste era reconocido, por la filosofía griega, como carente de consistencia en la verdad. Por este motivo, el ocaso de la religión pagana era inevitable: era la lógica consecuencia, del alejamiento de la religión de la verdad, del ser, reducida a un conjunto artificial de ceremonias, convenciones y costumbres.

Justino, y con él otros apologistas, firmaron la toma de posición clara de la fe cristiana, por el Dios de los filósofos, contra los falsos dioses de la religión pagana. Era la opción por la verdad del ser, contra el mito de la costumbre. Algunas décadas después de Justino, Tertuliano definió la misma opción de los cristianos, con una sentencia lapidaria, que siempre es válida: «Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem, cognominavit – Cristo afirmó que era la verdad, no la costumbre» («De virgin. Vel». 1,1).

En este sentido, hay que tener en cuenta, que el término «consuetudo», que utiliza Tertuliano, para hacer referencia a la religión pagana, puede ser traducido en los idiomas modernos, con las expresiones «moda cultural», «moda del momento».

En una edad como la nuestra, caracterizada por el relativismo, en el debate sobre los valores, y sobre la religión --así como en el diálogo interreligioso--, esta es una lección que no hay que olvidar. Con este objetivo, y así concluyo, os vuelvo a presentar, las últimas palabras del misterioso anciano, que se encontró con el filósofo Justino, a orilla del mar: «Tú ante todo reza, para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo, no le conceden la comprensión» («Diálogo con Trifón» 7,3).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en diferentes idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

San Justino, filósofo y mártir, es el más importante, entre los Padres apologistas del siglo segundo. Nació en torno al año 100. Fundó una escuela en Roma, donde gratuitamente, iniciaba a los alumnos en la nueva religión. Denunciado por este motivo, fue decapitado, bajo el reinado de Marco Aurelio.

La palabra «apologista» designa a los antiguos escritores cristianos, que se proponían defender el cristianismo naciente, de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana, exponiendo los contenidos de la fe, en un lenguaje comprensible.

En las obras que conservamos, las dos «Apologías», y el «Diálogo con Trifón», ilustra ante todo, el proyecto divino de la creación y de la salvación, que se cumple en Jesucristo, el Logos, el Verbo de Dios, del que participa todo hombre, como criatura racional. Su primera Apología, es una crítica implacable a la religión pagana, y a los mitos de entonces.

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Oficio de lectura, III Domingo de Pascua

De la primera apología de San Justino, mártir, en defensa de los cristianos
Cap. 66-67

A nadie es lícito participar de la Eucaristía, si no cree que son verdad las cosas que enseñamos, y no se ha purificado en aquel baño, que da la remisión de los pecados, y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.

Porque no tomamos estos alimentos, como si fueran un pan común, o una bebida ordinaria, sino que así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios, y tuvo carne y sangre, a causa de nuestra salvación, de la misma manera, hemos aprendido que el alimento, sobre el que fue recitada la acción de gracias, que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma, nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de Aquel mismo Jesús, que se encarnó.

Los Apóstoles, en efecto, en sus tratados, llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: «Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias, y dijo: Esta es mi sangre, dándoselo a ellos solamente».

Desde entonces, seguimos recordándonos, siempre unos a otros estas cosas; y los que tenemos bienes, acudimos en ayuda, de los que no los tienen, y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas, alabamos al Creador de todo, por medio de su Hijo Jesucristo, y del Espíritu Santo.

El día llamado del sol, se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad, que los que viven en el campo, y según conviene, se leen los tratados de los Apóstoles, y los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita.

Luego, cuando el lector termina, el que preside, se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables.

Después nos levantamos todos a la vez, y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia, con todas sus fuerzas, preces y acciones de gracias, y el pueblo responde «Amén»; tras de lo cual se distribuyen los dones, sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes.

Los que poseen bienes de fortuna, y quieren cada uno dar a su arbitrio, lo que bien le parece, y lo que se recoge, se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo, entre los huérfanos y las viudas; también a los que por enfermedad u otra causa cualquiera, pasan necesidad, así como a los presos, y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, Él es quien se encarga de todos los necesitados.

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque en este día, que es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día, en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos, y les enseñó, todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración.

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Oficio de lectura, miércoles III semana de pascua
El Bautismo del nuevo nacimiento
De la primera Apología de San Justino, mártir, en defensa de los cristianos
Cap. 61

Vamos a exponer de qué manera, renovados por Cristo, nos hemos consagrado a Dios.

A quienes aceptan, y creen que son verdad, las cosas que enseñamos y exponemos, y prometen vivir de acuerdo con estas enseñanzas, les instruimos para que oren a Dios, con ayunos, y pidan perdón de sus pecados pasados, mientras nosotros, por nuestra parte, oramos y ayunamos también, juntamente con ellos.

Luego los conducimos, a un lugar adonde hay agua, para que sean regenerados, del mismo modo que fuimos regenerados nosotros. Entonces reciben el baño del bautismo, en el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo, y del Espíritu Santo.

Pues Cristo dijo: «El que no nazca de nuevo, no podrá entrar en el Reino de los Cielos». Ahora bien, es evidente para todos, que no es posible, una vez nacidos, volver a entrar en el seno de nuestras madres.

También el profeta Isaías, nos dice de qué modo, pueden librarse de sus pecados, quienes pecaron y quieren convertirse: Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad la justicia, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces venid y discutamos, dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, se blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, comeréis lo sabroso de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor.

Los Apóstoles, nos explican la razón de todo esto. En nuestro primer nacimiento, fuimos engendrados de un modo inconsciente por nuestra parte, y por una ley natural y necesaria, por la acción del germen paterno, en la unión de nuestros padres, y sufrimos la influencia de costumbres malas, y de una instrucción desviada.

Mas, para que tengamos también un nacimiento, no ya fruto de la necesidad natural e inconsciente, sino de nuestra libre y consciente elección, y lleguemos a obtener el perdón de nuestros pecados pasados, se pronuncia, sobre quienes desean ser regenerados, y se convierten de sus pecados, mientras están en el agua, el nombre de Dios, Padre y Soberano del Universo, único nombre que invoca el ministro, cuando introduce en el agua, al que va a ser bautizado.

Nadie, en efecto, es capaz de poner nombre al Dios inefable, y si alguien se atreve a decir, que hay un nombre que expresa lo que es Dios, es que está rematadamente loco.

A este baño lo llamamos iluminación, para dar a entender, que los que son iniciados en esta doctrina, quedan iluminados.

También se invoca sobre el que ha de ser iluminado, el nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y el nombre del Espíritu Santo, que por medio de los profetas, anunció de antemano, todo lo que se refiere a Jesús.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que infundiste a San Justino, con la gracia de tu Sabiduría, concédenos desterrar de nuestro corazón, los mitos paganos que anidan en él, como el Poder, el Placer y las Riquezas, y sólo estar atentos a tus suaves y dulces consejos, en el camino a seguir. A Tí Señor, que derramaste tu Espíritu sobre nuestras cabezas, luego de tu Pascua de Resurrección. Amén.