viernes, 13 de abril de 2018


Quinta Feria, 12 de abril

SAN JULIO I, 35ª PAPA


 († 352)

Breve

Dos cosas caracterizan en conjunto, el pontificado de San Julio I (337-352): la defensa de la ortodoxia católica, frente a las impugnaciones y tergiversaciones de los arrianos, y la protección decidida de San Atanasio, víctima de toda clase de vejaciones y calumnias, de parte de los mismos, por ser considerado como la columna más firme de la fe de Nicea.

En todo ello, mostró San Julio I, una firmeza extraordinaria, fruto del temple elevado de su espíritu, y del intenso amor, que sentía por la Iglesia y la verdad.

Aunque parezca increíble, este conflicto religioso, de no considerar al Divino Maestro de origen celestial, continúa aún hoy en día de una u otra manera en las Iglesias Orientales.

Desde la discusión de famosa cláusula “Filoque” de los ortodoxos – que dice que el Padre engendró la Hijo, y entre los dos al Espíritu Santo - hasta distintas tendencias cristianas como la iglesia Unitaria.

Seguramente de la discusión y meditación serena de este punto crucial, referente a la Santísima Trinidad, saldrá la verdadera unión entre todas las religiones en el futuro.

Es muy interesante leer esta crónica histórica, ya que nos hace tomar conciencia, de que no sólo podemos guiarnos por las Escrituras, como afirman tórridamente los protestantes, sino tener muy en cuenta el discernimiento de los Papas, Obispos y Sacerdotes de la Verdad Revelada, lo que se llama comúnmente, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

Nuestro juicio personal es muy importante, como lo es la libre navegación de cualquier buque, pero siempre los buenos capitanes, observan cuidadosamente las boyas, los faros, los radares y los sonares, para no desviarse del rumbo, y llegar a un puerto seguro. Los alertas en los desvíos incurridos, son importantes y hasta decisivos para la supervivencia del buque.

No debemos desechar muchos siglos de experiencia, y revelaciones acumuladas por la Iglesia, por motivos personales o comunitarios, porque “todos lo hacen”. El mar está lleno de barcos hundidos, por no haber advertido las señales de peligro a tiempo.
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BERNARDINO LLORCA, S. I.

No tenemos noticia alguna sobre su vida, anterior a su elevación al solio pontificio. Sólo sabemos por el Liber Pontificalis, que era romano de origen, y que su padre se llamaba Rústico. Después de cuatro meses de sede vacante, a la muerte del papa San Marcos, tuvo lugar su elevación, el 6 de febrero del año 337.

No mucho tiempo después, en mayo del mismo año, murió el emperador Constantino el Grande, a quien siguieron sus tres hijos Constantino II, Constante y Constancio. Ahora bien, sea porque la significación de estos emperadores, fuera mucho menor que la de su padre, sea porque la figura de Julio I, fuera mucho más eminente que la de sus predecesores, el hecho es que con él, volvió a su verdadera significación el Papado, que anteriormente había permanecido en la penumbra.

Uno de los principales problemas en que tuvo que intervenir, fue la defensa de San Atanasio, que se identificaba con la defensa de la fe, y llenó todo su pontificado. Después de la muerte de Constantino, se dió inmediatamente a todos los obispos desterrados, licencia para volver a sus diócesis. De este modo, San Atanasio pudo volver a Alejandría, donde fue acogido con gran satisfacción, por el episcopado y el pueblo en masa.

Pero el partido arriano, urdió toda clase de intrigas contra él, pretextando que había sido depuesto por el sínodo de Tiro, en el año 335. Por eso mismo, habían nombrado para sucederle a un partidario suyo, llamado Pisto. Sin embargo, a pesar del apoyo que les otorgaba Constancio, emperador de Oriente, no pudieron impedir que San Atanasio volviera a su diócesis.

Entonces pues, se vió el nuevo papa Julio I, asediado por los dos partidos en demanda de apoyo; pero gracias a su elevado espíritu, y a la valentía de su carácter, en defensa de la justicia y de la verdad, se puso decididamente de parte de San Atanasio. En efecto, los arrianos, cuyo jefe a la sazón era Eusebio de Nicomedia, que había logrado apoderarse de la Sede de Constantinopla, enviaron una embajada ante el Papa, a cuya cabeza iba el presbítero Macario.

Por su parte San Atanasio, consciente de la gravedad del momento, y que se trataba, no de su persona, sino de la defensa de la fe ortodoxa, había celebrado un gran sínodo, después del cual envió las actas a Roma, en las que se contenía la más decidida condena al arrianismo, y la más explícita profesión de fe.

Así pues, informado ampliamente por ambas partes, Julio I, con su acostumbrada energía y discreción, decidió inmediatamente celebrar en Roma, un gran sínodo, según lo habían pedido los mismos arrianos. Así lo comunicó en sendas cartas, dirigidas a San Atanasio y a sus acusadores, en las que convocaba a ambas partes, para que presentaran sus respectivas razones.

Pero no era esto lo que deseaban los arrianos, a pesar de que anteriormente habían declarado al obispo de Roma, juez y árbitro de la contienda. Sin esperar ninguna solución, continuaron practicando toda clase de violencias.

A la muerte de Eusebio de Cesarea, colocaron al frente de esta importante diócesis, a uno de sus partidarios, llamado Acacio. Celebraron en el año 340, un sínodo en Antioquía, y en él renovaron la deposición de San Atanasio, en cuyo lugar, nombraron al arriano Gregorio de Capadocia.

A viva fuerza, fue éste introducido en Alejandría, que hubo de ser tomada con la ayuda de las fuerzas del emperador Constancio. San Atanasio fue arrojado de su propio palacio, y anduvo errante algún tiempo, por los alrededores de la ciudad; pero finalmente se dirigió a Roma. Poco antes, habían sido desterrados igualmente Marcelo de Ancira, y otros obispos, fieles a la fe de Nicea.

Julio I, modelo de espíritu paternal, acogió a los perseguidos, con muestras de verdadera compasión, como héroes en defensa de la verdad católica; y como los arrianos, no sólo no enviaban a sus representantes, para la celebración del anunciado concilio, sino que por el contrario, acababan de celebrar su falso sínodo de Antioquía, y continuaban cometiendo violencias y atropellos, les envió de nuevo una carta, por medio de los presbíteros Elpidio y Filoxeno, en la que les exhortaba a comparecer en Roma.

Pero ellos, en vez de obedecer al Papa, le remitieron una respuesta, en la que se excusaban de no acudir a Roma, a causa de la situación de inferioridad, en que los colocaba en su convocatoria. "Por lo demás —decían—, el Papa había prejuzgado ya todo el litigio, acogiendo en la comunión, a Atanasio y Marcelo de Ancira, que ellos habían condenado. La Iglesia romana —concluían— poseía la primacía; pero debía considerar, que la predicación del Evangelio había comenzado en Oriente; el poder de los obispos era igual, y no debía medirse por la magnitud de las poblaciones".

Ante esta posición rebelde y retadora de los arrianos, se decidió el papa Julio I, a celebrar el anunciado sínodo el año 341, rodeándolo de la mayor solemnidad. Tomaban parte en él, más de cincuenta obispos.

Se hallaban presentes San Atanasio y Marcelo, objeto de las acusaciones de los adversarios. Lejos de asistir a este sínodo, los arrianos dieron orden de ausentarse de Roma, a su representante Macario. Así pues, Julio I hizo examinar con toda calma la causa de los perseguidos, y bien estudiados los informes de ambas partes, declaró solemnemente, la inocencia de San Atanasio y Marcelo de Ancira, previa para éste, una clara profesión de fe.

En nombre del sínodo, dirigió entonces Julio I, una encíclica a los obispos de Oriente, en la que les comunicaba la decisión tomada. Con verdadera dignidad, y sin expresión ninguna mortificadora, pondera el Papa, el tono desconsiderado del escrito enviado por ellos a Roma, donde rechazaban su participación, en un concilio que ellos mismos habían reclamado.

Finalmente, con plena conciencia de su autoridad, y de la primacía de la Sede romana, declara que aunque San Atanasio y los demás, hubieran sido culpables, antes de dar ellos ningún fallo debían, conforme a la tradición, haber escrito a Roma, y esperar su decisión.

Mas no obstante esta actitud, tan digna y serena del Romano Pontífice, los arrianos continuaron sus violencias y arbitrariedades. Así, con el objeto de contrarrestar el efecto moral de las decisiones de Roma, celebraron ellos el mismo año 341, en Antioquía, un sínodo, al que asistieron un centenar de obispos, en el que confirmaron la sentencia contra San Atanasio, y su posición antinicena.

Por todo esto Julio I, que no deseaba otra cosa que el triunfo de la verdad, en inteligencia con otros obispos de Occidente, se decidió a celebrar un concilio de carácter más universal. Esto le era facilitado entonces, por la situación política, pues desde que quedaron dueños respectivamente del Oriente y Occidente, Constancio y Constante, como éste favorecía positivamente al Romano Pontífice y la ortodoxia de Nicea, se observó durante un decenio (341-351 ) cierto predominio de la ortodoxia, defendida por Julio I y San Atanasio.

Así pues, con el favor del emperador Constante, con quien se había puesto de acuerdo su hermano Constancio, se celebró el gran concilio de Sárdica, en el otoño del 343. El Papa envió como representantes suyos a dos presbíteros. Lo presidía el célebre Osio, obispo de Córdoba, consejero religioso del emperador, y verdadera columna de la fe.

Sin embargo, aunque este concilio sirvió para afianzar la ortodoxia, y poner más en claro, los derechos del primado de Roma, en vez de traer la unión, más bien contribuyó a ahondar más la división existente.

Los orientales, que habían comparecido en el concilio, antes que los occidentales, exigieron que San Atanasio, Marcelo y los demás obispos depuestos por ellos, fueran excluidos del concilio. Desde luego, eso significaba negar el derecho de apelación al Romano Pontífice, y a un concilio universal, y entregar a San Atanasio y demás obispos, a merced de sus más encarnizados enemigos.

Ante tan injustas exigencias, se opusieron con toda decisión los obispos occidentales, por lo cual los orientales se negaron a tomar parte en ninguna deliberación, y después de inútiles esfuerzos realizados para reducirlos, se separaron del legítimo concilio. Reuniéndose, pues, entonces en Philippópolis, redactaron una nueva fórmula de fe, renovaron la condenación de San Atanasio, y lanzaron una circular, en la que apelaban de las decisiones de Sárdica.

A pesar de la partida de los orientales, permanecieron firmes en Sárdica, unos cien obispos occidentales, presididos por Osio y los legados pontificios, celebrando entonces el verdadero concilio. Después de un nuevo examen de la causa de Atanasio y Marcelo, fueron éstos declarados inocentes, y restituidos a sus cargos, y juntamente se lanzó la excomunión, contra los intrusos en sus sedes, y los dirigentes eusebianos o arrianos.

Mucha mayor trascendencia tuvieron, una serie de cánones que promulgó luego, el concilio de Sárdica, que aunque representado exclusivamente por obispos occidentales, se consideraba como concilio ecuménico, y ciertamente tuvo siempre gran significación.

Los más importantes son, indudablemente, los que se refieren al obispo de Roma, de cuya autenticidad, conforme a la más moderna crítica, no puede dudarse. En ellos, se proclama de un modo claro y terminante, el derecho de apelación al Romano Pontífice, con lo que implícitamente se proclama también, el primado de Roma. Así se determina que un obispo, depuesto por su concilio provincial, puede apelar a Roma.

En este caso, el obispo de Roma debe ordenar una nueva investigación, por medio de un sínodo en las diócesis vecinas, y en caso de nueva apelación, decidir por sí mismo. Por otra parte, el concilio renovó el símbolo de Nicea, y contribuyó eficazmente a afianzar la ortodoxia católica. Por esto esto, gozó siempre de gran reputación, y fue considerado, como uno de los grandes concilios de la antigüedad.

Una vez realizada esta grande obra, el santo Papa Julio I, tuvo de nuevo el consuelo de ver en Roma, al héroe de la ortodoxia, San Atanasio, quien quiso despedirse, y dar gracias al Papa, antes de volver triunfalmente a Alejandría. Julio I, le dio una carta para el pueblo de Alejandría y de Egipto, en la que felicitaba a los obispos y sacerdotes, y a los fieles, por su inquebrantable adhesión a la fe de Roma, y a la Cátedra de Pedro.

El resto de la vida de Julio I, se desarrolla en una forma semejante. Con la eximia santidad de su vida, y con su energía en la defensa de la verdadera Fe, fue el pastor que necesitaba la Iglesia, en aquel período, en que tan combatida se veía, por los más peligrosos enemigos, que eran los herejes arrianos.

Es cierto, que ayudó poderosamente al predominio de la ortodoxia, durante este tiempo el apoyo del emperador Constante, al que con más o menos convicción, se doblegaba Constancio. Pero no puede negarse que la virtud, fortaleza y clara visión de las cosas del papa Julio I, fueron la causa decisiva del predominio que fue adquiriendo la ortodoxia romana, y la fe de Nicea.

Aun después de desaparecer en 350 la figura de Constante, todavía mantuvo la ortodoxia su predominio frente a la herejía; pero al morir Julio I en abril del 352, pudo de nuevo el arrianismo, celebrar un corto período de triunfo.

Ya desde la antigüedad, fue celebrada la virtud y constancia de este gran Papa, en defensa de la fe, por lo cual fue incluido bien pronto, en los catálogos de santos o martirologios cristianos.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que iluminaste al Papa San Julio I, en medio de tiempos borrascosos, en defensa de la Divinidad del amado Cordero y Maestro, concede a todos los Papas, el claro discernimiento y la valentía, para continuar con las enseñanzas evangélicas, sin caer nunca en la tentación del populismo y el indiferentismo. A Tí Señor, que reforzaste la Ortodoxia Mosaica, con la Ortodoxia del Corazón. Amén.

jueves, 12 de abril de 2018


Cuarta Feria, 11 de abril

San Estanislao


Obispo y Mártir
1058-1079
"No toquéis a mis ungidos. No hagáis daño a los que Yo envío, para comunicar mis mensajes. Porque el que ataca a uno de mis enviados, es como si me hiriera a Mí, en la pupila de mis ojos, dice el Señor" (Salmo 105)

Breve
Nacido en Szczepanowski (Polonia), hacia el año 1030, e hizo sus estudios en París. Ordenado presbítero, sucedió a Lamberto, obispo de Cracovia, en el año 1071. Fue un buen pastor al frente de su Iglesia, ayudó a los pobres, y visitó a sus clérigos todos los años. En el año 1079, fue asesinado por el rey Boleslao, a quien había amonestado por su mala conducta.
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Nació cerca de Cracovia, Polonia, en el año 1030. Sus padres llevaban treinta años de casados, sin lograr tener hijos, y consideraron el nacimiento de Estanislao, como un verdadero regalo de Dios. Lo educaron lo más piadosamente que pudieron.

Estudió en Polonia y en París, y una vez ordenado sacerdote, por el obispo de Cracovia (que es la segunda ciudad de Polonia), le nombraron párroco de la catedral. Se distinguió por su gran elocuencia, por el impresionante ejemplo de vida santa que brindaba a todos, con su buen comportamiento, y por la reforma de costumbres, que lograba conseguir con sus predicaciones, y con su dirección espiritual.

El señor obispo deseaba que Estanislao fuera su sucesor, pero él no aceptaba ser obispo, porque se creía indigno de tan alta dignidad. Sin embargo, al morir el prelado, el pueblo lo aclamó, como el más digno para asumir su puesto. Ejerció el obispado por siete años, desde el año 1072, hasta el año de su muerte, en 1079.

Era muy estricto en exigir a cada sacerdote, el cumplimento exacto de sus deberes sacerdotales. Visitaba cada año a todas las parroquias, y dedicaba mucho tiempo, a la predicación y a la instrucción del pueblo. Su palacio episcopal vivía lleno de pobres, porque jamás negaba ayudas a los necesitados. Tenía una lista de las familias, que estaban pasando por situaciones económicas más penosas, para enviarles sus generosas ayudas.

El rey de Polonia, Boleslao, era un valiente guerrero, pero se dejaba dominar por sus bajas pasiones. Al principio se entendía muy bien con el obispo Estanislao, pero luego empezó a cometer faltas muy graves, que escandalizaban, y daban muy mal ejemplo al pueblo. El obispo tuvo que intervenir fuertemente en esta situación.

San Estanislao, recordaba muy bien aquel mandato de San Pablo: “Es necesario reprender, aconsejar y hasta amenazar, con toda paciencia y doctrina, porque llega el tiempo en que los hombres, arrastrados por sus propias pasiones, ya no quieren oír las doctrinas verdaderas, sino las falsedades” (2 Tim 4,2).

Y además, recordó muy bien la famosa frase del profeta Isaías: "Ay de los jefes espirituales, que sean como perros mudos que no ladran, cuando llegan los ladrones a robar en el campo del Señor". Y él no quería ser perro mudo, que se queda sin dar la voz de alerta, ante los enemigos y los peligros.

Como San Juan Bautista con respecto a Herodes, el valiente Obispo de Cracovia, levantó la voz, amonestando al poderoso soberano, sobre el deber de respetar los derechos ajenos. En efecto, las crónicas del tiempo narran, que el rey se enamoró de la bella Cristina, esposa de Miecislao, y sin pensarlo dos veces, la hizo raptar, con grave escándalo para todo el país.

Consecuentemente, Estanislao le amenazó con la excomunión, y después le excomulgó. Entonces el rey Boleslao se enfureció, y ordenó asesinar a Estanislao en Cracovia, en la iglesia de Santa Matilde, durante la celebración de la Santa Misa.

Cuentan que el horrible asesinato, lo hubo de cometer el mismo soberano, después que los guardias a quienes envió, se vieron obligados a retirarse, por una fuerza misteriosa. Atestiguaron además que San Estanislao estaba rodeado de resplandores. Esto sucedió el 11 de abril del año 1079.

El Rey hizo que su cuerpo fuese dejado en un descampado, para que lo devoren los animales salvajes, pero dos poderosas águilas lo cuidaron, hasta que fue recogido su cuerpo, y enterrado por manos piadosas.

Desde el mismo día de su martirio, los polacos comenzaron a venerarlo. San Estanislao fue canonizado el 17 de agosto de 1253, en la basílica de San Francisco de Asís, y desde entonces se difundió su culto en toda Europa y América.

CATEDRAL DE CRACOVIA, POLONIA
Cracovia es una ciudad hermosa, un importante centro cultural y científico, y el principal conjunto monumental de Polonia. Dentro de la ciudad, rica en monumentos artísticos, sobresalen los edificios de carácter religioso, como la catedral de Wawel (Catedral de San Wenceslao, y del Obispo San Estanislao) en la que se destaca su cripta románica. Al lado de la misma, se hallan la capilla de San Segismundo, de estilo renacentista, y la iglesia de Santa María (s. XII-XVI) de estilo gótico.

Catedral de Cracovia

La catedral es un monumento formidable, que forma parte de las bellísimas edificaciones de la colina de Wawel. La primera catedral, se construyó en el año 1002, año en que el Emperador Otón III, autorizó al rey Boleslao I, la fundación del primer Obispado de Polonia.

De esa construcción, queda actualmente sólo la cripta; posteriormente se le agregaron construcciones en estilos románico, gótico, renacentista y barroco. Por muchas razones, esta Catedral está ligada íntimamente, a la historia de la nación polaca, tanto a las épocas de esplendor, como a las de adversidad.

La Catedral cuenta con más de 20 capillas, entre las cuales destaca, la capilla de San Segismundo, donde coronaron a muchos reyes polacos. Es toda una obra maestra del Renacimiento, coronada por una hermosa cúpula dorada, y en la cual, también se puede contemplar un políptico de plata del año 1531.

La Capilla de la Santa Cruz, se distingue por su tumba de mármol rosa, donde descansan los restos de la esposa de Casimiro IV, mientras que en la Capilla Szafraniec podemos contemplar una hermosa placa Vicher el Viejo. Una magnífica puerta de bronce, adorna la Capilla de los Wasa, y en la Capilla del Obispo Zadzik, se admira una bella sepultura en mármol rojo.

En la Capilla del Rey Juan Olbracht, destaca la tumba del rey Fiorentino. No podemos dejar de mencionar la Capilla de Santa María, con una bella tumba de mármol y alabastro; la Capilla del Obispo Gamrat, con el Crucifijo milagroso de la Reina Eduvigis, y la Capilla de la Reina Zofia.

Las paredes están adornadas con impresionantes tapices, y en el centro se encuentra el Mausoleo de mármol negro del Santo Obispo Estanislao. También se pueden contemplar, en la cripta de San Leonardo, los sepulcros de reyes polacos, y otros personajes de la historia polaca.

El Papa Juan Pablo II, habiendo sido ordenado sacerdote en la Fiesta de Todos los Santos, celebró su primera Misa, en la cripta de San Leonardo, (que ocupa la parte anterior de la llamada Catedral episcopal de Herman), el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre de 1946. Actualmente la cripta, forma parte del complejo subterráneo, donde se encuentran las tumbas reales.

Esta catedral sirvió durante cuatro siglos, como lugar de coronaciones y entierros de la realeza polaca. En la cripta se hallan los restos de 100 reyes y reinas, dos poetas, cuatro santos, y varios Obispos de Cracovia.

Catedral de Wavel

San Estanislao
En el centro de la nave, se encuentra el mausoleo de San Estanislao, Patrono de Polonia, Obispo y Mártir. Fue asesinado por el Rey Boleslay II (1058-1079). Es un santo muy estimado y honrado en su patria.

El Crucifijo Negro y la Reina Santa Eduvigis
El Crucifijo Negro de la Reina Santa Eduvigis (Jadwiga), fue traído por ella misma a Polonia en 1384. Santa Eduvigis, pasaba horas rezando frente al crucifijo, y se alega que en varias ocasiones, el Señor le habló desde el mismo.

El Cristo Negro de 13 pies de altura (4 metros), ocupa la parte central del altar barroco, visto desde la entrada del vestíbulo, que se encuentra en la Este de la Catedral desde 1745. La Santa Sede declaró, que el escuchar la Santa Misa en éste lugar, podía obtener la gracia de librar un alma del purgatorio.

Cuando la Reina Eduvigis fue beatificada, en 1987, sus reliquias fueron transferidas al altar de El Crucifijo Negro.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que por los méritos e intercesión de San Estanislao, Obispo y Mártir, suscites en nuestros pastores, el celo evangélico sobre Tu Rebaño, brindando con firmeza, un testimonio de palabra, y fundamentalmente de Vida Consagrada. A Tí Señor, que eres el Sumo Supremo Sacerdote, por los Siglos de los Siglos. Amén.


miércoles, 11 de abril de 2018


Tercera Feria 10 de abril

SAN EZEQUIEL, PROFETA


(595-570 AC)

(Antiguo Testamento)

Breve
Insigne profeta durante el destierro en Babilonia. Su visión de los huesos secos que resucitan, y de las aguas purísimas que emanan del templo, son un bálsamo de esperanza, en medio de los sufrimientos que experimentamos en nuestras vidas.
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MAXIMILIANO GARCÍA CORDERO, O. P.

El último tercio del siglo VII a. de J. C., es decisivo para la suerte del minúsculo reino de Judá. Asiria ha sido suplantada, por el naciente imperio caldeo. Nínive cae en el 612 a. de J. C., y con la gran ciudad, se cierra para siempre, el ciclo histórico del colosal imperio asirio.

El nuevo orden de cosas, se estructura bajo la mano férrea del conquistador Nabucodonosor. Primeramente como generalísimo de los ejércitos caldeos, atraviesa Palestina, en persecución del faraón Necao II. Después, en el 605, sube al trono, y trata de consolidar las conquistas de su padre Nabopolosar. Una de las regiones recalcitrantes es Palestina, que con Siria y Transjordania, busca el medio de sacudir el pesado yugo babilonio.

Egipto excita los sentimientos nacionalistas de estos pueblos, sometidos antes a su órbita política. En Jerusalén, después de la muerte trágica del piadoso rey Josías, en la batalla de Megiddo (609 a. de J. C.), reina un hijo de éste, por nombre Joaquim, el cual, al principio, procura halagar al coloso babilonio, pero termina por unirse en una coalición de pequeñas potencias, contra Nabucodonosor.

El profeta Jeremías había dado la voz de alerta, predicando la sumisión a Babilonia, pero en vano. En el año 598, los babilonios ponen cerco a Jerusalén, la capital de Judá, que termina por capitular. El precio del desastre, es la deportación de una gran parte de la población judía, entre ellos el propio rey Jeconías, hijo de Joaquim, muerto durante el asedio, y un joven llamado Ezequiel, que iba a ser el profeta del exilio.

La vida de los desterrados no era dura, pues se les reconocían ciertas libertades, pero la nostalgia de la patria y del templo de Jerusalén, nublaba sus ilusiones. No podían creer que Dios les hubiera abandonado definitivamente. Formaban parte del pueblo de las promesas, y Yahvé no permitiría, que la catástrofe total de su pueblo se consumase. Siglo y medio antes, había permitido la desaparición del reino israelítico del Norte, cuya capital era Samaria, pero Jerusalén significaba demasiado en la historia del pueblo elegido, para que sufriera la misma suerte.

Yahvé habitaba en Jerusalén, y por tanto, no podía permitir, que los enemigos de Judá, destruyeran el lugar de su morada; justamente un siglo antes las tropas de Senaquerib, tuvieron que abandonar el asedio de la ciudad santa, por una intervención milagrosa del ángel de Yahvé. Ahora habría de repetirse el mismo prodigio.

Tal era el modo de pensar de los exiliados. Ezequiel, como enviado de Yahvé para consolar a los desterrados, no participa de las ideas de sus compatriotas. Jerusalén será tomada por los caldeos, y totalmente destruida con su santo templo. Tal es la triste realidad, que deben aceptar los exiliados, y de ahí la ingrata misión del profeta ante sus connacionales.

Para éstos el profeta Ezequiel será un pesimista, un derrotista, que no comprende los altos designios del pueblo hebreo. Ezequiel pues, tendrá que continuar la labor del sufrido e incomprendido Jeremías. Ha llegado la hora del castigo divino, para el pueblo israelita pecador, y no cabe sino aceptar con espíritu de compunción y humildad, los designios punitivos de Yahvé. Después vendrá el desquite, la resurrección nacional, la repatriación de los exiliados, y la inauguración de la comunidad teocrática de los tiempos mesiánicos.

La misión profética de Ezequiel, tenemos que dividirla pues, en dos etapas históricas: antes y después de la destrucción de Jerusalén, por los caldeos (598 a. de J. C.).

De un lado tiene que hacer frente al falso optimismo —hijo de la presunción— de los exiliados, que no creen en la destrucción de la ciudad santa, y por otro, cuando ya la catástrofe se ha consumado, debe levantar los ánimos deprimidos, dando esperanzas luminosas sobre un porvenir mejor.

Sus compatriotas desterrados creían que Yahvé, se había excedido en el castigo, al menos les había hecho cargar con los pecados de sus antepasados. “¡Nuestros padres comieron las agraces, y nosotros sufrimos la dentera!". Este es el grito unánime de protesta de los exiliados ante Ezequiel, el centinela de Yahvé.

El profeta tiene que demostrar, que Dios ha sido justo en el castigo, y que éste no tenía otra finalidad que purificar a su pueblo moralmente, para prepararle a una nueva etapa gloriosa nacional. Yahvé no había abandonado a su pueblo, sino que estaba con los exiliados para protegerlos. La visión inaugural, en la que aparece Yahvé lleno de majestad, en su carro triunfal escoltado por los querubines, simboliza la especial providencia que tiene sobre el pueblo exiliado, pues se ha trasladado a Mesopotamia, para ayudarles y alentarles en el exilio.

Ezequiel era de la clase sacerdotal, y desde el punto de vista profético, inaugura una nueva etapa en Israel. Sus oráculos, difieren también desde el punto de vista literario, de los tradicionales preexílicos, tal como aparecen en Amós, Oseas, Isaías y Jeremías. Les falta el frescor y sencillez de éstos, y por otra parte, se dan la mano con la literatura apocalíptica, que va a pulular en la época tardía del judaísmo. Se le ha llamado "profeta de gabinete", en el sentido de que sus escritos, resultan demasiado artificiales, en comparación con los de sus predecesores.

Sin embargo, no se debe exagerar la nota de artificialidad. Ezequiel se halla en una encrucijada histórica, y su personalidad, está cabalgando sobre dos épocas: la correspondiente a los últimos años de la monarquía judía, y la exílica, con sus implicaciones de cambio de ambiente geográfico, y ruptura de tradiciones seculares.

Su misión fue la de salvar, la crisis de conciencia nacional que siguió a la caída de la monarquía, orientándola hacia una nueva era teocrática, de esplendor y triunfo definitivo. Por otra parte, para entender sus escritos, debemos tener en cuenta que Ezequiel, tenía un temperamento de visionario. Sus enseñanzas, en parte, están expresadas en un lenguaje simbólico, a veces difícil de entender. Tal es la oscuridad de sus visiones, que los rabinos, no permitían se leyera su libro, antes de haber cumplido los treinta años.

En el Talmud, se dice que el rabino Hanaías, gastó trescientos recipientes de aceite estudiando, y dilucidando las páginas misteriosas de Ezequiel, para que la Sinagoga no lo declarara libro apócrifo.

Una característica de la predicación de Ezequiel, es su predilección por las acciones simbólicas o parábolas en acción. Antes de él, varios profetas, como Oseas y Jeremías habían representado plásticamente sus oráculos, en acciones simbólicas, para causar mayor impresión, en un auditorio de temperamento oriental imaginativo. Al igual que Isaías, Ezequiel se considera personalmente como un "sino para la casa de Israel", viendo en sus propias experiencias personales un sentido profético para su pueblo.

Así, para significar los años de la cautividad de Israel y de Judá, se somete a una inmovilidad, acostándose ciento noventa días del lado izquierdo, y cuarenta del derecho (4, 4-7). Para significar el hambre que los ciudadanos de Jerusalén han de sufrir durante el asedio, el profeta debe alimentarse de una mezcla racionada de trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y avena, lo que resultaba abominable para un judío, que quería vivir según la Ley mosaica (4, 9-10).

En ocasión de la muerte de su esposa, debe abstenerse totalmente de manifestaciones de duelo, para simbolizar la actitud de conformidad, que deben adoptar los exiliados, al tener noticias de la destrucción de Jerusalén (24, 15-24).

Un día recibe una orden extraña, de parte de Yahvé: "Tú, hijo de hombre, dispón tus trebejos de emigración, y sal de día a la vista de los exiliados... Saca tus trebejos, como trebejos de camino, de día, a sus ojos, y parte por la tarde a presencia suya, como parten los desterrados. A sus ojos orada la pared, y sal por ella, llevando a sus ojos tus trebejos, y te los echas al hombro, y sales al oscurecer, cubierto el rostro y sin mirar a la tierra, pues quiero que seas pronóstico para la casa de Israel (12, 3-5)”.

Su huida por la brecha de la pared oradada de su casa, debía simbolizar la huida del rey Jeconías, que se escapará por las brechas de las murallas de Jerusalén, para huir de los asaltantes caldeos.

Su existencia personal, pues, se confundía con su misión profética, ante sus compatriotas desterrados. Por orden divina, tiene que encerrarse a temporadas en un mutismo absoluto (3,26.24.27). Todos los detalles de su vida, tienen proyección profética, en orden a la comunidad de exiliados.

Otra característica de sus escritos, es el elemento visionario. Ya en su primera presentación, como profeta a la comunidad exiliada, Ezequiel describe una grandiosa visión, que iba a ser clave en su teología:

"El año quinto de nuestra cautividad (593 a. de J. C.), estando yo entre los cautivos en la orilla del río Quobar, se abrieron los cielos... y fue sobre mí la mano de Yahvé. Miré, y vi venir de la parte del septentrión, un nublado impetuoso, una nube densa, en torno de la cual resplandecía un remolino de fuego, que en medio brillaba, como bronce en ignición.

En el centro de ella, había semejanza de cuatro animales vivientes, cuyo aspecto era éste: tenían semblante de hombre, pero cada uno tenía cuatro aspectos, y cada uno cuatro alas. Sus pies eran derechos, y la planta de sus pies, era como la planta del toro.

Brillaban como bronce en ignición. Por debajo de las alas, a los cuatro lados, salían brazos de hombre, todos, los cuatro, tenían el mismo semblante y las mismas alas, que se tocaban las unas con las del otro. Al moverse, no se volvían para atrás, sino que cada uno iba cara adelante.

Su aspecto era éste: de hombre por delante los cuatro, de león a la derecha los cuatro, de toro a la izquierda los cuatro, y de águila por detrás los cuatro. Sus alas estaban desplegadas hacia lo alto, dos se tocaban la del uno con la del otro, y dos de cada uno cubrían su cuerpo...

Había entre los vivientes fuego como de brasas, encendidas cual antorchas, que discurrían por entre ellos, centelleaban y salían rayos... Sobre las cabezas de los vivientes, había una semejanza de firmamento, como de cristal... y por debajo del firmamento, estaban tendidas sus alas, que se tocaban dos a dos...

Sobre el firmamento, que estaba sobre sus cabezas, había una apariencia de piedra de zafiro, a modo de trono, y encima una figura semejante a hombre que se erguía, y lo que de él aparecía, de cintura arriba, era como el fulgor de un metal resplandeciente, y de cintura abajo, como el resplandor del fuego, y todo en derredor suyo resplandecía... como el arco que aparece en las nubes, en día de lluvia (c.1)”.

La majestad de Yahvé, aparecía sobre un carro triunfal tirado por seres, que eran los reyes del mundo de los vivientes: el hombre, el león, el toro y el águila. Sintetizaban toda la creación que servía de trono al Creador, que iba a visitar a los exiliados a Mesopotamia, La comunidad de los exiliados no habría de estar desamparada de su Dios.

El pueblo judío resucitaría un día, para organizarse como pueblo. Su actual estado de postración nacional era pasajero, y un castigo purificador a sus infidelidades.

Es la lección de otra visión apocalíptica: "Fue sobre mí la mano de Yahvé, y me llevó Yahvé fuera, en medio de un campo que estaba lleno de huesos. Me hizo pasar por cerca de ellos, y vi que eran sobremanera numerosos, sobre la haz del campo, y enteramente secos. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿revivirán estos huesos?. Y yo respondí: Señor Yahvé, Tú lo sabes. Y Él me dijo: Hijo de hombre, profetiza a estos huesos y diles: Huesos secos, oíd la palabra de Yahvé. Así dice Yahvé: Voy a hacer entrar en vosotros el espíritu y viviréis, y pondré sobre vosotros nervios, y os cubriré de carne, y extenderé sobre vosotros piel, y os infundiré espíritu, y viviréis... Entonces profeticé yo como se me mandaba, y a mi profetizar, se oyó un ruido, y hubo un agitarse, y un acercarse huesos a huesos. Miré y vi que vinieron nervios sobre ellos, y creció la carne, y los cubrió la piel, pero no había en ellos espíritu. Profeticé, y entró en ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron de pie, un ejército grande en extremo. Dijo Yahvé: Esos huesos son la entera casa de Israel."

Nada más plástico, para anunciar a sus compatriotas exiliados, la esperanza de una resurrección nacional cierta, en los designios divinos. Lejos de dejarse llevar por la desesperación, deben orientar sus pensamientos, hacia una era venturosa de resurrección nacional; es la hora de la teocracia mesiánica. Los exiliados volverán a la patria, y ésta será equitativamente dividida entre las tribus.

En el centro geográfico estará el templo, y a su lado los sacerdotes y levitas, juntamente con el príncipe. Toda la nueva tierra de promisión será feracísima, porque saldrá del templo un torrente, que regará hasta la zona desértica del mar Muerto, Las aguas de éste se verán pobladas de peces, y una frondosidad edénica de árboles, que darán doce frutos al año y bordeará sus riberas:

"Y vi que desde el umbral del templo brotaban aguas, que descendían del mediodía del altar... y vi que las aguas salían del lado derecho... y me hizo atravesar las aguas; llegaban hasta los tobillos; midió mil codos, y llegaban hasta las rodillas; midió otros mil codos, llegaban hasta la cintura. Midió otros mil, y era ya un río que me era imposible atravesar, porque las aguas habían crecido de manera que no se podía pasar a nado... Y vi que de una y otra orilla, había muchos árboles... Las aguas van a la región oriental, y desembocarán en el mar, en aquellas aguas pútridas, y éstas se sanearán, y todos los vivientes que nadan en las aguas vivirán, y el pescado allí será abundantísimo... En las orillas del río, se alzarán árboles frutales de toda especie, cuyas hojas no caerán, y cuyo fruto no faltará. Todos los meses madurarán sus frutos, por salir sus aguas del santuario, y serán comestibles, y sus hojas medicinales...(c.47)”.

Al lado de esta visión, sobre el futuro de Israel como colectividad nacional, Ezequiel destaca el sentido de responsabilidad individual. Se le ha saludado, como el campeón del individualismo en el Antiguo Testamento. En adelante, y en el nuevo orden de cosas, ya no correrá el proverbio: "Nuestros padres comieron las agraces, y nosotros sufrimos la dentera"; sino que cada uno será castigado sólo por sus pecados. Antes del exilio, al individuo se le consideraba sobre todo, como miembro de la comunidad israelita, responsable de los méritos y deméritos de ésta. Después del castigo purificador de la cautividad, se organizará una nueva sociedad, en la que las responsabilidades individuales serán más aquilatadas, y la justicia, será la norma de la nueva vida social e individual.

Ezequiel ha sido el instrumento de Dios, para salvar la crisis de conciencia, surgida al derrumbarse la monarquía israelita. Durante veinte años (593-573), desplegó una amplia actividad, para salvar las esperanzas mesiánicas de sus compañeros de infortunio.

No sabemos nada sobre su muerte, pero su personalidad profética y literaria, dejó una profunda huella en la historia de los judíos, como modelador de un nuevo tipo religioso, surgido en horas de desgracia, y desesperanza general,

En el panegírico dedicado por el autor del Eclesiástico, a los antepasados gloriosos de Israel, se dice de nuestro profeta: "Ezequiel vio en visión, la gloria que el Señor le mostró sobre el carro de los querubines, e hizo mención de Job, el profeta, que perseveró fiel, en los caminos de la justicia". La tradición rabínica posterior, le reservó un lugar preferente, en el aprecio de los grandes personajes del Antiguo Testamento.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que sepamos vivir con dignidad como desterrados en la Ciudad Terrestre, y que pueda cumplirse en nuestras vidas, una resurrección de nuestros huesos espirituales, despojos de tanto pecado, de nuestra propia vida terrenal, y que surja de él, como templo viviente, agua purísima de santidad, que fecunde todos nuestros proyectos y trabajos diarios, como preparación a nuestro destino eterno. A Tí Señor, que resucitaste a Lázaro ya muerto y en descomposición, y eres Sumo Supremo Sacerdote por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 10 de abril de 2018


Segunda Feria, 9 de Abril

SANTA CASILDA DE TOLEDO


(† ca.1107)

Su nombre en árabe —casida— significa "cantar"

Lo esencial es que haya santos; no que realicen prodigios. Su sola presencia nos protege, su existencia por si sola nos enriquece, puesto que todos no somos más que uno en Cristo Nuestro Señor

Breve
Mística cristiana de origen musulmán. Santa Casilda es invocada en los casos de flujo de sangre, caídas, y accidentes de todas clases.
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DOLORES GÜELL
Hija de un rey moro de Toledo, que debió reinar a mediados del siglo XI, en tiempos de Fernando I de Castilla, la figura de la gentilísima princesa Casilda, parece escapar al rígido marco de la historia, y acomodarse mejor en el de la poesía y la leyenda.

Su nombre en árabe —casida— significa "cantar". Un verso que vuela en alas de la música: algo delicado, fugaz e inaprensible. Así fue Casilda en vida, y sigue siéndolo en la memoria del pueblo cristiano.

Todo lo atinente a ella, se carece de contornos definidos, y se halla envuelto en esa bruma de misterio, que suele rodear a los seres, que más vivamente han impresionado la imaginación popular.

No hay acuerdo sobre el verdadero nombre del rey moro, su padre —¿Cano? ¿Almacrin? ¿Almamún?—, ni sobre el carácter y condición de dicho monarca, que unos imaginan feroz perseguidor de los cristianos, y otros magnánimo, benigno y tolerante; mientras unos afirman que Casilda fue hija única, otros le atribuyen numerosos hermanos. Todo es incierto y contradictorio.

Pero hay algo que no ofrece duda, y es la profunda huella dejada en la memoria de nuestro pueblo, por el paso leve y alado de una doncellita, que por amor a Cristo, trocó la fastuosidad y regalo de una corte morisca, por las asperezas de una vida solitaria y penitente.

El relato más fidedigno de la vida de nuestra Santa, en opinión de los Bolandos, es el que conserva la iglesia de Burgos en su Breviario. Dice así: "En los tiempos antiguos hubo un rey en Toledo llamado Cano. Poderoso y valiente en las armas, acostumbraba a dirigir sus ejércitos contra los cristianos, causando grave daño a la fe verdadera. Retenía en su reino a muchos cristianos cautivos.

Por disposición divina, este enemigo terrible de la fe cristiana, tuvo una hija única, llamada Casilda, para que de un tallo tan malo, brotara una flor de blancura admirable, sobre la que descansara el Espíritu del Señor...

El Espíritu deífico, por el incendio de la devoción, la levantaba hacia Dios; por la suavidad de la compasión, la transformaba en Cristo, y por la piedad de la condescendencia, la inclinaba al prójimo. De tal manera que a los afligidos, y principalmente si eran cristianos, aunque nacida de familia sarracena, se bajase hacia ellos, con una ternura de intensísima compasión.

Tenía como ingénita la virtud de la clemencia, sobre la cual, se posó la gracia de Dios duplicándola. Así que su piedad, de tal manera se derramaba, tratando con los cautivos pobres, que a los que no podía alargar la mano, alargaba su afecto. Tenía la costumbre todos los días sin falta —por las entrañas del amor a Cristo, por su reverencia a la suavidad de Jesús— de consolar a los cautivos cristianos, con su grata presencia, y a ellos alargaba sus manos ayudadoras, llenas de dádivas..."

Mujer de gran corazón, la gracia halla el terreno propicio para sus maravillosas transformaciones. Casilda debió ser instruida en la fe cristiana, por los mismos cautivos a los que socorría, los cuales pagaban así, con el más alto bien espiritual, los dones materiales que de ella recibían.

La semilla de la fe cayó en buena tierra, y pronto dio el ciento por uno. Admírase de ello, el piadoso cronista del Breviario de Burgos:

"¡Cosa admirable y nunca vista!. Nacida de un acebuche, contra la naturaleza de su nacimiento, se transformó en buen olivo, para así dar óptimo fruto. ¿De dónde un árbol infructuoso, pudo producir un ramo tan feraz de excelentes frutos?. Porque así estaba predestinado, por la bondad inmensa de Dios, desde toda la eternidad".

No se recataba Casilda, de su manifiesta solicitud para con los cristianos, que gemían en las mazmorras de su padre, cosa que mereció las censuras de los nobles palaciegos.

Enterado el rey de la extraña conducta de su hija, comenzó a espiarla, y la sorprendió un día, en que se dirigía a visitarles. "¿Qué es lo que llevas recogido en tu enfaldo?", le preguntó severamente. "Rosas", contestó Casilda.

Y desplegando su manto, vio el rey que efectivamente, eran rosas. Desconcertado, dejó el paso libre a su hija, que llegándose con presteza a los prisioneros, pudo entregarles, lo que en realidad eran: sabrosas viandas, y que sólo por un prodigio del Señor, pudo parecer rosas, a los ojos del enfurecido monarca.

La gracia de Dios iba trabajando el corazón de Casilda, inclinándola irresistiblemente hacia la religión cristiana. Ya su corazón pertenecía plenamente a Cristo. Pero, ¿cómo podría ella, princesa mora, sujeta por tantos lazos, a la religión del Islam, recibir el bautismo, y hacer pública profesión de la verdadera fe?. Un foso infranqueable, parecía separarla de su generoso propósito. Sin embargo, la divina Providencia velaba.

Aconteció pues, que la princesa contrajo una grave dolencia, que fue marchitando poco a poco, todos los encantos de su fragante juventud. Padecía flujo de sangre, y los rudimentarios recursos de médicos y curanderos, se mostraron muy pronto, impotentes para atajar el mal.

Dios le hizo saber entonces, valiéndose de los cautivos cristianos que tanto la querían, que únicamente podría recobrar la salud, bañándose en las milagrosas aguas de San Vicente, en la Castilla cristiana, cerca de Briviesca. Así la Providencia, disponía suavemente los caminos, que debían conducir a Casilda, hacia otras aguas regeneradoras, las del bautismo.

Obtenido, no sin dificultad, el permiso paterno para realizar el viaje, se despidió Casilda de su anciano padre, a quien no había volver a verla en la vida. Un brillante séquito, dio escolta a la princesa mora hasta Burgos, donde a los pocos días de su llegada, recibió solemnemente el santo bautismo.

Poco tiempo se detuvo Casilda, en la capital de Castilla. Reanudando su penosa marcha, se dirigió hacia los montes Obarenes, llegando por fin, a los ansiados lagos de San Vicente, junto al lugar del Buezo, en los que orando con fervor y confianza, alcanzó la salud perdida.

Resuelta a consagrar a Cristo la virginidad de su cuerpo, milagrosamente sanado, determinó Casilda pasar el resto de su vida, en la soledad de aquellos parajes, entregada a la oración y la penitencia. Y así lo cumplió, con admirable fortaleza y constancia, hasta el fin de sus días. Murió de muy avanzada edad, siendo sepultada en su misma ermita, que pronto se convirtió, en lugar de peregrinación de innumerables devotos.

Sobre el cañamazo de esta primitiva narración, de transparente sencillez, se han ido acumulando los años, y el celo no siempre discreto de sus entusiastas biógrafos, maravilla sobre maravilla. Sin embargo, no necesita nuestra Santa, el espaldarazo de tales prodigios superfluos.

El gran milagro de Santa Casilda, es ella misma: su gran corazón, capaz de amar a Dios y al prójimo, hasta el total olvido de sí.

Puede colegirse, cuál debió ser la fuerza de este amor, en el alma de nuestra Santa, ponderando la vida de completo y durísimo desprendimiento a que la llevó. La que pudo ser gala y ornato de una corte, criada entre blanduras y exquisiteces, vive ahora en una cueva, que no logra protegerla contra las ventiscas del invierno, ni los rigores del estío; sus delicadas plantas de los pies, que sólo pisaron suaves alfombras, huellan ahora, descalzas, los ásperos cantos de los pedregales; su alimentación y su vestido, se reducen a lo estrictamente indispensable para subsistir.

Y por encima de estas austeridades corporales, está la que para Casilda, debió ser la mayor de las privaciones: la soledad. Su corazón, exquisitamente femenino, hecho para la ternura y la compasión, debió sufrir enormemente, al verse privado de cauce humano donde derramarse. Ya no la rodeaban los pobres, los cautivos, los afligidos, los pobrecitos de Cristo, tendiéndole sus manos suplicantes, ni ella podía ya alargarles las suyas, portadoras de tantos beneficios. Estaba sola. Casilda había hecho en sí, y en torno a sí, un vacío profundo.

Pero la plenitud rebosante del amor de Dios, iba a llenar pronto este abismo insondable hasta los bordes, y derramándose, alcanzaría su benéfico influjo a distancias insospechadas, donde jamás habría podido llegar su presencia física.

Hay un prodigio, de los muchos que se atribuyen a la Santa, que parece ilustrar esto como un ejemplo: se dice que hombres y ganados, podían andar seguros por las peligrosas laderas de los montes Obarenes, mientras la Santa los habitó. Nunca ocurrió accidente alguno a pastores, peregrinos o viajeros, que se arriesgaban por aquellas inhóspitas soledades: la presencia, aun lejana e invisible, de la Santa les protegía. Casilda continuaba así fiel a sí misma, solícita y maternal.

Pero este prodigio, que tan bien le cuadra, no es más que una concreción material, de la misión espiritual que toda alma santa, tiene en el cuerpo místico de la Iglesia. Lo esencial es que haya santos; no que realicen prodigios. Su sola presencia nos protege, su existencia por si sola nos enriquece, puesto que todos no somos más que uno, en Cristo Nuestro Señor.

El cuerpo de Santa Casilda reposó en su primitiva sepultura, cavada en la entraña de la roca hasta 1529, en que fueron trasladados sus restos, al santuario que sobre su misma tumba se edificó. En 1601, se llevaron parte de los venerables despojos, a la catedral de Burgos, parece ser que también en la catedral de Toledo, se veneran algunas cenizas de la infanta mora.

En 1750 el abad de San Quirce, inauguró el nuevo altar, dedicado a la Santa en la nave mayor del santuario, y se trasladaron a él las reliquias, que desde entonces, descansan en una urna, rematada por su propia imagen yacente, obra de Diego de Siloé, La portada de la iglesia actual, se atribuye a Felipe de Vigami, el Borgoñón.

Desde muy antiguo, el santuario es patronato, del Cabildo de la catedral de Burgos, que mantiene en él, un capellán encargado del culto permanente. Hay una hospedería al servicio de los peregrinos, y carretera de fácil acceso, al santuario desde Briviesca.

Santa Casilda es invocada en los casos de flujo de sangre, caídas y accidentes de todas clases. Es patrona de la comarca de Burgos, y en los últimos días de junio, acuden a su santuario, de todos los pueblos de la provincia, muchedumbres devotas, que pregonan la eficaz intercesión de la santa princesa mora, que dejó en la bravía aridez de aquellas cumbres, el buen olor de su vida contemplativa y penitente.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que a imitación de Santa Casilda, todo nuestro trabajo y nuestra ayuda al prójimo, se encuentre siempre impregnado del olor a rosas del Paraíso Celestial. A Tí Señor, que todo lo ofreciste a gratuidad, y que Vives y Reinas por los Siglos de los Siglos. Amén.


Domingo 8 de abril

San Dionisio, Obispo


(† c. a. 180)

Sin moverse de Corinto, ejerció un fecundo apostolado epistolar que no conoció fronteras; el papel, la pluma y el mar Mediterráneo, fueron sus cómplices generosos en la difusión de la fe.

Los registros griegos, dan noticia de su condición episcopal, cuando lo incluyen en las listas de obispos, mencionando su óbito, alrededor del año 180. También Eusebio de Cesarea, nos relata algo de su actividad, al recogerlo en la Historia Eclesiástica, como uno de los grandes hombres, que contribuyeron a extender por el mundo el Evangelio.

Pertenece a las primeras generaciones de cristianos. Es uno de los primitivos eslabones, de la larga cadena que sólo tendrá fin, cuando acabe el tiempo. Por el momento en que vivió, resulta que con él, entramos en contacto con la antiquísima etapa, en que la Iglesia está aún como aprendiendo a andar, dando sus primeros pasos; su expresión en palabras, sólo se siente en la tierra como un balbuceo, y la gente que conoce y sigue a Cristo, son poco más que un puñado de hombres y mujeres echados al mundo, como a voleo, por la mano del sembrador, y desparramados por el orbe.

Dionisio fue un obispo que destaca por su celo apostólico, y se aprecia en él, la preocupación ordinaria de un hombre de gobierno. Rebasa los límites geográficos del terruño, en donde viven sus fieles, y se vuelca allá, donde hay una necesidad que él puede aliviar o encauzar.

En su vida resuena el eco paulino, de sentir la preocupación por todas las iglesias. Aún la organización eclesiástica -distinta de la de hoy- no se dividía por regiones o diócesis; la acción pastoral es aceptada como buena en cualquier terreno en donde hay cristianos.

Posiblemente el Obispo Dionisio, pensaba que si se puede hacer el bien, es pecado no hacerlo. Todas las energías se aprovechan, porque son pocos los brazos, es extenso el campo de labranza... y corto el tiempo.

Siendo la labor tan amplia, el estilo que impera, es prestar atención espiritual a los fieles cristianos, donde quiera que se encuentren, sin sentirse coartado por el espacio; la jurisdicción territorial vino después. Él se siente responsable de todos, porque todos sirven al mismo Señor, y tienen el mismo Dueño.

Los discípulos -pocos para lo que es el mundo- se tratan mucho entre ellos, todo lo que pueden lo traen, y llevan noticias de unos y de otros; todos se encuentran inquietos, ocupados por la suerte del "misterio", y están dispuestos siempre a darlo a conocer.

Las dificultades para el contacto no son demasiadas; muchas son lentas y hasta peligrosas algunas veces, pero por las vías van los carros y por los mares los veleros; lo que sirve a los hombres para la guerra, las conquistas, la cultura o el dinero, que el cristiano las usa —como una más— para extender también el Reino.

Se saben familia numerosa, esparcida por el universo; tienen intereses, dificultades, proyectos y anhelos comunes ¡lógico que se sientan unidos en un entorno adverso, en tantas ocasiones!.

Y en este sentido tuvo mucho que ver Corinto, —junto al istmo y al golfo del mismo nombre— que en este tiempo, es la ciudad más rica y próspera de Grecia, aunque no llega al prestigio intelectual de Atenas. Corinto es la sede de Dionisio; fue, no hace mucho, aquella iglesia que fundó San Pablo, con la predicación de los primeros tiempos, y que luego atendió, vigiló sus pasos, guió su vida, y alentó su caminar.

Tiene una situación privilegiada: es una ciudad con dos puertos, un importante nudo de comunicaciones, en donde se mezcla el sabio griego, con el comerciante latino y el rico oriental; allí viven hermanadas la grandeza y el vicio, la avaricia, la trampa, la insidia y el desconcierto; todas las razas tienen sitio, y también los colores, y los esclavos y los dueños.

El barullo de los mercados, el trajín en los puertos. Hay intercambio de culturas, de pensamiento. Entre los miles que van y vienen, de vez en cuando un cristiano se acerca, contacta, trae noticias, y lleva nuevas a otro sitio del Imperio. ¡Cómo aprovechó Dionisio sus posibilidades!.

Porque resalta su condición de escritor. Que se tengan noticias, mandó cartas a los cristianos Lacedemonios, instruyéndoles en la fe, y exhortándoles a la concordia y la paz; a los Atenienses, estimulándoles para que no decaiga su fe; a los cristianos de Nicomedia, para impugnar muy eruditamente la herejía de Marción; a la iglesia de Creta, a la que da pistas, para que sus cristianos aprendan a descubrir, la estrategia que emplean los herejes, cuando difunden el error.

En la carta que mandó al Ponto, expone a los bautizados, enseñanzas sobre las Sagradas Escrituras; les aclara la doctrina sobre la castidad, y la grandeza del matrimonio; también los anima, para que sean generosos con aquellos pecadores, que arrepentidos, quieran volver desde el pecado.

Igualmente escribió carta a los fieles de Roma, en tiempos del papa Sotero; en ella, elogia los notables gestos de caridad, que tienen los romanos con los pobres, y testifica su personal veneración a los Vicarios de Cristo.

La vida de este obispo griego —incansable articulista— terminó en el último tercio del siglo II.

Sin moverse de Corinto, ejerció un fecundo apostolado epistolar, que no conoció fronteras; el papel, la pluma y el mar Mediterráneo, fueron sus cómplices generosos en la difusión de la fe.

Oración: Te pedimos Señor y Dios nuestro, que a semejanza de San Dionisio, suscites en nuestros pastores, el deseo de recuperar el espíritu de comunidad pequeña, fraterna y unida en torno a tu Sagrado Corazón, y de la Santísima Virgen María, desechando toda ambición de poder, y en especial el populismo de querer reconciliar el agua y el aceite, cambiando tus enseñanzas para alagar a quienes encima, no desean ni siquiera acercarse a Tí, para que los cures y perdones. Amén.