lunes, 5 de junio de 2017

Domingo 4 de Junio

San Quirino de Tivoli


San Quirino, en un grabado de Durero de 1517

Obispo y Mártir
+308 - Hungría

Protector contra la gota y los dolores de pies

He confesado al verdadero Dios en Siscia, y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro”

Breve
En Sabaria, lugar de Panonia, ejercía como Obispo de Siscia, y fué martirizado bajo el emperador Diocleciano, por la fe en Cristo.

Fué arrojado a un río, con una rueda de molino atada al cuello.
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Entre los muchos mártires que ofrendaron su vida, en las provincias del Danubio durante el reinado de Diocleciano, uno de los más célebres fue San Quirino, cuyas alabanzas escribieron San Jerónimo, Prudencia y Fortunato.

Las «Actas» en las que se registró su proceso, sus sufrimientos y su muerte, son esencialmente auténticas, a pesar de que estuvieron sujetas a ampliaciones e intercalaciones de los copistas.

Quirino fue obispo de Siscia, población de la Croacia, que ahora se llama Sisak. Cuando recibió noticias de que habían llegado las órdenes para aprehenderlo, huyó de la ciudad, pero fue capturado tras una corta persecución, y entonces se le condujo ante el magistrado Máximo.

Éste comenzó por interrogarle sobre su intento de fuga, que el acusado explicó sencillamente, al indicar que sólo había obedecido el consejo de su Señor Jesucristo, el verdadero Dios, quien dijo: «Cuando te veas perseguido en una ciudad, huye a otra».

-¿No sabías que el poder del Emperador te habría encontrado en cualquier parte?, inquirió el magistrado-. A ése que tú llamas el verdadero Dios, ¿no le puedes pedir que te ayude ahora, una vez que el Emperador te ha atrapado, como vas a comprobarlo en seguida en carne propia?.

-Dios está siempre con nosotros, y puede ayudarnos en cualquier momento -repuso humildemente, y con entera serenidad el obispo-. Estaba conmigo cuando me atraparon, y está conmigo ahora. Es Él quien me fortalece, y el que habla por mi boca.

-¡Hablas demasiado, por lo visto!, cortó Máximo con cierta impaciencia. Y con tanta charla, hace que te olvides de obedecer los mandatos de nuestro soberano. ¡Lee los edictos y haz lo que te ordenan!.

Entonces se irguió Quirino para contestar resueltamente, que nunca consentiría en hacer lo que ordenaban los edictos, puesto que lo consideraba como un sacrilegio.

-¡Los dioses que tú adoras no son nada! -exclamó con vehemencia-. Mi Dios, al que yo sirvo, está en el cielo, en la tierra y en el mar, pero se encuentra por encima de todo, porque todas las cosas están contenidas en Él, todas las cosas fueron creadas por Él, y sólo por Él existen.

-Tú debes ser tan simple como un niño, para creer en esas fábulas -declaró el juez en tono despectivo-; acepta el incienso que te ofrecen mis hombres, quémalo ante los dioses, y serás bien recompensado; pero si te niegas, te sujetaremos a las torturas, y recibirás una muerte horrible.

Sin alterarse en lo más mínimo, Quirino repuso que aceptaba los dolores y la muerte, como una gloria para él, y a continuación, Máximo ordenó que le apalearan. Mientras los soldados descargaban los golpes sobre el cuerpo del anciano, el magistrado le aconsejaba que ofreciera sacrificios, y le prometía hacerlo sacerdote de Júpiter, si accedía.

-Aquí, ahora mismo ejerzo mi sacerdocio, al ofrecerme a Dios -clamó el mártir sin doblegarse. Te agradezco los golpes; no me hacen daño. Con gusto soportaría un tratamiento peor, a fin de dar ánimos a todos aquellos que son de mi rebaño, para que me sigan por este atajo hacia la vida eterna.

Como Máximo no tenía la autoridad para dictar sentencia de muerte, dispuso que el reo fuera enviado a Amancio, el gobernador de la provincia de Pannonia, Prima.

Los esbirros condujeron al obispo a través de varias ciudades sobre el Danubio, hasta llegar a Sabaria (la actual Szombothely, en Hungría), que pocos años más tarde, sería la cuna de san Martín. Ahí compareció ante Amancio, quien luego de leer en voz alta el informe sobre el juicio previo, preguntó al acusado si lo encontraba correcto.

Éste repuso afirmativamente, y agregó:
-He confesado al verdadero Dios en Siscia, y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro. A Él lo llevo en el corazón, y no hay hombre sobre la tierra que pueda separarlo de mí.

Amancio admitió que se sentía inclinado a perdonar; que no deseaba someter a la tortura, ni mandar matar a un anciano tan venerable como el acusado, y rogó encarecidamente al obispo, que cumpliese con los requisitos que le exigían para tener la dicha de acabar sus días en paz. Pero en vista de que ni los halagos, ni las promesas, ni las amenazas surtieron efecto, el gobernador no tuvo otra alternativa que la de condenar al reo.

La sentencia de muerte consistía en atar una piedra al cuello del obispo, y arrojarlo al río Raab. Así se hizo, en presencia de numerosos espectadores, pero el cuerpo del anciano tardó en hundirse, y todos los presentes pudieron oírle rezar, y pronunciar palabras de aliento para su grey, antes de que desapareciera bajo la corriente.

A corta distancia, río abajo, los cristianos rescataron el cadáver. A principios del siglo quinto, los fugitivos que huían de Pannonia, invadida por los bárbaros, llevaron las reliquias de San Quirino a Roma. Ahí quedaron guardadas en la Catacumba de San Sebastián, hasta el año de 1140, cuando se las trasladó a Santa María en Trastévere.

Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

El texto de la pasión fue impreso por Ruinart en las Acta Sanctorum, junio, vol. I. Gran interés se despertó en torno a San Quirino, a raíz de las investigaciones de Mons. de Waal en la región de Platonia, donde se descubrieron los restos de una gran inscripción, en honor del santo. Ver la monografía de de Waal Die Apostelgruft ad Catacombas, impresa como un suplemento al Rómische Quartalschrift (1894); véase también a Duchesne en La Memoria de los Apóstoles de la Via Apia, en sus Memorie della Pontificia Academia romana di Archeologia, vol. I (1923), pp. 8-10; junto con Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, p. 303.

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También celebramos hoy la veneración de otro mártir del mismo nombre. Su cuerpo lo enterraron en las catacumbas de San Ponciano, una vez que lo sacaron del río Tíber, a donde lo habían arrojado.
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Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, te pedimos que nos infundas la misma fortaleza espiritual que concediste a los mártires Quirino, adorándote y sirviéndote sólo a Tí con devoción todos los días de nuestra Vida. A Tí Señor que nos dejaste ese mandato, al pie del Monte Sinaí, con las Tablas de la Ley. Amén.


domingo, 4 de junio de 2017

Domingo 4 de Junio

DOMINGO DE PENTECOSTÉS


Envía tu Espíritu, Señor, para que renueve la faz de la tierra”

La concordia de los discípulos es la condición, para que venga el Espíritu Santo; y la concordia presupone la oración”

MISA DEL DIA

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
Se llenaron todos de Espíritu Santo, y empezaron a hablar

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno.

Se llenaron todos del Espíritu Santo, y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos, de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa, y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban:

- «¿No son galileos todos esos que están hablando?. Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia, que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

Palabra de Dios.
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Salmo responsorial
Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34

Envía tu Espíritu Señor, y repuebla la faz de la tierra

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres!. Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.
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SEGUNDA LECTURA

Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu, para el bien común.

Porque lo mismo que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Palabra de Dios.
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EVANGELIO

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

Lectura del santo evangelio según San Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio, y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría, al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo»

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra de Dios
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Homilía de S.S. Benedicto XVI (síntesis)
Pentecostés, 2009

Entre todas las solemnidades, Pentecostés destaca por su importancia, pues en ella se realiza lo que Jesús mismo anunció, como finalidad de toda su misión en la tierra. En efecto, mientras subía a Jerusalén, declaró a los discípulos: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lucas 12, 49).

Estas palabras se cumplieron de la forma más evidente, cincuenta días después de la resurrección, en Pentecostés, antigua fiesta judía, que en la Iglesia ha llegado a ser la fiesta por excelencia del Espíritu Santo: "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego (...) y quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2, 3-4).

Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Espíritu Santo. No se lo arrebató a los dioses, como hizo Prometeo, según el mito griego, sino que se hizo mediador del "don de Dios", obteniéndolo para nosotros, con el mayor acto de amor de la historia: su muerte en la cruz.

En esta solemnidad, la Escritura nos dice una vez más, cómo debe ser la comunidad, cómo debemos ser nosotros, para recibir el don del Espíritu Santo. En el relato que describe el acontecimiento de Pentecostés, el autor sagrado recuerda que los discípulos, "estaban todos reunidos en un mismo lugar".

Este "lugar" es el Cenáculo, la "sala grande en el piso superior" (cf. Marcos 14, 15) donde Jesús había celebrado con sus discípulos la última Cena, donde se les había aparecido después de su resurrección; esa sala se había convertido, por decirlo así, en la "sede" de la Iglesia naciente (cf. Hechos 1, 13).

Sin embargo, los Hechos de los Apóstoles, más que insistir en el lugar físico, quieren poner de relieve la actitud interior de los discípulos: "Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hechos 1, 14). Por consiguiente, la concordia de los discípulos es la condición, para que venga el Espíritu Santo; y la concordia presupone la oración.

Esto, queridos hermanos y hermanas, vale también para la Iglesia hoy; vale para nosotros, que estamos aquí reunidos. Si queremos que Pentecostés no se reduzca a un simple rito, o a una conmemoración, aunque sea sugestiva, sino que sea un acontecimiento actual de salvación, debemos disponernos con religiosa espera a recibir el don de Dios, mediante la humilde y silenciosa escucha de su Palabra.

Para que Pentecostés se renueve en nuestro tiempo, tal vez es necesario -sin quitar nada a la libertad de Dios,- que la Iglesia esté menos "ajetreada" en actividades, y más dedicada a la oración.

Los Hechos de los Apóstoles, para indicar al Espíritu Santo, utilizan dos grandes imágenes: la de la tempestad y la del fuego. Claramente, San Lucas tiene en su mente, la teofanía del Sinaí, narrada en los libros del Éxodo (Ex 19, 16-19) y el Deuteronomio (Dt 4, 10-12. 36).

En el mundo antiguo, la tempestad se veía como signo del poder divino, ante el cual el hombre se sentía subyugado y aterrorizado. Pero quiero subrayar también otro aspecto: la tempestad se describe como "viento impetuoso", y esto hace pensar en el aire, que distingue a nuestro planeta de los demás astros, y nos permite vivir en él.

Lo que el aire es para la vida biológica, lo es el Espíritu Santo para la vida espiritual; y como existe una contaminación atmosférica que envenena el ambiente y a los seres vivos, también existe una contaminación del corazón y del espíritu, que daña y envenena la existencia espiritual.

Así como no conviene acostumbrarse a los venenos del aire -y por eso el compromiso ecológico constituye hoy una prioridad-, se debería actuar del mismo modo con respecto a lo que corrompe el espíritu.

En cambio, parece que nos estamos acostumbrando sin dificultad a muchos productos que circulan en nuestras sociedades, contaminando la mente y el corazón, por ejemplo imágenes que enfatizan el placer, la violencia, o el desprecio por el hombre y la mujer.

También esto es libertad se dice, sin reconocer que todo eso contamina, intoxica el alma, sobre todo a las nuevas generaciones, y acaba por condicionar su libertad misma.

En cambio, la metáfora del viento impetuoso de Pentecostés, hace pensar en la necesidad de respirar aire limpio, tanto con los pulmones, el aire físico, como con el corazón; el aire espiritual, el aire saludable del espíritu, que es el Amor.

La otra imagen del Espíritu Santo que encontramos en los Hechos de los Apóstoles es el fuego. Al inicio aludí a la comparación entre Jesús y la figura mitológica de Prometeo, que recuerda un aspecto característico del hombre moderno. Al apoderarse de las energías del cosmos -el "fuego"-, parece que el ser humano hoy se afirma a sí mismo como dios, y quiere transformar el mundo, excluyendo, dejando a un lado, o incluso rechazando, al Creador del universo. El hombre ya no quiere ser imagen de Dios, sino de sí mismo; se declara autónomo, libre, adulto.

Evidentemente esta actitud revela una relación no auténtica con Dios, consecuencia de una falsa imagen que se ha construido de él, como el hijo pródigo de la parábola evangélica, que cree realizarse a sí mismo, alejándose de la casa del padre.

En las manos de un hombre que piensa así, el "fuego" y sus enormes potencialidades, resultan peligrosas: pueden volverse contra la vida, y contra la humanidad misma, como por desgracia lo demuestra la historia.

Como advertencia perenne, quedan las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, donde la energía atómica, utilizada con fines bélicos, acabó sembrando la muerte en proporciones inauditas.

En verdad, se podrían encontrar muchos ejemplos menos graves, pero igualmente sintomáticos, en la realidad de cada día. La Sagrada Escritura nos revela, que la energía capaz de mover el mundo, no es una fuerza anónima y ciega, sino la acción del "espíritu de Dios que aleteaba por encima de las aguas" (Génesis 1, 2),al inicio de la creación.

Y Jesucristo no "trajo a la tierra" la fuerza vital, que ya estaba en ella, sino el Espíritu Santo, es decir, el amor de Dios que "renueva la faz de la tierra", purificándola del mal, y liberándola del dominio de la muerte (cf. Sal 104, 29-30). Este "fuego" puro, esencial y personal, el fuego del Amor, vino sobre los Apóstoles, reunidos en oración con María en el Cenáculo, para hacer de la Iglesia, la prolongación de la obra renovadora de Cristo.

Los Hechos de los Apóstoles nos sugieren, por último, otro pensamiento: el Espíritu Santo vence el miedo. Sabemos que los discípulos se habían refugiado en el Cenáculo, después del arresto de su Maestro, y allí habían permanecido segregados, por temor a padecer su misma suerte.

Después de la resurrección de Jesús, su miedo no desapareció de repente. Pero en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo se posó sobre ellos, esos hombres salieron del Cenáculo sin miedo, y comenzaron a anunciar a todos la buena nueva de Cristo crucificado y resucitado. Ya no tenían miedo alguno, porque se sentían en las manos del más fuerte.

Sí queridos hermanos y hermanas: el Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de Amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona.

Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y niños.

Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia, que a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios, y animada por su fuego purificador.

Con esta fe y esta gozosa esperanza repitamos hoy, por intercesión de María: "Envía tu Espíritu, Señor, para que renueve la faz de la tierra".
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ORACIÓN: Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas, y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse, y danos tu gozo eterno.

Aleluya
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor.

AMÉN


Sábado 3 de Junio

Carlos Lwanga y Compañeros
Mártires de Uganda


África. +1886

Patronazgo de la Juventud cristiana de África, y de las víctimas de tortura.

Un Cristiano que entrega su vida por Dios, no tiene miedo de morir

Breve
Un relato conmovedor de la lucha entre un rey dominado por la lascivia, y un puñado de cristianos, que no dudaron en ofrecerse como puro incienso a Jesucristo.

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La sociedad de los Misioneros de África, conocida como los Padres Blancos, formaron parte de la evangelización de África en el siglo XIX. Después de seis años en Uganda, ya tenían una comunidad de conversos cuya fe sería un testimonio para toda la Iglesia.

Los primeros conversos, se dieron a la misión de instruir y guiar a los más nuevos, y la comunidad creció rápidamente. La vida ejemplar de los cristianos, inicialmente ganó el favor del rey Mtesa, pero más tarde, éste comprendió que los cristianos no favorecían su negocio de venta de esclavos.

Mwanga sucedió a su padre en el trono. Al principio la situación de los cristianos mejoró, y varios tuvieron posiciones importantes en su corte. Pero el rey cayó en la tendencia homosexual. La situación de los cristianos, por no ceder a sus demandas, se hizo muy difícil.

El líder de la comunidad católica, que para entonces tenía unos 200 miembros, era un joven de 25 años llamado José Mkasa (Mukasa), que ejercía como principal mayordomo de la corte de Mwanga.

Cuando Mwanga asesinó a un misionero protestante y a sus compañeros, José Mkasa confrontó al rey por su crimen. El rey Mwanga había sido amigo de José por mucho tiempo, pero cuando éste exhortó a Mwanga a renunciar al mal, la reacción fue violenta.

El rey mandó a que mataran a José. Cuando los verdugos trataron de amarrar las manos de José, él les dijo: "Un Cristiano que entrega su vida por Dios no tiene miedo de morir". Perdonó a Mwanga con todo su corazón, e hizo una petición final por su arrepentimiento, antes de que le cortaran la cabeza, y lo quemaran el 15 de Noviembre de 1885.

Carlos Lwanga, el favorito del rey, remplazó a José en la instrucción, y liderato de la comunidad cristiana en la corte. También él hizo lo posible por evangelizar y proteger a los varones, de los deseos lujuriosos del rey.

Las oraciones de José lograron que la persecución del rey, amainara por seis meses. Pero en mayo del 1886, el rey llamó a uno de sus pajes llamado Mwafu, y le preguntó por qué estaba distante del rey. Cuando el paje respondió que había estado recibiendo instrucción religiosa de Daniel Sebuggwawo, el rey montó en ira. Llamó a Daniel, y lo mató él mismo, atravesándole el cuello con una lanza.

Entonces ordenó que el complejo real sea sellado, para que nadie pueda escapar, y llamó a sus verdugos. Comprendiendo lo que venía, Carlos Lwanga bautizó a cuatro catecúmenos esa noche, incluyendo a un joven de 13 años llamado Kizito.

En la mañana, Mwanga reunió a toda su corte, y separó a los cristianos del resto diciendo: "Aquellos que no rezan, párense junto a mí, los que rezan párense allá"  Él preguntó a los 15 niños y jóvenes, todos menores de 25 años, si eran cristianos, y tenían la intención de seguir siendo cristianos. Ellos respondieron "SI" con fuerza y valentía. Mwanga los condenó a muerte.

EL rey mandó que al grupo lo llevasen a matar a Namugongo, lo cual representa una caminata de 37 millas. Uno de los jóvenes llamado Mabaga, era hijo del jefe de los verdugos. Éste le rogó que escapara, y se escondiera, pero Mbaga no quiso.

Los prisioneros atados, pasaron la casa de los Padres Blancos en su camino. El Padre Lourdel mas tarde relató sobre el joven Kizito de 13 años, que sonreía y animaba al resto. Invitó a todos a tomarse de las manos, para así ir unidos, y ayudarse a mantener el ánimo. Lourdel estaba asombrado del valor, y el gozo de estos nuevos cristianos camino al martirio. Tres de ellos fueron martirizados en el camino.

Un soldado cristiano llamado Santiago Buzabaliawo fue llevado ante el rey. Cuando Mwanga ordenó que lo matasen junto a los otros, Santiago dijo: "Entonces, adiós. Voy al cielo y rezaré a Dios por ti". Cuando el Padre Lourdel, lleno de dolor, levantó su brazo para absolver a Santiago que pasaba ante él, Santiago levantó sus propias manos atadas, y apuntó hacia arriba para manifestar que él sabía que iba al cielo, y se encontraría allí con el Padre Lourdel. Con una sonrisa le dijo al Padre Lourdel, "¿Por qué estás triste?. Esto no es nada, ante los gozos que tú nos has enseñado a esperar".

Entre los condenados también estaba Andrés Kagwa, un jefe Kigowa que había convertido a su esposa y a varios otros, y Matías Murumba (o Kalemba), un auxiliar de juez.

El mayor consejero estaba tan furioso contra Andrés, que dijo que no comería hasta que Andrés estuviese muerto. Cuando los verdugos titubearon, Andrés les dijo: "No mantengan a vuestro consejero hambriento, mátenme".

El mismo consejero dijo en tono cínico refiriéndose a Matías: "Sin duda su Dios los rescatará" . "Si," contestó Matías, "Dios me rescatará pero tú no verás como lo hace, porque tomará mi alma y te dejará solo mi cuerpo". A Matías lo hirieron mortalmente en el camino, y lo dejaron allí para morir, lo cual tomó por lo menos tres días.

Cuando la caravana de reos y verdugos llegó a Namugongo, los sobrevivientes fueron encerrados por siete días. El 3 de junio los sacaron, los envolvieron en esteras de cañas, y los pusieron en una pira.

Mbaga fue martirizado el primero. Su padre, el jefe de los verdugos, había tratado en vano, una última vez, de convencerlo a desistir de su fe. Le dieron entonces un golpe en la cabeza, para que no sufriera al ser quemado su cuerpo.

El resto de los cristianos fueron quemados. Carlos Lwanga tenía 21 años. Uno de los pajes, Mukasa Kiriwanu no había sido aun bautizado, pero se unió a sus compañeros, cuando se les preguntó si eran cristianos. Recibió aquel día el bautismo de sangre.

Murieron 13 católicos y 11 protestantes, proclamando el nombre de Jesús, y diciendo "Pueden quemar nuestros cuerpos, pero no pueden dañar nuestras almas".

No sabemos cuántos mártires produjo aquella persecución. Solo queda constancia, de los que ocupaban un lugar en la corte, o tenían puestos de alguna importancia.

Cuando los Padres Blancos fueron echados del país, los nuevos cristianos continuaron la obra misionera, traduciendo e imprimiendo el catecismo a su lengua nativa, e instruyendo en la fe en secreto.

No tenían sacerdotes, pero Dios les infundió a aquellos cristianos de Uganda, la gracia para vencer con gran valor a las difíciles circunstancias. Cuando los Padres Blanco volvieron después de la muerte del rey Mwanga, encontraron 500 cristianos, y 1000 catecúmenos esperándolos.
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Los mártires de Uganda fueron canonizados por el Papa Benedicto XV el 6 de junio de 1920.

Benedicto XV escribió para la beatificación de los siervos de Dios, Carlos Lwanga, Matías Murumba y sus compañeros, conocidos con el nombre de los Mártires de Uganda:

Quién fue el que primero introdujo en África la fe cristiana se disputa aún; pero consta que ya antes de la misma edad apostólica, floreció allí la religión, y Tertuliano nos describe de tal manera la vida pura que los cristianos africanos llevaban, que conmueve el ánimo de sus lectores. Y en verdad que aquella región, a ninguna parecía ceder en varones ilustres, y en abundancia de mártires.

Entre éstos agrada conmemorar los mártires scilitanos, que en Cartago, siendo procónsul Publio Vigellio Saturnino, derramaron su sangre por Cristo, de las preguntas escritas para el juicio, que hoy felizmente se conservan, se deduce con qué constancia, con qué generosa sencillez de ánimo respondieron al procónsul, y profesaron su fe.

Justo es también recordar los Potamios, Perpetuas, Felicidades, Ciprianos y muchos hermanos mártires que las Actas enumeran de manera general, aparte de los mártires aticenses, conocidos también con el nombre de "masas cándidas", o porque fueron quemados con cal viva, como narra Aurelio Prudencio en su himno XIII, o por el fulgor de su causa, como parece opinar Agustín.

Pero poco después, primero los herejes, después los vándalos, por último los mahometanos, de tal manera devastaron, y asolaron el África cristiana, que la que tantos ínclitos héroes ofreciera a Cristo, la que se gloriaba de más de trescientas sedes episcopales, y había congregado tantos concilios para defender la fe y la disciplina, ella, perdido el sentido cristiano, se viera privada gradualmente de casi toda su humanidad y volviera a la barbarie.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, infunde Valor y Fe a todos los cristianos de África, en medio del terrible resurgimiento de los extremismos religiosos, conservándolos puros y fieles a tu Sagrado Corazón. Dále también fortaleza espiritual a todas las personas que sufren tormentos, o son víctimas de la esclavitud o de la trata sexual. A Tí Señor que habiendo ya compartido los tormentos de tu Pasión, compartan también la gloria de los Cielos. Amén.



sábado, 3 de junio de 2017

Sexta Feria, 2 de junio

Santos Marcelino y Pedro

Marcellinus & Petrus



Mártires (+304)

"Marcelino y Pedro poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".

Marcelino: Sacerdote muy estimado en Roma
San Pedro: Piadoso cristiano con el don de liberación de demonios

Ambos fueron encarcelados por su fe. Allí se dedicaron a predicar, y convirtieron al carcelero, a su familia y a varios presos. Esto causó que se les decretase pena de muerte.

Los llevaron al bosque llamado "la selva negra", y los decapitaron, enterrándolos secretamente. Pero el verdugo, se convirtió al cristianismo, por el ejemplo de santidad de estos mártires. Él informó a los cristianos de lugar de entierro, y ellos les dieron honrosa sepultura.

El emperador Constantino construyó una basílica sobre la tumba de los dos mártires, y quiso que en ese sitio, fuera sepultada su santa madre, Santa Elena.

Según crónicas antiguas, ante los restos de los Santos Marcelino y Pedro ocurrieron numerosos milagros.

La gente oraba: "Marcelino y Pedro poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, concédenos a todos los cristianos católicos y ortodoxos, la fortaleza espiritual que concediste a San Marcelino y San Pedro mártires, para difundir tu mensaje, ayudando a mantener en lo alto la antorcha de la Fe en tu Divino Hijo. A Tí Señor que nos enseñaste que una lámpara no debe ser guardada bajo un cajón, sino puesta en lo alto para irradiar tu Luz. Amén.


jueves, 1 de junio de 2017

Quinta Feria, 1 de Junio

San Justino


c. 100-165

Padre de la Iglesia, mártir

"El más importante entre los Padres apologistas del segundo siglo" -Benedicto XVI

Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad la justicia, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda”

«Tú ante todo reza, para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo no le conceden la comprensión»

San Justino fue un gran filósofo. Nacido en Nablus, Palestina, de padres paganos, se convirtió al cristianismo leyendo las Sagradas Escrituras, y siendo testigo del heroísmo de los mártires. Tenía unos 30 años.

Sus dos libros: Apología por la Religión Cristiana, y Diálogo con el Judío Tripo, se consideran entre los más importantes del siglo II.

Fue decapitado en Roma con otros cristianos. Se conservan los archivos de su juicio.
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Benedicto XVI presenta a San Justino, filósofo y mártir
20 marzo 2007, audiencia general del miércoles. ZENIT.org

Queridos hermanos y hermanas:

En estas catequesis, estamos reflexionando sobre las grandes figuras de la Iglesia naciente. Hoy hablamos de San Justino, filósofo y mártir, el más importante de los padres apologistas del siglo II.

La palabra «apologista», hace referencia a esos antiguos escritores cristianos, que se proponían defender la nueva religión, de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana de una manera adaptada a la cultura de su tiempo.

De este modo, entre los apologistas se da una doble inquietud: la propiamente apologética, defender el cristianismo naciente, («apologhía» en griego significa precisamente «defensa»); y la de proposición, «misionera», que busca exponer los contenidos de la fe en un lenguaje, y con categorías de pensamiento comprensibles a los contemporáneos.

Justino había nacido en torno al año 100, en la antigua Siquem, en Samaría, en Tierra Santa; buscó durante mucho tiempo la verdad, peregrinando por las diferentes escuelas de la tradición filosófica griega. Por último, como él mismo cuenta en los primeros capítulos de su «Diálogo con Trifón», misterioso personaje, un anciano con el que se había encontrado en la playa del mar, primero entró en crisis, al demostrarle la incapacidad del hombre para satisfacer únicamente con sus fuerzas, la aspiración a lo divino.

Después le indicó en los antiguos profetas, a las personas a las que tenía que dirigirse, para encontrar el camino de Dios y la «verdadera filosofía». Al despedirse, el anciano le exhortó a la oración, para que se le abrieran las puertas de la luz.

La narración simboliza el episodio crucial de la vida de Justino: al final de un largo camino filosófico de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana. Fundó una escuela en Roma, donde iniciaba gratuitamente a los alumnos en la nueva religión, considerada como la verdadera filosofía. En ella, de hecho, había encontrado la verdad. y por tanto el arte de vivir de manera recta. Por este motivo fue denunciado, y decapitado, en torno al año 165, bajo el reino de Marco Aurelio, el emperador filósofo a quien Justino había dirigido su «Apología».

Las dos «Apologías», y el «Diálogo con el judío Trifón» son las únicas obras que nos quedan de él. En ellas, Justino pretende ilustrar ante todo, el proyecto divino de la creación y de la salvación que se realiza en Jesucristo, el «Logos», es decir, el Verbo Eterno, la Razón Eterna, la Razón creadora.

Cada hombre, como criatura racional, participa del «Logos», lleva en sí una «semilla», y puede vislumbrar la verdad. De esta manera, el mismo «Logos», que se reveló como figura profética a los judíos en la Ley antigua, también se manifestó parcialmente, como con «semillas de verdad», en la filosofía griega.

Ahora, concluye Justino, dado que el cristianismo es la manifestación histórica y personal del «Logos» en su totalidad, «todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos» (Segunda Apología 13,4). De este modo, Justino, si bien reprochaba a la filosofía griega sus contradicciones, orienta con decisión hacia el «Logos» cualquier verdad filosófica, motivando desde el punto de vista racional, la singular «pretensión» de verdad y de universalidad de la religión cristiana.

Si el Antiguo Testamento tiende hacia Cristo, al igual que una figura se orienta hacia la realidad que significa, la filosofía griega tiende a su vez a Cristo, y al Evangelio, como la parte que tiende a unirse con el todo. Y dice que estas dos realidades, el Antiguo Testamento, y la filosofía griega, son como dos caminos que guían a Cristo, al «Logos».

Por este motivo la filosofía griega, no puede oponerse a la verdad evangélica, y los cristianos pueden recurrir a ella con confianza, como si se tratara de un propio bien.

Por este motivo, mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, definió a Justino como «un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento»: pues Justino, «conservando después de la conversión, una gran estima por la filosofía griega, afirmaba con fuerza y claridad, que en el cristianismo había encontrado “la única filosofía segura y provechosa” («Diálogo con Trifón» 8,1)» («Fides et ratio», 38).

En su conjunto, la figura y la obra de Justino marcan la decidida opción de la Iglesia antigua por la filosofía, por la razón, en lugar de la religión de los paganos. Con la religión pagana, de hecho, los primeros cristianos rechazaron acérrimamente todo compromiso.

La consideraban como una idolatría, hasta el punto de correr el riesgo de ser acusados de «impiedad» y de «ateísmo». En particular, Justino, especialmente en su «Primera Apología», hizo una crítica implacable de la religión pagana y de sus mitos, por considerarlos como «desorientaciones» diabólicas, en el camino de la verdad.

La filosofía representó, sin embargo, el área privilegiada del encuentro entre paganismo, judaísmo y cristianismo, precisamente a nivel de la crítica a la religión pagana y a sus falsos mitos. «Nuestra filosofía…»: con estas palabras explícitas, llegó a definir la nueva religión otro apologista contemporáneo a Justino, el obispo Melitón de Sardes («Historia Eclesiástica», 4, 26, 7).

De hecho, la religión pagana no seguía los caminos del «Logos», sino que se empeñaba en seguir los del mito, a pesar de que éste era reconocido por la filosofía griega, como carente de consistencia en la verdad. Por este motivo, el ocaso de la religión pagana era inevitable: era la lógica consecuencia del alejamiento de la religión de la verdad, del ser, reducida a un conjunto artificial de ceremonias, convenciones y costumbres.

Justino, y con él otros apologistas, firmaron la toma de posición clara de la fe cristiana, por el Dios de los filósofos contra los falsos dioses de la religión pagana. Era la opción por la verdad del ser, contra el mito de la costumbre. Algunas décadas después de Justino, Tertuliano definió la misma opción de los cristianos, con una sentencia lapidaria que siempre es válida: «Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem, cognominavit – Cristo afirmó que era la verdad, no la costumbre» («De virgin. Vel». 1,1).

En este sentido, hay que tener en cuenta que el término «consuetudo», que utiliza Tertuliano, para hacer referencia a la religión pagana, puede ser traducido en los idiomas modernos con las expresiones «moda cultural», «moda del momento».

En una edad como la nuestra, caracterizada por el relativismo, en el debate sobre los valores y sobre la religión --así como en el diálogo interreligioso--, esta es una lección que no hay que olvidar. Con este objetivo, y así concluyo, os vuelvo a presentar las últimas palabras del misterioso anciano, que se encontró con el filósofo Justino a orilla del mar: «Tú ante todo reza, para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo no le conceden la comprensión» («Diálogo con Trifón» 7,3).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia el Papa saludó a los peregrinos en diferentes idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

San Justino, filósofo y mártir, es el más importante entre los Padres apologistas del siglo segundo. Nació en torno al año 100. Fundó una escuela en Roma, donde gratuitamente iniciaba a los alumnos en la nueva religión. Denunciado por este motivo, fue decapitado bajo el reinado de Marco Aurelio.

La palabra «apologista» designa a los antiguos escritores cristianos, que se proponían defender el cristianismo naciente de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana exponiendo los contenidos de la fe en un lenguaje comprensible.

En las obras que conservamos, las dos «Apologías» y el «Diálogo con Trifón», ilustra ante todo el proyecto divino de la creación y de la salvación, que se cumple en Jesucristo, el Logos, el Verbo de Dios, del que participa todo hombre, como creatura racional. Su primera Apología, es una crítica implacable a la religión pagana y a los mitos de entonces.

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Oficio de lectura, III Domingo de Pascua

De la primera apología de San Justino, mártir, en defensa de los cristianos
Cap. 66-67

A nadie es lícito participar de la Eucaristía, si no cree que son verdad las cosas que enseñamos, y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.

Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común, o una bebida ordinaria, sino que así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios, y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias, que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó.

Los Apóstoles, en efecto, en sus tratados, llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: «Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias, y dijo: Esta es mi sangre, dándoselo a ellos solos».

Desde entonces seguimos recordándonos siempre unos a otros estas cosas; y los que tenemos bienes, acudimos en ayuda de los que no los tienen, y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas, alabamos al Creador de todo, por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo.

El día llamado del sol, se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad, que los que viven en el campo, y según conviene, se leen los tratados de los Apóstoles, y los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita.

Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables.

Después nos levantamos todos a la vez, y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia, con todas sus fuerzas, preces y acciones de gracias, y el pueblo responde «Amén»; tras de lo cual se distribuyen los dones, sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes.

Los que poseen bienes de fortuna, y quieren cada uno dar a su arbitrio lo que bien le parece, y lo que se recoge, se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y las viudas; los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como a los presos y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, Él es quien se encarga de todos los necesitados.

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque en este día, que es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos, y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración.

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Oficio de lectura, miércoles III semana de pascua
El Bautismo del nuevo nacimiento
De la primera Apología de San Justino, mártir, en defensa de los cristianos
Cap. 61

Vamos a exponer de qué manera, renovados por Cristo, nos hemos consagrado a Dios.

A quienes aceptan, y creen que son verdad, las cosas que enseñamos y exponemos, y prometen vivir de acuerdo con estas enseñanzas; les instruimos para que oren a Dios, con ayunos, y pidan perdón de sus pecados pasados, mientras nosotros, por nuestra parte, oramos y ayunamos también, juntamente con ellos.

Luego los conducimos a un lugar donde hay agua, para que sean regenerados, del mismo modo que fuimos regenerados nosotros. Entonces reciben el baño del bautismo, en el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo, y del Espíritu Santo.

Pues Cristo dijo: «El que no nazca de nuevo, no podrá entrar en el Reino de los cielos». Ahora bien, es evidente para todos, que no es posible, una vez nacidos, volver a entrar en el seno de nuestras madres.

También el profeta Isaías nos dice de qué modo pueden librarse de sus pecados quienes pecaron, y quieren convertirse: Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad la justicia, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces venid y discutamos, dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, se blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, comeréis lo sabroso de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor.

Los Apóstoles nos explican la razón de todo esto. En nuestro primer nacimiento, fuimos engendrados de un modo inconsciente por nuestra parte, y por una ley natural y necesaria, por la acción del germen paterno, en la unión de nuestros padres, y sufrimos la influencia de costumbres malas, y de una instrucción desviada.

Mas, para que tengamos también un nacimiento, no ya fruto de la necesidad natural e inconsciente, sino de nuestra libre y consciente elección, y lleguemos a obtener el perdón de nuestros pecados pasados, se pronuncia, sobre quienes desean ser regenerados, y se convierten de sus pecados, mientras están en el agua, el nombre de Dios, Padre y Soberano del Universo, único nombre que invoca el ministro, cuando introduce en el agua al que va a ser bautizado.

Nadie, en efecto, es capaz de poner nombre al Dios inefable, y si alguien se atreve a decir que hay un nombre que expresa lo que es Dios, es que está rematadamente loco.

A este baño lo llamamos iluminación, para dar a entender que los que son iniciados en esta doctrina quedan iluminados.

También se invoca sobre el que ha de ser iluminado, el nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y el nombre del Espíritu Santo, que por medio de los profetas, anunció de antemano todo lo que se refiere a Jesús.

Oración: Dios Todopoderoso y Eterno, que infundiste a San Justino con la gracia de tu Sabiduría, concédenos desterrar de nuestro corazón los mitos paganos que anidan en nuestro corazón, como el Poder, el Placer y las Riquezas, y sólo estar atentos a tus suaves y dulces consejos en el camino a seguir. A Tí Señor que derramaste tu Espíritu sobre nuestras cabezas, luego de tu Pascua de resurrección. Amén.