miércoles, 18 de abril de 2018


Tercera Feria, 17 de abril

SAN ANICETO, 11ª PAPA Y MÁRTIR


 († 166)

Período aproximado de su pontificado: 157- 168

Luchó contra la incipiente filosofía gnóstica. Breve resumen de esta herejía.
Originario de Emesa (Siria), fue el décimo primer sucesor de San Pedro, y gobernó la Iglesia aproximadamente desde el 157 al 167. Murió mártir, como todos los papas de los primeros siglos.

Además de la persecución romana, Aniceto debió enfrentarse con una amenaza mucho mas peligrosa: La confusión fomentada por el gnosticismo.

La controversia sobre la Pascua:
Policarpo, obispo de Esmirna, quien había sido en su juventud, discípulo directo de San Juan, fue a Roma en su ancianidad (160-162), para tratar con Aniceto sobre la celebración de la pascua, la principal fiesta cristiana.

Policarpo es del oriente, donde se celebra la pascua en el 14 de Nisan, sin consideración del día de la semana que caiga. Mientras que en el occidente, siempre se celebraba el domingo. No se acordó nada. Según Eusebio: "Policarpo no pudo persuadir al Papa, ni el Papa a Policarpo. La controversia no terminó, pero los lazos de caridad no se rompieron"; el Papa permitió al venerable anciano, celebrar en el día que se acostumbraba en la iglesia de Smyrna.

No hay datos explícitos y concluyentes, sobre el lugar y modo de su muerte. El Liber Pontificalis, emplea una expresión inusual, al colocarlo entre los mártires. La tradición constante de los martirologios, habla de martirio, y señala la fecha del 17 de abril, aunque no es unánime. Se señala el cementerio de San Calixto, donde con frecuencia se enterraron a los papas, como posible lugar de su sepultura.

La reliquia de su cabeza, fue entregada al arzobispo de Munich, Minucio, en el año 1590, y se venera en esa ciudad, en la iglesia de los jesuitas. Los restos reposan en el sarcófago, que está en el altar mayor, de la capilla del Pontificio Colegio Español de Roma.

Butler, Vida de los Santos.

Las creencias generalmente sostenidas por los gnósticos:
Es muy ilustrativo leer esta breve reseña de la filosofía gnóstica. Es muy actual su influencia en la cultura moderna del “New Age”, el hinduismo y las sectas religiosas. Alabado sea el Papa San Aniceto, quien supo detectar de inmediato la peligrosidad de esta filosofía, al negar la dignidad de la mujer, y la necesidad de acompañar con nuestra cruz, la Cruz de Jesucristo, y alcanzar nuestra propia salvación.

Tesis principales del Gnosticismo
1- La posibilidad de ascender a una esfera oculta por medio de los conocimientos, a los que sólo una minoría selecta puede acceder, por vía de una iluminación no asequible a otros. Conocer esas creencias sería suficiente para salvarse, sin necesidad de una práctica de moral. Cree en revelaciones secretas y en el esoterismo.

2- Mezcla las doctrinas de diversas religiones, cambiando el significado que tenían originalmente, según la iluminación gnóstica. Así pretende poseer un conocimiento intuitivo de los misterios divinos, superior a la doctrina de la Iglesia Católica. El gnosticismo se parece al New Age moderno, en que abarca creencias que van cambiando y aumentando, según salen nuevos escritos, formando una amalgama con poca coherencia. Tiene gran popularidad, porque hoy no menos que en la antigüedad; a muchos les interesa la novedad, y no la verdad.

3- Hay dos principios: el buen dios que creó el mundo espiritual, y el perverso dios, el cual es responsable por la creación del mundo (la materia y el cuerpo). 
Nuestro cuerpo, como en el pitagorismo heredado por Platón, es para los gnósticos, la cárcel en la que estaba presa nuestra alma, como consecuencia de una caída original del ámbito del pleroma, del que realmente procede nuestra alma. En nuestra liberación de la materia, la iluminación gnóstica era necesaria para lograr la salvación. 

Yahvé es un Dios del mal, culpable por haber realizado la creación del mundo material.

4- Existe una enorme jerarquía de seres. Las Personas de la Trinidad serían diferentes seres, de relativo bajo rango en dicha jerarquía. La divinidad esta compuesta de una multitud de seres espirituales.

El tiempo gnóstico, estaba marcado por los envíos de eónes, y gran variedad de niveles cósmicos, muchos de ellos generalmente correspondientes a las esferas celestiales, típicas de la cosmología de aquel entonces.

5- Al creer que la materia es una prisión, la procreación es también vista como algo perverso. Atrapa a las almas inmortales, en la cámara de tortura que es el universo. El matrimonio es también perverso, porque conduce al sexo.

6- Las mujeres, por su propia naturaleza, son formas de vida espiritualmente inferiores, porque son ellas las que encuban a los prisioneros. Ellas cooperan con una diosa, que atrapa a las almas inmortales, para encarcelarlas en cuerpos humanos. El evangelio gnóstico de Tomás, por ejemplo, dice que las mujeres no pueden salvarse, si no llegan a ser como hombres.

7- Jesús no es ni dios ni hombre, sino un ser espiritual, que solo aparentó tomar cuerpo, y vivir entre nosotros, para darnos los conocimientos secretos necesarios para liberarnos de la prisión que es nuestro cuerpo. Por lo tanto, nos salvamos al adquirir conocimiento, y no por la obra de redención de Cristo. Se trata de auto-divinización, similar a la filosofía hinduísta.

Jesús estaba asociado al dios bueno. La mayoría, creían que Jesús era un auténtico mediador entre nosotros, y nuestra verdadera vida, más allá de la materia, en el dios bueno.

8- Niegan la muerte expiatoria de Jesús, ya que no tenía verdadero cuerpo propio, y porque no hace falta la redención, cuando se tienen los conocimientos gnósticos. Rechazan la resurrección del cuerpo.

9- Rechazo a las tradiciones, y Biblia judía 

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión del Papa San Aniceto, protejas e ilumines a los Papas Romanos, y los Patriarcas Ortodoxos, en el cuidado y la guía de tu amado rebaño. A Tí Señor que eres Sumo Supremo Sacerdote, por los siglos de los siglos. Amén.




Segunda Feria, 16 de abril

SAN FRUCTUOSO DE BRAGA


Obispo

(† 665)
Breve
Entregado a la oración y a la penitencia, en medio de un siglo corrompido, logró con su ejemplo y su virtud, hacer cristalizar unas ansias de renovación, sentidas con toda intensidad. Entre sus milagros, se cuenta que caminó sobre las aguas.
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MANUEL DÍAZ Y DÍAZ
En los confines occidentales de España, ganados un siglo antes para la ortodoxia católica, por el ilustre San Martín de Braga, floreció en el siglo VII, uno de los mas eximios varones de la iglesia visigoda.

Fructuoso, de noble familia, emparentada con algunos reyes visigóticos, hijo de un jefe del ejército, estuvo muy pronto en condiciones de servir a la Iglesia, al iniciarse en las disciplinas eclesiásticas, bajo la dirección de Conancio de Palencia.

Allí recibió su educación sagrada, en compañía de numerosos jóvenes, a los que había atraído la sabiduría y la discreción de este obispo; pero en su alma florecía la vocación monacal, manifestada desde niño, con piadosos pensamientos, al decir de su biógrafo, un sencillo monje discípulo y admirador suyo, que escribió una vida llena de detalles maravillosos, y de milagros.

Joven aún, renunció a sus bienes, y dotó con ellos iglesias, y benefició a los pobres, para saber desprenderse mejor de la atracción de las cosas del mundo. Y todo hace sospechar, que se retiró al Bierzo, donde sus padres poseían bienes cuantiosos. Allí le encontrarnos rodeado de discípulos, llevando austera vida de penitente, fortaleciendo a todos con su ejemplo, y con su instrucción.

Nos narra su biografía que familias enteras, se sentían arrastradas por el hondo movimiento espiritual que había iniciado, al restablecer con redoblado vigor, la vida monástica en retiros de soledad, y en medio de una exigente disciplina.

Su biógrafo nos cuenta admirado, cómo en varias ocasiones, intentó huir a la soledad completa desde sus cenobios, para mejor y más intensamente consagrarse a Dios, sin que el fervor de sus discípulos se lo permitiera, pues no estaban dispuestos a quedarse privados de su guía.

En esta primera etapa de su actividad, fundó Fructuoso muchos y diversos monasterios en el Bierzo, en Galicia, en el norte de Portugal, que pronto se vieron invadidos por una multitud creciente, tan grande que nos dice ingenuamente su biógrafo, que los mismos jefes del ejército real, llegaron a temer quedarse sin hombres que reclutar para sus campañas.

Quizá en estas fundaciones, puso por norma su regla, que presenta una enorme originalidad, y muestra cómo no fue breve su conocimiento de los hombres, que se le sometían para servir a Dios: regla dura y enérgica, adecuada a hombres del Norte, con vivo sentimiento de la comunidad, y con un concepto de la obediencia muy desarrollado.

En breve, un movimiento ascético de tal ímpetu, trascendió los límites de Galicia, y el nombre de Fructuoso y su obra, corrió por la Península entera; comienzan entonces las inquietudes apostólicas de Fructuoso, para quien se habían quedado pequeñas las soledades galaicas.

Tenemos noticias de una peregrinación suya a Mérida, por devoción a Santa Eulalia, y de un viaje emprendido a continuación hacia el Sur, hasta llegar a Sevilla y Cádiz.

El respeto y las atenciones, de que es objeto en su peregrinar, nos revelan la fama de santidad y de grandeza que le antecedía: su incansable actividad, le lleva a realizar también en estas regiones nuevas fundaciones, en que aplicar su intensa disciplina, camino para adelantos mayores en la vía de la perfección.

No pocas leyendas piadosas nos transmite su biógrafo, para mostrar la protección que Dios le dispensaba: unas veces, prodigiosamente, le evita el ser confundido con un animal, al hallarse en medio de un matorral en oración, simplemente cubierto de pieles; en otra ocasión puede atravesar con sus códices, un río sin que sus tesoros de formación eclesiástica sufran el menor detrimento al contacto con el agua; en otra ocasión consigue un castigo para un malvado, que injusta e inicuamente le ataca; en otro momento logra de manera maravillosa, concluir un viaje que corría el riesgo de convertirse en tragedia, por el agotamiento de los marineros, que a golpe de remos impulsaban la barca, y no falta, en esta larga sucesión de milagros, la barquichuela arrastrada por las olas, y recuperada por el Santo, que no vacila en lanzarse a caminar sobre el mar para poder traerla de nuevo a la orilla.

Incansable prosiguió Fructuoso la fundación de monasterios, hasta que un día, decidió marchar al Oriente en peregrinación. Es probable que además de visitar los Santos Lugares, como habían hecho tantos hombres ilustres del Occidente español, hubiera dispuesto en su ánimo dirigirse a Egipto, cuna y fuente de donde provino a la Iglesia occidental, todo el monacato, en el que tantos espíritus se santificaron, y fueron luz y guía del mundo cristiano, pero no pudo lograr su propósito, porque el proyecto llegó a conocimiento del rey y de sus consejeros, que tomaron urgentes medidas para evitar que tal lumbrera de la Iglesia, abandonara España.

En medio de tanta actividad, cuidaba Fructuoso de su propia formación intelectual, y de la de sus monjes, y buscaba libros y explicaciones que satisficieran su sed y sus dudas e ignorancia: las vidas de santos, las narraciones de la vida y doctrina de los anacoretas egipcios; la Biblia, constituían el manjar predilecto de aquellos hombres, cuya fama recorría más y más, la Península de un lado al otro.

Braulio de Zaragoza, el gran obispo amigo de San Isidoro, uno de los hombres de más completa y exquisita formación en la España de aquel tiempo, llama a Fructuoso, brillante faro de la espiritualidad española, y reconoce y proclama, el esfuerzo novador, que de bosques y desiertos hacía un grupo de monjes, que cantaba sin cesar las alabanzas de Dios.

El entusiasmo de Braulio, dictado como él mismo dice, por la verdad y no por la adulación o la amistad, debía ser compartido por muchas gentes, que veían en nuestro Santo, un hombre de Dios, entregado a su servicio y poderoso instrumento suyo. En aras de este servicio, rinde Fructuoso poco después su deseo de soledad y oración, y acepta, no sin resistencia, el honor de ser elevado a la dignidad episcopal, como obispo abad de Dumio, notable monasterio próximo a Braga.

Poco tiempo después, obligado por su cargo, asiste Fructuoso a un concilio nacional, presidido por el grande Eugenio de Toledo. Allí, depuesto Potamio, metropolitano de Braga, por diversas faltas de las que se acusó espontáneamente, con voto unánime, los Padres asistentes al concilio, elevan a Fructuoso a la silla metropolitana de Braga, con la esperanza y la seguridad, dicen, de que daría ello mucha gloria a Dios, y redundaría en gran beneficio de la Iglesia.

Puede decirse que nada, o casi nada se sabe, de lo que hiciera en su paso por la sede bracarense, pero su celo incansable le mantenía tenso, y por ello una y otra vez acude ante el rey Recesvinto, cuyo comportamiento tanto aflige a los grandes obispos de este momento, para amonestarle, pedirle clemencia, aconsejarle.

El biógrafo de nuestro Santo, celoso como era, de poner de relieve el espíritu monástico de Fructuoso, insiste ahora en la rigurosa vida ascética que mantuvo durante su tiempo de episcopado, en lo continuo de su actividad como fundador, hasta decir que, conocedor de su próximo fin, se entregó a tal frenesí de trabajo, que no cesaba en su labor de dirección y construcción, sin darse descanso, ni de día ni de noche.

Su última fundación parece haber sido el monasterio de Montelios, muy cerca de Braga, donde se conservó su cuerpo tras su muerte, hasta que siglos más tarde, en 1102, el arzobispo de Compostela, Gelmírez, le trasladó a Santiago.

Nos dice su biografía, que atacado de fiebre, comunicó su inmediata muerte a sus discípulos, llorosos por la pérdida que se avecinaba, y asombrados por su alegría y tranquilidad en tales momentos; todavía entonces tuvo tiempo para disponer asuntos relacionados con el gobierno, de varias de sus más importantes fundaciones; luego pidió ser llevado a la iglesia, donde recibió con sumo fervor y devoción la penitencia, y donde permaneció toda la noche postrado en oración, hasta que, amaneciendo el día, que los libros litúrgicos de Braga dicen el de hoy, el año 665, entregó a Dios su alma.

Su biógrafo no olvida señalarnos, que pronto comenzaron los milagros en torno a su sepulcro, pero ninguno más importante ni valioso, que el gran milagro del cual había sido instrumento dócil y activo en manos de Dios: la gran renovación espiritual, que inició en el siglo VII, todavía lleno de resabios de herejía, henchido de luchas políticas, de odios y de rencores.

Entregado a la oración y a la penitencia, en medio de un siglo corrompido, logró con su ejemplo y su virtud, hacer cristalizar unas ansias de renovación, sentidas con toda intensidad.

Su celo y su entusiasmo prendieron en multitud de creyentes, que aun bastante después de su muerte, buscaban todavía su santificación, siguiendo paso a paso los itinerarios de Fructuoso, y haciendo de sus retiros y lugares de oración, parajes sagrados, en los que sus almas, encontraban más facilidad para acercarse a Dios; y aun siglos más tarde, los monasterios por él fundados, se sentían satisfechos de esta tradición, mostrando la huella de su paso apostólico.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que suscitaste a San Fructuoso de Braga como Obispo, haz que por su intercesión y méritos, todos los obispos del mundo sigan su ejemplo de sabiduría y desprendimiento. A Tí Señor, que nos enseñaste que si una semilla no cae a tierra y muere, no puede dar luego sus frutos. Amén.

martes, 17 de abril de 2018


Segunda Feria, 16 de abril

SANTA ENGRACIA Y LOS DIECIOCHO MÁRTIRES DE ZARAGOZA
Lupercio (su tío), Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontonio, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturino, Casiano, Fausto y Januario


(† ca.303-304)

Breve
Santa Engracia, patrona de Zaragoza, y sus compañeros, fueron al martirio en el año 303. Era ella una jobel aristocrática, que visitaba a Zaragoza procedente de otras tierras.

Por su fidelidad a Cristo, sufrió grandes torturas. La azotaron asida a una columna, fue arrastrada por la ciudad atada a la cola de un caballo, y por fin, le hincaron un garfio de hierro en la frente. El cuerpo de la Santa fue sepultado honrosamente, en una urna de mármol, y los dieciocho compañeros fueron puestos en un sepulcro contiguo.

Junto a la basílica que se construyó en este lugar, para honrar a los mártires, se fundó un monasterio en el 592 A.D.  Aquí estudió San Eugenio, y San Braulio fundó su "escuela episcopal".

El rey de Aragón, Juan II, agradeció a la santa por su exitosa operación de cataratas, y como agradecimiento, construyó el Monasterio de Santa María de las Santas Masas.

Esta es la segunda iglesia de Zaragoza, después de la Basílica del Pilar. En ella se conservó el culto, a pesar de la dominación musulmana. En 1389, al excavar una zanja, se descubrieron nuevamente  los sagrados enterramientos, con los restos de los santos mencionados, y muchos otros.
Los ejércitos de Napoleón invadieron desde Francia, causando la destrucción del monasterio, pero no pudo destruir la veneración a los mártires, que siguen victoriosos su misión de ser testigos ejemplares de la vida cristiana. La actual iglesia sobre la cripta es del 1899.
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JOSÉ GUILLÉIN
Diocleciano había subido al trono imperial (285-305), alfombrando su camino con la sangre de Aper. Bravo militar de origen dálmata, Diocleciano se hizo proclamar emperador en Calcedonia. La muerte de Carino en el campo de batalla de Margus, le dejó como único jefe del Imperio.

Soldado favorito de la fortuna, manifestó siempre tener un espíritu lleno de recursos, una voluntad fría e implacable, y un plan de reformas concreto y lógicamente ordenado.

Adepto ferviente del paganismo, a la vez por convicción personal, y por razón de Estado, el emperador se afrontó muy pronto con el problema acuciante del cristianismo.

El cristianismo, gracias al decreto de tolerancia de Galieno en 260, había realizado grandes progresos, no sólo entre la población civil, sino también en las legiones, y en los claustros. Diocleciano vio en ello una dualidad moral en el Imperio, y una vez conseguida la unidad territorial, política y administrativa, se propuso conseguir la uniformidad religiosa.

Dadas sus convicciones paganas, la religión de Cristo debía sucumbir ante la religión del Estado. Cuatro decretos sucesivos, emanados del poder imperial, entre los años 303 y 304, ordenaron una persecución general en todo el mundo romano. El intento de descristianización empezó por el ejército.

En cuanto al elemento civil, el emperador eligió los prefectos más sanguinarios, para que persiguieran y acosaran a los cristianos, en cualquier rincón del mundo en que se encontraran. Y los ángeles en el cielo, entrelazaron con flores purpúreas, infinitas coronas, que cayeron sobre las cabezas resplandecientes de los atletas de Cristo, lo mismo en el Oriente que en el Occidente, igual en Egipto que en Roma, y que en las dos Españas.

A España vino como prefecto Daciano. Él regó con torrentes de sangre, todas las vegas de la Iglesia española. Conforme iba pasando, por las ciudades de la España tarraconense, las vidas más puras y delicadas iban cayendo a sus pies.

Empezó por Gerona. Siguió por Barcelona, en donde fue recogida entre la gavilla de las espigas cristianas, el alma purísima de Eulalia; continuó por Tarragona, y llegó a Zaragoza. En esta ciudad el río Tajo era inmenso. En sus enormes brazadas, cortó Daciano la vida del diácono Vicente, y del obispo Valerio.

Por entonces, cayeron también los innumerables Mártires de Zaragoza, cuyos restos calcinados, formaron las santas masas, la nívea pella de predestinados, que esperan en el templo de Engracia, el día de la reivindicación final.

Por aquellos días agostadores, llegó Engracia a Zaragoza. Venía de Brácara, la noble ciudad de Gallaecia. Hija florida de un noble hispanorromano, iba hacia el Rosellón, en cortejo nupcial al encuentro de su prometido, que en aquellas tierras vivía. Antes de emprender el viaje, en el que le servían de cortejo, dieciocho caballeros de su familia, recibió entre sueños, un aviso, de que sería Zaragoza la ciudad de su abrazo feliz.

Cuando llegó a esta ciudad, y se enteró de la encarnizada persecución, que en ella sufrían sus hermanos, los adoradores de Cristo, comprendió el misterio. Ella era la novia destinada, para las bodas eternas con el Cordero. Se presentó delante de Daciano, y le reprochó su impiedad.

—Juez inicuo —le dijo—, ¿tú desprecias a tu Dios y Señor, que está en los cielos, y exterminas con tanta crueldad a sus adoradores?. ¿Por qué os empeñáis tú y otros malvados emperadores, en perseguir a los cristianos, porque no adoran vuestros ídolos, templos de los demonios?

Engracia no iba sola; la acompañaban, como pajes de una reina, los dieciocho apuestos caballeros de su séquito: Luperco (su tío), Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturino, Casiano, Fausto y Jenaro. En los rostros de los caballeros, se reflejaban los mismos reproches, emitidos por la boca de Engracia, y en su silencio condenaban también la crueldad de Daciano.

El presidente, hombre sanguinario y soez, no resistió las palabras de Engracia, ni el silencio de sus compañeros, y los mandó azotar duramente a todos ellos. Al compás del chasquido del látigo, y el desgarrar de las carnes, se alzó la más pura de las sinfonías, que penetró en los cielos, e hizo sonreír de gozo a los ángeles de Dios. Engracia dirigía el coro de las alabanzas al Señor.

Pensó Daciano que vencida la entereza de Engracia, flaquearían sus compañeros, y en su presencia, ató el delicado cuerpo de la doncella a la cola de unos caballos, y la arrastró por las calles de la ciudad. Cuanto más punzantes eran sus dolores, y más se desgarraba su cuerpo en flor, más cantaba a Jesucristo, y más detestaba a los ídolos y dioses imperiales, y más se robustecía la fe de los caballeros, a la vista de la entereza de la virgen.

El juez imperial no dejaba piedra sin remover, para llevar a sus víctimas a una abjuración, o a una apostasía. Viendo que por los tormentos, no arredraba a la intrépida virgen, propuso seducirla con promesas. "Ya que no podemos vencer con la dureza, venzamos con halagos", se dijo. Y puso delante de sí a la doncellita, a quien rodeaban sus compañeros, como al pistilo los pétalos de la flor.

—“Oye, jovencita” —le dijo—“, ¿por qué unes la vanidad a tu nobleza?. ¿No dejarás tu error, si tu sangre real se une en matrimonio con uno de los gallardos príncipes que florecen en el Imperio?. Lejos de ti el proseguir en tu desvío, y en el desprecio de nuestros apuestos donceles. ¿Vas a despreciar una vida brillante y soñadora, por cegarte en las fantasías de esa gentuza arrastrada?”.

“—¡Pobre sacrílego! —replicó Engracia—. Haz a tus hijas esa proposición. En cuanto a mí, si no me venciste con los tormentos, no esperes atraerme con tus hechizos malvados. Mi causa es clara. Seré esposa de Cristo. Ni tus suplicios ni tus halagos, conseguirán otra cosa que unirme, y estrecharme más íntimamente, al Esposo de mi alma. Yo soy enviada por Él, para increparte por tus crímenes, e indicarte que ceses en la persecución, si no quieres sentir sobre tu cabeza, la ira de Dios”.

Al presidente se le encendieron los ojos, y con voz quebrada y sarcástica agregó:
“ —Por tus consejos, ¡oh niña simpática!, debo darte las merecidas gracias”.

Llamó a los verdugos, y en su presencia, y delante de los dieciocho caballeros bracarenses, la mandó desnudar y atormentar. Los garfios se agarraban en sus carnes, ya desgarradas por los azotes anteriores, y por el arrastre por las calles empedradas de la ciudad. Varios surcos abiertos por los ganchos, dejaron al aire libre sus entrañas palpitantes. Ya no había cuerpo donde herir. Le cortan los pechos, y a través de las heridas abiertas, se veía latir dulcemente el corazón de la esposa de Cristo.

Luperco no se pudo contener, ante aquella crueldad usada contra la mártir de Dios, y exclamó en nombre de los demás compañeros:

“—Juez cobarde, ¿por qué persigues con esa saña al pueblo cristiano?. ¿Por qué atormentas tan cruelmente a la virgen Engracia?. ¿No podías probar en nuestros cuerpos varoniles la resistencia de tus garfios, y dejar ya de deshilar la seda del cuerpo de la doncella?. Si te han molestado sus palabras, su confesión es la nuestra. Si ella merece la muerte, también nosotros debemos morir; pero si nosotros seguimos con vida también ella debía continuar viviendo”.

Daciano los mandó retirar de su presencia, y ordenó que los degollaran fueran de la ciudad.

Cuando Engracia los vio salir hacia el martirio, desde la púrpura de su sangre en que estaba envuelta, les dijo:

“ —Hermanos amadísimos, volad gozosos al martirio, camino de la vida eterna. Vais no a la muerte, sino a la Vida; no al tormento, sino al Triunfo. La misma Palma del Martirio, nos unirá a todos en la gloria”.

La orden del presidente fue ejecutada al momento. Los mártires de Cristo recibieron sus coronas a las orillas del Ebro.

Cuando comunicaron a Daciano que su orden estaba cumplida, miró a Engracia y le dijo:

“—¡Oh tierna virgen, ¿qué esperas, si ya sientes sobre ti todos los tormentos, y sabes que tus compañeros han sido decapitados?. Blasfema de Cristo, adora a los dioses, y cesará el tormento, y te presentaré un esposo”.

A lo cual respondió, intrépida, la mártir de Cristo:
“ —¿Piensas que voy a adorar las piedras, y a renegar del Creador del cielo y de la tierra?”

No sabiendo Daciano cómo atormentarla ya, mandó que le hincaran un clavo en la frente, y envuelto su cuerpo en un vivo dolor, fue arrojada en un lóbrego calabozo, para que se pudriera viva.

El poeta Prudencio le cantó un siglo después, como si la estuviera contemplando en el lóbrego calabozo, que él piadosamente visitó, sin duda: "A ninguno de los mártires aconteció, que habitara en nuestras tierras quedando aún en vida; tú eres la única que permaneces en el mundo, sobreviviendo a tu propia muerte. Hemos visto parte de tu hígado arrancado y apresado, aún a lo lejos en las tenazas comprimidas, ya tiene la muerte pálida algo de tu cuerpo, aun cuando estás viva”.

El cuerpo de la Santa, fue sepultado honrosamente por el obispo Prudencio, en una urna de mármol, uniendo a él las cenizas de los dieciocho compañeros. "Póstrate conmigo, generosa ciudad, ante los sagrados túmulos", cantaba el poeta Prudencio.

Y Zaragoza, llena de fervor, se postra todavía en la cripta de la parroquia de Santa Engracia, donde duermen el sueño de los justos, los restos de la virgen Engracia, de sus dieciocho compañeros, y las níveas masas de los innumerables Mártires.

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BASILICA PARROQUIA DE SANTA ENGRACIA Y CRIPTA DE LAS SANTAS MASAS

En el tiempo de Cristo, Zaragoza era una rica villa romana. Después de la tolerancia, con que trataban a los cristianos durante el mandato de Galieno (202A.D.), su sucesor, el emperador Diocleciano (285-305A.D.), en sucesivos decretos, ordenó persecuciones generales contra ellos en todo el mundo romano.

En España los mártires comenzaron a caer en Gerona y terminaron en Zaragoza. El historiador Prudencio recogió muchos de sus nombres poco antes del 400 A.D.

En Zaragoza murieron por Jesucristo Sta. Engracia y sus dieciocho compañeros: Lupercio (su tío), Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontonio, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturino, Casiano, Fausto y Januario.

La Roma que se jactaba de ser la creadora del derecho, y la defensora de la justicia, se mancha con sangre inocente. 

Además de Santa Engracia y sus compañeros, los mártires aquí enterrados incluyen a Luperto y Lamberto, cerca de sus urnas, se conservan las "Santas Masas", para designar a una multitud de mártires cuyos nombres se desconocen

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que enviaste tu Sagrada Fortaleza a Santa Engracia y Compañeros Mártires, haz lo mismo con nosotros, fortaleciendo nuestro interior con las promesas bautismales de renunciar a todos los ídolos – dinero, placer y poder – para sólo servir a tu Santo Nombre. A Tí Señor que recibiste el Bautismo, y reafirmaste de esa manera a nuestro mundo, a tu Divina Majestad, en anticipo a Tu Resurrección y Reinado Eterno. Amén.


lunes, 16 de abril de 2018


Domingo 15 de abril

SAN PEDRO GONZALEZ TELMO


 († 1240)

Protector de los marineros

"El jinete zaherido que huyó del frívolo halago"

Breve
Santo bajo cuya poderosa intercesión, se aplacan todas las tormentas que se abaten sobre nuestra vida. Puedo dar testimonio personal, de que su compañía y protección, se siente profundamente en esos momentos. Patrón de los marinos.
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Muchas conversiones llevan tras de sí singulares «caídas», como le sucedió a San Pablo, que tienen su peculiar manifestación. En lo que concierne a Pedro González Telmo, no se habla en sentido figurado. Tuvo literalmente la suya, que removió para siempre su conciencia, y le impulsó a perseguir la santidad.

Conocido como Telmo, este popular santo, nació entre 1180 y 1190, no se ha podido precisarse la fecha exacta, en la localidad de Frómista, Palencia, España, en una noble familia, de hondas raíces cristianas, algunos de cuyos miembros estaban emparentados con la monarquía. Dos de sus tíos, fueron obispos de la capital palentina. En uno de ellos, recayó la responsabilidad de formarlo convenientemente.

El santo poseía gran inteligencia, y además tuvo excelentes profesores, en las universidades de Palencia y Salamanca. Ahora bien, el momento histórico, con el predominio de la vida de caballería y la juglaresca, invitaba a seguir caminos opuestos al estudio. Y ello pudo influir, para que no aprovechase debidamente la oportunidad que la vida le ofrecía. Es uno de los aspectos, en los que no existe unanimidad en los historiadores.

Es posible que se haya efectuado un juicio excesivamente severo, cuando se alega que si bien llegó a completar su formación con brillantez, no ocultó su tendencia a imbuirse en el jolgorio, con el aplauso de sus amigos, y el de las muchachas que veían en él, a un joven apuesto y amante de la ostentación.

O cuando se afirma, que era inmaduro al recibir el sacramento de la Orden de manos de su tío, el prelado Tello Téllez de Meneses, quien lo designó canónigo, y deán de la catedral de Palencia. Con independencia de la veracidad de estas apreciaciones, que podrían estar condicionadas, por el episodio que se narra a continuación, parece claro que el futuro abría a Pedro, una carrera prometedora, reforzada por las influencias de su pariente.

Ahora bien, hay ligerezas en la vida que acarrean serias consecuencias, y más cuando se trata de una persona pública. Y él cometió una, que difícilmente puede calificarse de chiquillada, teniendo en cuenta la responsabilidad que habían puesto en sus manos, y la notoriedad que entonces había alcanzado.

Parece que su debilidad, la flaqueza que le arrastró en un momento dado, tuvo que ver con la vanidad. Y de sus funestos resultados, se aprovechó Dios, para pulsar definitivamente las fibras más sensibles de su corazón. Sucedió un día de Pascua de Navidad, en medio de una fastuosa cabalgata que presidía, vistiendo elegantemente. Era el modo que eligió para tomar posesión como deán.

Atento a la admiración que suscitaba a su paso, no podía imaginar los instantes tan violentos que se le avecinaban. En un momento dado, el caballo, que aderezó ex profeso tanto como lo había hecho consigo, resbaló, y se dio de bruces en un gran charco. En medio del barrizal, tuvo que sufrir las chanzas del gentío que contemplaba el evento, y que poco antes le había hecho acreedor de su admiración, aplaudiendo su presencia, con vivas muestras de júbilo. Avergonzado de ser tan presumido, y abochornado por las bromas que suscitó a su alrededor, se puso en pie.

La aflicción, por el mal ejemplo que había dado a los ciudadanos, le infundió este sentimiento: «Pues el mundo me ha tratado como quien soy realmente, yo haré que no se burle otra vez de mí». Esta decisión no nacía de la arrogancia. Era el fruto de la oración, que siguió a este momento, y que marcó el inicio de su conversión.

Renunciando al éxito que le aguardaba, ingresó con los dominicos, en el convento palentino de San Pablo, y dio un vuelco total a su vida, que se caracterizó por la oración, la penitencia y las mortificaciones. Sin temor a la austeridad, cumplió fiel y gozosamente la observancia del carisma dominico, atendiendo a los pobres y a los enfermos.

Fue un excelente predicador, capellán castrense en Córdoba, junto al rey Fernando III «el Santo», que lo eligió para esa misión, y lo tuvo como confesor y consejero. Lo designaron prior del convento de Guimarães, en Portugal, y entre otros frailes, allí acogió a Gonzalo de Amarante. Fue un gran impulsor del rezo del rosario. Evangelizó Palencia, Córdoba y Sevilla.

Y también llevó su celo apostólico por Asturias y Galicia, conmoviendo con sus encendidas palabras, los corazones de quienes le escuchaban. Pero la mayor parte de su vida, transcurrió en Galicia, donde se le recuerda y venera de forma especial, tanto en poblaciones costeras, como en zonas rurales.

A él se debe la construcción de un puente sobre el río Miño, en Castrillo, lugar cercano a Rivadavia, con el que se ahorraron muchas pérdidas humanas. En este enclave, yendo junto a su fiel compañero, Pedro de las Marinas, consiguió que los peces salieran a la orilla, pudiendo alimentarse ambos, en una época de gran escasez.

Y en otro de los puentes que se debieron a él, en La Ramallosa, mientras predicaba, aplacó la furiosa tempestad que se cernió sobre todos, apartándola del lugar con un gesto, que recuerda a la división de las aguas del Mar Rojo, efectuada por Moisés.

Nunca se embarcó. Pero los marineros, creyendo firmemente en tantos prodigios que se le atribuyen, siempre le han invocado para hacer frente a los temporales. Su postrer destino fue la localidad pontevedresa de Tui. Pertenecía a la comunidad del convento de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela. Al enfermar decidió volver allí.

Emprendió el camino con alta fiebre, pero al sobrepasar la localidad de Padrón, cuando se hallaba en un puente, conocido como «Ponte das Febres», a través de una locución divina, entendió que debía regresar a Tui. Su muerte, unos la cifran el 15 de abril de 1246, y otros el 14 del mismo mes y año.

El Martirologio lo incluye este día. Su tumba continuó siendo escenario de numerosos milagros, como lo había sido durante el tiempo su santa vida en este mundo.

Fue beatificado por Inocencio IV en 1254. Benedicto XIV confirmó su culto el 13 de diciembre de 1741. Pío IX lo declaró patrón de la diócesis de Tui, el 12 de diciembre de 1867.

(14 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que infundiste tu Espíritu en San Pedro González Telmo, haz que por sus méritos e intercesión, sean apartadas las tempestades en nuestras vidas, y poder así disfrutar de tu sencilla paz, y servirte con tranquilidad de todo corazón, todos los días de nuestra vida. A Tí Señor, que reprendiste a la tempestad, convirtiéndola en una mansa brisa. Amén.

domingo, 15 de abril de 2018


Sábado 14 de Abril

Santa Liduvina de Schiedam



Alma Víctima. Paciente enferma crónica

Año 1433

"Si bastara rezar una pequeña oración, para que se me fueran mis dolores, no la rezaría"

Breve
Estuvo postrada 38 años. Ofreció sus sufrimientos por los pecadores. Vivió sus últimos 7 años, únicamente del Cuerpo y la Sangre del Señor.
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Esta santa es la Patrona de los enfermos crónicos. Ella nos enseña a aprovechar la enfermedad, para pagar nuestros pecados, convertir pecadores, y conseguir un gran premio en el cielo.

El decreto de Roma, al declararla santa, dice: Santa Liduvina fue "un prodigio de sufrimiento humano, y de paciencia heroica".

Liduvina nació en Schiedam, Holanda meridional, en 1380. Su padre era muy pobre, y tenía por oficio el de "celador", o cuidador de fincas. Hasta los 15 años, Liduvina era una muchacha como las demás: alegre, simpática, buena, y muy bonita.

Pero en aquel año, su vida cambió completamente. Un día, después de jugar con sus amigos, se iban a patinar, y en el camino, cayó en el hielo partiéndose la columna vertebral.

La pobre muchacha empezó desde entonces, un horroroso martirio. Continuos vómitos, jaquecas, fiebre intermitente, y dolores por todo el cuerpo, la martirizaban todo el día. En ninguna posición podía descansar. La altísima fiebre le producía una sed insaciable. Los médicos declararon, que su enfermedad no tenía remedio.

Liduvina se desesperaba en esa cama inmóvil, y cuando oía a sus compañeras correr y reír, se ponía a llorar, y a preguntar a Dios, por qué le había permitido tan horrible martirio.

Pero un día, Dios le dio un gran regalo: nombraron de párroco de su pueblo, a un verdadero santo, el Padre Pott. Este virtuoso sacerdote, lo primero que hizo fue recordarle, que "Dios al árbol que más lo quiere más lo poda, para que produzca mayor fruto, y a los hijos que más ama, más los hace sufrir". Le colocó en frente de la cama un crucifijo, pidiéndole que de vez en cuando, mirara a Jesús crucificado, y se comparara con Él, y pensara que si Cristo sufrió tanto, debe ser que el sufrimiento lleva a la santidad.

En adelante, ya no volvió más a pedir a Dios que le quitara sus sufrimientos, sino que se dedicó a pedir a Nuestro Señor, que le diera valor y amor para sufrir como Jesús, por la conversión de los pecadores, y la salvación de las almas.

Santa Liduvina llegó a amar de tal manera sus sufrimientos, que repetía: "Si bastara rezar una pequeña oración, para que se me fueran mis dolores, no la rezaría". Descubrió que su "vocación", era ofrecer sus padecimientos por la conversión de los pecadores. Se dedicó a meditar fuertemente en la Pasión, y Muerte de Jesús. Y en adelante, sus sufrimientos se le convirtieron en una fuente de gozo espiritual, y en su "arma" y su "red", para apartar pecadores del camino del infierno, y llevarlos hacia el cielo. Decía que la Sagrada Comunión, y la meditación en la Pasión de Nuestro Señor, eran las dos fuentes que le concedían valor, alegría y paz.

La enfermedad fue invadiendo todo su cuerpo. Una llaga, le fue destrozando la piel. Perdió la vista de un ojo, y el otro se le volvió tan sensible a la luz, que no soportaba ni siquiera el reflejo de la llama de una vela. Estaba completamente paralizada, y solamente podía mover un poco, el brazo izquierdo.

En los fríos terribles del invierno de Holanda, quedaba a veces en tal estado de enfriamiento, que sus lágrimas se le congelaban en la mejilla. En el hombro izquierdo, se le formó un absceso dolorosísimo, y la más aguda neuritis (o inflamación de los nervios), le producía dolores casi insoportables. Parecía que ya en vida, estuviera descomponiéndose como un cadáver.

Pero nadie la veía triste o desanimada, sino todo lo contrario: feliz por lograr sufrir por amor a Cristo, y por la conversión de los pecadores. Y cosa rara: a pesar de que su enfermedad era tan destructora, se sentía a su alrededor un aroma agradable, y que llenaba al alma de deseos de rezar y de meditar.

Cuentan las antiguas crónicas, que al principio de sus dolencias, una noche Liduvina soñó, que Nuestro Señor le proponía: "Para pago de tus pecados y conversión de los pecadores, ¿qué prefieres, 38 años tullida en una cama, o 38 horas en el purgatorio?". Y que ella respondió: "prefiero 38 horas en el purgatorio". Y sintió que se iba desprendiendo de su cuerpo, y que iba al purgatorio, y empezaba a sufrir.

Y pasaron 38 horas, y 380 horas y 3,800 horas, y su martirio no terminaba, y al fin, preguntó a un ángel, que pasaba por allí, "¿Por qué Nuestro Señor no me habrá cumplido el contrato que hicimos?. Me dijo que me viniera 38 horas al purgatorio, y ya llevo 3.800 horas".

El ángel fue y averiguó, y volvió con esta respuesta: "¿Qué cuántas horas cree que ha estado en el Purgatorio?". Ella respondió: “¡Pues 3.800!”. Y el ángel le dijo: “¿Sabe hace cuánto tiempo Ud. se murió?. No hace todavía cinco minutos que se murió. Su cadáver todavía está caliente, y no se ha enfriado. Sus familiares todavía no saben que Ud. se ha muerto. ¿No han pasado cinco minutos, y ya se imagina que van 3,800?".

Al oír semejante respuesta, Liduvina se asustó y gritó: Dios mío, prefiero entonces estar 38 años tullida en la tierra. Y despertó. Y en verdad estuvo 38 años paralizada, y a quienes la compadecían les respondía: "Tengan cuidado, porque la Justicia Divina, en la otra vida es muy severa. No ofendan a Dios, porque el castigo que espera a los pecadores en la eternidad es algo terrible, que no podemos ni imaginar”.

En 1421, o sea 12 años antes de su muerte, las autoridades civiles de Schiedam (su pueblo), publicaron un documento que decía: "Certificamos por las declaraciones de muchos testigos presenciales, que durante los últimos siete años, Liduvina no ha comido ni bebido nada, y que así lo hace actualmente. Vive únicamente de la Sagrada Comunión que recibe".

Santa Liduvina, paralizada, y sufriendo espantosamente en su lecho de enferma, recibió de Dios, los dones de anunciar el futuro a muchas personas, y de curar a numerosos enfermos, orando por ellos. A los 12 años de estar enferma y sufriendo, empezó a tener éxtasis y visiones.

Mientras el cuerpo quedaba como sin vida, en los éxtasis conversaba con Dios, con la Santísima. Virgen, y con su Ángel de la Guarda. Unas veces recibía de Dios, la gracia de poder presenciar los sufrimientos, que Jesucristo padeció en su Santísima Pasión. Otras veces contemplaba los sufrimientos de las almas del purgatorio, y en algunas ocasiones, le permitían ver algunos de los goces que nos esperan en el cielo.

Dicen los que escribieron su biografía, que después de cada éxtasis, se afirmaba más y más en su "vocación" de salvar almas, por medio de su sufrimiento ofrecidos a Dios, y que al finalizar cada una de estas visiones, aumentaban los dolores de sus enfermedades, pero aumentaba también el amor, con el que ofrecía todo por Nuestro Señor.

Cambiaron al santo párroco que tanto la ayudaba, por otro menos santo y menos comprensivo, quien empezó a decir, que Liduvina era una mentirosa que inventaba lo que decía. El pueblo se levantó en revolución para defender a su santa, y las autoridades para evitar problemas, nombraron una comisión investigadora, compuesta por personalidades muy serias. Los investigadores declararon que ella decía toda la verdad, y que su caso era algo extraordinario, que no podía explicarse sin una intervención sobrenatural. Y así la fama de la santa creció, y se propagó.

En los últimos siete meses, Santa Liduvina no pudo dormir ni siquiera una hora, a causa de sus tremendos dolores. Pero no cesaba de elevar su oración a Dios, uniendo sus sufrimientos a los padecimientos de Cristo en la Cruz.

Pero aun debía sufrir un poco. En esos días, llegaron unos soldados, y la insultaron y la maltrataron. Ella ofreció todo a Dios con mucha paciencia, y luego, oyó una voz que le decía: "con esos sufrimientos, ha quedado completa tu corona. Puedes morir en paz".

Y el 14 de abril de 1433, día de Pascua de Resurrección, poco antes de las tres de la tarde, pasó santamente a la eternidad. Pocos días antes, contempló en una visión, que en el Paraíso, le estaban tejiendo una hermosa corona de premios.

La última petición que le hizo al médico, antes de morir, fue que su casa la convirtieran en hospital para pobres. Y así se hizo. Y su fama se extendió ya en vida por muchos sitios, y después de muerta, sus milagros la hicieron muy popular. Tiene un gran templo en Schiedam. Tuvo el honor de que su biografía, la escribiera el escritor Tomás de Kempis, autor del famosísimo libro "La imitación de Cristo".

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que infundiste valor a Santa Liduvina, para ofrecer sus sufrimientos por todos nosotros, infunde a todos a quienes se encuentran alcanzados, por dolorosas enfermedades físicas, ofrecerse a sí mismos para aliviar, y reparar, tantas enfermedades espirituales que nos afectan a nosotros, y a nuestro prójimo. A Tí Señor que sufriste en la Cruz por nuestros pecados. Amén.

Santa Liduvina, ruega por nosotros. Amén

sábado, 14 de abril de 2018


Sexta Feria, 13 de Abril

San Martín I


74ª Papa y Mártir
(año 656)

"Sea cual fuere la muerte que me den, seguramente no va a ser más cruel, que esta vida que me están haciendo pasar"

Breve
Como diácono, sirvió en la corte imperial en Constantinopla.

Combatió al emperador Constancio II (641-668), sobre la herejía que declaraba que Jesús tenía solo una voluntad divina, y no era verdaderamente hombre.

Como papa, lo llevaron de Roma a Constantinopla, donde lo juzgaron como traidor. Lo exiliaron en Crimea, donde murió de hambre y maltrato.

San Martín fue el último Papa martirizado. Son más de 40, los pontífices que han sufrido el martirio.
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Nació en Todi, Italia, y se distinguió entre los sacerdotes de Roma, por su santidad y su sabiduría.

Fue elegido Papa en el año 649, y poco después convocó a un Concilio, o reunión de todos los obispos, para condenar la herejía, de los que decían que Jesucristo no había tenido voluntad humana, sino solamente voluntad divina. Monotelismo se llama esta herejía.

Como el emperador de Constantinopla, Constante II, era hereje monotelista, mandó a un jefe militar con un batallón, para darle muerte al pontífice. Pero el que lo iba a asesinar, quedó ciego en el momento en el que lo iba a matar, y el jefe se devolvió sin hacerle daño.

Luego envió Constante, a otro jefe militar, el cual, aprovechando que el Papa estaba enfermo, lo sacó secretamente de Roma, y lo llevó prisionero a Constantinopla.

El viaje duró catorce meses, y fue especialmente cruel y despiadado, el maltrato que sufrió. No le daban los alimentos necesarios, y según dice él mismo cuenta en sus cartas, pasaron 47 días, sin que le permitieran ni siquiera agua para bañarse, o lavarse la cara. Un verdadero martirio, que él soportó con especial paciencia.

En aquellos días, dejó escritas estas palabras: "Me martiriza el frío. Sufro hambre, y estoy enfermo. Pero espero que por estos sufrimientos, les concederá Dios a mis perseguidores, que después de mi muerte, que se arrepientan y se conviertan”.

En Constantinopla, lo expusieron al público como un malhechor, para que las gentes se burlaran de él. Pero lo que consiguieron, fue hacer que muchísimos admiraran la virtud de aquel santo varón, que todo lo sufría con admirable valor.

Un tribunal de herejes lo condenó, sin permitirle que dijera, ni siquiera, una palabra en su defensa. Lo tuvieron tres meses padeciendo en la cárcel, destinada a los condenados a muerte, y luego lo sacaron de la cárcel, por una petición que hizo el Patriarca Arzobispo de Constantinopla, poco antes de morirse, pero lo enviaron al destierro.

Martín fue escribiendo en sus cartas, lo que le iba sucediendo en aquellos prolongados martirios. En uno de esos escritos, cuenta cómo lo llevaron sin las más mínimas muestras de consideración o respeto, a Crimea, en el sur de Rusia, junto al Mar Negro, donde estuvo por meses y meses abandonado de todos, sufriendo hambre y desprecios, pero enriqueciéndose para el cielo, en el ofrecimiento diario de sus padecimientos a Dios.

Sus sufrimientos eran tan grandes, que cuando alguien lo amenazó, con que le iban a dar muerte, exclamó: "Sea cual fuere la muerte que me den, seguramente no va a ser más cruel, que esta vida que me están haciendo pasar".

Lo amenazaron, con dejar su cuerpo expuesto a que lo devoraran los cuervos, y respondió: "En cuanto a mi cuerpo, Dios se encargará de cuidarlo. Dios está conmigo. ¿Por qué me voy a preocupar?". Y dando un suspiro de esperanza añadió: "Espero que el Señor Dios, tendrá misericordia de mí, y no prolongará ya más, el tiempo de mi vida en este mundo". De veras que sus sufrimientos, debieron ser muy grandes para desear más bien morir, que seguir viviendo.

En su última carta, dice así San Martín: "Estoy sorprendido, del abandono total en que me tienen en este destierro, los que fueron mis amigos. Y más me entristece, la indiferencia total, con la que mis compañeros de labores, me han abandonado. ¿Qué no tienen dinero?. ¿Pero no habría ni siquiera, unas libras de alimento para enviarme?. ¿O es que el temor a los enemigos de la Iglesia, les hace olvidar la obligación, que cada uno tiene, de dar de comer al hambriento?. Pero a pesar de todo, yo sigo rezando a Dios, para que conserve firme en la fe, a todos los que pertenecen a la Iglesia".

Murió más de padecimientos, y de falta de lo necesario, que de enfermedad o vejez, en el año 656. En Constantinopla donde había sido tan humillado, fue declarado santo, y empezaron a honrarlo como a un mártir de la religión. Y en la Iglesia de Roma, se le ha venido honrando entre el número de los santos mártires.

Martín I: después de ser humillado por unos años, ha seguido siendo glorificado por muchos siglos. En él, se ha cumplido lo que anunció San Pablo: "Después de un corto sufrir en esta tierra, nos espera un inmenso gozo en la gloria celestial".

“Dichosos vosotros, cuando os persigan por mi causa. Alegraos porque grande es vuestro premio”. (Jesucristo).

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que por los méritos e intercesión del Papa San Martín I, puedas dar fortaleza y valor a todos quienes defienden tu Santo Nombre, y muy especialmente a los Romanos Pontífices y Patriarcas Ortodoxos. A Tí Señor, que padeciste la muerte, y muerte en Cruz. Amén.